GA219c1. La semilla espiritual del organismo físico del hombre. Caminar, hablar y pensar, y sus correspondencias en el mundo espiritual.

Rudolf Steiner — Dornach, 26 de noviembre de 1922

English version

Estas conferencias tratarán sobre los dos estados de vida por los que pasa el hombre: en el mundo espiritual entre la muerte y un nuevo nacimiento, y en el mundo físico entre el nacimiento y la muerte.

Quiero recordarles hoy ciertos asuntos a los que se dirigió su atención aquí, en conferencias recientes. Dije que durante el período muy importante que se extiende entre la muerte y un nuevo nacimiento, el hombre se encuentra en el mundo espiritual con un tipo de conciencia esencialmente superior a la que tuvo durante su vida física en la Tierra.

Cuando vivimos aquí en la Tierra en nuestro cuerpo físico, la conciencia terrenal que está conectada con los sentidos y el sistema nervioso, depende de todo el organismo. Nos sentimos como seres humanos en la medida en que dentro del límite de nuestra piel tenemos cerebro, pulmones, corazón y los sistemas conectados con estos órganos. De todo esto decimos que está dentro de nuestro ser. Por otro lado, nos sentimos conectados con lo que nos rodea a través de nuestros sentidos, mediante nuestra respiración, o mediante la ingesta de alimentos. Sin embargo, cuando vivimos entre la muerte y el renacimiento, no podemos hablar en el mismo sentido de lo que está “dentro” de nosotros. Porque cuando pasamos por la puerta de la muerte, incluso cuando directamente nos vamos a dormir, las condiciones de nuestra existencia son tales que todo el Universo puede ser designado como nuestro ser interior.

Así, mientras que aquí en la Tierra nuestra constitución como seres humanos es revelada por nuestros órganos y su interacción dentro de nuestra piel, durante el sueño inconscientemente, pero entre la muerte y un nuevo nacimiento en plena conciencia, nuestra naturaleza interna se nos revela como si fuera un mundo de estrellas. Nos sentimos relacionados con el mundo de las estrellas de tal manera que, de los Seres de las estrellas, decimos que son nuestra naturaleza interna, así como aquí en la Tierra decimos que el pulmón o el corazón pertenecen a nuestra naturaleza física interior.  Desde el momento de ir a dormir hasta el de la vigilia, tenemos una vida cósmica; desde la muerte hasta un nuevo nacimiento, tenemos una conciencia cósmica. Lo que aquí en la Tierra es nuestro mundo exterior, particularmente cuando miramos hacia la expansión cósmica, se convierte en nuestro ser interior después de la muerte.

¿Cuál es, entonces, nuestro mundo exterior en esa existencia espiritual?. Es lo que es ahora nuestra naturaleza interna. Modelamos lo que entonces es nuestro mundo externo en una especie de semilla espiritual de la que brotará a la existencia nuestro futuro cuerpo físico en la Tierra. Junto con los Seres de las Jerarquías Superiores elaboramos esta semilla espiritual, y en cierto punto del tiempo de nuestra vida entre la muerte y un nuevo nacimiento, está allí como una entidad espiritual, llevando dentro de ella las fuerzas que luego se acumularan en el cuerpo físico, así como la semilla de la planta lleva dentro de si las fuerzas que eventualmente producirán la planta.  Pero mientras que imaginamos que la semilla de la planta es diminuta y la planta misma grande en comparación, la semilla espiritual del cuerpo físico humano es, por así decirlo, un universo de gran magnitud, aunque en sentido estricto no es del todo preciso hablar de ‘magnitud’ a este respecto.

También he dicho que en cierto punto esta semilla espiritual se aleja de nosotros. Desde un cierto punto de tiempo en adelante sentimos: en asociación con otros Seres del Universo, con Seres de las Jerarquías Superiores, hemos llevado la semilla del espíritu de nuestro organismo físico a una etapa definida de desarrollo; ahora se nos cae y desciende a las fuerzas físicas de la Tierra con las que se relaciona y que provienen del padre y la madre. Se une con el elemento humano en la corriente de la herencia y desciende a la Tierra antes de que nosotros, como seres de espíritu y alma, descendamos. Por lo tanto, todavía pasamos un cierto período —aunque corto— en el mundo espiritual cuando el nexo de fuerzas de nuestro organismo físico ya ha bajado a la Tierra y está formando el embrión en el cuerpo de la madre.

Es durante este período que reunimos desde el éter cósmico sus propias fuerzas y sustancias y así construimos nuestro cuerpo etérico para  agregarlo a nuestro cuerpo astral y yo. Entonces, como ser de yo, cuerpo astral y cuerpo etérico, nosotros mismos bajamos a la Tierra y nos unimos con el cuerpo físico —la semilla del cual fue enviada antes— que ahora ha devenido.

Para cualquiera que observe este proceso de cerca, la relación del hombre con el Universo se vuelve muy clara, sobre todo si la atención se dirige a tres manifestaciones de la naturaleza humana a las cuales se ha hecho referencia aquí y en otros lugares —me refiero a las tres manifestaciones de naturaleza humana en virtud de la cual el hombre se convierte en el ser que es en la Tierra.

Cuando nacemos, somos bastante diferentes del ser en el que luego nos convertimos. Es en la Tierra donde lo primero que aprendemos es a caminar, a hablar y a pensar.  La voluntad que permanece tenue entre el nacimiento y la muerte y el sentimiento que permanece medio apagado, ya están presentes en una forma primitiva en el niño desde muy pequeño.  La vida del sentimiento, aunque se ocupa completamente de las funciones internas, está presente en los primeros años de la infancia. La vida de la voluntad también está presente, como lo prueban sus movimientos, por caóticos que sean. La razón por la cual la vida del sentimiento y la vida de la voluntad se volverán diferentes en una etapa posterior de la existencia es que el pensamiento gradualmente comienza a impregnar el sentimiento y la voluntad, haciéndoles madurar. Sin embargo, ya están presentes en el niño pequeño. El pensamiento, por otro lado, se desarrolla solo en la Tierra, en asociación con otros seres humanos y en cierto sentido bajo su instrucción. Y es lo mismo con las facultades de caminar y hablar, que en realidad se adquieren ante la facultad de pensar.

Cualquiera que tenga un sentimiento suficientemente profundo de lo que es verdaderamente humano se dará cuenta, simplemente observando cómo se desarrolla el niño al caminar, hablar y pensar, qué parte tan tremendamente importante desempeñan estas tres facultades en la evolución terrenal del hombre. Pero el hombre no es solo un ser terrenal; él es un ser que pertenece no solo a la Tierra con sus fuerzas y sustancias, sino también al mundo espiritual; él está involucrado en las actividades que se desarrollan entre los diversos Seres de las Jerarquías Superiores. Es, por así decirlo, solo con una parte de su ser que el hombre pertenece a la existencia terrenal; con la otra parte pertenece a un mundo que no es el mundo material perceptible a los sentidos. Es ese otro mundo donde él prepara su semilla espiritual. Que nunca se imagine que los logros del hombre en la cultura y la civilización en la Tierra, por complejas y espléndidas que sean, son comparables con la grandeza de lo que él logró junto con los Seres de las Jerarquías Superiores para construir esta maravillosa estructura del organismo físico humano. Sin embargo, lo que está formado —primero que nada en el mundo espiritual y, como expliqué, enviado a la Tierra antes de que el hombre mismo descendiera— está constituido de manera diferente del ser que se encuentra presente aquí en la Tierra entre el nacimiento y la muerte.

La semilla espiritual del cuerpo físico edificada por el hombre en el mundo espiritual está imbuida de fuerzas. Toda su estructura que luego se une con la semilla física, o más bien, que se convierte en la semilla física del ser humano al tomar sustancias de los padres, está dotada de todo tipo de cualidades y facultades. Pero hay tres facultades para las cuales la semilla espiritual no recibe ninguna fuerza del mundo espiritual. Estas tres facultades son: pensar, hablar y caminar, que son esencialmente actividades del hombre en la Tierra.

Tomemos el caminar y todo lo que está relacionado con él. Podría describirlo como el proceso mediante el cual el hombre se orienta dentro de la esfera de su existencia física en la Tierra. Cuando muevo mi brazo o mi mano, eso también está relacionado con el mecanismo de caminar, y cuando un niño pequeño comienza a levantarse, eso es un acto de orientación. Todo esto está conectado con lo que llamamos la fuerza de gravedad de la Tierra, con el hecho de que todo lo físico en la Tierra tiene peso. Pero no podemos decir de la semilla espiritual que se forma entre la muerte y un nuevo nacimiento tiene peso o pesadez. Caminar, entonces, está conectado con la fuerza de la gravedad. Es, de hecho, una superación de la gravedad, un acto a través del cual nos colocamos en el campo de la gravedad. Eso es lo que sucede cada vez que levantamos una pierna para dar un paso adelante. Pero no adquirimos esta facultad hasta que ya estamos aquí en la Tierra; no está presente entre la muerte y un nuevo nacimiento, aunque hay algo que le corresponde en ese mundo. También allí tenemos orientación, pero no es orientación dentro del campo de la gravedad, ya que en el mundo espiritual no hay fuerza de gravedad ni peso. La orientación en ese mundo es de carácter puramente espiritual. Aquí en la Tierra al levantar nuestras piernas para caminar, nos colocamos en el campo de la gravedad.  El proceso correspondiente en el mundo espiritual es el de la relación con algún Ser de las Jerarquías Superiores, perteneciente, digamos, al rango del Ángel o del Arcángel. El hombre se siente íntimamente cercano a la influencia de un Ser, por ejemplo, de la Jerarquía de los Ángeles, o de los Exusiai, con quien está trabajando en ese momento. Así es como encuentra su orientación en la vida entre la muerte y un nuevo nacimiento. Así como aquí en la Tierra tenemos que lidiar con nuestro peso, en ese mundo tenemos que tratar con lo que procede de los diversos Seres de las Jerarquías superiores por medio de las fuerzas de simpatía con nuestra propia individualidad humana.

La fuerza de la gravedad tiene una sola dirección: hacia la Tierra; pero lo que corresponde a la fuerza de la gravedad en el mundo espiritual tiene todas las direcciones, porque los Seres espirituales de las Jerarquías no están centralizados, están en todas partes. La orientación no es geométrica, como la orientación de la gravedad, hacia el centro de la Tierra, pero va en todas las direcciones. Según si el hombre tiene que construir su pulmón o realizar algún otro trabajo junto con los Seres de las Jerarquías, puede decirse a sí mismo: La Tercera Jerarquía me está atrayendo, o la Primera Jerarquía me está atrayendo. Se siente ubicado en el mundo entero de las Jerarquías. Se siente, por así decirlo, atraído por todos lados, no físicamente, como a través de la atracción de la gravedad, sino espiritualmente, o también, en algunos casos, repelido. Esto es lo que corresponde en el mundo espiritual a la orientación física dentro de la esfera de la gravedad en la Tierra.

Aquí, en la Tierra, aprendemos a hablar. Esto pertenece nuevamente a nuestra naturaleza inherente, pero en el mundo espiritual entre la muerte y un nuevo nacimiento no podemos hablar; los órganos físicos necesarios para el habla no están allí. En el mundo espiritual entre la muerte y un nuevo nacimiento, tenemos, sin embargo, la siguiente experiencia. Nos sentimos en condiciones rítmicamente alternas; en un momento nos hemos contraído, por así decirlo, en nuestro propio ser; nuestra conciencia superior también se contrae. Entre la muerte y el nuevo nacimiento hay momentos en que nos encerramos dentro de nosotros mismos, tal como lo hacemos mientras dormimos en la Tierra. Pero luego nos abrimos de nuevo. Así como en la Tierra física dirigimos nuestros ojos y otros sentidos hacia el Universo, entonces en ese otro mundo dirigimos nuestros órganos espirituales de percepción hacia los Seres de las Jerarquías. Dejamos que nuestro ser fluya, por así decirlo, por los espacios lejanos, y luego lo reunimos de nuevo.

Es un proceso de respiración espiritual, pero su curso es tal que si describiéramos en palabras terrenales, en imágenes derivadas de la vida terrenal, lo que el hombre se dice a sí mismo allí en el mundo espiritual, deberíamos hablar algo de la siguiente manera:  como ser humano en el mundo espiritual, tengo esto o aquello que hacer. Lo sé a través de los poderes de percepción que tengo en el mundo espiritual entre la muerte y un nuevo nacimiento. Me siento ser este ser humano, esta individualidad. Mientras exhalo en la Tierra, también me vuelvo anímicamente al Universo y me convierto en uno con el Cosmos. Mientras respiro en la Tierra, también recibo en mí lo que experimenté mientras mi ser era derramado en el Cosmos. Esto ocurre constantemente entre la muerte y un nuevo nacimiento.

Pensemos en un hombre que se siente encerrado en su propio ser y luego como expandido al cosmos. En un momento, se concentra en sí mismo y luego se expande al Universo. Cuando vuelve a entrar en sí mismo es como cuando respiramos el aire desde los espacios físicos del Universo.

f1c1

Ahora que hemos derramado nuestro ser sobre el Cosmos y lo hemos vuelto a contraer, comienza (no puedo expresarlo de otra manera) comienza a decirnos qué fue lo que abrazamos cuando nuestro ser estaba extendido, por así decirlo, en la extensión cósmica. Cuando juntamos nuestro ser nuevamente, comienza a decirnos qué es en realidad, y luego decimos, entre la muerte y un nuevo nacimiento: El Logos en el que nos sumergimos por primera vez, el Logos está hablando dentro de nosotros.

Aquí en la Tierra tenemos la sensación de que en nuestro discurso físico damos forma a las palabras cuando exhalamos. Entre la muerte y un nuevo nacimiento nos damos cuenta de que las palabras que se extienden en el Universo y revelan su naturaleza esencial, entran en nosotros cuando nuestro ser se infunde y se manifiesta en nosotros como la Palabra Cósmica. Aquí en la Tierra, hablamos mientras exhalamos; en el mundo espiritual, hablamos mientras respiramos. Y al unirnos con nuestro ser, a lo que el Logos —La Palabra Cósmica— nos dice, los Pensamientos Cósmicos se iluminan dentro de nuestro ser. Aquí en la Tierra hacemos esfuerzos a través de nuestro sistema nervioso para albergar pensamientos terrenales. En el mundo espiritual, extraemos los Pensamientos Cósmicos de la Palabra Cósmica del Logos cuando nuestro ser se ha extendido por el Universo.

Ahora traten de formarse una vívida concepción de lo siguiente. Supongamos que te dices a ti mismo entre la muerte y un nuevo nacimiento: tengo esto o aquello que hacer… todo lo que has experimentado hasta ahora te hace consciente de que tienes esta o aquella tarea para realizar. Luego, con la intención de realizarlo, extiendes tu ser en el Universo; pero el proceso de expansión es en realidad un proceso de orientación.

Cuando te dices a ti mismo aquí en la Tierra que debes comprar algo de mantequilla … eso también significa una intención. Partes hacia Basilea para comprar la mantequilla allí, y después te la llevas. Entre la muerte y un nuevo nacimiento también tienes intenciones  —en conexión, por supuesto, con lo que se tiene que lograr en ese otro mundo.  Luego expandes tu ser; esto se hace con la intención de adquirir orientación, puede ser que te sientas atraído hacia un Ángel o quizás hacia un Ser de Voluntad, o hacia algún otro Ser. Tal Ser se une a tu propio ser expandido. Tu respiras; y este Ser te comunica su participación en el Logos y los Pensamientos Cósmicos conectados con este Ser se encienden dentro de ti.

Cuando la semilla del espíritu del hombre desciende a la Tierra (como ya he dicho, él mismo permanece un poco más en el mundo espiritual), no está organizado para pensar o hablar en el sentido terrenal, ni para caminar en el sentido terrenal, cuando la gravedad está involucrada; pero él está organizado para el movimiento y la orientación entre los Seres de las Jerarquías Superiores. Él no está organizado para hablar sino para permitir que el Logos resuene dentro de él. Él no está organizado para los vagos pensamientos de la vida terrenal, sino para los pensamientos que se vuelven radiantes en él, dentro del Cosmos.

Caminar, hablar y pensar aquí en la Tierra tienen sus correspondencias en el mundo espiritual: en la orientación entre las Jerarquías, en el resonar de la Palabra Cósmica y en el encendido interior de los Pensamientos Cósmicos.

Imagínense vívidamente cómo el hombre sale después de la muerte al amplio espacio cósmico. Él pasa a través de las esferas planetarias alrededor de la Tierra. He hablado de estas cosas en conferencias recientes aquí. Pasa por la esfera de la Luna, la esfera de Venus, la esfera de Mercurio, la esfera de Júpiter, la esfera de Saturno. Habiendo pasado directamente al Cosmos, verá las estrellas siempre desde el otro lado. Debes imaginarte la Tierra y las estrellas a su alrededor. Desde la Tierra miramos hacia las estrellas; pero cuando estamos en el Cosmos miramos desde afuera hacia adentro.

Las fuerzas que nos permiten aquí en la Tierra ver las estrellas, nos dan la imagen física de las estrellas. Las fuerzas que nos permiten ver las estrellas desde el otro lado, no aparecen como lo hacen aquí, pero desde ese otro mundo las estrellas se nos aparecen como Seres espirituales. Y luego, cuando dejamos las esferas planetarias —estoy obligado a usar expresiones terrenales— entonces, como las condiciones ahora están en la evolución del mundo (el “ahora” es, por supuesto, un “ahora” cósmico de larga duración), nos damos cuenta con la comprensión adquirida a través de la conciencia superior que pertenece a nuestra vida entre la muerte y un nuevo nacimiento  qué infinita bendición es para nosotros que las fuerzas de Saturno no solo brillen hacia adentro en el mundo planetario de la Tierra, sino también hacia el exterior en la extensión cósmica. Allí, por supuesto, es algo completamente diferente de los diminutos, insignificantes y azulados rayos de Saturno que pueden ser visibles para nosotros aquí en la Tierra. Allí están los rayos espirituales, irradiando hacia el Universo — incluso dejan de ser espaciales; irradian a una esfera más allá del espacio. Se nos aparecen de tal manera que entre la muerte y el renacimiento miramos hacia atrás en gratitud al planeta más externo de nuestro sistema planetario terrenal (porque Urano y Neptuno no son planetas reales de la Tierra, sino que se agregaron en una etapa posterior). Somos conscientes de que este planeta exterior no solo brilla sobre la Tierra sino también hacia los espacios lejanos del Cosmos. Y a los rayos espirituales que irradia hacia el Cosmos, debemos el hecho de que ahora estamos desprovistos de la gravedad terrenal, despojados de las fuerzas físicas del habla, despojados de las fuerzas físicas del pensamiento. Saturno, tal como se irradia hacia el espacio cósmico, es en verdad nuestro mayor benefactor entre la muerte y un nuevo nacimiento. Considerado desde un punto de vista espiritual, constituye, a este respecto, la antítesis misma de las fuerzas de la Luna.

Las fuerzas lunares espirituales nos mantienen en la Tierra. Las fuerzas espirituales de Saturno nos permiten vivir en la gran extensión del Universo. Aquí, en la Tierra, las fuerzas de la Luna tienen un significado muy especial para nosotros como seres humanos. Les he explicado que juegan su parte incluso en el hecho cotidiano de despertarse del sueño. Lo que las fuerzas de la Luna son para nosotros aquí en la Tierra, las fuerzas de Saturno que irradian hacia el Universo desde la esfera más externa de nuestro sistema planetario son para nosotros entre la muerte y un nuevo nacimiento. No deben imaginar que, por un lado, Saturno irradia hacia la Tierra y de otro hacia el Universo. No es tal. El Saturno físico aparece como un hueco en esta esfera del Saturno cósmico que irradia, espiritualmente, al espacio cósmico. Y desde un cierto punto de tiempo en adelante después de la muerte, lo que así se irradia hacia el exterior oculta todo lo terrenal de nosotros, lo oculta todo con luz.

Aquí en la Tierra, el hombre está bajo la influencia de las fuerzas espirituales de la Luna; entre la muerte y un nuevo nacimiento, él está bajo la influencia de las fuerzas de Saturno. Y cuando desciende de nuevo a la Tierra, se aleja de las fuerzas de Saturno y entra gradualmente en la esfera de las fuerzas de la Luna. ¿Qué pasa entonces?

Mientras el hombre esté relacionado con la esfera de las fuerzas de Saturno —y Saturno está apoyado por Júpiter y Marte, que tienen funciones especiales para llevar a cabo, de las que hablaré en alguna ocasión futura— por lo tanto, mientras el hombre esté bajo la influencia de Saturno, Júpiter y Marte, él es un ser que no lucha por caminar, hablar o pensar en el sentido terrenal, sino por encontrar su orientación entre los Seres espirituales, experimentar el Logos resonando en él, y para que los Pensamientos Cósmicos se iluminen en él. Y con estos objetivos e intenciones interiores, la semilla espiritual del organismo físico es enviada a la Tierra.

En efecto, el ser humano que desciende de los mundos espirituales a la Tierra no tiene la menor inclinación a exponerse a la gravedad terrestre, a caminar o a poner en movimiento los órganos del habla  para que el habla física pueda resonar, tampoco tiene ninguna inclinación a pensar con un cerebro físico sobre cosas físicas. Él no tiene ninguna de estas facultades. Él solo las adquiere cuando, como una semilla espiritual del espíritu, es enviado desde la esfera de las fuerzas de Saturno a la Tierra, pasando a través de la esfera solar y entrando en las otras esferas planetarias: las esferas de Mercurio, Venus y la Luna. Las esferas de Mercurio, Venus y la Luna transforman la predisposición cósmica para la orientación espiritual, la experiencia del Logos y la iluminación interior de los Pensamientos Cósmicos, en las facultades rudimentarias de caminar, hablar y pensar. Y el cambio real es efectuado por el Sol, es decir, el Sol espiritual.

A través del hecho de que el hombre entra en la esfera de la Luna —y las fuerzas de la Luna son apoyadas por las fuerzas de Venus y Mercurio— a través de esto, las predisposiciones celestiales para la orientación, la experiencia del Logos y el Pensamiento Cósmico se transforman en facultades terrenales. Así, para un niño aquí en la Tierra, cuando comienza a levantarse desde la posición de gatear, deberíamos decir: Antes de que le recibieran en las esferas de Mercurio, Venus y Luna, allá en las esferas celestiales, se organizaba para la orientación espiritual entre las Jerarquías, para la experiencia interna del Logos resonante, y para la iluminación interior con Pensamientos Cósmicos. Ha logrado la metamorfosis desde esas facultades celestiales hacia las facultades terrenales en el sentido de que atraviesa toda la esfera planetaria, y la transformación de lo Celestial en lo Terrenal es forjada por el Sol.

Pero mientras esto sucede, tiene lugar otra cosa de tremenda importancia. Al pasar de lo celestial al reino terrenal, el ser humano experimenta solamente un lado del mundo etérico. El mundo etérico se extiende a través de todas las esferas de los planetas y las estrellas. Pero en el momento en que las facultades celestiales se transforman en lo terrenal, el ser humano pierde la experiencia de la Moral Cósmica. La orientación entre los Seres de las Jerarquías Superiores se experimenta no solo como una manifestación de las leyes naturales, sino como una orientación moral. Del mismo modo, el Logos habla en el ser humano no de una manera moral como lo hacen los fenómenos de la Naturaleza, porque aunque no hablan de una manera antimoral, hablan ‘a-moralmente’. El Logos habla moralidad; así también los Pensamientos Cósmicos se iluminan como portadores de la moralidad.

Saturno, Júpiter y Marte —esto debe decirse a pesar del horror que causará a los físicos— Saturno, Júpiter y Marte contienen, al igual que sus otras fuerzas, fuerzas de orientación moral. Solo cuando el hombre transforma las facultades celestiales que se han caracterizado como caminar, hablar y pensar, pierde el elemento moral. Esto es de inmensa importancia. Cuando aquí en la Tierra hablamos del éter —en el que vivimos cuando nos acercamos a la Tierra para nacer— le atribuimos al éter todo tipo de cualidades. Pero eso es solo un lado, un aspecto, del éter. El otro aspecto es que es una sustancia que trabaja con un efecto moral. Está impregnado a través de impulsos morales. Así como está impregnado de luz, también está impregnado de impulsos morales. En el éter terrenal, estos impulsos no están presentes.

Sin embargo, el hombre como ser terrenal no está completamente desprovisto de las fuerzas dentro de las cuales vive entre la muerte y un nuevo nacimiento. Incluso si por algún decreto en el Orden Mundial Divino, el hombre en la Tierra no tuviera ni idea de eso, además de tener una naturaleza física, debería ser también un ser moral, podría ser que sus facultades terrenales de caminar, hablar, y el pensamiento se sentirían muy débiles para corresponder a una Orientación celestial, un Logos celestial, una iluminación celestial con Pensamientos Cósmicos. Es verdad, sin algún estímulo interior, el hombre sabe muy poco en la Tierra de estas correspondencias celestiales de sus facultades terrenales; pero a pesar de todo, tiene leves recuerdos de ellos. Si no hubiera secuelas de lo celestial aquí en la Tierra, todo vínculo que una al hombre con el mundo espiritual habría sido olvidado, sin dejar rastro alguno. Incluso la conciencia no se movería. Comenzaré por algo bastante concreto, y aunque lo que voy a decir ahora parecerá extraño, está de acuerdo con los hechos establecidos por la investigación espiritual.

Piensen en la Tierra con el aire a su alrededor; más hacia afuera está el éter cósmico, pasando gradualmente a la esfera espiritual. Aquí en la Tierra inhalamos y exhalamos el aire. Este es el ritmo de la respiración. Pero allá afuera vertimos nuestro ser en el Cosmos, recibiendo en nosotros mismos el Logos y los Pensamientos Cósmicos. Allí dejamos que el Mundo, el Universo, hable en nosotros. Esto también ocurre rítmicamente, en un ritmo determinado por el mundo de las estrellas. En el Cosmos también hay ritmo. Como seres humanos en la Tierra, tenemos el ritmo de la respiración, que se relaciona de manera definida con el ritmo de la circulación de la sangre: cuatro latidos de pulso por una respiración. En ese mundo, exhalamos y respiramos de nuevo espiritualmente; este es el ritmo cósmico. Como hombres en la Tierra, nuestra vida depende del hecho de que tomemos un número determinado de respiraciones y de pulsaciones por minuto. En el Universo vivimos en un ritmo cósmico, en el que cuando respiramos, por así decirlo, en el mundo moral-etéreo estamos entonces dentro de nosotros mismos. Y cuando lo exhalamos de nuevo nos unimos con los Seres de las Jerarquías Superiores.

Así como aquí en nuestro cuerpo físico dentro de nuestra piel, se establecen rítmicamente los movimientos regulares, así en el universo el curso y las posiciones de las estrellas establecen el ritmo cósmico en el que vivimos entre la muerte y un nuevo nacimiento. Vivimos en el aire, y en el aire desarrollamos nuestro ritmo respiratorio con su regularidad verdaderamente extraordinaria. Si el ritmo es irregular, esto significa enfermedad para el hombre. En el Universo —aunque primero tenemos que pasar por el espacio cósmico intermedio— experimentamos el ritmo cósmico en la medida en que vivimos en el éter cósmico, impregnado como está con el elemento moral. Por lo tanto, hay dos ritmos diferentes: humano y cósmico. En verdad, ambos son ritmos humanos, ya que el ritmo cósmico es el ritmo humano entre la muerte y un nuevo nacimiento.

En la Tierra, el Universo tiene, por así decirlo, el ritmo propio de la humanidad; en ese mundo tiene el ritmo en el cual nosotros mismos participamos entre la muerte y el renacimiento. ¿Qué se encuentra, entonces, entre los dos? El ritmo propio de la humanidad nos da la facultad entre el nacimiento y la muerte para hablar palabras humanas, para dominar el lenguaje humano. El ritmo cósmico nos permite entre la muerte y un nuevo nacimiento dejar que la Palabra Cósmica resuene en nosotros. La Tierra nos dota del don del habla. El Universo, el Universo espiritual, nos da el Logos. Se darán cuenta de que las condiciones son totalmente diferentes en la esfera donde el ritmo cósmico nos da el Logos, a las condiciones aquí en la Tierra, donde articulamos la palabra humana en el aire.

¿Qué, constituye entonces, el límite entre un reino y el otro? Mirando hacia el mundo físico, no tenemos percepción del ritmo cósmico. Hay una ley interna y orden en cada reino, entonces, ¿qué es lo que se encuentra entre ellos? Entre ellos —si puedo decirlo así — está el límite en el que se rompe el ritmo cósmico porque se acerca demasiado a la Tierra; entre ellos está lo que, en ciertas circunstancias, también puede llevar al ritmo respiratorio humano al desorden. Entre ellos, en efecto, están todos los fenómenos pertenecientes a la meteorología. Si en la Tierra no hubiera ventiscas, tormentas, viento, formaciones nubosas, si el aire no contuviera, además de oxígeno y nitrógeno para nuestra respiración, estos fenómenos meteorológicos que siempre están ahí, por despejado que parezca el aire —entonces debemos mirar hacia el Universo y estar al tanto de un ritmo diferente— en realidad, la contraparte de nuestro ritmo respiratorio, solo se transforma en infinita grandeza. Entre las dos esferas del orden mundial se encuentran los fenómenos caóticos del viento y el clima, que separan el ritmo cósmico y el ritmo respiratorio humano.

El hombre en la Tierra está sujeto a la gravedad. Él coordina su modo de andar, cada movimiento de sus manos con esta fuerza de gravedad. En el Universo, las fuerzas son completamente diferentes. La orientación allí esta en todas las direcciones; las líneas de fuerza corren del Ser al Ser de las Jerarquías. ¿Qué hay entre los dos? Como los fenómenos meteorológicos están entre el ritmo celestial y el ritmo humano en la Tierra, ¿qué hay entre la fuerza cósmica que es lo opuesto a la gravedad y la gravedad terrestre?.

Ahora, así como los fenómenos meteorológicos se encuentran entre los dos ritmos, así entre la fuerza de la gravedad y la fuerza de orientación celeste opuesta se encuentran las fuerzas volcánicas, las fuerzas que se manifiestan en los terremotos. Estas son fuerzas irregulares[1].

Visto desde el punto de vista del Cosmos en la forma que he descrito, las fuerzas que trabajan en los fenómenos meteorológicos están íntimamente conectadas con nuestros procesos respiratorios. Lo que ocurre en las operaciones de las fuerzas volcánicas está conectado con las fuerzas de la gravedad de tal manera que realmente parece como si de vez en cuando los poderes suprasensibles retomaran fragmentos de la Tierra al interferir con las leyes de la gravedad y la fundición en el caos, lo que las fuerzas de la gravedad han acumulado gradualmente, para llevarlo de vuelta.

Todas las formaciones terrenales construidas por la fuerza de la gravedad están sujetas a estos fenómenos terrestres. Pero mientras que en las manifestaciones del clima los elementos de aire, calor y agua están en movimiento, en este caso son los elementos sólidos y acuosos los que están involucrados. Aquí tenemos que ver con fuerzas que van más allá de la esfera de las leyes regulares del peso y la gravedad y que con el tiempo eliminarán a la Tierra.

Ahora, además de las manifestaciones meteorológicas y volcánicas, hay una tercera clase de la que hablaré en otra ocasión. La ciencia ordinaria en realidad no sabe qué hacer con los fenómenos volcánicos y a menudo da una explicación similar a la que leí hace un momento en relación con el espantoso terremoto que afectó a la Isla de Pascua. El autor de un artículo sobre lo que se dice que sucedió fue un geólogo, por lo tanto, poseía conocimiento experto en ese dominio en particular. Tras referirse a lo sucedido, agregó: Cuando reflexionemos sobre la causa de estos fenómenos que se repiten de vez en cuando y causan tal destrucción, debemos incluir este terremoto reciente en la categoría de temblores tectónicos de la Tierra.  ¿Qué nos dice esto? Los “temblores tectónicos de la Tierra” son temblores que causan una agitación en partes de la Tierra. Entonces, si vamos a hablar de la causa de tal agitación, ¡debemos hablar de la agitación! La pobreza viene de pauvreté!

Verdaderamente, es un hecho que para ver las conexiones entre estas cosas, debemos acercarnos a lo espiritual. En el momento en que pasamos del dominio de la ley natural ordinaria en alguna esfera —la de la gravedad, por ejemplo, o de los fenómenos rítmicos en el éter— el momento en que pasamos de esto a lo que es un caos aparente (aunque a través de este caos somos guiados en reinos superiores del Cosmos) … en otras palabras, si queremos comprender los fenómenos volcánicos y meteorológicos, debemos volvernos hacia lo espiritual. De hecho, es una realidad que al tratar con estas cosas, debemos acercarnos a lo espiritual.

Sucesos en la existencia del mundo que parecen ser puramente fortuitos —así los llamamos— se revelan en el ámbito espiritual en su entorno legal. Es a través del funcionamiento del dominio meteorológico que nosotros, como seres humanos, entre el nacimiento y la muerte, somos sacados de la esfera en la que vivimos entre la muerte y un nuevo nacimiento. Si en vez de las muchas abstracciones actuales en este momento debemos hablar concretamente, podemos decir: En los Cielos el hombre vive en un Orden Mundial que está escondido de él aquí en la Tierra a través del hecho de que está involucrado en los fenómenos meteorológicos de la atmósfera circundante. El dominio meteorológico es el muro divisorio entre lo que el hombre experimenta en la Tierra y lo que experimenta entre la muerte y un nuevo nacimiento.

De esta forma, quiero, si puedo, mostrarles las realidades de estas cosas, no solo hablar en torno a ellas.

Traducido por Gracia Muñoz en diciembre de 2017.

[1] (Nota del traductor. En este punto de la conferencia, el Dr. Steiner se refirió al informe que alegaba que la Isla de Pascua, muy lejos en el Océano Pacífico con sus maravillosas reliquias de antiguas civilizaciones había sido destruida por un terrible terremoto. Se recordará que después se descubrió que el informe era incorrecto).

Anuncios

GA232c1. Centros de Misterios

Conferencia I

Dornach, 23 de Noviembre de 1923

English version

Comenzaré hoy con la vida anímica del hombre, y seguiré desde ahí hasta penetrar en los secretos cósmicos.

Comencemos con algo de lo más simple. Consideremos la vida anímica de un ser humano tal y como se ve cuando lleva su meditación más allá del punto que tuve especialmente en cuenta cuando escribí los artículos en el semanario del Goetheanum sobre la Vida del Alma (GA 36 N.T.) Consideraremos la vida del alma más íntimamente de lo que se hizo en los artículos del semanario. Aquellos cuatro artículos sobre la vida del alma forman una especie de introducción, una preparación para aquello que vamos a considerar ahora.

Cuando meditamos de una manera amplia y exhaustiva, vemos cómo esta vida anímica puede elevarse hasta un nivel superior. Comenzamos por dejar que el mundo exterior actúe sobre nosotros –hacemos esto desde la niñez– y después nos vamos formando pensamientos sobre aquello que encontramos en ese mundo exterior. Somos realmente seres humanos cuando permitimos que las impresiones del mundo exterior continúen viviendo en nuestros pensamientos, elaborándolas interiormente, creando un mundo de imágenes mentales, que en cierto modo reflejen las impresiones realizadas sobre nosotros desde el exterior. No estamos haciendo nada especialmente útil para la vida anímica si simplemente nos formamos una serie de pensamientos sobre cómo el mundo exterior se refleja en nuestra alma, pues al actuar así sólo logramos lo que yo llamaría una imagen sombría del mundo de las ideas en nuestra alma. Realmente practicamos una mejor meditación si enfocamos nuestra atención más bien en la energía interior, en el intento de entrar vívidamente en el elemento del pensamiento, sin mirar al mundo exterior, y ahondamos en lo que nos ha llegado como impresiones procedentes del mundo exterior. Por tanto un hombre puede ser conducido, según su disposición, al mero pensamiento abstracto. Puede crear sistemas planetarios, o puede realizar esquemas sobre cualquier cosa imaginable en el mundo, etc. mientras otro puede reflexionar sobre las cosas que le han causado una impresión, mediante la prolongación de sus pensamientos más allá del período de la percepción, podría quizás desarrollar algún concepto incluso más imaginativo.

No entraremos más en la manera en que, según el temperamento o el carácter u otras influencias sobre un hombre, este pensamiento interno, esta meditación desprovista de impresiones externas, puede desarrollarse, pero reconoceremos el hecho de que es un asunto de especial importancia cuando nos retiramos respecto a nuestros sentidos del mundo exterior y vivimos en nuestros pensamientos e ideas, haciéndolos girar aún más lejos, a menudo tal vez en una dirección de solo meras posibilidades.

Mucha gente considera innecesario desarrollar esta vida del pensar, en la dirección de las meras posibilidades. Incluso en estos tiempos difíciles uno puede ver a la gente ocupada todo el día con sus asuntos (que por supuesto supone una actitud necesaria para la afrontar la vida exterior); posteriormente se reúnen en pequeños grupos, jugando a las cartas o al dominó o cosas similares, para, como se dice frecuentemente, pasar el tiempo. No sucede a menudo, sin embargo, que la gente se reúna en tales grupos para intercambiar pensamientos, por ejemplo, sobre las cosas en las que estuvieron ocupados durante el día, y considerar qué habría sucedido si esto o aquello hubiera sido diferente. No están tan interesados en esto como en jugar a las cartas, pero sería una prolongación de los pensamientos, y si conserváramos un sentido suficientemente sólido de la realidad, tal continuación de nuestros pensamientos no necesitarían convertirse en algo fantasioso.

Esta vida de pensamientos conduce finalmente a lo que ustedes encuentran si leen La Filosofía de la Libertad de la manera correcta. Si ustedes leen La Filosofía de la Libertad de la manera correcta deben familiarizarse con ese sentimiento de vivir en los pensamientos. La Filosofía de la Libertad se halla completamente extraída de la realidad, y al mismo tiempo procede enteramente del pensamiento real. Encontrarán por tanto una tonalidad fundamental en esta obra. La concebí en los años 80 y la escribí a comienzos de 1890, y ciertamente puedo decir que de todos aquellos que en aquel momento estuvieron en posición de conocer el núcleo de esta Filosofía de la Libertad, encontré por doquier incomprensión. Esta falta de entendimiento surge por una razón definida. Los seres humanos, incluso los llamados pensadores actuales, en realidad sólo llegan tan lejos en su pensamiento como para experimentar en este una imagen del mundo de los sentidos exterior; y luego dicen: quizás podría llegar al pensamiento del hombre algo del mundo suprasensible, pero tendría que entrar de la misma manera que lo hacen una silla o una mesa que está fuera de nosotros, y que nuestro pensamiento reconoce como algo que está fuera de nosotros. Así este pensamiento que vive en nuestro interior tendría que ser capaz de experimentar de una u otra manera algo suprasensible, exterior al hombre, de la misma forma que la mesa o la silla están fuera de nosotros y se pueden experimentar. De alguna forma parecida, Edward von Hartmann concibió esta actividad del pensamiento.

Este libro, La Filosofía de la Libertad llegó entonces a ser conocido. En este libro el pensamiento es tan experimentado que en la experiencia del pensamiento se llega a esta realidad, a saber que si un hombre realmente experimenta el pensamiento, vive, aunque al principio algo indefinidamente, en el cosmos, esta unión del hombre en su experiencia pensante más íntima con los secretos cósmicos es el nervio raíz de la Filosofía de la Libertad. Así, en este libro se encuentra la frase: “Al pensar, el hombre descubre un borde del velo del secreto cósmico”. Esto se expresa quizás simplemente, pero se supone que cuando un hombre realmente experimenta el pensamiento, ya no se siente fuera del secreto cósmico, sino dentro de él, ya no está fuera de la Esencia divina sino dentro de Ella. Cuando un hombre alcanza la realidad del pensar en sí mismo, alcanza lo Divino dentro de sí mismo.

Era este hecho el que no podía entenderse. Pues si un hombre realmente lo entiende, si realmente se ha tomado la molestia de adquirir esta experiencia de pensar, ya no descansa en el mundo en el que estaba antes, sino que vive en el mundo etérico. Está viviendo en un mundo que conoce: no está condicionado desde ninguna parte del espacio físico terrenal, sino por toda la esfera cósmica.

Ya no puede dudar del orden y de la realidad de la esfera cósmica etérica si han captado el pensamiento tal como está reflejado en la Filosofía de la Libertad. Así se llega a lo que puede llamarse experiencia etérica. Cuando un hombre entra en esta experiencia, realmente hace un notable paso adelante en la totalidad de su vida.

Puedo caracterizar este paso así: Si pensamos con la conciencia ordinaria, nos decimos: en esta habitación hay mesas, sillas, seres humanos, y así sucesivamente. Podemos pensar quizás en muchas más cosas también; pero pensamos en estas cosas como algo fuera de nosotros. Así comprendemos estas cosas en nuestro pensamiento –y hay diversas cosas fuera– desde el punto central de nuestro ser. Todo hombre es consciente de esto; quiere comprender las cosas del mundo con su pensamiento.

Si, sin embargo, hemos adquirido la experiencia del pensar que se acaba de caracterizar, ya no es el mundo lo que debemos comprender. El hombre no está tan atrapado, como yo diría, en su propio yo; sucede algo totalmente diferente. Tiene la sensación de que, con su pensamiento, ya no se limita a un solo lugar, puede captarlo todo interiormente. Siente que está contrayendo al hombre interior. Así como en su pensamiento ordinario extiende los sentidos espirituales hacia fuera, cuando experimenta el pensamiento dentro de él se extiende continuamente a su propio ser. El hombre mismo se convierte en el objeto.

Esta es una experiencia muy importante que cualquiera puede tener cuando se hace consciente de que: anteriormente tú siempre comprendías el mundo; ahora que tienes esta experiencia del pensamiento, debes comprenderte a ti mismo. El resultado de este proceso de intensa auto-comprensión es que él pasa más allá de su piel.

Y así como él interiormente se aferra a sí mismo, también se aferra desde dentro a todo el éter cósmico, no en sus detalles, naturalmente, pero gana la convicción de que este éter se extiende sobre la esfera cósmica dentro de la cual él existe junto con las estrellas, Sol y luna, etc.

Una segunda cosa que el hombre puede desarrollar en la vida interna de su alma es el poder de no ser estimulado inmediatamente en sus pensamientos desde el exterior, de no prolongar estos pensamientos y seguir entretejiéndolos, sino de entregarse a sus recuerdos. Si hace esto, y realmente hace de sus recuerdos una experiencia interior, entonces e resultado es una experiencia bastante definida. La experimentación ya descrita del pensamiento conduce al hombre hacia sí mismo, se comprende a sí mismo; y obtiene una cierta satisfacción en esta comprensión de su propio ser interior.

Cuando, sin embargo, pasa a la experiencia de la memoria, entonces, si se sobrelleva internamente de la manera correcta, acercarse a uno mismo finalmente no parece ser ya lo más importante. Esto es lo que sucede en la experiencia del pensamiento. Por eso uno encuentra en el pensamiento esa libertad que depende enteramente del elemento personal humano. Por tanto, una filosofía de la libertad debe comenzar por la experiencia del pensar, porque el hombre llega de ese modo a su propio ser; se encuentra a sí mismo como una personalidad libre. Esto no sucede con la experiencia de la memoria. En la experiencia de la memoria, si un hombre la sigue seriamente y se sumerge completamente en su memoria, adquirirá finalmente el sentimiento de hacerse libre de sí mismo, de alejarse de sí. Por tanto esos recuerdos que le permiten a uno olvidar el presente son de lo más satisfactorio. (No diré que es siempre lo mejor, pero es, en muchos casos, lo más satisfactorio).

Podemos obtener una idea del valor de la memoria si podemos concebir recuerdos que nos “saquen” al mundo, a pesar del hecho de que podamos estar completamente disconformes con el presente y nos gustaría alejarnos de él. Si podemos desarrollar recuerdos de tal naturaleza que nuestra vida de sentimiento se intensifique mientras nos entregamos a ellos, esto aporta lo que podría llamar una especie de preparación para lo que los recuerdos pueden llegar a ser cuando se hacen mucho más reales.

Ustedes pueden convertir en recuerdo en una experiencia real si recuerdan con el máximo realismo posible algo que realmente experimentaron digamos hace 10, 20 o 30 años. Solamente indicaré cómo puede hacerse. Supongan que repasan antiguos y queridos documentos y buscan, digamos, cartas antiguas que ustedes escribieron o que recibieron en alguna ocasión. Sitúen estas cartas ante ustedes, y por medio de ellas vivirán intensamente en el pasado. O quizás una manera mejor puede ser no tomar las cartas que ustedes han escrito, o que otras personas les han escrito, porque en esto entra demasiada subjetividad; sería mucho mejor, si son capaces de hacerlo, tomando sus antiguos libros de texto de la escuela y mirarlos como lo hicieron mucho tiempo atrás cuando realmente se sentaban frente a ellos cuando eran niños en la escuela, y de esta forma traen de vuelta a sus vidas algo que existió anteriormente. Esa es una experiencia realmente extraordinaria. Si llevan a cabo algo de esta naturaleza ustedes modifican completamente la actitud anímica  que poseen en el presente. Es muy extraordinario. Pero deben ser un poco ingeniosos en relación a esto, y hay toda una serie de cosas que pueden ayudarles. Una dama, por ejemplo, quizás pueda encontrar en algún rincón un vestido o alguna prenda que llevó hace 20 años; se lo pone y se transporta de ese modo a la posición en que estaba en aquel momento; o algo de naturaleza similar que pueda traer el pasado con la máxima realidad posible al presente. De esta manera ustedes serán capaces de separarse profundamente de su experiencia presente.

Cuando tenemos experiencias con nuestra consciencia actual en realidad permanecemos demasiado íntimamente en las experiencias, demasiado cerca para que de las experiencias resulte algo, por así decirlo. Debemos ser capaces de permanecer alejados. El hombre está más alejado de sí mismo cuando duerme que cuando está despierto; pues él se sitúa entonces fuera de sus cuerpos físico y etérico con su cuerpo astral y su yo. Cuando ustedes invocan realmente experiencias anteriores al presente, como acabo de describir, se acercan entonces al cuerpo astral que se sitúa fuera del cuerpo físico durante el sueño. Puede que al principio no crean que tal vivificación de las experiencias pasadas por medio de una antigua prenda pueda tener el poderoso efecto que he indicado, pero en realidad sólo se trata de que ustedes mismos experimenten con estos temas. Si ustedes realizan el experimento y realmente evocan en el presente lo que se experimentó en años pasados de tal forma que puedan vivir en ello y olvidar completamente el presente, verán que se acercan mucho a su cuerpo astral, a su cuerpo astral del sueño.

Ahora bien, si ustedes esperan que sólo sea necesario mirar a la derecha o a la izquierda para ver su cuerpo astral como una forma de nube, quedarán defraudados, pues esto no sucede de esa manera; deben prestar atención a lo que sucede realmente. Lo que sucede realmente es que, por ejemplo, después de un cierto tiempo, a través de tales experiencias, pueden gradualmente ver el amanecer de una nueva forma; pueden tener un nuevo sentimiento al ver un amanecer. Gradualmente, a lo largo de este camino llegarán a experimentar el calor del amanecer como algo de naturaleza profética, como si estuviera anunciando algo, como si el amanecer tuviera una fuerza profética natural en sí. Comenzarán a sentir el amanecer como algo espiritualmente poderoso, y serán capaces de relacionar el significado interior de esta fuerza profética, de forma que obtendrán un sentimiento, que al principio podrán confundir con una ilusión, de que el amanecer está relacionado con su propio ser.

amanecer

A través de experiencias como las que he descrito, se puede gradualmente llegar a una condición en la que se siente al ver el amanecer: “El amanecer no me deja solo. No está simplemente allí mientras yo estoy aquí; estoy interiormente unido a este amanecer; es una cualidad de mi propio sentimiento interior. Yo mismo soy el amanecer en este momento” Cuando se sientan así unidos con el amanecer de tal modo que se experimenten a ustedes mismos como el color, radiación y resplandor, la aparición del sol a partir de los colores y de la luz, de tal forma que en su propio corazón surja un sol, por así decirlo, a partir del fulgor de la mañana como un sentimiento viviente, entonces también sentirán como si estuvieran viajando con el sol sobre la cúpula del cielo; sentirán que el sol no les deja solos, el sol no está allí mientras ustedes están aquí, sino que sentirán que su existencia se extiende en cierto sentido hasta la existencia solar y que viajan con la luz a lo largo del día.

Si desarrollan este sentimiento que, como hemos dicho, no proviene del pensamiento –pues de esa manera sólo se puede llegar al hombre mismo– sino que pueden desarrollar a partir del recuerdo de la forma indicada, cuando desarrollan esta experiencia a partir de sus recuerdos, o mejor dicho a partir de las fuerzas del recuerdo, entonces las cosas que percibían anteriormente con sus sentidos físicos comienzan a tener un aspecto diferente; comenzarán a ser espiritual y psíquicamente transparentes. Cuando un hombre ha alcanzado este sentimiento de viajar con el sol, de obtener fuerzas del amanecer al acompañar al sol, observa todas las flores de la pradera con un aspecto diferente. Las flores no permanecen pasivas, mostrando los colores rojos o amarillos que tienen en su superficie sino que comienzan a hablar. Hablan a nuestros corazones de una manera espiritual. Las flores se vuelven transparentes. La parte espiritual de la planta se agita interiormente, y la floración se convierte en una especie de lenguaje. De esta manera el hombre une realmente su alma con la vida exterior de la naturaleza, y obtiene así la impresión de que existe algo detrás de la existencia de la naturaleza, de que la luz con la que se ha unido es portada por Seres espirituales, y en estos Seres espirituales él llega a reconocer gradualmente las características de aquello que ha sido presentado por la Antroposofía.

Consideremos ahora las dos etapas del sentimiento que he descrito. Tomemos el primer sentimiento que puede producirse a través del pensamiento como una experiencia interior; esta experiencia interior del pensamiento le lleva a uno lejos, y el sentimiento de estar en un espacio limitado desaparece completamente. La experiencia del hombre se amplía; siente con bastante claridad que en su ser interior hay un aspecto que se expande abarcando el cosmos completo, y que es de su misma sustancia. Se siente uno con el mundo entero, con la sustancialidad etérica del mundo; pero también siente que al estar sobre la Tierra, sus pies y piernas son atraídos por la gravedad. Siente que, con toda su naturaleza humana, se halla vinculado con este planeta. Pero en el momento en que el hombre tiene esta experiencia de pensamiento ya no se siente vinculado con la Tierra, sino que se siente dependiente de las vastedades de la esfera cósmica. Todo proviene del universo, ya no desde abajo, desde el centro terrestre, sino que todo proviene de las vastedades del espacio (de la periferia espacial). Uno siente que si ha de comprender al hombre, este sentimiento de fluir desde el espacio debe estar allí presente.

Esto se extiende incluso a la comprensión de la forma humana. Si quiero captar la forma humana, ya sea en la escultura o en la pintura, sólo puedo hacerlo en lo que respecta a la parte inferior de la forma pensando en algo procedente de la naturaleza corporal interna del hombre. No voy a traer el espíritu correcto a esto, a menos que pueda dibujar la parte superior de tal manera que piense en ella como traída desde afuera. Nuestra frente, la parte superior de nuestra cabeza, proviene del exterior, y realmente está colocada sobre el resto del cuerpo. Cualquiera que haya mirado con comprensión artística las pinturas de la cúpula pequeña del primer Goetheanum (actualmente destruido) habrá visto que la parte inferior del rostro siempre se representaba como habiendo crecido desde el interior del hombre, y la parte superior de la cabeza como algo dado desde el cosmos. Esto se sentía especialmente en las épocas en que los hombres tenían sensibilidad para estas cosas. Ustedes nunca comprenderán la forma de la cabeza de una verdadera escultura griega a menos que tengan esta sensibilidad, pues los griegos creaban bajo la inspiración de estos sentimientos.

Así el hombre se siente unido con el entorno por medio de su experiencia del pensar.

Ahora uno podría imaginarse que este proceso simplemente se llevara más lejos, y que uno llegara incluso más lejos cuando se pasa de la experiencia del pensamiento a la experiencia de la memoria; pero este no es el caso. Si desarrollan realmente esta experiencia del pensamiento en ustedes, obtendrán en último término una impresión de la Tercera Jerarquía, la de los Ángeles, Arcángeles y Arcai.

De la misma forma que ustedes pueden representarse la experiencia corporal del hombre aquí en la Tierra con las fuerzas de la gravedad y la transformación del alimento por medio de la digestión, también pueden formarse una idea de las condiciones en las que viven estos seres de la Tercera Jerarquía si, a través de esta experiencia del pensar, en vez de deambular por la Tierra, se sienten llevados por fuerzas que fluyen hacia ustedes desde las más alejadas regiones del Cosmos.

Ahora bien, cuando el hombre pasa de las experiencias del pensamiento a las del recuerdo, no es como si fuese el final de la esfera cósmica, el límite al que el hombre puede llegar. Podemos llegar a este límite cósmico si entramos realmente en la autenticidad de esta experiencia-pensamiento; pero entonces no vamos más allá; el asunto se presenta de manera diferente. Aquí, por ejemplo, podemos tener un objeto de alguna clase, un cristal, una flor o un animal; y si avanzamos desde la experiencia del pensar hasta todo lo que la experiencia del recuerdo nos puede aportar, entonces observamos justamente en el interior de ese objeto. La mirada que se ha extendido al universo puede, si es llevada más lejos a través de la experiencia del recuerdo, ver en las cosas. No es que ustedes se adentren en distancias abstractas indefinidas; la mirada que es fortalecida por el experiencia del recuerdo observa dentro  de las cosas y puede ver lo espiritual en todo. Ve, por ejemplo, en la luz, los seres espirituales activos en ella, etcétera. Ve en la oscuridad los seres espirituales activos en la oscuridad. Así que podemos decir: la experiencia del recuerdo nos conduce hasta la segunda Jerarquía.

Existe algo todavía en la vida anímica humana que va más allá de la memoria. Aclaremos lo que es. La memoria aporta a nuestra alma su colorido. Podemos saber con bastante exactitud, cuando nos acercamos a un hombre que lo juzga todo con desaprobación, que emana su agria atmósfera sobre todo, un hombre que, si se le dice algo hermoso inmediatamente responde con algo desagradable, etcétera, podemos saber con certeza que todo esto se haya relacionado con su memoria. La memoria da su colorido al alma. Podemos conocer a un hombre que siempre muestra una mueca irónica en la boca, especialmente si le decimos algo; o puede fruncir el ceño o poner una cara trágica. Otro hombre puede mirarnos de una manera amistosa, de tal forma que nos sentimos animados no sólo por lo que dice sino por la forma en que nos mira. Ciertamente es interesante, al pronunciar algunas afirmaciones especiales en una conferencia, contemplar los rostros del público, ver la expresión de la boca, o mirar las frentes o las expresiones en blanco en muchos rostros, o la nobleza de muchos otros, etc. En lo que ven se expresa no sólo lo que ha quedado como recuerdo en el alma y le ha aportado un cierto colorido, sino que se expresa algo que ha pasado de la memoria hasta la fisionomía, hasta el gesto, hasta la completa actitud humana.

También es característico si un hombre no ha acogido nada, si en su rostro se muestra que no ha aprendido nada de lo que ha experimentado como pena, dolor o gozo. Si su rostro se ha quedado demasiado suave, eso es tan característico como si expresara con profundas arrugas la tragedia o la seriedad de su vida, o incluso quizás sus múltiples satisfacciones. Aquello que queda en el alma como resultado del poder del recuerdo, pasa al cuerpo físico y lo moldea; y esto tiene lugar tan marcadamente que posteriormente el hombre realmente extrae de ello su fisionomía exterior y sus gestos, e interiormente su temperamento, pues no siempre tenemos el mismo temperamento en la vejez que en la niñez. El temperamento en la vejez a menudo es resultado de lo que hemos experimentado en la vida, y que se ha convertido interiormente en recuerdo, en el seno del alma.

Aquello que penetra interiormente al hombre de esta manera puede ser llevado a la realidad, aunque esto es más difícil. Es aún mucho más fácil traer ante la visión de nuestra alma las cosas que experimentamos en la niñez o, hace muchos años, para desarrollar la memoria hasta un cierto grado, pero es más difícil transponerse uno mismo al temperamento que se tuvo en la niñez, al temperamento anterior que uno experimentó. Pero la práctica de tal ejercicio puede ser de gran importancia para nosotros, y se logra más realmente cuando podemos hacer esto interiormente en las profundidades del alma que si lo hacemos exteriormente.

Un hombre ya logra realmente algo si, a los cuarenta o cincuenta años de edad, juega a un juego de niños, o salta como lo hacía cuando era niño o trata de poner la cara que ponía cuando una tía le daba un bombón cuando tenía ocho años de edad, y cosas por el estilo.

Transponerse uno nuevamente hasta el mismo gesto, hasta la misma actitud, trae algo a nuestra vida que conduce convincentemente al sentimiento de que el mundo exterior es el mundo interior, y el mundo interior es el mundo exterior.

Entonces entramos con todo nuestro ser, por ejemplo, en la flor, y tenemos además de la experiencia-pensamiento y la experiencia-recuerdo lo que podría llamarse la experiencia del gesto, en el sentido más verdadero de la palabra. A partir de esto se obtiene una idea de cómo lo espiritual obra por doquiera, sin impedimentos en el mundo físico.

Ustedes no podrán aprehender interiormentecon plena conciencia su comportamiento de hace, digamos, veinte años, en lo que concierne a sus gestos ante cualquier ocasión, si no toman conciencia de la unión de lo espiritual y lo físico en todas las cosas; es decir, si ustedes no penetran hasta las profundidades de este asunto con toda seriedad y energía. Entonces habrán llegado a la experiencia de la primera Jerarquía.

  • Experiencia-pensamiento: Tercera Jerarquía.
  • Experiencia-recuerdo: Segunda Jerarquía.
  • Experiencia-gesto: Primera Jerarquía.

La experiencia-recuerdo nos conduce a identificarnos con el amanecer cuando nos hallamos ante el fulgor del alba. Nos permite sentir interiormente, experimentar interiormente todo el calor del amanecer; pero cuando nos elevamos a la experiencia del gesto, entonces aquello que se nos aproxima en el amanecer se une con todo lo que puede experimentarse objetivamente como color o tono.

Cuando contemplamos los objetos a nuestro alrededor, iluminados por el sol y simplemente los vemos tal como aparecen ante nosotros, los vemos en la luz. Pero no vemos el amanecer de esta forma, especialmente cuando pasamos gradualmente de la experiencia-memoria a la experiencia del gesto; entonces todo lo que se experimenta como color se separa gradualmente de toda la existencia material. La experiencia del color se hace viva, se hace psíquica, espiritual. Renuncia al espacio en que el amanecer externo se manifiesta. El amanecer comienza a hablarnos entonces del secreto de la relación del Sol con la Tierra; y aprendemos cómo actúan los Seres de la Primera Jerarquía. Cuando dirigimos de nuevo nuestra mirada al amanecer y aparece ante nosotros casi como se hacía anteriormente en la mera experiencia del recuerdo, comenzamos a reconocer a los Tronos. Entonces el amanecer se disuelve. El color se hace vivo, se hace psíquico, espiritual, se convierte en un Ser, y nos habla de la relación del Sol con la Tierra tal como existió durante el período del Antiguo Sol; nos habla de tal manera que aprendemos lo que son los Querubines. Y entonces, cuando llenos de entusiasmo y veneración somos trasportados por esta doble revelación del amanecer, la Revelación de los Tronos y la de los Querubines, y seguimos viviendo dentro del alma, entonces se abre el camino hacia nuestro propio ser interior, desde el Ser viviente en que se ha convertido el amanecer ahora, a aquello que constituye la naturaleza de los Serafines.

Todo lo que les he descrito hoy, lo he hecho simplemente para señalarles cómo, con el simple seguimiento del alma desde el pensamiento hasta el gesto que está pleno de pensamiento y se haya impregnado por el alma, el hombre puede adquirir para sí un sentimiento (pues, para empezar, sólo tiene sentimientos) sobre los fundamentos espirituales del Cosmos, justo hasta la esfera de los Serafines.

Quería aportarles esto como una especie de introducción a los estudios que nos van a conducir desde la vida anímica hasta las vastedades del cosmos espiritual.

Traducido por Gracia Muñoz en Junio de 2017