GA140c1. Visiones del mundo espiritual

Rudolf Steiner – Bergen (Noruega) 10 de Octubre de 1913

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Audio en español de esta conferencia

Mis queridos amigos:

Con todo mi corazón contesto al saludo tan amable  recién dirigido por vuestro representante, y estoy seguro de que aquellos amigos que han venido a esta ciudad para tomar parte en un vivir antroposófico en compañía de nuestros amigos de Bergen, se unirán a mí para esto. Hemos hecho un hermoso viaje a través de las grandes montañas que nos dan una bienvenida tan agradable y amistosa, y creo que nuestros amigos gozarán con seguridad de su permanencia en esta vieja ciudad hanseática durante todo el tiempo que podamos estar aquí. Ese maravilloso logro del hombre, el ferrocarril por el cual viajamos, nos dio a conocer, más estrechamente que en otras partes de Europa, la impresión de la energía de la fuerza creadora humana en una combinación real con la Naturaleza misma. Cuando uno ve las rocas que han tenido que ser desmenuzadas para que la mano del hombre pudiera construir ese trabajo, a la par de aquel otro construido y acumulado por la Naturaleza misma, las muchas impresiones que uno recibe hacen verdaderamente de una visita a una región así, una de las más hermosas experiencias posibles. En esta antigua ciudad, nuestros amigos pasarán el tiempo de su permanencia entre hermosas impresiones que serán conservadas en su memoria como el telón de fondo de su visita. Estos serán días de almacenar recuerdos, muy especialmente porque podemos satisfacer en nosotros mismos con la visión física de que aún aquí, en esta parte del mundo, podemos encontrarnos con corazones antroposóficos que laten al unísono con el nuestro en la búsqueda de los tesoros espirituales de la humanidad. Con seguridad, nuestra visita a esta ciudad nos unirá más estrecha y afectuosamente con aquellos que aquí nos han recibido de un modo tan cariñoso.

Bergen

Estamos reunidos aquí por primera vez y lo que deseo deciros tendrá que ser de carácter aforístico. Me gustaría hablar un poco de lo que pertenece al dominio del mundo espiritual, y esto se dice más fácilmente y mejor por la palabra hablada que por la escrita, no sólo porque, teniendo en cuenta los prejuicios existentes en el mundo actual, es difícil confiar a la palabra escrita lo que tengo el gusto de depositar en los corazones de los antropósofos, sino porque es también difícil hacerlo así, ya que las verdades espirituales pueden ser realmente mejor divulgadas con palabras que con la letra escrita o impresa.

Esto se aplica en forma más particular a las verdades espirituales más íntimas. Aunque ha sido necesario que yo permitiera que verdades, espirituales íntimas fueran escritas e impresas, ello siempre me resultó amargo. Por el hecho mismo de que los seres espirituales, de los cuales se habla en tales escritos, no pueden leerlos, es un asunto muy difícil, ya que los libros no pueden ser leídos en los mundos espirituales. Durante un corto tiempo después de nuestra muerte, los libros pueden ser leídos en nuestra memoria, pero los seres de las Jerarquías más altas no pueden leer nuestros libros. Cuando se me pregunta si ellos no desean adquirir el arte de la lectura, me veo obligado a decir que, de acuerdo a mi experiencia, no muestran deseos de hacerlo por ahora, porque no consideran que la lectura de lo que se produce sobre la Tierra les sea útil o necesario. La lectura de los seres espirituales comienza cuando el hombre sobre la Tierra lee lo que está escrito en los libros, y este contenido se convierte en sus pensamientos, los pensamientos vivos de los hombres. Los espíritus pueden entonces leer ese contenido en el pensamiento del hombre. Pero lo  que se escribe o imprime es, digamos, oscuridad para los seres del mundo espiritual. Por eso, al confiar algo a la escritura o a la imprenta, uno siente que está comunicando algo a espaldas de los seres espirituales, algo que sin embargo está dirigido precisamente a ellos. Esto es un sentimiento genuino, mis queridos amigos, un sentimiento que, podría arriesgarme a decir, ni siquiera un ciudadano culto de la época actual podría compartir por completo, aunque cualquier ocultista verdadero debe tener esta sensación de disgusto al escribir o mandar algo a la imprenta.

Cuando penetramos en los mundos espirituales con visión clarividente, parece ser de especial importancia que, en el momento presente y en el futuro cercano, el conocimiento del mundo espiritual deba ser conocido cada vez más ampliamente, porque el cambio de la vida anímica del hombre, que es tan necesario ahora y llegará a serlo mucho más, depende en gran parte de la difusión de la Ciencia Espiritual. Si volvemos la mirada con visión espiritual sólo unos pocos siglos atrás, se puede ver que llegaremos a algo que debe sorprender mucho a cualquiera que ignore estas cosas. Hallamos que el intercambio entre los vivos y los muertos se hace cada vez más difícil, y que había un intercambio mucho más activo entre ellos, hasta hace un tiempo relativamente corto. Cuando un cristiano de la Edad Media, o en realidad, un cristiano de hace pocos siglos, al rezar, dirigía sus pensamientos a los muertos que le eran queridos y cercanos, sus emociones y sentimientos eran entonces más capaces, que lo que podrían serlo ahora, de influir en el ánimo de los muertos.

Era mucho más fácil entonces que las almas de los muertos se sintieran penetradas por el cálido aliento del amor de aquellos que pensaban en ellos y los buscaban en sus plegarias, que lo que lo es ahora, si nos guiamos solamente por la cultura exterior de la época. En la actualidad, los muertos están mucho más aislados de los vivos que hasta hace poco tiempo. Es, en cierto sentido, mucho más difícil para ellos darse cuenta de lo que habita en las almas de los que han dejado atrás. Esto radica en la evolución de la humanidad, pero en esta evolución nuestra debe radicar también la recuperación de esta conexión, este intercambio vital entre los vivos y los muertos. En otros tiempos, era todavía normal que el alma humana estuviera en contacto con los muertos, aunque ya no con entera conciencia porque el hombre había dejado de ser clarividente por un largo tiempo. En épocas todavía más tempranas, el hombre podía buscar a sus muertos con visión clarividente y seguir su vida posterior, y así como entonces era normal tener intercambio vital con los muertos, así también ahora el alma, si obtiene pensamientos e ideas acerca de los mundos espirituales más elevados, podrá obtener el poder de establecer un intercambio vital, con los muertos. Y entre las tareas prácticas de la Antroposofía estará la de construir gradualmente el puente entre los vivos y los muertos por medio de la Ciencia Espiritual. Para que podamos entendernos claramente, quiero, ante todo, atraer vuestra atención hacia algunos puntos relacionados con este intercambio entre los vivos y los muertos.

Comenzaré por un fenómeno muy simple que establece un vínculo para una investigación espiritual más amplia. Aquellos espíritus que acostumbran a examinar un poco las cosas, habrán observado el siguiente fenómeno en ellos mismos —y confío en que muchos también lo hayan hecho. Tomemos el caso de un hombre que haya odiado a alguien o que quizás sólo tenía conciencia de que le era antipático. Ahora bien, cuando la persona que ha sido odiada o no ha gozado de aprecio muere, ocurre a menudo que el hombre que lo odiaba en vida no puede seguir odiándolo con la misma intensidad; no puede mantener su antipatía: Si el odio continúa más allá de la tumba, él experimenta una especie de vergüenza de que así sea. Esta sensación, experimentada por muchos, puede rastrearse en forma clarividente, y durante esta investigación uno se puede hacer la siguiente pregunta: “¿Por qué sentir vergüenza por el odio o la antipatía hacia el muerto, teniendo en cuenta que absolutamente nadie sabe que se abrigan esos sentimientos?”.

Cuando el investigador clarividente sigue, a través de las puertas de la muerte hasta los mundos espirituales, al que ha partido, y allí vuelve la vista hacia el hombre que quedó atrás, encuentra que, en general, aquél tenía una percepción muy clara del odio del que vive; en realidad, si se me permite la expresión, él ve el odio, por así decirlo. El clarividente es capaz de establecer en forma muy precisa que el muerto percibe el odio, y podemos también averiguar qué significado tiene ese odio hacia el muerto. Ese odio crea un obstáculo para sus buenas intenciones en su medio ambiente espiritual, comparable a los obstáculos que, en la Tierra, podemos encontrar atravesando el logro de nuestros propósitos. Es un hecho que, en el mundo espiritual, los muertos encuentran que el odio o la antipatía sentida hacia ellos es un obstáculo en el camino para llevar a cabo sus buenas intenciones. Podemos entender entonces por qué, en un espíritu que bucea un poco en sí mismo, el odio, aun ampliamente justificable, se extinguirá a causa de la vergüenza que produce, después de la muerte del ser odiado. Si un hombre no es clarividente, no conoce con certeza la razón, pero una sensación natural en su espíritu le dirá que está siendo observado. El siente: “El muerto se da cuenta de mi odio. Esta antipatía mía es un obstáculo en el camino de sus buenas intenciones”. Existen en el alma humana muchos sentimientos profundos que se aclaran cuando ascendemos a los mundos espirituales y enfrentamos los hechos espirituales que son la causa de estos sentimientos. Así como en la Tierra no deseamos que nos observen desde afuera, físicamente, cuando hacemos ciertas cosas — y en realidad nos abstenemos de hacerlas si sabemos que nos observan — así también, no seguimos odiando a un hombre después de su muerte si tenemos la sensación de que se nos observa. Pero el cariño, o aun la simpatía, que experimentamos por el muerto, hacen realmente más fácil su viaje; elimina los obstáculos a su paso. Lo que ahora estoy afirmando, es decir, que el odio crea obstáculos y que el amor los elimina, no supone interferencia alguna con el Karma, mayor que la de algunas cosas que ocurren en la Tierra y que no debemos considerar que pertenecen directamente al Karma. Por ejemplo, si tropezamos con una piedra, no debemos atribuir eso siempre al Karma — de todos modos, a un Karma moral. En el mismo sentido, no está en contradicción con el Karma, el hecho de que los muertos experimenten alivio a causa del amor que fluye desde la Tierra o que encuentren obstáculos que obstruyen el camino de sus buenas intenciones.

Otra cosa que interesará aun más poderosamente, en lo que se refiere al intercambio entre los vivos y los muertos, es el hecho de que los muertos necesitan, en cierto sentido, alimento, aunque no, naturalmente, el mismo alimento de los seres humanos en la Tierra, sino un alimento psíquicamente espiritual. Así como en la Tierra nosotros tenemos campos de cosecha, en los cuales maduran los frutos que sostienen nuestra vida física (puedo usar la comparación porque corresponde a los hechos), así también los muertos deben tener sus campos de cosecha en los cuales puedan recoger los frutos que necesiten para el tiempo que media entre la muerte y un nuevo nacimiento.

Cuando la visión clarividente acompaña a los muertos, se puede ver que las almas humanas dormidas son los campos de cosecha de los muertos. Es, en verdad, no sólo sorprendente, sino perturbador en extremo para el hombre que por primera vez es capaz de ver en el mundo espiritual, darse cuenta de cómo las almas que viven en el período intermedio entre la muerte y un nuevo nacimiento, se precipitan hacia las almas dormidas en busca de los pensamientos e ideas que allí se puedan encontrar. De ellas obtienen la provisión de alimentos que necesitan. Cuando vamos a dormir por la noche, los pensamientos e ideas que han frecuentado nuestra mente en las horas de vigilia, vuelven a la vida — se convierten en seres vivientes, por así decirlo. Luego las almas de los muertos se acercan y participan de estas ideas, y al obrar así, se sienten alimentadas. ¡Oh! es una experiencia conmovedora en extremo el volver nuestra visión clarividente hacia los muertos que visitan de noche a sus amigos dormidos. (Esto se adapta en particular a la consanguinidad). Ellos desean bañarse allí y, por así decirlo, nutrirse de los pensamientos e ideas que los seres vivientes llevan consigo al sueño, pero no pueden hallar nada nutritivo. Es que hay una gran diferencia entre una idea y otra, en lo que se refiere a nuestra condición en el sueño. Si estamos ocupados todo el día con la parte materialista de la vida, dedicando nuestra mente sólo a lo que ocurre en el mundo físico y a lo que allí se puede hacer, y antes de irnos a dormir no dedicamos un solo pensamiento a los mundos espirituales —en realidad hacemos exactamente lo contrario en ciertos aspectos— no podemos ofrecer alimento alguno para los muertos.

Conozco ciertos lugares de Europa donde los jóvenes están educados de tal manera, que van a dormir después de haber tratado de beber toda la cerveza que les es posible soportar. Eso significa que los pensamientos e ideas que se apoderan de ellos no pueden vivir en el mundo espiritual, y cuando los muertos se les aproximan, encuentran un campo árido; esto resulta tan duro para ellos, como lo es para nosotros cuando nuestras cosechas fracasan y llega el hambre. Especialmente en la actualidad, se puede observar que el hambre es muy grande en el mundo espiritual, ya que los sentimientos materialistas son los que prevalecen y hay una gran cantidad de personas que consideran infantil ocuparse del mundo espiritual. Ellos niegan así el alimento anímico necesario a aquellas almas que, después de la muerte, están obligadas a obtener de ellos su nutrición.

Para comprender correctamente este hecho, es necesario aclarar que, después de la muerte, podemos alimentarnos de los pensamientos e ideas de aquellas almas que de algún modo estuvieron en contacto con nosotros durante nuestra vida. No podemos obtener alimentos de aquellos que no estuvieron en contacto con nosotros. Si hoy difundimos la Ciencia Espiritual de modo que podamos tener nuevamente un vivo contenido espiritual en el alma, entonces mis queridos amigos, no solo trabajamos para que los seres vivientes queden satisfechos, sino que tratamos de llenar nuestros corazones y nuestras almas con pensamientos acerca del mundo espiritual sabiendo que los muertos que estuvieron en relación con nosotros en la Tierra, deben alimentarse con ellos. Hoy tenemos la sensación de que no sólo trabajamos para los que llamamos seres vivos, sino también de que servimos al mundo espiritual al difundir la Ciencia Espiritual. Cuando nos dirigimos a los vivos explicando cómo debe ser este diario vivir, entonces, a causa de la satisfacción que estas salmas experimentan, estamos creando ideas para su vida nocturna que pueden ser un alimento provechoso para aquellos cuyo Karma los condujo a la muerte antes que a nosotros. Por eso se siente la necesidad de hacer que la Antroposofía se conozca no sólo por los métodos externos ordinarios, sino que existe también un impulso interior para cultivarla en grupos, ya que es de gran importancia que las personas que estudian Antroposofía puedan asociarse.

Como ya lo he dicho, los muertos pueden obtener alimento sólo de aquéllos con quienes tuvieron contacto en vida, y tratan de unir a las almas entre sí para hacer aun más extensos los campos de cosecha de los muertos. Muchos hombres que no puedan encontrar campos de cosecha después de la muerte, porque toda su familia era materialista, podrán encontrar alguno entre las almas de los antropósofos con los que hubieran estado asociados. Este es el motivo más profundo por el cual debemos trabajar juntos y desear de que cualquier miembro que muera pueda, antes de su muerte, relacionarse con antropósofos que, mientras estuvieron en la Tierra, se ocuparon de cosas espirituales, para que puedan después, cuando estén dormidos, puedan obtener alimento de ellos.

En los primeros tiempos de la evolución del hombre, cuando las almas humanas estaban todavía llenas de cierta vida religiosa y espiritual, las comunidades religiosas, y especialmente las personas consanguíneas, buscaban el intercambio con los muertos. Pero ahora, la consanguinidad ha perdido su poder y debe ser reemplazada cada vez más por el cultivo de una vida espiritual como la de nuestro movimiento. Por eso, vemos que la Antroposofía puede promover la creación de un nuevo vínculo entre los vivos y los muertos, y así podamos ser de utilidad para éstos. Y cuando en la actualidad, con visión clarividente, hallamos personas que viven entre la muerte y un nuevo nacimiento y que experimentan la desdichada suerte de descubrir que todos aquéllos que conocieron en la Tierra, aún sus propios parientes, sólo tienen pensamientos materialistas, reconocemos la necesidad de infundir pensamientos espirituales en la cultura actual. Por ejemplo, hallamos en el mundo espiritual un hombre que conocimos en la Tierra y que recién ha muerto dejando deudos que también conocemos, su esposa e hijos, todos los cuales son buenas personas en su fuero externo. Con visión clarividente vemos que este hombre no es capaz de encontrar a su mujer, que era el sol mismo de su existencia cuando volvía al hogar después de una ruda jornada laboral; y debido a que ella no tenía pensamientos espirituales en el corazón ni en la mente, él no puede ver dentro de su alma, y si está en estado de hacerlo, se pregunta: “Dónde está mi esposa?. ¿Qué se ha hecho de ella?”. Sólo puede volver la mirada a la época en que estaba con ella en la Tierra; pero ahora, cuando ella es su mayor necesidad, no puede hallarla. Y esto puede ocurrir. Hay mucha gente en la actualidad que más o menos cree que los muertos, en lo que a nosotros concierne han llegado a un cierto estado de inanidad, y esta gente sólo puede pensar en ellos con pensamientos completamente materialistas, pensamientos sin provecho alguno. Cuando en la vida después de la muerte miramos hacia alguien en la Tierra que nos apreciaba, pero que no cree en la supervivencia del alma después de la muerte, en ese momento, cuando toda nuestra atención está enfocada en el intento de lograr contacto con el ser querido, nuestra visión resulta como extinguida porque no podemos hallar al amigo que vive, ni entrar en contacto con él. Sin embargo, sabemos que podría hacerse muy fácilmente si tuviera pensamientos espirituales en su mente. Esa es una experiencia de los muertos que es muy frecuente y muy penosa. Con visión clarividente, muchos pueden darse cuenta de que hay almas que, después de la muerte, encuentran muchos obstáculos en el camino de sus intenciones a causa de los pensamientos de odio que los acompañan; y el alma no puede hallar alivio en los pensamientos cariñosos de los que dejó atrás porque no puede entrar en contacto con ellos a causa de su materialismo. Estas leyes del mundo espiritual, que pueden ser apreciadas con visión clarividente, tienen validez real y verdadera, como se puede ver en los casos que ha sido posible observar. Es interesante observar cómo trabajan los pensamientos de odio, y aún de mera antipatía, aunque no estén formados con plena conciencia. Hay maestros de escuela que, en general, fueron tenidos por severos y fueron incapaces de atraerse el cariño de sus jóvenes alumnos, pero cuyos pensamientos de odio y antipatía son inocentes, por así decirlo. Cuando un maestro así muere, uno ve también aquí  cómo los pensamientos que lo acompañan son para él, por así decirlo, obstáculos en el mundo espiritual. El niño o el joven no piensa que, cuando el maestro muere, no debe seguir odiándolo, pero, naturalmente, sigue haciéndolo así al recordar cómo fue atormentado por él. Con estas ojeadas podemos aprender mucho de lo que se refiere a la relación entre los vivos y los muertos, y lo que he estado tratando de exponer hoy ante vosotros tiene el propósito de sugerir algo factible de desarrollo y de buen resultado para nuestros esfuerzos antroposóficos. Me refiero a lo que se conoce como “leer para los muertos”. Se ha probado en nuestro movimiento que rendimos un servicio inmenso a aquellas almas que han muerto antes que nosotros al leerles acerca de cosas espirituales. El modo de hacer esto es dirigir los pensamientos hacia ellos, imaginarlos parados o sentados delante de uno, para que resulte más simple. De esta manera se puede leer a varios al mismo tiempo. No hace falta leer en voz alta sino seguir atentamente los pensamientos escritos, teniendo siempre presente al muerto en la mente, y pensando: “Está parado delante de mí, le estoy leyendo”. Ni siquiera es necesario leerles de un libro, pero no se deben pensar cosas abstractas sino pensar cada cosa en forma clara; ése es el modo de leerles a los muertos. Esto puede ser llevado tan lejos, aunque sea más difícil de hacer, que uno puede leer aún a alguien con quien sólo se hubiera estado en relaciones lejanas. Ello es posible, si se han tenido pensamientos comunes, por ejemplo, una creencia en la misma concepción del cosmos, o si se han tenido relaciones personales a causa de ideas semejantes acerca de ciertos dominios de la vida.

Puede serle de gran ayuda la lectura después de la muerte. Se ha hecho esto en todas épocas. Se me ha preguntado: “¿Cuál es el mejor momento para hacer esto?”. Eso no depende del momento. Lo que importa es que se piense en forma profunda y no superficialmente. El tema debe salir palabra por palabra, como si se hablara desde adentro de uno mismo. Si se obra de esta manera, el muerto lee junto con nosotros. Este tipo de lectura es útil no sólo a los antropósofos ¡muy lejos de eso!. Hace poco tiempo uno de nuestros amigos, y también su mujer, se sentían inquietos todas las noches. Experimentaban un desasosiego; y como hacía poco tiempo que el padre del hombre había muerto, él llegó a la conclusión de que el alma de su padre estaba presente necesitando algo de su hijo. Nuestro amigo vino a consultarme y resultó que su padre, que en vida nunca quiso oír una sola palabra de Ciencia Espiritual, experimentaba ahora una gran necesidad de saber algo de ella. El hijo y su mujer le leyeron entonces el Curso sobre el Evangelio de San Juan que di una vez en Cassel.  Este alma se sintió muy ayudada y elevada por encima de muchas desarmonías que había estado experimentando después de su muerte. Este caso es muy notable porque el muerto había sido un predicador que constantemente se dirigía al público desde su propio punto de vista religioso; sin embargo, después de su muerte, sólo quedó satisfecho al tener una lectura del Evangelio de San Juan dilucidada antroposóficamente. Vemos, entonces, que no es absolutamente necesario que el muerto a quien deseamos ayudar haya sido antropósofo en vida; sin embargo, es natural, ayudamos más especialmente a estos últimos al leerles.

Cuando vemos hechos como éste, mis queridos amigos, adquirimos ideas distintas acerca del alma del hombre. El alma humana es, en verdad, mucho más complicada de lo que generalmente se supone. En realidad, sólo tenemos conciencia de una pequeña parte de nuestra vida anímica. Ocurren muchas cosas en las profundidades subconscientes del alma que el hombre conoce poco. A menudo, es justamente lo opuesto a lo que cree y piensa en su conciencia normal. Puede ocurrir a menudo que un miembro de una familia sea atraído por la Antroposofía, mientras que su hermano, su mujer, o alguien en relación estrecha con él, no están de acuerdo con esa actitud y se enfurezcan con él por haberlo hecho. Existe a menudo una creciente antipatía hacia la Antroposofía en una familia de esa clase, de modo que la vida se hace realmente difícil a causa de la actitud de estos buenos amigos y de sus queridos parientes. Ahora bien, si se investigan esas almas en forma clarividente, ocurre a menudo que en las profundidades de su subconsciente se desarrolla un profundo anhelo por la Antroposofía. A menudo, el pariente que interpone las objeciones más violentas tiene, en realidad, un anhelo subconsciente por la Antroposofía más intenso que el del el miembro que acude a todas las reuniones. Pero la muerte levanta el velo del subconsciente y pone todas estas cosas en su justo nivel. Ocurre a menudo que una persona pueda no advertir claramente las cosas que yacen en su subconsciente, donde quizá exista un fuerte anhelo por la Ciencia Espiritual. Y al enfurecerse contra ella, amortiguará el anhelo del cual no tenía conciencia, pero después de la muerte, el anhelo resurgirá mucho más vigoroso. Por ello, no debemos dejar de leer para aquellas almas que en vida lucharon contra la Antroposofía, porque, en verdad, ocurre a menudo que podemos ayudarlas más que a cualquier otra.

La pregunta que se hace frecuentemente en relación a esto es: “¿Cómo podemos saber que los muertos nos escuchan realmente?”. Bien, es difícil saber esto a menos que se tenga visión clarividente, pero si pensamos regularmente en los muertos y trabajamos para ellos, llegaremos a sentir súbitamente: “Ellos están escuchando”. Esta sensación falta solamente cuando somos desatentos y no nos damos cuenta de la peculiar sensación de tibieza que a menudo se presenta cuando leemos de esta manera. Podemos conseguir realmente esta sensación, pero si fracasamos en ello, mis queridos amigos, existe una ley que hay que aplicar a menudo en nuestra relación con el mundo espiritual. Es la siguiente: Si leemos para los muertos, y nos escuchan, los ayudamos con toda seguridad. Pero, aunque no nos escuchen, estamos cumpliendo nuestro deber, y quizá, con el tiempo, logremos hacernos escuchar. De cualquier manera, verdaderamente obramos bien, porque nos estamos colmando de pensamientos e ideas que servirán seguramente como alimento para los muertos en la forma que mencionamos en primer lugar. De modo que nada se pierde, y la práctica de esta costumbre ha probado que el anhelo de los muertos por aquello que se les lee, está realmente difundido, y que podemos rendir un inmenso servicio a aquéllos a quienes leemos la sabiduría espiritual que ahora ha sido traída a la luz.

Por eso, podemos esperar que la división que separa a los muertos de los vivos se haga cada ver más delgada a medida que la Ciencia Espiritual sea más ampliamente conocida por el mundo. Será en verdad un hermoso resultado del trabajo de la Antroposofía, aunque parezca paradójico, si los hombres aprenden con el tiempo, por la experiencia práctica y no solo teóricamente, que sólo adquirimos una experiencia diferente cuando pasamos por la así llamada muerte y nos encontramos en compañía de los muertos.

Podemos también ayudarlos a compartir aquello que forma parte de nuestra vida física. Al preguntar: “¿Para qué sirve el leer a los muertos?. ¿Acaso no pueden ver ellos mismos todo lo que les leemos y conocerlo mucho mejor que nosotros?”, nos hacemos una idea completamente equivocada de la vida que media entre la muerte y un nuevo nacimiento. Esta pregunta sólo puede ser hecha por alguien que no esté en condiciones de juzgar aquello que pueda experimentarse en el mundo espiritual. Como es sabido, un hombre puede estar en el mundo físico sin tomar conocimiento del mismo, pues si no es capaz de juzgar esto o aquello, no puede tomar conocimiento del mundo físico. Los animales viven con nosotros en el mundo físico, sin embargo, no lo conocen tan bien como nosotros. El hecho de que los muertos vivan en el mundo espiritual no les da necesariamente el conocimiento del mismo, aunque puedan verlo. El conocimiento que se obtiene por medio de la Ciencia Espiritual, sólo puede ser adquirido en la Tierra; no se lo puede obtener en el mundo espiritual. Por eso, si los seres del mundo espiritual están también destinados a poseerlo, sólo lo podrán obtener de los seres que todavía están en la Tierra. Este es un importante secreto de los mundos espirituales. Podemos vivir en ellos y ser capaces de darnos cuenta de su existencia, pero, el conocimiento necesario de las cosas de estos mundos se puede obtener solamente en la Tierra. Debo hacer aquí mención de algo que tiene que ver con los mundos espirituales y que ampliaré en mi conferencia de mañana — y de lo cual, la mayor parte de la gente no tiene una idea correcta.

Mientras el hombre vive en el mundo espiritual entre la muerte y un nuevo nacimiento, tiene el mismo anhelo por el mundo espiritual que el que tenemos nosotros aquí. Espera de nosotros, que estamos en la Tierra, que le mostremos cosas relacionadas con ella y hagamos que se destaquen, para que él pueda verlas y darle así el conocimiento que sólo se puede obtener en la Tierra. No sin motivo, la Tierra está fundamentada en la existencia cósmica espiritual; se le ha traído a la vida, de modo que sólo aquello que se lleva a cabo en la Tierra puede entrar en existencia. El conocimiento de los mundos espirituales que trasciende la visión y la percepción de estos mismos mundos, sólo puede obtenerse en la Tierra. He aclarado ya que los seres espirituales de los mundos espirituales no son capaces de leer nuestros libros, y debo ahora agregar que lo que habita en nosotros como Antroposofía, es para los seres espirituales, y también para nuestras almas después de la muerte, lo que los libros son para los seres físicos en la Tierra —el medio de adquirir el conocimiento del mundo. Pero estos libros que nosotros mismos somos para los muertos, son libros vivientes.

Hay que entender, mis queridos amigos, este hecho significativo: ¡nosotros proporcionamos literatura para los muertos!. En ciertos aspectos nuestros libros son más perseverantes; por ejemplo, no permiten que sus letras se desvanezcan en el papel mientras las leemos. Nosotros, los seres humanos, quitamos a menudo a los muertos la oportunidad de leer al llenar nuestro espíritu de pensamientos materialistas que son realmente invisibles en el mundo espiritual. Como se me pregunta a menudo si los muertos pueden conocer lo que somos capaces de brindarles, debo decir que no son capaces de hacerlo; la Antroposofía puede existir solamente en la Tierra, y desde aquí debe ser elevada hasta los mundos espirituales.

Cuando observamos estos mundos y tenemos de ellos una pequeña experiencia personal, nos enfrentamos con condiciones bastante diferentes de las que prevalecen aquí, en la tierra. Es muy difícil por eso expresarlas con palabras y pensamientos humanos. A menudo, cuando uno trata de hablar concretamente acerca de los mundos espirituales, todo ello suena paradójico.

 Quizás pueda aquí hablaros incidentalmente de un ser, el alma de un muerto, con el cual, como sabía mucho, he podido realizar investigaciones en el mundo espiritual. Estas investigaciones se refieren al gran pintor Leonardo da Vinci y, en especial, a su conocida obra, “La ultima cena”, que está en Milán. Cuando uno investiga un hecho espiritual con la cooperación de un alma como ésta, ella puede indicar más de un hecho que uno no podría discernir simplemente en los Anales Akáshicos con visión clarividente. El alma humana en  el mundo espiritual puede indicar estos hechos, pero sólo puede hacerlo a un investigador que sea capaz de comprender las cosas que ella pretende señalar. Supongamos que, junto con un alma tal, uno investiga de qué manera Leonardo pintó la mundialmente famosa “Ultima cena”. Lo que hoy queda de esta pintura es apenas algo más que unas pocas manchas de color, pero, en los Anales Akáshicos, uno puede observar a Leonardo en su trabajo y darse cuenta, aunque no es nada fácil, de cómo era la pintura entonces. Si uno puede hacer una investigación de este tipo, acompañado de un alma no encarnada pero que está en contacto con Leonardo da Vinci, y estudia sus pinturas, se puede ver que este alma señala esto y aquello. Por ejemplo, uno puede darse cuenta de las verdaderas caras de Cristo y Judas en el cuadro. Sin embargo, uno toma conciencia de que el alma no puede hacer esto a menos que, en el momento de la experiencia, exista la necesaria compresión de parte del investigador que está vivo. Esta es una condición sine qua non. El alma descarnada, durante el tiempo en que el alma viviente aprende voluntariamente, aprende sólo a comprender lo que hasta ahora pudo ver. Así, el alma con la cual uno ha tenido esa experiencia —que se puede realizar solamente de la manera que indicamos antes— se dirige a uno y le dice, hablando en forma simbólica, naturalmente: “Me has traído este cuadro porque tú mismo sentías la necesidad de estudiarlo; yo, por mi parte, sentía el impulso de mirarlo contigo”. Después de esto siguen varias experiencias, pero llega un momento en que el alma, o bien se desvanece, o dice: “Ahora debo irme”. En el caso al cual me estoy refiriendo, el alma del muerto dijo: “Hasta ahora, el alma de Leonardo da Vinci permitía gustosa que se observara la pintura, pero no desea, que ahora la investigación siga más adelante”.

Al exponer esto, os estoy dando un detalle muy importante de la vida del Espíritu. Así como en la vida física siempre sabemos lo que vemos y siempre sabemos que estamos viendo esto o aquello — como vemos, aquí estas rosas sobre la mesa — así también en la vida espiritual sabemos siempre cuándo un ser espiritual nos está mirando. Cuando pasamos a través del mundo espiritual, sentimos siempre que éste o aquel ser nos están mirando. En el mundo físico, tenemos conciencia de observar las cosas alrededor de nosotros cuando lo atravesamos, pero, en el mundo espiritual, sentimos que éste o aquel ser nos están mirando. Constantemente, nos damos cuenta de que somos observados, tasados, y esto nos conduce a tomar la decisión de hacer una cosa u otra sabiendo que seremos aprobados, o que sucederá lo contrario; y si hay algo que debamos o no hacer, de acuerdo con esto, lo haremos o no.

Así como cortamos una flor porque nos atrae al verla, así, en el mundo espiritual, realizamos una acción porque le agrada a algún ser, y nos cuidamos de hacerla porque no podemos soportar la mirada que recibiría. Debemos acostumbrarnos a este estado de cosas. Allí tenemos la sensación de ser vistos, como aquí tenemos la sensación de que vemos. En cierto sentido, lo que aquí es activo, allí es pasivo; y lo que es pasivo aquí, es activo allí. Por esto, podéis ver, mis queridos amigos, que debemos adquirir conceptos absolutamente diferentes si queremos comprender correctamente las descripciones referentes al mundo espiritual. Veréis qué difícil es acuñar, con el lenguaje humano ordinario, las descripciones del mundo espiritual que a uno le gustaría brindar.

Comprenderéis que, por muchas razones, hay que crear primero la necesaria comprensión. Existe algo más que quisiera que fuese motivo de vuestra atención. Se puede preguntar por qué la literatura antroposófica, en su totalidad, describe en forma bastante libre lo que ocurre en el mundo espiritual inmediatamente después de la muerte, lo que ocurre en el kamaloca, y luego, en el país del Espíritu, pero dice muy poco de las observaciones clarividentes de los detalles particulares. Se podría suponer con mucha probabilidad que es bastante más fácil observar un alma en particular, después de la muerte, que analizar las experiencias descritas en forma general; pero éste no es el caso. Usaré un ejemplo para probarlo. Con la visión clarividente correctamente desarrollada, es más fácil percibir los acontecimientos mayores, tales como el pasaje del alma humana a través de la muerte, hacia el Kamaloca, y su ascensión posterior, que ver las experiencias particulares de un alma dada. Así también, en el mundo físico, es más fácil reconocer lo que está sujeto regularmente a las influencias de los movimientos celestes más grandes, que reconocer lo que, en cierto sentido, sufre la influencia espasmódica de estos movimientos.

Todos podemos contar con el hecho de que el sol saldrá mañana por la mañana, y se pondrá por la noche. Pero no es fácil hacer el pronóstico del tiempo. Lo mismo ocurre con la clarividencia. Los informes que damos generalmente en nuestras descripciones de los mundos espirituales pueden ser comparados con el conocimiento que tenemos del curso general de los cuerpos celestes. Podemos contar siempre con que estas cosas se cumplirán tal como se las ha descrito. Pero, los hechos particulares de la vida que media entre la muerte y un nuevo nacimiento, son como las condiciones del tiempo en la tierra. Están, naturalmente, sujetas a leyes, pero son más difíciles de reconocer; aún en la tierra, difícilmente se puede decir, estando en un lugar, cómo será el tiempo en otro lugar. No es fácil conocer aquí en Bergen, cómo será el tiempo en Berlín, aunque estemos enterados de las posiciones relativas que tienen allí el sol y la luna. Seguir el curso de una vida individual después de la muerte, es más difícil y requiere un cultivo especial del don de la clarividencia, que seguir el curso general del alma humana. Si se practica correctamente, se obtiene primero el conocimiento de las condiciones generales, y el resto, que parece ser más fácil, llega mucho más tarde —después de estudiar mucho. Un hombre pudo haber sido capaz, durante mucho tiempo, de ver bastante claramente todo, lo que se refiere al Kamaloca y el Devachan, y resultarle, sin embargo, extremadamente difícil ver la hora que marca un reloj escondido en nuestro bolsillo. Las cosas del mundo físico son las más difíciles de todas para la práctica clarividente. Ocurre exactamente lo contrario en la adquisición del conocimiento de los mundos más altos. El hombre se equivoca en eso, porque existe todavía una clarividencia natural que es vaga, y está sujeta a muchos errores. Esto puede durar mucho tiempo, y no dar a la visión clarividente la perspectiva de las condiciones generales descritas por la Antroposofía, condiciones a las cuales, el clarividente práctico, llega más fácilmente. Estos son los temas del mundo espiritual acerca de los cuales fue mi deseo hablaros hoy. Mañana continuaremos estas observaciones y ahondaremos un poco más en ellas.

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Traductor desconocido.

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GA232.c6. Los Misterios Efesios de Artemisa (3)

templo de diana en efeso

Rudolf Steiner. Dornach, 2 de diciembre de 1923.

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Cuando hoy el hombre habla de la “palabra” para él significa, por regla general, sólo la débil palabra humana, la cual, en presencia de la majestad del Universo, tiene poco significado. Pero sabemos que el Evangelio de Juan comienza con las palabras profundamente significativas: “En el Principio Primordial estaba la Palabra, el Logos. Y el Verbo estaba con Dios, y el Verbo era Dios”.

Cualquiera que medite en este significativo comienzo del Evangelio de Juan debe preguntarse: ¿Qué se indica en realidad cuando la Palabra se coloca al principio de todas las cosas? ¿Qué significa realmente este Logos, esta Palabra? ¿Y cómo se relaciona este significado con nuestra palabra humana, tan insignificante en presencia de la majestad del Universo?

El nombre de Juan está relacionado con la ciudad de Éfeso, y el que, equipado con una visión imaginativa de la historia del mundo, enfrenta estas significativas palabras: “En el Principio era el Logos. Y el Logos estaba con Dios. Y el Logos era Dios”, se remite continuamente a lo largo del sendero interior al antiguo Templo de Diana en Éfeso. Para aquel que es iniciado hasta cierto punto en los misterios cósmicos, lo que suena como un enigma en los primeros versos del Evangelio de Juan señala los Misterios del Templo de Artemisa o Diana en Éfeso; por lo que puede parecerle que a través de la investigación de los Misterios de Éfeso se podría obtener algo que le condujera a la comprensión del comienzo del evangelio de Juan.

Por lo tanto, equipados hoy con lo que se ha traído ante nuestras almas en las dos últimas conferencias, busquemos durante un momento los Misterios del Templo de Diana (Artemisa) en Éfeso. Miremos hacia atrás en un tiempo de seis o siete siglos o incluso antes de la era cristiana, para ver lo que se hizo en este santuario tan sagrado para los antiguos. Encontramos que la instrucción dada en los Misterios de Éfeso se centraba en primer lugar en lo que emana del habla humana. Aprendemos lo que ocurrió en esos Misterios Efesios no de ninguna presentación histórica (porque la barbarie humana ha tomado suficiente cuidado para la destrucción de los registros históricos), pero lo aprendemos del Registro Akáshico, esa Crónica del pensamiento etérico accesible a la cognición espiritual, donde están inscritos los acontecimientos de la historia del mundo.

En este Registro viene una y otra vez a nuestra percepción la manera en que el alumno fue dirigido por el maestro para concentrarse en el habla humana. Una y otra vez el alumno fue instado de la siguiente manera: “Aprende a sentir en tu propio instrumento de expresión lo que realmente ocurre cuando hablas”.

Los procesos que tienen lugar cuando un hombre habla no pueden ser aprehendidos por percepciones toscas, porque estos procesos son delicados e íntimos. Consideremos primero el lado exterior del habla, pues fue con este lado externo de la palabra que comenzó la instrucción dada en los Misterios de Éfeso.

La atención del pupilo se dirigió primero a la manera en que la palabra suena de la boca. Se le dijo una y otra vez: “Nota lo que sientes cuando la palabra suena en tu boca”. El alumno debía primero notar cómo, en cierta medida, algo de la palabra ascendía para tomar en sí el pensamiento de la cabeza; y después, cómo algo de la misma palabra descendía para experimentar interiormente el contenido del sentimiento.

Una y otra vez se instaba al discípulo a dirigir el mayor rango posible de hablar por su garganta, y al mismo tiempo observar el ascenso y el descenso, que se percibe en la palabra que empuja de la garganta. Tuvo que hacer una afirmación positiva y negativa: “Yo soy, yo no soy.” Esto tuvo que forzarlo de la manera más articulada posible a través de su garganta y luego tenía que observar cómo, en las palabras “Yo soy” es predominante el sentimiento de lo que sube mientras que en las palabras “yo no soy” prevalece el sentimiento de lo que desciende.

La atención del alumno fue entonces dirigida a acercarse aún más al íntimo sentimiento interior y a las experiencias personales de la palabra. Tuvo que experimentar lo siguiente: De la palabra se eleva hacia la cabeza algo como el calor y ese calor, ese fuego, se apodera del pensamiento. Y hacia abajo fluye algo como un elemento acuoso, éste se derrama, como se derrama la secreción glandular en el hombre. A los discípulos de los Misterios de Éfeso se les hizo ver que el hombre hace uso del aire para hacer resonar la palabra. Pero al hablar, el aire se transforma en el siguiente elemento, en el fuego, en el calor, arrastrando y envolviendo el pensamiento a las alturas de la cabeza.

Una vez más, debido a que surge una condición alterna  —este envío de fuego hacia arriba y el envío hacia abajo de lo que está encarnado en la palabra— el aire, que gotea hacia abajo como agua, como un elemento fluido como una secreción glandular. Y mediante este último proceso la palabra se vuelve interiormente perceptible, el hombre puede sentirla interiormente. La palabra fluye hacia abajo como un elemento fluido.

El discípulo fue entonces llevado al misterio real del habla; y este misterio está conectado con el misterio del hombre. Este misterio del hombre está hoy barrado para los científicos, pues la ciencia coloca como coronación de todo pensamiento la caricatura más increíble de una verdad, a saber, la llamada ley de la conservación de la energía y de la materia. En el hombre la materia se transforma continuamente. No permanece. El aire que es expulsado de la garganta se transforma a medida que pasa, alternativamente en el siguiente elemento superior, en el elemento de calor o fuego, y de nuevo al elemento del agua, Fuego-Agua-Fuego-Agua.

El discípulo de Éfeso se hizo consciente de que cuando hablaba, una serie de ondas brotaban de su boca; Fuego-agua-fuego-agua; pero esto no era ni más ni menos que el esfuerzo de la palabra hacia arriba hacia el pensamiento, y el hundimiento de la palabra hacia el sentimiento. Así, en el discurso del hombre, el pensamiento y el sentimiento se están entretejiendo, y por este vivo movimiento ondulante del habla el aire se enrarece en el fuego por una parte y por otra se condensa en agua, y así sucesivamente.

Cuando en los Misterios de Éfeso esta gran verdad fue llevada ante el alma del discípulo por medio de su propio discurso, se pensó que su sentimiento debía decir lo siguiente:

“Habla, oh hombre! Y revelaras por ti mismo la evolución del mundo”.

En Éfeso, cuando el alumno entraba en el umbral del Templo, siempre se le exhortaba con estas palabras:

“Habla hombre! Y revela por ti mismo la evolución del mundo”.

Y cuando salía del  umbral del Templo le fue hecha esta declaración en otra forma:

“La evolución del mundo se revela a través de ti, oh hombre! cuando hablas”.

El discípulo se sentía como si su propio cuerpo fuera un velo sobre los misterios cósmicos que resonaban en su pecho viviendo en su discurso, como si con su propio cuerpo estuviera encerrando estos misterios del cosmos.

Esto fue realizado como preparación para un misterio realmente más profundo, pues a través de esta preparación el alumno se hizo consciente de que el ser humano individual estaba íntimamente conectado con los misterios del cosmos. El dicho “Conócete a ti mismo” ganó un significado sagrado porque fue proferido no sólo teóricamente, sino porque interiormente fue solemnemente sentido y experimentado.

Cuando el discípulo en cierta medida había ennoblecido y elevado su propia naturaleza humana, en cuanto la consideraba como un velo que cubría el misterio del cosmos, podía ser llevado aún más lejos hacia aquello que extiende el misterio sobre las vastedades cósmicas. Recordemos aquí lo que se dijo en la última conferencia.

Os he representado una condición en la evolución de la Tierra en la que ocurrió lo siguiente. Sabemos que en la antigua condición de la Tierra existía como sustancia esencial para su evolución en esa etapa toda esa arcilla sin pretensiones que tenemos también en las montañas del Jura. En los depósitos calcáreos, en las rocas calizas de la Tierra tenemos lo que queremos considerar ahora. Debemos pensar en la Tierra rodeada de aquello que en la última conferencia llamé albúmina fluida. Sabemos que las fuerzas cósmicas trabajaron en este fluido albuminico de tal manera que se coagularon en formas definidas. Y también escucharon que mientras existió esta condición de la Tierra todo ocurrió en una sustancia más densa, en un grado realzado de lo que tenemos hoy con el levantamiento de la niebla y la caída de la lluvia. El elemento calcáreo se eleva hacia arriba, impregnando lo que se había condensado en el fluido albuminico, llenándolo de arcilla para que pudiera adquirir formaciones óseas, y de esta manera en el curso de la evolución de la Tierra se desarrollaron los animales. Los animales fueron arrancados de la atmósfera todavía albuminosa por aquello que vive espiritualmente en el elemento de la arcilla.

arcilla

 

También dije que cuando el hombre se une a los metales de la Tierra, siente todo lo que sucedió entonces como parte de su propio ser; es como si un recuerdo se levantara en él. En cuanto a esta etapa de la evolución, no se siente como un hombre diminuto encerrado en una piel; se siente como abrazando a todo el planeta Tierra. Para expresar esto de una manera algo grotesca, debo decir: El hombre siente esencialmente que su cabeza abarca todo el planeta Tierra.

En los procesos que explique en la última conferencia, el hombre siente que todo esto tiene lugar dentro de sí mismo. Pero, ¿cómo siente esto dentro de él? Todo lo que os he representado como el surgimiento de la arcilla, la unión de esta arcilla con la albúmina coagulada, su descenso y la extracción de los animales a la Tierra, es experimentado por el hombre que lo escucha. Lo experimenta internamente. Sólo deben concebirlo como experiencia interior. Él lo oye. Esta creación que surge cuando la arcilla llena la albúmina coagulada y la hace gruesa y huesuda, lo que se forma es algo que se oye y se siente como a través del oído. Se oye el Misterio del Mundo.

De hecho, el hombre experimenta en la memoria, a través del recuerdo producido por los metales, el pasado de la Tierra, como si uno oyera resonar lo que he descrito y que en esta resonancia se sintiera el vivir y tejer de los acontecimientos del mundo.

¿Qué es lo que el hombre oye? Estos sucesos del mundo, ¿en qué forma se revelan? Se revelan como la Palabra Cósmica, como el Logos. En este ascenso y caída de la arcilla resuena el Logos, la Palabra Macrocósmica. Y cuando el hombre es capaz de oír este discurso dentro de sí, percibe algo más. Lo siguiente es realmente posible.

Pongamonos ante un esqueleto humano o animal. Lo que la ciencia de la anatomía tiene que decir acerca de estas formas es muy superficial, en realidad es vergonzosamente superficial. ¿Qué podemos decir cuando, conectando interiormente con su ser natural y espiritual, miramos un esqueleto? Nosotros decimos: No se limiten a mirarlo. Es espantoso mirar simplemente las formas: la columna vertebral con sus vértebras maravillosamente moldeadas apiladas una sobre otra, con las costillas procedentes de ella que se doblan y se curvan al frente y se articulan tan maravillosamente; la forma en que las vértebras se cambian en los huesos del cráneo, cuya articulación es todavía más difícil de percibir; cómo las costillas arqueadas encierran la cavidad del pecho; cómo se forman las articulaciones en forma de bola para los huesos del brazo y los huesos de la pierna. Frente a este misterio del esqueleto no podemos hacer otra cosa que decir algo claramente definido. Debemos decirnos a nosotros mismos: “No mires simplemente todo esto sino escúchalo; Escucha cómo un hueso cambia en otro. Aquí hay un discurso real”.

Si en este punto puedo hacer una observación personal es ésta: Algo muy maravilloso nos precede si con un sentimiento para estas cosas, entramos en un museo de historia natural, porque allí tenemos una maravillosa colección de instrumentos musicales, formando una poderosa orquesta, que resuena en la más  maravillosa sinfonía. He experimentado esto muy fuertemente cuando visité el museo en Trieste. Allí, debido a un arreglo muy especial de los esqueletos animales (que se hizo instintivamente) el efecto fue que de un extremo del animal resonaban los misterios de la luna y del otro los misterios del Sol. El conjunto estaba como impregnado por soles y planetas resonando. Allí se podía sentir la conexión entre este sistema óseo compuesto de arcilla, el esqueleto, y lo que una vez llamó al hombre del universo en el que tejía, cuando él mismo era uno con el Universo, cuando resonando como el misterio del Mundo, resonó en el hombre al mismo tiempo que su propio misterio.

Las criaturas que surgieron entonces, en primer lugar, las criaturas animales, revelaron así su ser esencial, para el Ser del reino animal vivido en el Logos, en el resonante misterio cósmico. Lo que uno percibía no eran dos cosas separadas. No se perciben los animales, y luego de alguna otra manera el Ser de los animales; lo que hablaba era el surgimiento y desarrollo de los animales mismos en su propio Ser.

El discípulo de los Misterios de Éfeso podía tomar en su corazón y en su alma de la manera correcta para esa época lo que entonces podría hacerse claro en él acerca del Principio Primordial, cuando la Palabra, el Logos estaba activo como la esencia y el ser de todas las cosas. El alumno fue capaz de recibir este misterio porque se había preparado para ello ennobleciendo y elevando su naturaleza humana, ya que había sido capaz de sentirse a sí mismo como una capa o un velo del diminuto reflejo de este misterio cósmico que vivía en la resonancia de su propia palabra.

Intentemos ahora sentir cómo este desarrollo de la Tierra pasó de un nivel a otro. Consideremos esto. En el elemento de la arcilla tenemos algo que en ese momento era todavía fluido; la arcilla ascendía como vapor y caía de nuevo en gotas como lluvia. La arcilla era de naturaleza fluida. Al ascender, se transformaba en aire; y cuando descendía se transformaba en sustancia sólida. Fue en una etapa más temprana que la imagen del hombre, donde tenemos el aire que se transforma en calor y en agua. En esa condición primitiva el elemento del agua estaba activo, es decir, la arcilla, el fluido se enrarecía en el aire y se condensaba en sustancia sólida; así como en nuestras gargantas hoy el aire rarificado se calienta o se condensa en agua. Lo que vivía en el mundo se elevaba del agua al aire. En tiempos primitivos se vivía en lo fluido, se enrarecía en el aire y se condensaba en sustancia sólida.

Por lo tanto, es posible para nosotros seres humanos comprender este misterio del mundo en miniatura. Cuando este misterio era el maya grande y poderoso del mundo fue una etapa más anterior. La Tierra condensaba todo. La arcilla se volvió más densa, etc. Los seres humanos no habríamos podido admitir esta tendencia densificante en nuestro propio ser interior, aunque hubiera llegado a nosotros en miniatura. Sólo podíamos admitirlo cuando subiera un nivel más alto, desde el agua hasta el aire, y con ello en su elevación hacia arriba en el elemento del calor o hacia abajo en el agua, que ahora era el elemento más denso.

 Así, el Gran Mundo, el Misterio Macrocósmico se convirtió en el Misterio microcósmico del habla humana, y es a este Misterio Cósmico, la traducción en maya, del Gran Mundo, a lo que señala el comienzo del Evangelio de Juan:

“En el Principio estaba el Logos; Y el Logos estaba con Dios, y el Logos era Dios”.

Esto fue lo que aún vivía y estaba activo en la tradición de Éfeso, también lo que el evangelista, el escritor del Evangelio de Juan podía leer en el Registro Akáshico acerca de Éfeso, del cual tenía sed su corazón, la forma correcta de expresar lo que quería comunicar a la humanidad del misterio del comienzo del mundo. Ahora podemos dar un paso más allá.

Podemos recordar lo que se dijo la última vez, que, antes de la arcilla, estaba la sílice, que ahora aparece en el cuarzo. En esta sílice aparecieron las formas vegetales, aquellas formaciones parecidas a nubes que verdecían  y se desvanecían. Y si, como dije, un hombre en ese momento hubiera podido mirar hacia las extensiones del cosmos, habría visto el surgimiento de la creación animal y aquellas plantas primitivas que verdecían y después desaparecían. Todo esto fue percibido por el hombre como una experiencia interior. Lo percibió como parte de su propio ser. Además de oír lo que resonaba en la creación animal como algo que vivía dentro de sí mismo, el hombre podía en cierto sentido acompañar interiormente lo que oía sonar, como en su propia cabeza, en el pecho y la cabeza humanos puede ascender con palabras a través del calor para captar el pensamiento. Podía así acompañar lo que oía resonar en la creación de los animales después de lo que había experimentado en el surgimiento de las plantas.

tiza,silice, cuarzo

 

 Esto fue lo notable: el hombre experimentó el proceso del desarrollo de los animales en la arcilla vaporizante y descendente. Y cuando trazó más allá de lo que estaba en la sílice, mientras los seres vegetales se volvían verdes y se desvanecían, la Palabra Cósmica se hizo Pensamiento Cósmico y las plantas que vivían en el elemento silíceo agregaron el Pensamiento a la Palabra Resonante.

Uno daba como un paso hacia arriba, y al Logos retumbante se agregaba el Pensamiento Cósmico; Al igual que hoy, en la palabra sonora en el habla, en las olas del habla (fuego-agua-fuego-agua) el pensamiento es aferrado en el fuego.

Si estudian ciertas enfermedades de los órganos sensoriales de la cabeza o de los órganos de los sentidos en general, podrán observar los efectos curativos del ácido silícico. El ácido silícico aparece entonces entre los secretos del cosmos como el elemento del pensamiento en la creación primitiva original de la planta, y podría incluso decirse que ésta es la percepción sensorial de la Tierra con respecto a la estructura del cosmos. De una manera maravillosa se expresa realmente microcósmicamente en el hombre de hoy lo que una vez fue macrocósmico, lo que fue el surgimiento y la evolución, el trabajo y el tejido del mundo.

Sólo piensen por un momento cómo el hombre vivió entonces, todavía uno con el cosmos, en unidad con el cosmos. Hoy, cuando el hombre piensa, tiene que pensar aislándose en su cabeza. Dentro están sus pensamientos y salen sus palabras. El Universo está fuera. Las palabras sólo pueden indicar el Universo. Los pensamientos sólo pueden reflejar el Universo. Cuando el hombre seguía siendo uno con el macrocosmos, no era así, pues entonces experimentaba el universo como si estuviera en sí mismo. La Palabra era al mismo tiempo su entorno. El pensamiento era lo que permeaba y fluía a través de su ambiente. El hombre escuchaba y lo que oía era Mundo. El hombre alzó la mirada hacia lo que oía, pero levantaba la visión desde su interior. La Palabra fue en primer lugar sonido. La Palabra era algo que luchaba como para ser resuelto como un enigma; en el surgimiento de la creación animal se reveló algo que pugnaba por una solución. Como una pregunta, el reino animal surgió dentro de la arcilla. El hombre miró el ácido silícico, y la creación vegetal respondió con lo que había sido tomado como la naturaleza sensible de la Tierra, y resolvió los enigmas que la creación animal presentaba. Estos mismos seres respondieron mutuamente las preguntas del otro. Un ser, en este caso el animal, plantea una pregunta: los otros seres, en este caso las plantas, proporcionan la respuesta. El mundo entero se convierte en lenguaje.

Y ahora podemos decir: esta es la realidad del comienzo del Evangelio de Juan. Nos remiten al principio primordial de todo lo que ahora existe. En este Principio Primordial, en este Principio, estaba la Palabra. Y el Verbo estaba con Dios. Y el Verbo era Dios, porque era el Ser creador de todo.

Es realmente el caso que lo que se enseñó a los alumnos en los Misterios de Éfeso con respecto a la Palabra es la que llevó a las oraciones iniciales del Evangelio de Juan. En efecto, es muy apropiado que los antropósofos vuelvan hoy su atención a estos secretos que descansan en el tiempo; pues en cierto sentido, en un sentido muy particular, lo que estaba aquí en la colina de Dornach, ya que el Goetheanum se había convertido en el centro de la actividad antroposófica. El dolor que sentimos hoy debe seguir siendo dolor, y lo será en todos los que fueron capaces de sentir lo que el Goetheanum estaba destinado a ser. Pero para aquel que se esfuerza en elevarse en su conocimiento hacia lo espiritual todo lo que tiene lugar en el mundo físico debe ser al mismo tiempo para él una manifestación exterior, una imagen de lo espiritual que está detrás de ella. Y si, por un lado, tenemos que aceptar este dolor, por otro lado, nosotros como seres humanos que luchamos por el conocimiento espiritual debemos ser capaces de convertir lo que ha causado este dolor en una oportunidad para mirar espiritualmente una revelación que nos lleva a profundidades cada vez mayores. Este Goetheanum habría sido un lugar en el que uno esperaba haber hablado y en el que hemos hablado una y otra vez de las cosas que están relacionadas con las primeras palabras del Evangelio de Juan:

“En el Principio estaba la Palabra —el Logos— y la Palabra estaba con Dios, y Dios era la Palabra”.

Entonces el Goetheanum fue destruido por el fuego. Esta imagen terrible del Goetheanum ardiente surge ante nosotros. El dolor puede dar origen a la convocatoria para mirar cada vez más profundamente lo que vive en el poder de nuestro pensamiento, en este ardiente Goetheanum de Nochevieja. Es una experiencia, aunque dolorosa, que nos lleva a profundidades cada vez mayores. Lo que quisiéramos haber fundado en este Goetheanum, que como he dicho está relacionado con el Evangelio de Juan, éstas ya forman un recinto dentro de estas llamas ardientes que consumen. Y es un impulso importante que podemos captar: Que estas llamas sean para nosotros la ocasión de mirar a través de ellas a otras llamas, esas llamas que una vez hace mucho consumieron el Templo de Éfeso. Considerémoslo como una invocación para intentar comprender lo que está al principio del Evangelio de Juan. Impulsados por este hecho dolorosamente sagrado, llevemos la mirada desde el Evangelio de Juan al Templo de Éfeso —que una vez fue quemado— y luego a las llamas del Goetheanum, que nos hablan tan dolorosamente, y recibiremos una monición de lo que fluye en el Akasha con las llamas ardientes del templo de Éfeso.

Aún hoy, si miramos hacia atrás a esa desgraciad noche, a esas fieras llamas de la conflagración de Goetheanum, ¿no encontramos en ellas todavía los metales fundidos los instrumentos musicales que hablan una lengua tan pura y santa? ¿No encontramos en estos metales fundidos aquellos instrumentos musicales que conjuran en las llamas esos maravillosos colores —diversos colores— que están estrechamente relacionados con los metales? A través de la conexión con los metales surge algo como la memoria en la sustancia de la Tierra. Este recuerdo que tenemos de lo que fue consumido con el Templo de Éfeso. Y así como estas dos conflagraciones pueden estar conectadas, también el anhelo de investigar el significado de “En el Principio era la Palabra, y la Palabra estaba con Dios, y Dios era la Palabra” Puede estar ligada un poco a las palabras que una y otra vez quedaron claras para el discípulo de Éfeso: “Estudia el misterio del hombre en la pequeña palabra, en el micrologos; Así maduraras para experimentar en ti el Misterio del Macrologos”.

El hombre es el microcosmos en contraste con el macrocosmos, pero también lleva dentro de él los misterios del cosmos, y podemos descifrar el misterio cósmico contenido en los tres primeros versículos del Evangelio de Juan si tenemos en cuenta en el correcto sentido en el que, como en muchas otras cosas también, las llamas del Goetheanum se condensaron, como si se tratara de caracteres escritos:

“He aquí el Logos

En el fuego ardiente

Procura la solución

En el Templo de Diana”.

El Registro Akáshico del fuego de la víspera del Año Nuevo habla estas palabras muy claramente, junto con muchas otras; y nos dan la exigencia de establecer en el microcosmos el micrologos, para que el hombre pueda adquirir la comprensión de aquello de lo cual se ha formado todo su ser —el macrocosmos— a través del macrologos.

ruinas de efeso

Traducido por Gracia Muñoz en junio de 2017.