GA201c7. El Hombre: Enigma del Universo

Rudolf Steiner — Dornach, 23 de abril de 1920

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Las últimas conferencias describieron un camino que, si se sigue de la manera correcta, conduce a una percepción del Universo y a su organización. Como han visto, este camino obliga a una búsqueda continua de la armonía existente entre los procesos que tiene lugar en el Hombre y los procesos observados en el Universo. Mañana y pasado voy a tratar este tema de tal manera que los amigos que han venido a la Asamblea General puedan recibir algo de las dos conferencias dadas a los que estaban presentes. Mañana voy a repasar algo de lo que se ha dicho para después conectarlo con algo nuevo.

Al leer mi “Ciencia Oculta, un Esbozo”, habrán visto que en la descripción que da de la evolución del Universo conocido, se mantiene en todas partes la relación de esa evolución con la evolución del Hombre mismo. Comenzando con el período de Antiguo Saturno que fue seguido por los períodos del Antiguo Sol y la Antigua Luna que preceden al período de la Tierra, recordarán que el período del  Antiguo Saturno se caracterizó por la colocación de los primeros fundamentos de los sentidos humanos. Y a lo largo de esta línea de pensamiento, procede el libro. En todas partes, las condiciones universales se consideran de tal manera que al mismo tiempo describen también la evolución del hombre. En resumen, no se considera el hombre en el Universo como la ciencia moderna lo ve —el Universo exterior por un lado, y el hombre por el otro— dos entidades que no se pertenecen correctamente el uno al otro. Aquí, por el contrario, se considera que los dos se fusionan entre sí, y la evolución de ambos continua. Esta concepción debe, necesariamente, ser aplicada también a los atributos, fuerzas y movimientos presentes del Universo. No podemos considerar en primer lugar el Universo de forma abstracta en su aspecto puramente espacial, como se hace en el sistema Galileo-Copernicano, y luego al Hombre como algo que existe a su lado; debemos hacer que ambos se combinen en nuestro estudio.

Esto solo es posible cuando hemos adquirido una comprensión del Hombre mismo. Ya les he mostrado cuán poco la ciencia natural moderna está en posición de explicar al hombre. ¿Qué hace la ciencia, por ejemplo, en esa esfera donde es más grande, a juzgar por los métodos modernos de pensamiento?. Establece de una manera grandiosa que el Hombre ha evolucionado físicamente desde otras formas inferiores. Luego muestra cómo, durante el período embrionario, el Hombre vuelve a pasar rápidamente a través de estas formas en recapitulación. Esto significa que se considera al Hombre como el más elevado de los animales. La ciencia contempla el reino animal y luego construye al Hombre a partir de lo que allí se encuentra; en otras palabras, examina todo lo no humano, y luego dice: “Aquí nos detenemos; aquí comienza el hombre’. La ciencia natural no se siente llamada a estudiar al hombre como Hombre, y en consecuencia, cualquier comprensión real de su naturaleza está fuera de discusión.

En verdad es muy necesario hoy en día para las personas que dicen ser expertas en este dominio de la naturaleza, examinar las investigaciones de Goethe en las ciencias naturales, particularmente su Teoría de los colores. Ahí se usa un método de investigación muy diferente del que hoy estamos acostumbrados. En el mismo comienzo, se hace mención de los colores subjetivos y fisiológicos, y luego se investigan cuidadosamente los fenómenos de la experiencia viviente del ojo humano en relación con su entorno. Se muestra, por ejemplo, cómo estas experiencias o impresiones no solo duran mientras el ojo está expuesto a su entorno, sino que permanece un efecto posterior. Todos conocen un fenómeno muy simple relacionado con esto. Miran una superficie roja y luego, al girar rápidamente hacia una superficie blanca, verán en el color rojo un fondo verde. Esto muestra que el ojo está, en cierto sentido, todavía bajo la influencia de la impresión original. Aquí no hay necesidad de examinar la razón por la cual el segundo color visto debe ser verde, solo nos quedaremos con el hecho más general de que el ojo conserva el efecto posterior de su experiencia. Aquí tenemos que ver con una experiencia de la periferia del cuerpo humano, porque el ojo está en la periferia. Cuando contemplamos esta experiencia, encontramos que durante un cierto tiempo limitado, el ojo conserva el efecto posterior de la impresión; después de eso la experiencia cesa, y el ojo puede entonces exponerse a nuevas impresiones sin interferencia del último.

Consideremos ahora de manera bastante objetiva un fenómeno conectado no con un único órgano localizado del organismo humano, sino con todo el ser humano. Siempre que nuestras observaciones no tengan prejuicios, no podemos dejar de reconocer que esta experiencia realizada por todo el ser humano está relacionada con la experiencia localizada con el ojo. Nos exponemos a una impresión, a una experiencia, con todo nuestro ser. Al hacerlo, absorbemos esta experiencia del mismo modo que el ojo absorbe la impresión del color al que está expuesto; y encontramos que después del lapso de meses, o incluso años, el efecto posterior aparece en forma de una imagen de pensamiento. Todo el fenómeno es algo diferente, pero no fallará en reconocer la relación de esta imagen de la memoria con la imagen posterior de la experiencia que el ojo retiene por un corto tiempo limitado.

Este es el tipo de pregunta que el hombre debe enfrentar, ya que solo puede obtener un poco de conocimiento del mundo cuando aprende a hacer preguntas de la manera correcta. Preguntémonos por lo tanto: ¿Cuál es la conexión entre estos dos fenómenos, entre la imagen posterior del ojo y la imagen de la memoria que se eleva dentro de nosotros en relación con una determinada experiencia? Tan pronto como planteemos nuestra pregunta de esta forma y requiramos una respuesta definitiva, nos daremos cuenta de que todo el método actual del pensamiento científico natural no proporciona la respuesta; y falla debido a la ignorancia de un gran hecho: el hecho del significado universal de la metamorfosis. Esta metamorfosis es algo que no se completa en el Hombre dentro de los límites de una vida, sino que se va desarrollando a lo largo de vidas consecutivas en la Tierra.

Recordarán que para obtener una verdadera percepción de la naturaleza del Hombre, lo dividimos en tres partes: la cabeza, el hombre rítmico y las extremidades. Podemos, para el presente propósito, considerar los dos últimos como uno, y así tenemos la organización principal por un lado y todo lo que compone las partes restantes por el otro. A medida que tratamos de comprender esta organización principal, debemos ser capaces de entender cómo se relaciona con la evolución total del Hombre. La cabeza es una metamorfosis posterior, una transformación, del resto del hombre, considerada en términos de sus fuerzas. ¿Se imaginan a ustedes mismos sin cabeza? —y por supuesto también sin lo que está presente en el resto del organismo, pues realmente pertenece a la cabeza— en primer lugar, pensarían en la parte restante de su organismo como sustancial.

Pero aquí no nos preocupamos por la sustancia; es la interrelación de las fuerzas de esta sustancia la que experimenta una transformación completa en el período entre la muerte y un nuevo nacimiento y se convierte en la próxima encarnación en la organización principal. En otras palabras, lo que ahora incluye en la parte inferior (el hombre rítmico y las extremidades) es una metamorfosis anterior de lo que va a ser la organización principal. Pero si desean comprender cómo procede esta metamorfosis, tendrán que considerar lo siguiente. Tomen cualquier órgano —hígado o riñón— del hombre inferior, y compárenlo con la organización de la cabeza. Inmediatamente se darán cuenta de una diferencia fundamental y esencial; a saber, que todas las actividades de las partes inferiores del cuerpo, a diferencia de la parte superior o la cabeza, se dirigen hacia adentro, como lo indican los riñones, cuya actividad se ejerce internamente. La actividad de los riñones es una actividad de secreción. Al comparar este órgano con un órgano característico de la cabeza —el ojo, por ejemplo— se encuentra que la construcción de este último es exactamente lo contrario. Se dirige completamente hacia afuera, y los resultados de las impresiones cambiantes se transmiten hacia adentro a la razón, a la cabeza. En cualquier órgano particular de la cabeza, tienes el polo opuesto de un órgano que pertenece a la otra parte del cuerpo. Podemos representar este hecho en forma de diagrama.

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Tomen el dibujo de la izquierda como la primera metamorfosis y el dibujo de la derecha como la segunda; entonces tendrán que imaginar lo primero como la primera vida, y lo segundo como la segunda vida, y entre los dos está la vida entre la muerte y un nuevo nacimiento. Primero tenemos un órgano interno que se dirige hacia adentro. Debido a la transformación que tiene lugar entre dos vidas físicas, toda la posición y dirección de este órgano se invierte por completo, ahora se abre hacia afuera. De modo que un órgano que desarrolla su actividad hacia dentro en una encarnación, la desarrolla externamente en la vida sucesiva. Ahora pueden imaginar que algo ha sucedido entre las dos encarnaciones que se puede comparar con ponerse un guante, quitárselo y darle la vuelta; al volver a ponerse el guante, la superficie que se estaba hacia adentro sale y viceversa. Por lo tanto, debe notarse que esta metamorfosis no solo transforma los órganos, sino que los vuelve al revés; lo interno se vuelve externo. Ahora podemos decir que los órganos del cuerpo (tomando ‘cuerpo’ como lo opuesto a ‘cabeza’) se han transformado. De modo que uno u otro de nuestros órganos abdominales, por ejemplo, se ha convertido en nuestros ojos en esta encarnación. Se ha invertido en sus fuerzas activas, se ha convertido en un ojo y ha alcanzado la capacidad de generar secuelas que siguen a las impresiones externas. Ahora esta facultad debe su origen a algo. Consideremos el ojo y la misión de su actividad vital, de una manera imparcial. Estas secuelas solo nos demuestran que el ojo es un ser vivo. Demuestran que el ojo, por un momento, retiene impresiones; ¿y por qué? Usaré como símil algo más simple. Supongamos que tocan seda; su órgano del tacto conserva un efecto posterior de la suavidad de la seda. Si más tarde vuelven a tocar la seda, la reconocerán como la primera impresión que nos dejo. Es lo mismo con el ojo. El efecto posterior está de alguna manera conectado con el reconocimiento. La vida interior que produce este efecto posterior, juega un papel en el reconocimiento. Pero el objeto externo, cuando se reconoce, permanece afuera. Si veo a alguno de ustedes ahora, y mañana nos volvemos a ver y nos reconocemos, están físicamente presentes ante mí.

Ahora comparen esto con el órgano interno del cual el ojo es una transformación con respecto a su actividad y fuerzas. En este órgano debe residir algo que en cierto sentido corresponde a la capacidad del ojo para retener imágenes de impresiones, algo similar a la vida interior del ojo; pero debe estar dirigido hacia adentro. Y esto también debe tener alguna conexión con el reconocimiento. Pues reconocer una experiencia significa recordarla. Entonces, cuando buscamos la metamorfosis fundamental de la actividad del ojo en una vida anterior, debemos investigar la actividad de ese órgano que actúa en la memoria.

Es imposible explicar estas cosas en un lenguaje simple, como se desea a menudo en la actualidad, pero podemos dirigir nuestros pensamientos a lo largo de una línea determinada que, de ser seguida, nos llevará a esta concepción —a saber, que todos nuestros órganos de los sentidos que se dirigen hacia afuera tienen sus correspondencias en los órganos internos, y que estos últimos también son los órganos de la memoria. Con el ojo vemos lo que se repite como una impresión del mundo exterior, mientras que con aquellos órganos dentro del cuerpo humano que corresponden a la metamorfosis previa del ojo, recordamos las imágenes transmitidas a través del ojo.

Escuchamos el sonido con el oído, y con el órgano interno correspondiente al oído recordamos ese sonido. De este modo, el hombre, al dirigir o abrir sus órganos hacia adentro, los convierte en un órgano de la memoria. Nos enfrentamos al mundo exterior, tomándolo en nosotros mismos en forma de impresiones. Las ciencias naturales materialistas afirman que recibimos una impresión, por ejemplo, con la ayuda del ojo. La impresión se transmite al nervio óptico. Pero aquí la actividad aparentemente cesa; en cuanto al proceso de la cognición, ¡todo el organismo restante es como la quinta rueda de un carro! Pero esto está lejos de ser la verdad. Todo lo que percibimos pasa al resto del organismo. Los nervios no tienen relación directa con la memoria. Por el contrario, todo el cuerpo humano, el hombre completo, se convierte en un instrumento de memoria, solo especializada de acuerdo con el órgano particular que dirige su actividad hacia adentro. El materialismo está experimentando una paradoja trágica: no comprende la materia, ¡porque se adhiere rápidamente a sus abstracciones! Se vuelve más y más abstracto, lo espiritual se filtra cada vez más; por lo tanto, no puede penetrar en la esencia de los fenómenos materiales, ya que no reconoce lo espiritual dentro de lo material. Por ejemplo, el materialismo no se da cuenta de que nuestros órganos internos tienen mucho más que ver con nuestra memoria, que el cerebro simplemente prepara la idea o las imágenes para que puedan ser absorbidas por los otros órganos del cuerpo. En este sentido, nuestra ciencia es una perpetuación de un ascetismo unilateral, que consiste en la falta de voluntad para comprender la espiritualidad del mundo material y el deseo de superarlo. Nuestra ciencia ha aprendido suficiente ascetismo para privarse de la capacidad de comprender el mundo, cuando afirma que los ojos y otros órganos de los sentidos reciben las diversas impresiones, las transmiten al sistema nervioso y luego a otra cosa, que permanece indefinida. ¡Pero este “algo” indefinido es todo el organismo restante! Aquí es donde se originan los recuerdos  a través de la transmutación de los órganos.

Esto era muy conocido en los días cuando ningún ascetismo espurio oprimía la percepción humana. Por lo tanto, encontramos que los antiguos, cuando hablaban de “hipocondría” por ejemplo, no hablaban de ella de la misma manera que lo hace el hombre moderno e incluso el psicoanalista cuando sostiene que la hipocondría es meramente psíquica, es algo arraigado en el alma. No, hipocondría significa un endurecimiento de las partes abdominales bajas. Los antiguos sabían muy bien que este endurecimiento del sistema abdominal tiene como resultado lo que llamamos hipocondría y el idioma Inglés que da evidencia de una etapa menos avanzada que otras lenguas europeas, todavía contiene un remanente de memoria de esta correspondencia entre lo material y lo espiritual Por el momento, solo puedo recordar una instancia de esto. En inglés, la depresión se llama “bazo”. La palabra es la misma que el nombre del órgano físico que tiene mucho que ver con esta depresión. Pues esta condición del alma no se puede explicar en el sistema nervioso, la explicación para ello se encuentra en el bazo. Podríamos encontrar muchas correspondencias de este tipo, ya que el genio del lenguaje ha conservado mucho; e incluso si las palabras se han transformado de algún modo con el propósito de aplicarlas al alma, sin embargo, apuntan a una visión que el hombre una vez poseyó en la antigüedad y que le sirvió de mucho. Repito, tú, como hombre completo, observas el mundo circundante, y este mundo reacciona sobre tus órganos, que se adaptan a estas experiencias de acuerdo con su naturaleza. En una escuela de medicina, cuando se estudia la anatomía, el hígado simplemente se llama hígado, ya sea el hígado de un hombre de 50 o de 25 años, de un músico o de alguien que entiende tanta música como lo hace una vaca el domingo después de estar regalándose sobre la hierba por una semana! Es simplemente hígado. El hecho es que existe una gran diferencia entre el hígado de un músico y el de un no músico, ya que el hígado está muy relacionado con todo lo que puede resumirse como las concepciones musicales que viven y resuenan en el hombre. No sirve de nada mirar el hígado con el ojo de un asceta y verlo como un órgano inferior; porque ese órgano aparentemente humilde es la sede de todo lo que vive y se expresa a través de la bella secuencia de la melodía; está estrechamente relacionado, p.e. con el acto de escuchar una sinfonía. Debemos entender claramente que el hígado también posee órganos etéricos; son estos últimos los que, en primer lugar, tienen que ver con la música. Pero el hígado físico externo es, en cierto sentido, una externalización del hígado etérico, y su forma es como la forma de este último. De esta forma, como ven, preparan sus órganos; y si dependiera enteramente de uno mismo, los instrumentos de los sentidos serían, en la próxima encarnación, una réplica de las experiencias que se hayan hecho en el mundo en la presente encarnación. Pero esto es verdad solo en cierta medida, ya que en el intervalo entre la muerte y un nuevo nacimiento, los Seres de las Jerarquías superiores vienen en nuestra ayuda, y no siempre deciden que las lesiones producidas en nuestros órganos por falta de conocimiento o de autocontrol deberían ser llevadas con nosotros como nuestro destino. Recibimos ayuda entre la muerte y el renacimiento, y por lo tanto, con respecto a esta parte de nuestra constitución, no dependemos solo de nosotros.

De todo esto, verán que realmente existe una relación entre la organización principal y el resto del cuerpo con sus órganos. El cuerpo se convierte en cabeza, y perdemos la cabeza con la muerte en lo que respecta a sus fuerzas formativas. Por lo tanto, es esencialmente ósea en su estructura y se conserva más tiempo en la Tierra que el resto del organismo, hecho que es solo el signo externo de que se nos ha perdido para nuestra siguiente reencarnación, con respecto a todo lo que tenemos que experimentar entre la muerte y el renacimiento. La antigua sabiduría atávica percibió estas cosas claramente, y especialmente cuando se investigó esa gran relación entre el Hombre y el Macrocosmos, que encontramos expresada en la antigua descripción de los movimientos de los cuerpos celestes. El genio del lenguaje también ha preservado aquí mucho. Como señalé ayer, el hombre físico se adhiere internamente al ciclo diurno. Él exige el desayuno todos los días, y no solo los domingos. El desayuno, la comida y la cena se requieren todos los días, y no solo el desayuno del domingo, la cena del miércoles y la cena del sábado.

El hombre está vinculado al ciclo de 24 horas con respecto a su metabolismo —o la transmutación de la materia del mundo exterior. Este ciclo diurno en el interior del Hombre corresponde al movimiento diario de la Tierra sobre su eje. Estas cosas fueron percibidas de cerca por la antigua sabiduría. El hombre no sentía que fuera una criatura aparte de la Tierra, porque sabía que se ajustaba a sus movimientos; él también sabía la naturaleza de aquello a lo que se conformaba. Aquellos que tienen una comprensión para las obras de arte antiguas —aunque los ejemplos aún conservados hoy ofrecen pocas oportunidades para estudiar estas cosas— se dará cuenta del sentido de la vida, por parte de los antiguos, de la conexión del Hombre, el Microcosmos con el Macrocosmos. Está demostrado por la posición que ocupan ciertas figuras en sus imágenes, y las posiciones que otros están comenzando a asumir, etc.; en estos, que los movimientos cósmicos son constantemente imitados. Pero encontraremos algo de aún mayor importancia en otra consideración.

En casi todas las personas que habitan la Tierra, encuentran que existe una distinción o comparación reconocida entre la semana y el día. Tienen, por un lado, el ciclo de la transmutación de sustancias —o metabolismo, que se expresa en la toma de comidas a intervalos regulares. Sin embargo, el hombre nunca ha contado solo con este ciclo  él ha agregado al ciclo diurno un ciclo semanal. Primero distinguió este levantamiento y configuración del Sol —correspondiente a un día; luego agregó lunes, martes, miércoles, jueves, viernes y sábados, un ciclo siete veces mayor que el otro, donde regresa nuevamente al domingo. (En cierto sentido, después de completar siete de esos ciclos, volvemos también al punto de partida). Experimentamos esto en el contraste entre el día y la semana. Pero el hombre deseaba expresar mucho más con este contraste. Primero deseaba mostrar la conexión del ciclo diario con el movimiento del sol.

Pero hay un ciclo siete veces mayor, que, al regresar nuevamente al Sol, incluye todos los planetas: Sol, Luna, Mercurio, Venus, Marte, Júpiter y Saturno. Este es el ciclo semanal. Esto estaba destinado a significar que, teniendo un ciclo correspondiente a un día, y uno siete veces mayor que incluye los planetas, la Tierra no solo gira sobre su eje (o el Sol da vueltas), sino que todo el sistema también tiene en sí mismo un movimiento. El movimiento se puede ver en varios otros ejemplos. Si toman el curso del ciclo del año, entonces tienen en el año, como ustedes saben, 52 semanas, por lo que 7 semanas es aproximadamente la séptima parte —en cuestión de número— del año.

Esto significa que imaginamos que el ciclo de la semana se extendió o estiró durante el año, tomando el comienzo y el final del año como correspondientes al comienzo y al final de la semana. Y esto requiere la idea de que todos los fenómenos resultantes del ciclo semanal deben tener lugar a una velocidad diferente de aquellos eventos que tienen su origen en el ciclo diario.

¿Y dónde debemos buscar el origen del sentimiento que nos impulsa a contar, ahora con el ciclo diurno y ahora con el ciclo semanal? Surge de la sensación dentro de nosotros del contraste entre el desarrollo de la cabeza humana y el del resto del organismo. Vemos la organización de cabeza humana representada por un proceso del que ya he llamado su atención: la formación dentro de un ciclo de aproximadamente un año de los primeros dientes. Si consideran la primera y la segunda dentición, verán que la segunda ocurre después de un ciclo siete veces más largo que el ciclo de la primera dentición. Podemos decir que así como el ciclo de un año con respecto a la primera dentición corresponde al ciclo de evolución humana que trabaja hasta la segunda dentición, así también lo hace el día con la semana. Los antiguos sentían que esto era cierto, porque entendían correctamente otra cosa.

Entendieron que la primera dentición era principalmente el resultado de la herencia. Basta con mirar el embrión para darse cuenta de que su desarrollo procede de la organización principal; anexando, por así decirlo, el resto del organismo más tarde. Entonces comprenderán que la idea de los antiguos era bastante correcta cuando vieron una conexión en la formación de los primeros dientes con la cabeza y de los segundos dientes con  la totalidad del organismo. Y hoy debemos llegar al mismo resultado si consideramos estos fenómenos objetivamente. Los primeros dientes están conectados con las fuerzas de la cabeza humana, los segundos con las fuerzas que trabajan desde el resto del organismo y penetran en la cabeza.

Al analizar el asunto de esta manera, hemos indicado una diferencia importante entre la cabeza y el resto del cuerpo humano. La diferencia en primer lugar, puede considerarse conectada con el tiempo, porque lo que tiene lugar en la cabeza humana tiene un tiempo siete veces mayor que lo que tiene lugar en el resto del organismo humano. Vamos a traducir esto al lenguaje racional. Digamos que hoy ha comido su número habitual de comidas en la secuencia correcta. El organismo exigirá una repetición de ellas mañana. No es así la cabeza. Esta actúa de acuerdo con otra medida de tiempo; debe esperar siete días antes de que la comida tomada en el resto del organismo haya avanzado lo suficiente como para permitir que la cabeza lo asimile.

Suponiendo que esto ocurra el domingo, su cabeza tendría que esperar hasta el próximo domingo antes de poder beneficiarse con el fruto de la cena del domingo de hoy. En la organización principal, se produce una repetición después de un período de siete días, de lo que se ha logrado siete días antes en el organismo. Todo esto los antiguos lo sabían intuitivamente y lo expresaban diciendo: es necesaria una semana para transmutar lo que es físico y corporal en alma y espíritu.

Ahora verán que la metamorfosis también produce una repetición en la encarnación siguiente en el tiempo ‘único’ de lo que anteriormente requería un período siete veces más largo para lograrlo. Por lo tanto, nos ocupamos de una metamorfosis que es espacial a través del hecho de que nuestro organismo remanente —nuestro cuerpo— no se transforma simplemente, sino que se vuelve al revés y, al mismo tiempo, temporal, ya que nuestra organización principal se ha quedado atrás en la medida de un período siete veces más largo. Les será claro ahora que esta organización humana no es, después de todo, tan simple como nuestra ciencia moderna y amante de la comodidad quisiera creer. Debemos tomar la decisión de considerar que la organización del hombre es mucho más complicada; porque si no entendemos al Hombre correctamente, tampoco podremos realizar los movimientos cósmicos en los que él participa. Las descripciones del Universo que circulan desde el comienzo de los tiempos modernos son meras abstracciones, ya que se describen sin un conocimiento del Hombre.

Esta es la reforma que es necesaria, sobre todo en Astronomía, una reforma que exige la reincorporación del Hombre en el esquema de las cosas, cuando se estudian los movimientos cósmicos. Tales estudios serán, naturalmente, algo más difíciles. Goethe sintió intuitivamente la metamorfosis del cráneo de las vértebras, cuando, en un cementerio judío veneciano, encontró un cráneo de oveja que se había desmoronado en varias secciones pequeñas; esto le permitió estudiar la transformación de las vértebras, y luego siguió su descubrimiento en detalle. La ciencia moderna también ha tocado esta línea de investigación. Encontrarán algunas observaciones interesantes relacionadas con el asunto, y algunas hipótesis construidas sobre él, por el anatomista comparativo Karl Gegenbaur; pero en realidad, Gegenbaur creó obstáculos para la investigación intuitiva de Goethe, ya que no encontró suficientes razones para declararse a favor del paralelo entre las vértebras y las secciones individuales del cráneo.

¿Por qué falló? Porque mientras las personas piensen solo en una transformación e ignoren la inversión de adentro hacia afuera, siempre obtendrán una idea aproximada de la similitud de los dos tipos de huesos. Porque en realidad los huesos del cráneo son el resultado de esas fuerzas que actúan sobre el hombre entre la muerte y el renacimiento, y por lo tanto, están obligados a ser esencialmente diferentes en apariencia del hueso meramente transformado. Ellos han dados la vuelta al revés; es esta inversión lo que es el punto importante.

 

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Imaginen que tenemos aquí (diagrama) el hombre superior o el hombre cefálico. Todas las influencias o impresiones proceden hacia dentro desde fuera. Aquí abajo estaría el resto del cuerpo humano. Aquí todo funciona desde dentro hacia fuera, pero permaneciendo dentro del organismo. Déjenme ponerlo de otra manera. Con su cabeza, el hombre está en relación con su entorno externo, mientras que con su organismo inferior está relacionado con los procesos que tienen lugar dentro de él. El místico abstracto dice: “Mira dentro para encontrar la realidad del mundo exterior”. Pero esto es meramente pensamiento abstracto, no concuerda con el camino real. La realidad del mundo exterior no se encuentra a través de la contemplación interior, de todo lo que actúa sobre nosotros desde el exterior; debemos profundizar y considerarnos como una dualidad, y permitir que el mundo tome forma en una parte bastante diferente de nuestro ser. Es por eso que el misticismo abstracto produce tan poco fruto, y por qué es necesario pensar también aquí en un proceso interno.

¡No espero que ninguno de ustedes permita que su cena permanezca intacta, dependiendo de su  atractiva apariencia para apaciguar el hambre! La vida no puede ser sustentada de esta manera. ¡No! Debemos inducir ese proceso que sigue su curso en el ciclo de 24 horas y que, si consideramos al hombre completo, incluida la organización superior, solo termina su curso después de siete días. ¡Pues eso se asimila espiritualmente, porque realmente tiene que ser asimilado y no simplemente contemplado, también requiere para este proceso un período siete veces más largo.

Por lo tanto, primero se hace necesario asimilar intelectualmente todo lo que absorbemos. Pero para verlo renacer de nuevo dentro de nosotros, debemos esperar siete años. Solo entonces se desarrollara en lo que se pretendía ser. ¡Es por eso que después de la fundación de la Sociedad Antroposófica en 1901 tuvimos que esperar pacientemente, siete e incluso catorce años para obtener el resultado!

 

Traducido por Gracia Muñoz en Febrero de 2018.

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GA201c6. El Hombre: Enigma del Universo

Rudolf Steiner — Dornach, 18 de abril de 1920

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Hemos visto que debemos buscar una armonía entre los procesos que tienen lugar en y con el Hombre, y los procesos que tienen lugar en el Universo exterior. Recordemos una vez más brevemente el punto al que nos condujo nuestro estudio de ayer. Dijimos que, para empezar, el hombre debía ser considerado desde cuatro puntos de vista. Primero, desde el punto de vista de las fuerzas que son responsables de su forma; en segundo lugar, de aquello que comprende todas las fuerzas que se expresan en la circulación de la sangre, la linfa, etc., en resumen las fuerzas del movimiento interno. (Ya saben que las fuerzas formativas están en gran medida en estado de reposo en el hombre adulto, mientras que el movimiento interior está en un flujo continuo). En tercer lugar, tenemos las fuerzas orgánicas y en el cuarto, el metabolismo actual.

Para empezar, debemos considerar todo lo que tiene conexión con las fuerzas formativas. Estas son las fuerzas que trabajan hacia afuera desde adentro hasta que alcanzan la periferia más externa, los límites de la circunferencia del hombre. Si formamos una silueta del hombre, vista por así decirlo por todos lados, debemos comprender y encerrar los extremos más externos de las actividades resultantes de estas fuerzas internas, que se construyen desde adentro hacia afuera.

Ahora bien, no debería ser difícil entender que estas fuerzas formativas deben estar conectadas con otras fuerzas, que, como ellas, pertenecen a la periferia del hombre y allí deben descubrirse. Estas últimas son las fuerzas que tienen su actividad en los sentidos. Los sentidos del hombre yacen, como saben, en la periferia. Por supuesto, están distribuidos y diferenciados, pero para entrar en contacto con las fuerzas que actúan en los sentidos deben buscarlas en la periferia, y esto nos justifica al decir que las fuerzas formativas deben tener una conexión con la actividad de los sentidos.

Tal vez comprendamos mejor este punto si recordamos las palabras que Goethe cita como pronunciadas por uno de los antiguos místicos.

"Si el ojo no fuera como el Sol en sí mismo,

¿Cómo podríamos ver el Sol? "

Ahora bien, no puede ser la actividad lumínica que nos rodea todo el tiempo lo que se entiende cuando se dice que el ojo es similar al sol o similar a la luz, ya que el ojo solo puede percibir esta actividad lumínica cuando está completamente formado. Por lo tanto, no puede ser esto lo que se quiere decir cuando hablamos de la construcción del ojo. Debemos imaginar esta actividad de luz como algo intrínsecamente diferente. Y es un hecho que llegamos a una cierta concepción de lo que subyace en este verso, si seguimos al hombre durante el tiempo entre la muerte y un nuevo nacimiento. Porque durante este período sus experiencias consisten en parte —pero, por supuesto, solo en parte— en una percepción de la transformación gradual de las fuerzas de la vida física precedente en él a la nueva; y percibe cómo el hombre metabólico se transforma en el tiempo entre la muerte y un nuevo nacimiento en la forma de la cabeza. Estas experiencias no son menos ricas en contenido que aquellas experiencias que vivimos en esta vida, cuando vemos la aceleración gradual de las plantas en primavera y su decadencia en otoño, etc.

Todo este desarrollo que ocurre en el hombre en el tiempo entre la muerte y el renacimiento es una gran riqueza de eventos, una riqueza de acontecimientos reales que de ninguna manera son tan fáciles de entender como la mera idea abstracta de ellos. Todo lo que tiene lugar durante este tiempo para efectuar la transformación de las fuerzas de los miembros en las fuerzas de la cabeza para la nueva encarnación, es extraordinariamente múltiple. El hombre mismo participa en el proceso. Experimenta, por ejemplo, algo parecido con la construcción del ojo. Pero él no lo experimenta de la misma manera que lo hizo durante el largo período evolutivo, cuando pasó por las diversas etapas que precedieron a nuestra Tierra, a saber, las de la Antigua Luna, el Antiguo Sol y Antiguo Saturno. Las fuerzas del Universo Estelar actuaron sobre él de una manera diferente. Este Universo Estelar también tenía una forma diferente de la que tiene ahora.

Es de una gran importancia formarse ideas claras sobre estos asuntos. Si consideramos nuestras percepciones actuales de lo que nos rodea, ¿cuáles son?. Ellas son en realidad imágenes. Detrás de estas imágenes, por supuesto, se encuentra el mundo real; pero es el mundo que está detrás de estas imágenes, el que en realidad construyó al hombre antes de que hubiera evolucionado lo suficiente como para poder percibir estas imágenes. Hoy percibimos con nuestros ojos las imágenes del mundo circundante. Detrás de este maya está lo que ha edificado nuestros ojos. Esto nos lleva a la verdad: si las fuerzas que residían detrás de la imagen del Sol no hubieran construido el ojo, el ojo no podría percibir la imagen del Sol.

El dicho, como ven, tiene que ser modificado, porque si bien la percepción de la luz hoy nos da imágenes, sin embargo, lo que primero construyó los órganos en la periferia del hombre no fueron las imágenes, sino las realidades. De modo que cuando miramos a nuestro alrededor en este mundo, lo que percibimos son realmente las fuerzas que nos han fortalecido: nuestras propias fuerzas formativas. Ahora han sido atraídas hacia nosotros; lo que actuaba desde fuera hasta el período de la Tierra, ahora actúa desde dentro. Retendremos este pensamiento para nuestros estudios posteriores y ahora reuniremos la primera y la cuarta de estas fuerzas.

  1. Fuerzas Formativas.
  2. Fuerzas del movimiento interno.
  3. Fuerzas orgánicas.
  4. Fuerzas asimilativas o metabólicas.

 

Permítanme, por el momento, considerar estas últimas. El proceso del metabolismo ya se ha vuelto en algún grado irregular; pero hay causas naturales que aún llevan al Hombre a una cierta regularidad en este respecto; y todos ustedes saben del inconveniente si, por una razón u otra, algo falla en el proceso rítmico de asimilación. Pueden desviarse de él dentro de los límites, pero siempre se esfuerzan por regresar a un cierto ritmo; y ustedes saben que este ritmo es uno de los primeros elementos esenciales de la salud física. Es un ritmo que abarca el día y la noche. Dentro de las 24 horas, se completa el proceso rítmico del metabolismo. Veinticuatro horas después del desayuno, nuevamente tienen apetito para el desayuno. Todo lo que está conectado con la asimilación está conectado también con el curso del día. Ahora les pediría que comparen la solidez, la firmeza de la periferia corporal con la movilidad de las fuerzas de asimilación. Se puede decir que no ocurren alteraciones en la primera, mientras que se repita la asimilación cada 24 horas. Mucho se lleva a cabo dentro del organismo, pero su periferia permanece sin cambios. Ahora traten de descubrir, en el mundo exterior, algo que se corresponda con esta movilidad interna en relación con la firmeza, que encuentran en el Hombre. Miren el universo de las estrellas. Observen cómo las constelaciones se mueven tan poco como las partículas en la superficie de la periferia humana. Encontrarán que la constelación de Aries está siempre a una distancia fija de la constelación de Tauro, así como los ojos permanecen a la misma distancia el uno del otro. Pero aparentemente todo este cielo estelar se mueve; aparentemente gira alrededor de la Tierra. Bueno, con respecto a esto, los hombres hoy en día ya no son ignorantes, saben que el movimiento es meramente aparente, y atribuyen su apariencia a la rotación de la Tierra sobre su propio eje.

Muchos han sido los intentos de encontrar pruebas de esta rotación de la Tierra sobre su eje. En realidad, fue solo durante los años cincuenta del siglo pasado que el hombre comenzó a tener derecho a hablar de tal revolución, ya que fue solo entonces que los experimentos con el péndulo de Foucault mostraron este giro de la Tierra. No entraré más en esto hoy. Sin embargo, tenemos, de esta manera, una prueba válida de este proceso terrestre, que se repite cada 24 horas. Representa, en relación con las constelaciones fijas, una analogía del curso rítmico del metabolismo en el hombre en comparación con la naturaleza fija de su forma periférica; y aquí puede encontrar, si examinan a fondo todas las condiciones y relaciones, pruebas exactas del movimiento de la Tierra en los procesos del metabolismo en el hombre.

En estos tiempos nos encontramos con varias de las llamadas teorías de la relatividad que afirman que no podemos hablar realmente de movimiento absoluto. Si miro por la ventanilla de un vagón de tren y pienso que los objetos exteriores se mueven, cuando la realidad es que el tren y yo somos los que nos movemos. ¡Sin embargo, tampoco se puede probar estrictamente que el mundo exterior no se está moviendo en la dirección opuesta! Todo este tipo de charla, de hecho, no tiene mucho valor. Porque si un hombre camina hacia adelante y otro hombre permanece quieto en la distancia mientras se acerca a él, es relativamente irrelevante si dice: “Me acerco a él” o “él se acerca a mí”. Visto de esta manera, parece que no hay diferencia. Tales consideraciones como esta forman, como saben, los fundamentos de las teorías de la relatividad de Einstein.

Todo está muy bien, pero hay una manera en que uno puede probar estrictamente el movimiento, ya que la persona que permanece en reposo no experimentará fatiga, mientras que el que camina lo hará. Por medio de procesos internos, la realidad absoluta del movimiento puede ser probada; de hecho, no hay más pruebas que los procesos internos. Aplicando esto a la Tierra, también podemos hablar verdaderamente de movimiento absoluto, ya que a través de la Ciencia Espiritual aprendemos a darnos cuenta de que este movimiento es el equivalente del movimiento interno del metabolismo en comparación con la forma fija del hombre. No deberíamos hacer tanto hincapié en el hecho de que la Tierra al girar sobre su eje provoca un movimiento solar aparente en el espacio, sino que deberíamos relacionar este movimiento terrestre con todo el Universo Estrellado; no deberíamos hablar de días de sol, sino de días de estrellas, que no son sinónimos, ya que el día estelar es más corto que el día solar. Siempre es necesaria una corrección en las fórmulas que se relacionan con el día solar. Por lo tanto, podemos hablar realmente de este movimiento de la Tierra sobre su eje como algo que se deriva de la naturaleza del Hombre; porque como ya se señaló, la rotación considerada en su relación con el cielo de las estrellas fijas está conectada con el movimiento interno del metabolismo en el Hombre. En resumen, la relación del metabolismo en el Hombre con las fuerzas responsables de la forma del Hombre es la relación de la rotación de la Tierra con el Cielo de las Estrellas Fijas, que representa para nosotros el Zodiaco.

Cuando miramos el Zodíaco, vemos que es para nosotros el representante cósmico externo de nuestra propia forma externa. Cuando consideramos la Tierra, tenemos ante nosotros la representación de nuestra propias fuerzas asimilativas; y la relación del movimiento correspondiente en cada caso.

Ahora será un poco más difícil encontrar la relación entre (2) y (3), entre el Movimiento interno y las Fuerzas orgánicas. Sin embargo, podemos hacer que el asunto sea comprensible de la siguiente manera. Si consideran los movimientos dentro del organismo humano, concluirán fácilmente que son algo en el hombre que de ninguna manera está tan fijo como su periferia externa. Ellos están en movimiento. Pero algo más está conectado con este movimiento. Los movimientos incluyen el de la sangre así como el líquido nervioso, la linfa, etc. No necesitamos dar una lista detallada de ellos aquí, pero hay siete de estos movimientos internos. Conectados con estos movimientos están los órganos individuales. Las fuerzas del movimiento han producido, dentro de su curso, estos órganos; en estos últimos debemos reconocer los resultados de estos movimientos. A menudo he llamado la atención sobre la verdadera realidad del corazón humano. La visión materialista como he señalado, es de la opinión de que el corazón es una especie de bomba que obliga a la sangre a pasar por todo el cuerpo. Pero este no es el caso; por el contrario, la pulsación del corazón no es la causa sino el efecto de la circulación. En los movimientos o movimientos interiores vivientes se inserta el funcionamiento de los órganos.

Si tratamos de descubrir un equivalente cósmico para esto, lo encontraremos observando, por un lado, los movimientos de los planetas, especialmente si consideramos sus movimientos en relación con los movimientos de la Luna. Sabrán —habiendo tenido esta explicación en conferencias anteriores— la conexión entre los movimientos de la luna y los fenómenos de las mareas; y mucho más está conectado con este movimiento lunar. Si estudiáramos más profundamente los fenómenos de la naturaleza, deberíamos encontrar que no solo aparece la luz como resultado del amanecer, sino que también —y de hecho más material— los efectos en nuestro medio ambiente de la Tierra deben estar conectados con el movimiento planetario. Una vez que esto se base en un estudio real y genuino, nos daremos cuenta de la armonía existente entre muchos fenómenos en la Tierra y los movimientos de los planetas. Estudiaremos los efectos de la influencia planetaria sobre el aire, el agua y la tierra, de la misma manera que tenemos que estudiar —en el cuerpo humano— las influencias sobre sus respectivos órganos de las fuerzas del movimiento interno que existen en la circulación de la sangre y en otras circulaciones. De esta forma descubriremos una cierta acción recíproca entre las actividades orgánicas y las fuerzas del movimiento interno. Del mismo modo que ya hemos observado una correspondencia entre la Tierra y las estrellas fijas, ahora tendremos ante nosotros una correspondencia similar entre la tierra, el agua, el aire, el fuego (calor) y los planetas, entre los que contamos, por supuesto, al Sol.

Así llegamos a una cierta relación entre lo que ocurre en el organismo humano y lo que ocurre en el Macrocosmos. Por el momento, sin embargo, solo necesitamos preocuparnos de las fuerzas orgánicas. ¿Cómo se forman en el cuerpo humano? Están formadas de tal manera que a medida que seguimos la vida humana durante los períodos de este proceso de construcción de los órganos, podemos reconocer con bastante precisión que este proceso está relacionado con el transcurso del año así como el metabolismo está relacionado con el curso del día. Pues este curso se encuentra en una relación similar a las fuerzas del movimiento interior en el hombre como las variadas condiciones de la actividad del año —primavera, verano, otoño e invierno— hacen afectan a los planetas. Aquí nuevamente descubrimos algo en el Hombre que tiene su correspondencia en el Macrocosmos. No podemos estudiar estos asuntos de otra manera que comparando detalles entre sí. Todo lo que puedo hacer hoy es llamar su atención sobre ciertos hechos que tienen que ver con este tema, ya que si examinamos las conexiones en detalle nos tomaría demasiado tiempo; pero al estudiar ciertas relaciones en el Hombre durante el proceso real de construcción de los órganos, y ponerlos en conexión con las fuerzas del movimiento interior, pueden encontrar en todas partes analogías de lo que ocurre en los cambios trimestrales de las Estaciones, como se ve en sus relación con las fuerzas del movimiento planetario. Pero debemos evitar comenzar nuestro examen sobre la base de que el corazón es una bomba; por el contrario, el corazón debe ser visto como una creación de la circulación de la sangre. Debemos, por así decirlo, insertar el corazón en una circulación sanguínea viva. También se debe pensar que el movimiento del Sol está insertado de manera similar en los movimientos de los Planetas. Un examen imparcial de las condiciones intrahumanas nos lleva a hablar de una rotación de la Tierra sobre su eje que causa un movimiento aparente de los cielos estrellados, y que esto constituye el equivalente de los movimientos relacionados con el metabolismo en su relación con la forma externa humana. Pero no podemos hablar de un movimiento de la Tierra alrededor del Sol durante el año. No podemos hacer esto, si entendemos al hombre interior viviendo en estrecha relación con el Macrocosmos; porque no debemos concebir lo que se mueve hacia el corazón, de ninguna otra manera que como lo haríamos con los otros flujos del movimiento dentro del hombre. Por lo tanto, debemos reconocer que no nos estamos ocupando del movimiento eclíptico de la Tierra en el transcurso del año, sino más bien de un movimiento que corresponde al movimiento solar. Es decir, la Tierra y el Sol se mueven juntos en el transcurso del año; el uno no da vueltas alrededor del otro.

Esta última opinión es el resultado de juzgar por las apariencias; en realidad tenemos aquí el movimiento de ambos cuerpos en el espacio con una cierta conexión entre los dos. Esto es algo de la teoría de Copérnico que deberá corregirse sustancialmente. Pero aún hay otra manera en la que debemos concebir la relación del hombre con la naturaleza macrocósmica. ¿Cuál es realmente la naturaleza del proceso que observamos en el movimiento diario del metabolismo? Sólo parte de este proceso se lleva a cabo de tal manera que va acompañado de los fenómenos de nuestra consciencia, mientras que se logra otra parte cuando se cierra la consciencia, al separarse el yo y el cuerpo astral del cuerpo físico y etérico. Ahora debemos tener en cuenta especialmente lo siguiente. El hombre no experimenta de la misma manera lo que ocurre entre el despertar y el dormir, y lo que ocurre entre el dormir y el despertarse. Solo consideren la relación entre los dos momentos del tiempo: ir a dormir y despertar. Si hacen esto con una mente libre de prejuicios, llegarán a una visión inequívoca de este asunto. Cuando te vas a dormir, estás, por así decirlo, en el cero de tu ser; la condición del sueño no es meramente de descanso, es la condición antitética del estado de vigilia. Cuando estás despierto, estás, desde el punto de vista de tu vida, realmente en la misma relación contigo mismo y tu entorno que en el momento de irte a dormir. El uno es el equivalente del otro, la única diferencia es la de dirección. Despertar significa pasar del sueño al estado de vigilia; quedarse dormido es al revés. Además de la dirección, son absolutamente iguales. Por lo tanto, si pudiéramos indicar los movimientos del metabolismo con una línea, entonces no podria ser una línea recta o un círculo, ya que no contendría los puntos de despertar y de quedarse dormido. Debemos encontrar una línea que represente los movimientos del metabolismo, de modo de contenga estos puntos, y la única —busquen todo el tiempo que quieran— es la lemniscata. Aquí tienen el punto de despertarse en una dirección y el punto de quedarse dormidos en la otra dirección. Solo las direcciones están opuestas, siendo los dos movimientos iguales en cuanto a las condiciones de vida. Ahora podemos distinguir de una manera real el ciclo del día y el ciclo de la noche.

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¿A dónde conduce todo esto? Si hemos captado el hecho de que el movimiento del metabolismo diario corresponde al movimiento de la Tierra, ya no podemos, con la Tierra aquí (diagrama) atribuir a cualquier punto un movimiento circular. Por el contrario, debemos formarnos el concepto de que la Tierra, en realidad, avanza a lo largo de su camino de tal manera que produce una línea como la de la lemniscata. El movimiento no es una simple revolución, sino un movimiento más complicado; cada punto de la superficie terrestre describe una lemniscata, que también es la línea descrita por el proceso metabólico.

Por lo tanto, no podemos imaginar que el movimiento de la Tierra consista simplemente en que da la vuelta sobre su eje, porque en realidad es un movimiento complicado en el que cada punto sobre el que se encuentra describe en realidad lo que forma la base del movimiento de sus procesos metabólicos —una lemniscata. Es absolutamente necesario buscar en los movimientos del Universo externo el equivalente de los movimientos que tienen lugar dentro del Hombre. Porque solo mediante un estudio de los cambios dentro del Hombre físico podemos llegar a una comprensión de los movimientos planetarios exteriores al Hombre.

Cuando el hombre pone en movimiento sus extremidades y se cansa, ¡no podemos seguir discutiendo sobre si está en movimiento relativo o real! Está fuera de cuestión decir: tal vez el movimiento sea solo relativo, ¡tal vez el otro hombre al que se está acercando esta después de todo realmente acercándose a él! Las teorías de la relatividad ya no contienen agua, cuando el movimiento interno comprueba que el hombre se está moviendo. Y es imposible también probar los movimientos del interior de la Tierra, excepto por medio de los cambios internos que ocurren en el Hombre. Los movimientos del metabolismo, por ejemplo, son el verdadero reflejo de lo que la Tierra ejecuta como movimiento en el espacio. Y nuevamente, eso que hemos llamado las fuerzas de construcción de los órganos, activas en el transcurso del año, son el equivalente del movimiento anual de la Tierra y el Sol. Tendremos ocasión de hablar más específicamente de estas cosas más adelante; en este momento me gustaría llamar su atención una vez más al dibujo, donde he señalado que la Tierra se mueve detrás del Sol en una línea similar a una hélice, moviéndose la Tierra siempre con el Sol. Y luego, si miramos la línea desde arriba, obtenemos una proyección de la línea y la proyección muestra una lemniscata.

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Ahora todo esto dejará claro que ciertamente podemos hablar de un movimiento diario de la Tierra alrededor de su eje, pero de ningún modo de un movimiento anual de la Tierra alrededor del Sol. Porque la Tierra sigue al Sol, describiendo el mismo camino. Otros hechos muestran que no tenemos derecho a hablar de tal revolución. Para dar una instancia, el hecho de que se consideró necesario —he hablado de esto antes—  simplemente para suprimir una declaración de Copérnico. Si la Tierra girara alrededor del Sol, deberíamos esperar que su eje, que debido a su inercia permanece paralelo, apunte en la dirección de diferentes estrellas fijas durante esta revolución. ¡Pero no es así! Si la Tierra girara alrededor del Sol, el eje no podría indicar la dirección de la Estrella Polar, ya que el punto indicado tendría que girar alrededor de la Estrella Polar; sin embargo, no hace esto, el eje indica continuamente la Estrella Polar. Esa línea que debería ser evidente para nosotros y que correspondería al movimiento progresivo de la Tierra en su relación con el Sol, no se puede encontrar.

La Tierra sigue al Sol en un camino en espiral y en forma de hélice, taladrando su camino, como si dijéramos, al espacio cósmico. Ya he indicado, sin embargo, que hay otro movimiento que se manifiesta en los fenómenos de la precesión de los equinoccios: el movimiento del punto de salida del sol en el equinoccio de primavera a través del zodíaco, volviendo al mismo punto cada 25.920 años. Esto también es el equivalente de un cierto movimiento en el Hombre. ¿Qué podemos encontrar dentro del Hombre que le corresponda?

Pueden ser capaces de llegar a una conclusión sobre este punto a partir de lo que he dicho anteriormente. Tenemos que encontrar un movimiento equivalente a la relación del Sol con las Estrellas Fijas, porque el punto del amanecer progresa a través del Zodíaco completo —o estrellas fijas—en 25.920 años. El equivalente en el Hombre es la relación entre las fuerzas del movimiento interno y las fuerzas de la forma; esto también debe ser de larga duración. Las fuerzas del movimiento interno en el Hombre deben cambiar de alguna manera, para alterar su posición en relación con la periferia del Hombre.

Recordarán lo que dije sobre algo que ha sido observable desde el período de la antigua Grecia. Dije que los griegos usaban la misma palabra para “amarillo” y “verde”, pues realmente no veían el azul de la misma manera que nosotros, y como informaron los escritores romanos, solo realizaron y usaron cuatro colores en su arte, es decir, amarillo, rojo, blanco y negro. Vieron estos cuatro colores vivos. Para ellos el cielo no era azul como lo vemos; les parecía una especie de oscuridad. Ahora bien, esta es una afirmación que puede hacerse con toda certeza, y la Ciencia Espiritual lo confirma. Este cambio en el hombre ha tenido lugar desde la época de la antigua Grecia. Cuando reflexionan sobre el hecho de que la constitución del ojo humano ha experimentado tal grado de modificación desde el período de la Grecia antigua, entonces también pueden concebir otras alteraciones en el organismo humano, teniendo lugar en la periferia y ocupando períodos aún más largos de tiempo para su realización. Tales alteraciones en la periferia deben necesariamente tener una relación con las fuerzas del movimiento interno, ya que, por supuesto, no pueden ser producidas por la digestión o las funciones orgánicas. Estas modificaciones periféricas corresponden, de hecho, al curso del equinoccio de primavera en el Zodíaco, es decir a un período de 25.920 años. Durante este período, la raza humana sufre un cambio completo. No debemos cometer el error de pensar que, antes de ese tiempo, la humanidad apareció tal como ahora la vemos. La consideración de las circunstancias relacionadas con la existencia física hace que sea absurdo utilizar las cifras que nos da la geología moderna con el propósito de seguir la evolución humana en el tiempo, ya que podemos comprender esto solo en el período de 25.920 años, y parte de eso todavía está en el futuro.

Cuando el equinoccio de primavera haya vuelto al mismo lugar, las alteraciones que habrán tenido lugar en toda la raza humana serán tales que la forma humana será bastante diferente de lo que es ahora. Ya les he contado algo derivado de otras fuentes de conocimiento sobre el futuro de la raza humana y sobre su época. Y aquí vemos cómo la consideración de las condiciones físicas obliga al reconocimiento del mismo conocimiento.

Como resultado de lo anterior, llegamos a la conclusión de que lo que llamamos los “movimientos de los cuerpos celestes” no son tan simples como la astronomía actual nos haría creer, pero entramos aquí en condiciones extremadamente complicadas, condiciones que pueden ser estudiadas desde el punto de vista de la conexión del Hombre con el Macrocosmos. Ya he podido señalarles ciertos detalles de los movimientos de los cuerpos celestes, y en el transcurso del tiempo aprenderemos más y más sobre ellos de otras fuentes.

Ya podrán ver una cosa: que el hombre no depende por completo del Macrocosmos. Con lo que yace en lo profundo del subconsciente, con los procesos de asimilación, todavía está en cierto modo —pero solo en cierto modo— obligado a la rotación diaria de la Tierra. Sin embargo, él puede salir de esta conexión. ¿Cómo es esto? Es posible porque el hombre tal como está ahora, constituido de acuerdo con las fuerzas de la periferia y del movimiento interior, con las fuerzas de los órganos y del sistema metabólico, está completo y terminado en su dependencia de las fuerzas de afuera; y ahora él puede, con su organización completa y terminada, separarse de esta conexión. En el mismo sentido que tenemos al despertar y dormir una copia del día y de la noche, teniendo así en nosotros el ritmo interno del día y de la noche, pero sin necesidad de hacer que este ritmo interno se corresponda con el ritmo externo del día y la noche (es decir, no es necesario dormir por la noche, ni despertarse durante el día), así que de una manera similar el Hombre corta su conexión con el Macrocosmos en otros departamentos de su existencia. Sobre esto se funda la posibilidad del libre albedrío humano.

No es la formación presente del Hombre la que depende del Macrocosmos, sino su formación pasada. Las experiencias actuales del hombre son fundamentalmente una imagen o copia de su adaptación pasada al Macrocosmos, y en este sentido vivimos en las imágenes de nuestro pasado. Dentro de este estamos capacitados para desarrollar nuestra libertad, y de ello recibimos nuestras leyes morales, que son independientes de la necesidad que rige en nuestra naturaleza. Cuando comprendemos claramente cómo el Hombre y el Macrocosmos se relacionan entre sí, reconocemos la posibilidad del libre albedrío en el Hombre.

Finalmente, debemos pensar en lo siguiente. Está claro que en el hombre las fuerzas metabólicas todavía están, en cierto sentido, conectadas con el ritmo de su vida diaria. Las fuerzas de la forma se han solidificado. Ahora consideren al animal en lugar del hombre. Aquí encontraremos una dependencia mucho más completa del Macrocosmos. El hombre ha crecido fuera o más allá de esta dependencia. Por lo tanto, la sabiduría antigua hablaba del Zodíaco o Círculo de Animales, no del Círculo del Hombre, como correspondiente a las fuerzas de la formación. Las fuerzas de la forma se manifiestan en el reino animal en una gran variedad de formas, mientras que en el hombre se manifiestan esencialmente en una forma que cubre a toda la raza humana; pero son las fuerzas del reino animal, y a medida que evolucionamos más allá de ellas y nos convertimos en Hombres, debemos ir más allá del Zodíaco. Más allá del zodíaco se encuentra aquello sobre lo que nosotros, como seres humanos, dependemos en un sentido más elevado de lo que estamos en todo lo que existe dentro del zodíaco, es decir, dentro del círculo de las estrellas fijas. Más allá del zodíaco esta lo que corresponde a nuestro Yo.

Con el cuerpo astral —que el animal también posee— estamos encadenados a una dependencia del Macrocosmos, y la construcción del vehículo astral se lleva a cabo de acuerdo con la voluntad de las Estrellas. Pero con nuestro ‘Yo’ o Ego trascendemos este Zodíaco. Aquí tenemos el principio sobre el cual hemos ganado nuestra libertad. Dentro del Zodíaco no podemos pecar, como tampoco los animales; comenzamos a pecar tan pronto como llevamos a cabo nuestra acción más allá del Zodíaco. Esto sucede cuando hacemos aquello que nos libera de nuestra conexión con las fuerzas de formación universales, cuando entramos en relación con regiones exteriores al Zodíaco o región de estrellas fijas. Y este es el contenido esencial del yo humano.

Como ven, podemos medir el Universo en tanto que nos aparece como una cosa visible y temporal, podemos medir su extensión completa a través del espacio de las estrellas fijas más externas, y todo lo que tiene lugar a través del movimiento en el tiempo en este cielo estrellado, y podemos considerar todo esto en su relación con el Hombre; pero en el Hombre se está cumpliendo algo que sucede fuera de este espacio y fuera de este tiempo, fuera de todo lo que tiene lugar en lo astral. Más allá, no hay “necesidad de la Naturaleza”, sino algo que tiene un lugar que está íntimamente conectado con nuestra naturaleza moral y nuestras acciones morales. Dentro del Zodiaco no podemos evolucionar nuestra naturaleza moral; pero en la medida en que evolucionamos, lo registramos en el Macrocosmos más allá del Zodíaco. Todo lo que hacemos permanece y funciona en el mundo. Los procesos que tienen lugar dentro de nosotros, desde las fuerzas de la formación hasta las fuerzas del metabolismo, son el resultado del pasado. Pero el pasado no prejuzga todo el futuro, no tiene poder sobre ese futuro que deriva del propio Hombre en sus acciones morales.

Solo puedo guiarles en este estudio paso a paso. Tengan en cuenta lo que he dicho hoy y en mi próxima conferencia vamos a examinar el asunto desde otro punto de vista.

 

 

Traducido por Gracia Muñoz en Febrero de 2018.

GA201c5. El Hombre: Enigma del Universo

Rudolf Steiner — Dornach, 17 de abril de 1920

English version

Nuestros estudios de los últimos días habrán dejado claro que es completamente imposible conocer la configuración del Universo espacial y sus movimientos de la forma que es adoptada por la ciencia moderna. Porque no solo se considera al Universo como completamente separado del Hombre, sino que incluso los diferentes cuerpos celestes, que a nuestra vista parecen desconectados, se tratan como algo aislado y desde su aislamiento, se observan sus efectos entre sí. Se trata de lo mismo que si, por ejemplo, estudiáramos el organismo humano examinando primero un brazo y luego una pierna, para luego entender el organismo completo por la manera en que los miembros individuales trabajan juntos.

Pero el hecho es que no es posible comprender el organismo humano estudiando sus miembros individuales; pues toda la investigación del cuerpo del hombre debe tener el punto de partida en el todo, desde el cual podemos pasar a las diferentes partes. Lo mismo se aplica al Sistema Solar y también al Sistema Solar en su relación con la totalidad del Universo Estelar visible. Porque el Sol, la Luna, la Tierra y los otros planetas son solo partes de todo el sistema. ¿Por qué debería el Sol, por ejemplo, ser considerado como un cuerpo aislado? No hay absolutamente ninguna razón para que imaginemos que el Sol está simplemente donde lo vemos, limitado por las fronteras desde las que nuestros ojos lo perciben. En relación con esto, el filósofo Schelling estaba en lo cierto cuando se negó a hacer la pregunta: “¿Dónde está el Sol?” con otro significado que no fuera “¿Dónde se siente su influencia?”. Si el Sol actúa sobre la Tierra, los efectos de dicha actividad deben pertenecer necesariamente a la esfera del Sol; y es muy incorrecto extraer una parte de un todo y estudiar esa parte en sí misma. Pero esto es precisamente lo que la concepción materialista moderna del Universo se propuso hacer, y su influencia se está fortaleciendo cada vez más desde mediados del siglo XV.

Esto es contra lo que Goethe siempre luchó cuando estaba trabajando en sus investigaciones en el ámbito de la ciencia natural, y contra lo que todos los verdaderos seguidores de su ciencia también deben luchar. Goethe se vio obligado a llamar la atención sobre el hecho de que no debemos estudiar la Naturaleza sin el Hombre, sin tener en cuenta la relación de la Naturaleza con el Hombre. El estudio de los fenómenos naturales fuera del hombre debe tener su base en la comprensión de la naturaleza del hombre. El siguiente ejemplo le mostrará el valor de algunas de las afirmaciones hechas por la Astronomía moderna.

La Astronomía moderna se esfuerza, con el uso de todo tipo de argumentos, por hablar de un camino elíptico de la Tierra alrededor del Sol; afirmando que este movimiento fue en primer lugar iniciado por esa propulsión tangencial de la que hablé ayer en relación con la atracción gravitacional del Sol. Pero la Astronomía no puede negar el hecho de que cuando se habla de atracción, el Sol no solo atrae a la Tierra, sino que la Tierra también debe atraer al Sol. Esto, sin embargo, nos obliga a concluir que no podemos hablar de una revolución en una trayectoria elíptica de la Tierra alrededor del Sol, ya que si la atracción es mutua no podemos tener un movimiento unilateral de la Tierra alrededor del Sol, pues ambos deberían girar alrededor de un punto neutral. En otras palabras, esta revolución no puede tener lugar de una manera que nos permita mirar el centro del Sol como el pivote, porque el pivote debe ser un punto neutral situado entre el centro del Sol y el centro de la Tierra. Al decir esto, no estoy planteando objeciones a la Astronomía, simplemente estoy diciendo lo que pueden encontrar por ustedes mismos en los libros astronómicos. Por lo tanto, estamos obligados a admitir la existencia —de una u otra manera— de un pivote (eje) entre las dos esferas.

Nuestra Astronomía, a modo de consuelo, mantiene que este pivote o punto se encuentra dentro del Sol mismo. Tanto la Tierra como el Sol giran entonces alrededor de este punto. Y así, una vez más, no obtenemos una revolución directa de la Tierra alrededor del Sol, pues el Sol también gira, sin embargo gira alrededor de un punto que está dentro de sí mismo. Así, la Astronomía exotérica ha llegado a suponer que pivota un punto que no es el centro del Sol, sino que se encuentra en la línea que conecta el Sol y la Tierra, y aún dentro del Sol. Pero ahora nos enfrentamos con otra dificultad. Primero debe calcularse el tamaño del Sol. (La verdad de la suposición anterior depende del tamaño calculado del Sol). Sobre el resultado de tal cálculo se construye una conclusión que, por supuesto, debe poseer una cierta validez limitada (los cálculos se hacen a partir de la evidencia de los sentidos), pero que no necesariamente tiene que ser el criterio por el cual podamos juzgar la realidad de lo que yace detrás de los fenómenos de la naturaleza.

Por lo tanto, es necesario tener un ojo estricto con la Astronomía moderna, así como con otras ciencias, con el fin de discernir los lugares —y son numerosos—  donde la ciencia se sobrepasa y se mete en dificultades.

Esta dificultad no puede resolverse estudiando el aspecto externo de los fenómenos; solo podemos llegar a un resultado verdadero al examinar el Universo en su relación con el Hombre. Debemos, en primer lugar, tomar nota de las conexiones previamente explicadas entre el Universo y el Hombre; y luego debemos agregar muchos otros hechos, antes de que podamos llegar a una verdadera imagen del mundo. Hemos dicho que debemos imaginar, antes que nada, la materia ordinaria y ponderable, como una cuestión que pueda ser sopesada. La Luz que no podemos pesar; no pertenece al ámbito de la materia ponderable, como tampoco lo hace el calor. Entonces debemos imaginar primero lo ponderable, y debemos oponer a esto el éter. Dijimos que es incorrecto considerar que el Sol consiste en materia ponderable como la materia de la Tierra. El Sol es algo que en realidad es menos que el espacio, por así decirlo, es un “vaciado” del espacio; es algo que absorbe, en contraposición a la presión de la materia ponderable.

Y tenemos que hacernos no solo con una agregación (por el Sol) de este éter absorbente en el Universo externo, sino también con el hecho de que este éter se distribuye por todas partes, en todas partes encontramos, coexistiendo con la fuerza de presión, la fuerza absorbente. Nosotros mismos llevamos esta fuerza de succión en nuestros propios cuerpos etéricos. Con esto, agotamos por completo todo lo que llamamos Espacio. Presión y succión —ambos dos, los encontramos en el espacio. Porque no solo poseemos nuestro cuerpo físico, compuesto de materia ponderable que asimila y expulsa de nuevo, no solo tenemos también un cuerpo etérico, compuesto de éter absorbente, sino que tenemos además un cuerpo astral —si podemos usar el término ‘cuerpo’ a este respecto. ¿Qué implica la posesión de este tercer cuerpo? Significa que tenemos dentro de nosotros algo que ya no es espacial, aunque tenga cierta relación con el espacio. Esta relación puede ser probada cuando nos damos cuenta de que durante las horas de vigilia el cuerpo astral interpenetra los cuerpos etérico y físico. Pero el cuerpo etérico actúa de forma muy diferente cuando estamos despiertos a cuando estamos dormidos. Se establece una relación diferente entre los cuerpos etérico y físico cuando nos despertamos, y esto es causado por el cuerpo astral. Está activo y trabaja sobre lo espacial, aunque no es en sí mismo espacial. Porta el orden y la organización a las correlaciones del espacio. Esta actividad organizadora del cuerpo astral dentro de nosotros tiene lugar también en el Universo externo, donde se manifiesta de la siguiente manera.

Intenten por un momento considerar solo el Espacio y fuera de todo el Cielo visible, consideremos solo las regiones indicadas por el Zodíaco. No pretendo aquí tratar en detalle los diversos signos zodiacales, pero consideremos las direcciones a las que miramos en el cielo cuando nos volvemos, por ejemplo, hacia Aries, en el zodíaco; luego a Tauro, Géminis, Cáncer, Leo, Virgo, Libra, Escorpio, Sagitario, Capricornio, Acuario y Piscis. Todo lo que tenemos que anotar, en primer lugar, es que el espacio que se encuentra ante nosotros como nuestro Universo visible está dividido de esta manera. Los signos simplemente indican la división, en la medida en que cada uno de ellos denota el límite de una determinada sección del espacio. Ahora no debemos imaginar que estas direcciones del espacio puedan tratarse de tal manera que uno pueda decir: ‘Hay un espacio vacío, y simplemente trazo una línea en algún lugar dentro de él’. Simplemente no existe tal cosa que las matemáticas llaman ‘Espacio’; pues en todas partes hay líneas de fuerza, direcciones de fuerza, y estas no son iguales, varían, se diferencian. Podemos distinguir entre estas doce regiones al darnos cuenta de que si nos colocamos en la dirección del signo de Aries, la fuerza que experimentamos es diferente a la que tendríamos si enfrentáramos el signo de Libra o Cáncer. En cada dirección, la fuerza es diferente. El hombre no admitirá esto, mientras viva meramente en el mundo de los sentidos; pero tan pronto como ascienda a la vida Imaginativa del alma, ya no experimentara las direcciones en el espacio de la misma manera cuando se coloca frente a Aries o frente a Cáncer, sino que sentirá su influencia como muy diferenciada.

Para darles un paralelismo, puedo presentar lo siguiente. Imaginen que organizan a su alrededor un círculo de doce personas de tal manera que aquellos que con los que simpatizan más ocupan una parte del círculo, luego se van colocando los menos comprensivos, hasta que en el otro lado tienen a todos aquellos que les son antipáticos. (No estamos imaginando el grado de simpatía o antipatía que resulta de cualquier emoción personal; puede ser simplemente una cuestión de apariencia externa). Ahora si dan la vuelta dentro del círculo, doce imágenes pasan frente a la visión y al mismo tiempo experimentan una serie graduada de sensaciones diferenciadas. El hombre se da cuenta de tal serie de sensaciones si, después de alcanzar la percepción Imaginativa, se mueve dentro del Zodíaco. Una gradación similar de sensación, una gradación de visión similar se produce en él, y tiene lugar dentro de él en el momento en que escapa de la indiferencia de la existencia sensorial ordinaria. Por lo tanto, cuando tratamos con estas diversas secciones del espacio no hay uniformidad, ya que debemos ser conscientes de que cada una de estas direcciones ejerce una influencia diferente sobre nosotros.

Verán, aquí sale a la luz un hecho íntimamente conectado con la evolución del Hombre. Si hubiera permanecido en la etapa de la antigua conciencia, la conciencia pictórica atávica, todavía experimentaría con fuerza la realidad de esta diferenciación en las diversas secciones de los cielos; habría sido consciente de una sensación de simpatía hacia una dirección del espacio y antipatía hacia otra. Sin embargo, el hombre ha sido liberado de este juego de fuerzas en el cual estuvo conscientemente rodeado en un momento, y ha sido liberado de él simplemente por el hecho de que su organización actual lo ha colocado en el mundo de los sentidos. Pero el Hombre en realidad está organizado de acuerdo con las leyes cósmicas, incluso ahora puede ser probado mediante experimentos bastante externos, si se presta atención a ciertos fenómenos. Porque de ninguna manera es una tontería decir que ciertas enfermedades se pueden curar más rápidamente si la cama del paciente se coloca en la dirección de Este a Oeste. No es una superstición sino un hecho capaz de una prueba definitiva. ¡Pero esto no pretende ser una recomendación para que cada uno de ustedes coloque su cama en una determinada posición! ¡He tenido tantas experiencias en este sentido, que creo necesario interponer aquí unas palabras de advertencia! por ejemplo una vez me sucedió en Berlín, al final de un discurso antroposófico. Puse un cierto énfasis en el hecho de poder ponerme mis chanclos porque estaba lloviendo, sin sentarme, diciendo que esto se podía hacer al pararse sobre una pierna y luego sobre la otra, y agregué ‘Y uno debería ¡poder pararse sobre una pierna!”. Esto fue tomado por algunos antropósofos de tal manera que, al regresar de Londres a Berlín, descubrí que a los miembros de la Sociedad Antroposófica de allí se les recomendaba, como entrenamiento esotérico, pararse sobre una pierna por un corto tiempo en la medianoche!. Muchas aseveraciones sobre nosotros tienen una buena base. Una y otra vez se dicen cosas de este tipo y luego se abren camino en este o aquel artículo periodístico con la pluma de una persona bien o mal dispuesta, generalmente lo último. Entonces, repito, no tengo ningún deseo de recomendarles a cada uno que coloquen su cama en una posición particular. Sin embargo, este hecho y muchos otros muestran que aún hoy, en la parte interna o subconsciente de su ser, el Hombre todavía se encuentra en cierta relación con estas diferenciaciones espaciales externas, en las cuales ha sido colocado.

Ahora, ¿a través de qué medios posee el Hombre estas relaciones? Las posee a través de su cuerpo astral, que establece estas relaciones. Solo son posibles para él porque a través de su cuerpo astral, el Hombre es un habitante del mundo astral, un mundo que, aunque actúa sobre el Espacio, no es en sí mismo espacial. Solo concebimos el Zodíaco en todo su significado cuando lo tratamos como el representante más allá del mundo astral. Y ahora, sin tener en cuenta las teorías astronómicas actuales, examinemos estos fenómenos que aparecen ante nuestro sentido de la vista. Sabemos que, de hecho o aparentemente, el Sol pasa a través del Zodíaco de diferentes maneras; en su curso diario, en su curso anual, y de nuevo en su curso hasta el año platónico, a través de la precesión de los equinoccios. Esto apunta al hecho de que los efectos sobre nosotros de esa bola de éter absorbente llamada Sol varían enormemente, ya que provienen de las diferentes direcciones del espacio. En un momento, la energia del Sol nos afecta desde una parte que llamamos Aries, en otro momento desde una sección diferente y así sucesivamente. Tomando el caso de un habitante de nuestra propia parte del globo, podemos ver que en cualquier momento dado tiene frente a él la mitad de los signos zodiacales, mientras que la otra mitad está oscurecida por la Tierra. En otras palabras, estamos tan ubicados en relación con esta diferenciación del Espacio, que estamos dirigidos directamente hacia una parte del Zodíaco, mientras que entre la otra y nosotros mismos esta la Tierra. Obviamente esto no tiene nada que ver con un movimiento real o aparente; es un hecho simple que en cualquier momento dado enfrentamos una parte del Zodíaco, mientras que la otra parte es interceptada por la Tierra. Ahora, por favor, intenten imaginar estas secciones del espacio con nuestra Tierra oscureciendo algunas de ellas. ¿Qué significa para nosotros? Está claro que la mitad nos influenciará directamente, la otra no directamente, sino más bien, debo decir, a través de su ausencia. En un momento tenemos el trabajo directo de estas regiones diferenciadas del espacio, en otro momento el funcionamiento de su ausencia, el efecto, por así decirlo, de su falta de presencia. Este hecho es algo que está activo en nosotros y nos permite, en cierta medida, poner en una especie de relación lo que está trabajando directamente sobre nosotros y lo que está ausente, de cuya influencia directa somos eliminados. Porque abre otra posibilidad.

Digamos, desde la dirección de Cáncer, procede cierto tipo de influencia. Esto se opondría a la influencia de Capricornio, pues este último estaría ocultado, estaría interceptado. En consecuencia, tengo en mí la influencia de Cáncer y me opongo a la influencia capricorniana interceptada; la influencia de Cáncer, en cierto sentido, queda en mí, la tengo en mis manos, por así decirlo. Por supuesto, lo que está ausente no puede actuar sobre mí de la misma manera que lo que está presente; pero gano una cierta influencia con respecto al Signo que actúa sobre mí en razón de la oposición a su antítesis interceptada. A través del hecho de que estoy en la Tierra, las influencias celestiales se vuelven bastante diferentes de lo que serían, si estuviera flotando libremente en el espacio y directamente expuesto a todas ellas. Quiero que entiendan este punto especialmente, y luego se darán cuenta de que no puedes decir simplemente: sobre nosotros tenemos los signos Aries, Piscis, Acuario, etc., y debajo de Libra, Virgo, etc., pues tendrán que concebir el todo como una organización, con ustedes mismos insertados. Y a medida que avanzan, a causa de la rotación de la Tierra, de signo a signo, están siendo llevados a través de todas estas influencias directas a la vez. Aquí en un punto, la influencia de Escorpio fue obstaculizada y allí en otro punto has sido llevado a ella. Una analogía seria tomar comida; tenías hambre, la comida no estaba allí dentro de ti, pero después de la comida la comida está presente dentro de ti. La influencia de Escorpio estuvo ausente aquí, pero en este otro punto se activó. Y así formamos conexiones con el Cosmos circundante a medida que entramos en diferentes relaciones con él a través del movimiento de la Tierra.

Pero, ¿es el hombre consciente de estas influencias variables, mientras está todavía en el plano físico? No, no lo es; hemos visto que el mundo físico lo aleja de ellas. Pero en el momento en que se retira con su cuerpo astral y el yo de sus cuerpos físico y etérico, se encuentra dentro de estas fuerzas; ellas actúan directa y fuertemente sobre él. Estas influencias extraterrenas y celestiales comienzan entonces sobre esa parte del Hombre que ya no está conectada con lo físico y etérico; actúan sobre él tan poderosamente como el alimento sobre el cuerpo físico. Es solo este descenso a lo físico la causa de la retirada del hombre de estas influencias externas. Por lo tanto, podemos considerar que el cuerpo astral es, en cierto sentido, parte del universo celestial, y no del terrestre, porque cuando, junto con el yo, está fuera del cuerpo físico, tenemos que coordinarlo con la no-influencia terrestre.

Al considerar el asunto de esta manera, gradualmente llegamos a la conclusión de que el hombre se vuelve receptivo a estas fuerzas celestiales en la medida en que deja de actuar a través de los órganos de su cuerpo físico, es decir, cuando esta, a través de esta no actividad, más o menos en estado de sueño. El hombre cuando es niño está siempre más o menos dormido, por lo tanto, el niño es mucho más receptivo a las influencias celestiales que el hombre. A medida que crece, se va abriendo camino cada vez más a las condiciones terrenales. Durante la infancia, todo lo que está dentro de la piel sigue siendo plástico y en estado de formación. Los poderes formativos se vuelven cada vez menos activos con los años, hasta que, en un momento considerablemente posterior de la vida, se vuelven muy pequeños.

Esto muestra que el proceso de formación físico interno se encuentra en cierta relación con los movimientos y configuraciones del Universo celestial externo. Pero la parte de nuestro ser que, en lo que concierne a la conciencia, permanece en un estado continuo de sueño —como nuestra actividad cardíaca, nuestro proceso digestivo, etc.; de hecho, todos los procesos físicos internos— toda esa parte de nuestro ser permanece bajo la influencias de lo suprafísico durante toda nuestra vida. (Estos procesos son inducidos de la misma manera que el proceso que sigue cuando doy un paso adelante conscientemente, solo que todos están dirigidos hacia adentro en lugar de hacia afuera). Tomemos un ejemplo característico. Por medio de los movimientos internos de los intestinos, el quimo toma un impulso en su camino. Estos son movimientos internos dentro del límite de la piel humana, y por lo tanto, como dijimos, dependen de lo que está más allá de la Tierra. Fundamentalmente, el hombre como Hombre depende solo de lo terrestre, de la materia terrestre ponderable, de todo lo que le afecta desde fuera de su piel. Pero en el momento en que cualquier acto o circunstancia exterior se traduce en actividad dentro de la piel, entonces comienza en su organismo una actividad que está relacionada con lo suprasensible. Cuando tomas un trozo de azúcar en la palma de tu mano, sientes su peso físicamente, lo elevas a tus labios; el proceso sigue siendo físico, pero tan pronto como lo disuelves en la lengua y entra en la esfera del gusto, ya no queda dentro del alcance de los procesos terrestres, sino que queda sujeto a las fuerzas extraterrestres. Para encontrar el funcionamiento de lo extraterrestre, debemos penetrar en lo que está encerrado dentro de la piel humana. Esto nos llevará a darnos cuenta del hecho de que, mientras andas por el mundo, te rodeas, por así decirlo, de todo tu ser, estás en el reino de lo terrenal. Pero tan pronto como uno entra, incluso dentro de la organización física, ya no está en el ámbito de lo Terrenal, sino que ha entrado en una esfera que depende de fuerzas extraterrenales. Pueden demostrárselo fácilmente a ustedes mismos en el hecho de que dentro de nosotros reside algo que no se fusionó con la existencia terrenal, si recuerdan el hecho tantas veces repetido, de que el cerebro humano flota en el fluido meníngeo. Si este no fuera el caso, la presión del cerebro sobre los órganos colocados en el piso del cráneo aplastaría todos los vasos sanguíneos. Cualquier libro de texto que trate estos asuntos le dirá el peso del cerebro. Si su elección es un “Bischoff”, notará que afirma que el cerebro femenino es mucho más ligero que el del hombre, afirmación que se volvió absurda más adelante, para el deleite de las damas, cuando se descubrió al ser examinado, que el cerebro del propio Bischoff demostró tener mucho menos peso que el cerebro más ligero examinado por él. Esto es por cierto, solo un ejemplo del valor general de los juicios humanos. Sin embargo, el cerebro humano, que posee un peso considerable (al menos de 1.200 a 1.300 gramos), no ejerce presión de ninguna manera, de acuerdo con su peso real, sino solo, como podríamos decir, un peso de comparativamente pocos gramos, por la presión hacia arriba del líquido meníngeo. Recuerden la ley de Arquímedes, según la cual el peso de un objeto se reduce por el peso del agua que desaloja.

Por lo tanto, la presión del cerebro es igual a solo unos pocos gramos porque flota en el líquido. Si tuviera una tendencia a presionar hacia abajo con todo su peso, el hombre no podría usar su cerebro para pensar. Supera su peso porque esta flotando en el líquido. No pensamos en la cuestión del cerebro, sino en aquello que se retira de la materia, con las fuerzas ascendentes, con lo que crece más allá de la Tierra. Y debemos seguir con esto en todas las partes de la organización del hombre. Así como interiormente nos retiramos de las fuerzas de la gravedad terrestre en el caso del peso del cerebro (exteriormente, por supuesto, esto es imposible, el cerebro sobre la balanza muestra su peso real, incluso mientras está dentro de nosotros), del mismo modo nosotros también nos separamos de las fuerzas físicas y químicas terrenales de otro tipo.

 ¿Qué nos permite separarnos de estas fuerzas? Es el yo y el cuerpo astral. Tan pronto como estos actúan sobre el cuerpo etérico y físico retiran lo etérico de lo físico, la fuerza absorbente se ausenta y solo queda la materia ponderable. La materia ponderable no es parte de la Tierra, ya que la Tierra no la retiene en su forma original, sino que la destruye. Las fuerzas terrestres no contienen en ellas lo que le da al hombre su forma. Eso no es difícil de comprender, ya que hemos visto que nos separamos interiormente de las fuerzas terrestres. Con todo lo que entra en él a través del cuerpo astral y del yo, el hombre se relacionado con las fuerzas que están activas más allá de la Tierra.

Nuestra siguiente pregunta puede ser: ¿cuál es la naturaleza de esta relación? Para determinar esto, debemos de alguna manera estudiar la calidad y naturaleza del Hombre. Encontramos en primer lugar su forma o figura completa. No me refiero con esto a la forma que dibujaría si fuera a hacer un boceto de él, sino a toda la configuración, toda la formación del Hombre. Incluirá, por ejemplo el hecho de que los ojos se colocan en la cara y los talones en los pies; porque esto es parte de la configuración interna del Hombre de acuerdo con la ley. Los pintores expresionistas pueden afirmar que el Hombre puede ser dibujado de tal manera que su dedo del pie tome el lugar de su nariz, o que un ojo se coloque aquí y el otro en su mano. Sí, realmente existen tales personas, pero solo muestran la poca relación interior que tienen con el mundo. De hecho, en estos días hemos avanzado tanto en el pensamiento materialista como para poder representar cosas individuales por separado, cuando realmente pertenecen al todo y no deben representarse por sí mismas.

Tenemos, por lo tanto, primero la forma completa del hombre; y este, como saben muy bien, no se produce como cuando se modela una figura tallándola en madera, por ejemplo, sino que se forma desde dentro. Ni siquiera podríamos volver a tallar ninguna parte que no cuente con nuestra aprobación. La forma humana está modelada por fuerzas que residen en la periferia y son fuerzas que vienen de más allá de la Tierra. Por lo tanto, cuando contemplamos la forma humana, estamos viendo un producto de lo extraterrenal.

En segundo lugar, podemos distinguir en el Hombre, además de su forma, todo lo que esta dentro de la categoría del movimiento interno. Tomemos, por ejemplo, la sangre y los otros jugos corporales; estos poseen movimiento interno. Esto también se produce desde adentro; esta, por así decirlo, situado incluso más profundamente en el hombre que su forma. Esta última avanza hacia la periferia, mientras que el movimiento interno tiene lugar completamente dentro; y nuevamente es un proceso que se encuentra en relación con el mundo que está más allá de la Tierra.

En tercer lugar, la actividad de los órganos. Órganos como los pulmones, el hígado, el bazo, etc., son los responsables de las actividades dentro del Hombre, y son estas actividades las que nombraré como el tercer hecho que encontramos en el Hombre. No es necesario que esto les sorprenda, más bien debería llevarles a buscar la razón.

Consideren por ejemplo, un órgano importante, a saber, el corazón, del cual recientemente he hablado en repetidas ocasiones. Nos damos cuenta de que en cierto sentido, el corazón ha sido soldado.

Al seguir la Embriología, encontramos cómo el corazón se va soldando gradualmente o se acumula, por así decirlo, por la circulación sanguínea, y no es una forma primaria. Esto es verificado por la Embriología. Y lo mismo ocurre con otros órganos.   Son el resultado de estas circulaciones, más que las causas de ellas. Dentro de los órganos, la circulación se paraliza, sufre una especie de metamorfosis y avanza de otra manera.

Para ilustrar la idea, digamos que tenemos una corriente de agua que cae sobre una roca. Lanza una variedad de formaciones y luego fluye. Estas formaciones son causadas por las fuerzas del equilibrio y el movimiento en ese lugar. Ahora imaginen que de repente todo esto se petrificara; se formaría como una piel a modo de pared, luego el resto seguiría fluyendo de nuevo, y tendríamos una estructura orgánica formada. Deberíamos hacer que la corriente atraviese la estructura y que vuelva a salir y fluir más allá de forma alterada. Pueden imaginar algo como esto en el caso del flujo de la sangre, que circula por el corazón. Solo puedo indicar estas cosas aquí. Están bien fundamentadas, pero aquí solo se puede dar una indicación de ellas.

Aunque los órganos en la manera de su formación dependen del flujo de las fuerzas internas, sin embargo, son algo de la parte interna del Hombre que de nuevo entra en relación con lo que está afuera. Aquí tenemos algo que, como pueden ver en un ejemplo que daré, se encuentra en una relación más cercana con lo terrenal; a través de estos órganos, somos llevados desde el interior al contacto con el exterior.

Tomen el caso de los pulmones. Los pulmones son órganos, pero a la vez son la base de la respiración. Como instrumento para la transmutación del oxígeno inhalado en el ácido carbónico exhalado, los pulmones forman una relación con algo que tiene significado para el Hombre, pero que aún existe fuera de él en el ámbito de lo Terrenal. De esta forma regresamos, por así decirlo, al entorno terrestre a través de las actividades orgánicas. En el momento en que sobrepasamos, a través de la actividad orgánica, el límite de nuestra piel, estamos fuera, en la esfera terrestre. Verán, todos estos procesos que tienen lugar completamente dentro de nosotros, la formación y regulación de movimientos fluídicos, etc., se encuentran en una relación con lo extraterrenal; mientras que cuando llegamos a los órganos, nuevamente nos acercamos a lo terrestre. Aquí tenemos en el Hombre la unión del Cielo y la Tierra. Los pulmones están formados por seres extraterrestres, pero lo que hacen con el oxígeno los relaciona con lo terrenal. Y ahora, cuando el hombre toma sustancias aún más terrenales y las recibe en su organismo, entra en contacto inmediato, a través del proceso del metabolismo con lo verdaderamente terrenal.

Por lo tanto, podemos estudiar al hombre desde cuatro puntos de vista diferentes: La Forma completa, en la medida en que esta se construye desde adentro hacia afuera; Movimiento interno, actividad orgánica y metabolismo. Si estudiamos la forma completa, que está totalmente construida por fuerzas internas, encontramos que es de todas la que menor conexión tiene con la Tierra.

Este punto se explicará más mañana. Solo comenzaremos a comprender esta conexión cuando relacionemos, como haremos mañana, la forma completa del Hombre con  el Zodiaco. El movimiento interno, la circulación de la sangre, la linfa, etc., solo pueden concebirse en su realidad, cuando los relacionamos con nuestro sistema planetario. Y cuando llegamos a la actividad de los órganos, ya nos acercamos a lo terrestre.

adzodiaco

 

Les di el ejemplo de los pulmones, que, en lo que respecta a su construcción interna, están formados por fuerzas extraterrestres, pero en relación con el oxígeno están en relación con el aire. Otros órganos humanos entran en relación con el agua, otros de nuevo con calor, etc. Por lo tanto, al estudiar la actividad de los órganos, entramos en contacto con el mundo Elemental —con fuego, agua, aire. Solo cuando nuestras observaciones se centran en la asimilación real o el metabolismo, estamos en la esfera de la Tierra. El mundo Elemental es aquel que abarca la Tierra como la esfera del agua y del aire, y solo cuando nos encontramos con el proceso del metabolismo, nos acercamos a la relación del Hombre con la Tierra misma.

De esta forma podemos descubrir la relación del Hombre con el Universo que lo rodea:

Zodiaco (1) Forma completa
Mundo de los Planetas (2) Movimiento interno
Mundo de los Elementos (3) Actividad de los órganos
Tierra (4) Metabolismo

 

Y ahora consideren, si entendemos la forma del Hombre en toda su naturaleza y condiciones, y encontramos la posibilidad de rastrearlo hasta el Zodíaco —es decir, el mundo de estrellas fijas — solo en ese momento podemos formarnos, desde el Hombre, una idea de todo lo que nos es visible en el espacio circundante; porque no puede ser investigado por medios mecánicos o matemáticos, sino solo a través del conocimiento de la forma completa del Hombre. Tampoco los movimientos planetarios pueden ser examinados simplemente por medio de un telescopio. Con un telescopio uno encuentra sus posiciones, colocándolo primero frente a una estrella y luego frente a otra, encontrando el ángulo, y de esta manera ir descubriendo las posiciones. Lo que está realmente presente en los procesos del Mundo Planetario es algo que se forma desde adentro hacia afuera. Es por un estudio de las actividades de los jugos y la savia en el hombre que aprenderemos a comprender las actividades planetarias. Del mismo modo, si comprendemos nuestras propias actividades orgánicas, también comprenderemos lo que sucede en el mundo elemental; y cuando seamos capaces de comprender lo que sucede en el Hombre en el momento en que se introduce la sustancia terrenal en su sistema metabólico, poseeremos la clave de las actividades de la Tierra y podremos separarlas espacialmente de todas las actividades extraterrestres.

 

 

 

Traducido por Gracia Muñoz en Febrero de 2018.

2. La Entidad Anímica del Hombre

TEOSOFÍA  – Rudolf Steiner

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La entidad anímica del hombre difiere del cuerpo, dado que tiene un mundo interior que le es propio, y esta “propiedad” nos resulta evidente apenas dirigimos la atención aun sobre la más simple sensación de los sentidos. Antes que nada, nadie puede saber si el otro percibe la más simple sensación de idéntica manera como uno la percibe. Sabemos que hay personas que no perciben los colores (daltonismo completo), por lo cual ven los objetos de un tinte gris de diversa intensidad; otros, afectados sólo de daltonismo parcial, no son capaces de distinguir determinados colores; para éstos, las imágenes del mundo, como se las dan sus ojos, son diferentes de las de los hombres normales. Lo mismo, poco más o menos, puede decirse de los demás sentidos y no se requiere más para tener la evidencia de que, hasta la más simple sensación pertenece al “mundo interior”. Con los sentidos físicos uno puede percibir un objeto rojo que también otro puede ver, pero a uno no le será posible percibir la sensación del rojo que tiene otra persona.

Por esto debemos considerar la sensación de los sentidos como fenómeno anímico; y si nos damos bien cuenta de este hecho, cesaremos de considerar las experiencias interiores como simples procesos cerebrales o algo similar. Inmediatamente a la sensación sigue el sentimiento, agradable o desagradable, según el caso. Se trata de impulsos de la vida interior anímica. Con sus sentimientos el hombre agrega un segundo mundo al que desde afuera obra sobre él. Y a esto le agrega una tercera cosa: la voluntad.

Mediante ésta, el hombre reacciona hacia el mundo externo e imprime a éste su propio ser interno. En las acciones volitivas el alma se expande, por así decirlo, hacia lo externo. Los actos del hombre se distinguen de los hechos que ocurren en la naturaleza externa, justamente porque llevan la impronta de su vida interior. Así el alma se contrapone, como cosa propia del hombre, al mundo externo: él recibe los estímulos del mundo externo, pero de conformidad con éstos, se forma un mundo propio suyo. La corporeidad sirve de base al ser anímico del hombre.

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1. La Entidad Corporal del Hombre

TEOSOFÍA  – Rudolf Steiner

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El cuerpo del hombre puede ser conocido mediante los sentidos físicos, y el método de contemplarlo no puede ser diferente de aquel con que se aprende a conocer los demás objetos que se perciben con los sentidos. Como se examinan los minerales, las plantas y los animales, así también se puede examinar al hombre. El está emparentado con estas tres formas de existencia. Como los minerales, construye su cuerpo con las substancias de la Naturaleza; como las plantas, crece y se reproduce; como los animales, percibe los objetos que lo rodean, y basándose en las impresiones que recibe, forma sus experiencias interiores. Se puede, por consiguiente, atribuir al hombre una existencia mineral, vegetal y animal.

La diferencia de estructura de los minerales, de los vegetales y de los animales, corresponde a las tres formas de sus respectivas existencias; y es precisamente esta estructura —la forma— que es percibida por los sentidos, y la que sólo puede ser llamada cuerpo. El cuerpo humano, sin embargo, difiere del animal, lo que debe ser reconocido por todos, cualquiera sea la opinión que se tenga del parentesco del hombre y del animal. Hasta el materialista más convencido, que niega todo lo que es anímico, no podrá menos que admitir la siguiente sentencia enunciada por Carus en su obra Organon der Naturund der Geistes: “Es verdad que la estructura más íntima del sistema nervioso, y sobre todo, del cerebro es aún un problema insoluble para los fisiólogos y los anatomistas; pero es un hecho absolutamente reconocido que la complejidad de esos órganos acreciéndose continuamente en la serie animal, alcanza en el hombre tal grado que no se encuentra en ningún otro organismo. Este hecho es de la mayor importancia por el desarrollo de la inteligencia en el hombre, y podemos aseverar que nos da ya una explicación suficiente. Donde el cerebro está precariamente desarrollado, donde su pequeñez e imperfección se manifiesta como en los microcéfalos o en los idiotas, es cosa evidente que no se podrá hablar de la manifestación de ideas originales y de la facultad del conocimiento: de la misma manera que no se podrá esperar la propagación de la especie, de un hombre que tenga los órganos reproductivos completamente atrofiados. La estructura normal, vigorosa y bella de todo el cuerpo humano, y del cerebro en particular, no podrá ciertamente substituir al genio, pero proporcionará, seguramente, la primera y más indispensable condición para la posibilidad de conocimientos superiores.

Como se atribuyen al cuerpo humano estas tres formas de existencia: mineral, vegetal y animal, se le debe atribuir también una forma de existencia particular además de aquéllas: la humana. Mediante su forma de existencia mineral, el hombre está emparentado con lo que es visible; mediante la vegetal, con todos los seres que crecen y se reproducen y, por la animal, con todos los seres que perciben el ambiente circundante y que, en base a impresiones exteriores adquieren experiencias interiores. Por su forma de existencia humana, él forma un reino en sí, mirándolo solamente desde el punto de vista físico.

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La naturaleza esencial del hombre

TEOSOFÍA  – Rudolf Steiner

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Las siguientes palabras de Goethe indican admirablemente el punto de partida de una de las vías por las cuales la entidad humana puede ser conocida: “Apenas el hombre se apercibe de los objetos que lo rodean, los examina con relación a sí mismo; y con razón, porque para él, todo depende del hecho de que le agraden o le disgusten, lo atraigan o le repelan, que le sean útiles o nocivos. Esta manera tan natural de mirar o juzgar las cosas, parece tan fácil como necesaria; no obstante, se expone a innumerables errores que a menudo le humillan y le amargan la vida. Tarea mucho más difícil se preparan aquellos que, por vivo deseo de saber, tienden a observar las cosas de la Naturaleza en sí mismas y en sus relaciones recíprocas, desde que tienen que prescindir de las normas que como hombres les hacían considerar las cosas en relación a sí mismos, esto es, dejan de guiarse por el agrado, el desagrado, la atracción o la repulsión, la utilidad o el daño; deben renunciar a sus propias impresiones y, como hombres indiferentes y casi divinos, estudiar e investigar lo que existe y no lo que les agrada. Así, el botánico ha de ser indiferente a la belleza o utilidad de las plantas: debe estudiar su estructura y sus relaciones con el resto del reino vegetal, y como el Sol a todo da vida y lo ilumina, así también el investigador debe dirigir su mirada serena a todo, indistintamente. La norma para juzgar las cosas y alcanzar conocimientos de las mismas, la debe hallar no en sí mismo, sino en las manifestaciones de los objetos que observa”.

Este pensamiento de Goethe dirige nuestra atención sobre tres puntos diferentes: el primero nos lo dan los objetos, de los cuales obtenemos informe continuado por la intervención de nuestros sentidos, a través de los que podemos palpar, oler, gustar, oír y ver; el segundo consiste en las impresiones que recibimos de los objetos, y que se manifiestan en nosotros como agrado y desagrado, deseo o repulsión, cuando los juzgamos con simpatía a unos y con antipatía a otros, útiles a unos y nocivos a otros; finalmente, el tercero, es el conocimiento que adquirimos “como seres casi divinos”, con respecto a esos objetos: es el secreto que se nos revela sobre su existencia y actividad.

Estos tres campos se distinguen netamente en la vida humana; por esto el hombre se hace consciente de estar vinculado con el mundo de modo triple. El primer modo está representado por lo que nos rodea, y se acepta como un simple hecho; por el segundo, consideramos al mundo como cosa propia —como algo que tiene importancia para nosotros—. El tercero lo consideramos como una meta a la que debemos aspirar incesantemente.

¿Por qué razón el mundo se le aparece al hombre bajo este triple aspecto? Nos lo enseñará una sencilla reflexión: Si atravesamos un prado, las flores manifestarán sus colores a nuestros ojos: éste es el hecho que aceptamos como tal. Nos alegramos de lo esplendoroso de aquellos colores; con esto transformamos ese hecho en un asunto personal. Por medio de nuestros sentimientos relacionamos a las flores con nuestra existencia. Supongamos que después de un año pasamos nuevamente por aquel prado: habrá nuevas flores y experimentaremos alegría otra vez. El placer experimentado el año anterior reaparecerá en forma de recuerdo: estaba dentro de nosotros, mientras los objetos que eran la causa han desaparecido. Pero las flores que vemos ahora, son de la misma especie de las del año pasado, y han crecido obedeciendo a las mismas leyes. Si nosotros hubiéramos adquirido algunas nociones sobre aquellas especies, y sobre aquellas leyes, volveríamos a encontrarlas en las flores de este año como las conocimos en las del año pasado, y podremos entonces razonar de esta manera: “Desaparecieron las flores del año pasado, la alegría que nos causaron ha permanecido sólo en nuestra memoria; está vinculada únicamente con nuestra propia existencia. En cambio, los conocimientos que hemos adquirido de aquellas flores el año pasado, y que volvemos a encontrar ahora, permanecerán mientras semejantes flores se produzcan. Esto es algo que se nos ha revelado, pero que no depende de nuestra existencia, como de ella depende nuestra alegría”. Nuestras sensaciones de placer están en nosotros, pero las leyes y la característica de aquellas flores están fuera de nosotros, en el mundo.

Así el hombre se relaciona continuamente de tres modos con las cosas del mundo. Ahora bien, sin agregar interpretación alguna, y tomando este hecho sencillamente como se nos presenta, resulta que el hombre tiene tres aspectos en su ser, que podemos relacionar con tres palabras: cuerpo, alma y espíritu. Con estas tres palabras queremos indicar sólo estos tres aspectos de la naturaleza humana, y nada más por ahora: quien las relacionara con alguna idea preconcebida o alguna hipótesis, arriesgaría comprender mal lo que expondremos en seguida. Por cuerpo entendemos aquí aquello por medio del cual se manifiestan al hombre los objetos que le rodean —como en nuestro ejemplo, las flores del prado—. Con la palabra alma, queremos indicar aquello por medio de lo cual el hombre relaciona los objetos con su propia existencia, y experimenta por ello agrado y desagrado, placer y disgusto, alegría y dolor. Por espíritu, entendemos lo que se revela en el nombre, cuando contempla los objetos, según la expresión empleada por Goethe, “como un ser casi divino”. En este sentido el hombre está constituido por: cuerpo, alma y espíritu.

Mediante el cuerpo, el hombre puede ponerse en relación momentánea con los objetos; mediante el alma, conserva las impresiones que éstos le han causado, y mediante el espíritu, se le revela el íntimo contenido de los mismos objetos. Sólo considerando al hombre bajo estos tres aspectos, se puede tener la esperanza de llegar al conocimiento de su ser, porque estos tres aspectos, lo presentan emparentado con el resto del mundo de una manera triple.

Mediante el cuerpo, el hombre tiene afinidad con los objetos que se evidencian desde afuera a sus sentidos. Su cuerpo se compone de los elementos del mundo externo, y las fuerzas externas obran también en él. Como observa los objetos exteriores con sus sentidos, así también puede contemplar su propia existencia física, pero le es imposible contemplar del mismo modo la existencia del alma. Con los sentidos físicos podemos percibir todo lo que hay en nosotros de procesos físicos, mientras que tales sentidos no nos dan la capacidad de percibir las sensaciones de agrado y desagrado, de alegría y de dolor ni en nosotros ni en los demás. Mientras la existencia física del hombre se manifiesta a la vista de todos, la vida del alma es un campo inaccesible a la percepción física; el hombre la lleva en su interior como en un mundo suyo propio. A través del espíritu, en cambio, el mundo externo se manifiesta al hombre de una manera superior. Es verdad que en su interioridad se le revela lo oculto del mundo externo, pero él, en espíritu, por así decirlo, sale de sí y deja que los objetos le hablen de ellos mismos; de lo que tiene importancia, no para él, sino para ellos. Así, cuando un hombre contempla la bóveda estrellada a él pertenecen la admiración y la alegría que siente en el alma, pero las leyes eternas de las estrellas, que él comprende con su mente, con el espíritu, no le pertenecen a él sino a las estrellas.

Por lo que antecede se ve que el hombre es habitante de tres mundos. Mediante su cuerpo pertenece al mundo que percibe por medio de ese mismo cuerpo; mediante el alma se construye su propio mundo, y por medio del espíritu se le manifiesta un mundo superior a los otros dos.  Es evidente que sólo se puede adquirir una clara comprensión de dichos tres mundos y de la forma como el hombre participa en ellos, examinándolos de tres modos diferentes, puesto que son esencialmente diversos.

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INTRODUCCIÓN

TEOSOFÍA  – Rudolf Steiner

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Cuando Johann Gottlieb Fichte, en el otoño de 1813 daba al público su enseñanza como fruto maduro de una vida enteramente consagrada al servicio de la verdad, decía al comienzo de ella: “Esta ciencia presupone un nuevo órgano de sentido interior, por el cual se revela un mundo nuevo, que no existe para el hombre corriente”. Y a continuación demostraba por medio de una comparación, cuan incomprensible había de ser ésa, su enseñanza, para aquel que la juzgara según los conceptos que le transmitieran los sentidos ordinarios: “imaginaos un mundo habitado por ciegos de nacimiento, que conocen de los objetos y de las relaciones entre ellos, sólo lo que pueden concebir por medio del tacto. Habladles de los colores y de los otros fenómenos que solamente existen por medio del color y para la vista. Vuestro discurso no tendrá sentido para ellos, y podríais daros por contentos si os lo dijeran, porque así os daríais cuenta de vuestro error, y cesaríais de hablarles, porque sería inútil ya que no podríais abrirles los ojos”.

Ahora bien, el que habla al hombre de cosas semejantes a las que trata Fichte, se encuentra muy a menudo en situación análoga a la del vidente entre ciegos de nacimiento. Sin embargo, estas cosas son las que se refieren a la verdadera entidad humana y a su más elevada meta. Y creer que es necesario “cesar de hablar porque es inútil”, sería lo mismo que desesperar de la humanidad. Al contrario, no debe dudarse un instante de que, con relación a estas cosas, es posible “abrir los ojos” de quien demuestre buena voluntad para ese fin. Con esta suposición han hablado y escrito todos aquellos que sentían haber desarrollado el “órgano del sentido interno” para conocer el verdadero ser del hombre que se oculta a los sentidos externos. Esta es la razón por la cual desde los tiempos más remotos siempre se ha hablado de tal “sabiduría oculta”. El que ha adquirido algo de ella, siente que tal conquista es tan segura, como con ojos perfectos se tiene un concepto seguro de los colores; para él, esta “sabiduría oculta” no requiere “pruebas”. Sabe, además, que no puede carecer de pruebas nadie que, como él, haya desarrollado el sentido superior. A tal persona puede hablársele; lo misino que uno que haya viajado puede hablar de América a quienes no la han visto, pero que pueden formarse idea de ella, porque verían todo lo que el viajero ha visto, si se les presentara la oportunidad.

Pero el que ve lo sobrenatural, no debe hablar tan sólo para los investigadores del mundo espiritual. Tiene que dirigir sus palabras a la humanidad entera, pues tiene que informar sobre cosas que a toda ella conciernen. Sabe, además, que sin el conocimiento de esas cosas, uno no puede, en el verdadero sentido de la palabra, llamarse y vivir como “ser humano”, y aun cuando se dirige a todos, sabe, no obstante, que hay diferentes grados de comprensión para lo que ha de comunicar. Sabe que también aquellos que están lejos aún del momento en que puedan iniciar investigaciones espirituales por sí mismos, pueden entenderle porque el sentimiento y la comprensión para la verdad son inherentes a todo hombre. Y comienza a dirigirse a esa capacidad de comprensión que puede brotar en toda alma sana. Sabe que en esta comprensión reside una fuerza que paulatinamente conducirá a grados superiores de conocimiento. Este sentimiento que, al principio, no ve nada absolutamente de lo que se le dice, es precisamente la fuerza mágica que abre los “ojos del espíritu”. Este sentimiento surge en la obscuridad. El alma no ve, pero por este mismo sentimiento llega a compenetrarse del poder de la verdad; y luego, gradualmente la verdad se apodera del alma y abre en ella el “sentido superior”. Una persona tardará más, otra menos, pero quien tenga paciencia y firmeza conseguirá su objetivo. Porque si no es posible operar a todos los que son físicamente ciegos, la vision espiritual puede abrirse en cada uno, siendo este despertar sólo cuestión de tiempo.

La erudición y la cultura científica no son condiciones indispensables para abrir este “sentido superior”. Puede desarrollarse tanto en el hombre sencillo como en el de mayor ilustración. Lo que en nuestros días se acostumbra llamar “ciencia única”, puede llegar hasta a constituir un obstáculo para alcanzar tal fin. Porque esta ciencia, únicamente, reconoce como real lo que perciben los sentidos comunes. Y por altos que sean sus méritos con relación al conocimiento de esta realidad, cuando se declara competente para dictaminar en todo lo que concierne al saber, crea abundantes prejuicios que impiden la consecución de las realidades superiores.

A lo que se acaba de decir, se objeta con frecuencia que existen “límites infranqueables” para nuestros conocimientos y que, no pudiendo pasar de estos límites, debiéramos desechar todos los conocimientos que no respetaran tales “límites”. De modo que se considera muy presuntuoso al hombre que pretende saber algo sobre cosas que, según muchos, se encuentran más allá de los límites de la capacidad humana para conocerlas. Al formularse semejante objeción, no se considera que a los conocimientos superiores les deba preceder el desarrollo de las capacidades para obtener tales conocimientos. Lo que antes de tal desarrollo se encuentra más allá de dichos límites, estará enteramente al alcance de nuestro conocimiento, una vez despertadas las capacidades que dormitan en todos nosotros. Sin embargo, hay algo en esto, que se debe considerar con atención. Uno podría decir: ¿De qué sirve hablar a la gente de cosas que están fuera de su alcance, dado que no tienen desarrollado el poder de percibirlas?. Pero tal razonamiento es erróneo. Ciertamente, se requieren ciertas facultades para hacer investigaciones y encontrar las cosas de que se trata, pero los resultados que se obtienen son comprensibles a toda persona a quien se le comuniquen, si se emplea una lógica imparcial y un criterio sano para juzgar la verdad.

El contenido de este libro es tal, que quien lo perciba con mente amplia y sentimiento sano, y desee desenvolver sus facultades de pensar de manera amplia y sin prejuicios, obtendrá la sensación de que es posible ocuparse de los enigmas de la vida humana y de los fenómenos del Universo, con resultado satisfactorio. Puede, cada uno, formularse la pregunta: si lo que aquí se manifiesta es cierto ¿Habrá en ello una explicación de la vida que pueda satisfacer? Y encontrará que su propia vida le da la confirmación.

En cambio, para ser Maestro en estas regiones superiores de la existencia, no basta, simplemente, con que se haya despertado en el hombre el sentido para percibirlas. Para tal propósito es indispensable que haya adquirido la ciencia de esas regiones, como se requiere poseer ciencia para ser maestro en lo que concierne a la realidad común. No basta la visión superior para ser un sabio en las realidades del mundo espiritual, como nadie llega a la sabiduría en el mundo físico sólo con el perfecto desarrollo de sus sentidos. Y como es cierto que ambas realidades —la física y la espiritual— son, simplemente, dos aspectos de una sola entidad fundamental, el hombre que ignora los conocimientos elementales, muy probablemente también ignorara los superiores. Este hecho crea un sentimiento de inmensa responsabilidad en quien —por vocación espiritual— siente que tiene que hablar de las regiones espirituales de lo existente, y se impone modestia y reserva. Pero este hecho no debe ser un impedimento para ocuparse de las verdades superiores ni para aquellos que por su género de vida no pueden dedicarse al estudio de las ciencias comunes. Porque si bien uno puede cumplir perfectamente con sus deberes de hombre sin saber nada de botánica, zoología, matemáticas o de otras ciencias, no puede, en toda la amplitud de la palabra ser hombre, sin haber percibido algo de la esencia y del destino del hombre revelado por el saber de lo suprasensible.

A lo más alto a que el hombre puede elevar su mirada, lo llama Divino y debe pensar que su ulterior destino tiene que estar relacionado con esa Divinidad. Por esta razón, tenemos derecho a llamar Sabiduría Divina o Teosofía a la sabiduría que está más allá de lo que perciben los sentidos, y que revela al hombre su propio ser y su destino. Puede denominarse Ciencia Espiritual al estudio de los fenómenos espirituales en el hombre y en el Universo. Pero tratándose especialmente del ser espiritual del hombre, como ocurre en este libro, emplearemos el término Teosofía, que ha sido usado en el mismo sentido durante siglos.

Animados por el propósito que acabamos de enunciar, daremos en esta obra una concepción teosófica del mundo. El autor no expondrá nada que para él no sea un hecho, del mismo modo que un fenómeno físico es un hecho para la vista, el oído y el intelecto común. Se trata, en verdad, de experiencias al alcance de cualquiera que se decida a entrar en el Sendero del conocimiento, que tiene un capítulo en esta obra. Frente a los hechos del mundo suprasensible, es preciso reconocer que el pensamiento recto y el sentimiento sano, son aptos para comprender los verdaderos conocimientos que se pueden obtener en los mundos superiores, y que esta misma comprensión constituye una sólida base que equivale a un paso importante hacia el desarrollo de la capacidad vidente, aunque para obtener esta última se requiere algo más. Desdeñar este sendero y querer penetrar en los mundos superiores sólo por otros métodos, significa cerrarse la vía al verdadero conocimiento superior. Tener por norma no reconocer la existencia de los mundos superiores hasta después de haberlos visto, es un obstáculo para llegar a conocerlos. La voluntad de querer comprender por medio del recto pensamiento lo que más tarde podrá estar al alcance de nuestra observación, favorece el desarrollo de la facultad vidente, estimula fuerzas esenciales del alma que conducen a esta facultad.

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