La evolución en el Antiguo Sol

Del libro Isis Sophia II – Willi Sucher

English version (pág.52.)

En primer lugar, los logros del antiguo Saturno tuvieron que recapitularse. Según nuestras explicaciones anteriores, podemos asociar este primer ciclo del Antiguo Sol con la constelación de Piscis. En Piscis vimos la etapa final del Antiguo Saturno, el momento cósmico en el que la imagen humana se desarrolló como una potencialidad, en la medida en que podría desarrollarse en ese momento. Hasta este punto, el pasado tuvo que recapitularse en el Antiguo Sol, y esta fue la primera “ronda” o “condición de vida” de ese universo.

Partiendo de este estadio, el desarrollo del Antiguo Sol cobró un nuevo giro. Aquellas imágenes calóricas del Antiguo Saturno que tuvieron que ser evocadas nuevamente, fueron permeadas con vida. La entidad suprasensible que es el fundamento de la vida en lo físico, se percibe mediante la percepción espiritual como un campo u organismo de fuerzas. También podemos decir que ahora, las imágenes físicas fueron permeadas por un cuerpo etérico.

Sabemos que los Espíritus de la Sabiduría o Kyriótetes, ya habían intentado impregnar con vida a la substancia volitiva proveniente de los Tronos, pero dicha substancia no se hallaba en condiciones de absorberla en aquel entonces. Ahora, en el Antiguo Sol, los Espíritus de la Sabiduría habían alcanzado un grado más elevado de su capacidad, y se vieron capacitados para realizar un sacrificio semejante al de los Tronos. De este modo fue como se creó el cuerpo etérico, que comenzó a impregnar las imágenes físicas humanas.

Este segundo aspecto de la primera ronda o ciclo de Antiguo Sol puede verse rememorado o impreso en la actual constelación de Virgo. Por ende, podemos percibir a este primer ciclo como un desarrollo que va desde Piscis a Virgo. Debe enfatizarse una vez más el hecho de considerar a los ciclos o revoluciones cósmicas recorriendo el zodíaco completo. Sus culminaciones hemos de buscarlas en las constelaciones correspondientes.

El símbolo tradicional para Virgo es (♍), pero ya fue sugerido previamente que puede leerse este signo de una manera nueva, como muestra la fig. 28-29. El símbolo de la figura 29 sugiere el nacimiento de un nuevo principio desde una entidad matriz, algo que vemos ocurrir ciertamente durante el primer ciclo del Antiguo Sol. A esto debemos añadir el símbolo de la constelación de Piscis.

fig.27

Las siete rondas del Antiguo Sol pueden contemplarse como representadas por las constelaciones de Virgo, Leo, Cáncer, Géminis, Sagitario, Escorpio y Libra. Ellas aportan un aspecto más interior, los puntos de vista de lo que sucedió con la criatura. En términos generales, las constelaciones que están en la parte opuesta del zodíaco presentan el aspecto cósmico de aquellos sucesos.

En este sentido, Piscis es el trasfondo de la impregnación vital de la criatura. Los Peces representan una polaridad (fig. 27) Pero se trata de una polaridad diferente a la de Géminis. Ellos representan el comienzo y el final, y de aquí que entre ellos se repita lo que de otro modo está desplegado en el espacio y en el tiempo. Son la clave de toda evolución, del destino del mundo. La divinidad que actúa por medio de ellos estableció una transformación constante (en términos terrestres, esto puede llamarse como muerte) cuya manifestación externa es la vida. En Virgo, los principios de comienzo y del final se unen. El Hijo, el futuro, yace en el vientre de la Madre.

¿Qué significa que un cuerpo etérico o vital fuera agregado a la imagen física humana? Podemos percibir las manifestaciones de la vida solamente en lo físico. Por ejemplo, vemos que una planta, un animal o un ser humano están vivos pero, hasta allí donde los sentidos pueden penetrar los objetos, no podemos hallar el principio que causa el crecimiento, etc. Este principio posee un carácter suprasensorial, que en cierto modo interfiere en las leyes químicas y físicas de la materia mineral. Obviamente, fuerza a la materia a desarrollarse contrariamente a la gravedad. Al menos durante el período de vida de un ser viviente, impide los procesos químicos entrópicos y demás.

En realidad, nos encontramos tan sólo dentro del reino de la manifestación de las fuerzas vitales. Por ejemplo, no es mayormente correcto decir que tenemos una planta viva frente a nosotros. Ciertamente percibimos una parte de ella, pero al instante siguiente ya ha modificado su forma, porque los procesos de crecimiento alteran constantemente su consistencia y su forma. Solamente si pudiéramos ver el ciclo total de la planta en un instante, de una semilla a la próxima, entonces podríamos hablar realmente sobre una percepción de la planta viva. Esta idea nos conduce hacia un aspecto interesante de las fuerzas vitales en la naturaleza.

La vida no puede manifestarse a sí misma a menos que tome posesión de la materia mineral. En términos generales, el espíritu está inherente en ella. El espíritu se expresa a sí mismo en la materia cristalina como una entidad formatriz geométrica. Aquí, el espíritu ha descendido hasta el nivel más inferior de la incorporación. Obviamente, ha llegado al final de una cierta actividad. El amalgamado de la pura materia y el espíritu a modo de ‘inteligencia geométrica’ queda sometido a las fuerzas vitales en el ser vivo. Es necesario un tipo de cualidad ‘caída’ para que las fuerzas suprasensibles superiores –fuerzas vitales en este caso- hallen la posibilidad de manifestar la vida.

Esto es lo que aconteció en el Antiguo Sol. Una parte de calor que surge al recapitularse los hechos del Antiguo Saturno, no fue capaz de adquirir un cuerpo vital. De un modo u otro se vio rechazada, y no pudo participar del curso normal de la evolución; quedó ‘rezagada’. Esto dio motivo al surgimiento de un segundo reino además del humano.

La humanidad del Antiguo Sol consistió parcialmente de una substancia calórica ‘rezagada’, pero esto permitió el surgimiento de otra cosa. Una parte del calor se densificó en aire o gas. Aquí vemos indicado el proceso de descenso o ‘caída’ desde la esencia espiritual original en la materia que fue mencionada previamente. Gracias a esto fue posible que un principio superior –el cuerpo vital o etérico- actuara desde el interior del hombre. Pudo hallar una base de acción. El éter sacrificado por los Espíritus de la Sabiduría consistía en luz o éter lumínico, en términos científico-espirituales. De aquí que se hable de un Antiguo Sol, porque desde los inicios en el Antiguo Saturno, aparece por primera vez un universo que brilla como si fuese un Sol.

Estos acontecimientos pueden resumirse en el siguiente diagrama:

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Ahora debemos imaginar a los Espíritus de la Sabiduría ubicados en el centro de aquel universo. Desde el Antiguo Saturno, sus capacidades y virtudes se habían desarrollado hasta un grado tal que les volvió capaces de irradiar luz interior. Esta luz compenetró la esfera del universo solar. Otros seres, de los cuales hablaremos más tarde, reflejaban esa luz hacia el centro. Originalmente, había sido irradiada por los Espíritus de la Sabiduría. Era parte de su esencia espiritual. Ahora, al verla reflejada luego de haberse separado de ellos, se convirtió en una entidad externa. Es en aquel momento que nace el espacio. Los rayos de luz sugieren el concepto de una dirección espacial, el principio del espacio.

Todoesto tuvo lugar mayormente durante el primer ciclo de la evolución del Antiguo Sol. Una contemplación por sobre estos detalles puede ayudarnos a investigar más profundamente el enigma de las fuerzas vitales. En aquella luz, que primeramente fue esencia espiritual de los Espíritus de la Sabiduría y luego fuera traspuesta externamente, tenemos obviamente a la imagen del actuar de las fuerzas etéricas cósmicas. Podemos explicar esto por medio del siguiente diagrama (fig. 30) Si consideramos la órbita de un planeta, entonces nos estamos confrontando con una entidad invisible en el cielo. El planeta visible describe solamente la órbita y va ocupando cada uno de los puntos en el curso del tiempo. Hemos tomado como ejemplo la órbita de Mercurio a lo largo de un año. Por supuesto que estamos al corriente de que lazos y demás representan sólo un aspecto puramente observatorio desde la Tierra.

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Estas órbitas existieron antes de que los planetas fueran visibles, de acuerdo con los hechos descritos por la ciencia espiritual. Los cuerpos planetarios fueron creados mucho más tarde. Luego siguieron las órbitas correspondientes, que indican la esfera espiritual de los planetas. En las esferas moran los seres jerárquicos que ponen en movimiento a los cuerpos celestes. Esto era reconocido en los tiempos griegos todavía, y la ciencia espiritual moderna los vuelve a considerar como un hecho.

La órbita de Mercurio (fig. 30) comprende el movimiento del planeta visible durante el curso de casi un año. Los lazos y la intervención de las conjunciones superiores indican una actividad respiratoria de la esfera, una alternancia entre contracción y expansión. Los varios estadios de la esfera, marcados por las posiciones del planeta año tras año, son imitados, por ejemplo, por los ciclos anuales de la existencia vegetal en la Tierra (leves modificaciones del ritmo planetario no precisan ser tomados en consideración aquí) Hasta cierto punto, los tres ritmos anuales de expansión y contracción de la esfera de Mercurio aparece reflejada en tres estadios del ciclo vegetal: 1) germinación y crecimiento, 2) floración y fructificación y 3) decline de la planta madre y el yacer de la simiente en el suelo.

En ambos casos, el del ciclo vegetal y el planetario, puede percibirse una manifestación del principio interior invisible del éter cósmico. Actúa dentro de la totalidad de la esfera celeste, cuya esfera individualizada es el planeta. Gracias a una densificación puntual en las esferas planetarias fue que los planetas se manifestaron, incluida la Tierra.

Así llegamos a la conclusión de que la esfera celeste, individualizada a partir de las esferas planetarias, es la fuente de la vida o fuerza etérica. Toda manifestación de la vida es una imitación de los ritmos y acontecimientos de la esfera. Pudo verse además a la esfera como arquetipo del espacio que se manifestó en el Antiguo Sol, cuando la dádiva luminosa de los Espíritus de la Sabiduría fue reflejada desde la periferia hacia el centro. Dicha luz de los Espíritus de la Sabiduría era vida creativa que tomó posesión de la ‘materia solar’ y la moldeó.

Todo esto tuvo lugar durante el primer ciclo del Antiguo Sol. Puede verse inscrito en la constelación de Virgo, que aparece descrita en los antiguos mapas estelares como una mujer sosteniendo una espiga de granos, indicando así su asociación con el crecimiento y la fructificación. En un sentido moderno, podemos interpretar a Virgo como la imaginación de la ‘mujer en el cielo’ mencionada en las Revelaciones de San Juan XII. Oímos que ella está ‘vestida de Sol, con la Luna a sus pies y en su cabeza lleva una corona de doce estrellas’. Ella es considerada como el alma del mundo que abarca a todo el cosmos, la esfera que es la fuente de las fuerzas vitales. ‘Y ella dio luz a un niño, quien gobernará todas las naciones’. A través de ella, la vida del cosmos es sacrificada para que la nueva vida se manifieste. Este aspecto de la constelación de Virgo representa al gran acto del fluir de las fuerzas vitales en el Antiguo Sol, apuntando hacia estadios evolutivos futuros similares, pero a un nivel superior. Según indicaciones en las antiguas representaciones egipcias de las constelaciones celestes, los egipcios habrían reconocido a Isis nutriendo a Horus en Virgo o en sus cercanías.

Desde otro ángulo, estos elevados misterios de la constelación de Virgo se corroboran vívidamente. Fue mencionado previamente que Virgo está conectado con la región intestinal, por debajo del diafragma. Esta es la región en donde el alimento finalmente se disuelve por completo. Aquí aparece como la parte del organismo que es fuente de energía. Esta disolución puede parecer contradictoria a los acontecimientos pasados de Virgo. Pero se trata de la creación de vida nueva a niveles superiores, es decir en el ámbito de la consciencia humana. Las substancias disueltas y eterizadas no desaparecen completamente; son elevadas hasta el nivel de las capacidades inteligentes inherentes al ser humano. Por medio de estos procesos, se da inicio a una nueva creación semejante a la del Antiguo Sol.

Durante el segundo gran ciclo del Antiguo Saturno, las Dynamis o Espíritus del Movimiento recomenzaron su actividad. Esta poderosa jerarquía ayudó a dirigir los movimientos de los planetas durante un estadio posterior de la evolución cósmica. Por medo de dichos movimientos, hicieron posible el contacto y el intercambio entre los cuerpos celestes individuales dentro de un universo ya altamente individualizado y emancipado. De este modo establecieron una compensación por el aislamiento que habían sufrido los objetos de la creación, como fue el caso de los planetas. Ahora bien, en el Antiguo Sol no existían planetas en el sentido actual ni la humanidad estaba realmente emancipada y aislada de su origen divino. Aún así, las Dynamis vivían dentro de sus poderosos impulsos de movimiento anímico interior y no fueron capaces de penetrar en la humanidad del Antiguo Sol. Su tiempo no había llegado todavía, puesto que los seres solares no eran aptos para desarrollar facultades anímicas. Ellos crearon en el ser solar un reflejo semejante a las impresiones de las actividades jerárquicas en el Antiguo Saturno.

Aquellos reflejos en el Antiguo Saturno habían creado los fundamentos de ciertos órganos fisiológicos. Por ejemplo, el impulso de individualización irradiado por los Espíritus de la Forma se reflejó en los principios de la simetría corporal. Tan pronto como el cuerpo etérico operó en la forma humana, como vemos que acontece en el Antiguo Sol, aquellos reflejos se manifestaron como una primera intimación de las funciones orgánicas. Fue de este modo como el reflejo de la actividad de los Espíritus del Movimiento puso en movimiento rítmico al organismo aéreo del cuerpo humano. Este cuerpo consistía en un manto de calor que envolvía a una especie de esqueleto térmico. Dentro de esa envoltura se encontraba el organismo aéreo. Aquella entidad física estaba permeada por un cuerpo etérico que sometía al aire a un movimiento rítmico regular, que semejaba a la circulación de la savia en los vegetales actuales. Los cuerpos etéricos individuales tuvieron su origen en el éter cósmico, representado por la esfera. Los Espíritus del Movimiento extendieron su actividad sobre dicha esfera, quedando impresas en el cuerpo físico.

La culminación de este segundo ciclo del Antiguo Sol puede verse inscrita en la constelación de Leo. Comenzando desde el punto de culminación precedente indicado en Virgo, nos hemos trasladado por el zodíaco hasta arribar a Leo.

Recordemos ahora lo dicho acerca del Misterium Magnum, sobre la estrecha relación que existe entre los ritmos respiratorios y circulatorios con ciertos ritmos cósmicos. Leo posee una cierta relación con la región por sobre el diafragma, donde están centradas la respiración y la circulación. Llamamos a Leo como la región arquetípica desde donde fue creada dicha parte del organismo humano. Es sabido que el ritmo respiratorio está relacionado con aquel del pulso cardíaco, según la proporción 1:4. El organismo humano inhala unas 17 veces por minuto en relación a 72 pulsos cardíacos aproximadamente. Esto es una perfecta imitación del gran ritmo solar del año platónico. Diecisiete respiraciones en un minuto suman 1.080 en una hora y 25.920 en 24 horas o un día. Sabemos que el punto vernal precisa 25.920 años para atravesar las doce constelaciones del zodíaco.

El punto vernal es el cruce del ecuador celeste y la eclíptica o trayecto del Sol. En la Primera Parte fue indicado que el movimiento circular del eje polar de la Tierra es provocado por la precesión. Por esta misma causa, los puntos de cruce entre el ecuador y la eclíptica se mueven por el zodíaco. Una revolución completa de uno de ambos puntos –el punto vernal- precisa de unos 25.920 años, según los cálculos modernos.

Este hecho del año platónico es bien conocido por el ocultismo, como también lo fue para los antiguos indios. Lo llamaban el Día de Brahma. Existe entonces una interesante conexión entre este gran ‘día’ del cosmos y el día humano; y este ritmo pareciera ser inherente a nuestra organización leonina.

El ritmo del año platónico no está grabado en nuestro sistema rítmico solamente. El total de nuestra vida está sujeto a esta impresión. El promedio de la duración de la vida humana siempre fue estimado en 72 años. Este lapso está relacionado con el año platónico de 25.920 años según la proporción 1:360 (72 x 360 = 25.920) Por lo tanto, el lapso de vida de un ser humano es análogo a un grado de la eclíptica por el que el Sol pasa en el curso deaproximadamente un día. De aquí que el promedio de vida humana se análogo a un día del año platónico (la diferencia entre 360 y 365 días en un año se debe a sutiles irregularidades en el movimiento anual del Sol)

Podemos ver que en el organismo humano, especialmente en la región de Leo, se hallan impresos ritmos cósmicos majestuosos. Como es sabido, la esfera de Leo en el cuerpo humano está estrechamente vinculada con la vida en general. En cierto sentido, el corazón y la circulación son considerados prácticamente como el vehículo de la vida. Recordando ahora lo dicho acerca de Leo y el segundo gran ciclo del Antiguo Sol, hallaremos una interesante corroboración. El ancestro del ser humano recibió un cuerpo vital o etérico. Gracias a esto, los Espíritus del Movimiento fueron capaces de actuar sobre la organización física desde la periferia y provocar aquellos movimientos aéreos que fueron mencionados. En ellos podemos ver una pre-configuración de la organización del corazón y pulmones actuales, que ya habían sido elaborados en el Antiguo Saturno. Por ende, podemos establecer una conexión certera entre los sucesos del Antiguo Sol con la constelación de Leo.

Utilizamos el símbolo (♌) para esta constelación, que da a entender los movimientos rítmicos en la organización de los seres solares. Eran reflejos o imitaciones de los movimientos físico-cósmicos de las Dynamis, cuya actividad podemos apreciar en Acuario, la constelación opuesta. El símbolo de Acuario indica las impresiones de la astralidad de los Dynamis sobre el éter cósmico (fig. 31) Hasta entonces, el ancestro de la humanidad no contaba con un marco corpóreo fijo y definido. Puede imaginarse que se encontraban en un movimiento incesante, en un cambio constante de su forma corpórea. Pensemos en algo semejante a las formaciones nubosas de la actualidad. Es en este momento cuando los Espíritus de la Forma o Exusiai retoman su influencia. Recordemos que ya habían contribuido con el desarrollo en el Antiguo Saturno. En aquel entonces habían podido generar solamente un reflejo externo de sus verdaderos impulsos. Incluso sobre el Sol fue imposible que los seres humanos fueran capaces de recibir sus dones. Fue sólo mucho más tarde –es decir durante la evolución terrestre actual- que se vieron capaces de otorgar un ego a la humanidad, siendo ésta su gran intención cósmica. Hasta entonces, los Espíritus de la Forma efectuaron varios cambios preparatorios en la organización humana, que constituyeron el camino hacia el paso final. Por medio de sus acciones se crearon ciertos fundamentos orgánicos en el ser humano.

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En el Antiguo Saturno efectivizaron la división del planeta en cuerpos individuales –los predecesores de nuestros cuerpos individuales en la actualidad. Ahora, en el Sol, hicieron posible que el cuerpo físico durase por intervalos más prolongados. Gracias a la influencia de los Espíritus de la Forma, la figura externa pudo preservarse por un período de tiempo.

Tal fue el tercer gran ciclo de la antigua evolución solar. Puede verse su culminación inscrita en la constelación de Cáncer. Aquí se nos llama la atención sobre otro desarrollo ocurrido durante la evolución del Antiguo Saturno, que también fue relacionado con Cáncer. Se trató de la quinta ronda de aquella evolución, durante la cual se generaron los primeros rudimentos de los órganos sensorios. Esto fue descrito como una interacción de seres y fuerzas, cuya labor puede reconocerse en la influencia dinámica de Capricornio y Cáncer. Además, fue indicado que por cuenta de esta interacción, el impacto de Cáncer tendió a generar el impulso inicial de la osificación posterior de cráneo (fig. 32) Resulta interesante que Cáncer esté conectado con la cosmovisión del materialismo filosófico, que es un discernimiento filosófico consciente sobre cierta tendencia de la actividad creativa de las jerarquías espirituales. El materialismo es uno entre los varios fundamentos de la creación divina. Si –como cosmovisión- el materialismo demandase ser el único aspecto existencial correcto, esto conduciría a una interpretación errónea de la verdad.

Se estila usar el símbolo (♋ ) para Cáncer. En este símbolo queda indicada la facultad de cierre. Las entidades flotantes y en constante cambio de (♌) y (♍) quedan ahora temporalmente enclaustradas dentro de una especie de cáscara que, en cierto modo, contiene y protege al ser.

En la constelación opuesta de (♑) podemos ver al trasfondo cósmico de las fuerzas espirituales que estimularon el desarrollo del hombre solar en Cáncer. La parte inferior del símbolo indica en suma las tendencias dinámicas de Cáncer. De aquí se obtiene que Capricornio represente al endurecimiento, al impacto cristalizador del cosmos que podemos atestiguar especialmente cuando el Sol ingresa en esta constelación, hacia el 15 de Enero. El hielo y la nieve de la estación invernal son una manifestación exterior de estas fuerzas.

Durante el cuarto gran ciclo de la evolución del Antiguo Sol, vemos a dos jerarquías ejerciendo sus influencias sobre el ancestro humano. La primera es la jerarquía de los Arcai o Espíritus de la Personalidad. Ya fueron vistos en el Antiguo Saturno, elaborando un reflejo o apariencia de independencia en el cuerpo humano físico-calórico. Ahora, en el Antiguo Sol, los Arcai alcanzan un grado superior de consciencia que la ciencia espiritual denomina percepción imaginativa. Gracias a esto fueron capaces de actuar sobre el cuerpo etérico, otorgándole una apariencia de personalidad e independencia. No es más que un reflejo de majestuosas imaginaciones cósmicas que ellos no son capaces de desarrollar por sí mismos. Esta es la razón por la cual el ser humano actual dispone de un cuerpo etérico individual. Al mismo tiempo, la exaltada jerarquía de los Serafines o Espíritus del Amor, combinan su actividad con la de los Arcai.

Fue de este modo que las imaginaciones de los Arcai cobraron gran poder y surgieron en el ser humano como una fuerza que, bajo las condiciones actuales, podemos llamar amor terrestre. Dicha influencia comenzó a modificar la naturaleza del ancestro humano. Los rudimentos germinales del sistema glandular actual surgen de aquí. Aparecen en una humanidad que debemos imaginar como algo semejante a un vegetal muy sutil, y son un primer atisbo de una reproducción de la especie misma. Por medio de esta capacidad, fueron capaces de segregar parte de su propio cuerpo. Estas segregaciones continuaron viviendo como criaturas independientes fuera de la entidad matriz.

Además de estos desarrollos, los Arcángeles comienzan también con sus actividades. Ahora se encuentran en un estadio de su evolución similar a la de los Arcai en el Antiguo Saturno. En otras palabras, atravesaron el equivalente al estadio humano actual de egoidad e independencia. Los seres humanos se habían desarrollado tanto que los Arcángeles fueron capaces de alcanzar su propia humanidad por medio de ellos. Ya en el Antiguo Saturno habían ayudado a crear los rudimentos arquetípicos de los órganos sensorios del hombre. Mantuvieron esta capacidad durante el Antiguo Sol, y esto permitió que dichos órganos se perfeccionasen.

A través de ciertos seres que no siguieron el curso normal de la evolución, se produjo una conexión entre el reino de los seres solares y el inferior, que ya fue mencionada con anterioridad. Aquellos órganos sensorios germinales fueron utilizados como canales de comunicación entre ambos reinos. El segundo de ellos consistía en calor que no pudo ser permeado por el cuerpo etérico. En consecuencia, conformó una especie de Antiguo Saturno renovado que puede ser considerado como un segundo cuerpo celeste aparte del Sol. Aquí puede verse los primeros inicios de una especie de sistema planetario con cuerpos divididos.

Podemos leer la culminación de este ciclo de Antiguo Sol en las propiedades dinámicas de la constelación de Géminis. Con respecto al Antiguo Saturno, pueden atestiguarse allí los impulsos cósmicos de la individualización representados por los Exusiai y los de la personalidad que resultaron de la evolución de los Arcai. Vemos este impulso de Géminis nuevamente en el Antiguo Sol. Los Arcai imprimieron una independencia dentro del cuerpo etérico humano. También puede verse aquí una refinada recapitulación de un proceso gigantesco de división arquetípica del Antiguo Saturno en cuerpos calóricos individuales. Ahora, en el Antiguo Sol, el ancestro del ser humano se vio capacitado de una reproducción. Esta es una actividad geminiana en el Antiguo Sol, semejante a la del Antiguo Saturno.

El símbolo tradicional de Géminis es (♊). De recordar ahora el hecho de que la humanidad atravesó por el estado vegetal durante el Antiguo Sol, entonces podría leerse un importante paso evolutivo en este signo de Géminis. Este fue el ciclo medio de la condición solar, y podemos imaginar que el ser humano comenzó entonces a parecer un vegetal, aunque bajo condiciones completamente diferentes a las presentes.

Hasta entonces, el ser humano puede haberse parecido más a una simiente o un brote, protegido todavía por una capa. Sin embargo, a partir de aquel momento actuaron fuerzas desde arriba y desde abajo sobre la humanidad. En estas fuerzas reconocemos a los Arcai junto a los Serafines por un lado y a los Arcángeles por otro. El retoño del ser humano germinó y se extendió, orientándose a sí mismo en el espacio entre las dos polaridades cósmicas (fig. 33) En este momento apareció un impulso, una tendencia hacia la multiplicación, los primeros indicios de una reproducción a modo de segmentación primitiva. Podría imaginarse a este organismo con dos hojas o pulmones arquetípicos (los pulmones tienen una cierta relación con el signo de Géminis).

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Por lo tanto, debemos considerar una preparación para el proceso de reproducción internamente, en el sentido de una división. Tal es el aspecto de Géminis. El impacto externo queda indicado por el símbolo de Sagitario ( )El ser se ve expuesto a una actividad polar del mundo jerárquico. Esto puede brindarnos una expresión de las ideas que condujeron a los antiguos pueblos a utilizar el símbolo ( ) indicando un arriba y un abajo, y al mismo tiempo una especie de dualidad horizontal. No debe perturbarnos la idea de que esta planta solar ‘nada’ en el aire. Recordemos que a forma arquetípica del vegetal es la hoja (véase Hombre y Materia, de E. Lehrs, pág. 80)

Hacia mediados del quinto ciclo de la evolución del Antiguo Sol, los Arcángeles maduraron tanto como para imprimir la capacidad reproductiva aún más profundamente en la organización del ser humano. Al mismo tiempo, los Ángeles ejercieron una cierta influencia sobre el cuerpo físico humano. Pudo vérseles en el Antiguo Saturno ayudando a establecer una especie arquetípica de metabolismo calórico, en cooperación con los exaltados Querubines. Ahora, en el Antiguo Sol, ambas jerarquías actuaron nuevamente en conjunto sobre el cuerpo humano. La capacidad de asimilar substancias desde el medio ambiente para luego transformarlas, continuó siendo desarrollada en el ser humano. Pero como mencionado previamente, en el segundo reino o inferior sólo existía el calor que conformaba el mundo ‘exterior’ del hombre. Este hecho, sumado a la tendencia de la densificación de calor en aire, puede ofrecernos una idea primaria sobre lo que aquel metabolismo era realmente. Por extraño que parezca, de aquí se genera el fundamento de la razón en el ser humano. Por medio de metabolismo solar humano, el organismo calórico inferior fue permeado por la luz, la luz-sabiduría proveniente de los Kyriótetes.

 Podemos ver la culminación de esta fase evolutiva en la constelación de Sagitario. De este modo, hemos atravesado el zodíaco desde Géminis hasta su parte opuesta. Es bastante complicado reconocer aquel quinto ciclo de Antiguo Sol en Sagitario, ya que nos confrontamos con una esfera profundamente velada. Por ejemplo, sabemos que se describe a Sagitario como un Centauro en los antiguos mapas estelares, mitad caballo y mitad humano. La raza de los centauros jugó un rol enorme en la mitología griega, tal como se recoge de las esculturas y frisos de los templos griegos. Allí se los representa como los grandes oponentes de los griegos. ¿Cuál era el significado de estas representaciones? Ellos pretendían describir un cierto estadio del desarrollo humano en el pasado. El caballo se manifestó en aquella época, pero la humanidad se mantuvo por detrás a un nivel superior. El caballo descendió al nivel de la existencia material; y la humanidad, libre de aquellas fuerzas, fue capaz de desarrollar la inteligencia. El centauro no había alcanzado este estado de emancipación. La naturaleza animal permaneció unida a su ser mientras que el ser humano inteligente pudo elaborar más tarde un pensar filosófico, gracias a haberse liberado. La humanidad quedó destinada a entrar en conflicto con esas fuerzas centaureas poderosísimas, puesto que aún conservaban aquel potencial indomable. De aquí surgieron los mitos sobre las luchas entre griegos y centauros.

El Centauro/Sagitario es una imagen de aquel gran conflicto de la humanidad por volverse humano, gracias a la emancipación de sus inclinaciones animales. La quinta ronda del Antiguo Sol representa uno de los obstáculos a salvar para alcanzar este objetivo. Esto puede asociarse con Sagitario. En otro sentido, también puede verse aquí una imagen de aquella sutil relación entre la humanidad y los reinos naturales inferiores. La elevación de la humanidad hacia estados superiores de consciencia fue la causa de los seres por debajo de ella. Ciertamente estamos en deuda con ellos, ya que sin su sacrificio no podríamos haber avanzado. En alguna instancia futura deberemos saldar las deudas redimiendo dichos reinos inferiores.

Esta relación entre la humanidad y los reinos inferiores que se inició en el Antiguo Sol, queda expresada en Sagitario. Este es el cuadro de la humanidad que se eleva hacia la inteligencia, mientras deja tras sí al caballo como especie inferior en el nivel del reino animal. El símbolo tradicional de Sagitario es (♐). Indica la capacidad de extenderse entre dos focos. De introducir esta tendencia en la imagen del vegetal-humano del Antiguo Sol, llegaremos a conclusiones muy interesantes.

Algo semejante a un tallo se desarrolla ahora en aquel vegetal solar arquetípico. Posee la cualidad inherente a Sagitario ( ♐). Este es el resultado de impactos cósmicos externos provenientes de abajo y de arriba, representados por el signo opuesto a Sagitario, Géminis (♊ ).

Gracias a las fuerzas combinadas de Géminis y Sagitario es formado otro órgano, según lo que era posible lograr en el Antiguo Sol. Es el predecesor de la espina dorsal humana actual. Recordemos que, de acuerdo con el Misterium Magnum, la espina dorsal como cerebro del ser humano medio, está relacionado con Géminis (fig. 34).

El sexto ciclo del Antiguo Sol puede reconocerse en la constelación de Escorpio. Debe considerarse el hecho de que antaño, esta constelación era percibida como un águila. La Imaginación del Águila congenia mejor con esta gran fase del Antiguo Sol. Toda la evolución solar estuvo bajo la fuerte impresión de la creación del cuerpo etérico humano. Este cuerpo etérico es el gran arquitecto de nuestro cuerpo físico, durante el lapso en que moramos en la Tierra. Como pudo verse, fue creado por la luz de la sabiduría de los Kyriótetes y, por ende, porta consigo las intenciones plenas de sabiduría de la divinidad, semejante a una especie de memoria viva. El cuerpo etérico imprime todo esto en el físico, manteniendo así al organismo alineado con los grandes aspectos y objetivos de la creación divina. De este modo, el cuerpo etérico también puede actuar en contra de las fuerzas destructivas y la decadencia de los márgenes físicos del ser humano.

En las condiciones actuales, los seres humanos no disponen generalmente de una consciencia sobre el actuar de este cuerpo etérico o vital. Se les presenta como un impacto de fuerzas naturales, sobre las cuales no tienen control alguno. La gran misión de la humanidad en el proceso de la evolución cósmica, consiste en adquirir conscientemente los potenciales inherentes del total de su organización. Un día futuro, la humanidad obtendrá el manejo consciente de sus fuerzas etéricas, una vez que el ego haya adquirido el poder y la madurez necesarios.

Consecuentemente, en el futuro transformaremos nuestro principio etérico en un miembro de nuestra organización, cuyas facultades emplearemos conscientemente. La ciencia espiritual denomina a este nuevo principio como Espíritu de Vida. En la terminología esotérica oriental se le conoce como Buddhi. Existe de por sí en estado germinal y fue otorgado por exaltados seres espirituales durante aquel sexto ciclo del Antiguo Sol. Una vez que hayamos adquirido plena consciencia de las capacidades del Espíritu de Vida, entonces seremos capaces no sólo de contemplar a los seres del mundo divino gracias a una percepción suprasensible, sino que seremos creadores dentro del mundo espiritual (véase La crónica del Akasha, de Rudolf Steiner).

Puede decirse que estos hechos están inscritos en la crónica cósmica, especialmente en la constelación de Escorpio/Águila. Aquí tocamos los más elevados aspectos de la evolución cósmica, con lo cual será necesario tomar en cuenta la antigua Imaginación del Águila. En un momento determinado, esta constelación ‘cae’ y deviene Escorpio. Sobre esto se hablará más detalladamente en otra oportunidad.

El símbolo de Escorpio es (♏). En un cierto sentido, volvemos a encontrar a Sagitario en él (♐). Pero en el símbolo (♏ ) hay algo oculto por detrás de tres velos. Ciertamente, profundos misterios están relacionados a él. Tienen que ver con los poderes reproductivos humanos tras la Caída y su redención en el futuro.

Introduciremos ahora este aspecto de Escorpio o (♏) en nuestra imagen de la planta solar que, como el lector habrá advertido, mantiene una cierta relación con el organismo medio o rítmico del ser humano. Entonces imaginemos que luego de que las hojas se contrajeran en el tallo, tuvo lugar una nueva expansión. En cierto modo, la planta solar recibió desde las alturas un preciado obsequio, una especie de premonición de la flor (fig. 35). Puede imaginarse a esta flor procedente desde las más altas esferas de la divinidad. Aquí puede verse reflejado algo del Buddhi en su estado germinal, como se mencionó previamente.

El aspecto cósmico de esta circunstancia en Escorpio/Águila queda representado por Tauro. Esto conduce a una idea interesante. Como dicho antes, Tauro está relacionado con la laringe. Puede considerarse al ciclo de Escorpio en el Antiguo Sol como el momento en que el organismo de la laringe fue desarrollado hasta cierto grado de su potencial espiritual (Tauro está opuesto a Escorpio). Gracias a la ciencia espiritual, sabemos que este órgano está todavía lejos de alcanzar su propósito. En el futuro, la humanidad desarrollará el poder del habla que hoy en día se muestra débil en comparación a su potencial creativo. Lo que la ciencia espiritual tiene para decir sobre el principio del Buddhi, sigue esta misma dirección. La Palabra-Espíritu de la divinidad creó el universo, y algo de esa creatividad fue introducida en el ser humano durante el ciclo Escorpio/Tauro de Antiguo Sol.

Durante el séptimo gran ciclo del Antiguo Sol, el ancestro humano alcanzó el grado más alto de perfección posible para entonces. Se habían convertido en algo semejante a un vegetal, pero bajo condiciones de vida de aquel universo totalmente diferente. En su apariencia externa, finalmente llegaron a semejarse al ser humano actual. Pero su posición en el espacio estaba ahora invertida. La parte que tendía a convertirse en una cabeza se orientaba hacia el ‘suelo’ de Sol, tal como las raíces del vegetal actual se dirigen hacia el centro de la Tierra. El polo opuesto, que disponía de la potencialidad de convertirse en brazos y piernas, se orientó hacia la luz –similar a como lo hace la flor del vegetal actual.

Este es el ser que la ciencia oculta denomina ‘mónada viviente’, que se encontraba en un estado de perfecto balance entre las alturas y las profundidades del antiguo planeta solar. Por un lado, la parte de la raíz mantenía una conexión con el segundo reino o inferior, que permitió experimentar los primeros rasgos de una simpatía y antipatía hacia el medio circundante. Por el otro, imitaba y demostraba por medio de su ser que crecía, los acontecimientos del cosmos solar. Al igual que el vegetal actual es un reflejo de las condiciones climáticas, atmosféricas y cósmicas, también el ser humano solar en el Antiguo Sol era un espejo de las alturas.

La condición de vida que fue lograda durante la séptima ronda, queda bellamente expresada en la imagen de la constelación de Libra. La calma, el balance entre arriba y abajo, al igual que la división entre las partes luminosas y oscuras del zodíaco es inherente a Libra, a modo de Imaginación perfecta del ser humano del Antiguo Sol.

En la Primera Parte ya fue indicado que, por ejemplo, los antiguos Acadios percibían esta constelación como al Altar Sagrado (Tulku). Esta Imaginación es una descripción aún más bella de los antiguos ancestros solares. Ellos todavía existían en un estado de inocencia, pero eran completamente inconscientes de que eran un altar viviente donde el mundo divino llevaba a cabo sus grandes actos consacrales.

El símbolo de Libra es (♎). Previamente fue sugerida una alteración semejante a un Sol poniente. Se intentó ver en esta constelación al foco central del último ciclo del Antiguo Sol. Puede comprenderse esto como una gigantesca puesta de Sol.

Durante aquel ciclo, los seres solares alcanzaron el nivel más alto de perfección posible, manifestando al universo circundante gracias a su organización vegetal. Con su organización floral respondía a las alturas y también mantenía una relación definida con el mundo inferior. Podemos Imaginar esto como rudimentos de raíces extendiéndose por el reino inferior (fig. 36).

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La organización floral serían más bien los miembros de los seres solares, mientras que la raíz mostraría una primera indicación sutil de una cabeza. Podría incluso llamársele de cerebro arquetípico, tal como se mencionó antes. El tallo, como espina dorsal arquetípica, conectaba los miembros con la cabeza, los gemelos asimétricos. Luego fueron puestos en equilibrio armónico; de este modo puede quedar establecida, desde otro ángulo, una justificación para el reconocimiento de este último ciclo del Antiguo Sol bajo el signo de la constelación de la Balanza o Libra (véase Aries también).

Traducido por Diego Milillo en Marzo de 2018.