2. La Entidad Anímica del Hombre

TEOSOFÍA  – Rudolf Steiner

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La entidad anímica del hombre difiere del cuerpo, dado que tiene un mundo interior que le es propio, y esta “propiedad” nos resulta evidente apenas dirigimos la atención aun sobre la más simple sensación de los sentidos. Antes que nada, nadie puede saber si el otro percibe la más simple sensación de idéntica manera como uno la percibe. Sabemos que hay personas que no perciben los colores (daltonismo completo), por lo cual ven los objetos de un tinte gris de diversa intensidad; otros, afectados sólo de daltonismo parcial, no son capaces de distinguir determinados colores; para éstos, las imágenes del mundo, como se las dan sus ojos, son diferentes de las de los hombres normales. Lo mismo, poco más o menos, puede decirse de los demás sentidos y no se requiere más para tener la evidencia de que, hasta la más simple sensación pertenece al “mundo interior”. Con los sentidos físicos uno puede percibir un objeto rojo que también otro puede ver, pero a uno no le será posible percibir la sensación del rojo que tiene otra persona.

Por esto debemos considerar la sensación de los sentidos como fenómeno anímico; y si nos damos bien cuenta de este hecho, cesaremos de considerar las experiencias interiores como simples procesos cerebrales o algo similar. Inmediatamente a la sensación sigue el sentimiento, agradable o desagradable, según el caso. Se trata de impulsos de la vida interior anímica. Con sus sentimientos el hombre agrega un segundo mundo al que desde afuera obra sobre él. Y a esto le agrega una tercera cosa: la voluntad.

Mediante ésta, el hombre reacciona hacia el mundo externo e imprime a éste su propio ser interno. En las acciones volitivas el alma se expande, por así decirlo, hacia lo externo. Los actos del hombre se distinguen de los hechos que ocurren en la naturaleza externa, justamente porque llevan la impronta de su vida interior. Así el alma se contrapone, como cosa propia del hombre, al mundo externo: él recibe los estímulos del mundo externo, pero de conformidad con éstos, se forma un mundo propio suyo. La corporeidad sirve de base al ser anímico del hombre.

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1. La Entidad Corporal del Hombre

TEOSOFÍA  – Rudolf Steiner

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El cuerpo del hombre puede ser conocido mediante los sentidos físicos, y el método de contemplarlo no puede ser diferente de aquel con que se aprende a conocer los demás objetos que se perciben con los sentidos. Como se examinan los minerales, las plantas y los animales, así también se puede examinar al hombre. El está emparentado con estas tres formas de existencia. Como los minerales, construye su cuerpo con las substancias de la Naturaleza; como las plantas, crece y se reproduce; como los animales, percibe los objetos que lo rodean, y basándose en las impresiones que recibe, forma sus experiencias interiores. Se puede, por consiguiente, atribuir al hombre una existencia mineral, vegetal y animal.

La diferencia de estructura de los minerales, de los vegetales y de los animales, corresponde a las tres formas de sus respectivas existencias; y es precisamente esta estructura —la forma— que es percibida por los sentidos, y la que sólo puede ser llamada cuerpo. El cuerpo humano, sin embargo, difiere del animal, lo que debe ser reconocido por todos, cualquiera sea la opinión que se tenga del parentesco del hombre y del animal. Hasta el materialista más convencido, que niega todo lo que es anímico, no podrá menos que admitir la siguiente sentencia enunciada por Carus en su obra Organon der Naturund der Geistes: “Es verdad que la estructura más íntima del sistema nervioso, y sobre todo, del cerebro es aún un problema insoluble para los fisiólogos y los anatomistas; pero es un hecho absolutamente reconocido que la complejidad de esos órganos acreciéndose continuamente en la serie animal, alcanza en el hombre tal grado que no se encuentra en ningún otro organismo. Este hecho es de la mayor importancia por el desarrollo de la inteligencia en el hombre, y podemos aseverar que nos da ya una explicación suficiente. Donde el cerebro está precariamente desarrollado, donde su pequeñez e imperfección se manifiesta como en los microcéfalos o en los idiotas, es cosa evidente que no se podrá hablar de la manifestación de ideas originales y de la facultad del conocimiento: de la misma manera que no se podrá esperar la propagación de la especie, de un hombre que tenga los órganos reproductivos completamente atrofiados. La estructura normal, vigorosa y bella de todo el cuerpo humano, y del cerebro en particular, no podrá ciertamente substituir al genio, pero proporcionará, seguramente, la primera y más indispensable condición para la posibilidad de conocimientos superiores.

Como se atribuyen al cuerpo humano estas tres formas de existencia: mineral, vegetal y animal, se le debe atribuir también una forma de existencia particular además de aquéllas: la humana. Mediante su forma de existencia mineral, el hombre está emparentado con lo que es visible; mediante la vegetal, con todos los seres que crecen y se reproducen y, por la animal, con todos los seres que perciben el ambiente circundante y que, en base a impresiones exteriores adquieren experiencias interiores. Por su forma de existencia humana, él forma un reino en sí, mirándolo solamente desde el punto de vista físico.

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La naturaleza esencial del hombre

TEOSOFÍA  – Rudolf Steiner

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Las siguientes palabras de Goethe indican admirablemente el punto de partida de una de las vías por las cuales la entidad humana puede ser conocida: “Apenas el hombre se apercibe de los objetos que lo rodean, los examina con relación a sí mismo; y con razón, porque para él, todo depende del hecho de que le agraden o le disgusten, lo atraigan o le repelan, que le sean útiles o nocivos. Esta manera tan natural de mirar o juzgar las cosas, parece tan fácil como necesaria; no obstante, se expone a innumerables errores que a menudo le humillan y le amargan la vida. Tarea mucho más difícil se preparan aquellos que, por vivo deseo de saber, tienden a observar las cosas de la Naturaleza en sí mismas y en sus relaciones recíprocas, desde que tienen que prescindir de las normas que como hombres les hacían considerar las cosas en relación a sí mismos, esto es, dejan de guiarse por el agrado, el desagrado, la atracción o la repulsión, la utilidad o el daño; deben renunciar a sus propias impresiones y, como hombres indiferentes y casi divinos, estudiar e investigar lo que existe y no lo que les agrada. Así, el botánico ha de ser indiferente a la belleza o utilidad de las plantas: debe estudiar su estructura y sus relaciones con el resto del reino vegetal, y como el Sol a todo da vida y lo ilumina, así también el investigador debe dirigir su mirada serena a todo, indistintamente. La norma para juzgar las cosas y alcanzar conocimientos de las mismas, la debe hallar no en sí mismo, sino en las manifestaciones de los objetos que observa”.

Este pensamiento de Goethe dirige nuestra atención sobre tres puntos diferentes: el primero nos lo dan los objetos, de los cuales obtenemos informe continuado por la intervención de nuestros sentidos, a través de los que podemos palpar, oler, gustar, oír y ver; el segundo consiste en las impresiones que recibimos de los objetos, y que se manifiestan en nosotros como agrado y desagrado, deseo o repulsión, cuando los juzgamos con simpatía a unos y con antipatía a otros, útiles a unos y nocivos a otros; finalmente, el tercero, es el conocimiento que adquirimos “como seres casi divinos”, con respecto a esos objetos: es el secreto que se nos revela sobre su existencia y actividad.

Estos tres campos se distinguen netamente en la vida humana; por esto el hombre se hace consciente de estar vinculado con el mundo de modo triple. El primer modo está representado por lo que nos rodea, y se acepta como un simple hecho; por el segundo, consideramos al mundo como cosa propia —como algo que tiene importancia para nosotros—. El tercero lo consideramos como una meta a la que debemos aspirar incesantemente.

¿Por qué razón el mundo se le aparece al hombre bajo este triple aspecto? Nos lo enseñará una sencilla reflexión: Si atravesamos un prado, las flores manifestarán sus colores a nuestros ojos: éste es el hecho que aceptamos como tal. Nos alegramos de lo esplendoroso de aquellos colores; con esto transformamos ese hecho en un asunto personal. Por medio de nuestros sentimientos relacionamos a las flores con nuestra existencia. Supongamos que después de un año pasamos nuevamente por aquel prado: habrá nuevas flores y experimentaremos alegría otra vez. El placer experimentado el año anterior reaparecerá en forma de recuerdo: estaba dentro de nosotros, mientras los objetos que eran la causa han desaparecido. Pero las flores que vemos ahora, son de la misma especie de las del año pasado, y han crecido obedeciendo a las mismas leyes. Si nosotros hubiéramos adquirido algunas nociones sobre aquellas especies, y sobre aquellas leyes, volveríamos a encontrarlas en las flores de este año como las conocimos en las del año pasado, y podremos entonces razonar de esta manera: “Desaparecieron las flores del año pasado, la alegría que nos causaron ha permanecido sólo en nuestra memoria; está vinculada únicamente con nuestra propia existencia. En cambio, los conocimientos que hemos adquirido de aquellas flores el año pasado, y que volvemos a encontrar ahora, permanecerán mientras semejantes flores se produzcan. Esto es algo que se nos ha revelado, pero que no depende de nuestra existencia, como de ella depende nuestra alegría”. Nuestras sensaciones de placer están en nosotros, pero las leyes y la característica de aquellas flores están fuera de nosotros, en el mundo.

Así el hombre se relaciona continuamente de tres modos con las cosas del mundo. Ahora bien, sin agregar interpretación alguna, y tomando este hecho sencillamente como se nos presenta, resulta que el hombre tiene tres aspectos en su ser, que podemos relacionar con tres palabras: cuerpo, alma y espíritu. Con estas tres palabras queremos indicar sólo estos tres aspectos de la naturaleza humana, y nada más por ahora: quien las relacionara con alguna idea preconcebida o alguna hipótesis, arriesgaría comprender mal lo que expondremos en seguida. Por cuerpo entendemos aquí aquello por medio del cual se manifiestan al hombre los objetos que le rodean —como en nuestro ejemplo, las flores del prado—. Con la palabra alma, queremos indicar aquello por medio de lo cual el hombre relaciona los objetos con su propia existencia, y experimenta por ello agrado y desagrado, placer y disgusto, alegría y dolor. Por espíritu, entendemos lo que se revela en el nombre, cuando contempla los objetos, según la expresión empleada por Goethe, “como un ser casi divino”. En este sentido el hombre está constituido por: cuerpo, alma y espíritu.

Mediante el cuerpo, el hombre puede ponerse en relación momentánea con los objetos; mediante el alma, conserva las impresiones que éstos le han causado, y mediante el espíritu, se le revela el íntimo contenido de los mismos objetos. Sólo considerando al hombre bajo estos tres aspectos, se puede tener la esperanza de llegar al conocimiento de su ser, porque estos tres aspectos, lo presentan emparentado con el resto del mundo de una manera triple.

Mediante el cuerpo, el hombre tiene afinidad con los objetos que se evidencian desde afuera a sus sentidos. Su cuerpo se compone de los elementos del mundo externo, y las fuerzas externas obran también en él. Como observa los objetos exteriores con sus sentidos, así también puede contemplar su propia existencia física, pero le es imposible contemplar del mismo modo la existencia del alma. Con los sentidos físicos podemos percibir todo lo que hay en nosotros de procesos físicos, mientras que tales sentidos no nos dan la capacidad de percibir las sensaciones de agrado y desagrado, de alegría y de dolor ni en nosotros ni en los demás. Mientras la existencia física del hombre se manifiesta a la vista de todos, la vida del alma es un campo inaccesible a la percepción física; el hombre la lleva en su interior como en un mundo suyo propio. A través del espíritu, en cambio, el mundo externo se manifiesta al hombre de una manera superior. Es verdad que en su interioridad se le revela lo oculto del mundo externo, pero él, en espíritu, por así decirlo, sale de sí y deja que los objetos le hablen de ellos mismos; de lo que tiene importancia, no para él, sino para ellos. Así, cuando un hombre contempla la bóveda estrellada a él pertenecen la admiración y la alegría que siente en el alma, pero las leyes eternas de las estrellas, que él comprende con su mente, con el espíritu, no le pertenecen a él sino a las estrellas.

Por lo que antecede se ve que el hombre es habitante de tres mundos. Mediante su cuerpo pertenece al mundo que percibe por medio de ese mismo cuerpo; mediante el alma se construye su propio mundo, y por medio del espíritu se le manifiesta un mundo superior a los otros dos.  Es evidente que sólo se puede adquirir una clara comprensión de dichos tres mundos y de la forma como el hombre participa en ellos, examinándolos de tres modos diferentes, puesto que son esencialmente diversos.

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INTRODUCCIÓN

TEOSOFÍA  – Rudolf Steiner

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Cuando Johann Gottlieb Fichte, en el otoño de 1813 daba al público su enseñanza como fruto maduro de una vida enteramente consagrada al servicio de la verdad, decía al comienzo de ella: “Esta ciencia presupone un nuevo órgano de sentido interior, por el cual se revela un mundo nuevo, que no existe para el hombre corriente”. Y a continuación demostraba por medio de una comparación, cuan incomprensible había de ser ésa, su enseñanza, para aquel que la juzgara según los conceptos que le transmitieran los sentidos ordinarios: “imaginaos un mundo habitado por ciegos de nacimiento, que conocen de los objetos y de las relaciones entre ellos, sólo lo que pueden concebir por medio del tacto. Habladles de los colores y de los otros fenómenos que solamente existen por medio del color y para la vista. Vuestro discurso no tendrá sentido para ellos, y podríais daros por contentos si os lo dijeran, porque así os daríais cuenta de vuestro error, y cesaríais de hablarles, porque sería inútil ya que no podríais abrirles los ojos”.

Ahora bien, el que habla al hombre de cosas semejantes a las que trata Fichte, se encuentra muy a menudo en situación análoga a la del vidente entre ciegos de nacimiento. Sin embargo, estas cosas son las que se refieren a la verdadera entidad humana y a su más elevada meta. Y creer que es necesario “cesar de hablar porque es inútil”, sería lo mismo que desesperar de la humanidad. Al contrario, no debe dudarse un instante de que, con relación a estas cosas, es posible “abrir los ojos” de quien demuestre buena voluntad para ese fin. Con esta suposición han hablado y escrito todos aquellos que sentían haber desarrollado el “órgano del sentido interno” para conocer el verdadero ser del hombre que se oculta a los sentidos externos. Esta es la razón por la cual desde los tiempos más remotos siempre se ha hablado de tal “sabiduría oculta”. El que ha adquirido algo de ella, siente que tal conquista es tan segura, como con ojos perfectos se tiene un concepto seguro de los colores; para él, esta “sabiduría oculta” no requiere “pruebas”. Sabe, además, que no puede carecer de pruebas nadie que, como él, haya desarrollado el sentido superior. A tal persona puede hablársele; lo misino que uno que haya viajado puede hablar de América a quienes no la han visto, pero que pueden formarse idea de ella, porque verían todo lo que el viajero ha visto, si se les presentara la oportunidad.

Pero el que ve lo sobrenatural, no debe hablar tan sólo para los investigadores del mundo espiritual. Tiene que dirigir sus palabras a la humanidad entera, pues tiene que informar sobre cosas que a toda ella conciernen. Sabe, además, que sin el conocimiento de esas cosas, uno no puede, en el verdadero sentido de la palabra, llamarse y vivir como “ser humano”, y aun cuando se dirige a todos, sabe, no obstante, que hay diferentes grados de comprensión para lo que ha de comunicar. Sabe que también aquellos que están lejos aún del momento en que puedan iniciar investigaciones espirituales por sí mismos, pueden entenderle porque el sentimiento y la comprensión para la verdad son inherentes a todo hombre. Y comienza a dirigirse a esa capacidad de comprensión que puede brotar en toda alma sana. Sabe que en esta comprensión reside una fuerza que paulatinamente conducirá a grados superiores de conocimiento. Este sentimiento que, al principio, no ve nada absolutamente de lo que se le dice, es precisamente la fuerza mágica que abre los “ojos del espíritu”. Este sentimiento surge en la obscuridad. El alma no ve, pero por este mismo sentimiento llega a compenetrarse del poder de la verdad; y luego, gradualmente la verdad se apodera del alma y abre en ella el “sentido superior”. Una persona tardará más, otra menos, pero quien tenga paciencia y firmeza conseguirá su objetivo. Porque si no es posible operar a todos los que son físicamente ciegos, la vision espiritual puede abrirse en cada uno, siendo este despertar sólo cuestión de tiempo.

La erudición y la cultura científica no son condiciones indispensables para abrir este “sentido superior”. Puede desarrollarse tanto en el hombre sencillo como en el de mayor ilustración. Lo que en nuestros días se acostumbra llamar “ciencia única”, puede llegar hasta a constituir un obstáculo para alcanzar tal fin. Porque esta ciencia, únicamente, reconoce como real lo que perciben los sentidos comunes. Y por altos que sean sus méritos con relación al conocimiento de esta realidad, cuando se declara competente para dictaminar en todo lo que concierne al saber, crea abundantes prejuicios que impiden la consecución de las realidades superiores.

A lo que se acaba de decir, se objeta con frecuencia que existen “límites infranqueables” para nuestros conocimientos y que, no pudiendo pasar de estos límites, debiéramos desechar todos los conocimientos que no respetaran tales “límites”. De modo que se considera muy presuntuoso al hombre que pretende saber algo sobre cosas que, según muchos, se encuentran más allá de los límites de la capacidad humana para conocerlas. Al formularse semejante objeción, no se considera que a los conocimientos superiores les deba preceder el desarrollo de las capacidades para obtener tales conocimientos. Lo que antes de tal desarrollo se encuentra más allá de dichos límites, estará enteramente al alcance de nuestro conocimiento, una vez despertadas las capacidades que dormitan en todos nosotros. Sin embargo, hay algo en esto, que se debe considerar con atención. Uno podría decir: ¿De qué sirve hablar a la gente de cosas que están fuera de su alcance, dado que no tienen desarrollado el poder de percibirlas?. Pero tal razonamiento es erróneo. Ciertamente, se requieren ciertas facultades para hacer investigaciones y encontrar las cosas de que se trata, pero los resultados que se obtienen son comprensibles a toda persona a quien se le comuniquen, si se emplea una lógica imparcial y un criterio sano para juzgar la verdad.

El contenido de este libro es tal, que quien lo perciba con mente amplia y sentimiento sano, y desee desenvolver sus facultades de pensar de manera amplia y sin prejuicios, obtendrá la sensación de que es posible ocuparse de los enigmas de la vida humana y de los fenómenos del Universo, con resultado satisfactorio. Puede, cada uno, formularse la pregunta: si lo que aquí se manifiesta es cierto ¿Habrá en ello una explicación de la vida que pueda satisfacer? Y encontrará que su propia vida le da la confirmación.

En cambio, para ser Maestro en estas regiones superiores de la existencia, no basta, simplemente, con que se haya despertado en el hombre el sentido para percibirlas. Para tal propósito es indispensable que haya adquirido la ciencia de esas regiones, como se requiere poseer ciencia para ser maestro en lo que concierne a la realidad común. No basta la visión superior para ser un sabio en las realidades del mundo espiritual, como nadie llega a la sabiduría en el mundo físico sólo con el perfecto desarrollo de sus sentidos. Y como es cierto que ambas realidades —la física y la espiritual— son, simplemente, dos aspectos de una sola entidad fundamental, el hombre que ignora los conocimientos elementales, muy probablemente también ignorara los superiores. Este hecho crea un sentimiento de inmensa responsabilidad en quien —por vocación espiritual— siente que tiene que hablar de las regiones espirituales de lo existente, y se impone modestia y reserva. Pero este hecho no debe ser un impedimento para ocuparse de las verdades superiores ni para aquellos que por su género de vida no pueden dedicarse al estudio de las ciencias comunes. Porque si bien uno puede cumplir perfectamente con sus deberes de hombre sin saber nada de botánica, zoología, matemáticas o de otras ciencias, no puede, en toda la amplitud de la palabra ser hombre, sin haber percibido algo de la esencia y del destino del hombre revelado por el saber de lo suprasensible.

A lo más alto a que el hombre puede elevar su mirada, lo llama Divino y debe pensar que su ulterior destino tiene que estar relacionado con esa Divinidad. Por esta razón, tenemos derecho a llamar Sabiduría Divina o Teosofía a la sabiduría que está más allá de lo que perciben los sentidos, y que revela al hombre su propio ser y su destino. Puede denominarse Ciencia Espiritual al estudio de los fenómenos espirituales en el hombre y en el Universo. Pero tratándose especialmente del ser espiritual del hombre, como ocurre en este libro, emplearemos el término Teosofía, que ha sido usado en el mismo sentido durante siglos.

Animados por el propósito que acabamos de enunciar, daremos en esta obra una concepción teosófica del mundo. El autor no expondrá nada que para él no sea un hecho, del mismo modo que un fenómeno físico es un hecho para la vista, el oído y el intelecto común. Se trata, en verdad, de experiencias al alcance de cualquiera que se decida a entrar en el Sendero del conocimiento, que tiene un capítulo en esta obra. Frente a los hechos del mundo suprasensible, es preciso reconocer que el pensamiento recto y el sentimiento sano, son aptos para comprender los verdaderos conocimientos que se pueden obtener en los mundos superiores, y que esta misma comprensión constituye una sólida base que equivale a un paso importante hacia el desarrollo de la capacidad vidente, aunque para obtener esta última se requiere algo más. Desdeñar este sendero y querer penetrar en los mundos superiores sólo por otros métodos, significa cerrarse la vía al verdadero conocimiento superior. Tener por norma no reconocer la existencia de los mundos superiores hasta después de haberlos visto, es un obstáculo para llegar a conocerlos. La voluntad de querer comprender por medio del recto pensamiento lo que más tarde podrá estar al alcance de nuestra observación, favorece el desarrollo de la facultad vidente, estimula fuerzas esenciales del alma que conducen a esta facultad.

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Prologo

TEOSOFÍA  – Rudolf Steiner

 

Lo que se dijo con motivo de la publicación de la segunda edición también puede decirse de la presente. Asimismo, se han intercalado en ésta algunas ampliaciones y notas que me parecen importantes para la mejor comprensión de lo que se explica; en cambio, no he sentido ninguna necesidad de introducir modificaciones esenciales en el contenido de las ediciones primera y segunda y tampoco en lo que se ha expresado sobre él propósito de esta obra cuando se publicó por primera vez. Tampoco el prólogo de la segunda edición necesita ser modificado; por eso se reproduce aquí tal como salió en la primera edición con el agregado de lo que se dice en la segunda.

En este libro se dará una descripción de algunas partes del mundo suprasensible. Quien concede valor únicamente al mundo físico juzgará estas descripciones como una vana creación de la fantasía; pero quien anhela conocer el sendero que conduce más allá del mundo de los sentidos, comprenderá, en seguida, que es sólo cuando se conoce ese otro mundo, que la vida humana adquiere valor e importancia. No tiene justificación el temor de muchos, que por causa de semejantes conocimientos el hombre se aparte de lo que se llama la vida real; por el contrario, por medio de ellos, se hará capaz de tomar una posición firme y segura en esta vida, aprendiendo a conocer las causas, mientras que, sin tales conocimientos, tiene que buscar a tientas, como un ciego, el camino a través de los efectos.

La realidad sensible adquiere significado sólo por medio del conocimiento de lo suprasensible; por consiguiente, quien la obtiene no se hace inhábil, sino más hábil para la vida. Sólo quien comprenda perfectamente la vida puede convertirse en un hombre verdaderamente práctico.

El autor de este libro no describe cosa alguna de la cual no pueda dar testimonio con su propia experiencia, y con esta experiencia que se adquiere en este campo, nada se expondrá que no haya sido experimentado por el autor.

Pero esta obra no deberá leerse como se suelen leer los libros en nuestra época, el lector tendrá que conquistar con asiduo trabajo cada página y, alguna vez también una simple frase. Y esto se ha hecho así deliberadamente, porque únicamente de esta manera el libro será lo que tiene que ser para el estudiante. Para quienes solo quieran recorrerlo resultará como si no lo hubieran leído en absoluto; las verdades que aquí se enuncian tienen que ser experimentadas. Solamente en este sentido tiene valor la Ciencia Espiritual. Este libro no puede ser juzgado con el criterio de la ciencia actual si el punto de vista para tal juicio no ha sido adquirido del mismo libro. Pero si el crítico acepta este punto de vista, ciertamente verá que cuanto aquí se expone no está en contradicción con el verdadero espíritu de la ciencia. El autor sabe que no ha querido ponerse en conflicto con su propia escrupulosidad científica en una sola palabra de su obra.

Si alguien quisiera encontrar por otra vía las verdades que se exponen en este libro, podrá encontrarlas también en la “La Filosofía de la Libertad”. Los dos libros, por distintos caminos tienden al mismo fin; el estudio de uno no es indispensable para la comprensión del otro, aun cuando para algunos pueda resultarle beneficioso. Quien quiera hallar en las páginas que siguen las últimas verdades quizá sufra alguna desilusión. El autor ha querido dar por el momento solo las verdades fundamentales del vasto campo de la Ciencia Espiritual.

Ciertamente, es propio de la naturaleza humana querer que se responda en seguida a cuestiones como las del principio y el fin del mundo, el objeto de la existencia y de la esencia de Dios, pero quien, en cambio de palabras y conceptos intelectuales, procura verdadero conocimiento para la vida, deberá saber que en un escrito que trata del principio del conocimiento espiritual, no se deben decir cosas que corresponden a grados más elevados de la sabiduría. Sólo a quien comprenda estos principios le resultará clara la manera como se deben exponer los problemas de orden superior; de esto se ocupa el mismo autor en la obra “La Ciencia Oculta” que es la continuación de ésta.

Como complemento del prefacio a la segunda edición se agregan aquí las siguientes palabras.

Actualmente quien ofrece al público una exposición de hechos suprasensibles debe saber dos cosas: primero, que nuestra época tiene necesidad de cultivar los conocimientos suprasensibles; segundo, que en la presente vida intelectual predominan innumerables ideas y sentimientos que para mucha gente hacen aparecer semejantes descripciones como un fárrago de sueños fantásticos. La época actual tiene necesidad de conocimientos superiores, porque todo lo que el hombre aprende en torno al Universo y a la vida, hace surgir en él una cantidad de preguntas a las que sólo se puede responder mediante las verdades suprasensibles; y puesto que es inútil hacerse ilusiones, todo lo que nos dice la actual corriente intelectual en torno a los fundamentos de la existencia, no es una respuesta para el alma que siente más profundamente, sino una serie de preguntas alrededor de los grandes enigmas del Universo y de la vida.

Es posible que por algún tiempo alguien se ilusione creyendo haber dado con “los resultados de hecho rigurosamente científicos” y con las consecuencias que algún pensador moderno haya deducido, la solución de los problemas de la existencia: pero cuando el alma desciende a las profundidades a que debe llegar, se comprende verdaderamente a sí misma; entonces lo que al principio parecía ser una solución se le aparecerá como un estímulo al formularse la verdadera pregunta. Y la respuesta a esta pregunta no debe satisfacer únicamente una curiosidad del género humano, porque de ella depende la tranquilidad interna y la armonía de la vida del alma. La conquista de esa respuesta no sólo satisface la sed de saber, sino que hace al hombre capaz para el trabajo y para su misión en la vida, mientras que la falta de solución de esos problemas paraliza su alma y, finalmente, su cuerpo. El conocimiento de lo suprasensible no es simplemente algo para nuestras necesidades teóricas, sino para la verdadera práctica de la vida. Por esto, teniendo presente el género de vida intelectual de ahora, el conocimiento espiritual es un campo de conocimiento indispensable para nuestra época.

Por otra parte, nos hallamos ante el hecho de que muchos rechazan con la mayor energía lo que para ellos sería más necesario. Es tan convincente para muchos el poder de ciertas opiniones construidas “sobre la base de seguras experiencias científicas”, que no pueden menos de considerar como completamente desprovisto de sentido el contenido de un libro como éste. Quien se disponga a exponer los conocimientos suprasensibles, no debe hacerse ilusiones absolutamente a este respecto. Es, naturalmente, grande la tentación de exigir a un autor de este género, que aduzca “las pruebas indiscutibles” de sus asertos. Pero quien pida esto, no se da cuenta que se engaña a sí mismo, porque pide, sin ser perfectamente consciente, no las pruebas inherentes al asunto mismo, sino las que él quiere o las que está en condiciones de reconocer. El autor sabe que este libro no contiene nada que no pueda ser reconocido por quien se funda en las nociones actuales de la Naturaleza; está convencido que han sido satisfechas todas las exigencias de la ciencia natural; y que, precisamente por esto, se puede juzgar bien fundada la descripción que aquí da de los mundos superiores. La mente habituada a las concepciones de la ciencia natural debería sentirse familiarizada con este género de descripciones; quien piensa así, juzgará ciertas discusiones de la manera caracterizada por la frase, verdaderamente profunda, de Goethe: “No es posible refutar una doctrina falsa que se funda sobre la convicción, que lo falso es verdadero. Las discusiones son perfectamente inútiles para quienes reconocen como verdaderas, únicamente las pruebas que están conformes con su manera de pensar, pero quien conoce la esencia de la “prueba”, sabe perfectamente que el alma humana encuentra la verdad por otras vías que no por las de la discusión”. Con este convencimiento se da a la publicidad la presente edición de este libro.

 

 

TEOSOFÍA

Una introducción al conocimiento suprasensible del mundo y el destino del hombre
Rudolf Steiner (GA9)

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Prólogo

Introducción

LA ENTIDAD HUMANA

  1.  La Entidad Corporal del Hombre
  2. La Entidad Anímica del Hombre.
  3. La Entidad Espiritual del Hombre
  4. Cuerpo, Alma y Espíritu.

 

LA REENCARNACIÓN DEL ESPÍRITU Y EL DESTINO. LOS TRES MUNDOS.

  1. El Mundo Anímico
  2. El Alma en el Mundo Anímico después de la Muerte
  3. El Mundo del Espíritu
  4. El Espíritu en el Mundo del Espíritu después de la Muerte
  5. El Mundo Físico y su Relación con el Mundo Anímico y Espiritual
  6. Las Formas-Pensamiento y el Aura Humana

EL SENDERO DEL CONOCIMIENTO

OBSERVACIONES Y NOTAS

GA102c11. La influencia de las Jerarquías Espirituales en el Ser Humano

Rudolf Steiner — Berlín 11 de junio de 1908

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En nuestras últimas tardes de estudio se han presentado varios aspectos que apuntan a la cooperación oculta entre el hombre y los mundos espirituales. Los seres espirituales en realidad están continuamente a nuestro alrededor y no solo a nuestro alrededor sino, en cierto sentido,  pasando a través de nosotros continuamente; vivimos con ellos todo el tiempo.

No debemos suponer, sin embargo, que se establece una relación entre el hombre y los seres espirituales del entorno, simplemente de la forma que hemos estado considerando en nuestros últimos estudios. También se forma una relación entre el hombre y el mundo espiritual a través de sus muchos y variados intereses de pensamiento y hechos. En nuestros dos últimos estudios, hemos indicado a seres espirituales de un carácter algo subordinado. Pero por conferencias anteriores sabemos que también tenemos que ver con seres espirituales que están por encima del hombre y que también existen conexiones y relaciones entre el hombre y los seres espirituales más sublimes. Hemos dicho que hay elevados seres espirituales viviendo a nuestro alrededor que no consisten en cuerpo físico, cuerpo etérico, cuerpo astral, y así sucesivamente, como el hombre, sino que tienen un cuerpo etérico como su miembro más bajo.  Son invisibles para la vista ordinaria ya que su naturaleza corporal es finamente etérica y atraviesa la mirada del hombre. Y luego llegamos a seres espirituales aún más elevados, cuyo miembro más bajo es el cuerpo astral, que presentan una naturaleza corporal aún menos densa.

Todos estos seres se encuentran en cierta relación con el hombre, y el punto principal para nosotros hoy es este: el hombre puede actuar positivamente para entrar en relaciones bastante definidas con tales seres aquí en su vida en la Tierra. De acuerdo a como los hombres aquí en la Tierra hagan esto o aquello en cada situación de la vida, también establecen una relación todo el tiempo con los mundos superiores, por improbable que pueda parecerle al hombre de la presente era iluminada —como se dice— que no está en absoluto iluminado con respecto a muchas verdades profundas de la vida.

Tomemos en primer lugar a los seres que tienen como cuerpo más bajo un cuerpo etéreo, que viven a nuestro alrededor en este fino cuerpo etéreo, y nos envían sus fuerzas y manifestaciones. Pongamos a estos seres mentalmente ante nosotros y preguntémonos: ¿Puede el hombre hacer algo en este planeta terrenal? —o mejor— ¿Han hecho algo los hombres desde tiempos inmemoriales para dar a estos seres un vínculo, un puente, a través del cual puedan ejercer una influencia más intensa sobre la totalidad el ser humano? Sí, ¡desde tiempos inmemoriales, los hombres han hecho algo al respecto! Podemos profundizar en muchos sentimientos e ideas que abordamos en las últimas conferencias si nos formamos una idea clara sobre este puente.

Nos imaginamos entonces que estos seres viven, por así decirlo, en los mundos espirituales y extienden su cuerpo etérico desde allí; no necesitan cuerpo físico como el hombre. Pero hay un elemento corporal físico a través del cual pueden poner en contacto su cuerpo etérico con nuestra esfera terrenal: un elemento corporal terrenal que podemos establecer y que forma un vínculo de atracción para que estos seres desciendan con sus cuerpos etéricos y encuentren una oportunidad de habitar entre los hombres.

Tales oportunidades para que los seres espirituales moren entre los hombres se dan, por ejemplo, en el templo de la arquitectura griega, o la catedral gótica. Cuando establecemos en nuestra esfera terrenal esas formas de realidad física con una relación de líneas y fuerzas como las que se ven en un templo o una obra plástica de escultura, entonces esto da una oportunidad para que los cuerpos etéricos de estos seres presionen por todos lados en estas obras de arte que hemos creado. El arte es un vínculo de unión verdadero y real entre el hombre y los mundos espirituales. En esas formas de arte expresadas en el espacio, tenemos en la Tierra las condiciones corporales físicas en las que se sumergen los seres con sus cuerpos etéricos.

Los seres que tienen el cuerpo astral como su miembro más bajo necesitan, sin embargo, algo diferente como vínculo entre el mundo espiritual y nuestra Tierra, y ese es el arte de la música, el arte fonético. Un espacio a través del cual fluyen tonos musicales es una oportunidad para que el cuerpo astral libremente determinado y autodeterminado de los seres superiores se manifieste en él. Las Artes y lo que ellas significan para el hombre adquieren así un significado muy real. Forman las fuerzas magnéticas de atracción para los seres espirituales cuya misión es tener una conexión con el hombre que desea tenerla. Nuestros sentimientos se profundizan hacia la creación artística humana y cuando vemos las cosas de esta manera se adquiere una apreciación del arte.

Sin embargo, podemos profundizar aún más si nos hacemos conscientes de que la Ciencia Espiritual es la verdadera fuente de la creación artística y la apreciación artística del hombre. Para llegar a esta comprensión, debemos considerar con más detalle las diferentes formas de conciencia del hombre.

En varias ocasiones, como saben, hemos señalado que en el hombre despierto, el cuerpo físico, el cuerpo etérico, el cuerpo astral y el yo están ante nosotros, mientras que en el hombre dormido el cuerpo físico y etérico yacen en la cama, mientras que el yo y el cuerpo astral está fuera de ambos. Para nuestro presente propósito, será bueno observar con más detalle estos dos estados de conciencia que se alternan en todos nosotros en el curso de las veinticuatro horas. En primer lugar, el hombre tiene el cuerpo físico, luego el cuerpo etérico o de vida, a continuación lo que llamamos el cuerpo astral, el cuerpo anímico, que pertenece al cuerpo astral pero que está unido al cuerpo etérico. Ese es el miembro que también posee el animal aquí, en el plano físico. Pero luego sabemos —y pueden leerlo en mi Teosofía— que unido con estos tres miembros esta lo que generalmente se comprende como el “yo”. El “yo” es en realidad un ser triple: alma sensible, alma racional o mental y alma consciente, y sabemos que el alma consciente está nuevamente conectada con lo que llamamos yo espiritual o Manas. Si colocamos este miembro más particularizado del ser humano ante nosotros, entonces podemos decir:

Lo que llamamos el alma sensible —que además pertenece al cuerpo astral y es de naturaleza astral—  se separa cuando el hombre se va a dormir, pero una parte del cuerpo anímico permanece en conexión con el cuerpo etérico que yace sobre la cama. Lo que esencialmente se retira es el alma sensible, el alma racional o mental y el alma consciente; con el hombre despierto todo esto está unido y activo en él en todo momento. Por lo tanto, todo lo que sucede en el cuerpo físico trabaja en toda la naturaleza interior, en el alma sensible, en el alma racional, y también en el alma consciente.

Todo lo que trabaja en el hombre en la vida ordinaria con su desorden y caos, las impresiones desordenadas que recibe de la mañana a la noche —solo piensen en las impresiones de caos y ruido de una gran ciudad— todo esto continúa en los miembros que con la conciencia despierta están unidos con los cuerpos físico y etérico. En la noche, el ser interior del hombre —alma sensible, alma racional y alma consciente— entran en el mundo astral y desde allí atrae las fuerzas y armonías que se han perdido a través de las impresiones caóticas del día. Lo que en un sentido integral llamamos el yo anímico del hombre está, por lo tanto, en un mundo más ordenado y más espiritual que durante el día. Por la mañana, la naturaleza intima del alma emerge de esta espiritualidad y entra en la naturaleza corporal triple del cuerpo físico, cuerpo etérico y esa parte del cuerpo astral que está unida con el cuerpo etérico, incluso durante la noche.

Ahora bien, si el hombre nunca durmiera, es decir, si nunca sacara nuevas fuerzas de fortalecimiento del mundo espiritual, entonces todo lo que vive en su cuerpo físico y lo permea con fuerzas se vería cada vez más socavado. Sin embargo, dado que una fuerte naturaleza interna se sumerge todas las mañanas en las fuerzas del cuerpo físico, entra un nuevo orden, uno podría decir que se da un renacimiento de las fuerzas. Así, el elemento del alma humana trae consigo del mundo espiritual algo para cada uno de los miembros del cuerpo, algo que trabaja cuando la naturaleza interna del alma y el instrumento físico externo están juntos. Lo que ocurre en la interacción de la interioridad del alma y el cuerpo físico realmente es capaz —si el hombre es sensible en la noche para la recepción de las armonías del mundo espiritual— de impregnar de fuerzas —no de sustancias— el cuerpo físico, con lo que podríamos llamar las “fuerzas del Espacio”.

Como en nuestra civilización actual el hombre está tan alejado del mundo espiritual, estas “fuerzas Espaciales” tienen poco efecto sobre él. Donde el ser interior anímico se permea con el miembro más denso del cuerpo humano, las energías tienen que ser muy fuertes para que se manifiesten en un cuerpo físico robusto.  En las épocas culturales más antiguas, el alma traía impulsos que penetraban el cuerpo físico y los hombres percibían que las fuerzas siempre atravesaban el espacio físico, que de ningún modo era un espacio vacío e indiferente, sino entretejido por fuerzas en todas direcciones. Había un sentimiento de esta distribución de fuerzas del espacio que era causada a través de las relaciones que se han descrito. Pueden entenderlo a través de un ejemplo.

Piensen en uno de los pintores que pertenecen a los grandes momentos del arte cuando aún había un fuerte sentimiento de las fuerzas que trabajan en el espacio. Se podía ver en la obra de un pintor como pinta un grupo de tres ángeles en el espacio. Te colocas ante la imagen y sientes una clara sensación: Estos ángeles no pueden caer, es obvio que están flotando, se apoyan mutuamente a través de las fuerzas vivas del espacio. Las personas que hacen esta propia dinámica interna a través de esa interacción entre el interior del alma y el cuerpo físico tienen la sensación de: “Eso debe ser así, los tres ángeles se mantienen en el espacio”. Van a encontrar esto en el caso de muchos de los antiguos pintores, menos en los más recientes. Por mucho que uno pueda apreciar a Bocklin, la figura que se cierne sobre su “Pieta” produce en todos la sensación de que en cualquier momento se van a caer, ya no se sostienen en el espacio.

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Todas estas fuerzas yendo y viniendo en el espacio que se deben sentir con tanta fuerza son realidades, realidades —y toda arquitectura procede de este sentimiento del espacio. El origen de la arquitectura genuina es únicamente la colocación de piedra o ladrillo en las líneas que ya existen en el espacio; no se hace nada en absoluto más que hacer visible lo que ya está presente idealmente en el espacio, distribuido espiritualmente; uno lo llena con material. En el grado más puro, este sentimiento de espacio fue poseído por el arquitecto griego que llego a manifestar en todas las formas de su templo lo que vive en el espacio, lo que uno puede sentir allí. La relación simple, donde la columna admite las masas horizontales o inclinadas —líneas encarnadas, por así decirlo— es puramente una reproducción de las fuerzas espirituales que se encuentran en el espacio, y todo el templo griego no es más que un relleno con material de lo que está viviendo en el espacio. El templo griego es por lo tanto, el más puro pensamiento arquitectónico, el espacio cristalizado. Y por extraño que pueda parecer al hombre moderno, el templo griego es una corporeidad física compuesta a partir de pensamientos, es la oportunidad para que esas figuras que los griegos han conocido como las figuras de sus dioses que ponen sus cuerpos etéreos en contacto real con las líneas espaciales que les resultan familiares y son capaces de morar en ellas.

Es más que una simple frase decir que el templo griego es una morada del Dios. Para alguien que tiene un sentimiento real en tales asuntos, el templo griego tiene una cualidad que hace que en la imagen a lo largo y ancho, no exista ningún ser humano, ni haya nadie dentro de él. El templo griego no necesita a nadie para observarlo, nadie para entrar en él. Piensen en el mismo templo griego permanentemente solo, donde a lo largo y ancho no hay nadie. Es entonces como debería estar en su forma más intensa. Entonces es el refugio del Dios que debe morar en él, porque el Dios puede habitar en las formas. Solo así se comprende realmente la arquitectura griega, la arquitectura más pura del mundo.

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En la arquitectura egipcia —digamos, en las pirámides— es algo bastante diferente. Solo podemos pincelar estas cosas ahora. Allí las relaciones espaciales, las líneas espaciales, están dispuestas de tal manera que en sus formas señalan los caminos del alma para elevarse hacia los mundos espirituales. Se nos da en las formas que se expresan en las Pirámides de Egipto el camino que toma el alma desde el mundo físico al mundo espiritual. Y en todo tipo de arquitectura tenemos pensamientos que solo deben ser entendidos por cognición espiritual.

En la arquitectura románica con sus arcos redondeados, que ha formado iglesias con naves centrales y laterales, con crucero y ábside, de modo que el todo es una cruz cerrada por la cúpula, tenemos los pensamientos espaciales derivados de la tumba. No puedes pensar en una construcción románica cuando piensas en el templo. El templo griego es la morada de Dios. La construcción románica solo puede considerarse como un lugar de sepultura. La cripta requiere hombres en medio de la vida para permanecer dentro de ella, sin embargo, es un lugar que reúne todos los sentimientos relacionados con la preservación y el refugio de los muertos. En el edificio gótico, nuevamente vemos una diferencia. Del mismo modo que es cierto que se puede pensar que el templo griego no tiene ningún alma humana cerca, y aunque este habitada, es la morada de Dios, también es cierto que la catedral gótica cerrada por encima por sus arcos ojivales no puede ser imaginada sin la congregación de los fieles dentro. No está completa en sí mismo. Si esta solitaria, no es el todo. Las personas que están dentro le pertenecen con sus manos dobladas, dobladas al igual que los arcos apuntados. El todo está allí solo cuando el espacio está lleno de los sentimientos de los fieles piadosos.

Estas son las fuerzas que se activan en nosotros y se sienten en el cuerpo físico como una sensación de uno mismo en el espacio. El verdadero artista siente el espacio y lo moldea arquitectónicamente.

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Si pasamos ahora al cuerpo etéreo, nuevamente tenemos lo que el alma asimila íntimamente por la noche en el mundo espiritual y trae consigo cuando se desliza de nuevo en el cuerpo etérico. Lo que se expresa así en el cuerpo etérico es percibido por el verdadero escultor y lo imprime en la figura viviente. Esto ya no es el pensamiento espacial, sino la tendencia a mostrar por la forma viviente lo que la naturaleza le ha ofrecido. La mayor comprensión que posee el artista griego, en su Zeus, por ejemplo, ha sido traída con él del mundo espiritual y lo vivifica cuando entra en contacto con el cuerpo etérico.

Además, tiene lugar una interacción similar con lo que llamamos el cuerpo anímico. Cuando la naturaleza interior del alma se encuentra con el cuerpo anímico surge de la misma manera el sentimiento por los primeros elementos de la pintura,  como el sentimiento de la guía de la línea. Y a través del hecho de que al despertar el alma sensible se une con el cuerpo anímico y lo impregna, surge la sensación de la armonía del color.

Así, para empezar, tenemos las tres formas de arte que trabajan con medios externos, tomando su material del mundo exterior.

Ahora cuando el alma racional o mental vuela al mundo astral todas las noches, surge otra cosa. Cuando utilizamos la expresión “alma intelectual” en el sentido de ciencia espiritual, no debemos pensar en el seco intelecto común del que hablamos en la vida ordinaria. Para la ciencia espiritual, el “intelecto” es el sentido de la armonía que no puede encarnarse en la materia externa, el sentido de la armonía que se experimenta interiormente.

Es por eso que decimos “alma intelectual o mental”. Ahora cuando el alma intelectual o mental se sumerge cada noche en las armonías del mundo astral y se vuelve consciente de ellas en el cuerpo astral —aunque este mismo cuerpo astral en el hombre moderno no tiene conciencia de su naturaleza interna—  entonces ocurre lo siguiente. En la noche, el alma ha vivido en lo que siempre se ha llamado la “Armonía de las esferas”, las leyes internas del mundo espiritual, esas Armonías de la Esferas a las cuales señaló la Antigua Escuela de Pitágoras y que alguien que puede percibir en el mundo espiritual entiende como las relaciones del gran universo espiritual. Goethe también lo señaló cuando dejó que Fausto al principio del poema fuera transportado al cielo, y dice:

“El sol resuena según la antigua usanza

En el armonioso conjunto de las esferas hermanadas

Y culmina su viaje determinado

Con la rapidez del rayo”

Y permanece en esas imágenes cuando, en la Parte II, donde Fausto vuelve a elevarse al mundo espiritual, usa las palabras:

 

“Y, para los oídos del espíritu, un fuerte sonido,

Ahora nace el día del recién nacido.

Los portales rocosos resuenan en pedazos,

Las ruedas de Phoebus brotan en trueno.

¡Qué tumulto trae la luz!

En voz alta ha sonado el triunfo del alba,

El ojo está deslumbrado, el oído asombrado,

El oído inaudito no puede herir”.

 

Es decir, el alma vive durante la noche en estos sonidos de las esferas y se enciende cuando el cuerpo astral se hace consciente de sí mismo. En la música creativa, las percepciones de la conciencia nocturna luchan durante la conciencia del día y se convierten en recuerdos: recuerdos de experiencias astrales, o en particular, del alma racional o mental. Todo lo que los hombres conocen como el arte de la música son las expresiones, las huellas, de lo que se experimenta inconscientemente en las armonías de las esferas, y ser dotado musicalmente no significa nada más que tener un cuerpo astral que es sensible durante el día a lo que resuena durante la noche. Ser no musical significa que la condición del cuerpo astral no permite el surgimiento de tal memoria. Es la incorporación de los tonos del mundo espiritual lo que el hombre experimenta en el arte musical.  Y como la música crea en nuestro mundo físico lo que solo se puede encender en el astral, por lo tanto dije que conecta al hombre con aquellos seres que tienen el cuerpo astral como su miembro más inferior. Con estos seres el hombre vive en la noche; experimenta su obrar en la armonía de las esferas y en la vida diurna lo expresa a través de su música terrenal, de modo que en la música terrenal la armonía de las esferas aparece como una imagen en la sombra. Y en la medida en que el elemento de estos seres espirituales irrumpe en esta esfera terrenal, tejen y viven a través de nuestra esfera terrenal, tienen la oportunidad de sumergir sus cuerpos astrales de nuevo en las olas oceánicas de la música, y así se construye un puente entre estos seres y el hombre a través del arte. Aquí vemos cómo en tal etapa surge lo que llamamos el arte de la música.

Ahora bien, ¿qué percibe el alma consciente cuando está inmersa en el mundo espiritual por la noche, aunque en el presente ciclo humano el hombre está inconsciente de ello?. Percibe las palabras del mundo espiritual. Recibe noticias susurradas que solo se pueden recibir del mundo espiritual. Las palabras se susurran en ella y cuando se traen a la conciencia del día aparecen como las fuerzas fundamentales del arte poético. Así, la poesía es la imagen en la sombra de lo que el alma consciente experimenta por la noche en el mundo espiritual.

Y aquí podemos entender en nuestro pensamiento cómo a través de la conexión del hombre con los mundos superiores —y solo así— en las cinco artes, la arquitectura, la escultura, la pintura, la música, la poesía, él crea existencia en nuestro mundo terrenal, representaciones de la realidad espiritual. Sin embargo, este es solo el caso cuando el arte realmente se eleva por encima de la mera percepción sensorial exterior. En lo que hoy en día se llama ampliamente el naturalismo, donde el hombre simplemente imita lo que ve en el mundo exterior, no hay nada de lo que él trae consigo. El hecho de que tengamos un arte tan puramente externo en muchos campos hoy en día, copiando solo lo que está fuera, es una prueba de que los hombres en nuestro tiempo han perdido la conexión con el mundo espiritual divino. El hombre cuyo interés total se funde en el mundo físico externo, en lo que sus sentidos externos consideran lo único valioso, trabaja tan fuertemente en su naturaleza corporal astral a través de este interés exclusivo en el mundo físico, que esto le vuelve ciego y sordo cuando está en los mundos espirituales por la noche. Los sonidos de las esferas más sublime pueden resonar, los tonos espirituales más elevados pueden susurrarle algo al alma, pero no trae nada a la vida del día. Y luego los hombres se burlan de los idealistas, del arte espiritual, y sostienen que el único propósito del arte es fotografiar la realidad exterior, porque solo allí tiene un suelo sólido bajo sus pies.

Esa es la forma en que habla el materialista ya que no sabe nada de las realidades del mundo espiritual. El verdadero artista habla de manera diferente. Quizás diga: cuando los tonos de la orquesta suenan, es como si escuchara el discurso de la música arquetípica cuyos tonos sonaban antes de que aún hubiera oídos humanos para escucharlos. Él también puede decir: en los tonos de una sinfonía subyace un conocimiento de los mundos superiores que es más elevado y más significativo que cualquier cosa que pueda ser probada por la lógica, analizada en conclusiones.

Richard Wagner ha expresado estas dos declaraciones. Quería llevar a la humanidad a una sensación intensa de que donde hay un verdadero arte, al mismo tiempo debe haber una elevación por encima del elemento sensorial externo. Si la ciencia espiritual dice que algo vive en el hombre que va más allá de el mismo, algo sobrehumano que va a aparecer en perfección cada vez mayores en encarnaciones futuras, Richard Wagner también lo siente cuando dice: “No quiero que aparezcan figuras sobre el escenario como hombres comunes en la esfera terrestre”. Él quiere a los hombres exaltados por encima de la vida ordinaria, que lo lleva a figuras mitológicas que se forman en una escala mayor que la del hombre normal. Él busca lo sobrehumano en el ser humano. Él quiere representar en el arte al ser humano con todos los mundos espirituales, brillando sobre el hombre de la Tierra física. En una época relativamente temprana de su vida, dos imágenes estaban ante él —Shakespeare y Beethoven—. En sus brillantes visiones artísticas vio Shakespeare de tal manera que dijo: “Si reúno todo lo que Shakespeare ha dado a la humanidad, veo que las figuras de Shakespeare se mueven sobre el escenario y realizan actos”. Actos —y las palabras también son actos en este sentido— suceden cuando el alma siente lo que ya no se puede mostrar externamente en el espacio, lo que ya está detrás de él.

El alma ha sentido toda la escala de dolor y sufrimiento, toda la alegría y la felicidad, y ha experimentado cómo a partir de este o aquel matiz se realiza esta o aquella acción. En el drama de Shakespeare, —piensa Richard Wagner—, todo aparece meramente en sus consecuencias, donde adquiere forma espacial, donde se convierte en escritura. Ese es un arte dramático que solo puede exhibir la naturaleza interna exteriorizada; y el hombre puede a lo sumo adivinar lo que vive en el alma, lo que sucede, mientras realiza la escritura.

Además de esto, le apareció la imagen del sinfonista, y vio en la sinfonía la reproducción de lo que vive en el alma en toda la escala emocional de pena y dolor, alegría y felicidad en todas sus sombras.  “En la sinfonía cobra vida —se dijo a sí mismo—pero no se convierte en acción, no sale al espacio”. Y trajo ante su alma una imagen que lo condujo al sentimiento de que una vez esta naturaleza interior se había quebrado, por así decirlo, en la creación artística para pasar a la novena sinfonía.

De estas dos visiones de los artistas surgió la idea en su alma de unir a Beethoven y Shakespeare. Tendríamos que recorrer un largo camino si queremos mostrar cómo a través del manejo exclusivo de la orquesta, Richard Wagner trató de crear esa gran armonía entre Shakespeare y Beethoven para que el interior se expresara en el tono y al mismo tiempo, desembocara en la acción. El discurso secular no era suficiente para él, ya que es el medio de expresión de los acontecimientos del plano físico. El lenguaje que solo se puede dar en los tonos de la canción se convirtió en su expresión de lo que supera a lo físicamente humano como suprahumano.

La Ciencia Espiritual no necesita simplemente ser expresada con palabras, para sentirse con los pensamientos, la Ciencia Espiritual es la vida. Vive en el proceso mundial, y cuando uno dice que quiere conducir las diversas corrientes divididas del alma humana a una gran corriente, vemos este sentimiento vivo en el artista que buscó combinar los diferentes medios de expresión para que lo que vive en el todo pueda expresarse en uno. Richard Wagner no tiene ningún deseo de ser meramente un músico, un dramaturgo, o un poeta. Todo lo que hemos visto fluir desde los mundos espirituales se convierte para él en un medio para unirse en el mundo físico con algo aún más elevado. Tiene el presentimiento de lo que experimentarán los hombres cuando se familiaricen cada vez más con esa época evolutiva en la que la humanidad debe entrar, cuando el Yo espiritual o Manas se una con lo que el hombre ha traído consigo de las épocas pasadas. Y una adivinación de ese gran impulso humano de unir lo que ha aparecido durante siglos se encuentra en Richard Wagner en la transmisión en conjunto de los modos individuales de expresión artística. Tenía una premonición de lo que será la vida cultural humana cuando todo lo que el alma experimente esté inmerso en el principio del yo espiritual o Manas, cuando la naturaleza completa del alma esté inmersa en los mundos espirituales. Es de profunda importancia cuando se ve como historia espiritual que en el arte ha aparecido el primer amanecer para la humanidad para el enfoque hacia el futuro —un futuro que llama a la humanidad, cuando todo lo que el hombre ha ganado en diferentes reinos se unirá en una cultura completa, en una cultura integral. Las artes de cierta manera son los verdaderos precursores de una espiritualidad que se revela en el mundo de los sentidos. Mucho más importante que las declaraciones separadas de Richard Wagner en sus escritos en prosa es la característica principal que vive en ellos, la sabiduría religiosa, el fuego sagrado que fluye a través de todo y que llega a la mejor expresión en su brillante ensayo sobre Beethoven, donde se debe leer entre líneas, pero donde se puede sentir el aliento del aire del amanecer que se acerca.

.Así vemos cómo la ciencia espiritual puede dar una visión más profunda de lo que los hombres producen en sus obras. Hemos visto hoy en el campo de las artes que allí el hombre logra algo por lo que, si podemos decirlo así, los Dioses pueden morar con él, con lo cual él asegura a los Dioses una morada en la esfera terrenal. Si la ciencia espiritual pone en conocimiento del hombre que la espiritualidad se encuentra en relación mutua con la vida física —esto se lleva a cabo por el arte. Y el arte espiritual siempre impregnará nuestra cultura si los hombres vuelven sus mentes a la verdadera espiritualidad. A través de tales reflexiones, la mera enseñanza, la mera concepción del mundo de la ciencia espiritual se expande a impulsos que pueden penetrar en nuestra vida y decirnos lo que debería ser  y en lo que debe convertirse. Para el arte musical-poético fue en Richard Wagner que surgió la nueva estrella que envía a la tierra la luz de la vida espiritual. Tal impulso de vida debe expandirse cada vez más hasta que toda la vida externa se convierta nuevamente en un espejo del alma.

Todo lo que nos sale al encuentro desde afuera puede convertirse en un espejo del alma. No lo tomen como una mera superficialidad, sino como algo que uno puede adquirir desde la ciencia espiritual. Será como lo fue hace siglos, donde en cada cerradura, en cada llave, nos encontramos con algo que reflejaba lo que el artesano había sentido y experimentado. De la misma manera, cuando haya nuevamente verdadera vida espiritual en la humanidad, toda la vida, todo lo que salga al encuentro, se nos aparecerá nuevamente como una imagen del alma. Los edificios seculares serán solo seculares mientras el hombre sea incapaz de imprimir el espíritu en ellos. El espíritu puede ser impreso en todas partes. La imagen de la estación de tren puede parpadear, artísticamente concebida. Hoy no lo tenemos. Pero cuando se vuelva a comprender qué formas deberían estar, uno sentirá que la locomotora puede hacerse arquitectónicamente y que la estación puede relacionarse con ella como la envoltura exterior de lo que la locomotora expresa en sus formas arquitectónicas. Solo cuando se conciban arquitectónicamente se relacionarán mutuamente como dos cosas que se pertenecen entre sí. Pero tampoco es indiferente cómo se usa la izquierda y la derecha en las formas. Cuando el hombre aprenda cómo lo interior se expresa en lo exterior, entonces habrá una cultura otra vez. En efecto, ha habido épocas en las que aún no existía el románico, ni la arquitectura gótica, cuando los que llevaban en sus almas el comienzo de una nueva cultura se reunían en las catacumbas situadas debajo de la antigua ciudad romana. Pero eso que vivía dentro de ellos y solo podía ser grabado en formas pobres en las antiguas cuevas de la tierra, eso que se encuentra en las catacumbas, eso se iluminó débilmente allí y es lo que entonces nos aparece en los arcos románicos, los pilares románicos, el ábside. El pensamiento ha sido llevado al mundo. Si los primeros cristianos no hubieran tenido el pensamiento en el alma  no nos encontraríamos en lo que se ha convertido en cultura mundial. El teósofo solo se siente a sí mismo como tal cuando es consciente de que en su alma tiene una cultura futura. Otros pueden preguntar qué es lo que ya se ha logrado. Entonces se dirá a sí mismo: ¿Qué lograron los cristianos de las catacumbas, y qué ha crecido de eso?.

El débil impulso emocional que vive en nuestras almas cuando nos sentamos juntos, busquemos expandirlo en el espíritu, de alguna manera como los pensamientos de los cristianos pudieron expandirse a las maravillas abovedadas de la catedral posterior. Lo que tenemos en las horas en que estamos juntos, imaginemos expandido exteriormente, llevado al mundo. Entonces tenemos los impulsos que deberíamos tener cuando somos conscientes de que la ciencia espiritual no es un pasatiempo para que las personas se sientan juntas, sino algo que debería llevarse a cabo en el mundo. Las almas que se sientan aquí con sus cuerpos encontrarán, cuando aparezcan en una nueva encarnación, realizadas muchas cosas que ya viven en ellas hoy. Permitámosnos traer tales pensamientos con nosotros cuando volvamos a encontrarnos y revisemos los pensamientos científico espirituales del invierno. Transformémoslos de modo que trabajen como impulsos culturales. Busquemos de esta manera elevar nuestras almas en sentimientos y sensaciones y dejemos que eso viva en el sol veraniego que nos muestra exteriormente en el mundo físico las fuerzas cósmicas activas. Entonces nuestra alma podrá mantener el estado de ánimo y llevar al mundo exterior lo que ha experimentado en los mundos del espíritu. Eso es parte del desarrollo del teósofo. Así, de nuevo, daremos un paso adelante si tomamos esos sentimientos con nosotros y absorbemos con ellos las fuerzas fortalecedoras del verano.

 

Traducido por Gracia Muñoz en Febrero de 2018.