Taller 2: Construyendo el Templo interior y exterior. Segunda Parte

Adriana Koulias — Conferencias y talleres impartidos en la Costa Dorada, Nueva Gales del Sur el 24 y 25 de abril de 2015

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Empujando: Encontrar el yo en el mundo. Penetrando en la realidad del Ser.

Nos sintonizamos con nuestro yo interior y, al sentir una sensación de apertura y gratitud, comenzamos a tratar de obtener una comprensión práctica de la segunda parte del mantra:

Boaz

Si te sientes condensado en la luz, revelarás la fuerza de formación.

Si concretizas la voluntad de ser, crearás en la existencia del mundo.

  1. Cómo experimentar el yo en el exterior como más grande que el yo en el cuerpo —Zodiaco

Empujando: Salir del cuerpo conscientemente.

Meditación Rosacruz:

Usaremos este ejercicio que hemos mencionado anteriormente, porque es muy bueno como comienzo. No solo nos proporciona protección a medida que avanzamos hacia el umbral, sino que es un ejercicio muy curativo. Podemos usar el recuerdo de una rosa y una cruz para ayudarnos a crear una imagen interior porque, como dijimos antes, usaremos la fantasía como portal de entrada.

Esto requiere que utilicemos nuestra voluntad como la utilizamos ayer para cambiar los colores, pero ahora, en lugar de cambiar los colores, trataremos de convertirnos en los creadores de los colores. Recopilamos la forma de la cruz y el rojo de las rosas en la oscuridad de nuestro cuerpo etérico con tan poca memoria como sea necesaria para mantenernos conectados con el mundo físico. Usamos nuestra memoria de la imagen pero no la imagen creada por la memoria.

Estar conectado al mundo físico por un hilo es una herramienta muy importante —nos impide perdernos en el ámbito de la metamorfosis y la multiplicidad.

Debemos tomar nota de que, debido a que solo estamos usando un poco de nuestra memoria, la cruz con rosas creada de esta manera no se “parecerá” a una cruz con rosas  del mundo real, y cuanto menos sea así, mejor. Más bien, deberíamos sentir como si hiciéramos una imagen posterior como algo que requiere mucha concentración para captar y sostener. Tendrá la calidad de una imagen posterior, solo que la hemos creado y la podemos controlar.

Una vez que esté viva frente a nosotros y nos hayamos diferenciado de ella, debemos tragarla, digerirla, separarla, del mismo modo que nuestra sangre destruye los alimentos que tomamos. Deberíamos sentir la esencia de nuestra creación dentro de nosotros como lo hacemos en nuestra digestión de alimentos.

‘Acabo de comer y la comida ya no está delante de mí, sino en mí, y estoy lleno’.

Ahora nos sentaremos en este espacio en silencio, con una concentración profunda y nos enfocaremos en este reino medio, sentiremos la calidez en nuestras manos. Permitiremos que la calidez viaje a nuestros brazos y a nuestros corazones. Sentiremos que nuestros corazones se calientan. Vamos a mover este calor a nuestras piernas. De vuelta a nuestros corazones y de nuevo a nuestra cabeza. Nos mantendremos concentrados en ese espacio intermedio mientras hacemos esto.

Ahora trataremos de imaginar que esta calidez está llena de luz. La luz y la calidez se mueven a través de nosotros, las llevamos a nuestras manos, pies y corazón nuevamente, garganta y cabeza. Sentimos que somos una columna de calor y luz; sin este calor no podríamos ser conscientes de la chispa que nos ilumina desde dentro.

 Ahora abriremos nuestros ojos y tomaremos un momento para ajustarnos.

 Tomaremos la semilla y aplicaremos en ella todo lo que hemos aprendido.

Mira la semilla con una mirada fluida, un poco fuera de foco —no muy lejos ni demasiado cerca— en ese reino medio.

Permite que tu calor y luz fluyan hacia la semilla.

Mientras miras a tu alrededor, piensa en ti mismo (sin permitir que ningún otro pensamiento incida en ello): esta semilla contiene dentro todo lo que algún día llegará a ser, la planta que algún día se convertirá en un árbol que busca el calor del sol; que en esa pequeña semilla hay un calor como el calor del sol y que el calor del Sol lo atrae. Esta calidez es la vida que tiene el ‘cianotipo’ para la planta dentro de la semilla, es una ‘gota’ de sol en la planta.

Pero la planta no solo tiene calidez y vida, también tiene luz como el sol. Puedes comenzar a ver esta luz si te permites sentir cómo esta calidez y vida también está en ti, si te permites ‘sentir’ este calor. En ti, tienes vida, calor y también luz. ¡Tienes el sol dentro de ti!. Esta vida, calor y luz fueron una vez una semilla —un embrión— y contenía todo en lo que te has convertido y aún debes convertirte. Compartes esta vida, calor y luz con la planta. Siente la calidez, tu vida cálida y permite que se una con la vida llena de calidez de la planta.

Convertirse en uno con la vida, el calor y la luz de un ser, le permite al ser entrar al mismo tiempo en nosotros simultáneamente. Así es como el pensamiento intuitivo se convierte en Intuición: esta es una expresión del amor más elevado. Cuanto mayor es la conciencia que tenemos del ser que tenemos ante nosotros, mayor es el amor y más lo entendemos.

Terminamos sintiendo esta calidez como gratitud.

En el esoterismo, esto significa que nos hemos convertido en un zodíaco, hemos rodeado lo que hemos estado logrando percibir, hemos salido del cuerpo físico, etérico y astral, y asimilando lo que estamos percibiendo, nos volvemos uno con él.

¡Siente cómo sales conscientemente de ti mismo! ¡Esto es solo un pequeño paso y un salto gigante para la humanidad!

Uno podría decir, el primer paso conscientemente en el mundo espiritual externo que existe detrás del mundo físico y en el que siempre estamos inmersos —el ser oceánico del espíritu.

Piensen en las extremidades: nos llevan a través del mundo del espacio, y a esto lo llamamos nuestro cuerpo físico, pero también tenemos un sistema límbico en nuestro cerebro, en esa parte de nuestro cerebro, encontramos, entre otras cosas, la relación entre la glándula pineal y la glándula pituitaria. Estas glándulas son glándulas maestras, que regulan todo tipo de funciones vitales en el cuerpo, pero su interrelación espiritual es, podría decirse, lo que se llama en el esoterismo oriental ‘el tercer ojo’. Denis Klocek en sus conferencias cita a Rudolf Steiner diciendo que esta parte del cerebro es el útero de la “inmaculada concepción”.

Me arriesgaré a decir que aquí encontramos una pista para la solución de las vocales y consonantes que usa el ser humano en el mundo espiritual para comprender las experiencias espirituales. La ciencia ordinaria nos dice que la relevancia funcional del sistema límbico ha demostrado que cumple muchas funciones diferentes, como afectos/ emociones, memoria, procesamiento sensorial, percepción del tiempo, atención, conciencia, instintos, control autónomo/vegetativo y acciones /comportamiento motriz —uno podría decir: pensar, sentir y querer. Es aquí donde surge nuestra conciencia del mundo y también es aquí donde surge nuestra conciencia del mundo espiritual.

Es aquí donde condensamos el sentimiento a la luz a través de la interacción de las glándulas pineal e hipófisis y su conexión con el cuerpo físico. En cierto sentido, es por eso que permanecemos conectados a los ojos, ya que los ojos tienen una relación especial con el cuerpo etérico porque el sol lo creó para la luz.

“Podemos, a través de la meditación apropiada, tener éxito en penetrar las representaciones de la memoria, por así decirlo, dejar de lado lo que nos separa interiormente de nuestros cuerpos etérico y físico; si luego miramos hacia abajo al cuerpo etérico y al cuerpo físico para que percibamos lo que normalmente se encuentra debajo del umbral de la conciencia, escucharemos algo que suena dentro de estos cuerpos. Y lo que suena es el eco de la música de las esferas, que el Hombre absorbió entre la muerte y el nuevo nacimiento, durante su descenso del mundo espiritual divino a lo que le es dado a través de la herencia física por padres y antepasados. En el cuerpo etérico y en el cuerpo físico, se hace eco de la música de las esferas. En la medida en que es de naturaleza vocal, se hace eco en el cuerpo etérico y en el cuerpo físico en la medida en que es de naturaleza consonante”[1].

Podríamos decir que desde una perspectiva ambas, consonantes y vocales se encuentran en el Sistema límbico.

Cinco de las siete vocales, que Rudolf Steiner nos brinda, las hemos explorado en los últimos días:

El estado de ánimo al llegar al Portal de la Muerte —cuando entramos en la oscuridad del cuerpo etérico

La capacidad de transformarse en otros seres —exploramos esto un poco cuando nos metimos en las imágenes haciéndonos uno con ellas y cuando nos volvimos uno con la semilla.

El origen del mal —descubrimos algo de esto cuando exploramos los colores complementarios y las imágenes posteriores, que han surgido debido al contagio de Lucifer en nuestro cuerpo etérico.

Recordando quienes somos —conservando una memoria— hemos explorado algo de esto cuando hemos conservado nuestro recuerdo de la rosa, por ejemplo, mientras creamos una rosa puramente a partir de la luz astral durante la meditación.

Comprender el significado de las cosas — aún necesitamos comprender el vivir y tejer con la Palabra Cósmica.

Estas vocales requiere que estemos dentro y fuera. Estamos creciendo en el mundo espiritual y el mundo espiritual está creciendo en nosotros.

Para darles una muestra, me gustaría que recurran a la persona que está a su lado  —digan hola, mírelos brevemente con la visión periférica un momento y cierre los ojos. Me gustaría que noten lo que ven dentro de ustedes en ese reino medio. ¿Puedes ver una huella allí?

Siempre estamos creando estas imágenes después  el uno del otro en nosotros mismos —estas son, podría decirse, las verdaderas imágenes del alma y el espíritu del otro— la palabra del otro. Para poder hacer eso, tuvimos que entrar el uno en el otro.

La verdadera comunidad se hace consciente de que siempre estamos el uno en el otro —dentro de nosotros encontramos al otro— en el otro nos encontramos, tal como lo vimos ayer, dentro de nosotros encontramos el mundo y en el mundo, como acabamos de ver hoy, nos encontramos.

Si luego permitimos que esta forma del otro se desvanezca en el silencio a medida que hacemos la imagen posterior —es cuando tenemos el potencial de encontrar a Cristo en el otro—  ¡la Palabra!

¿Qué hay de la creación del Templo?

En el siglo XVII, el jesuita Anasthasius Kircher fue el primero en traicionar el secreto de la linterna mágica. Era un secreto peligroso porque mostraba cómo a través de la conciencia de la voluntad creativa un hombre podía volverse poderoso sobre otros a través de las fuerzas de su voluntad. La voluntad se asemeja a una linterna que brilla en la oscuridad, diapositivas (pensamientos creativos) se colocaron en frente de esta luz cayéndose  y reflejándose en una pared en blanco.

El hombre podía prepararse para usar su voluntad para alterar las mentes de otros o para producir resultados: esta comprensión jesuita de cómo manipular la voluntad es lo que les permitió “convertir” a tanta gente a su marca de “cristianismo”; a través del canto, la oración, la meditación, el ritual y la intención, el jesuita podía entrar por debajo del nivel de conciencia y manipular al sujeto a través del poder de su voluntad: el hipnotismo.

Un Rosacruz en el siglo XVIII reveló el trabajo de Kircher como un medio para proteger a las almas. Era cierto conde Cagliostro, un alquimista muy difamado. Él ideó una forma de mostrar cómo la ‘luz’ de la voluntad puede ser impresa en el mundo y su Linterna Mágica se mostro a audiencias muy impresionadas que lo encontraron muy impactante. De hecho, sus fundamentos los encontramos en el cine actual.

En el Rosacrucismo, la Voluntad de otro ser humano es sacrosanta. Usar el poder de la propia voluntad para controlar a los demás es malvado. El origen de todo mal, es saber cómo transformarse uno mismo en otro ser humano para que al saber cómo “marca” uno pueda controlarlo. Pero la bondad tiene el poder de transformar el mal cuando nos convertimos en cocreadores de seres superiores.

Un ejercicio simple puede mostrarles cómo siempre estás creando en el mundo, haciendo impresiones con cada pensamiento, sentimiento y acción, en la estructura del mundo espiritual que bordea el mundo físico.

Me gustaría que te sintonices de nuevo con tu espacio interior. Encuentra el punto medio y crea un punto azul de la nada. Cuando hayas creado lo suficiente, abre los ojos y mira una página en blanco.

¿Que ves?

Tu voluntad ha proyectado tu sentimiento / pensamiento externamente y se ha impreso en el mundo. Este fue un ejercicio conocido por los ocultistas.

‘Quien sabe ahora qué es la electricidad, sabe que hay algo dentro de ella que, en un estado congelado, forma el átomo. Aquí está el puente del pensamiento humano al átomo. Uno aprenderá a conocer las piedras de construcción del mundo físico; son pequeñas mónadas condensadas, electricidad condensada. En ese momento cuando los seres humanos se den cuenta de esta verdad ocultista elemental sobre el pensamiento, la electricidad y el átomo, en ese mismo momento habrán entendido algo, que es de la mayor importancia para el futuro y para toda la sexta época post-Atlante. Ellos habrán aprendido cómo construir con átomos a través del poder del pensamiento”[2].

ALFABETO

Se podría decir que este ‘edificio’ está directamente relacionado con la constelación del zodíaco de nuestras consonantes, que, desde otra perspectiva, está relacionada con los colores.

Les sugiero que no solo oigamos lo que el mundo espiritual habla, sino que hablemos espiritualmente en el mundo —la palabra: con cada pensamiento, sentimiento y acción, nos inscribimos con luz. Y de esta palabra espiritual nos convertimos en creadores del Templo exterior— el futuro Templo de la Nueva Jerusalén.

Y como lo que es arriba es abajo, como lo que está dentro así esta fuera, ¡no solo nos convertimos en creadores del futuro Templo de la humanidad, sino que nos convertimos en creadores de nuestro propio templo interior!

Ahora comenzamos a entender el segundo mantra.

Boaz

Si condensas el sentimiento en la luz, revelarás la fuerza de formación.

Si concretizas la voluntad de ser, crearás en la existencia del mundo.

Jachin:

En el pensamiento puro, encontrarás el yo que puede experimentarse a sí mismo.

Si conviertes estos pensamientos en una imagen, experimentarás creatividad sabiduría.

 

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[1] https://lacocineradematrixvk.wordpress.com/2018/06/05/ga209-el-alfabeto-una-expresion-del-misterio-del-hombre/

[2] Rudolf Steiner, La Leyenda del Templo-Conferencia 9

http://wn.rsarchive.org/Lectures/GA093/English/RSP1985/19041216p01.html#sthash.umedvEXF.dpuf

Traducido por Gracia Muñoz en Junio de 2018.

 

 

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GA291c4. Las Jerarquías Espirituales y la naturaleza del arco iris

Rudolf Steiner — Dornach, 4 de enero de 1924

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Continuando con lo que he expuesto durante el curso de nuestra Asamblea de Navidad, querría hablar un poco de la evolución que tiene lugar en nuestra época y que se orienta hacia la investigación de la vida espiritual. Frecuentemente se habla de ella utilizando el nombre del movimiento Rosacruz, u otros movimientos ocultos, y quisiera describir cuál es el contenido de esta investigación espiritual.

Para ello será preciso, como introducción, hablar un poco de la naturaleza de las representaciones tal como se estableció en torno a los siglos IX, X y XI después de Cristo para, a continuación, desaparecer progresivamente hacia finales del siglo XVIII, aunque manteniéndose en algunos espíritus de retaguardia en el siglo XIX. No voy a hacer una exposición histórica sino simplemente evocaré un conjunto de representaciones de quienes se contaban entre los hombres de pensamiento, y de ello hace relativamente poco tiempo. Hoy día se habla de cuerpos químicos, de 70 ó 80 cuerpos, y no se tiene consciencia del todo del hecho de que llamar a una substancia oxígeno es decir bien poco de ella; lo mismo cuando se le llama hidrógeno. El oxígeno no está presente más que cuando se encuentran reunidas ciertas condiciones bien definidas, temperatura y otras condiciones de vida terrestre. Un hombre dotado de razón no puede unir a la noción de realidad algo que, desde el instante en que la temperatura aumenta, no existe bajo la misma forma que tenía en las condiciones en que se encuentra el hombre físico viviente sobre la Tierra. Precisamente estas nociones, esta tendencia a sobrepasar la forma relativa de las cosas para acceder a una realidad de la existencia, eran el sentido de las investigaciones que se realizaban en la primera parte de la Edad Media y en su período medio.

Entre los siglos IX y X después de Cristo se sitúa un período de transición, pues con anterioridad todas las concepciones de los humanos estaban todavía muy impregnadas de espiritualidad. Por ejemplo, un hombre que en el siglo IX tuviera conocimiento de estas cosas jamás hubiera sido rozado por la idea de que los Ángeles, o Arcángeles o Serafines podían ser menos reales que el hombre físico que veía con sus ojos. Entre los hombres que se servían de lo que se llamaba la inteligencia cósmica, como de seres que uno se encuentra, se sabía que ya estaban muy lejanos los tiempos en que este saber era un bien común, pero también sabían que en ciertas condiciones todavía eran sensibles a cierta influencia de estas entidades. No hay que olvidar, por ejemplo, que buen número de sacerdotes católicos sabían perfectamente, hasta los siglos IX y X, que durante determinados actos del servicio divino habían tenido contacto con las entidades espirituales, con las inteligencias cósmicas.

 Pero más allá de esta época la unión directa con las inteligencias del Universo desapareció poco a poco de las conciencias; cada vez más la conciencia se redujo a los elementos del Cosmos: a la Tierra, al líquido, al aire, al calor, al fuego. En tiempos anteriores se hablaba de la inteligencia cósmica que regulaba los movimientos de los planetas, su caminar entre las estrellas fijas, pero a partir de entonces de hablaba más bien del entorno inmediato de la Tierra. Se hablaba de sus elementos, del agua, del aire, del fuego. Entonces se ignoraba lo que hoy día se llaman cuerpos químicos. Pero nos haríamos una idea por completo falsa si pensásemos que los espíritus de los siglos XII al XIV se representaban bajo los términos de agua, aire, calor, tierra, lo mismo que los hombres de nuestro tiempo. Hoy día el calor no es para los hombres más que un estado de los cuerpos; no se habla ya de un éter de calor. El aire y el agua se han convertido en cosas de lo más abstractas, y es necesario reflexionar mucho para ver lo que estas nociones fueron en otros tiempos. Ahora quisiera mostrar por una imagen cual era la forma de expresarse de los espíritus informados de la época que hablamos.

 Cuando escribí “La Ciencia Oculta” me vi obligado a describir la evolución de la Tierra en términos al menos un poco adaptados a las representaciones corrientes de nuestra época. En los siglos XII y XIII se habría podido explicar de otra forma. He aquí, por ejemplo, lo que se habría encontrado en un capítulo de esta “Ciencia Oculta”; en primer lugar se habría evocado a entidades que pueden llamarse de la Primera Jerarquía: Serafines, Querubines y Tronos. Se habría descrito a los Serafines como seres que no se sienten como un sujeto distinto de los objetos, y ello porque sujeto y objeto se confunden; ellos no dirían: fuera de mí existen los objetos, sino, el mundo es y yo soy el mundo, y el mundo soy yo. Estos Serafines se conocían por una experiencia de la cual el hombre siente un débil reflejo cuando le inflama un ardiente entusiasmo.

 A veces es incluso difícil hacer comprender al hombre actual qué es un ardiente entusiasmo, pues hasta principios del siglo XIX se sabía mejor que hoy lo que era esto. Cuando se leía en público un poema de un autor cualquiera afamado ocurría que las gentes se comportaban de forma que un hombre moderno podría expresarlo diciendo: ¡están locos!; pues todos se agitaban enardecidos. Hoy día se siente un frío glacial allí donde se podría creer que deberían estar entusiasmados.

 Para representarse la vida interior de los Serafines es preciso evocar este entusiasmo, expandido sobre todo por los pueblos de Europa central y oriental, pero elevado a la consciencia, convertido en la sustancia perfectamente pura de la consciencia, impregnado de luz hasta el punto que el pensamiento deviene inmediatamente en luz e ilumina todo el Universo. Y el elemento de los Tronos como elevando el mundo en gracia.

 Estas palabras no hacen más que esbozar la realidad y podría seguir hablando así durante largo tiempo. Quisiera únicamente decir que en esta época se habría intentado caracterizar desde el principio a los Serafines, Querubines y Tronos describiendo sus cualidades esenciales, pues se habría dicho: El coro de los Serafines, de los Querubines y de los Tronos se consagra a una acción común de forma tal que los Tronos forman un núcleo a partir del cual los Querubines hacen brillar su propio ser luminoso y los Serafines envuelven el todo con un manto de entusiasmo que brilla a lo lejos en el espacio cósmico.

 En el centro los Tronos, alrededor los Querubines y en la periferia los Serafines. Estos son los seres que confunden y entremezclan sus acciones, pensamientos y sentimientos. Estas son las entidades. Si un ser dotado de una sensibilidad apropiada hubiera recorrido el espacio en que los Tronos constituyen un centro, los Querubines una especie de corona alrededor y los Serafines una envoltura, habría sentido una impresión de calor tenue diferente según los puntos, más elevado en un sitio, menos elevado en otro; impresión de naturaleza psíquica y espiritual pero de tal naturaleza que lo que se sentía en el alma era al mismo tiempo una impresión física tal como nosotros la conocemos. Al sentir este calor interior el ser también habría experimentado la impresión que nosotros sentimos en una habitación caliente. Esto es una obra colectiva de las entidades de la Primera Jerarquía que fue realizada en el Universo en tiempos pasados y que constituyó la existencia del Antiguo Saturno. El calor no era más que la expresión de la presencia de estos eres, y nada más.

 Me gustaría usar un símil aquí que tal vez ayude como una explicación. Supongamos que le tiene cariño a alguien, que encuentra que su presencia le da calidez. Supongamos que llega otro hombre que no tiene corazón y dice: esa persona no me interesa en lo más mínimo; Solo me interesa el calor que difunde. No dice que le interese la calidez que el otro arroja, sino que solo le interesa la calidez. Está diciendo tonterías, por supuesto, porque cuando la persona que irradia calor desaparece, la calidez desaparece también. Pues el calor está allí solo cuando la persona está allí. En sí mismo no es nada. La persona debe estar allí para que se dé el calor.

Por lo tanto, los Serafines, Querubines y Tronos deben estar allí; de lo contrario, la calidez tampoco estaría allí. El calor es meramente la revelación de los Serafines, Querubines y Tronos.

 En la época de la que les hablo, el arte, e incluso el dibujo en color, estaba en verdad fundado en lo que acabo de describir. Cuando se hablaba de los elementos, del elemento del calor, se entendía por ello los Querubines, Serafines y Tronos, es decir, lo que constituía la existencia saturnal.

 Se iba más lejos y se decía: “Solamente los Querubines, Serafines y Tronos tienen el poder para cumplir en el Cosmos semejante creación. Sólo la Jerarquía más elevada es capaz de hacerlo; y porque ella ha podido cumplir esta obra al comienzo del mundo ha podido proseguir la evolución. En alguna forma los hijos de los Querubines, Serafines y Tronos han podido continuar la obra. Por tanto las entidades engendradas por esta primera Jerarquía, es decir, los Kyriótetes, Dynamis y Exusiai, o Segunda Jerarquía, vinieron a colmar esta etapa del calor saturnal. Es allí donde penetraron las entidades cósmicas naturalmente más jóvenes. ¿Cómo actuaron allí?. Mientras que las entidades de la Primera Jerarquía se manifestaron en el calor, en el elemento del calor, las de la segunda lo hicieron en el elemento de la luz. La oscura vida saturnal producía calor, y en el seno de este mundo oscuro nació lo que pueden engendrar los hijos de la Primera Jerarquía.

 Esta acción de la segunda Jerarquía en el seno del calor saturnal está penetrada por la luz y esta iluminación interior se une a una condensación del calor y de lo que no era más que calor deviene el aire. La segunda Jerarquía interviene manifestándose por la luz; pero representémonoslo bien, los que actuaron, en realidad son Seres. Para una criatura que estuviera dotada del poder de percepción correspondiente, esto es la luz. El camino seguido por estas entidades está marcado por la luz. Ahora bien, cuando la luz penetra en alguna parte aparece en ciertas condiciones la sombra, la oscuridad, la sombra tenebrosa.

La aparición de la segunda Jerarquía bajo forma de luz engendra también la sombra, y esta sombra es el aire. Hasta los siglos XV-XVI se sabía lo que es el aire, hoy día se sabe únicamente que él está compuesto de oxígeno e hidrógeno, lo que no nos dice gran cosa, lo mismo que cuando alguien nos dice hablando de un reloj, por ejemplo, que está hecho de cristal y de plata, tampoco nos dice nada de lo que constituye verdaderamente el reloj. Del aire, en tanto que fenómeno cósmico, no se dice nada cuando se explica que está compuesto de oxígeno e hidrógeno, pero se dice mucho cuando se expone que en el Cosmos, de donde nació, él es la sombra de la luz. La intervención de la Segunda Jerarquía en el calor saturnal provocó la aparición de la luz y la sombra de la luz que es el aire. Y lo que entonces de formó es el Antiguo Sol. He aquí cómo se habría explicado esto en los siglos XII y XIII.

 Y prosiguió la evolución bajo la dirección de los hijos de la Segunda Jerarquía: Arcáis, Arcángeles y Ángeles. Estas entidades introducen algo nuevo en el elemento luminoso aportado por la segunda Jerarquía y que impulsa a la aparición de su sombra, del aire oscuro, no la oscuridad neutra, indiferente, la oscuridad saturnal que era la ausencia de luz, sino la que se creó por oposición a la luz. A esta fase de la evolución, la tercera Jerarquía: Arcáis, Arcángeles y Ángeles, agrega por su naturaleza un elemento análogo a lo que son nuestros deseos, nuestros impulsos hacia un objeto que se quiere poseer.

 Lo que se produce entonces es que al intervenir, digamos un Arcai o un Ángel, aparece un elemento luminoso, podríamos decir un punto luminoso. Y como él es receptivo a la luz experimentó una necesidad, un deseo de oscuridad. El Ángel aportó la luz en las tinieblas, o bien las tinieblas en la luz.

 Estas entidades se convierten entonces en los mediadores, en los mensajeros entre la luz y la oscuridad. La consecuencia de ello fue que lo que en otros tiempos brillaba en la luz, impulsando su sombra, las tinieblas; del aire oscuro comenzaron a reverberar todos los colores; la luz apareció en las tinieblas y las tinieblas en la luz. Es la tercera Jerarquía la que de un modo maravilloso, engendró los colores que aparecen en la luz y la oscuridad.

 En alguna forma tenemos una confirmación histórica de estos hechos. En la época de Aristóteles se sabía todavía en el marco de los Misterios, que cuando alguien se preguntaba de dónde venían los colores, que las entidades de la tercera Jerarquía están en relación con ellos, es por eso que en su “Armonía de los colores” él afirma que el color es debido a la colaboración de la luz y de la sombra. Pero este elemento espiritual que tras el calor percibía a las entidades de la Primera Jerarquía, detrás de la luz y su sombra, la oscuridad, a las de la Segunda Jerarquía y tras el centelleo coloreado del Cosmos a las de la Tercera Jerarquía, se ha perdido. No queda más que la teoría de los colores de Newton, la que hasta el siglo XVIII hacía sonreír a los iniciados y que para los físicos y especialistas se ha convertido en un artículo de fe.

 Para estar de acuerdo con esta teoría de Newton es preciso ignorar por completo el mundo espiritual. Cuando todavía se está estimulado por el mundo espiritual, como era el caso de Goethe, se camina a contrapelo. Jamás Goethe estuvo tan furioso como cuando vituperó contra Newton y sus elucubraciones. Por eso hoy no se comprende que, debido a la opinión de los físicos, un hombre que no admita la teoría de los colores deba ser considerado un insensato. Sin embargo Goethe no estuvo aislado en su época. El fue el único que publicó lo que pensaba, pero otros espíritus informados sabían, hasta final del siglo XVIII, que el color surge del seno del espíritu.

 El aire es la sombra de la luz; cuando la luz aparece, su sombra oscura también aparece en ciertas condiciones. De igual modo, cuando el color aparece y actúa en tanto que realidad —y puede hacerlo tanto tiempo como esté penetrado del elemento aire— cuando el color surge y actúa en el seno del aire, y no es solo un reflejo o una coloración producida por reflexión sino una realidad que brota en el elemento aéreo, entonces nace el elemento líquido, el agua, lo mismo que una presión engendra una contra-presión en ciertas condiciones. En la perspectiva del Cosmos el aire es la sombra de la luz; del mismo modo el agua es el reflejo, la obra del color en el cosmos.

 Quizás me digan que lo comprenden, pero traten de captar efectivamente el color en su realidad. ¿Creen Vds. verdaderamente que el rojo, por su naturaleza es únicamente esa extensión neutra, como se opina ordinariamente?. Ya he dicho algunas veces que el rojo ataca y al verlo se desearía emprender la huida, él nos rechaza. Con el azul-violeta se desearía correr tras él, se nos escapa sin cesar, se hace cada vez más profundo. Todo vive en los colores. Ellos son un mundo, y el alma que los acompaña con una experiencia interior se siente, en este mundo de los colores, en un estado de no hacer otra cosa que moverse.

 Hoy el hombre mira el arcoíris. Si uno lo mira con la más mínima imaginación, ve a los seres elementales activos en él. Se revelan en fenómenos notables. En el amarillo, algunos de ellos se ven continuamente emergiendo del arco iris, y moviéndose hacia el verde. En el momento en que alcanzan la parte inferior del verde, se sienten atraídos y desaparecen en él, para emerger del otro lado. Todo el arco iris revela a un observador imaginativo una efusión y una desaparición de lo espiritual. De hecho, revela algo así como un vals espiritual. Al mismo tiempo, se nota que a medida que estos seres espirituales emergen en el rojo-amarillo, lo hacen con una aprensión extraordinaria; y cuando entran en la violeta azul, lo hacen con un coraje invencible. Cuando miras el rojo-amarillo, ves corrientes de miedo, y cuando miras el azul violeta, tienes la sensación de que estas en el asiento de todo coraje y valor.

Ahora imagina que tenemos el arcoíris en la sección. Entonces estos seres emergen en el rojo-amarillo y desaparecen en el azul-violeta; aquí aprensión, aquí coraje, que desaparece de nuevo. Allí el arcoíris se vuelve denso y se puede imaginar el elemento acuoso que surge de él. Los seres espirituales existen en este elemento acuoso que son realmente una especie de copia de los seres de la Tercera Jerarquía.

arcoiris

 

Se puede decir que al acercarse a los sabios de los siglos XI, XII y XIII, uno debe comprender tales cosas de esta manera. No puedes entender a Albertus Magnus si lo lees con conocimiento moderno, debes leerlo con el conocimiento de que tales cosas espirituales fueron una realidad para él y entonces solo entenderás el significado de sus palabras y expresiones.

De esta manera, por lo tanto, el aire y el agua aparecen como un reflejo de las Jerarquías. La Segunda Jerarquía entra en forma de luz, la Tercera en forma de color. Pero para permitir que esto se establezca, se crea la existencia lunar.

 Y ahora viene la Cuarta Jerarquía. Estoy hablando ahora con el pensamiento de los siglos XII y XIII.  Ahora tenemos la Cuarta Jerarquía. Nunca hablamos de eso; pero en los siglos XII y XIII uno hablaba libremente de ello. ¿Qué es esta Cuarta Jerarquía? Es el hombre mismo. Pero antiguamente uno no entendía por eso el ser notablemente extraño con dos piernas y la tendencia a la decadencia que deambula por el mundo ahora; porque entonces el ser humano del presente se le apareció al erudito como un tipo inusual de ser. Hablaron del hombre primitivo antes de la Caída, que existió de tal forma que tenían tanto poder sobre la Tierra como los Ángeles, Arcángeles y demás lo tenían sobre la existencia lunar; la Segunda Jerarquía sobre la existencia solar; y la Primera Jerarquía sobre la existencia del Antiguo Saturno.  Hablaron del hombre en su existencia terrestre original, y como la Cuarta Jerarquía. Y con esta Cuarta Jerarquía vino —como un regalo de las jerarquías superiores de algo que primero poseyeron y preservaron, y que ellos mismos no necesitaron — Vida. Y la vida entró en el mundo colorido que te he estado describiendo de forma incompleta.

Vds. me dirán: ¿pero qué cosas no vivieron en otro tiempo?. La respuesta podrán comprenderla mirando al hombre mismo. El YO y el cuerpo astral no están dotados de vida, sin embargo existen. El espíritu y el alma no tienen necesidad de la vida; ella comienza únicamente al nivel del cuerpo etérico, que es una especie de envoltura exterior. Es únicamente después de la fase lunar cuando interviene la vida en la evolución de nuestra Tierra. El mundo resplandeciente de los colores fue impregnado de vida. Los Ángeles, Arcángeles, etc. no solamente sintieron el deseo de hacer penetrar la oscuridad en la luz y la luz en la oscuridad haciendo nacer de esta forma el juego de colores sobre el planeta, sino que además este juego de colores fue vivido interiormente, fue interiorizado; se sintió interiormente lo que ocurre cuando las tinieblas dominan interiormente la luz y cuando la luz domina las tinieblas. ¿Qué ocurre cuando ustedes corren?. Corren porque en ustedes la luz domina a las tinieblas, cuando se está sentado, inactivo, las tinieblas en ustedes dominan a la luz. Tal es la actividad de los colores, el juego de los colores en el alma. Cuando aparece la cuarta Jerarquía, el hombre, la irisación de los colores fue impregnada de vida. En este instante de la evolución cósmica las fuerzas activas en la irisación de los colores comenzaron a dibujar contornos. La vida que vino a dar contorno a los colores, a darles aristas y ángulos, provocó la aparición de lo cristalino sólido. Nosotros estábamos entonces en el seno de la existencia terrestre.

 Lo que acabo de exponer ahora eran las verdades fundamentales de los alquimistas, de los ocultistas, de aquellos que, sin que la historia de hoy día les tenga en cuenta, emplearon su actividad desde los siglos IX y X hasta los siglos XIV y XV. Ciertos herederos de ellos, que se les considera como originales, se encuentran también hasta el siglo XVIII, e incluso hasta principios del XIX. Pero todo esto ha sido enterrado bajo el olvido. La actual concepción del mundo ha logrado esto: Representémonos un ser humano sobre el que no me interese demasiado; le quito sus vestidos y los engancho a una percha que tiene encima una gran bola en forma de cabeza y me digo: he aquí el ser humano. ¿En qué me concierne lo que puede habitar en estos vestidos?. He aquí lo que pasó con los elementos naturales. Uno no se interesa en absoluto que detrás de lo que se llama el éter químico, el éter de los colores y el agua está la Tercera Jerarquía y detrás del elemento de vida y la tierra la Cuarta Jerarquía, el hombre. He aquí el primer acto. El segundo acto nos porta el kantismo y delante del colgador, del cual penden los vestidos, se comienza a filosofar sobre lo que podrían ser estos vestidos en sí, y uno se da cuenta de que, en realidad, no se puede saber. Evidentemente, cuando se ha comenzado por suprimir al hombre y no se tiene mas que el colgador y los vestidos, no se puede filosofar siempre a propósito de los vestidos y elaborar bonitas especulaciones.

 Esto es un colgador sobre el cual se colocan los vestidos y se filosofa según el espíritu de Kant. Nosotros no conocemos la cosa en sí, según el espíritu de Helmholtz, y uno piensa entonces que estos vestidos no pueden tener forma; ellos no son en realidad más que minúsculos granos de polvo que giran y se chocan, lo que hace que ellos guarden su forma.

 Tal es el camino que ha seguido el pensamiento, pero por esta vía va hacia la abstracción, se convierte en una sombra. Hoy día vivimos en estos pensamientos, en estas especulaciones y esto marca con su sello todas las concepciones científicas. Nuestro pensamiento es tanto más atomizante cuanto más negamos lo que es. Sin embargo durante mucho tiempo se rechazará todavía el admitir que no es necesario seguir con este sueño de átomos girando en torbellino, sino que es preciso volver a introducir al hombre en los vestidos. Este cambio es lo que debe intentar cumplir la Ciencia Espiritual.

 A través de un cierto número de imágenes he intentado describirles como se pensaba en otros tiempos; es esto lo que todavía se puede leer en los antiguos documentos. Al haber desaparecido esta forma de pensar vemos producirse cosas interesantes: un químico moderno de los países del norte reimprimió cierto pasaje de la obra de Basile Valentín y la interpretó en el sentido de la química moderna, con lo que no pudo decir otra cosa que esto: todo esto son absurdos. Lo que escribió Basile Valentín es un fragmento de una embriología pero formulado en imágenes. Si se lee con espíritu de química moderna no se ve más que una simple experiencia de laboratorio, que por otra parte es absurda. En un laboratorio no se puede construir una embriología. De estas cosas es de las que hay que darse cuenta en el momento presente.

 

Traducido por Mercedes Arnaldes.

 

GA291c2. La conexión de lo natural con lo moral-psíquico. Viviendo en Luz y Peso. La vida en la luz y en la gravedad

Rudolf Steiner — Dornach, 10 de diciembre de 1920

English version

En nuestras últimas exposiciones hemos tratado la posibilidad de ver en el mundo de la naturaleza por una parte, lo que en cierta forma está ligado a la moral, a la vida del alma, y por otra hemos tratado de ver en la vida del alma lo que está presente también en el dominio natural. Es esto precisamente lo que plantea a la humanidad moderna un inquietante enigma.

Cuando el hombre aplica al universo las leyes naturales y considera el pasado, no debe decirse únicamente que todo lo que nos rodea ha salido de una nebulosa original cualquiera, por tanto de algo puramente material y que de alguna forma se ha diferenciado, metamorfoseado, y de ahí han nacido las criaturas de los reinos mineral, vegetal, animal y por supuesto el hombre. Todo esto aparecerá al final del mundo bajo una forma diferente a la del comienzo, pero en un estado físico puro. Entonces la moral que nació en nosotros, nuestros ideales, se desvanecerán y serán olvidados; no habrá más que un gran cementerio material y en este estado físico terminal todo lo que había sido la evolución del alma en el hombre habrá perdido su sentido pues no era más que una especie de burbuja de jabón. La única realidad será lo que se desarrolló físicamente a partir de una nebulosa original diferenciándose con fuerza para dar a luz las criaturas y que retornará a continuación a un estado indiferenciado bajo la forma de escorias.

 Semejante visión a la que debe llegar aquel que honestamente (honestamente frente a sí mismo) se adhiere al punto de vista del mundo materialista de la época presente, no puede en absoluto edificar un puente entre lo físico y la vida del alma o vida moral. Si no se quiere permanecer completamente materializado y no tener por única realidad la del mundo de los fenómenos materiales, resulta que tal concepción debe ir siempre a buscar en alguna forma abstracta un segundo mundo, el cual, si se admite que la ciencia no conoce más que el primero, sería únicamente resultado de la fe. Esta fe, por su parte, piensa: “el bien que nace en el alma humana no puede quedar sin respuesta en el mundo; es preciso que haya ciertas potencias que recompensen el bien y castiguen el mal”.

En nuestra época hay gente que se adhieren a las dos formas de ver aunque ellas entre si no tienen ninguna unión. Por una parte los admiten sin reserva todo lo que propone la concepción estrictamente científica del mundo, adoptan la teoría de Kant-Laplace, la de la nebulosa original con la perspectiva de un estado terminal de nuestra evolución donde todo serían escorias, y por otra parte de adhieren a alguna concepción del mundo religioso según la cual las buenas obras encuentran en alguna forma su recompensa y las malas serán castigadas. El hecho de que en nuestra época gran cantidad de gente adopte en su alma ambas formas, viene de que en nuestro tiempo la actividad real del alma es muy poca; si esta actividad interior estuviera verdaderamente presente no se podría aceptar, lisa y llanamente, por una parte un orden del mundo del cual la realidad moral está excluida, y por otra la existencia de algunas potencias que recompensan el bien y castigan el mal.

 Esta unión de una concepción moral del mundo con otra concepción física es fruto de una pereza del pensamiento y de la sensibilidad del hombre moderno. Ya he indicado que alrededor de nosotros percibimos, en primer lugar, los fenómenos luminosos y que en la naturaleza exterior llevamos la mirada hacia todo lo que se nos aparece gracias a lo que llamamos luz. También he dicho que en todo lo que es luz alrededor nuestro vemos los pensamientos universales moribundos, pensamientos que en un pasado muy lejano constituyeron los mundos de pensamiento de ciertas entidades, mundos de pensamiento en los cuales las entidades universales leyeron lo que en aquella época eran los misterios del mundo. Lo que entonces eran pensamientos hoy brilla ante nuestros ojos, son, de alguna forma, los cadáveres de los pensamientos universales, lo que como luz resplandece ante nosotros.

Es suficiente abrir “La Ciencia Oculta” en las páginas que corresponden a este lejanísimo pasado para leer que el ser humano tal como lo vemos actualmente no existía. Durante el período del Antiguo Saturno, por ejemplo, no era más que una especie de autómata dotado de sentido. También sabemos que en esta época el universo estaba habitado tal como lo está hoy, únicamente que lo estaba por otros seres distintos al hombre pero que habían alcanzado el rango que el hombre ha alcanzado actualmente. Los espíritus que nosotros conocemos como Arcáis o Principados durante el Antiguo Saturno estaban en el nivel humano; estaban constituidos de forma distinta a los hombres, sin embargo se encontraban a nivel de la humanidad. Los Arcángeles se hallaban a nivel humano en el Antiguo Sol, y así sucesivamente.

 Si llevamos nuestra mirada hacia un muy lejano pasado podemos decirnos que de igual forma que nosotros recorremos ahora el mundo como seres pensantes estas entidades también lo recorrieron como seres pensantes y con el carácter de hombre. Pero lo que en ellos vivió en otro tiempo se ha convertido en pensamiento universal exterior, y lo que vivió en su interior bajo forma de pensamientos y no pudo ser percibido más que desde el exterior como su aura luminosa, es ahora visible en el mundo que nos rodea, aparece en los fenómenos luminosos como mundos de pensamiento que mueren. La oscuridad juega su papel también entre los fenómenos luminosos y lo que en ella tiene lugar frente a la luz es lo que, en el lenguaje del alma y del espíritu, se puede llamar la voluntad o también, en una perspectiva oriental, el amor.

En el universo vemos una parte del mundo que luce, si se le puede llamar así; pero este mundo iluminado, siempre transparente para los sentidos, no lo veríamos si en él no se hiciera perceptible la oscuridad, y es en esta oscuridad que lo impregna donde vamos a buscar la voluntad que vive en nosotros. El mundo exterior puede ser considerado como una armonía entre luz y oscuridad; nuestro propio ser interior tal como aparece en el espacio puede ser también considerado como constituido de luz y oscuridad. Es únicamente por nuestra propia consciencia que la luz es pensamiento, representación, y la oscuridad es en nosotros la voluntad que se hace bondad y después amor.

Con esto nos formamos una concepción del mundo en la cual lo que está en el alma no es solamente psíquico y lo que está en la naturaleza no es solamente material; una concepción en cuya perspectiva lo que está en la naturaleza es el resultado de la vida moral del pasado y en la que la luz está constituida por los mundos de pensamientos que mueren. De esto resulta para nosotros que los pensamientos que llevamos en nosotros, son, en cuanto a su fuerza, surgidos de un pasado, pero estos pensamientos los penetramos constantemente en la voluntad que se eleva del resto de nuestro organismo.

Lo que llamamos pensamientos puros son vestigios de un antiguo pasado impregnado de voluntad. Por tanto lo que llevamos en nosotros está orientado hacia un lejano porvenir y el primer germen de lo que se prepara en nosotros brillará manifestado exteriormente en este lejano porvenir. Los seres que mirarán el mundo a partir de la Tierra tal como lo hacemos nosotros ahora se dirán:

 “A nuestro alrededor resplandece la naturaleza, ¿por qué brilla de esta forma a nuestros ojos?”.

Y la respuesta será:

“porque los hombres cumplieron de cierta forma los actos y lo que ahora percibimos a nuestro alrededor es el fruto de los gérmenes que los seres terrestres llevaron en sí mismos”.

Podemos comportarnos como cabezas abstractas y prosaicas, podemos analizar como los físicos la luz y sus manifestaciones, podemos analizar todo esto fríamente como hombres de laboratorio y este trabajo producirá muchas cosas bellas e interesantes, pero de esta forma no adoptaremos frente al mundo exterior la actitud de un ser humano completo; solo seremos un ser humano completo frente al mundo exterior si podemos sentir lo que nos aparece en la aurora, en el firmamento celeste, en la planta verde, si podemos vivir interiormente lo que percibimos en la ola que brama, pues la luz no es solamente lo que el ojo percibe; empleo aquí la palabra “luz” para designar todas las percepciones sensoriales.

 ¿Qué vemos en todo lo que percibimos a nuestro alrededor?. Un mundo que ciertamente puede elevar nuestra alma y que en cierto sentido se revela a nuestra alma como lo único que tiene sentido ante nuestros ojos. Frente a este mundo no somos seres humanos completos si lo analizamos con la sequedad de los físicos. Por el contrario, para ser seres humanos completos es preciso que nos digamos que lo que aquí brilla, lo que allí resuena, es la forma última de lo que hace muchísimo tiempo, en un muy lejano pasado, los seres humanos elaboraron en su alma; a estos seres les debemos un reconocimiento. En este momento ya no dirigimos al mundo la mirada seca del físico, sino que lo miramos llenos de gratitud frente a las entidades que digamos durante millones de años, durante el Antiguo Saturno, vivieron en hombres como hoy vivimos nosotros también en hombres y que pensaron y sintieron de tal forma que hoy son un mundo magnífico que se despliega a nuestro alrededor. Este es el importante fruto de una concepción del mundo hecha de realidades y que nos conduce a considerar el mundo no solo con una mentalidad fría y seca, sino como criaturas plenas de reconocimiento hacia los seres que en el lejano pasado produjeron por sus pensamientos y acciones lo que para nosotros es este mundo al que la visión nos eleva.

Cuando uno se representa todo esto con la intensidad necesaria esta imagen se llena de un deber de reconocimiento hacia los seres que en un lejano pasado fueron nuestros predecesores y edificaron este mundo para nosotros, al mismo tiempo que nos decimos que debemos conformar nuestros pensamientos y sentimientos con nuestro ideal moral a fin de que los seres que vengan tras nosotros puedan elevar su mirada hacia él, un mundo que les inspire reconocimiento hacia sus muy lejanos ancestros, aquellos que ahora, en el sentido literal del término, están presentes a nuestro alrededor. Nosotros vemos un mundo de luz que hace millones de años eran un mundo moral; nosotros llevamos en nosotros mismos un mundo moral que dentro de millones de años será un mundo de luz.

 Esta forma de sentir el universo es la que nos conduce a una concepción del mundo llena de valor. Una visión incompleta del mundo conduce a toda clase de ideas, conceptos y teorías, pero no satisface plenamente al hombre pues le deja vacío en cuanto a su sentimiento. Quien honestamente se preocupe del mundo sabe que no debe dejarse arrastrar por la decadencia, pues puede entrever una escuela y una universidad en el futuro donde los humanos no entrarán simplemente a las 8 de la mañana con una especie de indolencia, de indiferencia, y saldrán a mediodía con la misma indolente indiferencia, todo lo más un poco más orgullosos de ser algo más sabios. No es así, uno puede orientar su mirada hacia un porvenir que nos muestra como aquellos que salgan de la escuela a mediodía la abandonarán llenos de sentimientos hacia el Universo; por otro lado, el saber transmitido habrá despertado en sus almas un sentimiento hacia el devenir del mundo, un sentimiento de reconocimiento frente a un pasado en el curso del cual unos seres habrán dado forma a la naturaleza que les rodea; y además un sentimiento de la gran responsabilidad que nos incumbe por el hecho de que nuestros impulsos morales engendrarán mundos en el porvenir.

 Uno puede creer que la nebulosa original es una realidad y también las escorias futuras, y que por otra parte los seres se crean en el dominio moral de las ilusiones que crecen en ellos mismos como un sueño. Pero la fe no dice más y sin embargo debería decirlo si ella fuese honesta. Debería decir: “si, la sanción se hace realidad: tus pensamientos se convierten en luz visible. El orden moral del mundo se manifiesta. Lo que en un tiempo fue orden moral en otro tiempo se convierte en orden físico y lo que en cualquier tiempo es orden físico en otro fue orden moral del mundo. Toda sustancia moral está destinada a pasar a lo físico. El hombre que ve el espíritu en la naturaleza ¿tiene necesidad de una demostración suplementaria del orden moral?. No, en la naturaleza, a través de la cual se transparenta el espíritu  está incluida la justificación del orden moral del mundo. Es a tal imagen a la que uno se eleva cuando considera al ser humano en la plenitud de su humanidad.

 Como punto de partida tomemos un fenómeno del que cada día hacemos todos la experiencia. Sabemos que la entrada en el sueño y en la vigilia reposan sobre el hecho de que el hombre se separa con su Yo y cuerpo astral de sus cuerpos físico y etérico ¿qué significa este hecho para el Cosmos?. Representémonos como los cuerpos físico, etérico, astral y el yo están unidos durante la vigilia; luego representémonoslos separados durante el sueño. ¿Qué diferencia hay para el Cosmos entre estos dos estados?. En el estado de sueño vivimos interiormente la luz, experimentamos qué es el mundo de los pensamientos que mueren, el mundo del pasado. Se está entonces inclinado hacia una receptividad que hace percibir al espíritu caminando hacia el porvenir. El hombre no tiene hoy día mas que una percepción difusa de todo esto, pero ello no cambia para nada los hechos. Lo que ahora nos importa es que, en ese estado, somos receptivos a la luz.

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Cuando nos introducimos de nuevo en nuestro cuerpo nos hacemos interiormente, en nuestra alma que también se introduce en el cuerpo, receptivos no de la luz sino a la oscuridad. Pero este hecho no tiene solamente un aspecto negativo, sino que nos hacemos receptivos a algo más; mientras que en el sueño somos receptivos a la luz, en la vigilia lo somos a la gravedad. Esto no significa que entonces pesen nuestros cuerpos; al introducirnos en el cuerpo nos hacemos interiormente, en nuestra alma, sensibles a la gravedad. Durante el sueño el hombre no percibe con su consciencia normal actual lo que él vive en la luz; en el estado de vigilia él no percibe que vive en la gravedad. La experiencia fundamental del hombre dormido es la vida en la luz; en ese estado no es sensible a la gravedad, en alguna forma se ve libre de ella. Vive sin peso en la luz.

 Todo esto se revela a la investigación espiritual de la forma siguiente. Cuando se está elevado al nivel de conocimiento de la imaginación se puede ver el cuerpo etérico de una planta. Al observarlo se tiene la experiencia interior de que ese cuerpo la eleva constantemente. Por el contrario, al observar el cuerpo etérico de un hombre se le verá pesado, incluso con la facultad de representación imaginativa se tiene este mismo sentimiento. A partir de esto se viene a reconocer que el cuerpo etérico del hombre transmite esta pesantez al alma cuando esta se halla unida a él. Pero esto es un fenómeno primordial suprasensible. Al dormir el alma vive en la luz, por tanto en la ligereza. En la vigilia el cuerpo es pesado y este peso se transmite al alma. Esto es algo que se transmite también a la consciencia. ¿En qué consiste el momento del despertar?. Cuando dormimos no nos movemos, la voluntad está anulada. También lo están las representaciones pero esto es sólo por la anulación de la voluntad que no se sirve de los sentidos. El fenómeno fundamental es la paralización de la voluntad. ¿Cómo se anima ella de nuevo?. Por el hecho de que el alma siente la pesantez que le transmite el cuerpo. Esta unión con el alma es lo que engendra en el hombre terrestre el fenómeno de la voluntad, y en el hombre la voluntad cesa cuando se halla en la luz.

Aquí tenemos las dos fuerzas cósmicas, la luz y la gravedad, las dos grandes fuerzas que contrastan en el Cosmos, es decir, luz y gravedad son dos realidades cósmicas opuestas. Representémonos el planeta: la gravedad atrae hacia el centro, la luz parte del centro y va hacia el Universo. La luz nos la representamos inmóvil pero en realidad ella se aleja del planeta. Quien se represente la gravedad como una fuerza que atrae hacia la Tierra, a la manera de Newton, piensa de una forma sensiblemente materialista, pues se representa algo así como un demonio sentado en el centro de la Tierra y que atrae la piedra hacia él. Se habla de una fuerza de atracción cuya existencia nadie puede probar ya que no existe más que en tanto que representación. En la civilización occidental se tiende a representar todo lo que existe, bajo el aspecto de una realidad sensorial. Para quien quiera estar más cerca de la realidad basta con admitir que la luz y la gravedad son dos fuerzas cósmicas de sentido contrario.

 Muchas cosas que conciernen al hombre reposan sobre lo que acabo de decir. Al considerar los hechos cotidianos del dormir y el despertar nos decimos: al dormirse el hombre abandona el campo de la gravedad para penetrar en el de la luz, y cuando él ha vivido bastante tiempo en el campo de la luz siente un vivo deseo de dejarse captar de nuevo por la gravedad; retorna a ella y se despierta. Constantemente él oscila entre la vida en la luz y la vida en la pesantez, entre la vigilia y el sueño. Cualquiera que afine suficientemente su sensibilidad podrá sentir esto directamente, podrán vivir personalmente este ascenso de la gravedad a la luz y el retorno a la pesantez de la vigilia.

 Representémonos ahora algo distinto: el hombre es un ser unido a la Tierra entre el nacimiento y la muerte, y esto es debido a que su alma, durante la vida entre el nacimiento y la muerte, ansía la gravedad y cuando ha vivido un tiempo en la luz retorna a la pesantez. Cuando el alma entra en un estado en el que ya no desea la pesantez el hombre sigue cada vez más a la luz. Pero él la sigue hasta un cierto límite y cuando llega al extremo periférico del universo ya ha consumado todo lo que la pesantez le dio entre el nacimiento y la muerte y siente de nuevo el deseo nostálgico de reencontrarla; él reemprende entonces el camino de una nueva encarnación. Durante este período entre la muerte y un nuevo nacimiento, hacia la medianoche de la existencia, el hombre experimenta la nostalgia; los otros cuerpos celestes también y cuando él atraviesa sus esferas en su ruta hacia una nueva existencia actúan sobre él según su pesantez. En su camino de retorno el hombre se encuentra sucesivamente en diferentes situaciones que podríamos caracterizarlas con el siguiente ejemplo:

 Al retornar a la Tierra el ser humano aspira a vivir de nuevo en la pesantez terrestre. En primer lugar atraviesa la esfera de Júpiter de la que emana una pesantez de tal naturaleza que colorea de un cierto gozo el deseo de reencontrar la gravedad terrestre. Después el ser humano pasa por la esfera de Marte, siempre aspirando a encontrar la pesantez terrestre e interiormente animado de un cierto gozo. Marte actúa entonces sobre él con su pesantez y, en alguna forma implanta en el alma la actividad precisa para penetrar en su campo, para sacar provecho de su próxima existencia entre el nacimiento y la muerte. Después el ser humano atraviesa la esfera de Venus. A la nostalgia teñida de gozo y de fuerza viene a unírsele una comprensión llena de amor por las tareas de la existencia.

 Hemos hablado de las distintas gravedades que emanan de los cuerpos celestes, y hemos establecido una unión con lo que puede vivir en el alma. Nuestra mirada se dirige entonces hacia el espacio cósmico y tratamos de ver el carácter moral que se extiende físicamente en el espacio. Sabemos que en la gravedad vive un elemento de voluntad y también sabemos que la voluntad se opone a la luz, por tanto podemos decir: de Marte emana la luz, de Júpiter emana la luz, de Venus emana la luz, y las fuerzas de gravedad son al mismo tiempo modificadas por la luz. Sabemos que en la luz viven los pensamientos cósmicos agonizantes y que en las fuerzas de gravedad viven los gérmenes de voluntad de los mundos en devenir. Todo esto colma a las almas mientras viven en el espacio. Miramos el mundo bajo un aspecto físico y al mismo tiempo le consideramos bajo su aspecto moral, pero lo uno y lo otro no existen juntos y es únicamente en razón de los límites de su espíritu que el hombre se inclina a decir que por un lado está lo físico y por otro lo moral. Esto no son más que diferentes aspectos de una realidad única. El mundo que evoluciona en dirección a la luz evoluciona también en dirección contraria. Un pleno orden universal lleno de sentido se revela en el orden universal natural.

 Es preciso ser claro sobre un punto: no se accede por la vía filosófica a una tal manera de ver el mundo sino penetrando progresivamente y aprendiendo a espiritualizar los conceptos de la física por medio de la Ciencia Espiritual; de esa forma el mundo se “moraliza” a sí mismo. Cuando se aprende a ver más allá del mundo físico el mundo en el que esto físico ha desaparecido, donde lo espiritual está presente, entonces se reconoce la presencia de la realidad moral.

 Partiendo de ciertas representaciones determinadas personas podrían evocar en su alma, muy sabiamente, lo que acabo de decir, aunque esto sea extraño a la forma de pensar de la mayor parte de la gente. Tenemos, pues esta línea que no es una elipse sino que se distingue de ella porque es un poco menos amplia de curva (la elipse sería la línea de puntos en la figura de la izquierda. Pero esto no es más que una variante particular de esta misma línea que cuando se modifica la ecuación matemática, puede adoptar la forma de lemniscata (figura derecha). Es la misma una que otra[1].

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una vez voy por aquí y me cierro aquí … bajo ciertas condiciones no voy a la parte superior de esta manera, —sino por aquí—, y vuelvo, cerrando en la base. Pero la misma línea tiene otra forma. Si comienzo aquí, aparentemente debo cerrar aquí también; ahora debo dejar el nivel, el espacio, debo cruzar aquí y regresar aquí.

Ahora debo dejar espacio nuevamente, continuar aquí y cerrar en la base. La línea solo se modifica un poco; estas no son dos líneas, sino solo una; también tiene solo una ecuación matemática; es una línea simple, solo me he ido del espacio. Si continúo con esta demostración, surge otra posibilidad: simplemente puedo tomar esta línea (Lemniscata es una figura como un 8), pero también puedo representarla de modo que la mitad quede en el espacio; viniendo aquí —debo dejar espacio y terminarlo así: aquí está la otra mitad, pero fuera del espacio ordinario, no adentro. También está allí. Y si uno desarrollara este método de percepción que los matemáticos, si lo hicieran, ciertamente podrían hacer hoy, uno llegaría a la otra concepción —dejar espacio y regresar a él. Eso es algo que corresponde a la realidad. Por cada vez que emprendes algo, piensas: antes de que lo hagas, sales del espacio, y cuando mueves tu vuelves otra vez. En el medio, estás fuera del espacio: entonces estás en el otro lado.

Es preciso desarrollar por completo esta representación del otro lado del espacio pues así se aborda también la representación de la realidad suprasensible y se llega sobre todo a la representación del elemento moral en su realidad. Es por esto que en la actual concepción del mundo no puede representarse más que muy difícilmente el elemento moral en su realidad ya que las personas quieren únicamente representarse todo en el espacio, determinar la medida, el peso, el número, mientras que en verdad podría decirse que la realidad sale en todo momento del espacio y a continuación vuelve a él. Hay gente que dice al representarse el sistema solar y en el interior los cometas, que éstos aparecen, después describen una gigantesca elipse y reaparecen mucho tiempo después. Esto es inexacto en muchos cometas. En realidad los cometas aparecen, después se van, se disgregan, desaparecen pero se vuelven a formar y reaparecen y describen líneas que no vuelven más. ¿Y por qué?. Porque los cometas salen del espacio y regresan a él desde otro lugar. Todo esto es posible en el Cosmos.

 Mañana volveremos con estas consideraciones pero ya no les atormentaré mas con las representaciones que he expuesto durante los últimos diez minutos, pues sé que ellas son extrañas a los pensamientos que a gran número de ustedes les son familiares. Sin embargo es preciso que a veces mencione cómo la Ciencia Espiritual, tal como la cultivamos aquí podría tener en cuenta los pasos más científicamente elaborados si se presenta la ocasión, por si existiese la posibilidad de penetrar de espíritu lo que hoy día se practica con ausencia total de éste en las llamadas ciencias exactas. Pero desgraciadamente esta posibilidad no existe, y en particular ciencias como las matemáticas se practica hoy día la mayor parte del tiempo de una forma que excluye totalmente el espíritu. Como lo he señalado recientemente en una conferencia pública celebrada en Basilea, la Ciencia Espiritual está conducida provisionalmente a hacerse conocer entre profanos cultivados, cosa que le reprochan mucho los que quieren ser eruditos. Si los sabios no fueran tan perezosos cuando se trata de consideraciones espirituales la Ciencia Espiritual no tendría necesidad de ser expuesta únicamente a los profanos cultivados, pues ella puede servirse de las nociones científicas más elaboradas y hacerlo con una perfecta precisión, pues tiene consciencia de la responsabilidad que le incumbe.

 Los científicos se comportan frente a todo esto de una forma bien extraña. Tenemos, por ejemplo, un sabio-—del que recientemente he hablado en una conferencia publica— que aparentemente, había oído hablar de la Escuela Waldorf y también leído en “Novedades de la Escuela Waldorf” mi discurso de inauguración de la Escuela, así como algún otro artículo. En este discurso de inauguración nombré a un pedagogo que figuraba en la misma orla que este sabio. Los señores que tan frecuentemente reprochan a la Antroposofía de sugestionar a las gentes, o de conducirlas a la autosugestión, de pronto se sienten hipnotizados cuando oyen que se cita a alguien que es uno de sus hermanos en espíritu. Nuestro sabio se mostró entonces muy atento. Lo que se realizó en los cursos de Dornach le pareció, aparentemente muy asfixiante, y no pudo por menos que escribir lo siguiente: “Durante los cursos universitarios de los antropósofos en Dornach, junto a Basilea, que tuvieron lugar en el otoño de este año, se ha formulado la esperanza de que de este lugar partirán grandes y fuertes ideas que inaugurarán una nueva evolución de nuestro pueblo y le insuflarán de una nueva vida. Quien ha descubierto el verdadero valor de las bases morales de este movimiento no puede compartir esta esperanza, a menos que ellas sean sometidas a un examen crítico, lo que querrían inspirar las líneas que preceden”.

 ¿Con qué sentido fueron escritas estas “líneas que preceden”?. Los cursos universitarios deben ser controlados siempre en su base ética, sometidos a un examen crítico, pues ello debe tener algo que ver con lo que tal personaje declara, con el bajo nivel moral. En su artículo que él titula “herejía ética” comienza así: “En los tiempos de nivel moral más bajo que ha conocido el pueblo alemán, es doblemente necesario mantener los grandes jalones de la moral tal como Kant y Herbart los han propuesto y no eliminarlos en favor de tendencias relativistas. Entre los primeros deberes que nos imponen la decadencia de todas las nociones morales es preciso contar con lo que expresan las siguiente palabras de barón de Stein: Un pueblo no puede permanecer fuerte más que con la práctica de las virtudes que le han hecho grande.

Este hombre sitúa la decadencia de las nociones morales de la guerra y encuentra algo digno de ser resaltado: “Lo particularmente deplorable es que un escrito del guía de los antropósofos en Alemania Dr. Rudolf Steiner, haya contribuido a esta decadencia pues no es posible negar el idealismo básico de este movimiento que aspira a la interiorización del individuo —esto está sacado de algunos artículos aparecidos en “Noticias de la Escuela Waldorf”, ni que en su plan de la tripartición del cuerpo social no pueden encontrarse ideas sanas y propias para favorecer la felicidad del pueblo. En su libro “La Filosofía de la Libertad” (Berlín 1918) su individualismo adquiere una forma excesiva hasta el punto de poder conducir a la disgregación de la colectividad, y por esta razón, es preciso combatirle”.

Vean Vds. “La Filosofía de la Libertad” ha sido escrita en 1918 bajo la influencia de la decadencia moral que la guerra provocó. El no había leído más que la última edición y con tan poca precisión que no vio de cuando databa el libro, es decir que fue escrito en un tiempo en que, como él decía, todavía no estaba cuestionada la decadencia moral. He aquí hasta donde llega la conciencia profesional de estos educadores de la juventud, pues nuestro hombre no es solamente profesor de filosofía sino también pedagogo; no se limitaba a enseñar en la universidad sino que instruía a los niños. El mismo estaba tan bien informado que creía que la “Filosofía de la Libertad” había sido escrita en 1918, por tanto creía fácil dar su opinión sobre la finalidad de este libro.

 Rememoremos un poco: la “Filosofía de la Libertad” apareció en 1893 y como es natural las ideas que ella contienen nacieron en esa época. Admitido esto ¿qué sentido pueden tener las siguiente palabras, que constituyen el punto culminante del artículo: “Estos hombres libres, según el Dr. Steiner, ya no son hombres; todavía sobre la Tierra ellos pertenecen al mundo de los ángeles; es a esto donde les ha conducido la Antroposofía”.

 He aquí con que consciencia nuestros eruditos escriben en la actualidad. Con igual conocimiento un doctor en teología escribió que aquí se ha construido una estatua del Cristo de nueve metros de altura y que arriba tiene rasgos luciféricos y abajo lleva marcas de bestialidad; esto contradice el hecho de que esta estatua del Cristo tiene una cara puramente humana, ideal y que abajo ella no es más que un bloque de madera informe. Por otro lado este doctor no dice que estos informes le han sido facilitados ya que él jamás se encontró delante de la estatua.

 Dejando a un lado estos ataques se puede proponer una pregunta: ¿Qué clase de teólogos son estos?, ¿qué clase de cristianos?, ¿qué clase de educadores que tienen semejante relación con la verdad y la sinceridad y de qué naturaleza es una ciencia que trabaja con ese espíritu de verdad y sinceridad?. Semejante ciencia es la que hoy día desde las cátedras y los libros, es la que hoy vive la humanidad.

 Entre todas las tareas que le incumben la Ciencia Espiritual debe también purificar nuestra atmósfera espiritual de todas las miasmas de la falsedad y la mentira que reinan no solamente en la vida exterior sino que también ganan los dominios de la ciencia desde donde se extienden devastadoramente en la vida social. Es preciso encontrar el valor de hacer luz sobre todas estas cosas, pero para ello hay que entusiasmarse con una concepción del mundo que lance de verdad un puente entre el orden moral y el orden físico del mundo, que pueda considerar al sol luminoso también como una concentración de pensamientos cósmicos declinantes y ver en esto que desde las profundidades de la Tierra brota la promesa que subsistirá en el porvenir, un germen que colmara el mundo de su naturaleza de voluntad.

 

Traducido por Mercedes Arnaldes y Gracia Muñoz.

 

[1] [Dr. Steiner estaba aquí describiendo en la pizarra las tres variaciones de la curva de Cassini. Uno de ellos es similar a una elipse, el segundo a una figura de ocho (Lemniskate) el tercero se compone de dos partes separadas. -Ed.]

GA291c1. El Pensamiento y la Voluntad como Luz y Oscuridad

Rudolf Steiner — Dornach, 5 de diciembre de 1920

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De todo lo expuesto ayer, aparece el mundo bajo un aspecto exclusivo cuando se le considera como si estuviera recorrido de lo que se puede llamar el pensamiento cósmico. También se le considera de forma exclusiva cuando se piensa que la estructura fundamental del mundo es de naturaleza volitiva. Esta última idea es la de Schopenhauer y la anterior es la consideración de Hegel.

 Hemos visto que esta tendencia particular a considerar el mundo como un reflejo del pensamiento evoca la naturaleza humana occidental, que se orienta más bien hacia el lado del pensamiento. Hemos podido mostrar que la filosofía del pensamiento de Hegel tiene otra forma en las concepciones del mundo occidental y que, en lo que experimenta Schopenhauer, vive la tendencia que de hecho, es propia de los hombres de Oriente, lo que aparece en la preferencia particular de Schopenhauer por el budismo, y de una forma general por la visión del mundo oriental.

 En el fondo, esta forma de ver las cosas no puede ser apreciada más que si se puede tener de ella la visión de conjunto que ofrece la Ciencia Espiritual. Desde este punto una tal visión sintética encaminada hacia la perspectiva del pensamiento o a la de la voluntad, aparece como algo abstracto, y es en particular en la fase moderna de la evolución humana que se inclina hacia tales abstracciones. Es preciso que la Ciencia Espiritual guíe a la humanidad hacia una aprehensión concreta del mundo, a una aprehensión conforme a la realidad. Es precisamente así como aparecerán los motivos interiores de estas exclusivas formas de ver. Lo que ven hombres como Hegel y Schopenhauer, que son grandes espíritus, hombres geniales, todo esto existe naturalmente en el mundo, únicamente que es preciso considerarlo en su justa perspectiva.

 Hoy, en primer lugar, vamos a ver que, en tanto que hombres, hacemos en nosotros mismos la experiencia del pensamiento. Un hombre que habla de esta experiencia del pensamiento lo ha hecho directamente; naturalmente no podría hacerla si el mundo no estuviera impregnado de pensamientos.

 Sabemos, por otras ocasiones en que ha sido expuesto, que la organización de la cabeza humana es tal que se halla particularmente apta para abrirse al pensamiento que viene del mundo, ya que ella está formada a partir de los pensamientos. Por otro lado, esta organización de la cabeza humana nos conduce a la encarnación que le precede. Sabemos que la cabeza humana es en realidad una metamorfosis con relación a la vida terrestre precedente, mientras que la organización de los miembros nos orientan hacia una vida terrestre futura. Por decirlo a grosso modo: tenemos una cabeza porque los miembros de nuestra encarnación precedente se metamorfosean en cabeza, y los miembros que tenemos ahora, con todo lo que a ellos está unido, se metamorfosearán para dar la cabeza que nosotros llevaremos en nuestra próxima vida terrestre. En nuestra cabeza, actualmente y sobre todo en la vida entre el nacimiento y la muerte, trabajan los pensamientos. Estos pensamientos son al mismo tiempo la metamorfosis de la voluntad que, durante nuestra vida anterior, actuó en los miembros. La voluntad que actúa en nuestro miembros actuales será transformada en pensamientos en nuestra próxima encarnación.

 La voluntad aparece así como la semilla, por así decirlo, del pensamiento. Lo que al principio se convertirá en pensamiento más adelante. Si nos vemos a nosotros mismos como seres humanos con cabezas, debemos mirar hacia atrás a nuestro pasado, porque en este pasado teníamos el carácter de la voluntad. Si miramos hacia el futuro, debemos tener en cuenta el carácter de la voluntad en nuestros miembros actuales y debemos decir: Esto es lo que en el futuro se convertirá en nuestra cabeza: el pensar en el hombre. Pero continuamente llevamos ambos estos en nosotros. Somos creados fuera del universo porque el pensamiento de una era previa se organiza en nosotros junto con la voluntad, que nos lleva al futuro.

Lo que constituye el ser humano, por la colaboración del pensamiento y la voluntad y cuya expresión es su organización exterior, se hace particularmente discernible cuando se estudia desde el punto de vista de la Ciencia Espiritual.

 El hombre que en su desarrollo alcanza los conocimientos que dispensan la imaginación, inspiración e intuición ve en un ser humano no solamente la cabeza exterior visible, el ve objetivamente lo producido por la cabeza, es decir, el hombre de pensamientos; el ve en alguna forma los pensamientos. Para quien utiliza las facultades que son normalmente las del hombre entre el nacimiento y la muerte, la cabeza aparece con la forma que ella tiene. Pero cuando el conocimiento alcanza a la imaginación, a la inspiración y a la intuición, es la fuerza pensante el fundamento de la organización de la cabeza y que proviene de encarnaciones anteriores, la que se hace visible, si puede darse este término aunque sea en sentido figurado. Ella se hace visible de tal forma que para explicar esta realidad, esta manifestación espiritual y psíquica, no se puede emplear otra expresión que ésta: ella deviene como luminosa.

 Cuando las personas que en ningún momento quieren abandonar el punto de vista materialista critican tales afirmaciones, se ve enseguida en qué medida falta a la humanidad moderna el sentido que permite comprender lo que se quiere decir al explicarse de este modo.

 En la “Teosofía” y en otras obras ya he explicado que cuando a nivel de imaginación, inspiración e intuición, se quiere percibir lo que es el hombre de pensamientos, lo que aparece no es, en alguna forma, un mundo físico nuevo, una nueva edición de este mundo; se hace la misma experiencia interior que la que hace nacer en nosotros la luz en el mundo físico exterior. Para formular las cosas con precisión es preciso decir que la luz exterior suscita en el hombre una cierta experiencia interior. Esta misma experiencia que le vale la visión de la luz en el mundo exterior, él la tiene a nivel de la imaginación frente al elemento pensamiento de la cabeza. Se puede decir que visto objetivamente el elemento del pensamiento es percibido como luz, o mejor dicho, es sentido como luz. En tanto que seres pensantes nosotros vivimos en la luz. Se ve la luz exterior con los sentidos físicos; la luz que deviene pensamiento no se ve porque se vive dentro, porque ella “es” uno mismo. Cuando uno se separa de estos pensamientos, cuando se penetra en la imaginación y en la inspiración uno se encuentra frente al elemento de los pensamientos y se le percibe como se percibe la luz. Al hablar del mundo en su totalidad podemos decir que en nosotros tenemos la luz únicamente que ella no se nos aparece en tanto que tal porque nosotros vivimos en ella y porque al utilizarla se convierte en nuestro pensamiento. En alguna forma nos adueñamos de la luz; esta luz que normalmente se nos aparece fuera la tenemos en nosotros. Nuestro pensamiento es una actividad de la luz. Somos un ser de luz, pero no lo sabemos porque vivimos en la luz. El pensamiento que desarrollamos es vida en la luz; si miramos el pensamiento desde el exterior vemos la luz.

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Representémonos ahora el Universo. De día lo vemos inundado de luz; pero imaginemos que lo miramos desde el exterior, y ahora hagámoslo a la inversa. Al instante tenemos la cabeza humana en la que se desarrolla el pensamiento y exteriormente vemos la luz. En el universo percibimos la luz por los sentidos. Si salimos del universo, si lo miramos desde el exterior se nos aparecerá como un conjunto de pensamientos. El universo visto interiormente es luz, visto desde el exterior es pensamiento. La cabeza humana interiormente es pensamiento, vista desde el exterior es luz.

 Es esta una manera de ver el Cosmos que nos puede ser extremadamente útil y fecunda si queremos dedicarnos verdaderamente a estas cosas. La actividad pensante, la actividad del alma se hará cada vez más móvil si aprendemos a decirnos lo siguiente: si pudiera salir de mí mismo, como ocurre cuando me duermo, y llevar la mirada sobre mi cabeza, es decir sobre lo que yo soy en tanto que hombre que piensa, me vería luminoso. Si saliera del universo recorrido por la luz, y si lo mirase desde el exterior lo vería edificado por pensamientos; percibiría el mundo bajo la forma de una entidad constituida por pensamientos.

Como vemos luz y pensamiento forman un conjunto, luz y pensamiento son la misma cosa, pero considerada bajo diferentes aspectos.

El pensamiento que vive en nosotros es en realidad lo que nos viene del pasado, lo que en nosotros está más maduro, el fruto de existencias terrestres anteriores. Lo que antes fue voluntad ahora se ha convertido en pensamiento, y el pensamiento aparece bajo el aspecto de la luz. Podemos preguntarnos: donde está la luz, hay un pensamiento; pero ¿de qué naturaleza?. Es un pensamiento en el cual el mundo se muere constantemente. Un mundo anterior muere en el pensamiento, o por decirlo de otra forma, en la luz. He aquí uno de los misterios del mundo. Miremos el Universo, él está recorrido por la luz; en la luz vive el pensamiento, pero en esta luz impregnada de pensamientos, un mundo muere. El mundo muere constantemente en la luz.

 Cuando un hombre como Hegel considera el mundo lo que en verdad ve en él es su permanente agonía. Los seres que tienen una inclinación particular por lo que se hunde, por lo que muere y se inmoviliza en el mundo, se convierten en forma particular en hombres de pensamiento. Y en el mundo que muere deviene lo bello. Los griegos, que eran en todo su interior entidad humana viviente, se regocijaban a la vista de las cosas exteriores cuando la belleza brillaba allí donde el mundo iba hacia la muerte. En la luz en la que el mundo muere resplandece la belleza. El mundo que muere se torna bello y sólo al morir él resplandece. Es así como se tiene una percepción cualitativa del mundo.

Con Galileo comenzó la época en la que se hizo del mundo una visión cuantitativa y hoy día se está particularmente orgulloso de poder comprender los fenómenos naturales con ayuda de las matemáticas, por tanto de lo que está muerto. Es cierto que Hegel, para comprender el mundo utilizó conceptos de una sustancia más rica que la de las matemáticas, sin embargo lo que le atrajo particularmente era lo que había madurado, lo que iba hacia la muerte. Puede decirse que Hegel estaba ante el mundo como un hombre ante un árbol cubierto de flores. En el momento en que se van a formar los frutos pero todavía no están allí, cuando las flores han alcanzado su extremo desarrollo, es la potencia de la luz lo que está en activo en el árbol, es el pensamiento llevado por la luz. Es así como Hegel veía todos los fenómenos. El consideraba la flor en su fase última de expansión, lo que se despliega bajo su forma más acabada.

 Distinta era la actitud de Schopenhauer ante el mundo. Para estudiar el impulso que le animaba es preciso mirar algo distinto en el hombre: lo que comienza, es decir, el elemento del querer que llevamos en nuestros miembros, el elemento de la voluntad. Pero, como ya he dicho con frecuencia, vivimos interiormente de la misma forma que vivimos en el mundo durante el sueño, inconscientemente. Por tanto ¿podemos de alguna forma mirar este elemento de la voluntad desde el exterior del mismo modo que hacemos con el pensamiento?.

 Tomemos la voluntad mostrándose en cualquiera de nuestros miembros y preguntémonos: ¿Cuál es la realidad que corresponde a la luz que aparece cuando miramos el pensamiento si miramos la voluntad desde el punto de vista de la imaginación, de la inspiración y de la intuición?. Visto con la ayuda de la fuerza clarividente el pensamiento es sentido y vivido como luz, como luminosidad. Cuando percibimos la voluntad con esta misma fuerza ella se torna cada vez más densa, deviene materia.

Si Schopenhauer hubiera sido clarividente esta naturaleza de la voluntad se le hubiera aparecido como un autómata hecho de materia ya que la manifestación exterior de la voluntad es la materia. Percibida interiormente la materia es voluntad, del mismo modo que interiormente la luz es pensamiento. Exteriormente la voluntad es materia de igual forma que exteriormente el pensamiento es luz. Por esto, y como ya he dicho en exposiciones anteriores, el ser humano, como lo hacían los místicos puede sumergirse en su naturaleza de voluntad. Aquellos para quienes esta vía mística no es más que una farsa y que en realidad no aspiran mas que a su bienestar y a cultivar el peor egoísmo, creen que al introducirse en sí mismos encontrarán el espíritu; pero si van más lejos en su introducción descubrirán la verdadera naturaleza material interior del ser humano, pues lo que hacen no es otra cosa que un descenso en la materia. A quien se sumerge en su ser de voluntad lo que se le desvela es la verdadera naturaleza de la materia. En nuestra época los filósofos de la naturaleza sueñan cuando hablan de las moléculas y átomos que constituyen la materia. La verdadera naturaleza de la materia aparece al mirar en el interior de uno mismo, como hacían los místicos; uno se encuentra entonces el otro lado de la voluntad, que es la materia. En esta materia, por tanto en la voluntad, se desvela lo que es el mundo en germen, el mundo que comienza.

 Si miramos el mundo nos bañamos en la luz, y en esta luz un mundo pasado se muere. Si posamos el pie sobre la materia firme la fuerza del mundo nos sostiene. En la luz resplandece, en pensamiento, la belleza. En este esplendor de la belleza muere el mundo pasado. El mundo se despliega en su vigor, en su fuerza, en su poderío pero también en su oscuridad. El mundo venidero se despliega en las tinieblas, en el elemento material de la voluntad. Cuando un día los físicos hablen con seriedad cesarán de extenderse, como hacen hoy, en especulaciones sobre los átomos y las moléculas y dirán que el mundo exterior es el producto del pasado y que en su interior no oculta moléculas y átomos sino el futuro. Cuando un día se diga que el pasado nos aparece esplendoroso en el presente y que el pasado envuelve el porvenir, entonces se hablará correctamente el mundo; el presente es lo que, en realidad, reposa en la fuerza de la materia; el pasado es lo que brilla en la belleza de la luz, esta luz comprendida como el conjunto de todo lo que se revela ya que, naturalmente, la palabra luz engloba aquí también lo que aparece en el sonido y en el color.

 El propio hombre no puede comprenderse mas que si el se concibe como una semilla de futuro envuelta por todo lo que le viene del pasado, del aura de luz del pensamiento. Puede decirse que el hombre, visto espiritualmente, es el pasado allí donde él resplandece en la belleza, pero a esta aura del pasado se incorpora la oscuridad, que se mezcla a la luz venida del pasado, y le lleva hacia el porvenir. La luz es lo que brilla viniendo del pasado, la oscuridad lo que orienta hacia el porvenir. La luz es de naturaleza del pensamiento, la oscuridad es de naturaleza de la voluntad.

Hegel se inclina hacia la luz que se despliega en el proceso del crecimiento, en las flores en expansión, Schopenhauer mira el mundo en el hombre, que, ante un árbol, no experimenta ningún placer a la vista de la espléndida floración, pero que está animado del deseo de ver salir de todas estas flores los gérmenes de los frutos; se alegra al sentir en acción la fuerza del crecimiento, y la boca se le hace agua ante la idea de que las flores del melocotonero van a transformarse en melocotones. Esta es, en efecto, la doble naturaleza del mundo, y no se considera correctamente el mundo si no se le ve en su doble naturaleza, lo contrario es verlo en abstracción. Si se mira fuera de los árboles en flor, se vive el pasado. Al contemplar la naturaleza primaveral puede uno decirse que la actividad que los dioses desplegaron para el mundo en el pasado se revela en la magnificencia de las flores primaverales. Al contemplar la naturaleza otoñal llena de frutos uno puede decirse que allí comienza la obra de los dioses, una nueva obra pues los frutos que caen van hacia el porvenir.

 Se trata de no contentarse con una imagen del mundo construida por especulación sino de aprehenderla interiormente con todo su ser. Realmente se puede, por ejemplo, captar el pasado en la flor del ciruelo y sentir el futuro en la ciruela. Lo que se ofrece a la vista está íntimamente ligado a lo que el pasado nos ha hecho. El sabor que se siente sobre la lengua está íntimamente ligado con lo que renacerá en el porvenir, como el Ave Fénix crece de sus cenizas. Así se capta el mundo por la sensibilidad.

A esta aprehensión por el sentimiento aspiraba Goethe en todo lo que quería contemplar, aspiraba a sentir el mundo. Por ejemplo, él miraba el mundo vegetal verde y aunque no disponía de lo que hoy puede darnos la Ciencia Espiritual, para él ese verde era algo que todavía no se había expandido en flores, lo que en el presente viene del pasado de la planta, pues en la planta el pasado aparece en las flores y lo que todavía no se ha hecho pasado es el verde.

Lo que es verde en la naturaleza tampoco ha sido alcanzado por la muerte (verde). Lo que está orientado hacia el futuro viene de la oscuridad, de la sombra. Allí donde el verde se matiza de azul, lo que hay en la naturaleza va hacia el porvenir (en el dibujo: azul).

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Por el contrario, lo que nos orienta hacia el pasado es lo que hace que se abran las flores, que se madure; es allí donde esta el calor (rojo), allí donde la luz no solamente se aclara sino que se impregna interiormente de fuerza, allí donde ella deviene calor. Se podría dibujar el conjunto diciendo que se tiene el verde, el mundo vegetal, y muy cerca la oscuridad, allí donde el verde se matiza de azul. El elemento claro, lleno de calor, se le unirá de nuevo por lo alto del círculo. Es allí donde se encuentra el hombre que tiene en sí mismo lo que el vegetal tiene en el exterior, es decir, el cuerpo etérico que, como ya he dicho frecuentemente, tiene el color flor de durazno. Este color aparece cuando el azul invade el rojo. Cuando se mira el mundo de los colores puede decirse que uno se encuentra a sí mismo en el color flor de melocotón, al mismo tiempo que enfrente se tiene el verde. Esto es lo que objetivamente ofrece el mundo de las plantas.

 De un lado se tiene lo azulado, lo oscuro, y del otro lo claro, lo amarillo rojizo. Pero por el hecho de que se está en el flor de durazno, que se vive allí no se puede percibir este color en la vida ordinaria lo mismo que no es posible percibir los pensamientos bajo su forma luminosa. Lo que se vive interiormente no se percibe, por eso se desdeña el color flor de melocotón y se mira solamente el rojo que se extiende por un lado y el azul que se presenta por el otro. Es así como se forma el espectro, el arco iris. Pero esto no es mas que una ilusión, el verdadero espectro se obtendría haciendo un círculo con esta cinta de color, precisamente porque el ser humano se encuentra en el flor de durazno y de esta forma puede ver el mundo coloreado desde el azul al rojo y del rojo al azul, pasando por el verde. En el momento en que se tuviera esta perspectiva el arco-iris aparecería bajo la forma de un círculo, de un cilindro con el perfil de un círculo.

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Ya he mencionado que la visión goetheana de la naturaleza es también una visión espiritual. Cuando se aborda a Goethe que fue un investigador en búsqueda de la naturaleza puede decirse que aunque él no disponía todavía de la Ciencia Espiritual, estudio la naturaleza con ese mismo espíritu. Lo esencial para nosotros hoy día es que el mundo —comprendido el hombre— es un organismo constituido por luz/pensamiento, por pensamientos luz, materia-voluntad y voluntad/materia, y que todo lo que se nos aparece concretamente está construido según los modelos más diversos pero llenos de un contenido formado por estos elementos.

 El Cosmos hay que considerarlo en función de la calidad para comprenderlo y no solamente desde el punto de vista cuantitativo. En él se percibe un deterioro permanente, una muerte del pasado en la luz y una fuerza de germinación hacia el futuro en la oscuridad. Debido a su clarividencia instintiva los antiguos persas llamaban a este pasado, que ellos sentían morir en la oscuridad, Aura Mazdao, y este porvenir que sentían presente en la voluntad oscura lo conocían como Ahriman.

 Sabemos que en estas dos entidades cósmicas, la luz y las tinieblas, está el pensamiento que vive y el pasado que muere en la luz, y en las tinieblas la voluntad que nace y el porvenir que se eleva. Por este caminar ya no concebimos el pensamiento en tanto que abstracción, sino que él deviene luz, ni la voluntad que deviene en tinieblas, en materia, identificamos el lado cálido del espectro luminoso con el pasado, y su lado sustancial, su lado químico con el porvenir, así abandonamos la abstracción para entrar en lo concreto.

 No seamos ya más pensadores desecados, convencionales, no trabajando mas que con la cabeza, ya sabemos que lo que piensa en nuestra cabeza es en realidad lo mismo que la luz que nos rodea. No seamos mas que estas gentes llenas de ideas que son felices en la luz, nosotros sabemos que en la luz reside la muerte, un mundo que agoniza, en presencia de la luz sentimos también lo que es lo trágico del mundo. Abandonemos la abstracción, el elemento intelectual, para penetrar en la vida ondulante del mundo. En las tinieblas tenemos el porvenir que se eleva. En una palabra, abandonemos la abstracción para entrar en lo concreto; las formas universales nacen ante nuestros ojos y no únicamente los pensamientos o los impulsos voluntarios abstractos.

 He aquí lo que hoy buscamos. La próxima vez buscaremos el origen del bien y del mal en lo que ante nuestros ojos ha tomado una forma concreta, es decir, el pensamiento hecho luz y la voluntad hecha tinieblas. Del mundo interior pasaremos al Cosmos y allí buscaremos de nuevo las causas del bien y del mal no en la abstracción ni en el dominio de la religión abstracta. Después de haber comenzado por asir el pensamiento en su naturaleza luminosa y la voluntad en su oscuro devenir, veremos que se llega a un conocimiento del bien y del mal.

 

Traducido por Mercedes Arnaldes

GA276c6. Espíritu y contra-espíritu en la pintura “La Asunción” de Tiziano

Del ciclo: El Arte y su misión

Rudolf Steiner — Dornach, 9 de junio de 1923

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A las conferencias de estos últimos días hoy desearía añadir ciertas consideraciones. Con frecuencia he hablado del genio del lenguaje. Ustedes ya saben, por lo expuesto en la “Teosofía”, que en el contexto de la Antroposofía cuando se habla de genio del lenguaje se trata de una entidad espiritual real, de una verdadera entidad espiritual para cada lengua a la que el ser humano se adapta y que, en alguna forma, desde lo alto de los mundos espirituales le da la fuerza para explicar sus pensamientos, y que, ante todo, son en él, criatura terrestre, una herencia sin vida del mundo espiritual. Es por esto que, en el marco de la antroposofía, es del todo indicado investigar en las formas del lenguaje un sentido que, a cierto nivel, viene del mundo espiritual y no está determinado por el hombre.

Algunas veces he hablado sobre expresiones extrañas con las cuales designamos al elemento propio del arte, como la belleza, y a su contrario lo feo.

En primer lugar tomemos la palabra alemana “das Schöne”, la belleza, y vemos que está emparentada con el verbo “Scheinen”, aparecer. Lo que es bello “aparece” (scheint), es decir, que su ser interior aparece en el exterior. Esta es en efecto la naturaleza profunda de lo bello, no se disimula sino que manifiesta en la superficie, en su forma exterior lo que es interiormente. Si quisiéramos designar lo contrario de lo bello bajo la misma perspectiva deberíamos hablar de lo que se disimula, de lo que tiene escondido su ser verdadero no manifestado por su apariencia exterior. Cuando hablamos de lo bello —das Shöne— lo designamos objetivamente. Si quisiéramos hablar también objetivamente de su contrario deberíamos también designarlo con una palabra que significara lo que se oculta, lo que exteriormente es distinto de lo que es en realidad. Ahora bien, si abandonamos el nivel de la objetividad nos volvemos subjetivos, entonces hablamos de nuestra relación con lo que se disimula y encontramos que no podemos amarlo, que debemos detestar aquello que se disimula. Lo que nos muestra un rostro distinto del suyo es lo contrario de lo bello. Pero al decirle odioso —das Hässliche— nos dejamos arrastrar por nuestra afectividad.

Es así como el genio del lenguaje se nos puede manifestar cuando le prestamos atención. Y ahora hagámonos una pregunta: ¿A qué aspiramos cuando por el arte tratamos de reproducir lo bello, naturalmente en el mas amplio sentido del término?. En el hecho de que guiados pero el genio del lenguaje, para designar lo bello elegimos una palabra que nos sobrepasa mientras que para su contrario permanecemos prisioneros de nuestra afectividad, mostramos que en lo bello se revela una relación entre nosotros y el espíritu que existe fuera de nosotros. ¿Qué es, por tanto, lo que “aparece”?. Lo que percibimos por los sentidos no tiene necesidad de “aparecer” está presente ante nosotros. Lo que se nos aparece, cuyo esplendor brilla en lo sensible y su naturaleza aparece a través de lo sensible, es el espíritu. Al designarlo objetivamente nosotros hablamos de lo que es artísticamente bello como de un elemento espiritual que se revela y manifiesta en el mundo por el arte. Esta es la tarea que incumbe al arte: comprender lo que brilla, lo que se manifiesta, el espíritu que impregna el mundo y vive en él. Todo arte verdadero es una búsqueda de lo espiritual, incluso si el arte quiere representar la fealdad no es el odio lo que él quiere representar sino el espíritu que revela su naturaleza profunda en esta apariencia detestable. Lo detestable puede llegar a ser bello cuando el espíritu se manifiesta bajo su apariencia. Para que una obra de arte sea bella es preciso que su contenido guarde siempre una relación con el espíritu.

Observemos desde este punto de vista un arte en particular, por ejemplo la pintura. En el curso de estos días hemos estudiado como ella revela la sustancia espiritual por el color que toma, es decir, por lo que brilla a través del color. Puede decirse que en los tiempos en que se sabía verdaderamente qué es el color, uno se sometía también al genio del lenguaje para expresar la relación de los colores con el mundo. En tiempos pasados, cuando se tenía todavía una clarividencia instintiva de las cosas, se designaba por ejemplo a los metales, de los cuales se sentía que su color revelaba su naturaleza interna, con términos que no eran terrestres. Hay una unión entre las palabras que designan los metales y los planetas porque podríamos decir, se habría sentido vergüenza de designar con palabras que no describen mas que la naturaleza terrestre lo que se expresa por el color. Se consideraba el color como una realidad divina, espiritual, de acuerdo con las cosas terrestres en el sentido que ya he expuesto hace unos días. Si se sentía en el amarillo lo que es el oro es porque este último no era considerado únicamente como una sustancia terrestre; en el amarillo del oro se veía al sol apareciendo en las lejanías del Cosmos. Se percibía el color sobre los objetos terrestres pero a la vez se veía en él algo que sobrepasaba la tierra. Elevándose hasta las criaturas vivientes se consideraba el color como perteneciéndoles ya que ellas están más próximas al espíritu y por consecuencia el espíritu puede “aparecer” a través de ellas. Se sentía que el color era propio de los animales porque a través de ellos se percibe directamente una realidad de espíritu y de alma.

Remontemos hasta los tiempos lejanos en que los humanos tenían el sentido del arte no sólo exteriormente por los sentidos sino también interiormente y no hallaremos ninguna pintura. Pintar un árbol en verde —decir “pintar un árbol” es casi decir una estupidez— no es hacer pintura; cualquiera que sea el talento con que se le reproduzca, la naturaleza es siempre mucho mas bella, mas verdadera de lo que se pinta, siempre más viva. No hay absolutamente ninguna razón para reproducir lo que se ve en la naturaleza, y es esto lo que un verdadero pintor no debe hacer nunca. El verdadero pintor utiliza el objeto puro y hace aparecer la luz del sol para estudiar algún reflejo coloreado del entorno, para captar el juego vivo del claro y el oscuro sobre un objeto, el cual no trata de hacerlo más que en alguna ocasión. No pinta diciendo: una flor delante de la ventana, sino que pinta la luz que entra por esa ventana viéndola a través de la flor. Lo que se pinta por tanto es la luz coloreada y la flor no es mas que la ocasión para hacerlo.

Al abordar al ser humano se puede pintar todavía mas espiritualmente. Dibujar la frente de un hombre y pintarla tal como se la cree ver es un sin sentido, esto no es hacer una obra pictórica. La tarea del que pinta es, con la ayuda del color y del pincel, captar una frente humana expuesta a los rayos del sol que la iluminan desde un ángulo determinado o bien mostrar como aparece en una luz brillante una luz amortiguada, cómo juegan el claro y el oscuro, que no están presentes mas que un instante, y que se debe hacer aparecer en su relación con una realidad espiritual.

En un interior, por ejemplo, la sensibilidad del artista no tiene como objeto observar a un hombre arrodillado ante el altar. En una ocasión visité una exposición con un compañero y vimos un cuadro representando a un hombre arrodillado ante un altar visto de espalda. El pintor se había fijado como meta captar la luz del sol entrando por la ventana y tal como aparecía sobre la espalda del personaje. Mirando el cuadro mi compañero me dijo que preferiría ver al personaje de frente. Esto es manifestar un interés por lo material y no por el arte. El espectador querría que el pintor le informara sobre la naturaleza del modelo, pero pintar un cuadro de este género no se justifica mas que si se quiere expresar lo que el color permite percibir. Yo puedo hacer una obra de arte representando a un enfermo en su cama porque al estudiar su color yo comprendo como se manifiesta la enfermedad a través de lo que veo; puedo hacer una obra de arte representando el Cosmos revelado por medio del color de la carne humana, pero reproducir a una persona cualquiera sentada delante de mí no me conduciría a nada pues eso no es un verdadero trabajo de artista. Lo que sí lo es, es el pintar la luz del sol sobre su persona, mostrar cómo, por ejemplo, sus cejas espesas la desvían; lo que importa es mostrar cómo la totalidad del mundo actúa sobre el personaje que pinto. El material que se emplea para ello es el claro-oscuro, es el color en el momento en que lo capto, pues él pasa, y entonces se está justificado para fijarlo tal como lo he descrito.

En tiempos que todavía no están muy alejados de nosotros se sentían así las cosas y no era posible representar a María, la madre de Dios, con un rostro que no estuviera transfigurado, es decir, inundado de luz, de raudales de luz elevándola sobre la condición humana ordinaria. No se la podría representar mas que con un vestido rojo y un manto azul porque vestida de esta forma tomaba lugar en la existencia terrestre y el vestido rojo, imagen de las emociones terrestres, el manto azul, imagen del alma que la envuelve, el soplo del espíritu, y la cara, transfigurada atravesada por el espíritu, inundada por la luz que es la manifestación del espíritu. Pero mientras no se sientan las cosas como acabo de exponer nadie podrá sentirse auténtico artista. Uno se sentirá artista únicamente en el instante en que cree inspirado por el rojo, por el azul, por la luz, cuando viva interiormente qué es este mundo de la luz en relación con la de los colores y la oscuridad no teniendo en el espíritu otra cosa que el color; y este color que habla todo lo que puede, por él y por el juego del claro-oscuro, ser el que pinte a la Virgen María.

Es preciso saber vivir con el color, es preciso que él sea para nosotros algo con lo que se vive, algo que está liberado de la materia pesada, pues para el color que se quiere manejar en el arte la materia pesada es un obstáculo. Por eso pintar sirviéndose de la paleta es ir contra el arte de pintar. Los colores de la paleta se revelan pesados cuando se colocan sobre la tela y no se puede vivir con ellos. No es posible vivir verdaderamente mas que con el color líquido. En la vida que comienza entre el hombre y el color líquido, en esta relación singular que se crea entre ellos cuando el coloca el color líquido sobre la tela, se captan las cosas a partir del color, el mundo se percibe en el color. Es entonces únicamente cuando se pinta, cuando a través del color, sustancia viva, algo se transparenta, se revela, brilla; y a partir de esta vida brillante es cuando se crean realmente las formas sobre la tela. Un mundo nace entonces de sí mismo. Si se comprende el color se comprenderá uno de los componentes del Universo.

Kant dijo en una ocasión: “Dadme materia y haré surgir un mundo”. Se le hubiera podido dar durante mucho tiempo esa materia, pero es seguro que él no hubiera podido hacer surgir un mundo, pues de esta forma no puede crearse ningún mundo. Por el contrario, a partir del material en movimiento de los colores se puede hacer porque cada color tiene una unión directa, podríamos decir que es una unión de parentesco personal, con alguna realidad espiritual en el mundo. Hoy día, a excepción de los intentos del impresionismo y del expresionismo, se ha perdido la noción de pintura sofocada por el materialismo de la época. La mayor parte del tiempo no se hacen en la actualidad obras pictóricas; se reproducen personajes con la ayuda de una especie de dibujo y se unta la tela de colores y lo que se obtiene son superficies manchadas pero no pinturas ya que la pintura es algo que nace del color y del claro-oscuro.

Es preciso evitar cualquier malentendido. Cuando alguien con un gran impulso manipula los colores poniéndolos uno al lado del otro y cree haber hecho lo que yo llamo remontar el grafismo, no ha practicado en absoluto lo que yo he querido decir, pues remontar el grafismo no quiere decir suprimir por completo el dibujo; se trata de hacer aparecer las líneas de la forma en el color, se trata de hacerlas nacer por el color y entonces únicamente es preciso saber vivir en él. Esta vida en los colores conduce al verdadero artista a no tener en cuenta el resto del mundo, a crear sus obras enteramente a partir del color.

Miren la “Asunción de María” de Tiziano. Esta pintura se encuentra en la línea fronteriza del antiguo principio del arte. La experiencia de vida del color que uno encuentra en Rafael y, más especialmente, en Leonardo da Vinci, se ha desvanecido; solo una cierta tradición impide que el pintor abandone por completo el vivir en el color.

 Sintamos interiormente qué es esta “Ascensión” de Tiziano. Ustedes podrán decir que el verde, el rojo y el azul gritan, pero miren a continuación mas de cerca los detalles. Si perciben como los colores en Tiziano dialogan entre ellos sentirán de qué forma él vivía en el color y como él obtiene de este modo los tres mundos en que ellos nacen. Observen únicamente la maravillosa composición jerarquizada de los tres mundos: abajo los apóstoles que experimentan el acontecimiento de la Asunción. Vean como él los crea a partir de los colores a través de los cuales se ve que ellos están encadenados a la Tierra pero que no se sienten pesados; en la sombra de los tintes oscuros de la parte inferior del cuadro se siente como los apóstoles están encadenados a la Tierra. La forma como los colores están tratados en el personaje de María hace experimentar lo que es el reino medio. Abajo ella todavía esta unida a la Tierra. Si tienen ocasión de ver el cuadro, observen como los tintes oscuros, apagados, de la parte baja se van convirtiendo poco a poco en colores en los tonos de María, y como, poco a poco, triunfa la luz.

Observen también como el tercer reino, el dominio superior, recibe en plena luz la cabeza de María expandiendo sobre ella su pleno esplendor y de este modo elevando su cabeza, mientras que los pies y las piernas están todavía encadenados por el color. Contemplen como la zona inferior, la media y el reino celeste de las alturas, el acogimiento de María por Dios Padre, están realmente matizados por un sentimiento interior vivido en el color. Podrán decirse que para contemplar este cuadro y comprenderlo es preciso olvidar todo el resto y no mirar mas que los colores pues es a partir del color como está compuesto este mundo de tres niveles y no a partir de conceptos. En verdad, para pintar es necesario captar en el claro-oscuro y en el color este mundo de apariencia esplendorosa para, por un lado, apartar lo que es terrestre, material y por otro liberar el elemento artístico sin que llegue a alcanzar el espíritu pues si se le hiciera acceder a él ya no sería una apariencia sino una sabiduría. Pero la sabiduría ya no es arte, ella eleva su contenido hasta el reino informe de lo divino.

 

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Podríamos decir que Tiziano obra como un verdadero artista en su “Asunción”. Cuando se ve como la cabeza de María es acogida por el Dios Padre se tiene el sentimiento de que no se podría ir más lejos en el manejo de la luz, se está muy cerca de perder el equilibrio; en el momento en que se intentase continuar se caería en el intelectualismo, es decir, en lo que ya no es arte. Es preciso no arriesgar una pincelada mas en lo que está esbozado únicamente por la luz y no por los contornos, pues en el momento en que se marcan demasiado los contornos se intelectualiza, uno se aleja del arte. Ahora bien, en la parte alta el cuadro se arriesga a perder toda característica artística, y los pintores que sucedieron a Tiziano sucumbieron a este peligro. Al ver los ángeles del cuadro uno se eleva hacia las alturas celestes, hacia los ángeles, pero el artista ha evitado cuidadosamente salirse del color. Los ángeles de la época anterior a Tiziano, incluso en él en cierto sentido, nos impulsan a decir ¿no podrían ser también nubes?. Ahora bien, si no podemos decirnos esto, si no podemos al menos permanecer en la duda entre la existencia y la apariencia, si estamos seguros de la existencia espiritual, entonces el cuadro deja de ser una obra de arte.

Llegamos al siglo XVII y todo es diferente. El materialismo incluso en la representación del espíritu. Observemos los ángeles pintados con una cierta inspiración no artística, rutinaria podríamos decir, unos ángeles de los cuales ya no se puede decir ¿no podrían ser también nubes?. Es ésta la reflexión que se ha hecho y entonces el arte desaparece.

Miremos a continuación en la parte baja a los apóstoles y tendremos el sentimiento de que la única parte verdaderamente artística de la “Asunción” es el personaje de María. En lo alto se anuncia el peligro de que todo se pierde en la sabiduría pura, en lo informado. Si se domina que lo informado permanezca sin formas entonces, en cierto sentido, la obra tiende hacia el polo de la perfección artística, pues es una audacia artística arriesgarse hasta el borde del abismo donde el arte cesa, donde si se continúa no sería posible mas que comenzar a dibujar; pero dibujar no es pintar. En lo alto, por tanto, uno se aproxima a la sabiduría plena. Se es un artista cuanto mas se puede expresar esta sabiduría por medio de lo sensible, cuanto mayor es la posibilidad de pintar ángeles de los cuales se pueda decir que son nubes agrandadas que reverberan en la luz, y cosas análogas.

Partiendo de la parte inferior del cuadro se pasa a través de lo que es verdaderamente bello: la propia María elevándose hacia la región de la sabiduría; se ve que Tiziano pudo hacer en ella una bella forma porque todavía no había llegado a lo alto ella estaba subiendo. Todo da la impresión de que ella no tiene necesidad mas que de un corto impulso para acceder a la región de la sabiduría. El arte entonces no tiene nada más que decir.

Retornando hacia abajo volvemos a los apóstoles y, como ya he dicho, el artista trata de explicar por los tonos que les da su carácter de seres encadenados a la Tierra. Allí acosa otro peligro. Si hubiera colocado a María un poco mas abajo no hubiera podido representarla por la belleza que ella lleva interiormente. Si la hubiera pintado sentada entre los apóstoles no podría aparecer como lo hace, planeando entre la Tierra y el Cielo. Para que los apóstoles estén afectados de la pesantez terrestre es preciso que pase algo y es que el elemento dibujo comienza a intervenir con fuerza. Sobre este cuadro característico de Tiziano podemos ver que el dibujo comienza a intervenir con vigor. Y esto ¿por qué?.

En el marrón no se puede representar la belleza tal como aparece en María. Es preciso que se represente algo que aun no perteneciendo por completo a la belleza resulte bello porque revela algo distinto. Veamos, una María sentada o de pie en medio de los apóstoles y con los mismos tonos que ellos sería una terrible ofensa. No hablo aquí mas que de este cuadro de Tiziano, no quiero decir que María representada sobre la Tierra fuera una ofensa hecha al arte, sino que para aquel que mirase el cuadro una María de pie en la parte baja seria como un puñetazo en la cara. ¿Por qué? Porque con los mismos colores que los apóstoles ella aparecería como virtuosa. Los apóstoles elevando su mirada al cielo él los representa como seres virtuosos y no es posible verlos de otra forma, pero no es esto lo que debemos decir de María. La virtud es en ella algo tan evidente que no podemos representárnosla virtuosa; sería más o menos como representarnos a Dios con rasgos de un ser virtuoso. Allí donde una cosa es evidente y toma parte de la propia existencia, no debe ser representada por la apariencia. Por eso María debe elevarse a las alturas, hacia una región donde ella planea por encima de la virtud, hacia donde lo que aparece en el color no deba hacernos decir que ella es virtuosa al igual que no debe decirse del propio Dios, quien todo lo más puede ser la propia virtud. Pero esto es una fórmula abstracta que raya en la filosofía y que nada tiene que ver con el arte. A propósito de los apóstoles debemos decir que el artista a acertado al representarlos como seres virtuosos, lo que ellos son en realidad.

Veamos cómo el genio del lenguaje refleja esta verdad. Tugend (virtud, en alemán) está relacionado con taugen (estar en forma, en alemán). Estar en forma, es ser capaz de hacer frente a algo moralmente, es ser virtuoso. Goethe habla de una tríada: sabiduría, semblanza y poder. El arte es el término medio: semblante, lo bello; la sabiduría es conocimiento sin forma; la virtud es poder para llevar a cabo las cosas que valen la pena de manera efectiva.

Esta triada fue desde siempre un objeto de veneración. Hace muchos años alguien me dijo que era excesivo escuchar siempre a la gente hablar de la verdad, de lo bello y del bien, pues —decía él—  todo el que se quiere expresar en términos idealistas empieza a hablar de la verdad, de lo bello y del bien. Pero se puede evocar un pasado en el que estas nociones eran vividas interiormente con profundo interés, con la participación del alma. Todavía se ve en el cuadro de Tiziano, que presenta bajo la forma de lo bello y de la obra de arte, la sabiduría que brilla y toma una forma artística; en la zona mediana la belleza, y abajo la virtud, lo que puede actuar. Uno puede preguntarse cual es la naturaleza interna de esta virtud y cual es su significado. Cuando se profundiza en el sentido de las cosas se llega, a través del genio de la lengua, a las profundidades del alma del lenguaje actuando entre los hombres. Si se procede superficialmente se corre el peligro de llegar a lo que respondió un día a uno de sus parroquianos, que era contrahecho, un sacerdote que acababa de exponer a sus fieles, con profundas frases, de qué forma en el mundo todo era bueno, bello y útil. El parroquiano esperó al cura a la salida y le dijo: Vd. ha dicho que en el mundo todo es bueno, conforme a su idea, ¿es que yo también estoy bien hecho?. El cura le respondió: “para un hombre contrahecho tú estás muy bien constituido. Se permanece en la superficie de las cosas no es posible acceder a las profundidades; en cantidad de dominios la forma de ver actual también tiene este carácter superficial. Los humanos se llenan la cabeza de características exteriores y especialmente de definiciones superficiales y no saben que con sus ideas ellos giran en redondo.

En lo que concierne a la virtud no se trata únicamente de ser capaz de hacer cualquier cosa en general sino que tener capacidades espirituales, de estar, en tanto que hombres, en unión con el mundo espiritual. En el exacto sentido del término un ser virtuoso es aquel que es capaz de ser un hombre completo, es decir, aquel que mas que manifestar el espíritu, lo realiza con su voluntad. Ahí se accede a una cierta región de la actividad humana que engloba también la vida religiosa pero que no realza el arte y sobre todo la belleza. En el mundo todo está estructurado según unas polaridades, por eso, ante el cuadro de Tiziano precisamente puede decirse esto: En la parte superior el se expone claramente a franquear peligrosamente los límites de lo bello allí donde el se sobrepasa colocando a María; en ese punto él llega al borde del abismo de la sabiduría, y en la parte inferior al borde del abismo contrario. Cuando representamos la virtud abandonamos el dominio del arte y de lo bello. Si queremos pintar un hombre verdaderamente virtuoso es preciso hacerlo caracterizando en alguna forma la virtud por la apariencia exterior, por ejemplo contrastándola con el vicio. Pero la representación artística de la virtud en nuestra época no es un arte sino que se aleja de él.

Pero hoy día ¿qué es lo que sea aleja del arte?. Lo que pasa en la vida se muestra con crudeza, en forma naturalista, con ausencia de toda unión con el espíritu, por tanto sin esta unión manifestada no hay arte. Por eso en nuestra época, en el expresionismo y el impresionismo, existe una aspiración de vuelta a lo espiritual. Esta aspiración no es todavía, frecuentemente, mas que un simple comienzo, pero sin embargo es mucho mas que el trabajo naturalista que reproduce crudamente un modelo y que nada tiene de artístico. Si se capta en esta perspectiva la noción de arte y de belleza se podrá captar también lo trágico que interviene en el mundo bajo una forma artística.

El hombre que se acomoda a sus pensamientos, que conduce su vida intelectualmente jamás podrá llegar a ser trágico. Aquel que lleva una vida completamente virtuosa tampoco llegará a lo trágico. Solo puede llegar a ello de alguna forma, aquel que se inclina hacia lo demoníaco, es decir, hacia el espíritu. Una personalidad comienza a ser trágica cuando lo demoníaco, bueno o malo, viene a habitarle de algún modo. Pero hoy día vivimos en una época en que el hombre se hace un ser libre y por tanto una criatura demoníaca es un anacronismo. La quinta época postatlante encuentra su sentido en el hecho de que el ser humano debe separarse de lo demoníaco para acceder a la libertad, y desde el momento en que se es libre la posibilidad de lo trágico desaparece. Tomemos los personajes trágicos del pasado, por ejemplo la mayor parte de los personajes de Shakespeare, y tendremos en ellos lo demoníaco interior que conduce a lo trágico. Allí donde el hombre es la manifestación de un espíritu, allí donde lo demoníaco brilla y se revela a través de él, lo trágico es posible. La humanidad libre debe desembarazarse de ello y por tanto debe desaparecer. La humanidad todavía no lo ha logrado y por eso cae en lo demoníaco.

Esta es la gran tarea de nuestra época, es decir, la elevación del hombre, elevándose sobre lo demoníaco hacia la libertad.

Si nos separamos de los demonios interiores, es decir, de los seres que hacen de nosotros personalidades trágicas, no por eso estamos menos apartados de los demonios exteriores, pues en el instante en que ellos entran en relación con el mundo exterior algo de demoníaco se presenta también al hombre de nuestro tiempo. Nuestros pensamientos deben ser cada vez mas libres y cuando ellos llegan a ser fuente de un impulso para la voluntad —tal como lo he expuesto en la “Filosofía de la Libertad”— esta se hace libre. Estos son los dos polos que hacen libre: los pensamientos libres y la voluntad libre. Pero entre los dos se encuentran las realidades humanas que están unidas al Karma. Si lo demoníaco condujo en otro tiempo a lo trágico, la experiencia interior del Karma conducirá precisamente al hombre moderno a lo trágico completamente interior. La tragedia no podrá aflorar mas que cuando los humanos vivan lo que es el karma. Cuanto mas tiempo nos contentemos con pensar, mas podremos ser libres. Cuando revistamos estos pensamientos con palabras, las palabras ya no nos pertenecerán. ¡En que puede convertirse una palabra que yo he pronunciado!. Algún otro la oye, la colorea con otra afectividad, con otras impresiones. La palabra continúa viviendo. Emprendiendo su vuelo entre los hombres se convierte en una potencia, una potencia que el hombre ha engendrado. Esto es su Karma, lo que le pone en relación con el mundo y que puede, por un efecto de rechazo, desembocar sobre él. Lo trágico puede aparecer de la palabra que lleva su existencia propia porque ya no nos pertenece, porque pertenece al genio del lenguaje. Hoy vemos por todas partes gérmenes de situaciones trágicas que engendra el valor excesivo que se atribuye al lenguaje, a las palabras,. Los pueblos se repartían en lenguas diversas, querían separarse en función de las lenguas. Esta es la fuente de algo trágico gigantesco que se fundirá con la Tierra todavía durante este siglo: lo trágico del Karma. Podemos decir que lo trágico de lo demoníaco es algo del pasado, pero es preciso hablar de lo trágico del karma, que es lo trágico del futuro.

El arte es eterno, sus formas varían. Si se considera que él es la fuente de la unión con el espíritu se comprenderá que él permita al hombre que tome lugar en el mundo del espíritu tanto como creador como aficionado. El verdadero artista puede crear un cuadro en lo mas hondo del desierto y poco le importa que los hombres lo contemplen o no, pues él ha creado en el seno de otra comunidad, la comunidad espiritual divina. Los dioses miraran por encima de su hombro, él ha creado en su compañía. Se puede ser artista en la soledad más completa. Por otra parte no se puede serlo sin hacer realmente un lugar en el mundo a su propia creación para que ella pueda vivir allí. Si se olvida esta unión espiritual el arte se transforma y se convierte más o menos en un contra-arte.

No se puede hacer una obra de arte mas que cuando ella tiene un lugar en el mundo. Es de esto de lo que tenían consciencia los artistas del pasado y era por eso que, por ejemplo, adornaban con sus obras las paredes de las iglesias y así sus cuadros se convertían en guías de los fieles. Los artistas sabían que su obra tenía su lugar en la vida terrestre en la medida en que esta vida terrestre está impregnada de espíritu.

No es posible imaginar creación peor que la destinada no a tal fin sino únicamente a una exposición. En el fondo es algo verdaderamente horrible el caminar a través de una exposición de cuadros o esculturas donde las cosas están colocadas unas al lado de las otras sin tener la menor relación entre ellas. La pintura en un principio estaba destinada a las iglesias, después pasó a la pintura en cuadros destinados a las casas, y ya perdió su verdadero sentido. Cuando se pinta un cuadro uno puede representarse, al menos, que mira por una ventana y que lo que se ve se encuentra fuera, pero esto ya apenas existe. Una época que considera las exposiciones como algo posible ha perdido su unión con el arte. Vemos, por tanto, todo lo que debe hacer en el dominio de la cultura espiritual para que reencontremos la vía que conduce a un arte espiritual. Es preciso, por ejemplo, remontar el estadio de la exposición. Algunos artistas sienten malestar ante la idea de una exposición pero vivimos en un tiempo en que el hombre aislado no puede hacer gran cosa si su juicio no está impregnado de una concepción del mundo por el cual se empape de plena libertad. En tiempos pasados en los que la libertad no reinaba las concepciones del mundo impregnaron a los hombres y se crearon verdaderas culturas; hoy no tenemos verdaderas culturas. Debe trabajar una concepción del mundo espiritual y tomar el mayor interés en la edificación de verdaderas culturas y al mismo tiempo la creación de un verdadero arte.

 

Traducción: Mercedes Arnaldes

 

 

GA291c3. Medida, numero y peso. La pintura moderna exige un color sin peso

Rudolf Steiner — Dornach, 29 de julio de 1923

English version

Durante su existencia en la Tierra el ser humano pasa alternativamente por las etapas de consciencia que ya hemos estudiado estos últimos días desde diferentes puntos de vista: el estado de plena vigilia, el de sueño y el de ensueño. En el curso del pequeño ciclo dado a la reunión de delegados me he esforzado en exponer la gran importancia del ensueño. Preguntémonos hoy si es un rasgo esencial de la naturaleza humana el vivir en estos tres estados de consciencia.

Es preciso tener claridad sobre este punto: en el curso de la vida sobre la Tierra solamente el hombre pasa por estos tres estados. El animal conoce una alternancia sensiblemente diferente. El sueño profundo y sin ensueños que es el del hombre durante la mayor parte del tiempo que transcurre entre el dormir y el despertar, el animal no lo conoce, pero tampoco conoce la lucidez perfecta que el hombre experimenta entre la vigilia y el momento en que se duerme. En realidad el estado de vigilia en el animal se parece algo al estado de ensueño en el hombre, pero las experiencias conscientes de los animales superiores son mas precisas, podría decirse que más formadas que los fugaces ensueños del hombre. Por otra parte el animal cuando duerme jamás está tan dormido como el hombre cuando éste duerme profundamente.

Es por esto que el animal no percibe su entorno de igual forma que el hombre pues no tiene, como este último, un mundo exterior y otro interior. Todo su ser interior se confunde con el mundo que le rodea. Cuando el animal ve una planta él no siente que la ve y que él es un ser para ella, él siente intensamente la presencia de la planta mediante una simpatía o una antipatía espontáneas, siente en él, en alguna forma, lo que la planta manifiesta. En nuestros días los humanos apenas pueden observar las cosas que no saltan a la vista y por eso no son capaces de observar, simplemente mirando cómo se comporta un animal, lo que acabo de explicar.

Solo el hombre distingue rigurosamente entre su mundo interior y el mundo exterior. Pero ¿cómo reconoce el mundo exterior?, ¿cómo habla de uno y de otro?. Durante el sueño su Yo y su cuerpo astral se encuentran fuera de sus cuerpos físico y etérico, abandonándolos en alguna forma a su suerte mientras él está en contacto con lo que constituye el mundo exterior. Durante nuestro sueño compartimos la suerte de los objetos exteriores. Las mesas, los bancos, los árboles y las nubes durante la vigilia están en el exterior de nuestros cuerpos físico y etérico y por eso decimos que están en el mundo exterior; durante el sueño nuestro propio cuerpo astral y nuestro Yo forman parte del mundo exterior, y entonces sucede algo.

Para comprender lo que ocurre partamos, en primer lugar, de lo que en realidad se produce cuando, en un estado de vigilia completamente normal, estamos en presencia del mundo. Los objetos nos son exteriores. El pensamiento científico ha llegado poco a poco a no considerar como ciertos mas que los objetos del mundo exterior que se pueden medir, pesar y contar. Como se sabe, el contenido de nuestra física está determinado por el peso, la medida y el número.

Nosotros calculamos efectuando operaciones que sirven para las cosas de la Tierra, pesamos los objetos y los medimos. Lo que determinamos de este modo, es decir, el peso, la medida y el número, constituyen de hecho la realidad física. Nunca diremos de un cuerpo que él es físico si no podemos atestiguar en alguna forma su presencia real con ayuda de la balanza. Pero, por ejemplo, los colores, los sonidos, e incluso las impresiones de calor y de frío, por tanto las impresiones sensoriales propiamente dichas, flotan por encima de lo que es peso medida y número. De ellas dice el físico que son algo que pasa en el exterior y por tanto también pueden ser contadas y medidas. Del fenómeno de los colores él dice que en el exterior hay ondas en movimiento que hacen una impresión sobre el hombre; a esta impresión el hombre le llama color cuando la recibe el ojo y sonido cuando la recibe el oído. En realidad se podría decir que el físico no sabe qué hacer con todas estas cosas como color, sonido, calor, frío. Para él el color es en alguna forma inherente a los objetos físicos, el sonido surge de ellos y lo mismo el calor o el frío.

Pero cuando el hombre está dormido todo es distinto para su cuerpo astral y su Yo. Allí no existen las cosas que tienen peso, medida y número en el sentido terrestre, todo esto desaparece. Por extraño que parezca, cuando dormimos no tenemos a nuestro alrededor cosas que se puedan enumerar y pesar, por tanto el Yo y el cuerpo astral no pueden servirse de instrumentos de medida.

Pero lo que sí están presentes son las impresiones sensoriales flotando y vibrando libremente, pero el hombre, en la actual fase de su evolución, no tiene la facultad de percibir el rojo planeando libremente o las ondas del sonido vibrando. Cuando deambulamos por nuestro mundo físico y vemos un objeto lo tomamos y es en este momento cuando para nosotros es un objeto, si no, podría ser una ilusión óptica; necesitamos percibir el peso. Por eso cuando aparece algo físicamente y da la impresión de no tener peso, como los colores del arco iris, uno se inclina a considerarlo como una ilusión óptica.

La gota de agua está considerada como verdaderamente real, entonces uno se pone a trazar líneas dentro de ella, y sin ninguna relación con ella, se las imagina atravesando el espacio y las llama rayos, y después se dice que el ojo proyecta estas líneas en el espacio. Este fenómeno de proyección se emplea hoy día de muy diversas maneras. Yo vuelvo de nuevo a mi idea. Vemos un objeto rojo y para convencernos de que no es una ilusión óptica le levantamos; pesa, lo que nos prueba que es real.

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El hombre que puede permanecer consciente en su Yo y en su cuerpo astral fuera de los cuerpos físico y etérico termina por darse cuenta que hay una realidad en los colores y los sonidos que planean libremente, pero es una realidad de naturaleza muy distinta. Estos colores flotando libremente tienen tendencia a alejarse hacia los confines del mundo, tiene una pesantez inversa. Los objetos terrestres quieren descender hasta el centro de la Tierra, los otros quieren flotar libremente en el espacio cósmico.

Allí hay algo también que se asemeja a una medida. Este efecto se percibe, por ejemplo, en una pequeña nube roja, podríamos decir, rodeada de una amplia franja amarilla. Entonces se mide, pero con un metro, se mide cualitativamente comparando el color más vivo, el rojo, con el amarillo que es menos vivo. Lo mismo que con el metro decimos: aquí hay 5 metros, el rojo nos dice: si me extiendo podría ocupar cinco veces el amarillo; debo extenderme, dilatarme y me convertiré también en amarillo. He aquí como se hacen las medidas en este dominio.

Es todavía más difícil cómo es posible contar aquí porque sobre la Tierra contamos generalmente pequeñas cosas dispuestas indiferentemente. Nosotros tenemos siempre el sentimiento que si de uno pasamos a dos, a este uno le es completamente indiferente que haya un dos a su lado. En la vida humana ocurre de otra forma y a veces el uno tiene necesidad del dos. Pero esto toca ya algo espiritual. En materia de matemática física propiamente dicha le es completamente indiferente lo que viene a unirse a los números. Pero no es este el caso.

Cuando en alguna parte un uno es de una determinada especie, esto exige, podríamos decir tres o cuatro números distintos en función de su naturaleza. Siempre hay una relación interna con los otros números pues aquí el número es una realidad interna en sí. Cuando la consciencia se desarrolla en lo que existe en el mundo donde se haya con el Yo y el cuerpo astral, se llega a determinar algo como una medida, un número y un peso, pero de valor inverso.

A continuación, cuando la vista y el oído transmiten algo distinto a una mezcla de rojo y amarillo, o de sonidos, cuando se empieza a sentir el orden que preside las cosas, la percepción se abre a las entidades espirituales que, por estas impresiones sensoriales, se manifiestan flotando libremente.

En ese momento se entra en el mundo espiritual positivo, en la vida y la actividad de las entidades espirituales. Del mismo modo que aquí sobre la Tierra penetramos en la vida y en la actividad de las cosas terrestres definiéndolas con la ayuda de un instrumento de cálculo o medida, de igual forma llegamos a captar la naturaleza de las entidades espirituales asimilando lo que es la pesantez únicamente cualitativa, que consiste en dilatarse y es contraria a la pesantez terrestre, con ligereza en el espacio cósmico. Tales entidades espirituales están presentes también en todo lo que se encuentra en los reinos naturales.

En el estado de consciencia de vigilia no ve más que el aspecto exterior de los minerales, de las plantas y los animales, pero cuando duerme está en compañía del espíritu que vive en todas estas criaturas. Cuando se despierta descienden de nuevo su Yo y su cuerpo astral, los cuales, en alguna forma tienden a permanecer en afinidad con las cosas de su alrededor y le incitan a reconocer el mundo exterior. Si él no estuviera constituido para dormir no reconocería la existencia del mundo exterior. No importa que el hombre sufra de insomnio, pues yo no digo “cuando el hombre no duerme” sino que digo “si el hombre no estuviera hecho de forma que pudiera dormir”; esto es lo que importa. El ser humano enferma al tener insomnio porque esto no corresponde a su naturaleza. Precisamente porque durante el sueño él permanece en lo que es el mundo exterior, en lo que estando despierto él llama su mundo exterior, puede hacerse una idea concreta de este mundo.

Gracias a esta relación del hombre con el sueño nace en él el concepto terrestre de la verdad. ¿Cómo ocurre esto?. Hablamos de verdad cuando podemos evocar en nosotros un objeto correctamente, un hecho exterior cuando lo revivimos interiormente tal como él era. Pero para ser capaces de ello tenemos necesidad del sueño. Si no existiera el sueño no tendríamos ni idea de lo que es la verdad. Para poder participar de la verdad de las cosas es preciso que vivamos con ellas un cierto tiempo. Si durante el sueño las cosas nos dicen lo que ellas son, nuestra alma permanece entre ellas.

En el ensueño ocurre algo distinto. Como ya lo expuse en el pequeño ciclo de conferencias dadas durante la reunión de los delegados, el ensueño está emparentado con el recuerdo, con la vida psíquica interior, con lo que, sobre todo, vive en el recuerdo. Cuando el ensueño nos presenta un mundo de colores y de sonidos flotando libremente nosotros nos hallamos todavía medio fuera de nuestro cuerpo. Si nos sumergimos por completo en él las fuerzas que desplegamos en la vida ondulante del ensueño se transforman en fuerzas de recuerdo; no distinguimos de igual forma el mundo exterior. Nuestra vida interior se confunde con él; vivimos tan intensamente con nuestras simpatías y antipatías en el mundo exterior que no experimentamos las cosas como simpáticas o antipáticas sino que las propias simpatías o antipatías nos aparecen bajo forma de imágenes.

Si no tuviéramos posibilidad de soñar y esta facultad de ensueño no se prolongase hasta nuestra vida interior, nosotros no conoceríamos la belleza; somos capaces de percibirla porque podemos soñar. Si nos colocamos en la perspectiva del aspecto prosaico de la existencia nos podemos decir que el poder de recordar lo debemos a la fuerza del ensueño, y en la perspectiva de la vida artística le debemos el poder sentir la belleza. El estado de ensueño está, por tanto, en relación con la belleza,. La actividad por la que sentimos y creamos la belleza está muy próxima a la fuerza que actúa en el ensueño.

Al sentir interiormente la belleza y al crear lo que es bello con ayuda de nuestro cuerpo físico tenemos un comportamiento análogo al del ensueño, pero en él estamos fuera de nuestro cuerpo físico, o medio unido a él. Entre vivir en el ensueño y vivir la belleza apenas hay que dar un ligero paso. Debido a nuestra época de materialismo los humanos son tan poco sutiles que no observan este paso y por tanto tiene tan poca consciencia de qué es lo bello. Es preciso abandonarse al ensueño para sentir esta vida vibrante.

Los hombres reflexionaron durante mucho tiempo en lo que en otros tiempos se llamaba el “caos” y le dieron las definiciones más diversas. En realidad para caracterizar el caos es preciso decirse que, cuando se accede a un estado de consciencia en el que se cesa de sentir la pesantez y la moderación terrestre y las cosas comienzan a perder su peso sin dispersarse todavía en el universo manteniéndose todavía en el horizonte en posición de equilibrio, cuando se borran los contornos precisos, cuando todavía se percibe el mundo con el cuerpo físico pero ya con la actividad psíquica del ensueño, móvil pero indefinido, es el caos lo que se percibe. El ensueño no es más que aproximación ilusoria del caos presentándose al hombre.

En Grecia todavía se sentía que no se puede hacer que el mundo físico sea bello pues es lo que la naturaleza le impone; él es como es. No se puede hacer bello lo que es caótico. Cuando el caos se transforma en Cosmos nace la belleza, por eso “Caos” y “Cosmos” son conceptos intercambiables. No se puede constituir el Cosmos es decir, “el mundo bello” a partir de las cosas terrestres sino únicamente a partir del caos, dándole forma. Lo que se hace con las cosas de la Tierra no es mas que una imitación material del caos habiendo tomado forma.

Así es también para el arte. En Grecia se tenía una noción muy viva de esta relación entre el “Caos” y el “Cosmos” y la cultura surgida de los Misterios tenía todavía una cierta influencia.

Pero recorriendo estos mundos, aquel en que el ser humano está inconsciente, el del sueño y aquel en que el ser humano está medio consciente, es decir, el ensueño jamas se encuentra el bien. Las entidades que habitan estos mundos están determinadas por la sabiduría desde el comienzo de su existencia. En ellas se encuentra una sabiduría soberana, actuante, en ellas se encuentra la belleza. Pero cuando los seres humanos acceden hasta ellas, cuando aprenden a conocerlas, hablar de bondad no tiene ningún sentido. No podemos hablar de bondad mas que cuando existe un mundo interior distinto del mundo exterior y cuando el bien pueda conformarse al mundo espiritual, o no pueda hacerlo.

Lo mismo que el sueño está unido a la verdad y el ensueño a la belleza, el estado de vigilia lo está a la bondad, al bien.

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Todo esto no está en contradicción con lo que dije días pasados: cuando se abandona el mundo terrestre y se llega al Cosmos también es preciso abandonar los conceptos terrestres para poder hablar de un orden moral del mundo. El orden moral del mundo, en la realidad espiritual, está tan determinado, tan necesariamente previsto como lo están en la Tierra los encadenamientos de la causalidad. Únicamente, en lo espiritual, la naturaleza de lo que está determinado es una predeterminación. Por lo tanto no hay contradicción.

En lo que concierne a la naturaleza humana es preciso ver claramente que para adquirir la idea de la verdad tenemos que volvernos hacia el sueño, para la idea de la belleza hacia el ensueño y para la idea de la bondad hacia el estado de vigilia. Cuando está despierto, el hombre, por su organismo físico y etérico, no está destinado a ser verdad sino a ser bueno, por tanto debemos hacernos una idea de los que es la bondad.

Yo pregunto: ¿a qué aspira la ciencia moderna cuando quiere explicar el hombre?. Cuando explica el hombre despierto ella no quiere elevarse de la verdad a la belleza y después a la bondad, ella quiere explicar todo por la necesidad exterior de una causalidad, la cual pone de relieve solamente la verdad. No se llega así a lo que sucede y actúa en el hombre despierto, se accede todo lo mas al hombre dormido. Si leemos a los antropólogos modernos con una atención que perciba las características del alma y las fuerzas del mundo, tendremos la impresión siguiente: todo lo que la ciencia moderna nos cuenta sobre el ser humano es muy hermoso. Pero ¿qué hace en verdad este hombre del que ella nos habla?. Está acostado en su cama, no puede caminar ni moverse, por ejemplo, pues no se nos explica en absoluto el movimiento. El hombre que la ciencia explica es un ser constantemente acostado; no nos explica más que el hombre dormido. Para ponerlo en movimiento sería preciso un mecanismo, por eso la ciencia es la exposición de un mecanismo. Para que este ser humano dormido, este gran saco, se eleve, es necesario introducirle una máquina que lo ponga en movimiento y por la noche lo vuelva a la cama.

Esta ciencia no nos dice nada respecto a que es ese hombre que se desplaza, que actúa y vive, que está despierto. Lo que le pone en movimiento está en relación con el bien y no con la verdad que adquirimos por los objetos exteriores. Esto es algo sobre lo que apenas se reflexiona. Cuando la fisiología o la anatomía de hoy describen al ser humano se tiene el sentimiento de decirles que despierten pues están dormidos. Bajo la influencia de esta concepción del mundo las gentes se habitúan a dormir. Con frecuencia he dicho que los humanos no ven muchas cosas porque están dormidos, es decir, están poseídos por la ciencia. Debido a que la prensa corriente vulgariza todo esto, hoy día el hombre menos cultivado está ya poseído por la ciencia; jamás ha habido tantas gentes como hoy poseídos por la ciencia. Verdaderamente es preciso hablar de una forma extraña cuando se quiere describir lo que realmente es vida de nuestra época; se preciso usar un lenguaje completamente distinto del que corrientemente se emplea en la actualidad.

Lo mismo ocurre cuando los materialistas describen al ser humano y sus relaciones con su entorno. En el momento en que el materialismo estaba en su apogeo se escribieron libros en los que, por ejemplo en uno de ellos, se leía lo siguiente: “En realidad el hombre no es nada; es un producto del oxígeno del aire y de la temperatura que en él vive; él es realidad —y es en estos términos patéticos como termina la descripción materialista— lo que de él hace cada movimiento del aire.

Si se estudia semejante texto y uno se representa al hombre de acuerdo con esta descripción se descubre que se trata de un neurasténico en estado grave. Los materialistas jamás han descrito otros tipos de hombres, y no se dan cuenta de que en realidad lo que describen es el hombre dormido. Jamás la ciencia moderna ha podido aprehender lo que es un hombre viviente.

La gran tarea que se ofrece cumplir a los seres humanos es, sobrepasando el estadio de la época presente, acceder a los únicos niveles donde se podrá proseguir la historia del mundo. De ahí la necesidad que tenemos de penetrar en los campos de la espiritualidad. Es preciso que se descubra el polo correspondiente a lo que ha sido adquirido. Pero ¿a qué se está abocado debido al caminar que ha seguido la concepción materialista del mundo en el glorioso siglo XIX?.

Es preciso decir sincera y honestamente que se ha logrado determinar al mundo terrestre, al mundo exterior, por la medida, el número y el peso. En este dominio los siglos XIX y XX han cumplido una obra grandiosa y poderosa, pero las impresiones sensoriales, los colores y los sonidos flotan en lo indeterminado. Los físicos han cesado por completo de hablar de colores y sonidos, hablan de vibraciones del aire en el éter, que no son ciertamente colores y sonidos. El aire en vibración es, todo lo más el medio por el cual nos son transmitidos los sonidos, y no se capta en absoluto lo que son las cualidades percibidas por los sentidos. Es preciso que todo esto vuelva de nuevo.

Ahora la teoría de la relatividad viene a introducir en todo lo que se deja medir, pesar y numerar; el considerable desorden que ayer les describí, por el cual todo se deshace, todo se disgrega. Finalmente esta teoría de la relatividad choca con unos límites mas allá de los cuales ella fracasa. Uno se libera de ello no refutando sus conceptos sino remitiéndose a la realidad. Lo que se deja medir, numerar y pesar entra a través de la medida, del número y del peso en relaciones bien determinadas con la realidad exterior percibida por los sentidos.

En una ocasión, en Stuttgart, un equipo de físicos se extrañó por la forma como los antropósofos comentaban la teoría de la relatividad. En el curso de la discusión se realizó una experiencia simple: en realidad, dijeron ellos, da lo mismo frotar la cerilla en la caja de cerillas y ella se enciende, o bien sujetar la cerilla y frotarla con la caja y también se enciende. Esto es relativo.

Cierto, aquí es esto todavía relativo, pero dentro del marco de un espacio newtoniano o de un espacio euclidiano. Pero desde el momento en que es preciso considerar esta realidad que se manifiesta bajo forma de pesantez, de peso, la cosa no es tan fácil como Einstein se la representa, pues allí se crean relaciones reales. Realmente es preciso hablar aquí en sentido contrario. La relatividad puede ser considerada como válida a condición de que uno confunda la realidad con el aspecto matemático, geométrico y mecánico de las cosas, pero cuando se aborda la verdadera realidad ella ya no es válida. Finalmente, que nosotros comamos el asado de ternera o que el asado de ternera nos coma, no es en absoluto relativo. Esta vuelta puede practicarse con una caja de cerillas, pero el asado de ternera es preciso comerlo y no dejarse comer por él. Hay cosas que imponen límites al concepto de relatividad. Cuando se difunde esto se oye decir que en todo esto no hay la menor comprensión para esta tan seria teoría.

Es preciso ver que si se considera el peso —por consiguiente lo que constituye los cuerpos físicos— los colores los sonidos, etc… ya no encuentran lugar en la realidad. En esta orientación se nos escapa algo extremadamente importante, a saber, el elemento del Arte. Cuanto más nos introducimos en la realidad más nos abandona el Arte. Nadie puede encontrar hoy día una onza de arte en lo que describen los libros de física. Cuando todavía se posee algún sentido de la belleza el estudio de un libro de física resulta algo horrible. El arte escapa del ser humano precisamente por el hecho de que todo lo que constituye la belleza, es decir el color, el sonido, todo esto es proscrito y no se admite a menos que esté afectado de un peso. Cuanto más se convierten en físicos los humanos más se alejan del arte. Pensemos en esto: tenemos una ciencia física grandiosa, y no tenemos necesidad de los reproches de nuestros adversarios para admitirlo; pero la física vive renegando del arte pues frente al mundo ella practica un método tal que el artista se aleja por completo del físico.

Dudo que, por ejemplo, un músico se sienta atraído en la actualidad hacia un gran premio por el estudio de teorías físicas sobre la acústica; ellas le molestan, no le interesan. El pintor no estudiará la espantosa teoría de los colores propuesta por la física; por regla general cuando él se preocupa por los colores se vuelve todavía hacia la teoría de los colores de Goethe. Todo esto es falso según la opinión de los físicos, aunque no dándole mucha importancia dicen que no es demasiado importante que el pintor disponga de una teoría de los colores justa o falsa. Por tanto el arte debe perecer bajo la actual concepción del mundo que no ve mas que una realidad física. Preguntémonos ahora por qué en el pasado había un arte.

Remontándonos a un pasado muy lejano, cuando los humanos estaban todavía dotados de una clarividencia espontánea, apenas reparaban en la medida, el peso y el número de los objetos terrestres; se consagraban más a los colores y a los sonidos de las cosas.

Pensemos que la química no tiene en cuenta el peso de los cuerpos mas que a partir de Lavoisier, es decir, poco más de cien años. Solamente a final del siglo XVIII se tiene en cuenta el peso como elemento de una concepción del mundo. Los hombres del pasado no tenían consciencia de que era preciso determinar todo en función de medidas, peso y números terrestres. Con toda su sensibilidad estaban dedicados a los colores que recubren el mundo y a la vida ondulante de los sonidos, no a las vibraciones del aire sino a las ondas sonoras y vibrantes en el seno de las cuales se vivía, viviendo también en el mundo físico.

¿De qué disponía en este modo de percepción sensible liberado de la pesantez?. Al abordar a un ser humano se podía ver en él, por ejemplo, no lo que se ve en la actualidad sino el fruto del universo entero. En el hombre confluían todas las fuerzas del Cosmos, él era más bien un microcosmos y no la actual criatura encerrada en su piel y de pie en su rincón del mundo. Uno se imaginaba al ser humano mucho más como una imagen del mundo. Los colores afluían de todos lados y le coloreaban también. La armonía universal estaba allí y ella impregnaba al hombre de sus sonoridades y le estructuraba.

La humanidad moderna apenas puede comprender el lenguaje que los antiguos instructores de los Misterios empleaban con sus alumnos. cuando hoy día un hombre quiere explicar el corazón toma un embrión, observa cómo se dilatan los vasos sanguíneos, como forman un tubo y como, progresivamente, aparece el corazón. No es esto lo que los antiguos Guías hubieran dicho a sus alumnos, sino que destacaban algo muy distinto y que era de suma importancia. Ellos decían: el corazón humano está producido por el oro que vive por todo en la luz, que afluye de los confines del universo y en realidad da forma al corazón humano. Ellos se representaban la luz recorriendo el universo, la luz que lleva el oro; el oro actúa y vive en la luz. En la vida terrestre el corazón del hombre, que como es sabido renueva su existencia al cabo de siete años, no está hecho de lo que ha comido durante ese tiempo; los alimentos no sirven mas que para estimular el oro del universo activo en la luz y que construye el corazón.

Las gentes hablaban de otra forma y nosotros debemos reaprender a hablar como ellos pero a otro nivel de consciencia. En el dominio de la pintura, por ejemplo, se creaba a partir del universo -—cosa que ha desaparecido-— pues entonces todavía no se estaba tan hundido en la pesantez. Un último vestigio se encuentra todavía, por ejemplo, en Cimabue, hoy sobre todo el arte ruso de los iconos. El icono está creado todavía bajo la inspiración del macrocosmos, del mundo exterior; él es en alguna forma un fragmento del microcosmos. Pero llegó un día en que esto no se pudo continuar porque esta visión del mundo había desaparecido. Si se hubiera querido pintar un icono no solamente observando la tradición y dejándose guiar por la fe, sino con un alma activa hubiera sido necesario saber cómo manejar el oro. La forma de utilizar el oro sobre un cuadro fue uno de los mayores secretos de la pintura de otros tiempos. Hacer salir la forma humana sobre un fondo de oro era lo que sabían hacer los pintores del pasado.

Entre Cimabue y Giotto hay un inmenso abismo; éste emprendió lo que Rafael llevó a continuación a muy buen término y alto nivel. Cimabue siguió todavía la tradición, pero Giotto está ya en la vía del naturalismo pues se dio cuenta que la tradición ya no estaba viva en las almas. La unión con el Cosmos estaba rota, en lo sucesivo era preciso acoger al hombre físico. Ya no era posible pintar inspirándose en el oro, era preciso inspirarse en la carne.

 

giotto

Las cosas han llegado tan lejos en esta vía que finalmente la pintura llegó a lo que frecuentemente se ha visto en el siglo XIX. Los iconos no tienen peso, nos llegan del Universo como copos de nieve. Hoy día ya no se les puede pintar pero si se pudiera hacerlo de la misma forma que antaño, no tendrían peso.

Giotto fue el primero en pintar las cosas que tenían un peso. Desde entonces todo lo que se pinta tiene un peso, incluso sobre la tela; ésta se cubre de colores que, con lo que está representado, tienen la relación que enseñan los físicos, es decir, el color aparece en la superficie a causa de alguna vibración. Y para terminar, el arte ha tenido en cuenta el peso. Giotto comenzó de una forma estética- artística que Rafael llevó a continuación a la perfección.

Si bien puede decirse que el Universo se borró en el hombre y que ahora ya no se puede ver mas que al hombre que tiene peso, la forma de sentir se conserva todavía y la carne, aunque pesa, se hace lo menos pesada posible. Es así como nació la Madonna en oposición con el icono que no tiene peso mientras que la Madonna, por muy bella que sea sí que lo tiene. La belleza, por tanto, se conservó. Es falso creer, como se dice hoy día, que los hombres tienen un verdadero sentimiento interior de lo que es el icono, por eso el arte de los iconos está mancillado con una especie de falso sentimentalismo.

El arte de Rafael, edificado sobre lo que Giotto hizo de la obra de Cimabue, permanecerá válido mientras brille sobre él el esplendor de la belleza de otros tiempos. Los pintores luminosos del Renacimiento pudieron sentir todavía el oro viviente en la luz y pudieron dar a sus cuadros el esplendor que él repartía sobre las cosas.

Después desapareció todo esto y nació el naturalismo. En el dominio del arte la humanidad de hoy día está sentada entre dos sillas, entre el icono y la Madonna, y se halla obligada a partir hacia el descubrimiento del color puro y viviente y del sonido puro y viviente con su peso negativo y sus cualidades inversas de la dimensión y del número. Necesitamos aprender a pintar a partir del color. Por primitivas y torpes que sean nuestras tentativas en este dominio, tenemos el deber de pintar a partir del color, de vivir lo que él es liberado de pesantez. Es preciso poder progresar conscientemente.

Al mirar lo que con toda simplicidad hemos intentado con nuestras pinturas veremos que no es mas que un comienzo, pero ya hemos empezado a liberar a los colores de su pesantez, a vivir el color como un principio llevándose a sí mismo, a hacerle hablar. Si llegamos a eso crearemos, frente a una concepción del mundo privada de arte, un nuevo arte utilizando el elemento libre del color y del sonido, libre de toda pesantez.

Nosotros también estamos sentados entre dos sillas, entre el Icono y la Madonna, pero debemos levantarnos. La ciencia física no nos será aquí de ninguna ayuda. Ya he dicho que el ser humano, tal como lo ve la ciencia, debe permanecer siempre acostado. Es preciso que nos levantemos y para ello tenemos necesidad de una verdadera Ciencia del Espíritu. Ella contiene el elemento de vida que nos eleva del dominio de la pesantez al color sin peso, a la realidad del color. Lo vemos en todos los dominios, es preciso que la humanidad despierte. Deberíamos abrirnos a este impulso del despertar y de llevar nuestra mirada alrededor para ver lo que es y lo que no es y percibir en todo una llamada a ir hacia adelante. Quiero terminar con las consideraciones que acabo de exponer. Son cosas que afectan al nervio de nuestra época. Por otra parte es necesario evocar en el seno de nuestro movimiento la otra actitud tal como he tratado de esbozarla.

He descrito como ha venido a confirmarse la filosofía moderna, pero ¿a qué conduce todo este intelectualismo?. A construir una gigantesca máquina que se sitúa en el centro de la Tierra para, a partir de allí hacer saltar todo y dispersarlo hacia los cuatro extremos del universo. He aquí lo que nuestra filosofía se confirma a sí misma. Pero esto es lo que no hacen las otras.

Mostrándoles ayer como, por ejemplo, los conceptos que eran válidos hace 30 ó 40 años han sido reducidos a la nada hoy día por la teoría de la relatividad, he tratado de mostrar cómo los hombres son invitados a orientarse hacia la Antroposofía. He aquí lo que dice el filósofo Edouard von Hartmann: “Si el mundo es tal como nosotros nos lo debemos representar —es decir, en el espíritu del siglo XIX— y no pudiendo continuar viviendo en él, debemos en realidad hacerlo saltar; se trata únicamente de saber si somos capaces. Es preciso llamar con toda nuestra voluntad al tiempo en que seremos capaces de hacer saltar el mundo”.

Ante los relativistas harán todo lo necesario para que los humanos sean liberados de los conceptos. Espacio, tiempo, movimiento, todo será reducido a la nada y los humanos conducidos a una desesperación tal que esta hipótesis de la destrucción del mundo esparciéndose a continuación por el universo les parecerá como la más satisfactoria. Por eso es preciso tener un conocimiento claro de ciertos impulsos que son los de nuestra época.

 

Traducción: Mercedes Arnaldes

 

 

 

GA275c5. La experiencia moral del mundo del color y del sonido prepara para la creación artística

Del ciclo GA275. El arte visto a la luz de la sabiduría de los Misterios

Rudolf Steiner — Dornach, 1 de enero de 1915

English version

Todas las cosas, todo lo hecho en el mundo y también todo comportamiento del ser humano tiene dos aspectos que constituyen una polaridad.

Ayer llamé la atención de Vds. sobre el hecho de que una comprensión sensitiva de nuestra concepción espiritual del mundo debe hacer penetrar en el alma humana la veneración y la devoción total frente al mundo espiritual. Otro aspecto de este comportamiento lleno de veneración y abnegación es el trabajo enérgico emprendido en el propio ser interior, la captación vigorosa de los factores de evolución de la propia alma, la vigilancia que permita siempre utilizar las experiencias interiores por las cuales aprendemos en la vida alguna cosa, para que nuestras fuerzas interiores progresen, para que escapemos al peligro de perdernos a nosotros mismos y para que cualquier cosa que ocurra en la vida a nuestro alrededor nos sea fácilmente comprensible. A fin de que tengamos la posibilidad de guardarnos, de adquirir la fuerza para comprender lo que puede parecernos incomprensible de los elementos exteriores que nos afectan, a fin de que podamos orientar el desarrollo de nuestra alma respecto a las cosas y que así el alma adquiera la justa comprensión del universo. He aquí lo que a título de saludo del Año Nuevo querría decir al principio de este año. La luna llena que brilla ante nuestros ojos en esta noche del Nuevo Año es el símbolo de este llamamiento. Si no fuera así, si comenzásemos el año con Luna Nueva yo hubiera actuado evocando estos recuerdos ante Vds. en sentido inverso; hubiera cerrado ayer el año con el recuerdo de la fuerza de evolución interior y hoy hubiera seguido con el recuerdo de la veneración.

Que semejante símbolo, cuyo brillo nos viene del macrocosmos, sea tenido verdaderamente en consideración, he aquí lo que debe ser considerado cada vez más como algo muy importante. Si en el transcurso del año tenemos momentos de tranquilidad dejaremos actuar sobre nosotros este signo pensando que este año puede ser particularmente importante para reflexionar, en primer lugar, en lo que la fuerza de veneración puede hacer en nosotros, y a continuación en lo que la fuerza que mantiene nuestra energía interior debe hacer de nosotros.

El orden en que los mencionamos nos es dado este año por la escritura de las estrellas y el mundo llegará a admitir poco a poco que el leer en las estrellas tiene importancia para el hombre. Trataremos de discernir en estos hechos aislados la gran ley de la existencia humana y a reencontrar el acuerdo que existe entre el macrocosmos y el microcosmos. En estos días el macrocosmos se nos expresa por esta fase de la luna llena de una forma completamente primitiva; nosotros encontramos en nuestro microcosmos la armonía con este macrocosmos si nos comportamos en consecuencia a lo largo del curso de este año, año que nace en medio de acontecimientos tan dolorosos.

La tonalidad fundamental que resuena a través de lo expuesto en estos días la encontraremos en el hecho de que con relación a las cosas más importantes, a las cuales en nuestro estudio hemos dado todo su valor vivimos en período de transición, en alguna forma en tiempos de esperanza, en tiempos en que debe crecer en nosotros el presentimiento de lo que debe llegar a la Tierra por la evolución, del cambio que hay que hacer para que de una concepción materialista del mundo se llegue a una concepción espiritual. Pero todo esto no podrá cumplirse plenamente si esta vuelta no es suficientemente amplia para englobar todos los dominios de la vida, y de modo especial el espiritual.

Ya hemos podido discernir por muchas de las cosas expuestas que la comprensión del mundo por el sentimiento, y no sólo por la inteligencia, tal como la propone la Ciencia Espiritual debe tener también como consecuencia una orientación completamente nueva de la creación artística, del placer artístico y que las fuerzas que nos son dadas por la Ciencia Espiritual nos son dadas también por una comprensión artística del mundo. Precisamente hemos tratado de explicar por nuestro edificio una especie de impulso, esbozando así al menos una pequeña parte de los impulsos de la Ciencia Espiritual que pueden animar la creación de las fuerzas artísticas.

Si profundizamos por completo en los sentimientos e impresiones que pueden nacer en nosotros ante nuestra concepción del mundo espiritual, podemos prever un tiempo en que el camino que conduce al arte será, para bien de todos, algo muy distinto a lo que fue en una época ahora pasada; estará mucho más animado de vida; los instrumentos de la creación artística serán vividos mucho más intensamente por el alma humana que lo fueron en el pasado; color y sonido serán vividos por el alma mucho mas íntimamente, en alguna forma como realidades morales, espirituales; en las obras de los artistas nos aparecerán, en alguna manera, los trazos de lo que viven las almas de los artistas en el Cosmos.

En la época que se acaba el artista creador y el aficionado se dedican únicamente a una especie de contemplación exterior y no apelan mas que a lo que viene del exterior; cada vez más se atienen a la naturaleza y al modelo. Lejos de nuestro pensamiento está el preconizar con rigidez un arte del futuro que se aleje de la naturaleza y que abandone la realidad exterior; lo que queremos evocar es una unión más intensa todavía con el mundo exterior, una unión tan profunda que no se limite a la impresión exterior que deja el color, el sonido y la forma. Esta unión englobará también lo que se puede vivir interiormente detrás del sonido, del color y de las formas, lo que se manifiesta a través del color, del sonido y de las formas.

Bajo este punto de vista las almas humanas harán en el porvenir descubrimientos ricos en sensaciones. Ellas unirán su ser moral y espiritual con lo que puede aportarnos la apariencia percibida por los sentidos. Se puede prever una profundización infinita del alma humana en este dominio. Tomemos como base un hecho aislado; el caso en el que nosotros llevamos nuestra mirada sobre una superficie coloreada brillantemente por un rojo bermellón; supongamos, por otra parte, que nos olvidamos de todo lo que se encuentra a nuestro alrededor al concentrarnos enteramente sobre la impresión que nos hace este color; él se convierte entonces en algo más que una cosa presente ante nosotros y que actúa sobre nosotros, se convierte en algo en lo que nosotros mismos estamos presentes, con lo que nos unimos. En ese momento, y en alguna forma, tendríamos esta impresión: en este mundo te has convertido por completo en color; tu alma, tu ser más profundo se ha hecho color; mientras estés en este mundo serás un alma habitada por el rojo, tú vivirás en el rojo, con el rojo y por el rojo. No se podrá vivir esto intensamente en el alma sin sentir transformarse esta impresión en una experiencia moral.

Cuando se recorre así el mundo sintiéndose identificado con el rojo, cuando la propia alma parece ser roja y también el mundo no se puede evitar sentir que al mismo tiempo este mundo rojo nos impregna de la sustancia de la cólera divina enviando a todas las partes sus rayos, hacia todo lo que en nosotros es posibilidad de mal y de pecado. En este espacio infinito y rojo nos sentimos como ante el tribunal de Dios y nuestra alma, nuestra sensibilidad moral, se extiende por todo el espacio infinito. Cuando a continuación viene la reacción, cuando algo emerge de nuestra alma mientras nos sentimos viviendo en este rojo infinito, lo único que existe es un sentimiento que podría expresarse con estas palabras: se aprende a rezar. Cuando en el rojo se puede sentir la irradiación de la cólera divina ante todas las posibilidades de mal que puede encubrir el alma humana, cuando en el rojo se puede sentir cómo se aprende a rezar, es que entonces la experiencia interior del rojo ha profundizado infinitamente. En ese momento podemos sentir también de qué modo el rojo puede tomar lugar en el espacio engendrando formas.

Si comprendemos cómo sentir interiormente lo que es un ser que irradia bondad, un ser lleno de bondad divina, de misericordia divina, un ser que queremos sentir presente en el espacio, entonces sentimos la necesidad de, a partir del color, dar forma a esta misericordia divina, a esta bondad de Dios, cuya presencia sentimos en el espacio; sentimos la necesidad de hacer rebrotar el espacio a fin de que la bondad y la misericordia brillen. Antes de que ella fuese todo estaba concentrado en el centro; ahora esta bondad, esta misericordia se hacen lugar en el espacio y como nubes que se dispersan ella hace retroceder a este espacio para que le ceda lugar; entonces sentimos que debemos pintar un rojo que se evade. A continuación tendremos este sentimiento: aquí en medio diseñaremos ligeramente una especie de malva rosa irradiando hacia el rojo que se dispersa.

Estaremos presentes con toda nuestra alma en esta actividad del color tomando forma; sentiremos con toda nuestra alma algo de lo que experimentaron los seres que están particularmente ligados al devenir de nuestra Tierra, aunque al estar ellos elevados al nivel de los Elohim han aprendido a crear el mundo de las formas a partir de los colores. Aprenderemos a sentir algo de la fuerza creadora de los Espíritus de la Forma, que para nosotros son los Elohim, y aprenderemos también un poco como, de alguna manera, la superficie coloreada deviene en algo que debemos sobrepasar porque con el color penetramos en el Universo. Cuando se produce tal evolución tan intensamente deseada, puede nacer un sentimiento como el que vive en Strader en el momento en que al ver el retrato de Capesius dice: “Esta tela quisiera traspasarla…” (R. Steiner: “El Portal de la Iniciación”, cuadro 8º).

Al tomar uno de estos Dramas-Misterio se vera que él ha tratado de dar a esta experiencia una forma artística, lo mismo que se presenta ante nosotros cuando nuestra alma se esfuerza por ser acogida por las formas cósmicas, cuando por el sentimiento va acompañada de lo que sienten los Espíritus del Cosmos. Esto fue, verdaderamente, el origen de todo arte; pero fue preciso que viniera la época del materialismo y que apareciese este arte del pasado con su matiz dado por lo divino en el cual lo espiritual se revela como un elemento interior que transparenta a través de la materia; a continuación se transforma en un arte falso que en lo esencial es el de la época del materialismo, un arte incapaz de crear, que no puede mas que reproducir. Este es el signo de todo arte menor, de todo pseudo arte; no puede mas que reproducir, tiene necesidad de temas que pueda imitar y no puede crear a la vez, con actividad espontánea el contenido y la forma.

Tomemos ahora otro caso. Supongamos que en una superficie mas bien naranja hacemos lo que acabamos de hacer con la superficie roja, entonces pasaremos por otras experiencias. Al introducirnos en este naranja experimentamos la impresión de ir hacia el encuentro de la cólera divina; sentiremos, todo lo más, lo que de allí viene hacia nosotros, y en débil medida el carácter de gravedad de la cólera; sentiremos que se nos comunica que no quiere únicamente castigar, sino que nos quiere armar de fuerza interior.

Si seguimos con nuestro ser unido a esta superficie naranja, a cada paso hacia adelante experimentaremos este sentimiento: al vivir en las fuerzas del naranja nos hacemos lugar en el mundo con un vigor cada vez mayor, no seremos aniquilados por una condenación, lo que viene hacia nosotros no es únicamente para castigar, es para darnos fuerzas. Así es como vivimos unidos al naranja, aprendemos entonces a tender hacia la comprensión del interior de las cosas, hacia una unión con ellas. Por la vida en el rojo aprendemos a orar, por la vida en el naranja aprendemos a adquirir el conocimiento, aspiramos a conocer la esencia interior de las cosas.

Si actuamos de la misma forma con una superficie amarilla nos sentiremos, por la experiencia interior, como trasladados al comienzo de nuestro ciclo del tiempo; sentiremos así: ahora tu vives en las fuerzas por las cuales has sido creado, cuanto emprendiste tu primera encarnación en la Tierra. Lo que se es por la existencia terrestre se le siente emparentado con lo que viene de un mundo en el que uno se coloca al llevar el amarillo identificado con uno mismo.

Si uno se identifica con el verde y va así por el mundo —lo que se puede hacer muy fácilmente esforzándose en recorrer con la mirada una pradera verde y después olvidando cualquier otra cosa—; concentrándose por completo en la pradera verde y sumergiéndose en ella; evocando este verde como la superficie de un mar y hundiéndose en él se siente que se fortifica lo que él es en tanto que ser encarnado. Se tiene la impresión de disfrutar de una magnífica salud, pero al mismo tiempo se intensifican las fuerzas egoístas en el ser.

Si se hiciera lo mismo con una superficie azul, al recorrer el mundo se experimentaría la necesidad de seguir caminando siempre con el azul, de remontar en uno mismo el egoísmo, de llegar a ser en alguna forma macrocósmico, de desarrollar la abnegación; uno se sentiría feliz de poder conservar esta impresión gracias a la misericordia divina que viene a nuestro encuentro, y parecería que al ir por el mundo se recibiese la bendición de la misericordia divina.

Es así como se aprende a conocer la naturaleza interna del color. Como ya se ha dicho, podemos presentir que llegará un tiempo en que la preparación por la que pasará el pintor, el artista constituirá una experiencia interior moral en el color; una época en que será mucho más interiorizada, mucho más íntima de lo que fue en el pasado, la experiencia que prepara para la creación artística. Lo que aquí se dice no son mas que indicaciones que se desarrollarán en el futuro. Ellas derramarán sobre el alma humana lo que hará vivir en ella un sentido extraordinario de la creación artística a pesar de que el avance de la cultura materialista de nuestro tiempo ha secado el alma y la ha hecho pasiva. Es preciso que de nuevo las almas sean impregnadas de vida por una fuerza interior, que sean captadas por las fuerzas interiores de las cosas.

Una tal profundización y animación de la vida del alma se producirá gracias al mundo de los sonidos. Sobre este punto lo esencial en el período que acaba de transcurrir era que el ser humano hacía la experiencia del sonido aislado; después la de la relación de un sonido con otro. En el futuro el hombre en su experiencia interior podrá pasar tras la sonoridad. El sonido será para él como una ventana por la que penetrará en el mundo espiritual; ya no será un sentimiento impreciso que determinará la sucesión de sonidos, una melodía por ejemplo; detrás de los sonidos aislados, a través del sonido, el alma hará de nuevo una experiencia de orden moral y espiritual. Los misterios del sonido único se revelarán detrás de la sonoridad de esta experiencia.

Estamos todavía muy alejados de este sentimiento que nos hará abandonar el mundo sensible para elevarnos como por una ventana hacia el mundo espiritual a través de un sonido. Pero llegará. Sentiremos que el sonido es como una brecha abierta por los dioses para crear un puente del mundo espiritual hacia el mundo sensible, y nosotros pasaremos por el sonido para subir del mundo físico al espiritual. Por ejemplo, al oír una tónica sentida en lo absoluto, y no por el apoyo de los sonidos que la preceden en la gama, sentiremos que abandonamos el mundo sensible para elevarnos al espiritual, pero no sin correr un riesgo. El peligro es que estaremos amenazados de ser captados por completo, de sentirnos izados por la tónica lo mismo que por una terrible fuerza aspirante a través de la ventana del sonido que quiere que seamos enteramente absorbidos por el mundo espiritual. Si sentimos la tónica como una realidad absoluta experimentaremos que, espiritualmente, somos todavía muy débiles en el mundo físico sensible, que el mundo espiritual nos atrapa en el momento en que franqueamos esa ventana. Esta es la impresión moral que tendremos al elevarnos al mundo espiritual por la tónica. Se puede caracterizar la cosa de una forma muy simple, diciendo que todo lo que nosotros experimentaremos será un sentimiento muy difuso, infinitamente diversificado.

Si a continuación abandonamos el mundo físico para acceder por la segunda; como por una ventana, al mundo espiritual tendremos la sensación en este mundo de la presencia de fuerzas que en alguna forma sentirán piedad de nuestra debilidad y que dirán: tú eras débil en el mundo físico sensible, y cuando tu penetres en el mundo espiritual solo por la tónica será necesario que yo te disuelva, que te aspire, que te destroce o que te aniquile, pero cuando accedas por la segunda te aportaré algo que viene del mundo espiritual que te traerá el recuerdo de lo que allí se encuentra. Lo singular cuando penetramos en el mundo espiritual por la segunda es que tenemos la impresión de que es una suma de numerosos sonidos lo que suena en nuestros oídos y nos acoge. Cuando se penetra en el mundo espiritual por la tónica absoluta se entra en un mundo completamente mudo. Por la segunda se entra en un mundo en el que, cuando se presta atención, suenan ligeros sones de distintas alturas que quieren consolarnos de nuestra debilidad. Así es como se debe penetrar, al igual que no se puede invadir una casa material entrando por una ventana pues el propietario podría darnos una no muy buena acogida. Lo que hay que hacer en el mundo espiritual es llevarse los sonidos, y al identificarse con ellos, vivir enteramente a un lado y a otro de la membrana que nos separa del mundo físico sensible, y en la que es preciso representarse los sonidos como aberturas.

Al entrar en el mundo espiritual por la tercera, se tendrá el sentimiento de una debilidad todavía más intensa. Se sentirá que en realidad en el mundo físico se era muy débil en relación a su contenido espiritual.

En cuanto a la tercera se sentirá que allá hay sonidos amigos que no son ellos mismos terceras sino que se aproxima de una forma que determina lo que se era en el mundo físico. Al penetrar por la segunda se oían sonar dulcemente numerosos sonidos en medio de los cuales se vivía; cuando se hace por la tercera se siente que vienen al encuentro algo como sonidos amigos. Los que quieran componer deberán seguir de modo especial esta vía de la tercera pues así se les revelarán sucesiones y composiciones de sonidos que estimularán su creación artística. No serán siempre los mismos sonidos amigos; para los que entraron en el mundo por la tercera estos sonidos, en su naturaleza, serán dependientes de la atmósfera, del mundo de la experiencia interior, del temperamento, de una palabra, de toda la actitud que se tuvo en la Tierra, y se manifestará en una variedad infinita de sonidos.

El penetrar en el mundo espiritual por la cuarta será una extraña experiencia: ya no se escucharán sonidos por ninguna parte sino que las experiencias hechas en la tercera, lo que ya sonó se le sentirá vivir en el alma como recuerdos que emergen ligeramente. Al vivir así con los recuerdos sonoros en el momento de entrar en el mundo espiritual por la cuarta, se encontrará que ellos revisten constantemente coloraciones diferentes que unas veces se mostrarán en la claridad y alegría mas luminosa y otras se deslizarán con extrema tristeza; unas claras como el sol y otras deslizándose tristemente hasta la paz de la tumba. El temperamento de la voz, la subida y bajada del sonido, el desarrollo de la atmósfera de una obra musical estarán determinados por este caminar, por estos recuerdos sonoros.

La quinta engendrará experiencias, una visión interior más subjetiva, ella enriquecerá y estimulará la vida del alma. Actuará como una varita mágica que hará aparecer el misterio del mundo de los sonidos más allá de la realidad material y como emergiendo de profundidades inconmesurables.

Tales son las experiencias que se harán si se deja de tener un contacto con los fenómenos del mundo limitado a lo que se ve y a lo que se oye, si se les vive interiormente. Es por esta experiencia interior —especialmente de los colores y los sonidos, aunque también de todo lo que es elemento de arte— como tiene que ser encontrada la vía que debe seguir la humanidad para, frente a las cosas, elevarse sobre la simple unión exterior con ellas y el curso que ellas siguen para poder penetrar en su realidad interior profunda, en sus secretos. En ese momento le será dada al hombre una inmensa consciencia de su unión con las fuerzas divino espirituales, unión perdida por la consciencia materialista, que le conducirán y guiarán a través del mundo; de un modo especial se verá como experiencia interior, la realización de las fuerzas que, por ejemplo, guían al hombre de una encarnación a otra.

Si no se alimenta con carburante una locomotora no será posible que arrastre ningún tren; de igual forma es preciso que sean constantemente estimuladas las fuerzas que provocan los acontecimientos del mundo y las que hacen progresar al ser humano, y al mismo tiempo el hombre debe aprender a saber unirse a esas fuerzas.

En una ocasión tuve oportunidad de hacer una importante experiencia. En el lugar en el que viví cierto tiempo vivía un jurista muy célebre a cuyo gabinete acudía mucha gente con la idea de que él debía ganar los procesos más espinosos; y es así como ocurría en numerosos casos. Su dialéctica de jurista era extremadamente perfecta y las gentes que le conocían sentían hacia esa dialéctica una enorme admiración. Un día se le confió un proceso difícil, el de un hombre rico que había sido condenado y debía sufrir una importante pena. El abogado puso en marcha su dialéctica mas sutil, su mas extrema habilidad. Pronunció un largo informe y el auditorio tuvo la impresión de que si el jurado —se trataba de un tribunal de audiencia— no absolvía al acusado no se podría determinar lo que sería capaz, todavía, el arte del abogado. Todos los que habían experimentado esta habilidad tenían la impresión de que el jurado, que se había retirado para deliberar, absolvería al acusado.

En este proceso no había solamente un abogado hábil, sino también un presidente del tribunal hábil, y aunque no se hacía demasiado tarde para tomar una decisión, el presidente dijo: “Se suspende aquí la sesión y se reanudará mañana”. Al día siguiente por la mañana el jurado todavía debía deliberar y se tomaron una noche más para reflexionar sobre el asunto. Esta forma de dar largas al asunto, como decía el abogado, le contrarió mucho. La sesión se reanudó, el jurado se retiró y todo el mundo esperó con gran impaciencia a que regresasen; el más impaciente era nuestro abogado. Al cabo de un cuarto de hora reaparecieron, y cuando el abogado les oyó salir tan deprisa de la sala de deliberaciones, cayó desmayado. Cuando recobró el sentido, sostenido por uno de sus amigos, el acusado había sido condenado, cosa que el abogado no supo hasta después de salir de su desvanecimiento.

¿Qué se podría decir después de haber examinado el curso aparente de los hechos, después de haber visto lo que se ofreció ante la vista de los hombres?. Se podría decir que este abogado era un hombre muy ambicioso y que el ganar este proceso le importaba tanto que, incluso antes de haber oído el veredicto se desvaneció. Cuando vio que las deliberaciones eran tan cortas comprendió claramente que el acusado sería condenado, ya que para absolverlo habrían necesitado de mucho más tiempo.

Pero esto no es mas que la apariencia de las cosas. Detrás de lo que acabo de contar se encuentran acontecimientos de otro nivel. Este otro nivel o aspecto es el siguiente: Este abogado, que yo conocía bien, había sido en una época anterior al proceso, dominado por lo que podríamos llamar el demonio del juego. El utilizó los fondos que le eran entregados en depósito para jugar a la bolsa. Era una verdadera pasión, y poco antes de este proceso había perdido especulando importantes sumas que le habían sido confiadas. El procesado le había prometido que si ganaba el proceso le daría una cantidad que le permitiría poco a poco compensar esta pérdida.

El no se desvaneció únicamente por una ambición defraudada cuando oyó regresar al jurado al cabo de un cuarto de hora con un veredicto de culpabilidad, sino porque su existencia estaba efectivamente aniquilada; él ya no podría reponer los depósitos que había perdido especulando. Toda su carrera estaba arruinada a la salida del proceso. El desvanecimiento en que cayó es el signo simbólico del hecho de que en esta encarnación estaba aniquilado sin remedio. Tuvo que huir a América donde llevó una existencia poco envidiable el resto de su encarnación.

Casos como éste nos permiten discernir que, con mucha frecuencia, se juzgan en la vida las cosas con error, pues puede ocurrir que muchas gentes no aprendan jamás lo que ocurre en la parte oculta del proceso. Las personas asistentes que habían oído la dialéctica tan bien preparada del abogado, muy bien pudieron decirse: Hay personas tan ambiciosas que un discurso ineficaz les hace perder la consciencia.

Para juzgar correctamente es preciso conocer los hechos a otro nivel, y para muchas cosas es necesario tener conocimiento de muchos otros niveles. Se puede tener razón en lo que concierne a uno de los niveles del que se tiene una visión de conjunto y emitir, sin embargo, un juicio inexacto.

Pero la cosa tiene todavía otro trasfondo. Fue preciso que este hombre encontrase una vía para pasar de esta encarnación a la siguiente. Aquí tenemos un ejemplo de la sabiduría que dirige el mundo y que confiere a un alma las fuerzas necesarias para ser guiada de una encarnación a otra. Este hombre se hallaba en un conflicto existencial que había consumido en él toda posibilidad de vivir, que había provocado una situación espantosa en la cual ya no disponía de fuerzas que pudieran conducirle hacia su próxima encarnación. Ninguna fuerza de esta naturaleza podía penetrar en su conciencia; fue preciso por tanto que fuese aniquilado en un breve instante. En el momento en que la consciencia humana se extingue en el alma por un breve momento, una espiritualidad exterior muy distinta puede tomar lugar en ella. De esta forma penetraron el él las fuerzas precisas para hacer nacer el impulso que le guiaría hacia su próxima encarnación. Naturalmente, este impulso se puede dar de forma muy variada. Lo que he descrito es un caso particular.

Por otro lado, estos impulsos están siempre presentes. Al contar esta historia quise mostrar simplemente que la vida consciente del hombre está unida a un desarrollo en el inconsciente, y que estos momentos se producen cuando la consciencia está aniquilada a fin de que algo suba del inconsciente. Estos instantes de pérdida consciencia no es necesario que sean muy largos, pueden ser breves estados análogos a un desvanecimiento. Sin embargo, en tales momentos, inmensas fuerzas espirituales vitales pueden irradiar hacia la naturaleza humana, buenas y malas, aptas para engendrar una determinada actividad.

Este último ejemplo, y lo que de él he querido extraer, lo he expuesto para mostrar cómo cuando la humanidad estudia el mundo, debe esforzarse en considerar las relaciones que, para una concepción materialista, no tienen ningún sentido.

Progresivamente se llegarán a discernir las relaciones en la vida de tal manera que se percibirán los momentos en que lo espiritual se acerca a todo ser humano. En el futuro ya no se representará el mundo de una forma tan simple explicándolo por causas materiales; se le representará colocando lo material en el lugar que debe ocupar, reconociendo que hay algo más que el solo hecho material, y que a través de este hecho material transparenta lo espiritual.

En los colores y en los sonidos hemos visto las ventanas por las que, por el espíritu, podemos elevarnos hacia el mundo espiritual; la vida nos ofrece a su alrededor ventanas por las que el mundo espiritual penetra en nuestro mundo físico. El desvanecimiento del abogado era una de esas ventanas. Si interpretamos correctamente este hecho, deberemos decirnos: por esta ventana, la vida espiritual nos llegará a raudales. Las fuerzas espirituales que así penetran en nosotros no podemos comprenderlas explicándolas solo a través de lo sensible. En los sonidos se abren ventanas por las que nosotros podemos abandonar el mundo físico para elevarnos hacia el mundo espiritual. Existen otras ventanas por las que lo espiritual desciende hasta nosotros cuando estamos en el mundo físico.

Si no discernimos como lo espiritual desciende hasta nosotros somos como un ser humano que sin saber leer abre un hermoso libro. Ante sus ojos está lo mismo que también ve quien sabe leer, pero el que no sabe no ve sobre el papel mas que unos garabatos que no puede interpretar; todo lo más los puede describir. Sólo el que sabe leer es capaz de seguir en este libro el caminar de un destino, o una sabiduría, que han sido insertados en estos extraños signos. Quien no sabe leer los fenómenos del mundo es como un analfabeto del Cosmos frente a lo que en él pasa. Aquel que sabe leer descifra el curso del mundo espiritual a través de las cosas. Lo que caracteriza la época materialista actual es que los humanos, frente al Cosmos, han llegado a ser analfabetos bajo la influencia de este materialismo, casi analfabetos al cien por cien. En los tiempos en que se está orgulloso de haber reducido el porcentaje de analfabetos en los países civilizados, se camina alegremente hacia un analfabetismo cósmico.

La tarea de la ciencia espiritual es eliminar este analfabetismo cósmico. Pocas personas hoy en día son analfabetas en el sentido ordinario. En la época de la antigua clarividencia, los seres humanos eran mucho menos analfabetos en el espíritu. Pero esto no debe hacernos engreídos. Es un hecho que cuando adquirimos una idea de nuestra tarea en la corriente científico-espiritual, debemos pasar de ser analfabetos a ser personas que puedan leer el cosmos. Sin embargo, debemos ser humildes, porque los tiempos son tales que aún necesitamos mucho el nivel de educación primaria. Apenas podemos leer, pero solo deletreemos las letras. Sin embargo, podemos sentirnos abrumados por el impulso de cambiar, un impulso que está penetrando en la humanidad a través de estas cosas. Y si nos aferramos a ellos, tendremos la actitud correcta ante lo que las señales de los tiempos nos demandan, y entraremos en ellas como personas que pertenecen correctamente a la corriente conceptual del mundo científico-científico.

 Traducido por: Mercedes Arnaldes