GA118c1 . Pentecostés. La Festividad de la individualidad libre

Rudolf Steiner – Hamburgo, 15 de mayo de 1910

English version

“Conoceréis la verdad y la verdad os hará libres”

Como despertadores de antiguos recuerdos, las festividades vuelven nuestros pensamientos y sentimientos hacia el pasado. A través de lo que significan, despiertan en nosotros pensamientos que nos ligan a todo lo que nuestras almas sostuvieron en tiempos lejanos. Pero otros pensamientos también son despertados a través de la comprensión del contenido de estas festividades, pensamientos que vuelven nuestros ojos al futuro de la Humanidad, lo que para nosotros, significa el futuro de nuestras propias almas. Los sentimientos se despiertan para darnos el entusiasmo de vivir en el futuro, e inspirar a nuestras voluntades a trabajar con fuerza para que podamos crecer más y más, adecuándonos a nuestras tareas futuras.

Así se presenta ante nosotros la imagen de las “lenguas de fuego” que descienden sobre la cabeza de cada uno de los discípulos, y aquí otra tremenda visión les revela el futuro de este Impulso de Cristo. Estos hombres, que fueron los primeros en entender al Cristo, se sienten como si no estuvieran hablando con personas cercanas a ellos en el espacio o en el tiempo: Sienten que sus corazones llegan lejos, lejos, a los diversos pueblos de la esfera terrestre, y sienten como si algo viviera en sus corazones, que es traducible a todos los idiomas y que puede ser comprendido en los corazones de todos los hombres. En esa poderosa visión del futuro del cristianismo que se mostro ante ellos, estos primeros discípulos se sienten rodeados de futuros discípulos de todos los pueblos de la Tierra como si algún día tuvieran el poder de proclamar el Evangelio con palabras que fueran comprensibles, no sólo para aquellos que están en contacto con ellos en el tiempo y el espacio, sino para todos los que viven en la Tierra como seres humanos conscientes de su destino. Esto fue lo que nació de la primera Festividad Cristiana Pentecostal como el contenido anímico y sentimental de estos primeros discípulos de Cristo.

Consideremos ahora la interpretación de estas imágenes en su significado esotérico cristiano más profundo. El Espíritu, también llamado con razón el Espíritu Santo  —por lo que es — envió sus fuerzas en el primer descenso a la Tierra de Cristo Jesús. Luego se manifestó cuando Jesús fue bautizado por Juan el Bautista. Ahora, una vez más, este mismo Espíritu, en otra forma, en forma de muchas lenguas solitarias, brillantes y ardientes, desciende sobre la individualidad de los primeros creyentes cristianos.

Se nos habla de este Espíritu Santo en la festividad de Pentecostés de una manera muy especial, pero debemos aclarar en nuestras mentes el significado de las palabra “Espíritu Santo”, como se usa en los Evangelios. En primer lugar, ¿cómo se hablaba habitualmente del Espíritu en los tiempos antiguos, en los tiempos anteriores a los del Evangelio? En tiempos antiguos se hablaba del Espíritu en muchas conexiones, pero en una conexión particular. A través del nuevo conocimiento que nos da la Ciencia Espiritual, podemos decir que cuando un hombre pasa por el nacimiento a su existencia entre el nacimiento y la muerte, el cuerpo en el cual la individualidad se encarna está determinado de dos maneras. Nuestra naturaleza corporal tiene realmente una doble función que cumplir: nos hace un ser humano, pero también nos hace miembros de este o aquel pueblo, de esta o de otra raza o familia. En los tiempos antiguos que precedieron al cristianismo, todavía no se había experimentado lo que se puede llamar una Humanidad Mundial, ese sentimiento de comunión humana que cada vez más vive en los corazones humanos desde la proclamación del cristianismo y que nos dice : ¡Tú eres el prójimo de todos los seres humanos de la Tierra!. Por otro lado, ese sentimiento era tanto más fuerte en cuanto que cada hombre era miembro de un pueblo o tribu en particular. De hecho, esto se expresa en la religión de los hindúes en su creencia de que sólo a través de la sangre se puede ser un verdadero hindú. En muchas direcciones, —a pesar de las excepciones del principio— esto también estaba firmemente sostenido por el antiguo pueblo hebreo antes de la venida de Cristo. Según su punto de vista, un hombre pertenecía a su pueblo porque sus padres que también pertenecían y estaban relacionados por la sangre, lo habían colocado en él. Y también estaban familiarizados con otro sentimiento, que era más o menos sentido por todos los pueblos de antaño, a saber, que uno era un miembro de la propia familia, un miembro de su propio pueblo, y nada más. Cuanto más nos remontamos a la antigüedad, más intenso es este sentimiento de sentirse como un miembro de su pueblo y de ninguna manera como una individualidad aparte. Poco a poco, sin embargo, se despertó el sentimiento de la individualidad, de ser uno mismo como ser humano, solo un ser humano individual con cualidades humanas individuales. Así, estos dos principios se sintieron presentes en la naturaleza exterior del hombre: la pertenencia a un pueblo y la conciencia de uno mismo como una sola personalidad.

Ahora bien, las fuerzas inherentes a estos dos principios se atribuían de manera diferente a los padres. El principio de pertenencia a la familia, en virtud de la cual uno se relacionaba con la comunidad racial en general, se atribuía por herencia a la madre. Cuando los hombres se sentían según este concepto, decían de la madre: “En ella el espíritu del pueblo tiene dominio. Ella está llena del Espíritu del pueblo y ha transmitido al niño las cualidades comunes a su pueblo”. Pero del padre se decía que él era el portador y transmisor del principio que daba más bien las características individuales, personales del ser humano. Así se podía decir cuando un hombre venia al mundo a través del nacimiento —y ésta era también la opinión del antiguo pueblo hebreo en los tiempos pre-cristianos— que él era una personalidad individual a través de las fuerzas del padre. La madre, sin embargo, a través de lo que era inherente a su naturaleza, se sentía plena del Espíritu del Pueblo, y a este le entregaba el niño. Así, se decía de la madre, que el Espíritu del pueblo habitaba en ella, y fue en este sentido que se hablaba del Espíritu que enviaba a sus fuerzas desde los reinos espirituales a la humanidad — que dejaba que sus fuerzas fluyeran hacia abajo al mundo físico, a la humanidad, por medio de la madre.

A través del Impulso de Cristo, sin embargo, surgió una nueva concepción: una concepción que decía que este Espíritu del que los hombres habían hablado anteriormente, este Espíritu del Pueblo, iba a ser reemplazado por otro que, aunque ciertamente relacionado con él, era mucho más elevado, un Espíritu que relaciona a toda la Humanidad, así como el Espíritu anterior relacionaba a un pueblo en particular. Este Espíritu debía ser dado al hombre y llenarlo con el poder de decir: “Siento que pertenezco no sólo a una parte de la Humanidad, sino a toda ella; ¡Soy un miembro de la humanidad entera, y me convertiré en miembro de la Humanidad cada vez más y más!”. Esta fuerza, que vertió una calidad humana cosmopolita sobre toda la humanidad, fue atribuida al “Espíritu Santo”. Así, el Espíritu del pueblo que se expresaba en la fuerza que se transmitía a través de la madre fue elevado a Espíritu Santo.

El que debía traer a la Humanidad el poder de desarrollar esta naturaleza humana universal cada vez más y más en la vida terrena, sólo podía vivir como el primer Ser de esta naturaleza en un cuerpo legado por el poder del Espíritu Santo. Esto fue lo que la madre de Jesús recibió en la Anunciación. En el Evangelio de San Mateo nos enteramos de la consternación de José, de quien se dice que era un hombre “recto”. Esta palabra se usaba en el sentido antiguo y significaba que él era uno que sólo podía creer que cualquier hijo suyo nacería del Espíritu de su pueblo. Ahora él descubre que la madre de su hijo está llena, es penetrada a través de (porque este es el significado correcto de la palabra original en nuestro idioma), el poder de un Espíritu que no era meramente un Espíritu del pueblo, sino el Espíritu de la Humanidad universal!. Y no sentía que pudiera vivir con una mujer que pudiera un día darle hijos, cuando vivía en ella el Espíritu de la humanidad en su totalidad y no el Espíritu que tenía en su justicia. En consecuencia, deseó, como dicen, abandonarla en secreto. Sólo cuando recibió una comunicación del mundo espiritual, consiguió la fuerza para decidir tener un hijo de esa mujer que estaba penetrada y llena del poder de ese Espíritu Santo.

anunciacion

Así podemos ver que este Espíritu estaba trabajando creativamente, primero dejando que sus fuerzas fluyeran en la evolución humana en relación con el nacimiento de Jesús de Nazaret y de nuevo en el poderoso acto del Bautismo en el Jordán. Así entendemos ahora cuál es el poder del Espíritu Santo: es el poder que elevará cada vez más y más a cada hombre sobre todo lo que lo diferencia y separa de los demás y le hace miembro de toda la Humanidad en la Tierra, un poder que funciona como un vínculo de alma a alma, no importa en qué cuerpos puedan estar.

Es de este mismo Espíritu Santo que se nos dice ahora que en la fiesta de Pentecostés fluye, a través de otra revelación, a las individualidades de aquellos que primero aceptaron el cristianismo. En el bautismo de Juan se nos presenta la imagen del Espíritu a modo de paloma; Ahora, sin embargo, aparece otra imagen, la imagen de las lenguas ardientes. Es en una paloma, en una sola forma, que el Espíritu Santo se manifiesta en el Bautismo de Juan: es en muchas lenguas únicas que se manifiesta en la Fiesta Pentecostal. Y cada una de las lenguas individuales trae inspiración a cada individuo, a cada una de las individualidades de los primeros discípulos del cristianismo.

Qué significado tiene este símbolo de Pentecostés para nuestras almas? Después de que Cristo, el portador del Espíritu Humano Universal, hubiese completado su obra en la Tierra, después de haber experimentado las últimas envolturas terrenales de Su ser para dispersarse en el Universo y toda esa envoltura terrenal se alejo como una sola entidad, del Ser Espiritual de la Tierra, se hizo posible que en los corazones de aquellos que comprendieron ese Impulso surgiera el poder de hablar sobre el Impulso de Cristo, de trabajar en el significado del Impulso de Cristo.

En cuanto a su manifestación en las envolturas externas, el Impulso de Cristo había desaparecido en la Ascensión en la totalidad indivisa del mundo espiritual:  diez días más tarde se levanto en los corazones individuales de sus primeros seguidores. Y debido a que el mismo Espíritu que había trabajado en el poder del Impulso de Cristo ahora reapareció en forma múltiple, los primeros discípulos del cristianismo se convirtieron en los portadores y predicadores del mensaje de Cristo.

Así, al comienzo mismo de la historia cristiana se estableció el poderoso signo de este acontecimiento, que nos dice: “Así como los primeros discípulos recibieron cada uno el Impulso de Cristo en sí mismos, así como les fue concedido recibirlo en forma de lenguas de fuego que inspiraron sus propias almas, así también vosotros, todos vosotros, si lográis entender el Impulso de Cristo, recibiréis su poder, individualizado, en vuestros corazones, un poder que puede desarrollarse cada vez más y más, y que llegara a ser cada vez más completo”. Una esperanza omnipresente nos puede salir de esta señal que se manifestó como el punto de partida del Cristianismo. Cuanto más se perfecciona un hombre, más puede sentir que el Espíritu Santo habla de su propio ser interior, en la medida en que su pensamiento, sentimiento y voluntad están permeados por este Espíritu Santo, que a través de su división múltiple es también un Espíritu individual en cada ser humano en el que trabaja.

En cuanto a nuestro crecimiento futuro, por lo tanto, este Espíritu Santo es para nosotros, hombres, el Espíritu del desarrollo del hombre libre, en el alma humana libre. El Espíritu de la libertad tiene su influencia en ese Espíritu que se derramó sobre los primeros que entendieron el cristianismo en la primera festividad pentecostal cristiana, un Espíritu cuya característica más significativa fue indicada por el mismo Cristo: “Conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres”. El hombre sólo puede ser libre en el espíritu. Mientras él dependa de la naturaleza corporal en la que habita su espíritu, permanecerá esclavo. Puede llegar a ser libre, sólo cuando se encuentre de nuevo en espíritu y desde el espíritu se convierta en señor de lo que está en él. “Ser libre” presupone el descubrimiento de uno mismo como espíritu dentro de uno mismo. El verdadero espíritu en el que podemos hacer este descubrimiento es el espíritu humano universal, que reconocemos como el poder pentecostal del Espíritu Santo entrando en nosotros, y que debemos dar a luz en nosotros mismos permitiendo que llegue a manifestarse.

Así, el símbolo de Pentecostés se transforma para nosotros en el más poderoso de nuestros ideales, el libre desarrollo del alma humana,  en una individualidad autocontenida y libre. Los discípulos tenían un poco la sensación de esto que, por inspiración, y no, por supuesto, con la clara conciencia, tenía que ver con la designación para la festividad de Pentecostés en su día especial en el año. Este ordenamiento exterior es en sí mismo notable; pues quienquiera que no pueda detectar una sabiduría omnipresente incluso en la fijación de un día festivo entiende muy poco del mundo. Consideremos desde este punto de vista las tres fiestas: Navidad, Pascua y Pentecostés. Como festividad cristiana la Navidad tiene un día particular en el año; se ha fijado de una vez por todas un día en particular en diciembre, y cada año celebramos la Navidad en el mismo día. Con la festividad de Pascua es diferente. La Pascua es una fiesta móvil que está determinada por las constelaciones en los cielos; Se celebra el primer domingo después de la luna llena que sigue el equinoccio de Primavera.

Para esta fiesta debemos dirigir nuestra mirada hacia las alturas del cielo, donde las estrellas recorren su camino y nos proclaman las leyes del cosmos. La Pascua es una fiesta movible, así como en cada individualidad humana es movible ese momento en el cual, puede liberarse de la naturaleza inferior humana ordinaria despertando el poder del hombre superior, con una conciencia superior. Así como en un año la Pascua cae en este día y otro año en ese otro, así con cada hombre, de acuerdo con su pasado y la fuerza de su esfuerzo, llega el momento en que tarde o temprano se hace consciente: “Puedo encontrar el poder en mí mismo para dejar que el hombre superior surja de mí “.

La Navidad, sin embargo, es una festividad inamovible. Es la festividad donde el hombre ha dejado atrás en el transcurso del año el marchitamiento y la decadencia de la naturaleza, ante la alegría de la surgencia de la naturaleza, de la transmisión de fuerzas. El hombre contempla la naturaleza como en un estado de ensoñamiento llevando en sí la fuerza de las semillas. El mundo de la naturaleza se ha retirado, con todas las fuerzas de nacimiento dentro de ella. Cuando al mundo exterior de los sentidos la revelación de estas fuerzas está en su nivel más bajo; cuando la misma Tierra muestra cómo en un momento dado sus fuerzas espirituales se retiran para esperar el año venidero; cuando la naturaleza exterior se nos muestra más silenciosa; entonces es en la festividad de Navidad que el hombre debe dejar crecer el pensamiento en él para tener la esperanza de no estar sólo unido a las fuerzas terrenales, que ahora en este tiempo de Navidad están silenciosas, sino también con las fuerzas que están presentes no sólo en la Tierra, sino también en los reinos espirituales.

Esta esperanza debe elevarse en su alma, porque ve a la Tierra como si estuviera hundida en el sueño; Debe salir de la parte más profunda e íntima del alma misma, y entonces se convertirá en luz espiritual, cuando la naturaleza física exterior esté en su momento más oscuro. A través del símbolo de la festividad de Navidad, el hombre debe recordar así que, en primer lugar, está tan ligado con sus fuerzas del Yo a su cuerpo terrenal, como lo que se revela a su alrededor está ligado a la vida anual de la Tierra. De acuerdo con el adormecer de la Tierra, que tiene lugar en el mismo dia cada año, la festividad de Navidad también se coloca al mismo tiempo, de modo que en ese momento el hombre recordará que mientras esté ligado a un cuerpo, sin embargo, no está condenado a unirse sólo con él, sino que puede esperar encontrar el poder de convertirse en un alma libre dentro de sí misma. Lo que vemos como el significado de la Navidad nos recordará, tanto nuestra conexión con el cuerpo como también nuestra esperanza de liberarnos de este cuerpo.

Depende, sin embargo, de nuestros propio esfuerzo ya sea antes o después, que despleguemos aquellos poderes que podemos esperar, y que nos llevaran de nuevo al mundo espiritual y celestial. A este pensamiento debe traernos la Pascua. La festividad de Pascua no sólo nos recuerda que tenemos a nuestra disposición las fuerzas que el cuerpo nos da y que ellas mismas son, por supuesto fuerzas divino-espirituales, sino que nos recuerda también que como hombres podemos elevarnos por encima de la Tierra. De ahí que sea la festividad de Pascua la que nos habla de esas fuerzas que antes o después deben ser despertadas en nosotros. La Pascua, como festividad móvil, se determina según las constelaciones en los cielos. Así el hombre debe despertar el recuerdo de lo que puede llegar a ser, volviendo su mirada al cielo para ver cómo puede ser liberado de la existencia terrenal, cómo puede elevarse por encima de tal existencia. En la fuerza que nos llega de esta manera reside la posibilidad de la libertad interior, de la liberación interior. Cuando sentimos interiormente que podemos elevarnos por encima de nosotros mismos, entonces nos esforzaremos realmente por alcanzar ese ascenso; entonces tendremos la voluntad de liberar a nuestro hombre interior, de sacarlo de su esclavitud al hombre exterior. Estaremos, por supuesto, en el hombre exterior, pero seremos plenamente conscientes de nuestro poder espiritual interior, seremos conscientes del hombre interior.

Además, depende de este momento, en el que, en esta fiesta de Pascua,  crecemos conscientes de que podemos liberarnos, si también alcanzamos el festival de Pentecostés, cuando podemos llenarnos del espíritu, que se ha encontrado en sí mismo, con un contenido que no es de este mundo, sino del mundo espiritual. Este contenido nos viene del mundo espiritual, y esto solo puede hacernos libres. Es la verdad espiritual de la cual Cristo dijo: “Conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres”. Es por esta razón que Pentecostés depende de la festividad de la Pascua, porque es una consecuencia de esa festividad. La Pascua se determina según las constelaciones celestiales; Pentecostés es el acontecimiento que debe seguir como un resultado necesario, después del lapso de un cierto número de semanas.

Así, aun en la forma en que se determinan los tiempos de estas festividades, vemos, en una reflexión más profunda, la sabiduría que todo lo gobierna; vemos que estas festividades están necesariamente situadas justo donde tienen que estar a lo largo del año, y que cada año traen ante nosotros lo que nosotros, como hombres, hemos sido, somos y lo que podemos llegar a ser. Cuando sabemos pensar en estas festividades de esta manera, entonces ellas son para nosotros festividades que nos unen con todo lo que ha pasado, y se convierten en un impulso implantado en la Humanidad para  seguir adelante en el futuro.

La festividad de Pentecostés en particular, cuando la entendemos de esta manera, otorga confianza, fuerza y esperanza, cuando sabemos lo que podemos llegar a ser en nuestras almas siguiendo a aquellos que, como los primeros que entendieron el Impulso de Cristo, se hicieron dignos de tener las lenguas ardientes descendiendo sobre ellos. Cuando entendemos la fiesta de Pentecostés como una festividad, no sólo de ese momento pasado, sino también del futuro, entonces viene mágicamente ante nuestros ojos espirituales la expectativa de recibir al Espíritu Santo. Pero entonces debemos aprender a entender Pentecostés en su verdadero sentido cristiano. Debemos aprender a entender primero lo que dicen las poderosas lenguas, la poderosa inspiración de Pentecostés. ¿Qué era lo que sonaba con tonos de trompeta del “poderoso viento impetuoso”, del que nos hablan en la imagen que se coloca ante nuestras almas como la imagen de Pentecostés, de la primera festividad pentecostal cristiana? ¿Qué clase de voces fueron estas que proclamaron en la maravillosa música de las esferas: “Vosotros habéis experimentado el poder del Impulso de Cristo, vosotros sois los primeros en entenderlo. Y el poder de Cristo en vosotros se ha convertido en el poder de vuestras propias almas, de tal manera que cada uno de vosotros, ahora que el acontecimiento del Gólgota se ha cumplido, os habéis hecho capaces de ver al Cristo ahora, en este tiempo presente. ¡Con tanta fuerza el Impulso de Cristo ha trabajado en cada uno de vosotros”.

El Impulso de Cristo, sin embargo, es un impulso de libertad; Su verdadera actividad no se revela cuando se produce fuera del alma humana. El verdadero funcionamiento del Impulso de Cristo no aparece hasta que tiene lugar dentro del alma humana individual. Así fue que aquellos que primero comprendieron al Cristo se sintieron llamados a través del acontecimiento de Pentecostés a proclamar lo que estaba en sus propias almas, lo que en la revelación e inspiración de sus propias almas se les reveló como el contenido de la enseñanza de Cristo. A saber, que el Impulso de Cristo había trabajado en aquella sagrada preparación que habían sufrido antes de Pentecostés, se sintieron llamados, por el poder del Impulso de Cristo que obraba en ellos, a dejar hablar las lenguas ardientes, el Espíritu Santo individualizado en cada uno de ellos y salieron a proclamar el Evangelio de Cristo. No fue simplemente lo que Cristo les dijo una vez a esos primeros discípulos que las reconocieron como palabras de Cristo, no sólo aquellas palabras que Él ya había pronunciado. Ellos reconocieron como las palabras de Cristo aquello que sale del poder del alma que siente el Impulso de Cristo dentro de sí misma. [Cp. I Cor. VII, 25 y 40.]

Con este fin, el Espíritu Santo se derramó en forma individualizada en cada alma humana, para que cada uno desarrollara el poder, en sí mismo de sentir el Impulso de Cristo. Entonces, para tal alma, otra palabra se renueva: “Yo estaré con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo”. Por lo tanto, aquellos que están seriamente empeñados en experimentar el Impulso de Cristo también pueden sentirse llamados por lo que este Impulso despierta en sus corazones, a proclamar de nuevo la palabra de Cristo, que pueda sonar siempre renovada, siempre diferente en cada época de la humanidad. No es para que podamos aferrarnos a las pocas palabras de los Evangelios enunciadas en la primera década de la fundación del cristianismo, que el Espíritu Santo se derrama sobre los hombres: se derrama para que el Evangelio de Cristo pueda relatar su eventos de manera renovadas y de que de nuevo surjan siempre renovadas. A medida que las almas de los hombres progresan de una época a otra, de encarnación en encarnación, siempre hay que hablar de estos hechos renovados para las almas humanas. ¿Deberían estas almas, avanzando de encarnación en encarnación, aceptar como proclamación de Cristo sólo las palabras que fueron pronunciadas cuando se encarnaron en cuerpos contemporáneos a la aparición temporal de Cristo en la Tierra? Dentro del Impulso de Cristo reside el poder de hablar a todos los hombres, hasta el final del ciclo de Tiempo de la Tierra. Para que esto pueda ser, sin embargo, hay que añadir lo que hace posible que el mensaje de Cristo sea dado a conocer en cada época a las almas siempre progresivas de los hombres, de una manera apropiada. Así que cuando sentimos la fuerza y el poder del impulso de Pentecostés, debemos sentir que se nos pide que escuchemos las palabras: “¡Yo estoy con vosotros todos los días, hasta el final del ciclo de la Tierra!. Y cuando os llenáis con el Impulso de Cristo, podréis oír continuamente a través de todos los tiempos, la Palabra, despertada a la vida en la fundación del Cristianismo por el Fundador mismo, la Palabra que Cristo habla en cada época porque Él está con los hombres en cada época, la Palabra que todos pueden escuchar si tienen la voluntad de oírla.

Así entendemos el poder del impulso de Pentecostés como aquello que nos da el derecho de considerar al Cristianismo como algo que está creciendo siempre, otorgándonos revelaciones siempre nuevas y siempre renovadas. Sabemos que en la Ciencia Espiritual de hoy estamos proclamando la misma Palabra de Cristo, resonando a través de nosotros desde los coros celestiales, y decimos a aquellos que sólo preservarían el cristianismo en su forma original: “Nosotros somos aquellos que comprenden al Cristo en verdad, porque entendemos el verdadero significado de la festividad de Pentecostés”.

Cada vez que nos sentimos llamados a traer siempre una renovada enseñanza de la sabiduría del cristianismo, debemos producirla de la manera adecuada para las almas de los hombres de esa etapa de su desarrollo progresivo, desde una encarnación hasta la siguiente. El cristianismo está infinitamente lleno, es infinitamente rico; Pero esta plenitud y riqueza infinita no siempre estuvo a disposición del hombre en los siglos en los que el cristianismo se proclamo por primera vez. ¡Qué presunción sería decir, incluso en la actualidad, que la Humanidad está ahora lo suficientemente madura para entender el cristianismo en su infinita plenitud y su infinita grandeza! Sólo entiende la verdadera humildad cristiana el que dice: El alcance de la sabiduría cristiana no tiene fin, pero la receptividad del hombre para esta sabiduría que fue limitada en un principio, será cada vez más y más completada.

Veamos los primeros siglos cristianos hasta nuestros días. Un gran y poderoso impulso, el más grande jamás dado en la evolución terrenal del hombre, fue dado con el Impulso de Cristo. Esto es algo de lo que todos pueden llegar a ser conscientes, aprender a entender el proceso de la evolución de la Tierra. Pero una cosa no debe ser olvidada: Sólo una pequeña parte de lo que contiene el Impulso de Cristo ha sido entendido hasta ahora. Han pasado cerca de dos milenios de desarrollo cristiano y lo que se dio en el cristianismo esotérico solo podía enseñarse a aquellos a quienes el cristianismo les fue dado y no pudo ser expresado en la vida externa, exotérica.

Por ejemplo, no se podía enseñar lo que sí se puede hacer en nuestra época actual como una verdad cristiana, a saber, el hecho de la reencarnación de la humanidad. Cuando en Antroposofía enseñamos hoy día la reencarnación, somos plenamente conscientes, a la luz de la fiesta de Pentecostés, de que la reencarnación es una verdad cristiana que se puede dar a conocer exotéricamente hoy a una humanidad que se ha vuelto más madura, pero que no podía ser dada a conocer a las almas inmaduras de los primeros siglos cristianos. Poco se hace intentando mostrar, citando casos únicos, que el pensamiento de la reencarnación también se encuentra en el cristianismo. Uno puede descubrir de aquellos opositores de la Ciencia Espiritual que se llaman cristianos, lo poco que se conoce en el cristianismo exotérico de la reencarnación. Lo único que saben es que la Ciencia Espiritual enseña algo sobre la reencarnación, y eso es suficiente para que digan que es hindú o budista. Poco saben que es el Cristo vivo, desde el mundo espiritual, el maestro viviente de la reencarnación hoy. La gente considera la reencarnación, así como la doctrina del karma, como algo que hasta ahora no ha sido capaz de penetrar en el cristianismo exotérico. Pero poco a poco, en una época tras otra, la plenitud de la verdad que se encuentra en el cristianismo ha tenido que darlo a la humanidad. Con el Impulso de Cristo mismo que no es una enseñanza o una teoría, sino una fuerza real que debe ser experimentada en las profundidades del alma, con este Impulso mismo se nos imparte algo. ¿Qué es? Es justo lo que llevamos del Impulso de Cristo en conexión con la enseñanza de la reencarnación que podemos entender lo que se da en ella.

Sabemos que unos siglos antes de que el cristianismo comenzara, otra enseñanza, una enseñanza formal, fue dada, en su mayor parte en las tierras orientales, es decir, la enseñanza del Buda. Mientras el poder y el impulso del cristianismo se extendía desde el Cercano Oriente hacia el Oeste, el lejano Oriente presenció una expansión generalizada del budismo. De esta enseñanza sabemos que contenía la doctrina de la reencarnación. ¿Pero en qué forma? Para los que conocen los hechos, el budismo se presenta como el producto final de las enseñanzas y revelaciones que la precedieron. En consecuencia contenía en sí toda la grandeza de la antigüedad; propuso algo así como una conclusión final de la sabiduría primigenia de la Humanidad en la que estaba contenida la doctrina de la reencarnación.

¿Pero cómo se revistió el budismo de esta doctrina en sus revelaciones? De tal manera que el hombre miraba hacia atrás, a las encarnaciones por las que había pasado, y hacia adelante a las encarnaciones que todavía tenia que experimentar. Que el hombre pasa por muchas encarnaciones es una enseñanza enteramente exotérica en el budismo. Es totalmente incorrecto hablar de una semejanza abstracta entre todas las religiones. En realidad, existen diferencias poderosas y de gran alcance entre ellas, como, por ejemplo, entre el cristianismo, que durante siglos no tuvo pensamientos de reencarnación y el budismo exotérico, que vivió y se movió en tales pensamientos. En este sentido es totalmente inútil reunir simples abstracciones; más bien uno debe reconocer el mundo de la realidad. Es una certeza absoluta para el budismo que el hombre siempre regresa a la Tierra; El budista, sin embargo, mira esto de la siguiente manera. Dice: “Combate el impulso de descender a estas encarnaciones, porque tu verdadera tarea es, tan pronto como sea posible, liberarte de la sed de pasar por ellas, para vivir libre de toda encarnación terrenal en un reino espiritual!”. Es así como el budista considera la secuencia de las encarnaciones humanas, esforzándose por adquirir todas las fuerzas necesarias para poder retirarse lo más pronto posible de estas encarnaciones. Una cosa que el budismo no tiene — y esto está claro en su enseñanza exotérica. No contiene nada que pueda ser llamado un impulso lo suficientemente fuerte como para crecer cada vez más hacia la perfección humana. Eso permitiría al budista decir: “Por todos los medios, dejad que vengan las encarnaciones!. A través del Impulso de Cristo podemos conformarnos tanto que podemos extraer cada vez más de ellos. A través del Impulso de Cristo tenemos una fuerza que puede dar a estas encarnaciones un contenido cada vez más elevado. ¡Perméate del Budismo —o de lo que se encuentra en él de la verdadera doctrina de la reencarnación— con el Impulso de Cristo, y tendrás un nuevo elemento que dará a la Tierra un nuevo significado en la evolución de la Humanidad!

Por otro lado, el cristianismo tiene el Impulso de Cristo como algo exotérico. Pero ¿cómo se ha considerado este Impulso en siglos anteriores? Indudablemente, el cristiano exotérico ve en él algo infinitamente perfecto, que debe vivir en sí mismo como el gran ideal al que él mismo se acerca cada vez más. ¡Pero qué presuntuoso sería para el cristiano pensar que en una sola vida terrena podría tener suficiente poder para llevar a la plenitud la semilla que puede ser encendida en la vida a través del Impulso de Cristo! Qué presuntuoso sería para el cristiano exotérico creer que en una vida estaría en posición de lograr algo adecuado para el despliegue del Impulso de Cristo. En consecuencia, el cristiano exotérico dice: “Pasamos por las puertas de la muerte. Entonces en el mundo espiritual tendremos la oportunidad de seguir desarrollando y desplegando el Impulso de Cristo más allá en ese mundo”.  Y así el cristiano exotérico concibe una vida espiritual después de la muerte de la cual no hay regreso a la Tierra.

Sin embargo, ¿un cristiano exotérico que cree que la existencia en un mundo espiritual es adicional a la  vida en la Tierra, entiende el Impulso de Cristo?. No lo entiende en lo más mínimo. Porque si lo entendiera, nunca creería que lo que el Impulso de Cristo tiene que darle se puede lograr en una vida espiritual más allá de la muerte, sin ningún retorno a la Tierra.

 Para que el Hecho del Gólgota pudiera tener lugar, para que esta victoria sobre la muerte pudiera ser alcanzada, el mismo Cristo tuvo que descender a esta vida sobre la Tierra; Y esto realmente tenía que hacerse para lograr algo que sólo se puede experimentar y vivir en nuestra Tierra. El Cristo descendió porque el poder del Acto del Gólgota tenía que trabajar en los hombres en el cuerpo físico. Por lo tanto, también el poder de Cristo sólo puede trabajar primero en los hombres en el cuerpo físico. Lo que el hombre ha recibido del poder del Misterio del Gólgota en el cuerpo físico, esto puede entonces trabajarse más, cuando se atraviesa la puerta de la muerte. Pero sólo actúa la parte del impulso de Cristo que el hombre ha tomado en sí mismo en la vida entre el nacimiento y la muerte. El hombre debe esforzarse por completar lo que ya ha recibido, cuando vuelva a la Tierra, y sólo en sus sucesivas vidas terrenales por venir puede aprender a entender todo lo que vive en el Impulso de Cristo. Nunca podría el hombre entender el Impulso de Cristo, si sólo viviera una vez en la Tierra. Este impulso, por tanto, debe conducirnos a través de repetidas vidas terrenales, porque la Tierra es el lugar para el descubrimiento del significado del Misterio del Gólgota. [es decir en y a través de la conciencia física.]

Y así el cristianismo sólo se completa cuando uno reemplaza la suposición de que se podría vivir el Impulso Cristo en una encarnación, por el pensamiento de que sólo a través de repetidas vidas terrenales el hombre puede perfeccionarse para vivir en sí mismo el Ideal de Cristo. Lo que ha experimentado en la Tierra en conexión con él, puede llevarlo entonces al mundo espiritual. Pero sólo puede traer todo lo que ha captado en la Tierra de ese Impulso, que por sí mismo había de cumplirse, como el acontecimiento más importante de todos los sucesos terrenales. Así vemos que el pensamiento que debe añadirse al cristianismo a partir de la revelación espiritual es el pensamiento de la reencarnación, nacido del cristianismo mismo. Cuando comprendamos esto, veremos lo que significa para nosotros hoy, en la esfera de la Ciencia Espiritual, ser conscientes de lo que hacemos a nosotros mismos de la revelación de Pentecostés. Significa para nosotros que tenemos razón al escuchar la revelación, al ver una renovación de la revelación de ese poder que estaba en las “lenguas ardientes”, que descendieron sobre los primeros que comprendieron al Cristo.

De esta manera, mucho de lo que se ha dicho recientemente en nuestro Movimiento puede presentarse ante nosotros hoy con un nuevo significado. Vemos la fusión de Oriente y Occidente, de las dos poderosas revelaciones del cristianismo y el budismo; Los vemos fluir juntos en lo espiritual. Y por medio del entendimiento correcto del pensamiento del Pentecostés cristiano podemos justificar el fluir juntos de las dos religiones más grandes de la Tierra en la actualidad. Pero no es mediante impulsos meramente externos que podemos unir estas dos revelaciones; Eso sería pararse en la mera teorización. Cualquiera que trate de tomar lo que el cristianismo y el budismo han proporcionado hasta ahora y de soldarlos en una nueva religión no crearía un nuevo contenido espiritual para la Humanidad, sino sólo una teoría abstracta, incapaz de encender al alma humana. Si esto sucediera serian necesarias nuevas revelaciones. Y eso, es lo que hoy resuena para nosotros, como la proclamación del conocimiento del espíritu, que sólo es audible para aquellos que han madurado en la Ciencia Espiritual: “Que el Cristo, que está siempre con nosotros habla en nosotros “.

Sabemos que vivimos en un momento importante de la evolución humana: que ya antes del fin de este siglo se desarrollarán nuevas fuerzas animicas que conducirán al hombre al despliegue de una especie de clarividencia etérica, por medio de la cual, como por un desarrollo natural, se renovará para ciertos seres humanos el acontecimiento que Pablo experimentó en Damasco; y que de esta manera, para los poderes espirituales más elevados del hombre, Cristo volverá con una vestidura etérica. Cada vez más almas compartirán lo que Pablo experimentó en Damasco. Entonces el mundo verá que la Ciencia Espiritual es la revelación que anuncia una renovada y transformada verdad del Impulso de Cristo. Sólo aquellos que creen en el flujo fresco de la vida espiritual en la que Cristo se derramó comprenderán la nueva revelación de que seguirá viviendo para todas las épocas por venir. Quien no crea eso, podrá predicar un cristianismo que ha envejecido. Pero quienquiera que crea en el acontecimiento de Pentecostés y lo entienda, también llevará a la mente que lo que comenzó con el evangelio cristiano se desarrollará cada vez más y más y hablará a los hombres en tonos siempre nuevos; que siempre estarán presentes en el mundo del alma individualizada por el Espíritu Santo, las lenguas ardientes, y que en un fuego y un impulso siempre renovados el alma humana podrá vivir dentro y  fuera del Impulso de Cristo.

Podemos creer en el futuro del cristianismo cuando en verdad comprendamos el pensamiento de Pentecostés. Y entonces vendrá ante nosotros la poderosa imagen, como una fuerza presente en el alma misma. Y sentiremos el futuro, como lo entendieron los primeros discípulos bajo la inspiración del Espíritu Santo, sólo si estamos dispuestos a hacer vivo en nuestras almas aquello que no conoce los límites que separan las diferentes partes de la humanidad y habla un lenguaje que todas las almas, en todo el mundo, pueden entender. Sentimos el pensamiento de paz, de amor y de armonía, que reside en el pensamiento de Pentecostés. Y sentiremos este pensamiento de Pentecostés animando nuestra festividad. La sentiremos como una garantía para nuestra esperanza de libertad y eternidad. Porque sentimos el espíritu individualizado despertando en nuestras almas, se despierta en nosotros el elemento más significativo del espíritu: la infinitud de lo espiritual. A través del compartir en lo espiritual, el hombre puede llegar a ser consciente de su inmortalidad y de su eternidad. Y en el pensamiento de Pentecostés nos hacemos conscientes del poder de aquellas palabras primitivas que el Iniciado continuó implantando y que nos revelan el significado de la sabiduría y la eternidad: las sentimos como un pensamiento de Pentecostés, transmitido de época en época, palabras que hoy, por primera vez emanan exotéricamente:

El Ser se ensancha en las extensiones del espacio,

Y continúa ensanchándose en el transcurrir del Tiempo,

Permaneciendo en las anchuras del Espacio, y en el curso del Tiempo,

Estas entonces, oh hombre, caminando solo por el mundo

Pero por encima de todo,  con el poder de tu alma te elevas

Cuando, dividiendo o conociendo, contemplas lo que no pasa;

Más allá de la extensión del espacio y del transcurso del tiempo!

  • Wesen reiht sich an Wesen in den Raumesweiten,
    Wesen folgt auf Wesen in den Zeitenläufen.
    Verbleibst du in Raumesweiten und Zeitenläufen,
    Bist du, 0 Mensch, allein in Gebiete der Vergänglichkeit.
    Über sie aber erhebt deine Seele sich gewaltiglich,
    Wenn sie erahnend oder wissend schaut das Unvergängliche
    Jenseits der Raumesweiten und jenseits der Zeitenläufe!

 ascension y pentecostes

Traducido por Gracia Muñoz en Julio de 2017

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GA98c5. Pentecostés – La Festividad del esfuerzo del alma

Los festivales y su significado – III. Ascensión y Pentecostés

Rudolf Steiner – Colonia, 7 de Junio de 1908

 

English version

 

En diferentes ocasiones ya fue expuesto que el desarrollo espiritual, tal como lo aspira el movimiento de la Ciencia Espiritual, precisa poner al hombre en una viva relación con todo el medio ambiente. Muchas cosas, del medio ambiente, que todavía llenaba a nuestros antepasados de veneración, se volvieron muertas y apagadas para el hombre. Un gran número de personas adopta una postura ajena y fría, por ejemplo, ante nuestras fiestas religiosas anuales. La población urbana, en particular, sólo tiene un escaso recuerdo de lo que significan en realidad las fiestas de Navidad, Pascua y Pentecostés. Aquel poderoso contenido sentimental que ligaba a nuestros antepasados en las épocas festivas, dado que ellos conocían la relación con los grandes hechos del Mundo Espiritual, la Humanidad de hoy no lo posee más.

Los hombres, hoy, se comportan de manera fría e indiferente ante de las fiestas de Navidad, Pascua y, particularmente, Pentecostés. El descenso del Espíritu se volvió, para muchas personas, una abstracción.

Las cosas solo cambiarán, solo habrá vida y realidad, cuando los hombres lleguen a un verdadero conocimiento espiritual del mundo. Mucho se habla, hoy en día, de fuerzas naturales; pero de las “entidades” situadas detrás de esas fuerzas naturales se habla bien poco. Cuando se habla de entidades naturales, el hombre de hoy considera el asunto como el reavivamiento de una antigua superstición, el hecho de que las palabras que nuestros antepasados usaban se basaban en la realidad– cuando alguien afirma que gnomos, ondinas, silfos y salamandras significan algo real solo valen como antigua superstición. Lo que los hombres poseen en teorías y en ideas es, de inmediato y en cierto sentido, indiferente; por ende, si a través de esas teorías los hombres son tentados a dejar de ver ciertas cosas y a emplear sus teorías en la vida práctica, entonces el asunto comienza a ganar pleno significado. Tomemos un ejemplo grotesco: ¿quién cree en entidades cuya existencia está relacionada con el aire, o corporizadas en el agua?. Cuando, por ejemplo, alguien dice: “Nuestros antepasados creían en ciertas entidades -en gnomos, ondinas, silfos, salamandras- todo esto es una cosa ¡fantástica!”, tenemos ganas de responder: “pregunte, entonces, a las abejas”. Y si las abejas pudieran hablar, responderían :”Para nosotros los silfos no son supersticiones, pues sabemos muy bien lo que recibimos de ellos”. Ahora, la persona cuyos ojos espirituales están abiertos consigue observar la fuerza que atrae a la abejita hasta la flor. “Instinto, tendencia natural”, como el hombre responde, son palabras vacías. Son estas entidades las que conducen a las abejas al cáliz floral, para allí buscar alimento; y en el enjambre de abejas que revolotea en busca de alimento, hay entidades activas que nuestros antepasados denominaban Silfos.

En todo lugar donde los diferentes reinos naturales se tocan, se ofrece una oportunidad para que ciertas entidades se manifiesten. Por ejemplo, en el interior de la Tierra, en el punto donde la piedra toca la veta metálica, se sitúan entidades especiales. Donde el musgo recubre a la piedra y, en consecuencia el reino vegetal toca al reino mineral, se establecen tales entidades. Donde el reino animal y vegetal se tocan –en el cáliz floral, en el contacto de la abeja con la flor– se corporizan determinadas entidades, del mismo modo donde el hombre entra en contacto con el reino animal. No en el transcurso de la vida ordinaria. No, por ejemplo cuando el carnicero descuartiza una res o cuando el individuo come carne animal; tampoco en el transcurso común de la vida (ahí no es el caso). Pero sí en los procesos extraordinarios, cuando los reinos se tocan como a través de un exceso de vida, como en el caso de las abejas y de la flor, se corporizan entidades. En especial donde la índole (cualidad) del hombre, su intelecto, está particularmente empeñado en relacionarse con los animales, en una relación como la que tiene, por ejemplo, el pastor con las ovejas –una relación cualitativa–-, ahí se corporizan tales entidades. Estas relaciones más íntimas del hombre con los animales, las encontramos más frecuentemente remontándonos a tiempos antiguos. En épocas culturales anteriores se tenía, a menudo, una relación como la que el árabe tiene con su caballo, y no como la del propietario de un hipódromo con sus caballos de carreras. Ahí encontramos aquella índole fuerzas que actúan entre reino y reino, como entre el pastor y las ovejas, o donde se desarrollan y se irradian, las fuerzas del olor o del sabor como entre la abeja y la flor. Ahí se crea la oportunidad para que entidades bien determinadas puedan corporizarse.

Cuando la abeja liba la flor, el clarividente puede observar que se forma un pequeño aura en su borde. He aquí el efecto del sabor: la libación de la abeja en el cáliz floral se torna un cierto agente de sabor —la abeja siente el sabor— e irradia como una especie aura floral, que alimenta a las entidades sílficas.

De igual modo, el elemento del sentir que actúa entre el pastor y las ovejas es alimento para las Salamandras. La pregunta siguiente no es válida para quien comprende el mundo espiritual: ¿Por qué, entonces, las entidades están ahí y no en otros lugares?. Al respecto de su origen no podemos preguntar, pues su origen se sitúa en el Universo. Por ende dándoles la oportunidad para que se alimenten, las entidades surgen. Por ejemplo, los malos pensamientos que el hombre derrama atraen entidades nocivas para su aura, porque ahí ellas encuentran alimento. Entonces ciertas entidades se corporizan en su aura. En todas partes donde los diferentes reinos naturales se tocan, se ofrece la oportunidad para que determinadas entidades espirituales se corporicen.

En el lugar donde el metal abraza a la piedra, en el interior de la Tierra, cuando el minero corta el suelo, el vidente ve, en diferentes lugares, seres singulares encogidos, juntos, acurrucados en un espacio muy pequeño. Ellos se dispersan, se diseminan cuando la tierra es removida. Ellos son entidades singulares, que por ejemplo, en cierto sentido no son, de modo alguno diferentes al hombre. No tienen, en efecto, un cuerpo físico, mas tienen inteligencia. Lo que les diferencia del hombre, es que tienen inteligencia pero sin responsabilidad. De ahí que tampoco tengan el sentimiento de algo errado. Estas entidades que llamamos Gnomos y numerosas especies de ellos son cobijados por la tierra, encontrándose en el hogar, en los lugares donde se junta la piedra con el metal. Antiguamente servían muy bien al hombre en las antiguas minas, no en las de carbón, pero sí en las minas de metales. La manera de construir las minas en los tiempos antiguos, el conocimiento de cómo estaban depositadas las camadas, fue aprendida a través de estas entidades. Y las vetas mejor dispuestas eran conocidas por esas entidades que sabían cómo estaban depositadas las camadas en el interior de la tierra y por consiguiente, podían dar la mejor instrucción sobre cómo deberían ser trabajadas. En el caso que no se quiera trabajar con las entidades espirituales, confiando sólo en lo sensorial, se llega a un callejón sin salida. Precisamos aprender, con estas entidades espirituales, una cierta manera de proceder para explorar la Tierra.

 De la misma forma, en una fuente tiene lugar una corporización de entidades. En el lugar donde la piedra toca a la fuente, se corporizan los seres ligados al elemento del agua: las Ondinas. Donde el animal y el vegetal se tocan, actúan los Silfos, ligados al elemento aire. Ellos conducen a las abejas a las flores. Así, debemos casi todos los conocimientos útiles de la apicultura a las antiguas tradiciones, y justamente en el caso de la apicultura podemos aprender mucho de ellas. Lo que hoy existe como ciencia acerca de las abejas, está lleno de errores, y la antigua sabiduría, que se propagó por la tradición, se confunde por causa de esto. La ciencia prueba que es inaprovechable. Los antiguos manejos, cuyo origen es desconocido apenas son útiles, pues en aquella época el hombre usaba el mundo espiritual como hilo conductor.

Los hombres de hoy en día conocen también a las Salamandras, pues cuando alguien dice: “algo viene a mi encuentro, mas no sé de donde viene”, esto constituye, la mayoría de las veces, el efecto de las Salamandras. Cuando el hombre entra en íntima relación con los animales, como el pastor con sus ovejas, recibe conocimientos emanados de las entidades espirituales que viven en su medio ambiente. El pastor posee, a través de lo emanado por las Salamandras, el conocimiento acerca de su rebaño. Hoy en día esos antiguos conocimientos han desaparecido, y deben ser nuevamente recuperados por medio de conocimientos ocultos bien probados. Si continuamos pensando acerca de estas ideas tendremos que decirnos: ¡estamos totalmente rodeados por entidades espirituales!. Andamos a través del aire, que no es sólo sustancia química: cada soplo de viento, cada corriente de aire es manifestación de entidades espirituales. Estamos rodeados y totalmente permeados por estas entidades espirituales. Si el hombre no quiere experimentar, en el futuro, un destino triste y devastador en su vida, precisa tener conocimiento de aquello que vive a su alrededor. Sin ese conocimiento, no podrá proseguir. Habrá que preguntarse: ¿de dónde provienen esas entidades?, ¿de dónde vienen? Estas preguntas nos conducen a un conocimiento importante y, para formarnos una opinión al respecto, necesitamos tener en mente cómo, en los mundos superiores, se desarrollan ciertos hechos por cuyo intermedio lo que es nocivo y malo es metamorfoseado en bueno por una sabia dirección.

Tomemos como ejemplo las deyecciones, el estiércol: es descartado y actúa en la economía, a través de una utilización sabia, como base para la posterior germinación de vegetales. Cosas aparentemente desechadas por el desenvolvimiento superior, son recogidas por fuerzas superiores y metamorfoseadas. Esto se observa de modo muy particular en las entidades de las cuales hablamos, y lo reconocemos especialmente al ocuparnos del origen de estas entidades. ¿Cómo se originan entonces las entidades salamandrinas? Expliquemos esto. Las Salamandras son entidades que necesitan de una cierta relación del hombre con los animales. Los animales no poseen un Yo, tal como el hombre lo posee. Tal entidad, Yo, sólo existe en el hombre de hoy, en la Tierra. Esos “Yo” humanos son de tal naturaleza que cada hombre tiene un Yo dentro de sí. En el caso de los animales es diferente: los animales tienen un Yo grupal, un alma grupal. ¿Qué significa esto? Un grupo de animales de la misma especie y de configuración idéntica tienen un Yo en común; por ejemplo, todos los leones individuales tienen un Yo en conjunto, también todos los tigres, todos los peces, etc. Los animales tienen su Yo en el mundo astral. Es como si un hombre estuviese detrás de una pared con diez orificios, y a través de estos, introduce sus diez dedos. No sería posible ver al hombre, pero cualquier cabeza sensata concluiría: ahí atrás hay un poder central que pertenece a los diez dedos. Así ocurre con el Yo grupal. Los animales individuales son apenas los miembros. Aquello a lo que pertenecen está en el mundo astral. Estos Yo animales no son semejantes a los humanos, aunque considerados espiritualmente se puedan comparar, pues un Yo grupal animal es una entidad muy sabia. El hombre, como alma individual, está lejos de ser tan sabio. Consideremos, por ejemplo, determinadas especies de pájaros: ¡que sabiduría debe haber ahí contenida, para que migren hacia altitudes y dimensiones bien determinadas a fin de escapar del invierno y, en la primavera, retornen por otros caminos! En ese vuelo de los pájaros reconocemos las fuerzas sabias de actuación de los Yoes grupales. Podemos encontrarlas en todas partes en el reino animal. Los hombres son muy mezquinos cuando tienen que registrar los progresos humanos. Recordemos nuestras clases en la escuela, cuando aprendemos cómo, en la Edad Media, poco a poco surgió la corriente de la época Moderna. La Edad Media, seguramente, tiene cosas significativas para ser registradas, como el descubrimiento de América, la invención de la pólvora, el arte de imprimir libros y finalmente, también el papel de lino. Fue, sin duda, un progreso significativo usar ese producto en lugar de pergamino; entretanto, el alma grupal de las avispas ya habían hecho lo mismo hace millares de años, pues el avispero está hecho del mismo material que el papel producido por el hombre: se compone de papel. El hombre descubrirá gradualmente cómo ciertas combinaciones de su espíritu se relacionan con aquello que las almas grupales elaboran dentro del mundo. Las almas grupales están en movimiento constante.

El vidente ve, a lo largo de la espina dorsal de los animales, un centellear continuo. La espina dorsal queda como encerrada en un centellear luminoso. Los animales son traspasados por corrientes que, en número infinito, fluyen en todas las direcciones alrededor de la tierra y actúan sobre ellos fluyendo en torno a la médula espinal. Esas almas grupales de animales están continuamente en movimiento circular, en todas las alturas y direcciones, en torno a la Tierra. Son muy sabias, pero les falta algo que todavía no tienen: ellas no conocen el amor, tal como es en la Tierra. El amor ligado a la sabiduría sólo existe en el hombre, en la individualidad. El alma grupal es sabia, pero el animal individual posee amor en la cualidad de amor sexual y amor paterno. El amor, en el animal, es individual, pero la organización es sabia y la sabiduría del Yo grupal todavía está vacía de amor. El hombre tiene la sabiduría y amor unificado; el animal tiene el amor en la vida física y en el plano astral, tiene la sabiduría. Con tales conocimientos, se encienden, para el individuo, un número colosal de luces. El hombre sólo llegó a su Yo actual gradualmente. Anteriormente él también tuvo un alma grupal, y sólo gradualmente se desenvolvió el alma individual. Hagamos una inspección retrospectiva del desarrollo de la Humanidad hasta la Antigua Atlántida, un continente que ahora está cubierto por el océano Atlántico. En aquella época, las amplias superficies siberianas estaban cubiertas por grandes mares. El mar Mediterráneo estaba dividido de manera bien diferente. También en nuestras regiones europeas había amplias superficies marítimas. Cuanto más lejos retrocedemos, en la antigua época atlántica, tanto más se modifican todas las condiciones de la vida, y tanto más se modifican el estado de vigilia y de sueño en el hombre. Hoy, cuando el hombre duerme, permanecen en el lecho el cuerpo físico y el cuerpo etérico. El cuerpo astral y él Yo se retiran. La conciencia se apaga, todo se torna oscuro, negro y mudo. En la época atlántica, la diferencia entre sueño y vigilia todavía no era tan grande. En estado de vigilia el hombre no veía contornos firmes, perfiles nítidos, colores intensos, unidos a las cosas. Cuando despertaba, por la mañana, buceaba en una masa nebulosa. No había nitidez mayor que cuando, por ejemplo, vemos luces pasando a través de la neblina, como un aura. En compensación, su consciencia no cesaba completamente durante el sueño, y entonces él veía las cosas espirituales.

A medida que el hombre avanzaba, el mundo físico ganaba cada vez más sus contornos, pero, en compensación, perdió su clarividencia. Entonces la diferencia pasó a ser cada vez mayor: por encima, el mundo espiritual se volvió cada vez más oscuro; abajo, el mundo físico se fue aclarando cada vez más. Es del tiempo en que el hombre todavía percibía las cosas de allá arriba, del mundo astral, de donde derivan todos los mitos y leyendas. Ascendiendo al mundo espiritual él conocerá a Wotan, Baldur, Thor, Loki (personajes de la mitología germana) y entidades que todavía no habían descendido al plano físico. Esto se vivenciaba en el pasado; y todos los mitos son recuerdos de realidades vivas. Todas las mitologías son recuerdos de este tipo. Estas realidades espirituales simplemente desaparecieron para el hombre. En aquellos tiempos, cuando por la mañana buceaba en el cuerpo físico, él tenía la siguiente sensación: “tú eres una unidad, algo único”. A la noche, por ende cuando buceaba de vuelta en el mundo espiritual, le venía el siguiente pensamiento: “tú no eres único, eres apenas un miembro de una gran totalidad; formas parte de una gran comunidad”. Tácito cuenta que los antiguos pueblos (los hérulos, los queruscos) se sentían más como tribus que como individuos separados. A partir del sentimiento de que el individuo era parte del grupo tribal, de que él se atribuía a la comunidad tribal, se originaron ciertas costumbres como la venganza de muerte basada en la sangre. Todo era un cuerpo que pertenecía al todo del alma grupal de la tribu. En la evolución, todo acontece gradualmente. Sólo a partir de esa conciencia grupal-tribal absoluta se desarrolló, poco apoco, la conciencia individual. También, en las descripciones de la época de los patriarcas, tenemos vestigios del pasaje del alma grupal al alma individual. En el tiempo de Noé, la memoria era bien diferente: ésta alcanzaba más allá de aquello que el padre, el abuelo, o el bisabuelo habían vivenciado. La frontera del nacimiento no era frontera. En la misma sangre fluían los mismos recuerdos, provenientes de generaciones alejadas en el tiempo. Hoy en día, a las autoridades les interesa saber el nombre del individuo. En aquella época, en que el ser humano recordaba lo que su padre y su abuelo habían hecho, esto era caracterizado por un nombre colectivo. Aquello que en esa época estaba relacionado por la misma sangre y por el mismo recuerdo, era designado colectivamente. Se llamaba “Adán” o “Noé”. Nombres como Adán y Noé no designaban la vida entre el nacimiento y la muerte de un individuo, sino el flujo de los recuerdos. Los nombres antiguos abarcan comunidades completas de personas que vivieron en la época. ¿Qué es lo que ocurre entonces, cuando comparamos ciertas especies (los monos) con el propio hombre? La prodigiosa diferencia está en el hecho de que los monos tienen un alma grupal y el hombre un alma individual, o por lo menos, una disposición para desarrollar tal alma.

El alma grupal de los monos se encuentra en una situación muy especial. Imaginemos la Tierra (se hace un dibujo). Aquí arriba, en el mundo astral, flotando como en una nube, están las almas grupales de los animales, esparciéndose sobre nuestro mundo físico. Tomemos ahora el Yo grupal de los leones y él Yo grupal de los monos. Cada león es un miembro individual en el que el alma grupal instila una parte de su sustancia. Cuando muere un león, se desprende del alma grupal lo físico exterior, tal como en el hombre la uña de un dedo. Entonces el alma grupal toma nuevamente lo que había instilado en aquel cuerpo y lo entrega a otro león que nace. El alma grupal permanece allá arriba. Ella extiende, por así decirlo, tentáculos que se endurecen en lo físico, después se desprenden y vuelven a ser substituidos. Por esto el alma grupal animal no conoce nacimiento ni muerte. Lo individual animal es algo que se desprende y se vuelve a adherir. El alma grupal permanece inmodificable por la vida y por la muerte. En el caso de los leones, cada vez que uno de ellos muere, todo lo que había sido transmitido por el alma grupal retorna a ella.

No sucede así en el caso de los monos, pues existen animales individuales que arrancan del alma grupal algo que después no consigue retornar. Cuando el mono muere, la parte esencial retorna, desligándose un pedazo del alma grupal. Es como si el mono agarrara firmemente lo que le es dado, y con su muerte se desligara un pedazo del alma grupal, en cierta manera un pedazo de ella se separa, es arrancada y no puede retornar. Así ocurren desligamientos del alma grupal. En todos los tipos de monos ocurren desligamientos del alma grupal. Algo semejante ocurre con ciertos anfibios, con determinados tipos de aves y, de manera particularmente nítida, con los canguros. Por medio de estos desligamientos, algo del alma grupal queda atrás y, aquello que así queda como remanente de los animales de sangre caliente, se vuelve un ser elemental, un espíritu de la Naturaleza: la Salamandra.

Estos seres elementales, estos espíritus de la Naturaleza, son como restos, productos residuales de los mundos superiores puestos al servicio de entidades superiores. Si estuviesen dedicados a sí mismos, perturbarían el Cosmos. Así la sabiduría superior emplea, por ejemplo a los Silfos para conducir a las abejas a las flores. Así, la gran multitud de seres elementales es puesta bajo la sabia dirección superior, desarticulando lo que ellos pudieran hacer de perjudicial y transformándolo en algo provechoso. Sucede así en los reinos ubicados debajo del hombre. Puede ocurrir también que el propio ser humano se desligue de su alma grupal y no encuentre, como alma individual, posibilidad alguna de continuar desarrollándose. En cuanto a su condición de miembro de su alma grupal era dirigido y conducido por entidades superiores, ahora quedó entregado a su propia dirección. Si no asimila los conocimientos espirituales adecuados, correrá el riesgo de desligarse. Es esto lo que se presenta como cuestión. ¿Qué es entonces, lo que preserva al individuo del desligamiento, de errar sin sentido u objetivo, mientras que, en el pasado, el alma grupal le había dado un sentido?. Precisamos tener en mente que el hombre se individualiza cada vez más, y que, en el futuro, tendrá que encontrar cada vez más, “voluntariamente”, la unión con otros hombres. En el pasado la unión existía por medio de la consanguinidad, por medio de tribus y razas. Pero esta unión llega a su fin. Todo se dirige cada vez más a que el hombre se vuelva un ser individual. He aquí que solo es posible un camino inverso. Imaginemos un número de individuos en la Tierra, diciéndose a sí mismos: “seguimos nuestro propio camino, queremos encontrar en nuestro propio interior el sentido y el objetivo del camino. Estamos todos en vías de volvernos hombres cada vez más individuales”. Aquí existe el peligro de la dispersión. Los hombres hoy tampoco sustentan ya uniones espirituales. Actualmente llegamos al punto en que cada uno tiene su propia religión y pone su propia opinión como el ideal más elevado.

Pero si los hombres interiorizaran ideales, esto llevaría a la unión, a opiniones en común. Reconocemos interiormente, por ejemplo, que tres veces tres es igual a nueve, o que los tres ángulos de un triángulo suman 180°. Este es un reconocimiento interior. No podemos someter a votación conocimientos interiores. No existen diferencias de opinión sobre conocimientos interiores, ellos llevan a la unión. Todas las verdades espirituales son de ese orden. Lo que la Ciencia Espiritual enseña, el hombre lo encuentra por medio de sus fuerzas interiores. Estas lo conducen a una unidad absoluta, a la paz y armonía. No existen dos opiniones sobre una verdad sin que una de ellas sea errada. El ideal es la mayor interiorización posible, ella lleva a la unidad, a la paz. En principio, había un alma grupal humana. Después, en tiempos pasados, la Humanidad fue liberada del alma grupal. Pero en el futuro del desarrollo, los hombres precisan establecer un objetivo más seguro para sí, al cual aspiren.

Cuando los hombres se unen en una sabiduría superior, desciende a su vez, de los mundos superiores, un alma grupal (cuando surgen de las sociedades naturalmente unidas, sociedades libres). El deseo de los dirigentes del movimiento de la Ciencia Espiritual es que en ella encontremos una sociedad en la cual los corazones ansíen sabiduría, tal como las plantas ansían la luz solar. En donde la verdad común une a diferentes Yoes, se da al alma grupal superior, la oportunidad de descender. Al volcarse nuestros corazones conjuntamente hacia una sabiduría superior, acomodamos al alma grupal. En cierta manera, formamos el ambiente en el cual el alma grupal puede corporizarse. Los hombres enriquecerán la vida terrena al desarrollar algo que haga descender entidades espirituales de los mundos superiores. Este es el objetivo del movimiento de la Ciencia Espiritual. Esto fue puesto cierta vez delante de la Humanidad de forma grandiosa, poderosa, para mostrar que, sin este ideal espiritual, el hombre pasaría a una condición diferente. Hay un símbolo que puede mostrar al hombre, con fuerza imponente, cómo la Humanidad puede hallar el camino para, en unión espiritual ofrecer al espíritu colectivo un lugar para su corporización. Este símbolo nos es presentado por la Comunidad Pentecostal, cuando el fervoroso sentimiento colectivo de amor y devoción encendió la llama en un número de hombres que se habían reunido para una acción colectiva. Allí estaban estos hombres, cuyas almas todavía se estremecían por el conmovedor acontecimiento que vivía en ellos. Este sentimiento, al confluir de igual forma en ellos, hizo posible aquello que era necesario para que el alma colectiva pudiera corporizarse. Esto se expresa por las palabras que dicen que el “Espíritu Santo”, el alma grupal, descendió y se dividió como lenguas de fuego. Este es el gran símbolo para la Humanidad del futuro. Si no hubiese encontrado esta unión, el hombre se hubiera vuelto un ser elemental.

Tiziano

Ahora, la Humanidad precisa buscar un lugar para las entidades de los mundos superiores que se inclinan hacia abajo. En los eventos de Pascua le fue dado al hombre la fuerza para acoger en sí tales representaciones poderosas y aspirar a un espíritu. La fiesta de Pentecostés es fruto del desdoblamiento de esta fuerza. Incesantemente, por el confluir de las almas hacia la sabiduría colectiva, se debe efectuar aquello que establece una relación viva con las fuerzas y entidades de los mundos superiores y con algo que hoy todavía tiene tan poco significado para la Humanidad, como la fiesta de Pentecostés. A través de la Ciencia Espiritual, ella volverá a ser algo para el hombre. Cuando las personas sepan lo que significa el descenso del Espíritu Santo en el futuro de los hombres, la fiesta de Pentecostés volverá a cobrar vida. Entonces no será solamente un recuerdo de aquel evento de Jerusalén. Surgirá para los hombres aquella permanente “fiesta de Pentecostés de la aspiración anímica conjunta”. Ella se transformará en un símbolo para aquella futura gran comunidad pentecostal, cuando la Humanidad se encuentre conjuntamente en una verdad común, para dar a entidades superiores la posibilidad de que se corporicen.

De los hombres dependerá cuán valiosa será la Tierra en el futuro, y cuán eficaces pueden ser esos ideales para la Humanidad. Si la Humanidad se esfuerza, de esta manera correcta, en el sentido de la sabiduría, los espíritus superiores se unirán a los hombres.

GA236c6. – La Festividad de Pentecostés – Su lugar en el estudio del Karma

Dornach, 4 de Junio de 1924

English version

[Desde febrero hasta septiembre de 1924, con intervalos de visitas a otras ciudades y países, Rudolf Steiner estuvo dando en Dornach la gran serie de 49 conferencias sobre Karma, producida posteriormente en cuatro volúmenes ahora disponible en traducción al inglés. La presente conferencia se dio muy poco antes del Festival de Pentecostés y se ocupa de su significado específico para el problema del destino humano con el que tratan las conferencias de las relaciones Kármicas.

El Dr. Steiner, que se presentó como antropósofo, comienza de inmediato con el hecho fundamental de los tres «cuerpos» que actúan en el organismo humano. Una exposición completa de esto se encuentra en el libro Teosofía, capítulo I.]

Cuando consideramos cómo funciona el Karma, siempre debemos tener en cuenta que el yo humano, que es el ser esencial, el ser íntimo del hombre, tiene tres instrumentos a través de los cuales puede vivir y expresarse en el mundo. Estos son el cuerpo físico, el cuerpo etérico y el cuerpo astral. El hombre lleva realmente los cuerpos físico, etérico y astral con él a través del mundo, pero él mismo no está en ninguno de estos cuerpos. En el sentido más verdadero, es el Yo; Y es el Yo el que sufre y crea el Karma.

Ahora bien, la cuestión es comprender la relación entre el hombre como yoidad y estas tres formas instrumentales —si me permiten llamarlas así— los cuerpos físico, etérico y astral. Esto nos dará la base para una comprensión de la esencia del Karma. Y obtendremos un punto de vista fructífero para el estudio del cuerpo físico, el etérico y el astral en el hombre en relación con el Karma, si consideramos lo siguiente.

Lo físico tal como lo vemos en el reino mineral, el etérico como lo encontramos trabajando en el reino vegetal, y el astral como lo encontramos trabajando en el reino animal —todo lo que se encuentra en el ambiente del hombre aquí en la Tierra. En el Cosmos que rodea a la Tierra tenemos ese Universo en el cual, si puedo describirlo, la Tierra se extiende por todos lados. El hombre puede sentir una cierta relación entre lo que ocurre en la Tierra y lo que ocurre en el ambiente cósmico. Pero cuando llegamos a la Ciencia Espiritual debemos preguntarnos: ¿Esta relación es realmente tan común como la concepción científica actual del mundo imagina?. Esta moderna concepción científica del mundo examina las cualidades físicas de todo lo que existe en la Tierra, vivo o sin vida. También investiga las estrellas, el sol, la luna, etc.; Y descubre —en realidad está particularmente orgulloso del descubrimiento— que estos cuerpos celestes son fundamentalmente de la misma naturaleza que la Tierra.

Tal concepción sólo puede resultar de una forma de conocimiento que en ningún momento llega a una comprensión real del hombre mismo —un conocimiento que toma sólo lo que es externo al hombre. Sin embargo, en el momento en que tomamos al hombre en el Universo, podemos descubrir las relaciones entre los diversos miembros instrumentales de la naturaleza del hombre, el cuerpo físico, el cuerpo etérico y el cuerpo astral y las entidades correspondientes, las realidades correspondientes del Ser, en el Cosmos.

Con respecto al cuerpo etérico del hombre, encontramos extendido en el Cosmos el Éter universal. El cuerpo etérico del hombre tiene una forma humana definida, formas definidas de movimiento dentro de ella, y así sucesivamente. Esto, en realidad, es diferente en el éter cósmico. Sin embargo, el éter cósmico es fundamentalmente de naturaleza similar a la que encontramos en el cuerpo etérico humano. De la misma manera podemos hablar de una semejanza entre lo que se encuentra en el cuerpo astral humano y un cierto principio astral que funciona a través de todas las cosas y todos los seres en el distante Universo.

Aquí llegamos a algo de extraordinaria importancia, algo que en su verdadera naturaleza es ajeno al ser humano de hoy. Empecemos por aquí. (Se hace un dibujo en la pizarra). Tenemos, primero, la Tierra; Y en la Tierra tenemos al Hombre, con su cuerpo etérico. Entonces en el mismo ambiente de la Tierra tenemos el Éter cósmico, —el éter cósmico que es de la misma naturaleza que el cuerpo etérico en el hombre—. En el hombre también tenemos el cuerpo astral. En el ambiente cósmico también hay Astralidad. ¿Dónde encontraremos esta Astralidad cósmica? ¿Dónde está? De hecho, hay que encontrarla, pero primero debemos descubrir lo que en el Cosmos delata la presencia de Astralidad cósmica; Qué es lo que lo revela. En algún lugar u otro está la Astralidad. ¿Es esta Astralidad en el Cosmos bastante invisible e imperceptible, o es, después de todo, de algún modo perceptible para nosotros?

En sí mismo, por supuesto, el éter también es imperceptible para nuestros sentidos físicos. Si puedo decirlo así, cuando estás viendo un pequeño fragmento de Éter, no ves nada con tus sentidos físicos, simplemente lo ves a través de él. El Éter es como una nada vacía para nosotros. Pero cuando consideramos el ambiente etérico como una totalidad, ustedes contemplan el cielo azul, del que también decimos que no está realmente ahí sino que están mirando el espacio vacío. Ahora la razón por la que ven el azul del cielo es porque realmente están percibiendo el fin del Éter. Así ven el Éter como el azul de los cielos. La percepción del cielo azul es real y verdaderamente una percepción del Éter. Por lo tanto, podemos decir: Al percibir el azul del cielo estamos percibiendo el Éter universal que nos rodea.

En el primer contacto, vemos a través del Éter. Nos permite hacerlo; Y sin embargo, se hace perceptible en los cielos azules. De ahí que la existencia de la percepción humana del azul del cielo se exprese en que decimos: El éter mismo, aunque imperceptible, se eleva al nivel de perceptibilidad por la gran majestad con la que se encuentra allí en el Universo, revelando su presencia, haciéndose conocer en el azul de la vasta extensión.

La ciencia física teoriza de manera materialista sobre el azul del cielo; y para la ciencia física es muy difícil llegar a una conclusión inteligente sobre este punto, por la sencilla razón de que está obligado a admitir que donde vemos el azul del cielo no hay nada físico. Sin embargo, los hombres hacen girar las teorías más elaboradas para explicar cómo los rayos de luz se reflejan y refractan de una manera peculiar para obtener a este azul del cielo. La realidad, es que es aquí donde el mundo suprasensible comienza a dominar. En el Cosmos, de hecho, lo Suprasensible se nos hace visible. Sólo tenemos que descubrir dónde y cómo se hace visible. El Éter se nos hace perceptible a través del azul del cielo.

Pero ahora, en algún lugar también está presente el elemento astral del Cosmos. En el cielo azul, el éter atraviesa, por así decirlo, los reinos de los sentidos. ¿Dónde entonces la Astralidad en el Cosmos atraviesa los reinos de la perceptibilidad? La respuesta, queridos amigos, es ésta. Cada estrella que vemos brillando en los cielos es en realidad una puerta de entrada para lo Astral. Dondequiera que las estrellas están parpadeando y brillando hacia nosotros, brilla y brilla el Astral. Miren los cielos estrellados en su variedad múltiple; En una parte las estrellas se juntan en montones y racimos, y en otra se dispersan a lo lejos. En toda esta maravillosa configuración de luz radiante, el cuerpo astral invisible y suprasensible del Cosmos se hace visible para nosotros.

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Por esta razón no debemos considerar el mundo de las estrellas de forma no espiritual. Mirar hacia el mundo de las estrellas y hablar de mundos de gases ardientes es como si —perdonen el aparente absurdo de la comparación, pero es precisamente cierto— es como si alguien que te ama te acaricia suavemente, sosteniendo los dedos un poco separados, y entonces dices que sientes como pequeñas cintas atraídas por tu mejilla. No es más falso que se pongan pequeñas cintas en la mejilla cuando alguien te acaricia, que ahí arriba existen en el cielo aquellas entidades materiales de las que la física moderna cuenta. Es el cuerpo astral del Universo el que perpetuamente ejerce su influencia —como los dedos suavemente acariciadores— en el organismo etérico del Cosmos. El Cosmos etérico está organizado para una duración muy larga; es por esta razón que una estrella tiene su cualidad de fija, representando una perpetua influencia en el éter cósmico por el Universo astral. Dura mucho más que el acariciamiento de la mejilla. Pero en el Cosmos las cosas duran más, porque allí estamos tratando con medidas gigantescas. Así, en los cielos estrellados que percibimos, en realidad contemplamos una expresión de la vida del alma del mundo astral cósmico.

De esta manera, una vida inmensa, insondable, y sin embargo, al mismo tiempo, una vida del alma, una vida real y actual del alma, se introduce en el Cosmos. Piensen que nos parece el Cosmos cuando miramos hacia los lejanos espacios y no vemos nada más que cuerpos gaseosos quemándose. Piensen cómo se vive todo cuando sabemos que las estrellas son una expresión del amor con el que el Cosmos astral trabaja sobre el Cosmos etérico, pues esto es expresarlo con la verdad perfecta. Piensen entonces en aquellos procesos misteriosos cuando ciertas estrellas se iluminan repentinamente en ciertos momentos, —procesos que sólo se nos han explicado por medio de hipótesis físicas que no conducen a una comprensión real. Estrellas que no estaban allí antes, se encienden por un tiempo, y desaparecen de nuevo. Así, en el Cosmos también hay un “acariciamiento” de duración más corta. Porque en realidad es cierto que en épocas en que los Seres divinos desean trabajar de una manera especial desde el mundo astral al etérico, vemos nuevas estrellas que se iluminan y se desvanecen otra vez.

Nosotros mismos en nuestro propio cuerpo astral tenemos sentimientos de deleite y bienestar de las más variadas formas. De la misma manera en el Cosmos, a través del cuerpo astral cósmico, tenemos la variada configuración de los cielos estrellados. No es de extrañar que la antigua ciencia instintiva clarividente, describa este tercer miembro de nuestro organismo humano como el cuerpo “astral” o “estrellado”, viendo que es de naturaleza semejante a lo que se nos revela en las estrellas.

Sólo al Yo no lo encontramos revelado en el ambiente cósmico. ¿Por qué es esto? Encontraremos la razón si consideramos cómo este Yo humano se manifiesta aquí en la Tierra, en un mundo que es en realidad triple: físico, etérico y astral. El Yo del hombre, tal como aparece dentro del Universo, es una y otra vez una repetición de vidas anteriores en la Tierra; Y una y otra vez se encuentra en la vida entre la muerte y un nuevo nacimiento. Pero cuando observamos el Yo en su vida entre la muerte y un nuevo nacimiento, percibimos que el cuerpo Etérico que tenemos aquí en el ambiente cósmico de la Tierra no tiene significado para el Yo humano. El cuerpo etérico se deja a un lado poco después de la muerte. Sólo el mundo astral, que brilla hacia nosotros a través de las estrellas tiene significado para el Yo en la vida entre la muerte y un nuevo nacimiento. Y en ese mundo que resplandece hacia nosotros a través de las estrellas, en ese mundo viven los Seres de las Jerarquías Superiores con quienes el hombre forma su Karma entre la muerte y un nuevo nacimiento.

De hecho, cuando seguimos este Yo en sus sucesivas evoluciones a través de las vidas entre el nacimiento y la muerte y entre la muerte y un nuevo nacimiento, no podemos permanecer en el mundo del espacio en absoluto. Porque dos vidas terrenales sucesivas no pueden estar dentro del mismo espacio. No pueden estar dentro de ese Universo que es dependiente de la coexistencia espacial. Aquí, pues, salimos del Espacio y entramos en el Tiempo. Esto es realmente así. Salimos del Espacio y entramos en el flujo puro del Tiempo cuando contemplamos el Yo en sus sucesivas vidas en la Tierra.

Ahora consideren esto, mis queridos amigos. En el espacio, el tiempo todavía está presente, por supuesto, pero dentro de este mundo del espacio no tenemos medios de experimentar el tiempo en sí mismo. Siempre tenemos que experimentar el Tiempo a través del Espacio y de los procesos espaciales. Por ejemplo, si desean experimentar el Tiempo, miran el reloj, o, si lo desean, el curso del sol. ¿Que ven? Ustedes ven las diferentes posiciones de las manecillas del reloj o del sol. Ustedes ven algo que es espacial. A través del hecho de que las posiciones de las manillas o del sol cambian, a través del hecho de que las cosas espaciales se les presentan como cambiantes, se obtiene alguna idea del Tiempo. Pero del Tiempo mismo no hay realmente nada en esta percepción espacial. Sólo hay variadas configuraciones espaciales, diferentes posiciones de las manecillas del reloj, posiciones variadas del sol. Sólo se experimenta el Tiempo como tal cuando entran en la esfera de la experiencia anímica. Allí se experimenta realmente el Tiempo, pero allí también sale del Espacio. Allí, el Tiempo es una realidad, pero dentro del mundo terrenal del Espacio, el Tiempo no es una realidad. Entonces, ¿qué nos sucedería si salimos del espacio en que vivimos entre el nacimiento y la muerte y entramos en la falta de espacio en que vivimos entre la muerte y un nuevo nacimiento? ¿Qué debemos hacer? La respuesta es la siguiente: ¡Debemos morir!.

Debemos tomar estas palabras en su significado exacto y profundo. En la Tierra experimentamos el Tiempo sólo a través del Espacio —a través de puntos en el Espacio, a través de las posiciones de las cosas espaciales—. En la Tierra no experimentamos el Tiempo en su realidad en absoluto. Una vez que comprendan esto, dirán: “Realmente para entrar en el Tiempo debemos salir del Espacio, debemos guardar todas las cosas espaciales”. También se puede expresar en otras palabras, porque en realidad no es otra cosa que morir. Significa, de hecho y de verdad: morir.

Volvamos ahora nuestra mirada a este mundo cósmico que rodea a la Tierra —este mundo cósmico al que somos afines tanto a través de nuestro cuerpo etérico como a través de nuestro cuerpo astral— y veamos lo espiritual en este mundo cósmico. De hecho, ha habido naciones y sociedades humanas que sólo han tenido en cuenta lo espiritual que se encuentra dentro de nuestro mundo terrenal del Espacio. Tales pueblos eran incapaces de tener pensamientos sobre vidas repetidas en la Tierra. Los pensamientos acerca de vidas repetidas en la Tierra los poseían solamente aquellos seres y grupos humanos que fueron capaces de concebir el Tiempo en su pura esencia, el Tiempo en su carácter espacial. Pero si consideramos este mundo terrenal junto con su ambiente cósmico, o, brevemente, todo lo que hablamos del Cosmos, del Universo; y contemplamos su manifestación espiritual, entonces estamos percibiendo algo de lo que se puede decir que tenía que estar presente para que pudiéramos entrar en nuestra existencia como seres humanos terrenales; tenía que estar allí.

Las profundidades insondables están realmente contenidas en esta simple concepción, que acabo de referir, todo tenía que existir para que nosotros como seres humanos terrenales pudiéramos entrar en esta vida terrenal. Profundidades infinitas se revelan cuando realmente comprendemos el aspecto espiritual de todo lo que se nos presenta. Si concebimos este mundo Espiritual en su integridad como un todo autocontenido, si lo consideramos en su propia pureza y esencia, entonces tenemos una concepción de lo que fue llamado “Dios” por aquellos pueblos que limitaban su visión solo al mundo del espacio.

Estos pueblos —en todo caso en sus enseñanzas de Sabiduría— habían llegado a sentir: El Cosmos está tejido a través y por medio de un elemento Divino que está trabajando en él, y podemos distinguir de este elemento Divino en el Cosmos lo que está presente en la Tierra, en nuestro entorno inmediato, como mundo físico. También podemos distinguir lo que en este mundo cósmico, divino-espiritual se revela como el cuerpo Etérico, es decir, lo que nos mira desde el azul del cielo. Podemos distinguir el cuerpo Astral en este mundo divino, en lo que nos mira hacia abajo desde la configuración de los cielos estrellados.

Si entramos lo más posible en la situación tal como estamos aquí, dentro del Universo, como seres humanos en esta Tierra, nos diremos a nosotros mismos: “Nosotros, como seres humanos, tenemos un cuerpo físico: ¿dónde está entonces lo Físico en el universo?” Aquí estoy volviendo a algo que ya he señalado. La ciencia física de hoy espera encontrar todo lo que existe en la Tierra existe también en el Universo. Pero la organización física en sí no se encuentra en el Universo. El hombre tiene en primer lugar su organización física: además tiene la organización etérica y la astral. El Universo, por el contrario, comienza con el Cuerpo Etérico. Allí en el Cosmos lo Físico no se encuentra en ninguna parte. Lo Físico existe sólo en la Tierra, y no es más que fantasía e imaginación vacía hablar de algo físico en el lejano Universo. En el Universo esta el mundo Etérico y el mundo Astral. Hay también un tercer elemento dentro del Universo del que aún no hemos hablado, pues el Cosmos también es triple. Pero la triplicidad del Cosmos, aparte de la Tierra, es diferente de la trinidad del Cosmos en el que incluimos la Tierra.

Que estos sentimientos entren en nuestra conciencia terrenal, la percepción de lo Físico en nuestra inmediata morada terrena; el sentimiento de lo Etérico, que está tanto en la Tierra como en el Universo; la contemplación de lo Astral, que resplandece en la Tierra desde las estrellas, y más intensamente que todas las estrellas el resplandor del Sol. Entonces, cuando consideramos todas estas cosas y colocamos ante nuestras almas la majestad de esta concepción del mundo, podemos comprender bien cómo en la antigüedad, cuando con la clarividencia instintiva los hombres no pensaban tan abstractamente, sino que todavía podían sentir la Majestad de una gran concepción, fueron llevados a entender que: “Un pensamiento tan majestuoso como éste no puede concebirse perpetuamente en toda su plenitud. Debemos tomarlo en un momento especial, permitiéndole trabajar en el alma en su gloria plena e insondable. Entonces trabajará en las profundidades interiores de nuestro ser, sin ser mimado y corrompido por nuestra conciencia superficial”. Si consideramos por qué medios la antigua clarividencia instintiva dio expresión a tal sentimiento, de todo lo que se combinó entonces para dar certidumbre a este pensamiento de la antigüedad, nos queda hoy la institución del Festival de Navidad.

En la Noche de Navidad, el hombre, al estar aquí en la Tierra con sus cuerpos físico, etérico y astral, se siente relacionado con la Trinidad Cósmica que le aparece en su naturaleza Etérica, brillando majestuosamente, maravilla mágica de la noche en el azul de los cielos; Mientras que frente a él esta lo Astral del Universo, en las estrellas que brillan hacia la Tierra. Al saber de la santidad de este ambiente cósmico que está relacionado con lo que está en la misma Tierra, siente que él mismo con su propio Yo ha sido trasplantado del Cosmos a este mundo del Espacio. Y ahora puede contemplar el Misterio de la Navidad —el Niño recién nacido, el Representante de la Humanidad en la Tierra, que, en tanto que está entrando en la infancia, nace en este mundo del Espacio. En la plenitud y majestad de este pensamiento de Navidad, mientras se contempla el nacimiento del Niño en la Noche de Navidad, exclama: “Ex Deo Nascimur  —nací de lo Divino, de lo Divino que teje y surge a través del mundo del Espacio”.

Cuando un hombre ha sentido esto, cuando se ha impregnado completamente con ello, entonces también puede recordar lo que la Antroposofía nos ha revelado sobre el significado de la Tierra. El Niño al que estamos contemplando es la envoltura exterior de lo que ahora nace en el Espacio. ¿Pero de dónde nace, para que nazca en el mundo del espacio? De acuerdo con lo que hemos explicado hoy, sólo puede ser desde el Tiempo. De vez en cuando el Niño nace.

Si seguimos la vida de este Niño y su permeación por el Espíritu del Ser de Cristo, nos damos cuenta de que este Ser, este Ser-Cristo, viene del Sol. Entonces miraremos hacia el Sol y nos diremos: “Al mirar hacia el Sol, debo ver en el sol ese Tiempo, que está oculto en el mundo del Espacio. Dentro del Sol está el Tiempo, y fuera del Tiempo que teje y trabaja dentro del Sol, Cristo salió, salió al Espacio, a la Tierra”.

¿Qué tenemos entonces en Cristo en la Tierra? En Cristo en la Tierra tenemos eso, que viene de más allá del Espacio, desde fuera del Espacio, que se une con la Tierra. Quiero que sean conscientes de cómo nuestra concepción del Universo cambia, en comparación con la concepción ordinaria actual, cuando realmente entramos en todo lo que se ha expuesto ante nuestras almas esta tarde. Allí en el Universo tenemos el Sol, con todo lo que nos parece que esta inmediatamente conectado con él —todo lo que está contenido en el azul de los cielos, en el mundo de las estrellas. En otro punto del Universo tenemos a la Tierra con su humanidad. Cuando miramos hacia arriba desde la Tierra hasta el Sol, estamos mirando al mismo tiempo el flujo del Tiempo.

De esto sigue algo de gran importancia. El hombre sólo mira hacia el Sol de la manera correcta (aunque sea en su mente) cuando, al mirar hacia arriba, olvida el Espacio y considera solo el Tiempo. Porque, en realidad, el Sol no sólo irradia luz, irradia el Espacio mismo, y cuando miramos al Sol estamos mirando desde el Espacio hacia el mundo del Tiempo. El Sol es la única estrella que cuando la miramos, estamos mirando independientemente del Espacio. Y de ese mundo, fuera del Espacio, vino Cristo a los hombres. En el momento en que el cristianismo fue fundado por Cristo en la Tierra, el hombre había estado demasiado tiempo restringido al mero Ex Deo Nascimur, se había unido completamente a él, se había convertido en un puro y simple Ser Espacial. La razón por la que nos resulta tan difícil comprender las tradiciones de las épocas primitivas, cuando volvemos a ellas con la conciencia de la civilización actual, es que ellos siempre tenían en mente el Tiempo y no el mundo del Espacio. Consideraban el mundo del espacio sólo como un apéndice del mundo del Tiempo.

[Este es un pasaje fascinante, pero el traductor (o editor) mezcló las palabras ‘Espacio’ y ‘Tiempo’ al final de este párrafo, para hacer el pasaje completamente contradictorio! Las dos últimas oraciones del primer párrafo deben ser como sigue (las palabras en negrita se han cambiado):

La razón por la que es tan difícil para nosotros comprender las tradiciones de las épocas primitivas, cuando volvemos a ellas con la conciencia de la civilización actual, es que siempre tenían en mente el espacio y no el mundo del tiempo. Consideraban el mundo del Tiempo sólo como un apéndice del mundo del Espacio.

Aquí está el original alemán:

“Wir verstehen so schwer mit dem heutigen zivilisatorischen Bewußtsein die alten Überlieferungen, weil diese eigentlich überall mit dem Raum rechnen und nicht mit dem Zeitlichen, mit dem Zeitlichen nur wie mit einem Anhängsel des Räumlichen.”

Thanks to Lucas Dreier — e.Ed.]

Cristo vino para traer de nuevo el elemento del Tiempo a los hombres, y cuando el corazón humano, el alma humana y el espíritu humano se unen a Cristo, entonces el hombre recibe el flujo del Tiempo que fluye de Eternidad a Eternidad. ¿Qué más podemos hacer los seres humanos cuando morimos, es decir, cuando salimos del mundo del Espacio, que aferrarnos a Aquel que nos devuelve al Tiempo? En el Misterio del Gólgota el hombre se había convertido en un Ser del Espacio tan enorme que el Tiempo se le había perdido. Cristo devolvió el Tiempo a los hombres.

Si, por lo tanto, al salir del mundo del Espacio, los hombres no morirían tanto en sus almas como en sus cuerpos, debían morir en Cristo, Podríamos ser seres humanos del Espacio y decir: “Ex Deo Nascimur”, y podemos mirar al Niño que sale del Tiempo al Espacio para unir a Cristo con la humanidad. Pero desde el Misterio del Gólgota no podemos concebir la muerte, el límite de nuestra vida terrena, sin este pensamiento: “Debemos morir en Cristo”. De lo contrario, pagaremos nuestra pérdida de tiempo con la pérdida de Cristo mismo y, desterrados de Él, permaneceremos engañados. Debemos llenarnos del Misterio del Gólgota. Además del “Ex Deo Nascimur”, debemos encontrar el “En Christo Morimur”. Debemos hacer surgir el pensamiento de Pascua además del pensamiento navideño. Así, el “Ex Deo Nascimur” deja que el pensamiento navideño aparezca ante nuestras almas, y en el pensamiento de Pascua “en Christo Morimur”.

Ahora podemos decir: En la Tierra el hombre tiene sus tres cuerpos, el físico, el etérico y el astral. El Etérico y Astral también están ahí fuera en el Cosmos, pero el Físico sólo se encuentra en la Tierra. En el Cosmos no hay Físico. Así debemos decir: Sobre la Tierra —físico, etérico, astral. En el Cosmos —no físico, sino sólo el etérico y el astral.

Sin embargo, el Cosmos también es triple, porque lo que el Cosmos carece del nivel más bajo, lo añade más arriba. En el Cosmos el Etérico es el mundo más bajo: en la Tierra el Físico es lo más bajo. En la Tierra el mundo Astral es el más alto; En el Cosmos, lo más elevado es aquello que el hombre actualmente sólo tiene los comienzos, de los cuales su Yo Espiritual estará un día tejido. Por lo tanto, podemos decir: En el Cosmos esta, como, el elemento más elevado, el  Yo Espiritual.

Ahora vemos las estrellas como expresiones de algo real. Comparé su acción con una suave caricia. El Yo Espiritual  que está detrás de ellas es ciertamente el Ser que amorosamente acaricia, sólo que en este caso no es un solo Ser sino el mundo entero de las Jerarquías. Miro a un hombre y veo su forma; Miro sus ojos y los veo brillar hacia mí; oigo su voz; Es la expresión del ser humano. Del mismo modo que miro hacia los Espacios lejanos del mundo, miro a las estrellas. Son el enunciado de las Jerarquías, el enunciado vivo de las Jerarquías, encendiendo el sentimiento astral. Miro las profundidades azules del firmamento y veo en él la revelación exterior del cuerpo etérico que es el miembro más bajo del mundo de las Jerarquías.

Ahora podemos comprender aún más. Miramos hacia el Cosmos lejano que va más allá de la realidad terrenal, incluso cuando la Tierra con su sustancia física y sus fuerzas esta bajo la realidad cósmica. Al igual que en lo Físico, la Tierra tiene un elemento subcósmico, en el Yo Espiritual el Cosmos tiene un elemento supraterrenal.

La ciencia física habla del movimiento del Sol; y puede hacerlo, porque dentro del cuadro espacial del Cosmos que nos rodea, percibimos por ciertos fenómenos que el Sol está en movimiento. Pero eso es sólo una imagen del verdadero movimiento del Sol —una imagen lanzada al Espacio. Si estamos hablando del verdadero Sol es absurdo decir que el Sol se mueve en el Espacio; pues el espacio mismo está siendo irradiado por el sol. El Sol no sólo irradia la luz; El Sol crea el Espacio mismo. Y el movimiento del Sol es sólo un movimiento espacial dentro de este Espacio creado. Fuera del Espacio está el movimiento en el Tiempo. —lo que nos parece evidente, a saber, que el Sol se está acelerando hacia la constelación de Hércules— es sólo una imagen espacial de la evolución temporal del Ser-Solar.

A sus discípulos íntimos, Cristo dijo estas palabras: “He aquí la vida de la Tierra; está relacionada con la vida del Cosmos. Cuando miras la Tierra y el Cosmos que la circunda, es el Padre cuya vida penetra este Universo. [Ver Nota 1] El Dios Padre es el Dios del Espacio. Pero Yo os digo que he venido a vosotros desde el Sol, desde el Tiempo, el que recibe al hombre cuando muere. Yo mismo os he traído del Tiempo. [Véase la Nota 2] Si me reciben, reciben el Tiempo, y no quedarán atrapados en el Espacio. Así vosotros encontráis la transición de una trinidad —Física, Etérica y Astral— a la otra trinidad, que conduce desde el Etérico y Astral al Yo Espiritual. El Yo Espiritual no se encuentra en el mundo terrenal, así como lo Físico-Terrenal no se encuentra en el Cosmos. Pero yo os traigo el mensaje, porque yo soy del Sol.

El Sol tiene de hecho un triple aspecto. Si uno vive dentro del Sol y mira hacia abajo desde el Sol a la Tierra, uno contempla lo Físico, Etérico y Astral. También se puede contemplar lo que está dentro del Sol mismo. Entonces uno ve lo Físico siempre y cuando recuerde la Tierra y mire hacia abajo, hacia la Tierra. Pero si uno mira lejos de la Tierra, uno ve al otro lado el Yo Espiritual. Así, uno se balancea hacia atrás y hacia adelante entre el Físico y la naturaleza del Yo Espiritual. Sólo el cuerpo Etérico y Astral están permanentemente en el medio. Al mirar hacia el gran Universo, lo terrenal desaparece, y se tiene el mundo Etérico, el mundo Astral y el Yo Espiritual. Esto es lo que ustedes ven cuando entran en el Tiempo del Sol entre la muerte y un nuevo nacimiento.

Imaginemos, en primer lugar, que el estado de ánimo interior del alma de un hombre es tal que se encierra enteramente dentro de esta existencia terrestre. Todavía puede sentir lo Divino, porque nació de lo Divino: “Ex Deo Nascimur”. Entonces imaginémoslo ya no encerrándose en el mero mundo del Espacio, sino recibiendo al Cristo que viene del mundo del Tiempo al mundo del Espacio, que trae el Tiempo mismo al espacio terrenal. Si un hombre consigue eso, entonces en la Muerte vencerá a la Muerte. “Ex Deo Nascimur. En Christo Morimur”. Pero Cristo mismo trae el mensaje de que cuando el Espacio es superado y uno ha aprendido a reconocer al Sol como el creador del Espacio, cuando uno se siente trasplantado por Cristo al Sol, al Sol viviente, lo Físico terrestre desaparece y sólo el mundo Etérico y el mundo Astral están allí. Ahora el mundo Etérico vuelve a la vida, no como el azul del cielo, sino como el resplandor rojo lila del Cosmos, y hacia adelante de la luz rojiza, las estrellas ya no brillan sobre nosotros, sino que nos acarician suavemente con su amorosa efluencia.

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Si un hombre entra realmente en todo esto, puede tener la experiencia de sí mismo, posicionado aquí en la Tierra, dejando a un lado lo Físico, pero con el Etérico fluyendo a través de él y fuera de él en la luz lila-rojiza. Ya no son las estrellas brillantes puntos de luz; Son radiaciones de amor como la mano acariciadora de un ser humano. Cuando sentimos todo esto —lo divino dentro de nosotros mismos, el divino fuego cósmico que arde desde nuestro interior como el mismo ser del hombre; Nosotros mismos dentro del mundo Etérico y experimentando la expresión viva del Espíritu en el resplandor cósmico astral, allí estalla dentro de nosotros el despertar interior del resplandor creativo del Espíritu, que es la alta vocación del hombre en el Universo.

Cuando aquellos a quienes Cristo reveló estas cosas dejaron que la revelación penetrara profundamente en su ser, llegó entonces el momento en que experimentaron la función de este poderoso concepto, en las ardientes lenguas de Pentecostés. Al principio sentían la caída, el descarte de lo Físico terrenal como la muerte. Pero entonces llegó el sentimiento; esto no es la muerte, sino que en lugar de lo físico de la Tierra, ahora amanece sobre nosotros la Espiritualidad del Universo. “Per Spiritum Sanctum Reviviscimus”.

Así podemos considerar la triple naturaleza de la mitad del año. Tenemos el pensamiento navideño—”Ex Deo Nascimur”; El pensamiento de Pascua—”En Christo Morimur”; y el pensamiento de Pentecostés—”Per Spiritum Sanctum Reviviscimus”.

Queda la otra mitad del año. Si lo comprendemos también, nos descubre el otro aspecto de nuestra vida humana. Si comprendemos la relación de lo físico con el alma humana y con lo suprafísico —que contiene la verdadera libertad de la que el hombre debe ser participe en la Tierra— entonces de la interconexión de las fiestas de Navidad, Pascua y Pentecostés entenderemos la libertad humana en la Tierra. A medida que comprendemos al hombre desde estos tres pensamientos, el pensamiento de Navidad, el pensamiento de Pascua y el pensamiento de Pentecostés, y dejamos que enciendan en nosotros el deseo de comprender las partes restantes del año, surge la otra mitad de la vida humana que les indiqué cuando les dije: “Contemplen el destino humano; las Jerarquías aparecen detrás de él: el trabajo y el tejer de las Jerarquías”. Es verdaderamente maravilloso contemplar el destino del ser humano, porque detrás de él está la totalidad de las Jerarquías.

De hecho, es el lenguaje de las estrellas lo que nos resuena desde los pensamientos de Navidad, Pascua y Pentecostés; desde el pensamiento de Navidad, en la medida en que la Tierra es una estrella dentro del Universo; desde el pensamiento de Pascua, puesto que la más radiante de las estrellas, el Sol, nos dona su gracia; y del pensamiento de Pentecostés en la medida en que lo que está escondido más allá de la luces de las estrellas en el alma, se ilumina de nuevo en las ardientes lenguas de Pentecostés.

¡Entren en todo esto, mis queridos amigos! Les he dicho que el Padre, portador del pensamiento navideño, envía al Hijo para que por él se cumpla el pensamiento pascual; Después pase a relatarles cómo el Hijo trae el mensaje del Espíritu, para que en el pensamiento de Pentecostés la vida del hombre en la Tierra pueda ser completada en su triple ser.  Mediten esto ponderándolo bien; entonces todas las bases descriptivas que les he dado para la comprensión del Karma, obtendrán un correcto fundamento de sentimiento interior.

Traten de dejar que los pensamientos de Navidad, Pascua y Pentecostés, de la manera en que los he expresado hoy, trabajen profundamente en su sentir y cuando nos encontremos de nuevo después del viaje que debo emprender este Pentecostés para el Curso de Agricultura—Cuando nos reunamos de nuevo, traigan este sentimiento con ustedes, mis queridos amigos. Porque este sentimiento debe vivir en nosotros como el cálido y ardiente pensamiento de Pentecostés. Entonces podremos ir más lejos en nuestro estudio del Karma; pues su poder de entendimiento será fertilizado con lo que contiene el pensamiento de Pentecostés.

Así como en la primera Fiesta de Pentecostés algo resplandeció de cada uno de los discípulos, el pensamiento de Pentecostés debe vivificarse con nuestro entendimiento antroposófico. Algo debe iluminarse y brillar de nuestras almas. Por lo tanto, es como un sentimiento de Pentecostés el prepararse para continuar con nuestros pensamientos sobre el Karma, que están relacionados con la otra mitad del año, que ya les he dado con lo que he dicho hoy sobre las conexiones internas de la Navidad, Pascua y Pentecostés.

Nota 1: Cp. Pablo: “ El Dios que hizo el mundo y todas las cosas que en él hay, siendo Señor del cielo y de la tierra, no habita en templos hechos por manos humanas,  ni es honrado por manos de hombres, como si necesitase de algo; pues él es quien da a todos vida y aliento y todas las cosas. Y de una sangre ha hecho todo el linaje de los hombres, para que habiten sobre toda la faz de la tierra; y les ha prefijado el orden de los tiempos, y los límites de su habitación; para que busquen a Dios, si en alguna manera, palpando, puedan hallarle, aunque ciertamente no está lejos de cada uno de nosotros. Porque en él vivimos, y nos movemos, y somos; como algunos de vuestros propios poetas también han dicho: Porque linaje suyo somos.”. Hechos XVII, 24-28.

Nota 2: “Tiempo”, como aquí se usa, es lo que usualmente designamos como “Eternidad”, es decir, una experiencia de tiempo continua e ininterrumpida. Lo que solemos llamar “Tiempo” es nuestro concepto espacializado de Tiempo Real, eventos sucesionales separados, medidos por cambios espaciales.

Traducido por Gracia Muñoz en Junio de 2017

 

GA169. Las festividades y su significado

IV . Pentecostés – Un símbolo de la inmortalidad del Yo

[Extracto de la primera conferencia del Curso XLIII, Cosmic Being and Egohood, impartido por Rudolf Steiner en Berlín, del 6 de junio al 18 de julio de 1916. (Impreso con permiso especial).

Berlin, 6 de Junio de 1916

English version

Llevar la mente a pensamientos relacionados con la Festividad de Pentecostés me parece menos apropiado en estos días graves [Berlín, 1916.] de lo que ha sido en años anteriores. Pues la humanidad está atravesando pruebas fatídicas y en tales momentos realmente no es apropiado llamar a los sentimientos de calidez interior y regocijo. Si nuestros sentimientos son correctos y verdaderos, nunca podremos olvidar por un momento el sufrimiento que ahora es tan universal y,en cierto sentido, es realmente egoísta querer olvidarlo para entregarnos a pensamientos que alientan y elevan el alma. Por lo tanto, será más apropiado hoy hablar de ciertos asuntos relacionados con las necesidades de la época, porque nuestros estudios recientes han demostrado muy claramente que muchas de las razones de los sufrimientos de la época actual están en la actitud predominante hacia lo espiritual, y es urgente trabajar en el desarrollo del alma humana para que la humanidad pueda avanzar hacia mejores días. Sin embargo quiero por lo menos comenzar con pensamientos que nos lleven al significado de una festividad tal como Pentecostés.

Hay tres Festividades de importancia capital en el curso del año: Navidad, Pascua y Pentecostés. Todos los que no se han vuelto indiferentes al significado de tales festividades en la evolución del mundo y de la humanidad, como es el caso de la mayoría de nuestros contemporáneos, percibirán a la vez los contrastes entre estos tres eventos. Las experiencias asociadas con cada una se expresa en su simbolismo exterior.

La Navidad es una festividad relacionada sobre todo con las alegrías de la infancia, una fiesta en la que una parte esta usualmente, si no siempre, relacionada con el Árbol de Navidad que se lleva al hogar traído de la naturaleza cubierta de nieve. Nuestro pensamiento también se vuelve a la festividad de Navidad tan frecuentemente celebrada entre nosotros y que durante siglos en esta temporada ha llevado a los corazones humanos sencillos el recuerdo del gran y único acontecimiento en la evolución de la Tierra cuando Jesús de Nazaret o, para ser más exactos, el Jesús, que vino de Nazaret y nació en Belén. La fiesta del nacimiento de Jesús de Nazaret es una fiesta ligada al mundo de sentimientos engendrado por el Evangelio de San Lucas, por aquellas partes del Evangelio que hacen el llamamiento más general a los corazones sencillos y son los más fáciles de entender. Es, pues, una Festividad de la humanidad universal, inteligible hasta cierto punto al menos para el niño y para los hombres que han conservado una cualidad infantil de corazón y mente. Sin embargo, trae a esos corazones infantiles algo grande y poderoso que luego llega a formar parte de su conciencia.

El festival de Pascua, aunque se celebra durante la temporada cuando la naturaleza está despertando a la vida, lleva a nuestras mentes al portal de la muerte. En contraste con la ternura y el atractivo universal de la fiesta de Navidad, la fiesta de Pascua contiene algo infinitamente sublime. Si las almas humanas son capaces de celebrar el festival de Pascua realmente, no pueden dejar de ser conscientes de su majestad trascendente. Trae la sublime concepción del Ser Divino que descendió a un cuerpo humano y pasó por la muerte. El enigma de la muerte y la preservación en la misma muerte la vida eterna del alma – esta es la gran visión presentada por la fiesta de Pascua.

Estas fiestas sólo se pueden experimentar en su profundidad cuando recordamos las muchas cosas hechas realidad por la Ciencia Espiritual. Piensen en lo estrechamente vinculados con todas las fiestas celebradas en el mundo en conmemoración de los nacimientos de salvadores con los pensamientos que surgen de la fiesta de Navidad. Se nos recuerda, por ejemplo, la fiesta de Mithras celebrando su nacimiento en una cueva. Todas estas cosas son la evidencia de una íntima conexión con la naturaleza. Que la Navidad es un festival vinculado con la naturaleza se simboliza con el árbol de Navidad, y el nacimiento, también, lleva nuestra mente a los trabajos y poderes de la naturaleza. Pero debido a que el nacimiento del cual la Ciencia Espiritual tiene tantas cosas que decir es el de Jesús de Nazaret, es un nacimiento cargado de infinito significado. Y recordando que el Espíritu de la Tierra despierta en invierno, está más activo durante la estación donde la naturaleza exterior parece estar durmiendo en un manto de hielo y nieve, podemos sentir que el festival de Navidad nos lleva a la naturaleza elemental y que la iluminación de las velas de Navidad es un símbolo de cómo el Espíritu está despertando en la oscuridad invernal de la Naturaleza.

Si relacionamos el festival de Navidad con la vida y el ser del hombre, podemos hacerlo recordando que el hombre también está conectado con la naturaleza cuando se separa de ella espiritualmente, como lo hace durante el sueño, cuando con su yo y cuerpo astral entra en el mundo espiritual. Su cuerpo etérico permanece unido, suprasensiblemente, al cuerpo físico, y representa la parte del ser del hombre que pertenece a la naturaleza elemental, a esa naturaleza elemental que despierta a la vida dentro de la Tierra cuando se halla envuelta en el hielo del invierno. Es mucho más que una analogía; de hecho, es una verdad profunda decir que, aparte de todo lo demás, la fiesta de Navidad es una señal de que el hombre tiene en su ser un principio elemental etérico, un cuerpo etérico a través del cual está vinculado con la Naturaleza elemental.

Si reflexionan ahora en todo lo que se ha dicho en el transcurso de muchos años acerca del gradual oscurecimiento y declive de las fuerzas del hombre, se  harán conscientes de cuán estrechamente todas las fuerzas del cuerpo astral humano están conectadas con los procesos de muerte. El hecho de que tengamos que desarrollar el cuerpo astral durante nuestra vida, y que en el cuerpo astral tengamos que recibir lo espiritual, significa que, al hacerlo, traemos las semillas de la muerte a nuestro ser. Es completamente incorrecto creer que la muerte está conectada con la vida en un sentido externo solamente, porque la conexión es interior y fundamental. Nuestra vida es como es sólo porque somos capaces de morir en la forma en que lo hacemos. Pero esto está ligado con todo el desarrollo del cuerpo astral del hombre. Una vez más, es más que una analogía cuando decimos: El festival de Pascua es un símbolo de todo lo que tiene que ver con la naturaleza astral del hombre, con ese principio de su ser que, cuando duerme, deja el cuerpo físico y junto con él yo entra en el mundo espiritual de donde descendió ese Ser Divino-Espiritual que en Jesús de Nazaret realmente pasó por la muerte. Si uno estuviera hablando en una época más viva para lo espiritual que la nuestra, lo que acabo de decir sería reconocido como realidad, mientras que en nuestros días se toma simplemente como simbolismo. Se comprendería entonces que el propósito de instituir las fiestas de Navidad y de Pascua era proporcionar al hombre señales de recuerdo de que está conectado con la naturaleza espiritual, con esa naturaleza que lleva a la muerte la integridad física, y darle indicios que le recuerden que en su cuerpo etérico y en su cuerpo astral es portador de lo espiritual. — En nuestros días estas cosas han sido olvidadas. Se volverán a iluminar cuando la humanidad tenga la voluntad de adquirir la comprensión de verdades espirituales como éstas.

Pero ahora, además del cuerpo etérico y del cuerpo astral, llevamos dentro de nosotros como supremamente espiritual, nuestro Yo. Sabemos algo de la naturaleza compleja del Yo. Sabemos especialmente que es el Yo el que pasa de encarnación a encarnación, que las fuerzas interiores del Yo se construyen y se conforman a esa forma que llevamos adelante en nuestro ser en cada nueva encarnación. En el Yo resucitamos de la muerte para prepararnos para una nueva encarnación. Es en virtud del Yo que somos individuos. Si podemos decir que el cuerpo etérico representa en cierto sentido lo que es semejante al nacimiento y está conectado con las fuerzas elementales de la naturaleza, que el cuerpo astral simboliza el principio de muerte que está conectado con la espiritualidad superior, podemos decir que el Yo representa nuestro continuo resurgimiento en el espíritu, nuestra resurrección en el reino espiritual que no es ni la naturaleza ni el mundo de las estrellas, sino que los impregna a todos. Y así como el festival de Navidad se puede conectar con el cuerpo etérico y la fiesta de Pascua con el cuerpo astral, la fiesta de Pentecostés se puede conectar con el Yo. Esta es la fiesta que, representando la inmortalidad del Yo, es una muestra del hecho de que nosotros, como hombres, no solo compartimos la vida universal de la naturaleza, no sólo sufrimos la muerte, sino que somos seres inmortales individuales, creciendo una y otra vez de la muerte.

¡Y cuán maravillosamente esto llega a expresarse cuando el pensamiento de Navidad, el pensamiento de Pascua y el pensamiento de Pentecostés son llevados más lejos! El festival de Navidad está directamente relacionado con los acontecimientos terrenales, con el solsticio de invierno, el tiempo en que la Tierra está envuelta en la oscuridad más profunda. Al celebrar el festival de Navidad seguimos la ley por la cual se gobierna la existencia de la Tierra; cuando las noches son más largas y los días más cortos, cuando la tierra está helada, nos retiramos en nosotros mismos y buscamos lo espiritual que ahora está despertando dentro de la Tierra. El festival de Navidad está ligado con el Espíritu de la Tierra; Nos recuerda una y otra vez que pertenecemos a la Tierra, que el Espíritu debió bajar de las alturas cósmicas y tomar forma terrenal para ser un hijo de la Tierra entre los hijos de la Tierra.

El festival de Pascua tiene un ambiente diferente. Ustedes saben bien que la Pascua está determinada por la relación del sol con la luna del primer domingo después de la primera luna llena de primavera, la primera luna llena después del 21 de marzo. El festival de Pascua, por lo tanto, se fija según la posición relativa del sol a la luna. De una manera maravillosa, entonces, el festival de Navidad está vinculado con la Tierra, y la fiesta de Pascua con el Cosmos. En Navidad nos recuerdan lo que es más santo en la Tierra, y en la Pascua lo más santo en los cielos.

Pero el pensamiento subyacente a la fiesta cristiana de Pentecostés está asociado de una manera muy hermosa con lo que está incluso por encima de las estrellas: el fuego universal, espiritual y cósmico que se individualiza y en lenguas ardientes desciende sobre los Apóstoles. Es el fuego que no es ni solo celestial ni solo terrestre; Es el fuego omnipresente que individualiza y pasa a cada ser humano. En verdad, el festival de Pentecostés está vinculado con todo el Universo. Así como la fiesta de Navidad está conectada con la Tierra y la fiesta de Pascua con las Estrellas, así la fiesta de Pentecostés esta directamente conectada con el hombre, con el hombre individual, en cuanto recibe la chispa de la vida espiritual de todo el Universo. Lo que se concede a la Humanidad en general por el descenso a la Tierra del Ser que es tanto Dios como Hombre, se prepara para cada ser humano individual en las ardientes lenguas de Pentecostés. Estas lenguas ardientes representan lo que por igual vive en el hombre, en las estrellas, en el mundo.

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Y para aquellos que buscan lo espiritual, esta fiesta de Pentecostés tiene un significado y un contenido de especial profundidad, llamando cada vez más a la perpetua renovación de la búsqueda espiritual.

En nuestros días es necesario que estos pensamientos de la fiesta se tomen en un sentido más profundo que en otros tiempos. Pues la forma en que saldremos de los graves acontecimientos de estos tiempos dependerá en gran medida de cuán profundamente los hombres sean capaces de experimentar estos pensamientos. Que las almas tendrán que salir de las condiciones catastróficas actuales ya está empezando a realizarse aquí y allá. Y aquellos que han llegado a la Ciencia Espiritual deben sentir con mayor intensidad la necesidad de que se infunda nueva fuerza en la vida espiritual, la necesidad de superar el materialismo. Esta victoria sobre el materialismo sólo será posible si los hombres tienen la voluntad de encender el mundo espiritual en la actividad viva dentro de ellos, para celebrar el festival de Pentecostés interior y con verdadera seriedad.

Traducido por Gracia Muñoz en Junio de 2017