GA201c4. El Hombre: Enigma del Universo

Rudolf Steiner — Dornach, 16 de abril de 1920

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La naturaleza fundamental y la imaginación del Universo no pueden ser concebidas en su realidad sin referirla continuamente al Hombre. Una y otra vez debemos tratar de encontrar en el Universo, lo que existe de una u otra manera en el Hombre. Utilizaremos estas tres conferencias con el fin de obtener, desde este punto de vista, una especie de imagen del mundo conformada plásticamente, que pueda llevarnos a la respuesta a la pregunta: ¿Cuál es la relación entre la moralidad y las leyes naturales en el hombre?.

Cuando estudiamos el Hombre (y aquí estoy solo repitiendo cosas que ya se han hablado y escrito desde diversos puntos de vista) lo encontramos, en primer lugar, organizado en lo que podemos llamar Hombre superior y Hombre inferior; y tenemos lo que forma la conexión entre los dos: el Hombre rítmico, igualando o equilibrando las otras dos partes.

 

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Primero debemos observar que existe una diferencia completa en las leyes que rigen las partes superior e inferior del hombre. Podemos ver esta diferencia cuando consideramos el hecho de que el ‘hombre superior’, que está regulado por la cabeza, es en su origen el resultado de leyes completamente diferentes, que pertenecen a un mundo diferente del mundo de los sentidos.

Esa parte de nosotros que en nuestra última encarnación fue el resultado de las fuerzas del mundo de los sentidos, es decir, los miembros, se ha convertido en lo que es ahora, la cabeza, a través de una metamorfosis que tiene lugar entre la muerte y un nuevo nacimiento —no en relación, por supuesto, con la forma externa, sino con respecto a las fuerzas formativas.

Lo que ahora son los miembros del hombre, se transforma completamente en sus fuerzas —transmutándose en su constitución suprasensible entre la muerte y un nuevo nacimiento, y apareciendo en nuestra nueva vida terrestre incorporándose desde el Universo en nuestra constitución. En esto está suspendido, por así decirlo, el resto del hombre —formado por el mundo de los sentidos.

Este hecho que podemos encontrar que ya se demostró claramente en Embriología, si pensáramos racionalmente solo sobre hechos embrionarios. Y de ese modo tenemos en nuestra cabeza un sistema de leyes que no pertenecen a este mundo en absoluto, salvo solo en su origen, es decir, en la medida en que estuvo presente en una encarnación anterior. Pero todo lo que ha causado la transformación del hombre metabólico en hombre cefálico está activo en un mundo completamente diferente: el mundo en el que vivimos, en el intervalo entre la muerte y un nuevo nacimiento. Aquí, entonces, otro mundo penetra el mundo de los sentidos. Otro mundo que se manifiesta en el organismo cefálico del hombre. En cierto sentido, el mundo externo se pone en correspondencia con este otro mundo, en el sentido de que la cabeza proyecta hacia afuera los principales órganos de los sentidos. El mundo que se extiende en el espacio y que sigue su curso en el tiempo, es percibido por el hombre a través de sus sentidos; penetra en el hombre a través de sus sentidos, y también pertenece en cierto sentido al organismo cefálico. En relación con nuestros miembros, por otro lado, estamos en un estado de sueño. A menudo he hablado de este estado de sueño del hombre en relación con su naturaleza volitiva, con todo lo que existe en el hombre metabólico. No sabemos cómo movemos nuestras extremidades, cómo la voluntad causa el movimiento; solo examinamos el movimiento después como un fenómeno externo a través de nuestros sentidos. Estamos dormidos en nuestra organización de las extremidades, en el mismo sentido en que dormimos en el Universo en el estado de dormir hasta el despertar.

Entonces, tenemos aquí ante nosotros un mundo completamente diferente. Podemos decir: tenemos un mundo que exteriormente manifiesta en todo lo que perciben nuestros sentidos, todo lo que percibimos a través de los ojos, los oídos, etc. Pertenecemos a este mundo a través de esa parte de nosotros que llamamos el hombre cefálico. Nuestra conexión con el mundo que está detrás de éste es provocada por el hombre metabólico, pero en eso estamos inconscientes; dormimos en este mundo, ya sea que lo hagamos en el ámbito de nuestra Voluntad, o si dormimos en el Universo entre nuestro sueño y nuestra vigilia.

 Estos dos mundos están realmente constituidos de tal manera que uno se acerca y otro se aleja, por así decirlo; está detrás del mundo de los sentidos, aunque tenemos nuestro origen en él. El hombre sintió en los antiguos tiempos —y Oriente aún lo siente— que es posible una reconciliación entre los dos. Como saben, nosotros en Occidente buscamos la reconciliación de una manera diferente; pero en el Este, incluso hoy, todavía intentan encontrarlo de una manera relativamente consciente, aunque sus métodos ya son anticuados para la humanidad actual.

 El acto de comer está simbolizado por una línea (dibujo), porque cuando tomamos alimentos, el proceso siguiente tiene lugar en la esfera del sueño (inconscientemente). No somos conscientes de lo que realmente está sucediendo cuando comemos un huevo o una col; pues tiene lugar en el inconsciente, como los acontecimientos del sueño. El repollo y el huevo se manifiestan exteriormente a nuestra percepción sensorial. Pero cuando los comemos ya pertenecen realmente a un mundo completamente diferente. La reconciliación, sin embargo, la encontramos en nuestra respiración.

Aunque esta última es, hasta cierto punto, inconsciente, no lo es en grado tan grande como nuestra alimentación. A pesar del hecho de que nuestra respiración no es tan consciente como nuestra audición y visión, es más consciente que el proceso de digestión, por ejemplo; y mientras que en Oriente hoy, el intento de hacer que el proceso digestivo sea consciente, como regla general, ha cesado (esto solía hacerse en los viejos tiempos), el proceso de respiración todavía se hace en cierto sentido conscientemente. (La serpiente lleva el proceso de digestión a la conciencia, pero la conciencia de la serpiente, por supuesto, no se puede comparar con la conciencia humana). Hay un cierto entrenamiento de la respiración, donde la inhalación y exhalación están reguladas de tal manera que el proceso se transforma en una percepción sensorial. Por lo tanto, encontramos que la respiración se inserta, por así decirlo, entre la percepción sensorial consciente y la inconsciencia completa de asimilación y transmutación de la materia física. El hombre, de hecho, habita en tres mundos; el sensible a su conciencia, el otro en el cual permanece completamente inconsciente, y el tercero (el de la respiración) que actúa como un enlace de conexión o mediador entre los dos.

Ahora es un hecho que el proceso respiratorio es también un tipo de asimilación; en todo caso, es un proceso material, aunque se lleva a cabo de una manera más enrarecida; es un estado intermedio entre la transmutación real de la asimilación de la materia y el proceso de la percepción sensorial, donde experimentamos completamente conscientes el mundo exterior.

En el estado en que nos encontramos entre quedarnos dormidos y despertar, experimentamos en el entorno que nos rodea, eventos que solo captamos en nuestra conciencia cotidiana como sueños. Aquí el hombre se adentra en el mundo que está marcado en la línea (dibujo,) y los sueños revelan a través de su propia naturaleza cómo el hombre la cruza. Consideren por un momento la relación de los sueños con el proceso de la respiración, el ritmo de la respiración, con qué frecuencia se puede rastrear este ritmo en sus actividades posteriores cuando está soñando. El hombre cruza la frontera, por así decirlo, del mundo de la conciencia, cuando se sumerge levemente en este otro mundo en el que se encuentra cuando duerme o cuando sueña. Allí yace también el mundo de las ‘Imaginaciones’. El mundo de las ‘Imaginaciones’ es para nosotros un mundo plenamente consciente, tenemos una percepción consciente de ese mundo, que simplemente nos limitamos a sorber, por así decirlo, en nuestros sueños.

Ahora podemos considerar una correspondencia que encontramos que se da, una correspondencia absoluta, con respecto al Número. Ya he llamado con frecuencia la atención sobre esta correspondencia entre el Hombre y el mundo en el que evoluciona. He señalado el hecho de que el hombre, en su ritmo de respiración —18 por minuto— manifiesta algo que está en notable acuerdo con otros procesos del Universo. Hacemos 18 respiraciones por minuto, que da cuando se calcula, 25.920 respiraciones en un día. Y llegamos al mismo número cuando calculamos cuántos días hay en el término medio de una vida de 72 años. Eso también da unos 25.920 días; así que podemos decir que exhalar nuestro cuerpo astral y yo, al quedarnos dormidos e inhalarlos nuevamente al despertar, siempre está en conformidad con el mismo ritmo numérico.

Y nuevamente, cuando consideramos cómo se mueve el Sol —si aparentemente o realmente, eso ahora no importa— avanzando un poco cada año en lo que llamamos la precesión de los equinoccios, cuando consideramos la cantidad de años que le lleva al Sol hacer este viaje alrededor de todo el Zodíaco, una vez más obtenemos 25.920 años, el año platónico.

El hecho es que esta vida humana nuestra, dentro de los límites establecidos por el nacimiento y la muerte, está ciertamente configurada, hasta en sus procesos más infinitesimales —como hemos visto en la respiración— de acuerdo con las leyes del Universo. Pero en la correspondencia que hemos observado hasta ahora entre el Macrocosmos y el Hombre, el Microcosmos, hemos hecho nuestras observaciones en un ámbito donde la correspondencia es obvia y evidente. Sin embargo, hay otras correspondencias muy importantes. Por ejemplo, consideren lo siguiente. Quiero llevarles a través del número a otra cosa que tengo que presentar. Tomen las 18 respiraciones por minuto, que hacen 1.080 respiraciones por hora, lo que multiplicado por 24 horas, nos da 25.920 respiraciones; es decir, debemos multiplicar: 18 X 60 X 24 para llegar a 25.920.

Considerando esto en relación con el ciclo de la precesión de los equinoccios, y dividiéndolo por 60 y nuevamente por 24, obtendríamos naturalmente 18 años. ¿Y qué significan realmente estos 18 años? Consideren estas 25,920 respiraciones que corresponden a un día humano de 24 horas; en otras palabras, este día de 24 horas es el día del Microcosmos. Y estas 18 respiraciones pueden servir como unidad de ritmo.

Y ahora tomen el círculo completo descrito por la precesión de los equinoccios, y llámenlo, no un año platónico, sino un gran Día de los Cielos, un día Macrocósmico. ¿Cuánto tiempo debe ocupar una respiración en esta escala para que pueda corresponderse con la respiración humana? Su duración debería ser de 18 años, una respiración hecha por el Ser correspondiente al Macrocosmos.

Si tomamos las afirmaciones de la astronomía moderna —no necesitamos interpretarlas aquí, hablaremos más adelante de su significado— encontraremos que es indiferente si suponemos que el movimiento del Sol o el movimiento de la Tierra es aparente; eso no nos concierne, pero tomemos ahora lo que el Astrónomo de hoy llama la Nutación del Eje de la Tierra.

 

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Ustedes saben que el eje de la Tierra esta oblicuo sobre la Eclíptica, y que los Astrónomos hablan de una oscilación del eje de la Tierra alrededor de este punto y lo llaman ‘Nutación’. Este eje completa una revolución alrededor de este punto en aproximadamente 18 años (en realidad son 18 años, 7 meses, pero no necesitamos considerar la fracción, aunque también es posible calcular esto con exactitud). Pero algo más está íntimamente conectado con estos 18 años. Porque no es solo por el hecho de ‘Nutación’ —este ‘temblor’, esta rotación del eje de la Tierra en un doble cono alrededor del centro de la Tierra, y el período de 18 años para su finalización— no es solo este hecho el que tenemos que fijar en nuestras mentes, sino que encontramos que simultáneamente se produce otro proceso. La Luna aparece cada año en una posición diferente porque, como el Sol, ella asciende y desciende a través de la eclíptica, procediendo en una especie de movimiento oscilante una y otra vez hacia la eclíptica desde el Ecuador. Y cada 18 años vuelve a aparecer en la misma posición que ocupó 18 años antes. Ven que hay una conexión entre esta Nutación y el camino de la Luna. La nutación en verdad no indica más que el camino de la Luna. Es la proyección del movimiento de la Luna. Para que podamos realmente observar la “respiración” del Macrocosmos solo necesitamos seguir el camino de la Luna en 18 años o, en otras palabras, la Nutación del eje de la Tierra. La Tierra baila, y baila de tal manera que describe un cono, un cono doble, en 18 años, y este baile es un reflejo de la respiración Macrocósmica. Esto ocurre tantas veces en el año macrocósmico como las 18 respiraciones humanas durante el día microcósmico de 24 horas.

Entonces realmente tenemos una respiración Macrocósmica por minuto en este movimiento de Nutación. En otras palabras, observamos esta respiración del Macrocosmos a través de este movimiento de Nutación de la Luna, y tenemos ante nosotros lo que corresponde a la respiración en el hombre. Y ahora, ¿cuál es el significado de todo esto? El significado de esto es que a medida que pasamos de la vigilia al sueño, o solo del estado totalmente consciente al sueño, entramos en otro mundo, y en contra de las leyes ordinarias del día, los años, etc., y también del año platónico, encontramos en esta inserción del ritmo lunar, algo que tiene la misma relación en el macrocosmos, que la respiración, el proceso semiconsciente de la respiración, tiene para nuestra plena conciencia. Por lo tanto, no solo debemos considerar un mundo que se extiende ante nosotros, sino otro mundo que se proyecta y penetra en el nuestro.

Así como tenemos ante nosotros una segunda parte del organismo humano, al observar el proceso de respiración, es decir, al hombre rítmico, en oposición al hombre perceptivo o cefálico, así tenemos en lo que aparece como el movimiento lunar anual, o más bien los 18 años de movimiento de la Luna, la identidad entre un año y una respiración humana; tenemos este segundo mundo interpenetrando el nuestro.

Por lo tanto, no puede haber ninguna posibilidad de tener un solo mundo en nuestro entorno. Tenemos este mundo que podemos seguir como el mundo de los sentidos; pero luego tenemos otro mundo, cuyos fundamentos están establecidos dentro de otras leyes y que se encuentra exactamente en la misma relación con el mundo de los sentidos, como nuestra respiración lo hace con nuestra conciencia; y en ese otro mundo se nos revela tan pronto como lo interpretamos de la manera correcta este movimiento de la Luna, esta Nutación del eje de la Tierra.

Estas consideraciones deberían permitirles hacerse conscientes de la imposibilidad de investigar de una manera unilateral las leyes que se manifiestan en el mundo. El pensador materialista moderno está buscando un sistema único de leyes naturales. En esto se engaña a sí mismo; lo que debería decir es más bien lo siguiente: “El mundo de los sentidos es ciertamente un mundo en el que me encuentro incrustado y al que pertenezco; es ese mundo el que es explicado por la ciencia natural en términos de Causa y Efecto. Pero otro mundo lo interpenetra y está regulado por leyes diferentes. Cada mundo está sujeto a su propio sistema de leyes”. Mientras mantengamos la opinión de que un tipo de sistema de leyes podría ser suficiente para nuestro mundo, y que todo depende del hilo de la Causa y el Efecto, siempre seremos víctimas de una completa ilusión. Solo cuando podemos percibir a partir de hechos tales como el movimiento de la Luna o la nutación del eje de la Tierra, que otro mundo se extiende dentro de este, solo entonces estaremos en el camino correcto.

Y ahora, como pueden ver, estas son las cosas en las que lo llamado espiritual y lo material se tocan, o digamos lo psíquico y lo material. El que puede observar fielmente lo que está contenido en su propio ser encontrará lo siguiente. Estas cosas deben señalarse gradualmente a la humanidad. Hay muchos entre ustedes, que ya pasaron los 18 años y aproximadamente 7 meses de edad.  Ese fue un período importante. Otros habrán superado el doble de años (37 años y 2 meses) entrando de nuevo en un tiempo importante. Después de eso tenemos un tercer período muy trascendental, 18 años y siete meses después, a la edad de 55 años y 9 meses. Pocos pueden darse cuenta todavía, al no haber sido capacitados para hacerlo, de los efectos y cambios importantes que tienen lugar dentro del alma individual en esos momentos. Las noches pasadas durante estos períodos son las noches más importantes en la vida del individuo. Es aquí donde el Macrocosmos completa sus 18 respiraciones, completa un minuto, y el Hombre, por así decirlo, abre una ventana que enfrenta un mundo completamente diferente. Pero como dije, el hombre todavía no puede observar estos puntos en su vida. Sin embargo, todo el mundo podría intentar dejar que su ojo mental mire hacia atrás a lo largo de los años que han pasado, y si se tiene más de 55 años podrá reconocer tres épocas tan importantes; otros dos, y la mayoría de ustedes en cualquier caso una! En estas épocas se producen eventos que se precipitan a este mundo desde uno muy diferente. Nuestro mundo se abre en estos momentos a otro mundo.

 Si deseamos describir esto con mayor claridad, podemos decir que nuestro mundo está en esos momentos penetrado de nuevo por ciertas corrientes astrales; fluyen dentro y fuera. Por supuesto, esto sucede todos los años, pero estamos ocupándonos de estos 18 años, ya que corresponden a las 18 respiraciones por minuto. En resumen, nuestra atención se dirige a través del reloj cósmico hacia la respiración del Macrocosmos, en el que estamos incrustados. Esta correspondencia con el otro mundo, que se manifiesta a través del movimiento de la Luna, es excepcionalmente importante. Porque, como ven, el mundo que en estos momentos se proyecta en el nuestro, es el mismo mundo al que pasamos durante nuestro sueño, cuando el yo y el cuerpo astral abandonan el cuerpo físico y etérico. No deben pensar que el mundo que compone nuestro entorno cotidiano está meramente impregnado de manera abstracta por el mundo astral; más bien deberíamos decir que respiramos en el mundo astral, y podemos observar lo astral en este proceso de respiración a través del movimiento o nutación de la Luna. Observaran que aquí hemos llegado a algo de gran importancia. Si recuerdan lo que dije recientemente, podemos ponerlo de la siguiente manera. Tenemos, por un lado, nuestro mundo tal como se observa generalmente; y tenemos además, la superstición materialista que, por ejemplo, si miramos hacia arriba, vemos el Sol, una bola de gas, como se describe en los libros. Esto es una tontería. El Sol no es una bola de gas; pues en ese lugar donde está el Sol, hay algo menos que un espacio vacío, es una succión, un cuerpo absorbente, de hecho, mientras que a su alrededor está lo que ejerce presión. En consecuencia, en lo que nos viene del Sol no tenemos que ver con nada que constituya un producto de la combustión en el Sol; pero se refleja todo lo que se transmite al Sol desde el Universo.

Donde está el sol, hay una oquedad más vacía que el espacio. Esto se puede decir de todas las partes del Universo donde encontramos el Éter.  Por esta razón es tan difícil para el físico hablar del Éter, porque él piensa que el éter también es materia, aunque más enrarecida que la materia ordinaria. El materialismo todavía está muy ocupado con este perpetuo “enrarecimiento”, tanto el materialismo de la ciencia natural como el materialismo de la Teosofía. Distingue primero la materia densa; después la materia etérea  —más enrarecido; luego, la materia astral —aún más enrarecida; y le sigue lo “mental” y no sé qué más, ¡siempre más y más rarificado!

La única diferencia (en esta teoría de la rarefacción) entre las dos formas de materialismo es que uno reconoce más grados de enrarecimiento que el otro. Pero en la transición de materia ponderable a éter no tenemos nada que ver con rarefacción. Cualquiera que crea que en Éter nos tenemos que ver simplemente con un proceso de ‘enrarecimiento’ es como si un hombre que dice: ‘Tengo aquí un bolso lleno de dinero; lo voy sacando repetidamente y cada vez hay menos dinero. Me lo voy gastando hasta que por fin no queda nada”. No queda nada, ¡pero aún puede continuar! La ‘nada’ puede hacerse menos que nada; porque si se endeuda, el dinero se vuelve menos que nada. De la misma manera, no solo la materia se convierte en espacio vacío, sino que se vuelve negativa, menos que nada —más vacía que el vacío, asumiendo una naturaleza ‘chupadora’. El éter está chupando, absorbiendo. Presionando la materia. El éter se absorbe.  El sol es absorbente, una bola de succión, y dondequiera que esté presente el éter, tenemos esta fuerza absorbente.

Aquí damos un paso hacia el otro lado, el otro aspecto del espacio tridimensional: pasamos de la presión a la succión. Lo que inmediatamente nos rodea en este mundo, aquello de lo que estamos constituidos como hombres físicos y hombres etéricos, es a la vez apremiante y absorbente. Somos una combinación de ambos; mientras que el Sol posee solo el poder de la succión, siendo nada más que éter, nada más que succión. Es la onda ondulante de presión y succión, la materia ponderable y el éter, las que forman en su alternancia una organización viviente. Y el organismo vivo respira continuamente en el mundo astral; la respiración se expresa a través del movimiento o nutación de la Luna. Y aquí comenzamos a adivinar un segundo miembro o principio de la construcción del mundo; el primer miembro —presión y succión, físico y etérico; el otro, el segundo —astral. Lo astral no es ni físico ni etérico, sino que se inhala y exhala continuamente; y la nutación demuestra este proceso.

Ahora, un cierto hecho astronómico fue observado incluso en los tiempos más antiguos. Muchos miles de años antes de la era cristiana, los egipcios sabían que, después de un período de 72 años, las estrellas fijas en su curso aparente ganan un día en el Sol. Nos parece, aunque no sea así, que las estrellas fijas giran y el Sol gira también, pero que este último gira más lentamente, de modo que después de 72 años las estrellas están notablemente por delante. Esta es la razón del movimiento del punto vernal (el punto equinoccial de primavera); a saber, que las estrellas se van desplazando. El equinoccio de primavera se aleja cada vez más, las estrellas fijas han alterado su lugar en relación con el sol.  Brevemente, los hechos son que si seguimos el camino de una estrella fija y anotamos el punto donde el Sol se encuentra sobre ella, encontramos que la estrella que ocupaba una posición el 30 de diciembre, después de 72 años el Sol llegara a ese punto de nuevo el 31 de diciembre. El sol ha perdido un día. Después de un lapso de 25.920 años, esta pérdida es tan grande, que el Sol ha descrito una revolución completa y una vez más ha vuelto al lugar que anotamos. Vemos por lo tanto que en 72 años, el Sol está un día detrás de las estrellas fijas. Ahora estos 72 años son aproximadamente el período de vida normal del Hombre, y está compuesto por 25,920 días.

Por lo tanto, cuando multiplicamos 72 años por 360, y consideramos que la duración humana de la vida es un día cósmico, tenemos la vida humana como un día del Macrocosmos. El hombre es exhalado, por así decirlo, del Macrocosmos; su vida es un día en el año macrocósmico.

De modo que esta revolución, este círculo descrito por la precesión de los Equinoccios, que indica el año macrocósmico, como ya lo sabían los egipcios hace miles de años (ya que consideraban este período de 72 años como muy importante), esta aparente revolución del punto de Vernal está conectada con la vida y la muerte del Hombre en el Universo, con la vida y la muerte, es decir, en el Macrocosmos. Y las leyes de la vida y la muerte del Hombre son algo que estamos obligados a seguir. Ya hemos encontrado cómo la nutación apunta a otro mundo; así como nuestro mundo de percepción de los sentidos apunta a un mundo, la nutación señala a otro, al mundo de la respiración. Y ahora, a través de lo que la astronomía actual llama ‘precesión’, tenemos algo que podemos llamar una transición, una transición esta vez a un estado de sueño profundo, una transición a otro más, a un tercer mundo. Tenemos así tres mundos, interpenetrados entre sí, interrelacionados; pero no debemos intentar simplemente combinar estos mundos desde el punto de vista de la causalidad. Tres mundos, un mundo tripartito, como el Hombre es un ser triple; uno, el mundo de los sentidos que nos rodea, el mundo que percibimos; un segundo mundo cuya presencia esta indicada por los movimientos de la Luna; y un tercero que se nos da a conocer por el movimiento del punto equinoccial, o podríamos decir, por el camino del Sol. Este tercer mundo de hecho permanece tan desconocido para nosotros como el mundo de nuestra propia voluntad es desconocido para nuestra conciencia ordinaria.

Por lo tanto, es importante buscar en todas partes las correspondencias entre el Microcosmos humano y el Macrocosmos. Y cuando hoy el Oriental, aunque sea de una manera decadente, busque adquirir conciencia de la respiración, como se hizo en la antigua sabiduría Oriental, es la manifestación del deseo de desviarse hacia este otro mundo que de otro modo solo se podría reconocer a través de la Luna, por así decirlo, que actúa en nuestro mundo. Pero en aquellos tiempos en que aún existía una sabiduría ancestral que venía al hombre de una manera diferente a la que tenemos hoy en día para buscar la sabiduría, en aquellos tiempos el hombre también sabía cómo ver este funcionamiento de las leyes internas en otras conexiones y correspondencias.

En el Antiguo Testamento, los Iniciados, que estaban familiarizados con estos asuntos, usaban siempre cierta ilustración o imagen: la imagen, a saber, de la relación entre la luz de la Luna y la luz del Sol. Esto también lo podemos encontrar en cierto sentido en los Evangelios, como les he mostrado recientemente.

Generalmente hablamos de que la luz de la Luna está reflejando la luz solar. Estoy hablando ahora en el sentido de la física, y tendré que mostrar más adelante que estas expresiones son realmente muy inexactas. La luz de la Luna representa en el Antiguo Testamento el poder de Iahvé o Jehová. Este poder fue concebido como un poder de reflexión, y los Iniciados, —aunque no por supuesto los rabinos ortodoxos del Antiguo Testamento— sabían: El Mesías, el Cristo vendrá, y Él será la luz solar directa. Iahvé es solo su reflejo anticipado. Iahvé es la luz solar, pero no la luz solar directa. Por supuesto, aquí estamos hablando no de la luz solar física, sino de la realidad espiritual.

Cristo entró en la evolución humana, Él había estado presente previamente solo en la reflexión, de manera indirecta en la forma de Jehová. Y surgió la necesidad de pensar en Cristo, que vivió en Jesús, como resultado de un conjunto de leyes diferente a las que pertenecen a la ciencia natural ordinaria. Pero si no admitimos este otro conjunto de leyes, si creemos que el mundo existe solo como el resultado de causa y efecto, entonces no hay lugar para Eso que llamamos el Cristo. Debemos preparar Su lugar mediante nuestro reconocimiento de tres mundos interpenetrantes. Luego se crea la posibilidad de poder decir: “puede ser que en este mundo de los sentidos todo esté relacionado a través de la ley de causa y efecto mantenida por la ciencia natural, pero otro mundo impregna a este, y a este otro mundo pertenece todo lo que ha sucedido en el mundo que tiene conexión con el Misterio del Gólgota”.

En nuestros tiempos, cuando el deseo de comprender estos asuntos se hace cada vez más manifiesto, es importante darse cuenta de que esta comprensión debe buscarse a través del reconocimiento de estos tres mundos interpenetrantes, que existen simultáneamente y son completamente diferentes unos de otros. Esto significa que debemos buscar no solo un sistema de leyes, sino tres; y debemos buscarlos dentro del Hombre mismo.

Si consideran bien lo que acabo de decir, verán que no servirá adoptar los métodos del sistema copernicano, simplemente dibujando elipses para mostrar el camino de Saturno, de Júpiter, de Marte, de la Tierra, de Venus y Mercurio y, por último, del Sol. Eso no es lo que se quiere en absoluto. Lo que se quiere es más bien mirar las leyes que están activas en los mundos que son físicamente perceptibles y ver cómo estas leyes son recortadas por un conjunto de leyes totalmente diferentes; y que especialmente la presente Luna, en su movimiento, presenta algo que de ninguna manera está relacionado causalmente con el resto del Sistema Estelar, como sería el caso si la Luna fuera miembro de ese Sistema, como los otros planetas. Sin embargo, la Luna debe ser referida a un mundo completamente diferente, que se inserta, por así decirlo, en el nuestro, y que indica el proceso de respiración de nuestro Universo, como que el Sol indica la interpenetración de nuestro Universo por el Éter.

Antes de que uno se dedique a la Astronomía, debe educarse en un sentido cualitativo con respecto a lo que se mueve en el espacio, con respecto a las cosas que son interdependientes en el espacio. Para uno debe estar bastante claro que la materia del Sol y cualquier otra materia —la materia de la Tierra, por ejemplo—  bajo ninguna circunstancia se puede llevar a una relación simple; porque la materia del Sol es, en comparación con la materia de la Tierra, algo que absorbe y chupa, mientras que esta última ejerce presión. Los movimientos que se expresan en nutación son movimientos que proceden del mundo astral, y no de cualquier cosa que se pueda encontrar en los principios de Newton. Es este newtonismo el que nos ha llevado tan lejos en el materialismo, porque se aprovecha de las abstracciones más extremas. Habla de una fuerza de gravitación. El Sol, dice, atrae a la Tierra, o la Tierra atrae a la Luna; existe una fuerza de atracción entre estos cuerpos, como un cable invisible. Pero si realmente no existiera más que esta fuerza de atracción, no habría motivo para que la Luna girara alrededor de la Tierra, o la Tierra alrededor del Sol; la Luna simplemente caería sobre la Tierra. Esto de hecho habría sucedido hace siglos, si solo estuviera actuando la gravitación; o la Tierra habría caído en el Sol. Por lo tanto, es completamente imposible para nosotros considerar solo la gravitación como medio para explicar los movimientos imaginarios o reales de los cuerpos celestes. Entonces, ¿qué hacen? ¡Veamos!: Aquí tenemos un Planeta imbuido con un deseo constante de caer en el Sol, suponiendo que solamente tuviéramos la ley de la gravitación. Pero ahora supondremos que a este Planeta en algún momento se le ha dado otra fuerza, una fuerza tangencial. Este ímpetu actúa con tal y tal poder, y la fuerza de gravitación actúa al mismo tiempo con tal y tal poder, de modo que eventualmente el planeta no cae en el Sol, sino que tiene que moverse a lo largo de una línea que resulta de ambas fuerzas .

Ven que la teoría de Newton considera necesario asumir algún tipo de ímpetu original, una especie de primer impulso en el caso de cada planeta, de cada cuerpo celeste en movimiento. Siempre debe haber algún Dios extra-mundano en alguna parte, que dé este ímpetu, que imparta esta fuerza tangencial. Esto siempre se presupone; y recuerden, esta suposición fue hecha en un momento en que habíamos perdido toda idea de poner lo material y lo espiritual en cualquier tipo de conexión, cuando éramos incapaces de concebir algo más que un “empujón” perfectamente externo.

Aquí tenemos un ejemplo de la incapacidad del materialismo para comprender la materia. En repetidas ocasiones les he llamado la atención sobre esto. Se sigue que, por lo tanto, el materialismo tampoco es capaz de entender los movimientos de la materia, y se ve obligado a dar una explicación bastante antropomórfica de ellos, imaginando a Dios como un ser con atributos totalmente humanos, que simplemente le da un empujón a la Luna y empuja a la Tierra. La Tierra y la Luna se “atraen” entre sí  —y he aquí, de estas dos fuerzas, el empuje y la atracción, tenemos sus movimientos en los cielos.

Es a partir de ideas de este tipo como se construye hoy el sistema solar. Pero para obtener una comprensión real del Universo es absolutamente necesario buscar la conexión entre lo que vive en el Hombre y lo que vive en el Macrocosmos. Pues el hombre es un microcosmos real en el macrocosmos. De esto hablaremos más mañana.

 

Traducido por Gracia Muñoz en febrero de 2018.

 

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GA219c4. Ritmos de la vida terrenal y espiritual. Amor, Memoria, Vida Moral.

Rudolf Steiner — Dornach, 15 de diciembre de 1922

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Vamos a recordar lo que les he estado explicando sobre las experiencias del hombre entre la muerte y un nuevo nacimiento. Las diversas descripciones nos han permitido saber que esta vida, sobre todo en su período principal, en el tiempo medio entre la muerte y el renacimiento, es tal que el hombre vive en comunión con los Seres mencionados en el libro “La Ciencia Oculta” como los Seres de las jerarquías superiores. Esta vida del hombre en comunión con esos Seres superiores es comparable con la vida que tiene aquí, cuando está en el cuerpo físico, en comunión con los seres de los tres reinos de la Naturaleza. Básicamente hablando, todo en su ambiente terrenal pertenece a uno de los tres reinos de la Naturaleza: el mineral, el vegetal y el reino animal, o incluso el reino físico humano, que en esta conexión particular puede considerarse como perteneciente al reino animal.

El hombre tiene sus sentidos y, a través de sus impresiones sensoriales, vive en comunión con los seres de los tres reinos de la Naturaleza. Lo que se desarrolla en su vida de sentimiento entre el nacimiento y la muerte, en la medida en que es el resultado de experiencias que surgen de su entorno, también está relacionado con estos tres reinos de la Naturaleza. Lo mismo se aplica a lo que proviene de la voluntad, a saber, la acción humana. Así, entre el nacimiento y la muerte, el hombre se entrelaza con lo que sus sentidos le transmiten de los tres reinos de la Naturaleza.

De la misma manera entre la muerte y un nuevo nacimiento, en el tiempo indicado arriba, el hombre vive en los reinos superiores, entre los Seres de las Jerarquías Superiores. Esta vida junto con los Seres de las Jerarquías es, en realidad, todo acción, perpetua actividad. Hemos escuchado cómo se produce la semilla espiritual del cuerpo físico en cooperación con estos Seres superiores. Aquí en la Tierra, cuando nos percibimos o nos conectamos con las entidades que pertenecen a los tres reinos de la Naturaleza, nos sentimos fuera de ellos. Pero existe una condición entre la muerte y un nuevo nacimiento donde nos encontramos totalmente dentro de los Seres de las Jerarquías Superiores; estamos completamente entregados a ellos. Esa es una de las condiciones en las que vivimos —imagínenlo claramente— aquí en la Tierra, cuando, por ejemplo, elegimos una flor, el hecho se describe correctamente diciendo: “Escojo esta flor”. Pero si esta forma de hablar se aplicara a nuestra vida junto con los Seres de las Jerarquías Superiores, los hechos no se expresarían correctamente. Cuando hacemos algo en relación con estos Seres, debemos decir: este Ser actúa en nosotros. Por lo tanto, estamos en una condición que nos obliga todo el tiempo a no llamar a la actividad —en la cual, por supuesto, nosotros mismos participamos— nuestra propia actividad, sino la actividad de los Seres de las Jerarquías en nosotros. En verdad, tenemos una conciencia cósmica. Así como aquí sentimos el corazón, los pulmones y demás, dentro de nosotros, también sentimos que el mundo está dentro de nosotros, pero es el mundo de los Seres de las Jerarquías Superiores. Todo lo que ocurre es el resultado de una actividad en la que nosotros también estamos involucrados; pero para describir los hechos correctamente deberíamos decir: tal y tal Ser de las Jerarquías Superiores está actuando en nosotros.

Ahora la condición así descrita es solo una de las condiciones que se obtienen entre la muerte y un nuevo nacimiento. No podríamos ser hombres en el verdadero sentido si solo viviéramos en esta única condición. En el mundo espiritual entre la muerte y el renacimiento no podríamos ser capaces de soportar esta condición así como aquí en la Tierra no podríamos soportar la respiración sin exhalar. La condición que acabo de describir debe alternar con la otra, que consiste en borrar a través de nuestra conciencia cósmica todo pensamiento y sentimiento acerca de los Seres de las Jerarquías Superiores, borrando también toda voluntad que trabaje de esta manera en nosotros desde los Seres de las Jerarquías.

Por lo tanto, podemos decir que hay momentos durante la vida entre la muerte y el nuevo nacimiento donde nos encontramos penetrados hasta la médula por los Seres de las Jerarquías Superiores y su resplandor. Los sentimos dentro de nosotros mismos. Pero hay otra condición, en la que primero suprimimos y después borramos por completo, esta conciencia de los Seres Superiores manifestándose en nosotros. Entonces, para usar términos terrenales, estamos “fuera de nuestro cuerpo”, la condición es por supuesto completamente espiritual, pero permítanme ponerlo de esta manera: estamos fuera de nuestro cuerpo. En esta condición, no sabemos nada del mundo que vive dentro de nosotros, pues estamos por así decirlo en la condición de ‘vuelvo a mi mismo’. Ya no vivimos en los otros Seres de las Jerarquías, sino que vivimos totalmente en nosotros mismos. Entre la muerte y un nuevo nacimiento, nunca deberíamos tener conciencia de nosotros mismos si viviéramos solo en una condición. Al igual que aquí en la Tierra, la inspiración debe alternar con la exhalación, o dormir con la vida despierta, así entre la muerte y un nuevo nacimiento debe haber una alternancia rítmica entre la experiencia interior del mundo de las Jerarquías dentro de nosotros y otra condición en la que nos retiramos a nosotros mismos.

Ahora, en cierto sentido, toda la vida terrenal es el resultado de lo que hemos experimentado en la existencia preterrenal entre la muerte y un nuevo nacimiento. Como recordarán, les he dicho cómo incluso las facultades en la vida terrenal del hombre como caminar, hablar y pensar son transformaciones de ciertas actividades en la existencia preterrenal. Hoy enfocaremos nuestra atención más específicamente a la vida del alma.

Lo que experimentamos en la existencia preterrenal al trabajar junto con los Seres de las Jerarquías Superiores deja en nosotros una herencia para nuestra vida terrenal, una tenue sombra de esta comunión con las Jerarquías. Si entre la muerte y un nuevo nacimiento no tuviéramos tal comunidad de vida con los Seres de las Jerarquías, no podríamos desarrollar, aquí en la Tierra, el poder del amor. El poder del amor que desplegamos aquí en la Tierra es, por supuesto, solo un reflejo tenue, una sombra de nuestra comunión con los Seres Espirituales de las Jerarquías Superiores entre la muerte y un nuevo nacimiento, pero es un reflejo de esa comunión. Que aquí en la Tierra podamos desplegar el amor humano, la comprensión hacia otro ser humano, se debe al hecho de que entre la muerte y un nuevo nacimiento pudimos vivir en comunión con los Seres de las Jerarquías Superiores.

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La visión científico-espiritual nos permite percibir lo que les sucede a aquellos que en vidas terrenales anteriores adquirieron poca aptitud —en breve hablaremos de cómo se adquiere—  para convivir durante el período apropiado después de la muerte con los Seres de las Jerarquías, en ciertos estados enteramente entregados a ellos. Tales hombres aquí en la Tierra son incapaces de desplegar el amor en el que hay una fuerza real, incapaces de desplegar ese amor que todo lo abarca y que se expresa con el poder de comprender al otro. Podemos decir con verdad: es entre los Dioses, en la existencia preterrenal, que adquirimos el don de observar a nuestro prójimo, de percibir cómo piensa y cómo se siente, de comprenderlo con simpatía interior. Si nos viéramos privados de esta relación con los dioses —como de hecho se puede llamar— nunca seriamos capaces de desplegar aquí en la Tierra ese conocimiento de otros seres humanos, el único que hace de la vida terrenal una realidad.

Cuando en relación con esto hablo de amor, y especialmente del amor humano que todo lo abarca, deben pensar que el amor tiene este significado real y concreto; deben pensar que es una comprensión genuina e íntima del otro hombre. Si al amor omnímodo de la humanidad se le agrega esta comprensión del prójimo, tenemos todo lo que constituye la moralidad humana. Pues la moralidad humana en la Tierra —si no se expresa meramente en frases vacías o en conversaciones refinadas o en resoluciones que no se llevan a cabo posteriormente— depende del interés que un hombre tenga por el otro, de la capacidad de ver al otro. Aquellos que tienen el don de comprender a otros seres humanos recibirán de este entendimiento los impulsos para una vida social impregnada de verdadera moralidad.

Entonces también podemos decir: todo lo que constituye la vida moral en la existencia terrenal ha sido adquirido por el hombre en la existencia preterrenal; de su comunión con los Dioses, ha permanecido en él el impulso de desarrollar, en el alma de todos modos, una comunidad en la Tierra también. Y es el desarrollo de una vida en la que un hombre, junto con el otro, cumple las tareas y la misión de la Tierra —es esto solo lo que en realidad lleva a la vida moral en la Tierra. Así vemos que el amor y el resultado del amor, la moralidad, es en realidad una consecuencia de lo que el hombre ha experimentado espiritualmente en la existencia preterrenal.

Ahora pensemos en la otra condición en la vida entre la muerte y el renacimiento, cuando la conciencia del hombre de la comunión con los Seres de las Jerarquías Superiores se ha atenuado, cuando, como en el sueño terrenal, las impresiones del entorno son silenciadas, cuando la comunión deliberada con los Seres superiores cesa y el hombre “vuelve en sí”. Esta condición también tiene una consecuencia, un eco, un patrimonio, aquí en la vida terrenal, y este patrimonio es la facultad de la Memoria.

La posibilidad de que tengamos experiencias en un momento definido y después de un lapso de tiempo, extraer de la profundidad de nuestro ser algo que trae imágenes de estas experiencias a nuestra conciencia —esta facultad de la memoria que es tan necesaria en nuestra vida terrenal, es un reflejo tenue, una sombra, de nuestro estado independiente de vida en el mundo espiritual. Aquí en la Tierra solo podríamos vivir el momento que pasamos en nuestra vida pasada solo unos pocos años después del nacimiento, si entre la muerte y el nuevo nacimiento no hubiéramos podido emerger, por así decirlo, de la vida universal para estar completamente solos, solos en nosotros mismos.

Mientras dormimos aquí en la Tierra, nuestros cuerpos físico y etérico están en la cama; nuestro cuerpo astral y nuestro yo están fuera de los ambos cuerpos, entonces están en condiciones de experimentar —inconscientemente, es verdad— el ambiente anímico espiritual. El hombre está inconsciente entre el dormir y el despertarse. Sin embargo, como ya he dicho, realmente tiene experiencias durante el sueño, algunas de las cuales también he descrito. Pero no entran en el campo de la conciencia, y en la vida terrenal esto es necesario. ¿Cuál es el motivo?.

Si desde el momento de dormirse hasta el de la vigilia experimentamos lo que hacemos, de hecho, experimentamos con nuestro yo y con nuestro cuerpo astral, con tanta fuerza e intensidad que somos capaces de llevarlo a la conciencia, entonces, cada vez que estamos despiertos también deberíamos querer impresionar en los cuerpos físicos y etéricos, lo que experimentamos en el sueño; deberíamos querer hacer que nuestro cuerpo físico y nuestro cuerpo etéreo se conviertan en algo diferente de lo que son. Quien tiene conocimiento de lo que se experimenta entre el dormirse y el despertarse, debe acostumbrarse a un acto de renuncia. Debe poder decirse a sí mismo: “Me abstendré del deseo de presionar lo que experimento con mi yo y mi cuerpo astral durante el sueño en el cuerpo físico y etérico, porque en la vida terrenal estos cuerpos no podrían soportarlo”.

Es bastante posible hablar de manera grotesca sobre estas cosas, de hecho les puede parecer casi cómico, aunque lo que se dice se entienda muy en serio. Durante el sueño, el hombre de hecho experimenta imágenes del Cosmos. Debido a esto, continuamente se siente tentado, como resultado de su sueño, a darse, por ejemplo, un semblante diferente. Si lo que de hecho no llega a su conciencia pudiera elevarse, siempre estaría deseando cambiar su rostro, porque el rostro que realmente tiene le recordaría constantemente las faltas de antiguas vidas terrenales. Por la mañana, antes de despertar, en realidad hay una gran necesidad en el hombre de hacer con el cuerpo físico algo así como revestirlo. Quien tenga conocimiento de esto debe abstenerse conscientemente de ceder ante el impulso; de lo contrario, caería en una condición completamente desorganizada; perpetuamente estaría tratando de cambiar todo su organismo, especialmente si en un aspecto u otro no es muy saludable, o si algo está mal en él.

Pero durante la vida entre la muerte y un nuevo nacimiento lo experimentamos tan conscientemente, que esta conciencia conduce a la formación y configuración de nuestro próximo cuerpo físico. Si esto fuera hecho solo por nosotros, no le daríamos la forma al cuerpo físico de acuerdo con nuestro karma. Sin embargo, lo formamos realmente junto con los Seres de las Jerarquías Superiores, Seres que vigilan nuestro karma. Y así obtenemos los ojos, la nariz, etc., que con toda probabilidad no nos habríamos dado, si nos hubiera sido concedido. Porque hay ciertos momentos entre la muerte y un nuevo nacimiento cuando somos intensamente egoístas —precisamente en esos momentos en que la conciencia de nuestra conexión con los Seres de las Jerarquías Superiores se ha atenuado— que nuestras experiencias son entonces tan fuertes e intensas que, a partir de las fuerzas que contienen, podemos formar el cuerpo físico; y de hecho, lo formamos.

Esta es una experiencia de tal intensidad que contiene en ella la semilla de la creación actual. Entonces, a través del hecho de que está muy atenuado en la vida terrenal, tiene efecto en parte como amor terrenal y en parte como la facultad del recuerdo, como memoria.

Aquí en la Tierra, el hecho de que nos sintamos dentro de un yo, depende de la memoria. Si viviéramos solo en el presente y no tuviéramos recuerdos, nuestro yo no tendría coherencia interna. De hecho, como he dicho a menudo, no deberíamos poder sentirnos con un yo fuertemente marcado en absoluto. Pueden entender cómo la memoria se convierte en una facultad terrenal similar a la sombra. Surge a través del hecho de que en la existencia preterrenal, en el mundo espiritual, está presente una facultad de tremendo poder  —la facultad por la cual en esos períodos en que “volvemos a nosotros mismos” preparamos nuestro cuerpo de acuerdo con las instrucciones recibidas de los Seres de las Jerarquías Superiores, cuando, en el otro estado de la existencia, vivíamos en unión con ellos.

Esta facultad trabaja, al principio, como una fuerza formativa, en nuestro cuerpo. En el niño, siempre que no tenga la conciencia que le lleva a la memoria —es decir, en el período más temprano de la infancia— esta fuerza creativa entra y trabaja con más ahínco con las fuerzas del crecimiento. Entonces, algo que es más sutil, más enrarecido, es como si se separara de estas potentes fuerzas y esta es la facultad humana de la memoria.

El hecho de que aquí en la Tierra también, el hombre viva principalmente en sí mismo, está nuevamente conectado con esta facultad de la memoria. La memoria también está muy relacionada con el egoísmo humano, por un lado, y, por el otro, con la libertad humana. La libertad se convertirá en realidad en el ser humano en cuya vida en la Tierra hay un verdadero eco de lo que se experimenta en la existencia preterrenal como una especie de ritmo: es decir, sentirse unido a los Seres de las Jerarquías, liberarse, y entrar en unión nuevamente, y así sucesivamente. Aquí en la Tierra las experiencias se expresan, no como un ritmo, sino como dos facultades humanas coexistentes: la facultad del amor y la facultad de la memoria. Pero un cierto patrimonio de este ritmo en la existencia preterrenal puede permanecer con el hombre. Si esto es así, también en la vida terrenal, en él se establecerá la verdadera relación entre la memoria y el amor. Él podrá, por un lado, desarrollar comprensión, comprensión amorosa hacia otros hombres. Y, por otro lado, desde su experiencia del mundo junto con otros seres humanos, su propio pensamiento recordatorio contribuirá a su propio desarrollo, al fortalecimiento de su propia naturaleza.

Una verdadera relación de este tipo puede permanecer como un legado del ritmo que es esencial en la existencia preterrenal. Pero la verdadera relación también puede estar alterada. Puede ser, por ejemplo, que un hombre solo esté dispuesto a guiarse por lo que él mismo ha experimentado. Este rasgo se acentúa mucho cuando el hombre tiene poco interés en lo que otros experimentan, poca facultad de mirar dentro de los corazones y las mentes de otros, cuando su interés se limita casi por completo a lo que gradualmente se acumula en su propia reserva de recuerdos. De nuevo, esto está íntimamente conectado con su yo, y así se intensifica el egoísmo.

Tal hombre se “desencaja” de sí mismo, porque le falta la verdadera relación que existe entre la muerte y el renacimiento; un cierto ritmo no está allí. Y al mismo tiempo, cuando un hombre solo se interesa en lo que se amontona en su propia alma, cuando todo el tiempo se preocupa solo de si mismo, entonces se vuelve cada vez menos apto —si puedo decirlo así— para las experiencias entre la muerte y un nuevo nacimiento. Al interesarse solo en sí mismo, el hombre se aparta, en cierto sentido, de la comunión con los Seres de las Jerarquías Superiores.

Un hombre en quien el amor y la memoria están justamente interrelacionados desarrolla el sentimiento de la verdadera libertad humana en lugar de la introspección egoísta. Porque en otro aspecto, este sentimiento de libertad humana también es un eco del surgimiento de la comunión con los Seres de las Jerarquías Superiores entre la muerte y un nuevo nacimiento.  La sensación de libertad es la consecuencia saludable de esa emergencia; el egoísmo es la consecuencia malsana. Y como la vida junto con los Seres de las Jerarquías Superiores entre la muerte y un nuevo nacimiento es la base de la moralidad del hombre en la Tierra, la necesaria emergencia de la vida en comunión con ellos es a la vez la base de la inmoralidad de la Tierra. Por lo tanto, el necesario surgimiento de la vida en comunión con ellos es al mismo tiempo la base en la Tierra de la inmoralidad de los hombres, de su separación entre sí, de las acciones de parte de uno que trasciende las acciones del otro, y etcétera. Porque esto está en la raíz de toda inmoralidad. Entonces, ven que es necesario que el hombre sea consciente de que lo que puede aparecer aquí en la Tierra como algo perjudicial, tiene un significado definido para los mundos superiores. También en la Tierra, el aire que inhalamos es saludable, mientras que el aire que exhalamos no es saludable, es capaz de generar enfermedades, ya que en realidad exhalamos ácido carbónico. Así también, lo que subyace en la inmoralidad aquí en la Tierra es algo que es necesario para nuestra experiencia en el mundo espiritual.

Estas conexiones deben estudiarse porque, en efecto, la moralidad y la inmoralidad no pueden explicarse realmente a la luz de las condiciones terrenales. Cualquiera que intente tales explicaciones estará inevitablemente en el camino equivocado. Porque el hecho de que el hombre sea moral o inverso, se relaciona, en su vida anímica con el mundo suprasensible. Y podemos decir: al dirigir las mentes de los hombres hacia el estudio de esta relación con el mundo espiritual, la Ciencia Espiritual ha hecho posible, por primera vez, adquirir una base para comprender lo moral. Para una visión del mundo que solo reconoce la validez de la ciencia que trata con el mundo de la Naturaleza, la moral solo puede consistir en ilusiones que surgen de los procesos de la Naturaleza que se supone que también siguen su curso en el hombre.

Supongamos por un momento que la nebulosa cósmica de Kant Laplace, con sus fuerzas y leyes mecánicas, realmente constituyó el comienzo de la existencia de la Tierra; supongamos que de estas nebulosas giratorias, a través del funcionamiento de las leyes neutrales de la Naturaleza, hubieran surgido los reinos de la existencia terrenal, y finalmente el Hombre. Si eso fuera así, los impulsos morales del hombre serían meros sueños. Porque todo lo que él llama moral pasaría cuando, de nuevo de acuerdo con las leyes mecánicas, la Tierra llegara a su fin. Ninguna vindicación de la realidad de la vida moral puede surgir de tal visión del mundo si se lleva honestamente a sus conclusiones. La reivindicación de lo moral solo puede resultar cuando, como en la Ciencia Espiritual antroposófica, se revelan esos reinos de la existencia donde lo moral es tanto una realidad como el mundo de la Naturaleza es una realidad aquí en la vida entre el nacimiento y la muerte. A medida que las plantas crecen y florecen aquí, entre la muerte y un nuevo nacimiento, se desarrollan ciertas actividades cuando el hombre está entre los Dioses. Estas actividades son el elemento moral en su realidad, la realidad del elemento moral. En ese ámbito, lo moral tiene realidad, mientras que en la Tierra solo hay un reflejo de esa realidad. Pero el hombre, debemos recordar, pertenece a ambos mundos. Por lo tanto, para él, si puede percibir estos hechos a la luz de la Ciencia Espiritual, el mundo moral tiene realidad, pero el conocimiento de esta realidad nunca puede derivarse de la existencia física.

Aquí tienen una razón por la cual es necesario que el hombre adquiera comprensión de la Ciencia Espiritual. Sin la Ciencia Espiritual, no podría ser honesto con su conocimiento. Él no podría atribuir honestamente la realidad al mundo moral, porque no está dispuesto a investigar el reino donde yace esa realidad. Es de tremenda importancia entender una frase como esta de la manera correcta. Pero aún hay otro aspecto en el que quiero enfatizar cuán necesario es para el hombre el conocimiento que se puede obtener a través de la Ciencia Espiritual. Aquí de nuevo tendremos que volvernos a las realidades del otro mundo.

Cuando ya logramos el conocimiento imaginativo —el conocimiento que nos permite vivir en el mundo etérico en lugar de hacerlo en el mundo físico, donde en vez de cosas físicas percibimos las actividades (las actividades que están) en el éter— y cuando esto se logra, el espacio tridimensional tal como está en la Tierra se aleja de nuestro campo de experiencia. Hablar de un espacio tridimensional no tiene ningún significado, porque estamos viviendo en el tiempo. Por lo tanto, desde otros puntos de vista he hablado del cuerpo etérico como un organismo del tiempo. He dicho, por ejemplo, que aquí, en el organismo espacial, tenemos la cabeza y, digamos, la pierna; y si picamos o nos cortamos la pierna, la cabeza lo sentirá. Espacialmente, en este cuerpo espacial, un órgano está conectado con los demás. Entonces en el cuerpo del tiempo que consiste en procesos —procesos donde todo lo que yace en los fundamentos más profundos de nuestra naturaleza humana entre el nacimiento y la muerte está involucrado— cada detalle está conectado con todos los demás.

Recordarán que en las conferencias sobre educación, he dicho que si a cierta edad en la niñez hemos aprendido a tener reverencia, este poder de reverencia se transforma en años posteriores en un poder de gentileza y bendición que puede transmitirse a otros hombres. Por otro lado, aquellos que en su niñez nunca fueron capaces de venerar de la manera verdadera no pueden desplegar este poder para bendecir en la vida posterior. Así como en el organismo espacial, el pie o la pierna está conectado con la cabeza,  la juventud está conectada con la vejez y la vejez con la juventud. Es solo para la visión física externa que el mundo fluye en una dirección, del pasado al futuro. Para una visión más elevada también existe el flujo inverso, del futuro al pasado. Es en esta corriente, como ya he descrito, en la que entramos después de la muerte, viajando hacia atrás.

En el organismo del tiempo, todo está interconectado. Si el organismo espacial como un todo debe estar en orden, no puedes eliminar los órganos esenciales de él. No puedes, por ejemplo, eliminar una parte considerable de tu rostro sin arruinar todo el organismo. Del mismo modo, no puedes eliminar nada del hombre que siga su curso en el tiempo. Imaginen que en el organismo espacial, en el lugar donde están los ojos, hubiera un crecimiento bastante diferente: en lugar de ojos, algún tipo de tumor. Entonces no podrían ver porque los ojos están situados en un lugar definido en el organismo espacial y también en el organismo del tiempo —y ahora me refiero no solo al organismo del tiempo entre el nacimiento y la muerte, sino también al organismo del tiempo en el hombre que va más allá de todos los nacimientos y muertes— en este organismo del tiempo se incorpora todo lo que existe entre el nacimiento y la muerte y que en esta vida se desarrolla a través de conceptos, ideas, imágenes mentales, de un mundo espiritual. Y lo que así se desarrolla son los ojos para contemplar la existencia suprasensible. Si entre el nacimiento y la muerte no se desarrolla el conocimiento del mundo suprasensible, esto significará ceguera en la vida en el mundo suprasensible entre la muerte y el nuevo nacimiento, así como la ausencia de ojos significa ceguera en el organismo espacial. El hombre pasa por la muerte incluso si en la Tierra no adquiere ningún conocimiento del mundo suprasensible; pero entra entonces en un mundo donde no ve nada, donde solo puede andar a tientas.

Esta es la experiencia agonizante que es el corolario natural de la era materialista para alguien que tiene una verdadera percepción de la Ciencia de la Iniciación hoy. Él ve cómo los hombres en la Tierra caen en el materialismo; pero también sabe lo que significa este lapso para la vida espiritual. Él sabe que significa la erradicación de los ojos, que en la existencia que les espera después de la muerte, los hombres solo podrán andar a tientas. En la antigüedad, cuando existía un conocimiento instintivo del mundo suprasensible, los hombres pasaban por la puerta de la muerte y podían ver. Ese antiguo conocimiento instintivo suprasensible ahora está extinto. Hoy, el conocimiento espiritual debe ser adquirido conscientemente, el conocimiento espiritual, digo, no la clarividencia. Como siempre he enfatizado, la clarividencia también se puede lograr, pero eso no es lo esencial aquí. Lo esencial es que lo que se descubre a través de la investigación clarividente se entienda —como se puede entender— por la razón humana ordinaria, la razón humana sana. La clarividencia es necesaria para investigar estas cosas, pero no es necesaria para adquirir la facultad de ver en el mundo suprasensible después de la muerte. Y cualquiera que declare que el conocimiento ordinario adquirido a través de la sana razón humana no le da ojos para una existencia suprasensible, sino que para esto necesita clarividencia: cualquiera que hable así podría declarar que el hombre no puede pensar a menos que sus ojos piensen. Tan poco como en la vida física, necesitamos los ojos para pensar, el conocimiento de los mundos suprasensibles necesita clarividencia para los propósitos que estoy indicando hoy.

Naturalmente, no habría conocimiento suprasensible en la Tierra si no hubiera clarividencia; pero incluso el vidente debe hacer inteligible de la manera ordinaria lo que ve en lo suprasensible. No importa cuán poderosa sea la facultad clarividente de un hombre en la vida terrenal, por más clara que sea su visión del mundo espiritual, si fuera demasiado fácil para traer a la forma de ideas lógicas e inteligibles lo que ve en el mundo espiritual, aún estaría cegado en el mundo espiritual después de la muerte.

Lo que constituye el gran sufrimiento para alguien que tiene una idea de la Ciencia Espiritual moderna es que debe admitir: el materialismo hace a los hombres ciegos cuando pasan por la puerta de la muerte. Y aquí de nuevo hay algo que demuestra lo significativo que es para toda la existencia cósmica si el hombre de hoy se inclina hacia el conocimiento suprasensible o no. El momento en que es esencial para él ha llegado; el mismo progreso de la humanidad depende de que el hombre adquiera el conocimiento suprasensible.

 

Traducido por Gracia Muñoz en diciembre de 2017.