GA34c3. La ciencia espiritual y la cuestión social

Rudolf Steiner — Berlín, fines de 1905/principios de 1906

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Robert Owen poseía dos virtudes, las que, en cierto sentido, justifican llamarle un genio del actuar social práctico: la certera visión respecto de benéficas instituciones sociales y su noble amor a la humanidad. Para apreciar en todo su alcance la significación de estas cualidades, considérese lo que con ellas Owen realizó. Creó en New Lennark industrias ejemplares en las cuales los operarios trabajaban en condiciones de una existencia humanamente digna y moralmente satisfactoria. Había entre ellos hombres depravados y alcohólicos, pero también otros, moralmente mejores, que ejercían por su ejemplo una influencia favorable sobre aquellos, lo que finalmente conducía a los resultados más propicios. En vista de tal éxito, no corresponde equiparar la obra de Owen con los más o menos fantasiosos “reformadores del mundo”, los así llamados utopistas; él no salió del marco de realizaciones prácticas, con respecto a las cuales todo aquel que no se incline a quimeras puede esperar que mediante ellas se logre desterrar, por lo menos en determinados dominios, la miseria humana. Tampoco es ilusorio creer que semejante realización delimitada puede servir de ejemplo para estimular un progresivo desarrollo favorable de las condiciones sociales humanas.

Así habrá pensado Owen, y por ello no vaciló en dar un paso más en tal dirección. En el año 1824 se puso a crear en Indiana, Estados Unidos, una especie de pequeño Estado modelo: adquirió un territorio con la intención de fundar allí una comunidad humana sobre la base de libertad e igualdad. Todo se organizó de tal manera que no había posibilidad de explotación ni de sujeción. Quien se propone semejante tarea debe estar dotado de las más nobles virtudes sociales: el anhelo de dar felicidad a sus semejantes, y la fe en la bondad de la naturaleza humana. Tiene que estar convencido de que en el hombre espontáneamente ha de surgir la inclinación al trabajo, cuando por medio de las disposiciones correspondientes, el beneficio del trabajo se presenta asegurado. Owen estaba compenetrado de esta fe, a tal punto que debieron sobrevenir experiencias muy graves para hacerle perder esta fe.

Estas graves experiencias efectivamente se produjeron. Después de largos y nobles esfuerzos, Owen tuvo que convencerse de que “la realización de semejantes colonias infaliblemente ha de conducir al fracaso, si previamente no se logra la transformación de las costumbres y de la moral en general; y que da mejor resultado ejercer influencia sobre la humanidad por la vía teórica que por la de la práctica”. A tal convencimiento fue conducido este reformador social por el hecho de que no faltaron los que rehuían el trabajo, tratando de traspasarlo a los demás, y debido a ello surgieron enemistades, peleas y finalmente la bancarrota de la colonia.

Lo experimentado por Owen es útil para todos aquellos que realmente quieren aprender; pues, de toda clase de organizaciones, que para el bien de la humanidad son ideadas y creadas artificialmente, puede conducirnos a crear el fecundo trabajo social, que verdaderamente cuenta con la realidad de la vida.

Por sus experiencias, Owen tuvo que desilusionarse radicalmente de su creencia de que la causa de toda miseria humana provenga de las “malas condiciones e instituciones” en que la humanidad vive, y que lo positivo y bueno de la naturaleza humana espontáneamente se suscitará, al mejorarse dichas condiciones. Owen tuvo que convencerse de que no es posible mantener las buenas estructuras, a menos que los hombres, por su íntima naturaleza y sincero afecto a las mismas, se inclinen a preservarlas.

Ahora bien, podría pensarse que, antes de crear semejantes estructuras, sería necesario dar a los hombres la debida preparación teórica, haciéndoles comprender, tal caso, lo justo y la utilidad práctica de las medidas a tomar; y es de suponer que Owen, según sus propias declaraciones, también lo haya pensado. Sin embargo, únicamente se llegará a un resultado realmente práctico, si se profundiza el estudio del asunto: de la sola fe en la bondad de la naturaleza humana, creencia por la que Owen se había dejado engañar, se debe pasar al verdadero conocimiento del ser humano. Toda claridad que jamás el hombre pueda alcanzar, con respecto a lo útil y benéfico de las condiciones e instituciones, no conducirá a un resultado duradero.

Pues la sola comprensión de tal índole no basta para dar al hombre el impulso interior para trabajar, si en él, por otra parte, se suscitan los impulsos que nacen del egoísmo. Como el egoísmo forma parte de la naturaleza humana, surge en el sentimiento, cuando el hombre, dentro de la sociedad humana debe vivir y trabajar juntamente con los demás. En cierto sentido, esto conduce necesariamente a que en la práctica la mayoría de los hombres consideren como la mejor organización social lo que mejor llegue a satisfacer las necesidades del individuo. De modo que, por influencia de los sentimientos egoístas, la cuestión social toma naturalmente la forma de esta pregunta: ¿Qué condiciones sociales hay que crear para que cada uno para sí mismo pueda obtener el producto de su trabajo? Y particularmente en nuestro tiempo del pensar materialista son muy pocos los que toman en cuenta otra condición. Frecuentemente se oye decir —cual una verdad absoluta— que no es concebible un orden social basado en benevolencia y el sentimiento humano. Antes bien se considera que la comunidad humana como un todo prospera de la mejor manera si el individuo puede asegurarse el producto “pleno” de su trabajo, o bien, la mayor parte.

La ciencia espiritual que se basa en el profundo conocimiento del ser humano y del mundo, nos enseña justamente lo opuesto; nos explica precisamente, que toda miseria humana es, en verdad, la consecuencia del egoísmo y que, necesariamente, han de producirse miseria, pobreza e infortunio general, si de alguna manera la comunidad se basa en el egoísmo. Empero, para comprenderlo hacen falta conocimientos más profundos de los que se ofrecen dentro del marco de la sociología. Ésta ciencia que trata de las condiciones de desenvolvimiento de la sociedad humana no toma en cuenta las fuerzas más profundas de la vida humana, sino únicamente su aspecto exterior. Es más, en la mayoría de los hombres de nuestro tiempo difícilmente se podrá despertar siquiera una idea de la existencia de esas profundas fuerzas; antes bien consideran como hombre soñador, ajeno a la práctica, al que les habla de semejantes cosas.

Ahora bien, no es posible tratar aquí de exponer la teoría social sobre la base de las fuerzas profundas, pues para ello habría que escribir una extensa obra. No obstante, pueden señalarse las verdaderas leyes del trabajo humano en general y exponerse, asimismo, lo que resulta, como idea social sensata, para el que conoce esas leyes. La plena comprensión de este asunto sólo la alcanzará quien adquiera una concepción del mundo científico-espiritual. No es posible proporcionarla a través de un solo artículo sobre la “cuestión social”. Sólo puede proyectarse sobre este problema una luz desde el punto de vista de la ciencia espiritual. Es de esperar que haya personas que instintivamente comprenderán lo que en pocas palabras pasamos a expresar y que no es posible exponer extensamente.

La ley fundamental que la ciencia espiritual revela es la siguiente:

 “El bienestar de toda una comunidad de personas que en ella trabajan, será tanto mayor cuanto menos cada uno requiera para sí mismo el producto de su trabajo, es decir, cuanto más de este producto él ceda a sus semejantes, y cuanto más sus propias necesidades se satisfagan, no de su propio trabajo, sino del de los demás”. Toda estructura dentro de una comunidad de personas que esté en contraste con esta ley, necesariamente producirá, con el tiempo, en alguna parte, miseria e indigencia.

Esta ley fundamental rige para la vida social con la misma necesidad y exclusividad que para un determinado campo de fuerzas naturales rige la respectiva ley de la naturaleza. Pero no basta con que se reconozca esta ley como una ley general de índole moral, o que ella simplemente se convierta en el sentimiento de que cada uno debiera trabajar al servicio de sus semejantes. En la realidad de la vida, dicha ley rige como debe regir, únicamente si una comunidad humana llega a crear una estructura social en la que jamás nadie puede disponer para sí mismo del fruto de su propio trabajo, sino que en lo posible, el total de este fruto redunde en provecho de la comunidad como un todo. Cada uno, a su vez, deberá recibir su sostén por el trabajo de sus semejantes. Lo que importa, pues, reside en que el trabajo para los demás, y el adquirir un determinado ingreso, sean dos cosas distintas, separadas totalmente la una de la otra. Naturalmente, el representante de la ciencia espiritual sabe que los que a sí mismos se tienen por “hombres prácticos”, tienden a ridiculizar tal “monstruoso idealismo”. No obstante, es cierto que la referida ley es más práctica, que ley alguna que jamás haya sido ideada por los “prácticos”, o establecida en la realidad. Quien verdaderamente examine la vida, encontrará que toda comunidad humana existente, o que jamás haya existido, posee o poseía dos clases de instituciones. Una parte de ellas concuerda con esa ley, la otra está en contraste con ella. Indefectiblemente llega a ser así, no importa que los hombres lo quieran o no. Pues, toda comunidad se desmoronaría inmediatamente, si el trabajo del individuo no fluyese a la sociedad como un todo.

Pero desde tiempo atrás, el egoísmo humano desbarató dicha ley, puesto que trató de sacar para el individuo el mayor provecho posible. Y precisamente lo que de esta manera resultó del egoísmo, en todos los tiempos ha conducido a indigencia, pobreza y miseria. Esto realmente significa que siempre resultará contraria a lo práctico aquella parte de las instituciones humanas que los prácticos llevan a cabo de modo tal que se toma en cuenta o el egoísmo propio, o el de los demás.

Naturalmente, no basta con que semejante ley se comprenda, sino que la realidad práctica comienza con la pregunta: ¿cómo puede realizarse lo que ella expresa? Se entiende que esta ley no dice nada menos que lo siguiente: el bienestar humano es tanto mayor cuanto menos rige el egoísmo. Quiere decir que para traducir esa ley en realidad, es preciso que haya hombres que logren superar el egoísmo, lo que prácticamente no es posible, si la medida de bienestar del individuo se determina por su trabajo. Quien trabaja para sí mismo, necesariamente llegará a recaer en el egoísmo. Sólo podrá convertirse en trabajador sin egoísmo, el que enteramente trabaje para los demás.

Pero para realizarlo, existe una condición previa: cuando uno ha de trabajar para otro, es preciso decirse que en este otro haya un motivo para tal trabajo; y si ha de trabajar para la comunidad, debe tener idea del valor, la naturaleza y la importancia de ella. Esto sólo será posible si la comunidad es algo bien distinto de una cierta suma de individuos. Debe de haber un espíritu que la compenetre y con el cual cada uno se sienta identificado. Esta comunidad tiene que ser de tal índole que cada uno se diga: todo está bien, y yo quiero que así sea. Es preciso que la comunidad tenga una misión espiritual, y que cada uno tenga la voluntad de contribuir a que esta misión se cumpla. Pero semejante misión no puede consistir en ideas progresistas, más o menos abstractas, como comúnmente se formulan: donde éstas rigen, existirá el trabajo del individuo o de grupos de personas, cada parte en su lugar, sin alcanzar de ver lo útil de su trabajo, fuera del interés propio, o de lo vinculado con éste. Lo que hace falta es que el espíritu que rige la comunidad viva en cada individuo.

En todos los tiempos, únicamente hubo prosperidad donde de alguna manera se realizó semejante vida de espíritu de comunidad. Cada ciudadano de las ciudades de la antigua Grecia, como asimismo él de la Ciudad Libre del Medioevo, tenían siquiera un vago sentimiento de tal espíritu de la comunidad. No corresponde objetar que, por ejemplo, la organización de la antigua Grecia sólo pudo hacerse porque se disponía de una legión de esclavos que hacían el trabajo para el “ciudadano libre”, incitados por la superioridad del amo, no por el espíritu de la comunidad. Este ejemplo sólo nos enseña que la vida humana obedece a las leyes de la evolución. En nuestro tiempo, la humanidad ha llegado a un nivel evolutivo en que ya no es posible resolver del mismo modo que en la antigua Grecia la organización de la sociedad. Incluso el griego más noble consideraba la esclavitud, no como una injusticia sino como necesidad de la vida humana. Por la misma razón, el gran Platón pudo sentar el ideal de un Estado en que el espíritu de la comunidad llega a realizarse por el hecho de que los pocos entendidos obliguen a efectuar el trabajo, a los que forman la mayoría. En cambio, la misión del presente consiste en crear condiciones de la vida humana, en que cada uno, guiado por el impulso más íntimo de su ser, llegue a trabajar para la comunidad.

De lo expuesto se infiere que no hay que pensar en una solución definitiva del problema social, sino únicamente en orientar los pensamientos y el actuar, tomando en consideración las necesidades inmediatas del presente. Nadie podrá, como individuo, formarse o llevar a la realidad una teoría que resuelva el problema social. Pues, para hacerlo, debería tener el poder de obligar a una cantidad de personas, a trabajar dentro de las condiciones por él creadas. No cabe duda: si Owen hubiera tenido el poder o la voluntad de obligar, compulsivamente, a todas las personas de su colonia a hacer el trabajo que a cada uno correspondía, habría llegado a un buen fin. Pero en nuestro tiempo no puede tratarse, de modo alguno, de semejante coerción, antes bien, debe hacerse posible que cada uno haga voluntariamente el trabajo para el cual tiene vocación, de acuerdo con sus fuerzas y capacidades. Por consiguiente, de ningún modo puede tratarse de que, en sentido de los citados pensamientos de Owen, se influya sobre los hombres “en sentido teórico”, proporcionándoles meramente una idea acerca de qué condiciones económicas habría que establecer para el bien de todos.

Una teoría económica abstracta, jamás puede ejercer fuerza alguna contra las potencias del egoísmo. Por cierto tiempo, semejante teoría podrá provocar el entusiasmo de las masas, con apariencia de idealismo, el que, sin embargo, no puede conducir a resultado definitivo pues, quien impregna tal teoría al pensar de la gente, sin darle, a la vez, valores realmente espirituales, actúa en contra del verdadero sentido de la evolución humana.

No será posible resolver el problema, sino por una concepción del mundo de carácter espiritual, una concepción que por su propia característica penetre en el pensar, el sentir, la voluntad, o sea, en toda el alma del hombre. La fe de Owen en la fuerza de las virtudes humanas no es acertada, sino parcialmente; por otra parte, es una de las peores ilusiones. Tiene razón en cuanto que en todo hombre ocultamente existe un “yo superior” al que se puede despertar. Pero de su estado latente, este “yo superior” no puede despertarse, sino por una concepción del mundo que posea las citadas virtudes. Con hombres de tal concepción, la comunidad prosperará favorablemente dentro de las condiciones como Owen las había concebido. En cambio, con hombres que no posean esta concepción sucederá que tarde o temprano, lo benéfico de las instituciones necesariamente ha de convertirse en perjudicial; puesto que donde no existe una concepción del mundo de orientación espiritual, resultará que precisamente las instituciones que hacen prosperar el bienestar material, también han de conducir a acrecentar el egoísmo y, por consiguiente, a producir indigencia, miseria y pobreza.

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En el sentido propio de la palabra es correcto decir que, si bien se beneficia al individuo, dándole meramente lo que necesita para vivir: sólo será posible darlo a la comunidad, si se procura proporcionarle una concepción del mundo. Tampoco conduciría a buen fin si dentro de la comunidad se diera pan a cada uno, individualmente; ya que después de algún tiempo lo mismo se llegaría a que muchos quedaran sin pan.

Ciertamente, reconocer estos principios hace perder sus ilusiones a cierta gente que quisiera considerarse bienhechora social. Pues en tal caso se torna bastante difícil trabajar para el bien general, tanto más cuanto ciertas condiciones obligarán a contentarse, paso a paso, con pequeños resultados parciales. La mayor parte de lo que actualmente los partidos políticos presentan como solución del problema social, pierde su valor, se reduce a ilusión y palabras vacías, falto de verdadero conocimiento de la vida humana. Ningún parlamento, ni sistema democrático, ni acción política, tendrán, juzgándolo profundamente, importancia alguna, a menos que consideren la ley especificada más arriba. Es absolutamente ilusorio pensar que, por ejemplo, diputados de algún parlamento puedan contribuir en algo para el bienestar de la humanidad, si su acción no se organiza en sentido de la ley social fundamental.

Dondequiera que se tome en consideración, o que alguien actúe en sentido de esta ley, en la medida que le sea posible en el lugar donde dentro de la comunidad humana le toque desempeñarse, se obtendrá buen resultado, aunque, en cada caso, sea en mínimo grado: el benéfico progreso social necesariamente se compone de la suma de los distintos logros que de tal manera se alcancen. Pero también puede haber casos aislados de grupos mayores de personas que poseen la idoneidad que les permite alcanzar resultados de cierta importancia. Efectivamente, ya existen determinadas comunidades humanas con predisposición de tal característica, comunidades con cuya ayuda será posible que la humanidad llegue a dar un primer paso en el desarrollo social. La ciencia espiritual tiene conocimiento de que semejantes comunidades existen; pero considera que no se debe hablar públicamente de tal asunto.

También habría posibilidades para ir preparando a mayor cantidad de hombres para dar, dentro de un tiempo no muy lejano, semejante paso de desarrollo social. Aparte de todo lo expuesto, cada uno, individualmente, puede actuar dentro de sus propias esferas en sentido de dicha ley. En el mundo no existe posición social alguna por insignificante o prestigiosa que pueda parecer dentro de la cual no fuese posible hacerlo. Con todo, lo más importante reside en que cada uno busque los caminos para formarse una concepción del mundo sobre la base del verdadero conocimiento espiritual. La ciencia espiritual de orientación antroposófica conducirá a tal concepción, para todos los hombres, si realmente llega a desenvolverse de acuerdo a su contenido y sus posibilidades. Ella nos hace saber que no es por casualidad que una persona haya nacido en un determinado lugar y en su tiempo, sino que esto ha sido por necesidad resultante de la ley de causalidad espiritual (el karma). Tal persona comprenderá que un bien fundado destino le ha colocado dentro de la comunidad humana en que le incumbe obrar.

Asimismo podrá percatarse de que sus facultades no las posee debido a circunstancias casuales, sino que esto también está en concordancia con dicha ley. Lo comprenderá no simplemente como concepto lógico sino de tal manera que este entendimiento llega a adquirir íntima vida del alma: el hombre comenzará a sentir que está cumpliendo un designio superior si él trabaja de acuerdo con su posición en el mundo y en el sentido de sus propias facultades. De su entendimiento no resultará un vago idealismo, sino un fuerte impulso de todas sus fuerzas; y el actuar de tal manera le será tan natural como lo es, en otro sentido, el alimentarse.

Además, comprenderá el porqué de la existencia de la comunidad humana a que él pertenece, y cómo ésta se relaciona con otras comunidades. Las individualidades de las distintas comunidades en su conjunto representarán la bien definida imagen espiritual de la misión común a todo el género humano, e incluso llegará a comprender el sentido de la evolución de toda la existencia terrenal. Sólo podrían dudar de lo eficiente de la referida concepción del mundo quienes se resistan a tomarla en consideración. Es cierto que actualmente son pocos los que se inclinan hacia ella. No obstante, llegará el tiempo en que la genuina concepción científico-espiritual se extenderá ampliamente. Esto conducirá a que los hombres lleguen a tomar las medidas adecuadas para realizar el progreso social. El hecho de que hasta el presente ninguna concepción del mundo haya conducido al bienestar de la humanidad, no puede ser motivo para dudar de lo expresado; pues, de acuerdo con las leyes de la evolución de la humanidad, no pudo, en ningún momento del pasado, producirse lo que a partir de ahora se hará posible: hacer llegar a todos los hombres una concepción del mundo con vista al aludido resultado práctico. Hasta ahora, las distintas concepciones del mundo sólo estuvieron al alcance de grupos aislados. No obstante, lo benéfico que hasta el presente pudo realizarse, se debe a las distintas concepciones del mundo; pero al bienestar general sólo conducirá aquella que abarque todas las almas humanas y que en ellas encienda la vida interior. Esto lo logrará el modo de pensar de la ciencia espiritual en cuanto realmente responda a sus principios.

Naturalmente, no basta mirar la configuración a que este modo de pensar ha llegado hasta el presente; sino que, para reconocer lo correcto de lo expresado, es preciso ver que en adelante la ciencia espiritual deberá desarrollarse hacia su alta misión cultural. Por distintas razones, aún no presenta la característica a que, a su tiempo, ha de llegar. En primer lugar debe echar raíces en algún lugar: debe dirigirse a un determinado núcleo de personas, núcleo que está constituido por los hombres que por lo específico de su desarrollo buscan la solución de los profundos problemas del mundo, y que, por su preformación cultural ofrecen las condiciones para la debida comprensión y colaboración. También se entiende que al principio, la ciencia espiritual tenga que servirse de un lenguaje que se adapta al carácter de dicho núcleo, pero con el tiempo encontrará la forma adecuada de expresarse para dirigirse a otros círculos. Únicamente quien insista en que todo debe darse en forma rígida e inalterable, ha de creer que la actual forma de expresarse fuese definitiva, e incluso la única posible. La ciencia espiritual tiene que desenvolverse lentamente, precisamente porque no puede limitarse a la exposición teórica, o a satisfacer la mera curiosidad. El aspecto práctico del progreso de la humanidad forma parte de sus designios; pero para lograr tal progreso, deberá, ante todo, crear las condiciones pertinentes. Y esto no será posible sino por la paulatina conquista de las almas humanas. Únicamente si los hombres lo quieren, el mundo progresará. Y el prerrequisito para despertar tal voluntad, consiste en el íntimo trabajo anímico espiritual de cada uno, trabajo que no podrá realizarse sino paso a paso. De otro modo, incluso la ciencia espiritual llegaría a nada positivo en el campo social, sino únicamente a lo utópico. Próximamente expondremos otros pormenores.

Versión castellana de Francisco Schneider

GA34c2. La ciencia espiritual y la cuestión social

Rudolf Steiner — Berlín, fines de 1905/principios de 1906

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Con respecto a la “cuestión social” existen dos criterios fundamentales: el uno considera que las causas de lo bueno y de lo malo que se producen en la vida social, deben buscarse en el hombre; el otro dice que principalmente hay que buscarlas en las condiciones de su vida. Los que sostienen lo primero tratarán de fomentar el progreso a través de la elevación de las capacidades espirituales y físicas, como asimismo la moralidad de los hombres. En cambio, los del segundo criterio, ante todo pondrán su atención en mejorar las condiciones de vida, pues piensan que sobre la base de suficiente desahogo y comodidad del existir, se elevarán de por sí las capacidades y la moralidad del hombre. Poca gente habrá que no concuerde en que esta segunda opinión se arraiga cada vez más; y muchos consideran al primer criterio como expresión de un pensar anticuado.

Al respecto se arguye: a quien, desde las primeras hasta las últimas horas del día, le toca luchar contra la extrema necesidad, no le será posible desarrollar sus fuerzas espirituales y morales. Ante todo hay que darle pan, antes de hablarle de asuntos espirituales. Principalmente, frente al afán de la ciencia espiritual, este último argumento fácilmente llega a formularse con carácter de reproche. No son, precisamente, los peores quienes asumen tal actitud; y se les ocurre decir: “De los niveles del Devacán y del kami el típico teósofo difícilmente bajará a la Tierra. Antes bien buscara el conocimiento de diez palabras del sánscrito, en vez de informarse acerca de conceptos económicos”. Así se lee en un interesante libro que recientemente apareció: “La cultura europea al reaparecer el ocultismo moderno” de G. L. Dankmar.

El reproche suele formularse como sigue: se afirma que a veces hay familias de hasta ocho personas obligadas a vivir en una sola habitación, donde les falta aire y luz; y que los chicos van a la escuela en un extremo estado de hambre y debilidad. Y se agrega: los que abogan por el progreso general de la humanidad, ante todo deberían con todas sus fuerzas tratar de subsanar semejantes condiciones. En vez de orientar sus pensamientos hacia los mundos superiores, deberían ocuparse del problema: ¿cómo puede aliviarse la miseria social? El referido libro sigue diciendo: “Hace falta que la ciencia espiritual, de su frío aislamiento descienda a vivir con la gente del pueblo; que en su programa verdaderamente dé prioridad a la necesidad ética de fraternidad general, y que sin tomar en cuenta las respectivas consecuencias, actúe en tal sentido; que convierta en realidad social la palabra de Cristo sobre el amor al prójimo, para que esto llegue a ser un precioso e imperdible bien de la Humanidad”.

Quienes de esta manera arguyen contra la ciencia espiritual, tienen las mejores intenciones, e incluso hay que admitir que tienen razón frente a muchos que simpatizan con las ideas de dicha ciencia. Pues, no cabe duda de que entre estos últimos hay quienes sólo quieren satisfacer sus propios deseos de saber algo sobre la “vida superior”, sobre el destino del alma después de la muerte, etc. También se justifica decir que en nuestro tiempo parece necesario actuar en sentido social y desarrollar las virtudes de amor al prójimo y del bienestar general, en vez de cultivar, aislado del mundo, ciertas facultades latentes del alma. Quienes se entregan a esto, podrían ser considerados como hombres de un refinado egoísmo, más interesados en el propio bienestar anímico que en el cultivo de las virtudes humanas en general.

También se sostiene que dedicarse a pensamientos como los de la ciencia espiritual, únicamente pueden hacerlo personas de “cómoda situación”, las que pueden usar sus “horas de ocio” para semejante estudio. En cambio, quien tiene que trabajar el día entero por un miserable salario, no se conformará con palabras sobre comunidad humana general, sobre “vida superior” y cosas parecidas.

Ciertamente, no faltan adeptos a la ciencia espiritual quienes en este sentido también pecan; pero igualmente es cierto que la bien comprendida vida en sentido de la ciencia espiritual, conducirá al individuo a las virtudes del trabajo abnegado y del obrar por el bien general. De todos modos, la ciencia espiritual no será ningún impedimento a que uno se convierta en hombre tan bueno como los que no la conocen o la rechazan.

Empero, todo lo expuesto no toca realmente el aspecto principal de la “cuestión social”; y para comprender este punto principal, se requiere mucho más de lo que los adversarios de la ciencia espiritual se inclinan a reconocer. No cabe duda de que mucho puede alcanzarse con los medios que ciertos grupos proponen para mejorar las condiciones sociales. Hay partidos políticos que intentan realizar esto o aquello. A un pensar lógico, muchos de semejantes postulados partidistas resultan ilusorios; sin embargo, hay otros que, en su esencia, son muy buenos.

Roberto Owen (1771-1858), uno de los más nobles reformadores sociales, sostuvo e insistió en que el hombre es producto del ambiente en que vive y se forma, que no es el hombre mismo quien plasma su carácter, sino que éste se forma a través de las condiciones de vida en que él se desarrolla. No negamos, de modo alguno, lo acertado de semejante afirmación, ni tampoco la juzgamos con desprecio, si bien ella es algo de lo más natural. Estamos de acuerdo con que en la vida pública andaría mucho mejor si esas verdades se tomaran en cuenta, y por la misma razón, la ciencia espiritual de ningún modo se opondrá a que se lleven a cabo las obras del progreso humano que en sentido de esos principios tratan de mejorar las condiciones de vida de los oprimidos y necesitados.

Pero la ciencia espiritual tiene que ahondar mucho más en la cuestión, puesto que de la referida manera no es posible alcanzar un progreso fundamental y verdadero. Quien no lo reconozca, jamás ha reflexionado sobre las causas de las condiciones de vida en que la humanidad se halla. Pues, en cuanto la vida humana depende de dichas condiciones, hay que tener presente que ha sido el hombre quien las ha creado. ¿No es cierto que también fueron hombres quienes crearon las condiciones e instituciones por las cuales resulta que uno es pobre, y el otro es rico? Al respecto, no tiene importancia el que aquellos “otros hombres” hayan vivido antes que los que con las condiciones creadas prosperan o no prosperan. El sufrimiento que la Naturaleza misma impone al hombre, nada tiene que ver con la situación social, sino indirectamente. Este sufrimiento ha de atenuarse o eliminarse totalmente por la acción humana. Si no se realiza lo que en tal dirección resulta necesario, será simplemente por falta de disposiciones e instituciones humanas.

La exacta comprensión de estas cosas nos enseña que todo el mal que con razón puede llamarse de carácter social, tiene su origen en la acción humana. En este sentido no es, por cierto, el hombre como individuo, sino toda la humanidad el “forjador de su propia suerte”. Pero también es cierto que, en gran envergadura, ninguna parte, ninguna casta o clase de la humanidad provoca, de mala intención, el sufrimiento de otra parte. Todo cuanto en tal sentido se afirma, simplemente se debe a la falta de entendimiento. Si bien esto es otra verdad que no se pone en duda, es necesario mencionarla. Pues, aunque intelectualmente semejantes hechos son bien comprensibles, en la vida práctica el hombre no procede de acuerdo con ellos. Naturalmente, cada explotador de sus semejantes preferiría que por consecuencia de ello, éstos no tuviesen que sufrir. Ya sería mucho si esto no solamente quedara entendido, sino que cada uno ajustase sus sentimientos en concordancia con ello.

Aquellos que poseen un “pensamiento social” seguramente preguntarán: ¿Para qué sirven semejantes conceptos? ¿Esperase que el explotado tenga para con el explotador sentimientos benévolos? ¿No es lo más natural que aquél tenga odio a éste y que el odio le conduzca a su posición partidista? Y se añadirá: ciertamente sería un mal consejo, exigir al oprimido que para con el opresor tenga amor al prójimo, en sentido de las palabras del gran Buda: “Al odio no se lo vence con odio, sino únicamente con el amor”. A pesar de todo, es verdad que únicamente partiendo de este punto se llegará, en nuestro tiempo, al verdadero “pensamiento social”; y es, precisamente, aquí donde entra en consideración el modo de pensar científico-espiritual, el que, en vez de un entendimiento superficial, ha ‘de penetrar en lo hondo de la cuestión. Es por esta razón que la ciencia espiritual no se limita a exponer que estas o aquellas condiciones de vida producen la miseria, sino que —como único examen fecundo— debe llegar a explicar las causas por las cuales esas condiciones fueron creadas y continúan creándose. Frente a lo profundo de estos problemas, la mayoría de las teorías sociales resultan ser vanas especulaciones, cuando no mera fraseología.

En tanto que el pensar se limite a consideraciones superficiales, se atribuirá a las condiciones exteriores un poder que éstas no poseen, ya que ellas no son sino la expresión de una vida interior. Así como no comprenderá al cuerpo humano, sino el que sabe que éste es la expresión del alma, así nadie será capaz de juzgar correctamente las condiciones e instituciones de la vida exterior, sino únicamente el  que tenga presente que se trata de lo creado por los sentimientos y pensamientos del alma humana. Los hombres mismos crean las condiciones en que ellos viven; y únicamente será posible crear condiciones mejores, si se parte de un modo de pensar y de sentimientos distintos de los que poseían quienes crearon aquellas condiciones de vida.

Hay que reflexionar sobre estas cosas en lo particular. Considerándolo exteriormente, parecerá que opresor es aquel que vive con mucho lujo, quien gasta en grandes viajes, etc.; y como oprimido podría considerarse al que no puede vestir bien, ni permitirse otro lujo. Sin embargo, quien no sea inhumano o reaccionario, sino que sepa pensar con claridad comprenderá lo que sigue. A nadie se le oprime o se le explota porque yo esté bien vestido, sino únicamente por el hecho de que yo pague mal al trabajador que me hizo la ropa. En este sentido no hay diferencia alguna entre el rico bien vestido y el pobre con poco dinero para vestirse. No importa que yo sea pobre o rico: exploto al prójimo, si adquiero cosas por las que no pago lo suficiente. En realidad, nadie debería, hoy día, llamar opresor a otro, sin antes observarse a sí mismo. Si lo hace de la justa manera, descubrirá al “opresor” en sí mismo. ¿Es que únicamente para el rico se trabaja o se le provee algo mal remunerado? Ciertamente no es así, ya que la persona que al igual que tú mismo se queja de la opresión, se provee del resultado de tu trabajo exactamente en las mismas condiciones que el rico contra quien vosotros dos dirigís vuestro ataque. El que lo piense debidamente, llegará a puntos de vista, distintos de los habituales, acerca del “pensar en sentido social”. Quien reflexione en esta dirección, comprenderá ante todo, que entre los conceptos “rico” y “opresor” corresponde hacer distinción absoluta. Ser rico o ser pobre depende de la capacidad personal o de los antepasados o bien de otras cosas.

 

 

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Con estos hechos nada tiene que ver el que uno explote la capacidad de trabajo de los demás; al menos, no directamente. Pero mucho tiene que ver con otro aspecto, a saber: con que las instituciones existentes, o las condiciones en que vivimos, funcionan con arreglo al lucro personal. Hay que tenerlo claramente presente, pues, de otro modo, se llegará a un total malentendido de lo que se expone. Si hoy me compro un traje, parece lo más natural, según las condiciones en que vivimos, adquirirlo lo más barato posible. Quiere decir: sólo tengo en cuenta lo que para mí tiene importancia. Con esto se alude, precisamente, a lo que rige toda nuestra vida. Fácilmente se opondrá: ¿No es que las personas y los partidos de orientación social tratan de subsanar este defecto, esforzándose en proteger el “trabajo” y que la clase trabajadora y sus representantes reclaman mejores remuneraciones y reducción de las horas de trabajo? Ya se ha dicho que desde el punto de vista del tiempo presente no hay nada que objetar contra semejantes exigencias y medidas que se tomen. Pero tampoco se trata de hablar en favor de cualesquiera de las exigencias partidistas, ni de tomar partido “pro” o “contra”, en sentido alguno. Tal actitud queda totalmente exenta de las consideraciones de la ciencia espiritual.

Por más reformas que se establezcan para proteger a la clase trabajadora, lo que, sin duda contribuirá mucho a elevar las correspondientes condiciones de vida: con ello no se atenuará lo esencial de la explotación, puesto que ésta se debe a que cada uno adquiere, con arreglo al lucro personal, lo producido por el trabajo de otro. No importa que yo posea mucho o poco: si lo empleo para satisfacer mi interés personal, en sentido egoísta, esto significa, necesariamente, la explotación del prójimo. No importa que yo, persistiendo en dicho punto de vista, contribuya a proteger el trabajo del otro: con ello tan sólo aparentemente hacemos algo. Si yo pago más por el producto del trabajo de otro, él también pagará más por el mío, pues, de otro modo, la mejor situación del uno, repercutirá en empeorar la del otro. Para ilustrarlo, daremos otro ejemplo: uno compra una fábrica con la idea de obtener para sí mismo el mejor beneficio, y por consiguiente, tratará de pagar a los trabajadores lo menos posible, o sea todo se hará desde el punto de vista del lucro personal. En cambio, si se compra la fábrica con la idea de procurar el mejor sostén posible para 200 personas, todas las medidas a tomar adquieren un matiz distinto.

Ciertamente, en la práctica de nuestro tiempo, el segundo caso no se diferenciará mucho del primero. Pero esto simplemente se debe a que dentro de una sociedad que, por lo demás, funciona con arreglo al lucro personal, el hombre desinteresado y abnegado, como individuo, no puede hacer mucho. Pero todo se presentaría muy distinto, si el trabajo desinteresado fuese general. Naturalmente, el que piensa en sentido “práctico”, dirá que meramente por “noble espíritu” a nadie le será posible establecer, para sus propios operarios, mejores condiciones remunerativas, puesto que con la benevolencia no se aumentará el producto de venta de las mercancías, condición indefectible para crear mejores condiciones, incluso para el operario.

No obstante, lo que importa es llegar a comprender que esa objeción es totalmente errónea. Todos los intereses y con ello todas las condiciones de vida cambiarán cuando, al adquirir esto o aquello, se considera, ante todo, no el interés de sí mismo, sino el de los demás. El que sólo trate de servir a su propio bienestar, se empeñará en adquirir todo cuanto pueda, sin tomar en consideración cuánto trabajo de los demás es necesario para satisfacer sus necesidades. Y esto le conducirá a utilizar sus fuerzas en la lucha por la existencia. Al fundar una empresa con fines de lucro para mí, no tomo en consideración de qué manera se movilizan quienes para mí han de trabajar. Pero todo cambia si mi persona no entra en consideración, sino únicamente el punto de vista de cómo con mi trabajo sirvo a los demás. No me veré obligado a emprender nada que resultaría en perjuicio de otros. Pues pondré mis fuerzas al servicio, no de mi persona, sino de los demás; y esto conducirá a un muy distinto desarrollo de las fuerzas y capacidades humanas.

 

Versión castellana de Francisco Schneider

GA34c1. La ciencia espiritual y la cuestión social

Rudolf Steiner – Berlín, fines de 1905/principios de 1906

English version

Quien actualmente observe con atención al mundo en que vivimos, verá que por doquier se presenta, poderosamente, lo que suele llamarse la “cuestión social”. El que tome en serio lo que la vida exige, deberá reflexionar sobre todo lo relacionado con este problema; y no cabe duda de que un pensar que se propone actuar según los más sublimes ideales de la humanidad, también tenga que ocuparse de las exigencias sociales. Como la ciencia espiritual se identifica con semejante modo de pensar, resulta lo más natural que ella examine lo que con dicho problema se relaciona.

A simple vista podría dar la impresión, que en este campo, nada puede esperarse de la ciencia espiritual. Pues, ante todo, se le reconocerá como su característica sobresaliente, el reconcentrarse en la vida anímica y el despertar de la visión del mundo espiritual. La reconocerán incluso quienes superficialmente, nomás, hayan llegado a conocer las publicaciones de la ciencia espiritual. Empero, es más difícil comprender que el afán de dicha ciencia también pueda tener un significado práctico, y menos aún se verá su relación con la cuestión social. ¿Podrá una ciencia que se ocupa de la “reencarnación”, del “karma”, del “mundo suprasensible” y del “origen de la humanidad”, de modo alguno ser útil para vencer la miseria social? Pareciera que semejante doctrina más bien tienda a volar a las nubes, lejos de toda realidad de la vida, mientras que haría falta que cada uno concentre todas sus fuerzas en dedicarse a las exigencias de la realidad terrena.

Enumeremos solamente dos de las más diversas opiniones que en la actualidad, con respecto a la ciencia espiritual, necesariamente han de aparecer.

Una de ellas consiste en que se la considera como expresión de la más desenfrenada fantasía. Para el adepto a la ciencia espiritual no debiera parecer extraño el que haya semejante opinión. Todo lo que sucede y se habla en torno de él, lo que a la gente causa satisfacción y alegría, le hará ver que él mismo habla un idioma que muchos han de considerar como desatinado. A la comprensión del mundo que le rodea él debe, por el otro lado, sumar la absoluta certeza de hallarse en el camino correcto; pues, de otro modo, no podría mantenerse firme, frente a la discrepancia de sus propias ideas con las de los muchos que pertenecen a los instruidos y cultos. Basándose en la firme certeza, en la verdad y solidez de sus ideas, se dirá a sí mismo: ya sé y también comprendo que en la actualidad fácilmente se me considere hombre iluso; sin embargo, por más que la gente se ría o se burle, la verdad se hará valer, y su eficacia no depende del parecer que de ella se tenga sino de lo sólido de su fundamento.

La otra opinión a que la ciencia espiritual está expuesta, considera que, si bien sus ideas son bellas y satisfactorias, no tienen valor para la lucha de la vida práctica; e incluso quienes, para satisfacer sus inquietudes espirituales, buscan el nutrimiento científico espiritual, fácilmente se inclinan a decirse: está bien, pero estas ideas no pueden damos ninguna explicación de cómo vencer la penuria social, la miseria material.

Ahora bien, precisamente tal parecer se debe a un total desconocimiento de los verdaderos hechos de la vida y, ante todo, a un malentendido con respecto a los frutos de la concepción científico espiritual. Es que casi exclusivamente se pregunta: ¿qué es lo que la ciencia espiritual enseña, y cómo puede demostrarse la verdad de lo que ella sostiene? Luego se busca el fruto en la satisfacción que por las enseñanzas recibidas se siente. Indudablemente, esto es lo más natural, ya que ante todo hay que sentir la verdad del contenido de esas enseñanzas. Sin embargo, en ello no debe buscarse el verdadero fruto de la ciencia espiritual, sino que este fruto sólo se pone de manifiesto cuando con las ideas de dicha ciencia se asumen las tareas de la vida práctica. Lo que importa es: saber si la ciencia espiritual nos conduce a asumir esas tareas, con clara visión, y a buscar con la debida comprensión los medios y caminos para la solución correspondiente. Quien desee actuar en la vida, ante todo debe comprenderla. He aquí el meollo del asunto. Quien se limite a preguntar: ¿qué es lo que la ciencia espiritual enseña?, podrá decir que tal ciencia, es demasiado “alta” para la vida práctica. En cambio, si se dirige la atención hacia el desarrollo del pensar y del sentir, que se obtiene por esta ciencia, se dejará de hacer semejante objeción. Por más extraño que parezca al concepto superficial, hay que reconocer que el pensar de la ciencia espiritual, aparentemente iluso, crea la comprensión para la correcta conducta de la vida cotidiana. La ciencia espiritual agudiza la vista, para comprender las exigencias sociales; justamente a través de la elevación del espíritu a las lucientes alturas de lo suprasensible. Por paradójico que parezca, no deja de ser verdad.

Voy a citar un ejemplo para ilustrarlo. Últimamente apareció en Berlín un libro sumamente interesante: “De obrero en América”. Durante algún tiempo su autor, el consejero gubernamental Kolb, vivió en América, trabajando como jornalero. Esto le permitió formarse un juicio sobre los hombres y sobre la vida, de un modo que evidentemente no le hubiera sido posible durante su vida antes de llegar a la posición de consejero gubernamental, ni tampoco por sus experiencias como tal. Quiere decir, que durante años había ocupado un puesto de bastante responsabilidad, hasta que después de haberlo dejado —por poco tiempo— para vivir lejos de su patria, llegó a conocer la vida de tal manera, que en dicho libro pudo escribir la siguiente frase significativa: “Cuántas veces, en el pasado, al ver mendigar a un hombre sano, me pregunté con indignación moral: ¿por qué no trabaja este holgazán? Entonces lo supe. En la teoría se lo ve distinto a lo que es la práctica; y en el gabinete de estudio se trabaja bastante bien, incluso con las más aborrecibles categorías de la economía política”. Sin dar lugar a malentendidos, hay que tributar admiración a este hombre, que no vaciló en renunciar por un tiempo a una situación cómoda, para trabajar duramente en una fábrica de cerveza y otra de bicicletas. Además, para no despertar la creencia de que nosotros tratamos de censurarle, hemos de destacar el respeto por este cometido. Pero para quien lo observe correctamente, resulta evidente que toda instrucción y toda ciencia que este hombre haya recibido, no le han capacitado para juzgar la vida. Hay que ver claramente qué es lo que aquí se admite, a saber: actualmente puede aprenderse todo aquello que a uno le da capacidad para ocupar posiciones más bien elevadas; no obstante, se está totalmente ajeno a la vida en que se debe actuar. ¿No es esto comparable a haber estudiado, en la facultad de ingeniería, la construcción de puentes, y al verse realmente frente a esta tarea, resulta que no se comprende nada al respecto? No, por cierto, no es exactamente lo mismo. Pues, quien esté mal preparado, para la construcción de puentes, se dará cuenta de este defecto al encontrarse ante la tarea práctica: dará prueba de ser chapucero y será rechazado por doquier. Empero, no se manifestarán tan pronto los defectos de quien esté mal preparado para actuar en la vida social. Puentes mal construidos se derrumban; y para el juicio más parcial queda evidente que el constructor era chapucero. En cambio, lo que se “chapucea” en la actuación social, sólo repercute en hacer sufrir a los demás; y a la relación de este sufrimiento con la chapucería, no se le da la misma atención como a la causalidad entre el derrumbe de un puente y la incapacidad del constructor. Se podrá responder: Está bien, pero ¿qué tiene que ver todo esto con la ciencia espiritual? ¿acaso se cree que la ciencia espiritual con las ideas de reencarnación y karma y de los mundos suprasensibles hubiera conferido al consejero Kolb una mejor comprensión de la vida?

Nadie podrá sostener, que las ideas acerca de los sistemas planetarios y los mundos superiores, hubiesen ayudado al señor Kolb para no tener que confesar, que con las más aborrecibles categorías de la economía política se trabaja bastante bien en el gabinete de estudio. La ciencia espiritual realmente permite responder, como lo hizo Lessing en un determinado caso: yo soy aquel “nadie”, e incluso lo sostengo. Naturalmente, no hay que tomarlo en el sentido como si alguien, con la doctrina de la reencarnación, o el conocimiento del karma pudiese actuar socialmente en forma correcta. Se entiende que en cuanto a los futuros consejeros gubernamentales, no se trata de remitirlos a la “Doctrina Secreta” de Blavatski en vez de emprender un estudio universitario con Schmoller, Wagner o Brentano. Lo que importa es que una teoría de la economía política, basada en la ciencia espiritual, no será de tal naturaleza que con ella se trabajaría bien en el gabinete de estudio, pero que resultaría insuficiente frente a la vida real. ¿Cuándo fracasa una teoría frente a la vida? Esto ocurre cuando tal teoría es producto de un pensar que no se haya formado para la vida. Pero las conclusiones de la ciencia espiritual son, precisamente, las verdaderas leyes de la vida, análogamente a como la ciencia de la electricidad, da las leyes para una fábrica de artefactos eléctricos.

Quien quiera instalar tal fábrica, deberá primero aprender electrotecnia. Y quien desee actuar en la vida, deberá conocer las leyes de la vida. Por lejos de la vida que parezca estar la ciencia espiritual, la verdad es que la abarca muy de cerca. Considerándola superficialmente, parece ser ajena a la vida; pero a la verdadera comprensión de sus verdades se abre la realidad de la vida. No se vive retirado en “círculos de la ciencia espiritual” para obtener allí toda clase de informaciones “interesantes” sobre mundos extraterrestres, sino que se ejercita el pensar, sentir y querer de acuerdo con las “leyes eternas de la existencia”, con el fin de actuar en la vida y de comprenderla con clara visión. Las verdades de la ciencia espiritual son, al mismo tiempo, el camino que conduce hacia el viviente pensar, sentir y querer.

Cuando se llegue a comprenderlo plenamente, sólo entonces el movimiento científico espiritual habrá entrado en su justo cauce. El recto obrar proviene del correcto pensar; y el erróneo actuar tiene su origen en un pensar equivocado, o bien en la irreflexión. Quien realmente quiere tener fe en que en la esfera social se llegue a realizar algo benéfico, ha de consentir que semejante obrar depende de las respectivas facultades humanas. El trabajo de compenetrarse de las ideas de la ciencia espiritual, significa acrecentar las facultades para el obrar social. A este respecto no solamente es importante qué pensamientos se acojan por el estudio de dicha ciencia, sino, cómo a través de ella, se transforma el pensar.

Ciertamente, no se puede negar, que aún no se percibe que dentro de los círculos científico espirituales mismos, se haya realizado mucho trabajo en ese sentido, y que precisamente por tal causa, los extraños a la ciencia espiritual tengan, por ahora, suficiente motivo para dudar de lo expuesto. Por otra parte hay que tener en cuenta que nuestro movimiento científico espiritual aún se halla al comienzo de sus actividades, y que su ulterior progreso ha de buscarse en que se introduzca en todos los ámbitos de la vida práctica *. En cuanto a la “cuestión social” se pondrá entonces de manifiesto, que en lugar de las teorías “con las cuales en el gabinete de estudio se trabaja bastante bien”, habrá otras que darán la capacidad para juzgar la vida, sin prejuicios, encauzando la voluntad hacia un actuar que dará a la humanidad bienestar y fecundo desarrollo. Alguno que otro responderá que justamente el caso del señor Kolb hace evidente que es superfluo apelar a la ciencia espiritual, y que sólo haría falta que aquel que se prepara para una carrera o profesión, no se limite a aprender sus teorías en el gabinete de estudio, sino que, aparte de la instrucción teórica, debiera conocer la vida a travé de un aprendizaje práctico; ya que para Kolb, al tener contacto con la vida, le bastó lo que había aprendido, para llegar a una opinión distinta a la que anteriormente había tenido. Sin embargo, no es suficiente, pues el defecto tiene raíces más profundas.

El percatarse de que una instrucción preparatoria deficiente sólo capacita para construir puentes que se derrumban, todavía no confiere la capacidad, ni mucho menos, para construirlos mejor, sino que primero habrá que adquirir los conocimientos pertinentes. Indudablemente, no hace falta sino observar las condiciones sociales, y aunque se tenga una teoría de las leyes fundamentales de la vida del todo insuficiente, no se dirá, frente a cada uno que no trabaja: “¿Por qué no trabaja este holgazán?”. Es que la misma situación social hará comprender por qué tal hombre no trabaja. Pero con ello no se ha aprendido cómo deben organizarse las condiciones para el bienestar de la humanidad. No cabe duda de que todos los hombres de buena voluntad que hayan presentado sus proyectos para el mejoramiento del destino humano, no juzgaron del mismo modo que el consejero gubernamental Kolb antes de su viaje a América. Es de suponer que todos estaban convencidos de que no corresponde reprender mediante la frase: ¿por qué no trabaja este holgazán?, a cada individuo al que en la vida le va mal. Pero esto no quiere decir que las propuestas de reforma social, divergentes entre sí, hayan sido fecundas. Por la misma razón, se justifica decir que planes reformistas del consejero Kolb, después de su cambio de opinión, tampoco podrían ser de gran efecto positivo. En este campo, el error de nuestro tiempo consiste, precisamente, en que cualquiera se cree capaz de comprender la vida, aunque no se haya interesado por sus leyes fundamentales, y sin haber desarrollado la propia capacidad de pensar para percibir las verdaderas fuerzas de la vida. La ciencia espiritual equivale al desarrollo hacia un sano criterio de la vida, porque ella penetra hasta el fondo de la misma. A nada conduce el darse cuenta de que las condiciones sociales hacen que los hombres sean llevados a situaciones de degeneración: hace falta conocer las fuerzas que generan condiciones más favorables. Nuestros eruditos de la economía política no poseen tal capacidad, por un motivo parecido a que no saben hacer cálculos quienes no conocen la tabla de multiplicar, y por más que se les presenten series numerales, todo resultará inútil.

Análogamente, aquel que no entiende nada de las fuerzas fundamentales de la vida social, tampoco llegará a saber cómo se concatenan las fuerzas sociales para el bien o para el mal de la humanidad.

En nuestro tiempo hace falta un concepto de la vida que conduzca a sus verdaderas fuentes. La ciencia espiritual nos da tal concepto. Ella podría conducirnos a resultados positivos, si todos aquellos que deseen formarse una idea de lo que “a la sociedad hace falta”, se compenetrasen primero de lo que la ciencia espiritual enseña concerniente a la vida. No es admisible el argumento de que la ciencia espiritual en vez de “actuar” solamente “habla”, ni tampoco aquél de que sus ideas aún no han sido ensayadas, y que por lo tanto, podrían evidenciarse como pálida teoría, al igual que la economía política del señor Kolb.

El primer argumento no es válido, puesto que no es posible “actuar” en tanto que los caminos para efectuarlo se encuentren cerrados. Por más que un pedagogo sepa lo que un padre debiera hacer para educar a sus hijos, no podrá “actuar” si ese padre no le llama para hacerse cargo de ello. Hay que tener paciencia y esperar hasta que el “hablar” de la ciencia espiritual haya despertado el entendimiento de los que tienen el poder de “actuar”. Y esto sucederá. El otro argumento tampoco reviste significancia, y no será hecho, sino por quienes desconocen las verdades fundamentales de la ciencia espiritual. Quienes las conocen, saben que no son algo que se busca por el “ensayo” o experimento, sino que las leyes del bienestar de la humanidad integran el principio básico del alma humana con la misma certidumbre con que rige la tabla de multiplicar. Sólo hace falta penetrar en lo profundo de este principio básico del alma humana. Ciertamente, es posible evidenciar lo que, en este sentido, se halla impregnado en el alma, como también puede evidenciarse que dos por dos son cuatro. Pero nadie pretenderá que la verdad de que “dos por dos son cuatro” debe “probarse”, por ejemplo, mediante cuatro porotos que se colocan en dos grupos de dos porotos cada uno. Lo cierto es que dudar de la verdad de la ciencia espiritual, significa no haberla comprendido, del mismo modo que sólo puede dudar de que “dos por dos son cuatro”, quien no lo haya comprendido. Por más que las dos cosas se distingan entre sí, ya que ésta es tan simple y aquélla tan complicada: tienen, sin embargo, semejanza. Por otra parte, no se llegará a reconocerlo, en tanto no se penetre en la ciencia espiritual misma. Por esta razón, al que no la conozca no se le puede dar “prueba” de ello; sólo puede decirse: aprended a conocer la ciencia espiritual, y llegaréis a la claridad.

La importante misión de la ciencia espiritual para nuestro tiempo se evidenciará cuando ella se halle convertida en fermento de la vida humana en general, y sólo quedará al comienzo de su actuar, mientras no haya tomado este camino en toda la extensión de la palabra. Hasta no alcanzarlo, dicha ciencia será tachada de ajena a la vida. Ciertamente, lo es en el mismo sentido en que el ferrocarril era ajeno a la civilización que sólo conocía la realidad de la diligencia. Lo que la ciencia espiritual enseña es algo tan ajeno como el porvenir es ajeno al pasado.

Versión castellana de Francisco Schneider