GA232C5. Los Misterios Efesios de Artemisa.2

Dornach, 1 de diciembre de 1923

English version

A través de lo que les he dado en la última conferencia, ahora ya es posible hablar más exactamente de muchos de los acontecimientos que ocurrieron en el curso de la evolución de la Tierra y que le han producido su forma actual. Recordaréis que aquél que ha alcanzado el conocimiento a través de la visión interior, entra en una cierta relación con los metales de la Tierra, por el hecho de que la Tierra está impregnada de venas de metal, lleva dentro de sí varios tipos de metales. Y esta relación que el hombre puede establecer con los metales le permite mirar hacia atrás en lo que le ha sucedido a la Tierra.

Es particularmente interesante mirar hacia el pasado de la Tierra en el tiempo que precedió a la evolución atlante, ese período que he descrito de una manera algo externa, como la época lemuriana; como recapitulación del período de tiempo que precedió a este, cuando la Tierra pasó por la etapa del Antiguo Sol.

Durante la época Lemuriana la Tierra recapitulo la etapa de la Antigua Luna. Es interesante mirar hacia atrás en todos estos acontecimientos, para que podamos recibir una impresión de lo maravilloso que es todo en la esfera de la existencia terrenal.

Hoy en día estamos acostumbrados a considerar que la Tierra tal como está, en la forma que se nos presenta hoy ya está completa. Vivimos en los continentes como seres humanos, y estamos rodeados por lo que la Tierra lleva con ella en el camino de las plantas, los animales, las aves del aire, y así sucesivamente. Sabemos que nosotros mismos vivimos, en cierto sentido, en una especie de aire-oceánico, la atmósfera que rodea a la Tierra, y que de esta atmósfera tomamos el oxígeno y que nuestra relación con el nitrógeno también juega un cierto papel. Nos imaginamos en general que esta atmósfera, que nos rodea consiste en oxígeno y nitrógeno. Después miramos los océanos, los mares —no necesito entrar en cada detalle— y nos formamos una imagen del planeta que habitamos en el Universo.

La Tierra no siempre fue como la vemos hoy; ha sufrido enormes cambios. Si volvemos a los tiempos que acabo de indicar, a la época de Lemuria y un poco más atrás encontraremos una condición muy diferente de la Tierra que tenemos en la actualidad.

Comencemos con la atmósfera en la que vivimos, y que consideramos inerte, sin vida; Incluso esta atmósfera se muestra en esas épocas tempranas como algo muy diferente. Si vamos aún más atrás tenemos que observar algo más. Hoy en día, tenemos esta Tierra sólida y alrededor de ella la atmósfera. Un cuadro mental similar también podría hacerse incluso en aquellos tiempos muy antiguos, pero no podría haber ninguna cuestión de que haya alrededor de la Tierra algo como el aire que ahora respiramos. En el aire que respiramos hoy en día el oxígeno y el nitrógeno juegan la parte principal, el carbono y el hidrógeno desempeñan un papel menos importante, y el azufre y el fósforo son aún menos significativos. En lo que se refiere a esos tiempos muy antiguos, no es posible hablar de oxígeno, nitrógeno, carbono, azufre, etc., simplemente porque lo que el químico denomina con estos nombres, no existía en ese período antiguo. Si un químico de hoy conociera a un ser espiritual de ese tiempo y hablara de carbono, oxígeno, nitrógeno, etc., ese ser respondería que “tales cosas no existen”. Es posible hablar hoy de oxígeno, nitrógeno, carbono, etc., pero en aquellos tiempos antiguos no había absolutamente ninguna posibilidad de hablar de estas cosas porque sólo podían estar presentes como tales después de que la Tierra hubiera alcanzado cierta densidad y hubiera adquirido las fuerzas que hoy en día tiene en su interior. El oxígeno, el nitrógeno, el potasio, el sodio y así sucesivamente, todos los llamados metales ligeros simplemente no existían en aquella época de la antigüedad. En aquella época, en el lugar donde hoy tenemos la atmósfera existía algo que era de una naturaleza fluida, extremadamente fina, de una consistencia a medio camino entre nuestro aire presente y el agua. Era de naturaleza fluida, pero en su fluidez era similar a la albumina; de manera que en realidad la Tierra en aquel tiempo estaba totalmente rodeada por una atmósfera albuminosa. La albúmina en los huevos de hoy es mucho más densa, pero puede ser comparada con lo que estamos hablando ahora.

De este ambiente de la Tierra, cuando poco a poco se va densificando, fueron diferenciándose gradualmente lo que ahora llamamos carbono, hidrógeno, oxígeno, nitrógeno y así sucesivamente. No estaban allí de tal manera que pudiéramos decir que esta antigua atmósfera albuminosa estaba compuesta de estos elementos, pues no tenía estos elementos como ingredientes. Hoy generalmente pensamos que las cosas están formadas por la combinación, pero eso no tiene sentido. Lo que conocemos como ciertas sustancias superiores no siempre se componen de lo que aparece cuando se analizan, pues estas cosas dejan de estar presentes en la sustancia superior. El carbono no está presente allí como carbono, ni el oxígeno como oxígeno, pues son parte de una sustancia de una naturaleza superior. Como he dicho, esta sustancia de acuerdo a sus cualidades puede realmente ser descrita como albúmina en una condición excesivamente fluida. La totalidad de esta sustancia que rodeaba a la Tierra en ese momento estaba impregnada con el éter cósmico del Universo, que le dio la vida. De modo que tenemos que representarnos el éter cósmico como proyectándose en esta sustancia y dándole vida.

nubesverdes

 

Esta sustancia vivía porque el éter cósmico se proyectaba en ella. No sólo estaba viva, sino que también se diferenció de una manera notable, p.e. en una parte aparece como una gran estructura  en la que el hombre siente que se asfixia, en otra parte aparece otra gran estructura en la que el hombre siente haber recuperado especialmente una nueva vida y actividad si pudiera haber estado allí en ese momento como un ser humano, y así sucesivamente. Surgieron formaciones que producían unos efectos que recuerdan a los elementos químicos de hoy, pero los elementos químicos en nuestro sentido moderno no existían. Entonces todo estaba impregnado de reflejos de luz, destellos de luz, rayos de luz, destellos de luz. Y todo el conjunto estaba vivificado por el éter cósmico.

Tales eran las características en ese período temprano de la atmósfera de la Tierra. Lo primero que se formo desde el Cosmos es lo que describí en la última conferencia como las primeras montañas primitivas. Éstas fueron formadas desde el Cosmos. Así, el cuarzo que se encuentra allí en las montañas en su hermosa forma, en su relativa transparencia, se formó en cierta medida en la Tierra desde el Universo. Por eso, si nos trasladamos hoy, a través de la visión imaginativa a estas rocas de las montañas a lo que ahora son las formaciones más duras de la Tierra, ellas serian para nosotros como los ojos de la Tierra a través de los cuales mira hacia el Universo. Pero también fue el Universo el que implantó estos ojos en la Tierra. Ahora están allí. El Universo los ha colocado en la Tierra. El cuarzo, la sílice y similares que luego impregnaron toda la atmósfera y fueron gradualmente depositados como montañas no eran tan compactos como hoy. Este estado endurecido  vino después, a través de las circunstancias que se desarrollaron más tarde. Todo lo que así se formó del cosmos en ese tiempo lejano era apenas más duro que la cera.

Si ustedes van ahora a esas regiones montañosas y allí ven un cristal de cuarzo, es tan duro que, como he dicho antes, si usted golpeara su cabeza contra él su cráneo se rompería pero no el cuarzo. En aquel tiempo lejano, sin embargo, debido a la vida que todo lo impregnaba, el cuarzo era realmente tan suave como la cera. Podemos, por lo tanto, decir que estas rocas de las montañas salieron del cosmos como una especie de cera goteando.

Todo lo que así se deslizó en la Tierra desde el cosmos fue transparente, y su relativa dureza, su dureza como cera se puede describir solamente empleando mentalmente el sentido del tacto. Si hubiéramos podido tocarlo lo habríamos sentido como cera.

Fue de esta manera que estas antiguas montañas fueron depositadas desde fuera del cosmos como una especie de sustancia de cera goteando y luego gradualmente se fue endureciendo. La sílice tenía una consistencia parecida a la cera en el momento en que fue depositada del cosmos a la Tierra.

Lo que hoy está presente más espiritualmente y que describí en la última conferencia, que al transponerse en esta roca dura se tiene imágenes del cosmos, este fenómeno era entonces perceptible espiritualmente, y de tal manera que cuando tales silicatos en la condición de la cera empezaron a condensarse se podía distinguir en ellos algo así como una especie de planta. Cualquiera que haya estudiado un poco sobre la naturaleza sabe muy bien que se encuentra algo como las marcas distintivas de tiempos antiguos. En el mundo mineral hoy. Encontramos piedras, las tomamos en nuestras manos, las miramos atentamente, y encontramos que tienen dentro de ellas algo así como el contorno de una planta. En ese momento era un fenómeno bastante habitual el que entrara en esta atmósfera albuminosa, empujada como si fuera contornos que no sólo se podían ver, sino que eran fotografiados sustancialmente en este cuerpo parecido a la cera.

Entonces se produjo la peculiar configuración de que la albúmina fluida que existía en la atmósfera llenaba estos contornos y por lo tanto se volvía algo más dura, algo más densa. Y ya no eran simplemente formas esbozadas. La parte silicosa se desprendió de ellos y se dispersó en el resto de la atmósfera. En la primera parte de la época lemuriana tenemos esas gigantescas plantas flotantes que nos recuerdan algo de las formas de las algas de hoy, que no están arraigadas en el suelo, pues aún no había suelo allí. Flotaban en este fluido albuminico con el que estaban permeadas y del que formaron su propia sustancia. No sólo flotaban en ese fluido albuminico, sino que también brillaban, podría decir, que se iluminaban y luego se desvanecían. Fueron capaces de transformarse en la medida en que pudieron surgir y desaparecer. Coloquen esta imagen claramente ante sus mentes. Es una imagen muy diferente de cualquier cosa que nos rodea hoy. Si nosotros, como hombres modernos, pudiéramos transponernos a esa época antigua, si, digamos, pudiéramos establecer una pequeña guarida en algún lugar y observar lo que sucedía alrededor, si desde ella pudiéramos mirar hacia ese mundo antiguo desde todas direcciones veríamos como se dispara una forma de planta, una formidable forma de planta, como nuestras algas presentes (algas marinas) o incluso como una palmera. Pero salen vertiginosamente. No brotan de la Tierra en primavera y mueren en otoño; Se disparan, apareciendo en la primavera (el tiempo de primavera era mucho más corto entonces) y alcanzan un tremendo tamaño. Luego desaparecen de nuevo en el elemento albuminico fluido. Ese observador vería que el verde siempre aparecía y luego se desvanecía. No hablaría de plantas que cubrían la Tierra, sino de plantas que, como las nubes en el aire, aparecen desde el cosmos, se densifican  y después se disuelven, algo verde que crece en este elemento de albúmina. Después, en el tiempo que correspondería algo a nuestro verano diría: Este es el tiempo cuando el ambiente de nuestra Tierra crece verde. Pero tendría que mirar hacia el verde arriba en vez de mirar hacia abajo.

fuegoartificio

 

Por este camino nos podemos hacer una idea de cómo la parte de la atmósfera se inclina hacia la Tierra, y cómo la fuerza de la planta que está realmente ahí fuera en el cosmos la atrae hacia sí misma, cómo el mundo de las plantas se acerca a la Tierra desde el Cosmos. En el período que ahora estoy hablando, tenemos que decir: Este mundo vegetal es algo que surge y desaparece en la atmósfera.

Voy a decir algo más. Si hoy en día como seres humanos nos trasladamos a través de esta relación con los elementos metálicos de la Tierra en esos tiempos antiguos, sentiríamos como si todo esto nos perteneciera a nosotros mismos, como si tuviéramos algo que ver con lo que entonces crecía verde en la atmósfera y luego desaparecía. Cuando hoy recordamos nuestra propia infancia, nuestra memoria se extiende a un lapso de tiempo relativamente corto. Sin embargo, así como podemos recordar un dolor que experimentamos en la infancia —y eso es algo que nos pertenece— de la misma manera en este recuerdo cósmico despertado por el elemento metálico de la Tierra experimentamos este proceso de convertirse en verde y desvanecerse como algo que nos pertenece. El hombre ya estaba entonces conectado con la Tierra, esa Tierra que vivía en esta atmósfera albuminosa acuosa. Estaba unido a ella como un ser humano, pero de tal manera que, como hombre, era todavía totalmente espiritual. Expresamos una realidad cuando decimos: El hombre debe adquirir el concepto de que estas plantas que vemos allí en la atmósfera en ese momento es algo separado, algo arrojado de lo que es humano. El hombre que está unido a la Tierra saca esto de su propio ser. Y tiene el concepto, o debería tenerlo, de algo más que él coloca fuera de él, algo muy diferente. También ocurrió lo siguiente.

Todo lo que he descrito hasta ahora se produjo a través de la sustancia de sílice en la atmósfera que ya se ha depositado en la sustancia como de cera de la que he hablado. Pero aparte de eso, esta atmósfera albuminosa se extiende por todas partes. En esta atmósfera trabaja el Cosmos. Sobre esta atmósfera trabajan las innumerables fuerzas múltiples que fluyen a la Tierra desde el Cosmos por todas partes, aquellas fuerzas de las cuales nuestra ciencia moderna no tiene ningún interés de saber nada. De ahí que nuestra ciencia no tenga realmente un conocimiento verdadero, porque los fenómenos más diversos que ocurren en la Tierra no ocurrirían si no fueran producidos por impulsos y fuerzas cósmicas.

Pero los sabios de hoy no hablan de estas fuerzas cósmicas, no hablan de lo que es la realidad sobre todas las cosas. No toman en cuenta en ninguna parte lo que realmente está vivo. Incluso en la partícula más pequeña que miramos bajo el microscopio, viven no sólo fuerzas terrestres sino cósmicas, y si esto no se tiene en cuenta no hay realidad.

Así estaban las fuerzas cósmicas activas en ese momento sobre este fluido albuminico en el ambiente de la Tierra. Estas fuerzas cósmicas trabajaron en muchas partes de esta albumina de tal manera que la congelaron, de modo que uno podía ver por todas partes la albumina congelada por las fuerzas del cosmos; esta albumina congelada cósmicamente nadaba en el ambiente terrestre. Estas formas de albúmina congelada cósmicamente no eran meras masas imaginarias de nubes, eran seres vivos que tenían formas definidas. Éstas eran en realidad animales que consistían en esta albumina congelada engrosada a la densidad de la gelatina o incluso a la de nuestro cartílago actual. Tales animales gelatinosos existieron en esta atmósfera albuminosa fluida. Tenían una forma que encontramos hoy en menor escala en nuestros reptiles, en lagartos y criaturas de ese tipo; no eran tan densos como estos, pero tenían cuerpos gelatinosos y el poder del movimiento. En un momento tenían los miembros alargados, en otro estos miembros se adentraban en el cuerpo. En resumen, todo acerca de estas extremidades eran como un caracol que puede extender y retirar sus sensores.

Mientras que todo esto se estaba formando algo más se estaba depositando en la Tierra desde el cosmos, otra sustancia además de la sílice, y eso es lo que se encuentra hoy en día como la tiza o piedra caliza de la Tierra. Si ustedes van a las montañas primitivas, o simplemente a las montañas del Jura, se encuentran esta piedra caliza. Esta piedra caliza vino ciertamente a la Tierra más adelante pero vino al igual que la sílice del Cosmos. Así encontramos la tiza como la segunda sustancia en la Tierra.

montañas del jura

 

Esta tiza está continuamente rezumando y lo esencial es que trabaja de tal manera que el granito de la Tierra se vuelve gradualmente más y más denso. En ciertas localidades la sílice se incorpora a la tiza. Porque la tiza conserva las fuerzas cósmicas. De hecho, la tiza es algo muy diferente del material grosero que presentan los químicos de hoy. Contiene fuerzas formativas, relativamente activas aunque no sean reconocidas.

Ahora llegamos a una cosa peculiar. Si consideramos un tiempo algo posterior al que he descrito en relación con el fenómeno del surgimiento y desaparición del verde, encontramos que en esta atmósfera albuminosa hay un continuo aumento y caída de la sustancia calcárea. Se forma una niebla de tiza que luego cae como lluvia. Hubo un período en la Tierra cuando el agua que hoy se levanta en niebla y cae como lluvia era de una naturaleza de tiza que subía y bajaba, ascendiendo y descendiendo. Ahora lo curioso es que esta tiza es especialmente atraída por las formas gelatinosas y gruesas; Las impregna, los impregna de sí misma. Y a través de las fuerzas terrestres que están en ella (les dije que las fuerzas terrestres viven en la tiza), a través de estas fuerzas toda la masa gelatinosa se disuelve gradualmente, la masa que, como hemos visto, se formó allí como albúmina coagulada. La tiza abstrae la albúmina y la acerca más a la Tierra y de ella surgen gradualmente los animales que tienen huesos que contienen cal. Eso es lo que se desarrolla en el tiempo posterior a  la época lemuriana.

Por lo tanto, primero debemos considerar las plantas en su forma más antigua como regalos puros del cielo. En los animales, en todo lo que posee una forma animal, tenemos que ver algo de la Tierra, después de que los cielos le hubieran dado la tiza, la tomó y la convirtió en una forma terrenal. Estas son las cosas maravillosas que descubrimos en aquellos tiempos antiguos. Nos sentimos tan unidos a estas cosas que sentimos todo este proceso como una expansión del ser humano en el Cosmos.

Tales cosas suenan naturalmente paradójicas porque tocan una realidad de la que el hombre de hoy no suele tener idea; sin embargo, son absolutamente ciertas. ¿No se corresponde con la realidad de hoy cuando alguien dice de lo que recuerda: “Cuando yo era un niño de nueve años, tenía un amigo con quien me pegue o herí” Ese recuerdo es algo que surge del interior. El orador puede sentir placer en ello o no. Puede causarle dolor, pero surge dentro de él. Del mismo modo surge en el hombre a través de la relación con los metales una conciencia humana aumentada que se convierte en una conciencia de la Tierra: “mientras tú has formado en la Tierra todo tu ser desde los cielos, en el descenso has separado las plantas de ti. Ellas son desechadas de ti. Tú también desechaste la naturaleza animal. En forma de gelatina coagulada o de cartílago, primero hiciste que la naturaleza animal se convirtiera en un producto segregado de ti mismo. Pero en este caso tuviste que ver cómo las fuerzas terrestres anteriores han sacado esta obra de ti y le han dado las formas animales de manera que es un resultado de la creación de la Tierra”. Y así, a modo de  recuerdo cósmico, uno puede ver esto como su propia experiencia, tal como se puede ver en el caso que acabo de darles como una experiencia de una corta vida terrenal. Uno se siente, como se ha dicho, unido como ser humano a todas estas cosas.

Pero todo esto está conectado con muchos otros procesos. Sólo puedo bosquejar los principales acontecimientos. Muchas otras cosas sucedieron. Por ejemplo, mientras todo lo que he descrito estaba ocurriendo, toda la atmósfera estaba llena de azufre en un estado finamente dividido. Este azufre finamente dividido se unió a otras sustancias y de la unión surgieron lo que yo llamo los padres de todo lo que hoy se encuentra en los minerales como piritas, galena, sulfuro nativo de cinc, etc. En una forma más antigua, suave, gruesa y como de cera. El cuerpo de la Tierra estaba impregnado de estas cosas.

Cuando estos minerales, estas sustancias metálicas se desarrollaron a partir de la sustancia albuminosa general y formaron la corteza sólida de la Tierra, los metales realmente no tenían mucho más que hacer, a menos que el hombre hiciera algún uso de ellos que reflexionar sobre lo que había sucedido en el pasado. Los encontramos todavía haciendo esto, trayendo gráficamente a la mente de quien tiene visión interior todo lo que ha sucedido a la Tierra. Ahora, porque tiene como suya esta experiencia cósmica o por lo menos telúrica, dice: “A través de haber desechado de ti mismo todo esto, por haber desechado la forma vegetal primitiva, se han desarrollado después las formas vegetales posteriores, por haber rechazado lo que todavía existe de una manera más complicada como la creación animal que he descrito, tú has separado de ti mismo lo que antes te impedía tener tu voluntad como hombre”.

Todo lo que he descrito era necesario. El hombre tenía que desechar estas cosas de sí mismo, al igual que hoy tiene que deshacerse de la transpiración y otras materias. El hombre tenía que desechar estas cosas para dejar de ser sólo lo que los dioses quisieran, y para poder tener una voluntad propia, no un libre albedrío ciertamente, sino una propia voluntad. Todo esto era necesario como preparación para la naturaleza terrenal del hombre.

A través de lo mucho que sucedió todo se fue transformando gradualmente. Como los metales estaban ahora dentro de la Tierra, toda la atmósfera se transformo. Se convirtió en un ambiente diferente, mucho menos sulfuroso. El oxígeno gradualmente ganó la ventaja sobre el azufre, mientras que en los tiempos antiguos el azufre era de gran importancia para la atmósfera de la Tierra. Toda la atmósfera de la Tierra se transformó.

Y en esta atmósfera transformada, el hombre pudo desprender de sí mismo algo más. Lo que el hombre separaba ahora apareció como los sucesores de las plantas y los animales anteriores.

Gradualmente se desarrollaron las formas vegetales posteriores. Éstas tenían una especie de raíz por la cual se aferraron a una sustancia terrosa todavía extremadamente suave. Y allí surgieron reptiles, animales tipo lagartija, criaturas más complicadas, impresiones que la geología actual todavía puede descubrir. De las criaturas más antiguas de las que he hablado nada se puede encontrar. Sólo en ese período posterior, cuando por segunda vez el hombre separó de sí formas más complicadas, sólo entonces hubo criaturas como las que he estado describiendo. En primer lugar, estructuras nubosas, continuamente surgiendo y desapareciendo, creciendo en verde y luego desapareciendo; formas suaves que eran en realidad animales, formas que poco a poco se consolidaron, tuvieron una vida propia y luego desaparecieron en la vida terrena común. Este fue el caso de todos estos seres. Y de todo esto surgió algo que se condensó todavía más.

Entre estos animales estaba uno que se puede describir como sigue: tenía un órgano muy grande como un ojo rodeado por una clase de aura. Cerca de él tenía una especie de hocico, que además se alargaba hacia delante, algo parecido al cuerpo del lagarto, pero con poderosas aletas. Surgió una forma como esta, que ahora desarrolló más firmeza en sí misma. Los animales se levantaron poseídos de lo que podría llamar alas como aletas, porque estos animales no eran criaturas marinas, ya que no había mar todavía, había una masa terrosa suave y alrededor un elemento aún más suave de los cuales sólo el azufre había sido parcialmente eliminado. En estos alrededores el animal volaba o nadaba, era una actividad entre volar y nadar.

Además de éstos había otros animales que no tenían este tipo de miembros. Tenían miembros que ya estaban formados más por las fuerzas de la Tierra misma, y que también nos recuerdan los miembros de los mamíferos inferiores de hoy.

Así, si partiendo de la actualidad pudiéramos recorrer el tiempo en vez de pasar por el espacio hasta ese período que une la época lemuriana con la de la Atlántida, nos enfrentaríamos a una perspectiva peculiar. Deberíamos ver estos gigantescos lagartos voladores, con una especie de linterna en sus cabezas que brillaba y daba calidez. Abajo está la suave Tierra que tiene algo extremadamente familiar, porque ofrece a los visitantes de hoy una especie de olor, algo entre un olor a humedad y el olor proveniente de plantas verdes, algo entre los dos. Algo seductor por un lado y extremadamente simpático por el otro sería ofrecido por el barro de la blanda Tierra. En este pantano también nos encontramos moviéndose como criaturas de animales de pantano que ya tienen extremidades más parecidas a las de nuestros actuales animales inferiores, pero se extienden por debajo de ellos, algo así como las patas palmeadas de un pato pero, por supuesto, mucho más grandes. Con estas “palas” se propulsan en el pantano, y también se balancean de un lado a otro.

El hombre tuvo que pasar por todo este proceso de desechar para poder prepararse una independencia de sentimiento durante su existencia en la Tierra.

Así tenemos primero una creación vegetal-animal que consistía en productos segregados del hombre, preparando así la posibilidad de que el ser humano en la Tierra se convierta en un ser de voluntad. Si todo esto hubiera permanecido en el hombre, no habría tomado posesión de su voluntad. Su voluntad se habría convertido entonces en una función física. Al separar estas cosas de sí mismo, lo físico se coloca fuera de él y la voluntad asume un carácter psíquico.

De la misma manera, a través del esta segunda creación el sentimiento asume un carácter psíquico. Hasta mediados de la época atlante no se desarrollan estos animales y plantas que son similares a los actuales. La Tierra en ese momento había alcanzado una etapa similar en apariencia a lo que es ahora. Las mismas sustancias químicas que son reconocidas por los químicos también estaban en existencia. Poco a poco se desarrolló lo que conocemos como carbono, oxígeno, metales pesados, alcalinos y similares. Todo esto fue desarrollándose en ese tiempo.

Así el hombre fue capaz de hacer la tercera separación de sí mismo, es decir, lo que hoy forma su entorno como el mundo vegetal-animal. Y a medida que separó esto de sí mismo surgió alrededor de él la creación actual, preparándose para vivir en la Tierra como un ser pensante.

Por lo tanto, debemos decir que la Humanidad no estaba entonces dividida como lo está hoy en individualidades. Había una Humanidad común, todavía de naturaleza psíquica y espiritual, hundiéndose en el éter. Porque esta Humanidad común descendió del cosmos con el éter que fluyó a la Tierra desde el Cosmos.

La humanidad pasó entonces por esos acontecimientos que ustedes encontraran descritos en mi libro “La Ciencia Oculta, un esquema”. Llegó a la Tierra, se fue a los otros planetas, y volvió de nuevo en la época Atlante. Esto siguió continuando junto con los otros acontecimientos, pues cuando algo se separaba, la Humanidad no podía permanecer en la Tierra. Tenía que desaparecer para fortalecer las fuerzas interiores, que ahora eran de una naturaleza mucho más sutil y más psíquica. Entonces la Humanidad bajó de nuevo. Ustedes pueden leer acerca de estos eventos con más detalle en mi “Ciencia Oculta un Esquema”. El hombre, la Humanidad, pertenece realmente al Cosmos, y preparó para sí su propio ambiente terrenal enviando al dominio de la Tierra las cosas que fue apartando de él y que luego se metamorfosearon en los otros reinos de la Naturaleza. Ahora están en el dominio de la Tierra, donde el hombre está rodeado por ellos. Y ahora podemos decir: “Enviando estos productos de desecho al dominio de la Tierra, el hombre gradualmente desarrolló dentro de si lo que le proporcionó como ser humano terrenal voluntad, sentimiento y pensamiento”.

Pues lo que el hombre es hoy como ser pensante, sensiente y volitivo, que durante el período entre el nacimiento y la muerte descansa sobre un fundamento orgánico físico, sólo se ha desarrollado gradualmente y está conectado con aquellos seres que, por el bien de la evolución de los seres humanos, se han separado en el curso del tiempo del reino humano. Debido a esta separación se han metamorfoseado en sus formas actuales.

Como pueden ver no hablamos simplemente de una manera abstracta general sobre esta relación con lo que es de naturaleza metálica en la Tierra. Pues cuando uno se une a estos metales, que ocultan en ellos el recuerdo de los acontecimientos terrenales, pueden entonces hablar realmente de lo que uno recuerda, y encuentra realmente lo que les he relatado hoy.

Cuando volvemos a esos tiempos anteriores, encontramos que todo es más fugaz, va desapareciendo más rápidamente. Contemplen sólo la grandiosa y majestuosa perspectiva que les he descrito. Esas formas silíceas móviles parecidas a la cera en las que surgen las formas esbozadas del mundo vegetal que se sumergen de lleno en la blanda sustancia albuminosa y, por lo tanto, presentan en el ambiente terrenal al que miramos algo que crece verde y se desvanece de nuevo. Piensen en estas cosas y ustedes mismos dirán: “En contraste con las plantas que crecen en la Tierra hoy con raíces firmes y hojas sólidas; O, en comparación con los árboles de hoy en día con su duro tronco, todo esto fue una imagen fugaz”. ¡Piense en lo fugaces que fueron esas formas anteriores comparadas con el roble de hoy!. (El roble mismo no se enorgullece de su firmeza, pero los que viven en torno a él lo son generalmente, porque confunden su propia debilidad frecuente con la firmeza del roble.) Si comparan la dureza del roble de hoy con la sustancia de las antiguas formas de las plantas, cuán débil es su elevación, cuán débil es su desaparición, como sombras que se elevan en la atmósfera, condensándose y luego desapareciendo!. O si comparas esto con un caso más grosero, digamos, un hipopótamo o un elefante de hoy, o cualquier mamífero vivo en su piel robusta – comparen esto con las criaturas de ese tiempo temprano, cuando como albúmina coagulada salieron de la masa albuminica común y fueron aprovechados por la tiza, y con ese proceso en una manera algo más densa desarrolló las indicaciones de los huesos en la naturaleza animal de la Tierra; cómo de esta manera se vuelven algo más densos y desarrollan los primeros indicios de un sistema óseo. Si consideran toda esta solidez de hoy en comparación con lo que la Tierra fue una vez ya no serán capaces de dudar de que cuanto más allá retrocedamos, más fugaces e inestables son las condiciones.

Luego nos remontamos a donde sólo hay formaciones de colores que surgen, tejen y viven, que surgen y pasan. Si ustedes toman la descripción del Antiguo Sol, del Antiguo Saturno, los predecesores de la Tierra como los encontrarán en mi “Ciencias Oculta un Esquema”, ustedes dirán que todo esto es comprensible cuando sabemos que tenemos que volver del tiempo presente a una condición anterior. Allí, esta evanescente formación vegetal absorbe la albúmina convirtiéndose en algo así como una formación de nubes. En un período aún más antiguo encontramos formas que se manifiestan sólo en color, como las que he descrito al hablar de la existencia del Antiguo Sol o de la existencia del Antiguo Saturno.

Así, gradualmente, si seguimos lo que es físico a lo largo del tiempo, nos alejamos de lo grosero y elefantino, a través del refinamiento de lo físico a lo espiritual, y de esta manera, prestando atención al hecho real, volvemos al origen espiritual de todo lo que pertenece a la Tierra. La Tierra tiene su origen en lo espiritual. Ese es el resultado de una visión verdadera, y creo que es una hermosa idea poder decir: Si penetras en el interior de la Tierra y dejas que los duros metales te digan lo que recuerdan, te contaran lo siguiente: “Una vez estuvimos extendidos en el espacio cósmico de tal manera que no fuimos sustancia física en absoluto, pero en el espíritu fuimos la esencia del color, tejiendo en el cosmos, surgiendo y desapareciendo”.

La memoria de los metales de la Tierra nos devuelve a esa condición donde los metales eran colores cósmicos, permeándose unos a otros, donde el cosmos era una especie esencial de arco iris, una especie de espectro que luego se diferenció gradualmente volviéndose físico.

Este es el punto en que lo que yo llamo la impresión meramente teórica comunicada por el elemento metálico de la Tierra pasa a ser una impresión moral. Pues cada metal nos dice al mismo tiempo: “Yo procedo de las extensiones del espacio y de las formas de la Tierra. Yo me levanto del reino celestial. Estoy aquí atraído hacia abajo y encantado en la Tierra. Pero espero mi redención, porque una vez más llenaré el Universo de mi ser”. Cuando de esta manera aprendemos a entender el lenguaje de los metales, entonces el oro nos habla del Sol, el plomo nos habla de Saturno, el cobre nos habla de Venus. Y entonces estos metales nos dicen: “Erase una vez que nos extendimos lejos, el cobre a Venus, nos conducimos a Saturno. Hoy estamos encantados aquí. Pero cuando la Tierra haya cumplido su tarea de tal manera que el hombre haya alcanzado lo que sólo sobre la Tierra puede alcanzar, nos extenderemos allá afuera. Hemos sido encantados de esta manera para que el hombre en la Tierra pueda llegar a ser libre. Cuando el hombre se haya adquirido la libertad, entonces nuestro desencantamiento también puede comenzar”.

Este desencantamiento ya ha comenzado. Sólo tenemos que entenderlo. Debemos entender cómo la Tierra, junto con el hombre, se desarrollarán más en el futuro.

Traducido por Gracia Muñoz en Junio de 2017.

GA232c2. Centros de Misterios

24 de Noviembre de 1923

 

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Si buscamos continuar el estudio de la naturaleza anímica, a la que dedicamos nuestra atención en la conferencia de ayer e investigar la actividad de la naturaleza anímica en el hombre físico en relación con aquellas cosas que también hablamos ayer, podemos seguir dos direcciones. La memoria indica al alma las experiencias pasadas; el pensamiento conduce al alma, como ayer expliqué, a la existencia etérica. Aquello que puede aferrarse al hombre, incluso con más fuerza que el recuerdo, tan fuerte que los impulsos interiores penetran hasta su sustancialidad corporal, lo denominé el gesto. Al observar el gesto y su naturaleza hemos avanzado hasta la revelación del alma y el espíritu en lo físico.

La entrada completa del hombre en la vida física terrenal es una toma de posesión de lo físico mediante el alma y el espíritu y si para empezar, limitamos nuestras consideraciones a la memoria, encontramos que esto consiste en que lo experimentado a una edad temprana es portado hasta años posteriores. Ahora, cuando la memoria señala a cosas del curso pasado de la vida terrenal, surge la pregunta, ¿hay algo en la vida humana que nos señale aún más hacia el pasado? ¿Podemos remontar la mirada hasta aquello que existe antes de la entrada del hombre en la vida terrenal?

Aquí llegamos a dos cosas, es decir, aquello que el hombre ha experimentado espiritual y psíquicamente en la existencia pre-terrenal (que dejaremos para una posterior consideración) y algo relacionado con la naturaleza física corporal que el hombre como ser individual porta en ella. Me refiero a todo aquello que estamos acostumbrados a designar como la herencia debido a nuestras ideas científico-naturales. El hombre porta consigo justo en las tendencias de su propio temperamento aquellos impulsos, aquellas características, que juegan un papel tan importante en el alma, y que están relacionadas con lo que era característico de sus antepasados físicos.

Por supuesto nuestra humanidad moderna trata tales asuntos con superficialidad, con insensatez. Por ejemplo, esta misma mañana leí un libro que trata de un regente de una conocida casa real, ahora extinta. Este libro se entrega a la cuestión de la herencia en esa familia. Se mencionan cualidades que se remontan hereditariamente hasta el siglo XVII. En ese libro que trata de la herencia encontramos una frase peculiar, que dice aproximadamente: “En esta casa real hay miembros que muestran claramente una tendencia hacia la extravagancia, hacia lo absurdo de la vida, hacia los excesos, etc. Aunque hay también miembros de esta casa que no tienen ninguna de estas tendencias”. Como ustedes ven, esta es una clase de pensamiento peculiar, pues uno podría realmente suponer que un escritor que hace una afirmación de esta índole tendría que admitir que no se pueden extraer conclusiones de tales circunstancias. Pero si examinan muchas de las cosas que en la actualidad conducen a lo que se llaman opiniones bien fundadas encontrarán muchas cosas de esta naturaleza.

Incluso aunque los puntos de vista imperantes sobre la herencia puedan parecer algo superficiales uno debe admitir que el hombre porta consigo características heredadas. Ese es un aspecto; el hombre a menudo tiene que luchar contra estas características heredadas. Debe, por así decirlo, desprenderse de ellas para alcanzar aquello para lo que estaba preparado mediante el proceso de la vida prenatal.

El otro aspecto que atrae nuestra atención es aquello que el hombre adquiere a través de la educación, a través del intercambio con sus prójimos, y también a través del intercambio con la naturaleza exterior. A los hábitos adquiridos a través de la observación de los reinos inferiores de la naturaleza, se les llama la adaptación del hombre a las condiciones que le rodean. Como ustedes saben, nuestra ciencia natural moderna considera estos dos impulsos de la herencia y adaptación como las influencias más importantes sobre los seres vivos.

Cuando penetramos en estos hechos sentimos, si los contemplamos sin prejuicios, que a menos que un hombre encuentre su camino hacia el mundo espiritual, no podrá llegar a conclusión alguna sobre tales cosas. Por tanto hoy consideraremos a la luz del conocimiento espiritual, las cosas que hallamos en cualquier momento de la vida.

Para ello debemos regresar a algo que hemos tratado repetidamente en estudios anteriores. A menudo hemos tenido que referirnos a la salida de la luna del planeta Tierra, y hemos mostrado que la luna estuvo anteriormente unida con la Tierra, y en un determinado punto del tiempo abandonó esta para influenciar sobre ella desde fuera. También he señalado que hay una causa espiritual para esta salida de la luna. Les he contado cómo hubo una vez sobre la Tierra seres sobrehumanos viviendo, que fueron los primeros grandes Maestros de la humanidad, y de los que procede lo que basándose en nuestro pensamiento humano terrenal podría designarse como Sabiduría Primigenia, que se encuentra por doquier como una trama, que es de profunda importancia y suscita reverencia incluso en la forma de restos fragmentarios en que existe hoy en día. Esta sabiduría fue una vez el contenido de las enseñanzas de estos grandes Maestros sobrehumanos en el punto de partida de la evolución terrenal humana.

Estos Seres encontraron su camino en la existencia lunar y allí están hoy, unidos a la luna. Pertenecen a la población de la luna, por así decirlo. Ahora lo importante es que cuando el hombre atraviesa el portal de la muerte, viaja a través de una serie de etapas por el reino del mundo planetario que pertenece a nuestra Tierra. Ya hemos considerado cómo, después de pasar a través de la existencia terrenal, el hombre entra primero en la esfera de actividad de la luna, después en la esfera de actuación de Venus, Mercurio, Sol, etc. Hoy puede interesarnos aprender cómo entra en la esfera de acción de la luna.

Ya he indicado cómo la vida del hombre puede seguirse con la visión Imaginativa más allá del portal de la muerte y que aquello que el hombre es como espíritu aparece después de haber desechado el cuerpo físico, que es entregado a los elementos terrenales, y después de haber visto su cuerpo etérico asumido por la esfera etérica que está unida con la Tierra; aún permanece allí la parte espiritual y anímica del hombre, el yo y el cuerpo astral.

Si, con la visión Imaginativa, seguimos lo que así atraviesa el portal de la muerte, siempre se presenta en una determinada forma. Esa es la forma espiritual que modela la sustancia física que el hombre porta en sí. Esta forma, comparada con el robusto cuerpo físico, no es sino una especie de imagen imprecisa, pero ejerce una profunda e intensa impresión en el sentimiento y percepción del alma. En esta forma la cabeza del hombre aparece débilmente a la mirada del alma. El resto de la forma es robusta, y gradualmente al pasar entre la muerte y un nuevo nacimiento esta forma se transforma en la cabeza de la siguiente encarnación.

Debemos aquí decir algo sobre esta forma que puede observarse con la visión Imaginativa después de que el hombre ha atravesado el portal de la muerte. Lleva una verdadera expresión fisionómica. En cierto sentido es una verdadera imagen de la forma en que el hombre aquí en su vida físico-terrenal fue bueno o malvado. Aquí en la vida terrenal un hombre puede ocultar el hecho de si el bien o el mal prevalecen en su alma, pero tras su muerte ya no puede ocultarlo. Cuando por tanto miramos la forma espiritual que queda tras la muerte vemos que lleva la expresión fisionómica moral de lo que el hombre fue sobre la Tierra.

Alguien que lleve a través del portal de la muerte aquello que es moralmente malo unido a su alma, tiene una expresión fisionómica mediante la cual se hace exteriormente similar, si se puede decir así, a las formas ahrimánicas. Es absolutamente un hecho que, durante el primer período tras la muerte, el sentimiento y percepción completa del hombre está condicionado por aquello que puede reproducir en sí mismo. Si él tiene la fisionomía de Ahriman, porque ha portado el mal moral en su alma, al atravesar el portal de la muerte, sólo puede reproducir, lo que significa percibir, lo que se asemeja a Ahriman. En cierto sentido esta psíquicamente ciego ante aquellas almas humanas que han atravesado el portal de la muerte teniendo una buena disposición moral. Ciertamente, es el más severo juicio que el hombre puede sufrir tras atravesar el portal de la muerte, que en la medida en que él mismo es malvado sólo es capaz de ver a aquellos seres que son como él mismo, porque sólo puede reproducir en sí aquello que forma la fisionomía de los seres humanos malvados.

Habiendo atravesado el portal de la muerte él entra ahora en la esfera lunar. Allí entra en la presencia de seres suprasensibles y suprafísicos, pero siempre en la medida en que son similares fisionómicamente a él mismo; así aquel que porta el mal a través del portal de la muerte entra en contacto con formas ahrimánicas. Este paso a través de un mundo ahrimánico, posee en el caso de ciertos seres humanos un significado bastante definido en la conexión completa de los sucesos cósmicos; y comprenderemos lo que sucede allí realmente si tenemos en cuenta el verdadero propósito del viaje de los sabios Guías humanos de la antigüedad a la colonia lunar del cosmos.

Además de los Seres de las Jerarquías superiores a los que habitualmente llamamos ángeles, arcángeles, etc., existen también, vinculados con la totalidad de la evolución cósmica aquellos Seres que pertenecen a los reinos de Lucifer y Ahriman. Estos Seres actúan en la conexión cósmica igual que lo hacen aquellos que se desarrollan normalmente. Los seres Luciféricos actúan de forma tal que buscan alejar de la materialidad física aquello que tiene la tendencia en sí de sumergirse en aquella. En la esfera de la humanidad los seres Luciféricos actúan de tal forma que utilizan cualquier oportunidad para alejar al hombre de su cuerpo físico. Los seres Luciféricos se afanan en hacer del hombre un ser etérico psíquico puramente espiritual. Las formas Ahrimánicas sin embargo se afanan en separar del hombre todo aquello que pueda desarrollarse hacia una naturaleza psíquica y espiritual, naturaleza que debería desarrollarse ahora en la humanidad. Les gustaría cambiar lo sub-humano –aquello que reside en los impulsos, instintos y demás, y que se expresa en el cuerpo– y transformarlo en lo espiritual. Transformar al hombre en un ser espiritual es la tendencia tanto de los seres Luciféricos como de los Ahrimánicos.

O Baron Arild Rosenkrantz10

 

Lucifer busca extraer del hombre el espíritu y el alma de tal forma que ya no se preocupe de las encarnaciones terrenales sino que desee vivir únicamente como un ser anímico-espiritual. Los seres Ahrimánicos por el contrario prefieren no preocuparse en absoluto por el alma y el espíritu del hombre; sino que buscan separar y llevarse a su propio mundo aquello que le es dado al hombre como una envoltura, como una vestidura, como un instrumento, es decir, el cuerpo físico y etérico.

El hombre encara por un lado a los Seres de las Jerarquías que se desarrollan normalmente, pero como está entretejido en la existencia completa, encara también las formas luciféricas y ahrimánicas.

El hecho es que cada vez que las formas luciféricas hacen esfuerzos para acercarse al hombre, su objetivo es alejarle de la Tierra. Por otra parte, cuando las formas ahrimánicas se esfuerzan por dominarle, buscan hacerlo más y más terrenal, aunque también desean espiritualizar la Tierra en una densa sustancia espiritual e impregnarla de condensadas fuerzas espirituales.

Cuando hablamos sobre asuntos espirituales hemos de utilizar expresiones que quizás puedan parecer grotescas, pero debemos utilizar el lenguaje humano. Por tanto permítanme utilizar palabras humanas habituales para algo que tiene lugar puramente en el espíritu; ustedes me comprenderán. Tendrán que elevar lo que debo expresar de esta manera a lo espiritual.

Los mismos seres que, como grandes Maestros trajeron al hombre aquella antigua sabiduría al comienzo de la existencia terrenal, se retiraron a la Luna para, en la medida de sus poderes, poner a los elementos Luciféricos y Ahrimánicos en la relación correcta con la vida humana. ¿Por qué fue esto necesario? ¿Por qué seres tan elevados como estos grandes Maestros Primigenios decidieron abandonar la esfera terrenal en la que habían actuado durante un tiempo, y marcharon a la esfera lunar fuera de la Tierra, para en la medida de lo posible situar a los elementos Luciféricos y Ahrimánicos en la correcta relación con el hombre?

Cuando el hombre, como ser anímico y espiritual, desciende a la esfera terrenal desde su existencia preterrenal, atraviesa aquel sendero que he descrito recientemente en el ciclo de conferencias sobre “Cosmología, Filosofía y Religión”. Él tiene una existencia psíquico-espiritual definida. El hombre une esto con lo que le es dado con la pura línea hereditaria a través de sus padres en la existencia física embrionaria. Estas dos, la existencia física embrionaria y la espiritual se interpenetran la una con la otra. Se unen entre sí; y de esta manera el hombre deviene a la existencia terrenal. Pero en aquello que vive en la línea hereditaria, en lo que desciende de los ancestros en forma de características heredadas, está contenido aquello que da a los seres ahrimánicos su punto de incisión sobre la naturaleza humana. Las fuerzas ahrimánicas moran en las fuerzas de la herencia, y cuando el hombre porta en sí muchos de estos impulsos heredados, tiene una naturaleza corporal en la que el yo no puede entrar plenamente. Ciertamente el secreto de muchos seres humanos es que tienen dentro de sí demasiados impulsos heredados. Esto se llama actualmente “estar cargado con la herencia”. La consecuencia de esto es que el yo no puede penetrar completamente en el cuerpo; no puede rellenar completamente todos los órganos individuales del cuerpo. Así el cuerpo en cierto sentido desarrolla una actividad propia paralela a los impulsos del yo al que realmente pertenece ese cuerpo. Así estos poderes ahrimánicos, al esforzarse por incidir lo máximo posible en la herencia, logran de este modo que el yo encaje con demasiada holgura en el ser humano; ese es el asunto.

El hombre está sin embargo sujeto también a la influencia de condiciones externas. Ustedes pueden darse cuenta de con cuánta fuerza el hombre está sujeto a estas condiciones  si consideran toda la influencia que las condiciones climáticas o geográficas tienen sobre él. Esta influencia del entorno puramente natural es ciertamente de extraordinaria importancia para el hombre. Hubo incluso momentos en que esta influencia del entorno natural se utilizó de una forma especial en la guía de los sabios líderes de la humanidad.

Por ejemplo, vamos a considerar algo muy extraordinario en la Antigua Grecia, la distinción entre espartanos y atenienses, debemos afirmar que esta diferencia, que se describe de una manera muy superficial en nuestros libros ordinarios de historia, reside sobre algo que se remonta a las regulaciones de los antiguos Misterios, que actuaron de tal forma que produjeron diferentes resultados para los espartanos y los atenienses.

En la antigua Grecia se prestaba mucha atención a la gimnasia como el principal factor en la educación del niño; pues de acuerdo con el método griego, al actuar sobre el cuerpo de una determinada forma también se actuaba indirectamente sobre el alma y el espíritu. Pero esto tuvo lugar de una forma para los espartanos y de otra diferente para los atenienses. Para los espartanos, se consideraba necesario por encima de todo permitir que los chicos se desarrollasen de tal forma que a través de sus ejercicios gimnásticos adquirieran en la medida de lo posible aquello que actuaba interiormente sobre el cuerpo, sólo por medio del cuerpo. Por tanto el muchacho espartano era impulsado a realizar sus ejercicios gimnásticos sin importar el clima.

Esto era diferente para los atenienses. Estos ponían gran énfasis en que sus ejercicios gimnásticos estuvieran adaptados a las condiciones climáticas. Ellos tuvieron mucho cuidado de que el chico que efectuaba sus ejercicios estuviera expuesto a la luz solar de la manera correcta. Para los espartanos era indiferente que los ejercicios se efectuasen bajo la lluvia o a la luz del sol, pero los atenienses exigían que las condiciones climáticas, especialmente los efectos solares, actuaran como un estímulo para ellos. El muchacho espartano era tratado de tal modo que su piel se hacía impermeable, de forma que todo lo que desarrollase en sí mismo proviniera de la corporalidad interior. La piel del muchacho ateniense no era masajeada con arena y aceite, sino que estaba expuesta a la acción del sol. Aquello que puede entrar en el hombre desde el exterior, a partir de los efectos del sol, pasaba así al interior de los muchachos atenienses. El muchacho ateniense era animado a ser elocuente, a expresarse con hermosas palabras. El muchacho espartano, por otra parte, era encerrado en sí mismo por medio de todo tipo de masajes con aceite; ciertamente al masajear la piel con arena y aceite se le entrenaba para desarrollar todo en sí mismo independientemente de la naturaleza exterior. Se le obligaba así a llevar a su naturaleza interna todas las fuerzas que la naturaleza humana puede desarrollar y no exteriorizarlas. Así, no llegó a ser elocuente como el muchacho ateniense, pero de esta manera se consiguió que fuera reticente, que hablara muy poco, que permaneciera silencioso. Si decía algo tenía que ser significativo. Tenía que tener contenido. Los discursos espartanos, que se escuchaban raras veces, se distinguían por el peso de su contenido. Los discursos atenienses se distinguían por la belleza de su lenguaje. Todo esto se hallaba relacionado con la adaptación del hombre a su entorno por medio del sistema de educación correspondiente.

Ustedes también pueden ver en otros lugares esta relación mantenida entre el hombre y su entorno. Los hombres de las regiones del sur, sobre los que actúan los efectos exteriores del sol, son más prolíficos en gestos; también son más habladores. Se desarrolla en ellos un lenguaje que tiene melodía porque en su desarrollo del calor interior están conectados con el calor exterior. Los hombres de las regiones del norte, por otro lado, se desarrollan de tal modo que no son habladores, porque tienen que retener en ellos su calor corporal como impulso. Consideren a los hombres del norte. Son conocidos por su silencio. Pueden sentarse juntos durante toda la noche sin sentirse obligados a pronunciar muchas palabras. Un hombre puede hacer una pregunta. El otro tal vez le responda con un “no” o “sí” después de dos horas, o tal vez la noche siguiente. Esto se haya relacionado con el hecho de que estos hombres del norte están obligados a tener en su interior un impulso más fuerte para la creación de calor interior, porque en ellos no penetra calor desde el exterior.

Aquí tenemos algo que podríamos llamar la adaptación del hombre a las condiciones naturales exteriores. Observen pues cómo todo esto se encuentra activo en la educación y en la vida anímico-espiritual general. Ahora bien, igual que los seres ahrimánicos poseen una influencia esencial sobre lo basado en la herencia, del mismo modo los seres luciféricos tienen una influencia esencial sobre la adaptación. Aquí pueden llegar al hombre cuando está desarrollando su relación con el mundo exterior. Enredan el yo humano en el mundo exterior; y al hacerlo a menudo confunden a este en el ámbito del karma.

Así mientras los seres ahrimánicos pueden poner al hombre en un estado de confusión en lo referente a su yo y sus impulsos físicos, los seres luciféricos le confunden en lo que respecta a su karma; pues aquello que proviene del mundo exterior no siempre se basa en el karma, sino que ha de ser tejido primero en el karma del hombre por medio de muchos hilos y conexiones de forma que su karma pueda residir en el futuro.

De esta forma las influencias Luciféricas y Ahrimánicas están íntimamente conectadas con la vida humana y han de ser reguladas. Deben ser reguladas a lo largo de la evolución del hombre. Por esa razón se hizo necesario que estos Maestros Primigenios de la Humanidad abandonasen la Tierra —en la que no podrían haber emprendido esta regulación porque no se puede emprender durante la vida terrena del hombre, y el hombre, cuando sale de su vida terrenal ya no está en la Tierra— por tanto estos antiguos Maestros de la humanidad tuvieron que retirarse de la Tierra, y proseguir su existencia en la Luna. Aquí estoy obligado a revestir con el discurso humano algo para lo que uno realmente requiere otras palabras-imagen. Después de que estos antiguos Maestros de la humanidad (Protomaestros) se hubieran retirado a la Luna tuvieron que buscar, durante su existencia lunar, un acuerdo con los poderes Ahrimánicos y Luciféricos. Ahora la aparición de los poderes Ahrimánicos sería especialmente perjudicial para el hombre en su existencia tras la muerte si, durante esa existencia, pudieran ejercer su influencia sobre él; pues si el hombre atraviesa el portal de la muerte llevando las secuelas de algo malvado en su alma, entonces, como ya les he explicado se encuentra completamente en un entorno Ahrimánico, ciertamente, incluso tiene una apariencia ahrimánica. Él mismo tiene un aspecto ahrimánico y sólo percibe a aquellos seres humanos que también poseen una fisonomía ahrimánica. Eso debe seguir siendo una experiencia puramente psíquica en su alma. Si Ahriman pudiera intervenir ahora, si pudiera ahora influir sobre el cuerpo astral, esto se convertiría en una fuerza que Ahriman enviaría al hombre y que no podría equilibrarse kármicamente, sino que pondría al hombre y a la Tierra en una relación muy cercana. Esto es lo que los poderes Ahrimánicos se afanan por lograr. Ellos desean, tras la muerte, mientras el hombre en su forma espiritual aún se parece a su forma terrenal, desean introducirse en aquellos seres humanos en los que les es posible introducirse, gracias a los impulsos malignos que portan al atravesar el portal de la muerte. Ellos desean impregnar gradualmente esta forma espiritual en tantos seres como sea posible con sus propias fuerzas, atraerlos hacia abajo a la existencia terrenal y establecer una humanidad Ahrimánica terrenal.

Por tanto los antiguos y sabios Maestros de la humanidad que ahora habitan la luna hicieron un pacto con los poderes Ahrimánicos, que tuvo que ser firmado por esos poderes por razones que explicaré más tarde, según las cuales permitían que los poderes Ahrimánicos influyeran en el más pleno sentido de la palabra sobre la vida del hombre antes de descender a la vida terrenal.

Así, cuando el hombre, en su descenso a la vida terrenal, atraviesa de nuevo la esfera lunar, entonces, según el acuerdo hecho entre los sabios y antiguos Maestros de la humanidad y los poderes Ahrimánicos, estos tienen una influencia definida sobre él. Esta influencia se manifiesta en el hecho de la herencia. Como contrapartida, ya que gracias a los esfuerzos de los antiguos sabios Maestros de la humanidad, esta esfera de la herencia había sido asignada a los seres Ahrimánicos, estos renunciaban a tomar parte en lo que vive en la evolución del hombre tras la muerte.

De manera inversa se concluyó un acuerdo con los seres Luciféricos mediante el cual estos seres sólo tendrían una influencia sobre el hombre después de que hubiera atravesado el portal de la muerte, y no antes de que descendiera a la existencia terrenal.

De ese modo, a través de los antiguos sabios Maestros de la humanidad, surgió una regulación de las influencias de los seres Ahrimánicos y Luciféricos ejercidas fuera de la Tierra. Ya hemos visto y sólo necesitamos considerar el asunto cuando se hace inmediatamente claro que el hombre es puesto bajo la influencia de la naturaleza gracias a que los seres ahrimánicos son capaces de actuar sobre él. Antes de su descenso a la Tierra el hombre se haya expuesto a las influencias de la herencia. A través de las influencias de los seres Luciféricos está expuesto a aquellos impulsos que subyacen en su entorno físico, en el clima y demás, también en los impulsos que subyacen en su entorno psíquico, espiritual y social a través de la educación, etc. El hombre entra así en relación con su entorno natural, y en este entorno pueden actuar tanto las influencias Ahrimánicas como las Luciféricas.

Ahora me gustaría hablar de otro aspecto relativo a la existencia de estos seres Luciféricos y Ahrimánicos en este ambiente natural. Ya he tocado estas cosas al discutir el enigma de Michael, pero ahora trataré de aclararlo más.

Imagínense el cambio que tiene lugar en nuestro entorno natural en el fenómeno de una niebla creciente. Las exhalaciones acuosas de la Tierra ascienden. Vivimos dentro de la atmósfera, que se satura con este ascenso de los vapores acuosos terrenales. Alguien que ha desarrollado la visión espiritual descubre que en este fenómeno natural puede vivir algo que transporta el elemento terrenal hacia arriba en una dirección centrífuga.

niebla

No sin razón los hombres que viven en zonas con niebla suelen ser melancólicos, pues hay algo en experimentar la niebla que aplasta nuestra voluntad. Experimentamos un aplastamiento de nuestra voluntad con la niebla.

Ahora mediante ciertos ejercicios puede uno desarrollar su imaginación de forma que pueda aplastar su propia voluntad. Se puede hacer por medio de ejercicios que consisten en que el hombre se concentre interiormente en ciertos órganos del cuerpo, y produciendo una especie de sentimiento interior de los músculos (cuando una persona camina y siente sus músculos es diferente que contraer un músculo mediante la concentración cuando está en reposo). Cuando este ejercicio se practica regularmente como los ejercicios descritos en “Cómo se Alcanza el Conocimiento de los Mundos Superiores” entonces sobrecarga su voluntad a través de su propia actividad. Entonces comienza a ver lo que está presente en la niebla, que puede volver a las personas taciturnas y melancólicas. Él entonces ve, espiritual y psíquicamente, que en la niebla, viven ciertos espíritus ahrimánicos. Debe decirse entonces con cognición espiritual: En la niebla surgen desde la Tierra hacia el espacio cósmico espíritus ahrimánicos que extienden así su existencia más allá de esta.

De nuevo, es distinto cuando, aquí en la región del Goetheanum donde el hermoso entorno ofrece tantas oportunidades, dirigimos nuestra mirada por la tarde y por la mañana al cielo, y vemos las nubes sobre las que se posa la luz del sol. Hace unos días pudieron ver por la tarde una especie de luz solar rojizo-dorada incorporada en las nubes, que producía las más hermosas formas de una manera maravillosa. En la noche de ese mismo día la luna brilló con especial intensidad. Pero pueden ver por doquier las nubes con esta iluminación desplegando sobre ellas un hermoso juego de colores. Esto puede verse en cualquier lugar; estoy hablando simplemente de algo que puede ser especialmente hermoso aquí.

En esa radiante luz que se despliega en la atmósfera sobre las nubes, viven los espíritus luciféricos, igual que los espíritus Ahrimánicos viven en la niebla. En realidad, para alguien que puede ver los eventos de la naturaleza de la manera correcta, conscientemente, con imaginación, permitiendo que sus pensamientos ordinarios salgan y acompañen a las formas y los colores de las cambiantes nubes, dando juego a sus pensamientos en vez de fijarlas en contornos afilados, y que es capaz de cambiarlos o transformarlos cuando los pensamientos mismos se expanden o contraen al salir con estos cúmulos y acompañarlos en su forma y color, entonces él realmente comienza a contemplar el juego del color en las nubes, especialmente por la tarde o por la mañana, como un océano de color en el que se mueven las formas Luciféricas. Y mientras que, a través de la niebla surgen sentimientos melancólicos en el hombre, es ahora cuando sus pensamientos y al mismo tiempo hasta cierto grado sus sentimientos aprenden a respirar como en una libertad sobrehumana al ver este fluyente océano luciférico de luz. Esa es una relación especial con su entorno que el hombre puede cultivar, pues él puede entonces realmente elevarse hasta el sentimiento de que su pensamiento es como una respiración de luz. El hombre siente entonces su pensamiento, lo siente como una respiración de luz.

luz del amanecer

Si emprenden voluntariamente estos ejercicios, entonces comprenderán mejor esa parte de mis Dramas Misterio donde hablo de los Seres que respiran luz. El hombre puede incluso ahora obtener una premonición de lo que son esos Seres que respiran luz, si emprende los ejercicios que acabo de describir.

Entonces descubrimos cómo los seres Luciféricos y Ahrimánicos están incorporados en los fenómenos de la naturaleza exterior. Cuando estudiamos los fenómenos de la herencia y la adaptación al entorno en el ser humano nos damos cuenta de que en estos el hombre lleva su alma y su espíritu a la naturaleza. Si observamos los fenómenos de la naturaleza como la niebla y las nubes bañadas en luz vemos cómo los seres Ahrimánicos y Luciféricos se unen a la naturaleza. Pero el acercamiento del alma y del espíritu humano a la naturaleza a través de la herencia y la adaptación al entorno es también, como he mostrado hoy, sólo un acercamiento a lo Luciférico y Ahrimánico.

Así, cuando contemplamos la naturaleza del hombre encontramos en ella las influencias Luciféricas y Ahrimánicas; y en esos fenómenos de la naturaleza que tienen lugar dentro de ella y de los que el físico no se preocupa, encontramos de nuevo los elementos luciféricos y ahrimánicos. Ese es el punto de partida desde el cual podemos observar una actividad de la naturaleza sobre el hombre que se extiende más allá de la existencia terrenal.

Fijemos esto firmemente hoy en nuestras mentes. Encontramos a Ahriman y a Lucifer en la herencia y en la adaptación al entorno. Encontramos a Ahriman y a Lucifer en la niebla y en la luz que se vierte sobre las nubes y es retenida por ellas; y encontramos en el hombre el esfuerzo por crear un ritmo y un equilibrio entre la herencia y la adaptación al entorno. Pero también encontramos fuera en la naturaleza el esfuerzo de crear el ritmo entre los dos poderes cuya existencia en la naturaleza he mostrado, el Luciférico y el Ahrimánico.

Si siguen el proceso completo fuera en la naturaleza, tienen un hermoso drama. Observen la niebla y vean cómo en ella los espíritus ahrimánicos se afanan por salir al espacio cósmico. En el momento en que la niebla forma nubes, estos seres han de cejar en su empeño y regresar de nuevo a la Tierra. En las nubes el presuntuoso esfuerzo de Ahriman encuentra sus límites. En las nubes la niebla cesa, y con ella la morada de Ahriman; en las nubes comienza la posibilidad de que la luz repose sobre ella, Lucifer reposa sobre las nubes.

Capten el significado completo de esto. Imaginen la niebla creciente con formas ahrimánicas amarillo-grisáceas transformándose en nubes; mientras en aquello que se forma en la luz que fluye sobre las nubes las formas luciféricas se afanan por descender, y tendrán la imagen de lo Ahrimánico y lo Luciférico en la naturaleza.

Entonces comprenderán los tiempos en que había un sentimiento por lo que reside al otro lado del Umbral, por aquello que teje y vive en las brillantes nubes, por aquello que teje y vive en la niebla que asciende; de forma que en aquellos días los pintores, por ejemplo, estaban en una posición bastante diferente de la que asumieron después. Entonces el color, que para ellos era de naturaleza espiritual, asumió su lugar correcto en el lienzo. El poeta, consciente entonces de que lo Divino, el Espíritu, hablaba en él, podía decir: “Canta, Musa, la cólera de Aquiles”, o “Cántame, Musa, la historia del hombre que recorre muchos senderos”. Así comienzan los poemas de Homero. Klopstock, que vivió en una época en que el sentido por lo divino-espiritual ya no estaba vivo, escribe en su lugar: “Canta, Alma Inmortal, acerca de la redención de los hombres pecadores”. A menudo he hablado de esto. Igual que los poetas de tiempos antiguos podían hablar así, del mismo modo los antiguos pintores, incluso en la época de Rafael o de Leonardo, podían decirlo, porque ellos también lo sentían a su modo: “Pinta para mí, oh Musa. Pinta para mí, oh Divino Poder. Dirige mis manos, lleva mi alma a mis manos, para que Tú puedas guiar el pincel en ellas”.

Realmente se trata de comprender esta unión del hombre con lo espiritual en todas las situaciones de la vida, y la mayoría de ellas en las más importantes.

Así que tengamos esto claro, que por un lado, en la herencia y en la adaptación al entorno, llevamos al ser humano hacia Lucifer y Ahriman; mientras que, por otra parte, en una verdadera comprensión de la naturaleza, llevamos los elementos luciférico y ahrimánico hacia la naturaleza exterior. Desde este punto de vista continuaremos nuestras observaciones en la próxima conferencia.

Traducido por Gracia Muñoz. Junio de 2017

 

GA236c6. – La Festividad de Pentecostés – Su lugar en el estudio del Karma

Dornach, 4 de Junio de 1924

English version

[Desde febrero hasta septiembre de 1924, con intervalos de visitas a otras ciudades y países, Rudolf Steiner estuvo dando en Dornach la gran serie de 49 conferencias sobre Karma, producida posteriormente en cuatro volúmenes ahora disponible en traducción al inglés. La presente conferencia se dio muy poco antes del Festival de Pentecostés y se ocupa de su significado específico para el problema del destino humano con el que tratan las conferencias de las relaciones Kármicas.

El Dr. Steiner, que se presentó como antropósofo, comienza de inmediato con el hecho fundamental de los tres «cuerpos» que actúan en el organismo humano. Una exposición completa de esto se encuentra en el libro Teosofía, capítulo I.]

Cuando consideramos cómo funciona el Karma, siempre debemos tener en cuenta que el yo humano, que es el ser esencial, el ser íntimo del hombre, tiene tres instrumentos a través de los cuales puede vivir y expresarse en el mundo. Estos son el cuerpo físico, el cuerpo etérico y el cuerpo astral. El hombre lleva realmente los cuerpos físico, etérico y astral con él a través del mundo, pero él mismo no está en ninguno de estos cuerpos. En el sentido más verdadero, es el Yo; Y es el Yo el que sufre y crea el Karma.

Ahora bien, la cuestión es comprender la relación entre el hombre como yoidad y estas tres formas instrumentales —si me permiten llamarlas así— los cuerpos físico, etérico y astral. Esto nos dará la base para una comprensión de la esencia del Karma. Y obtendremos un punto de vista fructífero para el estudio del cuerpo físico, el etérico y el astral en el hombre en relación con el Karma, si consideramos lo siguiente.

Lo físico tal como lo vemos en el reino mineral, el etérico como lo encontramos trabajando en el reino vegetal, y el astral como lo encontramos trabajando en el reino animal —todo lo que se encuentra en el ambiente del hombre aquí en la Tierra. En el Cosmos que rodea a la Tierra tenemos ese Universo en el cual, si puedo describirlo, la Tierra se extiende por todos lados. El hombre puede sentir una cierta relación entre lo que ocurre en la Tierra y lo que ocurre en el ambiente cósmico. Pero cuando llegamos a la Ciencia Espiritual debemos preguntarnos: ¿Esta relación es realmente tan común como la concepción científica actual del mundo imagina?. Esta moderna concepción científica del mundo examina las cualidades físicas de todo lo que existe en la Tierra, vivo o sin vida. También investiga las estrellas, el sol, la luna, etc.; Y descubre —en realidad está particularmente orgulloso del descubrimiento— que estos cuerpos celestes son fundamentalmente de la misma naturaleza que la Tierra.

Tal concepción sólo puede resultar de una forma de conocimiento que en ningún momento llega a una comprensión real del hombre mismo —un conocimiento que toma sólo lo que es externo al hombre. Sin embargo, en el momento en que tomamos al hombre en el Universo, podemos descubrir las relaciones entre los diversos miembros instrumentales de la naturaleza del hombre, el cuerpo físico, el cuerpo etérico y el cuerpo astral y las entidades correspondientes, las realidades correspondientes del Ser, en el Cosmos.

Con respecto al cuerpo etérico del hombre, encontramos extendido en el Cosmos el Éter universal. El cuerpo etérico del hombre tiene una forma humana definida, formas definidas de movimiento dentro de ella, y así sucesivamente. Esto, en realidad, es diferente en el éter cósmico. Sin embargo, el éter cósmico es fundamentalmente de naturaleza similar a la que encontramos en el cuerpo etérico humano. De la misma manera podemos hablar de una semejanza entre lo que se encuentra en el cuerpo astral humano y un cierto principio astral que funciona a través de todas las cosas y todos los seres en el distante Universo.

Aquí llegamos a algo de extraordinaria importancia, algo que en su verdadera naturaleza es ajeno al ser humano de hoy. Empecemos por aquí. (Se hace un dibujo en la pizarra). Tenemos, primero, la Tierra; Y en la Tierra tenemos al Hombre, con su cuerpo etérico. Entonces en el mismo ambiente de la Tierra tenemos el Éter cósmico, —el éter cósmico que es de la misma naturaleza que el cuerpo etérico en el hombre—. En el hombre también tenemos el cuerpo astral. En el ambiente cósmico también hay Astralidad. ¿Dónde encontraremos esta Astralidad cósmica? ¿Dónde está? De hecho, hay que encontrarla, pero primero debemos descubrir lo que en el Cosmos delata la presencia de Astralidad cósmica; Qué es lo que lo revela. En algún lugar u otro está la Astralidad. ¿Es esta Astralidad en el Cosmos bastante invisible e imperceptible, o es, después de todo, de algún modo perceptible para nosotros?

En sí mismo, por supuesto, el éter también es imperceptible para nuestros sentidos físicos. Si puedo decirlo así, cuando estás viendo un pequeño fragmento de Éter, no ves nada con tus sentidos físicos, simplemente lo ves a través de él. El Éter es como una nada vacía para nosotros. Pero cuando consideramos el ambiente etérico como una totalidad, ustedes contemplan el cielo azul, del que también decimos que no está realmente ahí sino que están mirando el espacio vacío. Ahora la razón por la que ven el azul del cielo es porque realmente están percibiendo el fin del Éter. Así ven el Éter como el azul de los cielos. La percepción del cielo azul es real y verdaderamente una percepción del Éter. Por lo tanto, podemos decir: Al percibir el azul del cielo estamos percibiendo el Éter universal que nos rodea.

En el primer contacto, vemos a través del Éter. Nos permite hacerlo; Y sin embargo, se hace perceptible en los cielos azules. De ahí que la existencia de la percepción humana del azul del cielo se exprese en que decimos: El éter mismo, aunque imperceptible, se eleva al nivel de perceptibilidad por la gran majestad con la que se encuentra allí en el Universo, revelando su presencia, haciéndose conocer en el azul de la vasta extensión.

La ciencia física teoriza de manera materialista sobre el azul del cielo; y para la ciencia física es muy difícil llegar a una conclusión inteligente sobre este punto, por la sencilla razón de que está obligado a admitir que donde vemos el azul del cielo no hay nada físico. Sin embargo, los hombres hacen girar las teorías más elaboradas para explicar cómo los rayos de luz se reflejan y refractan de una manera peculiar para obtener a este azul del cielo. La realidad, es que es aquí donde el mundo suprasensible comienza a dominar. En el Cosmos, de hecho, lo Suprasensible se nos hace visible. Sólo tenemos que descubrir dónde y cómo se hace visible. El Éter se nos hace perceptible a través del azul del cielo.

Pero ahora, en algún lugar también está presente el elemento astral del Cosmos. En el cielo azul, el éter atraviesa, por así decirlo, los reinos de los sentidos. ¿Dónde entonces la Astralidad en el Cosmos atraviesa los reinos de la perceptibilidad? La respuesta, queridos amigos, es ésta. Cada estrella que vemos brillando en los cielos es en realidad una puerta de entrada para lo Astral. Dondequiera que las estrellas están parpadeando y brillando hacia nosotros, brilla y brilla el Astral. Miren los cielos estrellados en su variedad múltiple; En una parte las estrellas se juntan en montones y racimos, y en otra se dispersan a lo lejos. En toda esta maravillosa configuración de luz radiante, el cuerpo astral invisible y suprasensible del Cosmos se hace visible para nosotros.

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Por esta razón no debemos considerar el mundo de las estrellas de forma no espiritual. Mirar hacia el mundo de las estrellas y hablar de mundos de gases ardientes es como si —perdonen el aparente absurdo de la comparación, pero es precisamente cierto— es como si alguien que te ama te acaricia suavemente, sosteniendo los dedos un poco separados, y entonces dices que sientes como pequeñas cintas atraídas por tu mejilla. No es más falso que se pongan pequeñas cintas en la mejilla cuando alguien te acaricia, que ahí arriba existen en el cielo aquellas entidades materiales de las que la física moderna cuenta. Es el cuerpo astral del Universo el que perpetuamente ejerce su influencia —como los dedos suavemente acariciadores— en el organismo etérico del Cosmos. El Cosmos etérico está organizado para una duración muy larga; es por esta razón que una estrella tiene su cualidad de fija, representando una perpetua influencia en el éter cósmico por el Universo astral. Dura mucho más que el acariciamiento de la mejilla. Pero en el Cosmos las cosas duran más, porque allí estamos tratando con medidas gigantescas. Así, en los cielos estrellados que percibimos, en realidad contemplamos una expresión de la vida del alma del mundo astral cósmico.

De esta manera, una vida inmensa, insondable, y sin embargo, al mismo tiempo, una vida del alma, una vida real y actual del alma, se introduce en el Cosmos. Piensen que nos parece el Cosmos cuando miramos hacia los lejanos espacios y no vemos nada más que cuerpos gaseosos quemándose. Piensen cómo se vive todo cuando sabemos que las estrellas son una expresión del amor con el que el Cosmos astral trabaja sobre el Cosmos etérico, pues esto es expresarlo con la verdad perfecta. Piensen entonces en aquellos procesos misteriosos cuando ciertas estrellas se iluminan repentinamente en ciertos momentos, —procesos que sólo se nos han explicado por medio de hipótesis físicas que no conducen a una comprensión real. Estrellas que no estaban allí antes, se encienden por un tiempo, y desaparecen de nuevo. Así, en el Cosmos también hay un “acariciamiento” de duración más corta. Porque en realidad es cierto que en épocas en que los Seres divinos desean trabajar de una manera especial desde el mundo astral al etérico, vemos nuevas estrellas que se iluminan y se desvanecen otra vez.

Nosotros mismos en nuestro propio cuerpo astral tenemos sentimientos de deleite y bienestar de las más variadas formas. De la misma manera en el Cosmos, a través del cuerpo astral cósmico, tenemos la variada configuración de los cielos estrellados. No es de extrañar que la antigua ciencia instintiva clarividente, describa este tercer miembro de nuestro organismo humano como el cuerpo “astral” o “estrellado”, viendo que es de naturaleza semejante a lo que se nos revela en las estrellas.

Sólo al Yo no lo encontramos revelado en el ambiente cósmico. ¿Por qué es esto? Encontraremos la razón si consideramos cómo este Yo humano se manifiesta aquí en la Tierra, en un mundo que es en realidad triple: físico, etérico y astral. El Yo del hombre, tal como aparece dentro del Universo, es una y otra vez una repetición de vidas anteriores en la Tierra; Y una y otra vez se encuentra en la vida entre la muerte y un nuevo nacimiento. Pero cuando observamos el Yo en su vida entre la muerte y un nuevo nacimiento, percibimos que el cuerpo Etérico que tenemos aquí en el ambiente cósmico de la Tierra no tiene significado para el Yo humano. El cuerpo etérico se deja a un lado poco después de la muerte. Sólo el mundo astral, que brilla hacia nosotros a través de las estrellas tiene significado para el Yo en la vida entre la muerte y un nuevo nacimiento. Y en ese mundo que resplandece hacia nosotros a través de las estrellas, en ese mundo viven los Seres de las Jerarquías Superiores con quienes el hombre forma su Karma entre la muerte y un nuevo nacimiento.

De hecho, cuando seguimos este Yo en sus sucesivas evoluciones a través de las vidas entre el nacimiento y la muerte y entre la muerte y un nuevo nacimiento, no podemos permanecer en el mundo del espacio en absoluto. Porque dos vidas terrenales sucesivas no pueden estar dentro del mismo espacio. No pueden estar dentro de ese Universo que es dependiente de la coexistencia espacial. Aquí, pues, salimos del Espacio y entramos en el Tiempo. Esto es realmente así. Salimos del Espacio y entramos en el flujo puro del Tiempo cuando contemplamos el Yo en sus sucesivas vidas en la Tierra.

Ahora consideren esto, mis queridos amigos. En el espacio, el tiempo todavía está presente, por supuesto, pero dentro de este mundo del espacio no tenemos medios de experimentar el tiempo en sí mismo. Siempre tenemos que experimentar el Tiempo a través del Espacio y de los procesos espaciales. Por ejemplo, si desean experimentar el Tiempo, miran el reloj, o, si lo desean, el curso del sol. ¿Que ven? Ustedes ven las diferentes posiciones de las manecillas del reloj o del sol. Ustedes ven algo que es espacial. A través del hecho de que las posiciones de las manillas o del sol cambian, a través del hecho de que las cosas espaciales se les presentan como cambiantes, se obtiene alguna idea del Tiempo. Pero del Tiempo mismo no hay realmente nada en esta percepción espacial. Sólo hay variadas configuraciones espaciales, diferentes posiciones de las manecillas del reloj, posiciones variadas del sol. Sólo se experimenta el Tiempo como tal cuando entran en la esfera de la experiencia anímica. Allí se experimenta realmente el Tiempo, pero allí también sale del Espacio. Allí, el Tiempo es una realidad, pero dentro del mundo terrenal del Espacio, el Tiempo no es una realidad. Entonces, ¿qué nos sucedería si salimos del espacio en que vivimos entre el nacimiento y la muerte y entramos en la falta de espacio en que vivimos entre la muerte y un nuevo nacimiento? ¿Qué debemos hacer? La respuesta es la siguiente: ¡Debemos morir!.

Debemos tomar estas palabras en su significado exacto y profundo. En la Tierra experimentamos el Tiempo sólo a través del Espacio —a través de puntos en el Espacio, a través de las posiciones de las cosas espaciales—. En la Tierra no experimentamos el Tiempo en su realidad en absoluto. Una vez que comprendan esto, dirán: “Realmente para entrar en el Tiempo debemos salir del Espacio, debemos guardar todas las cosas espaciales”. También se puede expresar en otras palabras, porque en realidad no es otra cosa que morir. Significa, de hecho y de verdad: morir.

Volvamos ahora nuestra mirada a este mundo cósmico que rodea a la Tierra —este mundo cósmico al que somos afines tanto a través de nuestro cuerpo etérico como a través de nuestro cuerpo astral— y veamos lo espiritual en este mundo cósmico. De hecho, ha habido naciones y sociedades humanas que sólo han tenido en cuenta lo espiritual que se encuentra dentro de nuestro mundo terrenal del Espacio. Tales pueblos eran incapaces de tener pensamientos sobre vidas repetidas en la Tierra. Los pensamientos acerca de vidas repetidas en la Tierra los poseían solamente aquellos seres y grupos humanos que fueron capaces de concebir el Tiempo en su pura esencia, el Tiempo en su carácter espacial. Pero si consideramos este mundo terrenal junto con su ambiente cósmico, o, brevemente, todo lo que hablamos del Cosmos, del Universo; y contemplamos su manifestación espiritual, entonces estamos percibiendo algo de lo que se puede decir que tenía que estar presente para que pudiéramos entrar en nuestra existencia como seres humanos terrenales; tenía que estar allí.

Las profundidades insondables están realmente contenidas en esta simple concepción, que acabo de referir, todo tenía que existir para que nosotros como seres humanos terrenales pudiéramos entrar en esta vida terrenal. Profundidades infinitas se revelan cuando realmente comprendemos el aspecto espiritual de todo lo que se nos presenta. Si concebimos este mundo Espiritual en su integridad como un todo autocontenido, si lo consideramos en su propia pureza y esencia, entonces tenemos una concepción de lo que fue llamado “Dios” por aquellos pueblos que limitaban su visión solo al mundo del espacio.

Estos pueblos —en todo caso en sus enseñanzas de Sabiduría— habían llegado a sentir: El Cosmos está tejido a través y por medio de un elemento Divino que está trabajando en él, y podemos distinguir de este elemento Divino en el Cosmos lo que está presente en la Tierra, en nuestro entorno inmediato, como mundo físico. También podemos distinguir lo que en este mundo cósmico, divino-espiritual se revela como el cuerpo Etérico, es decir, lo que nos mira desde el azul del cielo. Podemos distinguir el cuerpo Astral en este mundo divino, en lo que nos mira hacia abajo desde la configuración de los cielos estrellados.

Si entramos lo más posible en la situación tal como estamos aquí, dentro del Universo, como seres humanos en esta Tierra, nos diremos a nosotros mismos: “Nosotros, como seres humanos, tenemos un cuerpo físico: ¿dónde está entonces lo Físico en el universo?” Aquí estoy volviendo a algo que ya he señalado. La ciencia física de hoy espera encontrar todo lo que existe en la Tierra existe también en el Universo. Pero la organización física en sí no se encuentra en el Universo. El hombre tiene en primer lugar su organización física: además tiene la organización etérica y la astral. El Universo, por el contrario, comienza con el Cuerpo Etérico. Allí en el Cosmos lo Físico no se encuentra en ninguna parte. Lo Físico existe sólo en la Tierra, y no es más que fantasía e imaginación vacía hablar de algo físico en el lejano Universo. En el Universo esta el mundo Etérico y el mundo Astral. Hay también un tercer elemento dentro del Universo del que aún no hemos hablado, pues el Cosmos también es triple. Pero la triplicidad del Cosmos, aparte de la Tierra, es diferente de la trinidad del Cosmos en el que incluimos la Tierra.

Que estos sentimientos entren en nuestra conciencia terrenal, la percepción de lo Físico en nuestra inmediata morada terrena; el sentimiento de lo Etérico, que está tanto en la Tierra como en el Universo; la contemplación de lo Astral, que resplandece en la Tierra desde las estrellas, y más intensamente que todas las estrellas el resplandor del Sol. Entonces, cuando consideramos todas estas cosas y colocamos ante nuestras almas la majestad de esta concepción del mundo, podemos comprender bien cómo en la antigüedad, cuando con la clarividencia instintiva los hombres no pensaban tan abstractamente, sino que todavía podían sentir la Majestad de una gran concepción, fueron llevados a entender que: “Un pensamiento tan majestuoso como éste no puede concebirse perpetuamente en toda su plenitud. Debemos tomarlo en un momento especial, permitiéndole trabajar en el alma en su gloria plena e insondable. Entonces trabajará en las profundidades interiores de nuestro ser, sin ser mimado y corrompido por nuestra conciencia superficial”. Si consideramos por qué medios la antigua clarividencia instintiva dio expresión a tal sentimiento, de todo lo que se combinó entonces para dar certidumbre a este pensamiento de la antigüedad, nos queda hoy la institución del Festival de Navidad.

En la Noche de Navidad, el hombre, al estar aquí en la Tierra con sus cuerpos físico, etérico y astral, se siente relacionado con la Trinidad Cósmica que le aparece en su naturaleza Etérica, brillando majestuosamente, maravilla mágica de la noche en el azul de los cielos; Mientras que frente a él esta lo Astral del Universo, en las estrellas que brillan hacia la Tierra. Al saber de la santidad de este ambiente cósmico que está relacionado con lo que está en la misma Tierra, siente que él mismo con su propio Yo ha sido trasplantado del Cosmos a este mundo del Espacio. Y ahora puede contemplar el Misterio de la Navidad —el Niño recién nacido, el Representante de la Humanidad en la Tierra, que, en tanto que está entrando en la infancia, nace en este mundo del Espacio. En la plenitud y majestad de este pensamiento de Navidad, mientras se contempla el nacimiento del Niño en la Noche de Navidad, exclama: “Ex Deo Nascimur  —nací de lo Divino, de lo Divino que teje y surge a través del mundo del Espacio”.

Cuando un hombre ha sentido esto, cuando se ha impregnado completamente con ello, entonces también puede recordar lo que la Antroposofía nos ha revelado sobre el significado de la Tierra. El Niño al que estamos contemplando es la envoltura exterior de lo que ahora nace en el Espacio. ¿Pero de dónde nace, para que nazca en el mundo del espacio? De acuerdo con lo que hemos explicado hoy, sólo puede ser desde el Tiempo. De vez en cuando el Niño nace.

Si seguimos la vida de este Niño y su permeación por el Espíritu del Ser de Cristo, nos damos cuenta de que este Ser, este Ser-Cristo, viene del Sol. Entonces miraremos hacia el Sol y nos diremos: “Al mirar hacia el Sol, debo ver en el sol ese Tiempo, que está oculto en el mundo del Espacio. Dentro del Sol está el Tiempo, y fuera del Tiempo que teje y trabaja dentro del Sol, Cristo salió, salió al Espacio, a la Tierra”.

¿Qué tenemos entonces en Cristo en la Tierra? En Cristo en la Tierra tenemos eso, que viene de más allá del Espacio, desde fuera del Espacio, que se une con la Tierra. Quiero que sean conscientes de cómo nuestra concepción del Universo cambia, en comparación con la concepción ordinaria actual, cuando realmente entramos en todo lo que se ha expuesto ante nuestras almas esta tarde. Allí en el Universo tenemos el Sol, con todo lo que nos parece que esta inmediatamente conectado con él —todo lo que está contenido en el azul de los cielos, en el mundo de las estrellas. En otro punto del Universo tenemos a la Tierra con su humanidad. Cuando miramos hacia arriba desde la Tierra hasta el Sol, estamos mirando al mismo tiempo el flujo del Tiempo.

De esto sigue algo de gran importancia. El hombre sólo mira hacia el Sol de la manera correcta (aunque sea en su mente) cuando, al mirar hacia arriba, olvida el Espacio y considera solo el Tiempo. Porque, en realidad, el Sol no sólo irradia luz, irradia el Espacio mismo, y cuando miramos al Sol estamos mirando desde el Espacio hacia el mundo del Tiempo. El Sol es la única estrella que cuando la miramos, estamos mirando independientemente del Espacio. Y de ese mundo, fuera del Espacio, vino Cristo a los hombres. En el momento en que el cristianismo fue fundado por Cristo en la Tierra, el hombre había estado demasiado tiempo restringido al mero Ex Deo Nascimur, se había unido completamente a él, se había convertido en un puro y simple Ser Espacial. La razón por la que nos resulta tan difícil comprender las tradiciones de las épocas primitivas, cuando volvemos a ellas con la conciencia de la civilización actual, es que ellos siempre tenían en mente el Tiempo y no el mundo del Espacio. Consideraban el mundo del espacio sólo como un apéndice del mundo del Tiempo.

[Este es un pasaje fascinante, pero el traductor (o editor) mezcló las palabras ‘Espacio’ y ‘Tiempo’ al final de este párrafo, para hacer el pasaje completamente contradictorio! Las dos últimas oraciones del primer párrafo deben ser como sigue (las palabras en negrita se han cambiado):

La razón por la que es tan difícil para nosotros comprender las tradiciones de las épocas primitivas, cuando volvemos a ellas con la conciencia de la civilización actual, es que siempre tenían en mente el espacio y no el mundo del tiempo. Consideraban el mundo del Tiempo sólo como un apéndice del mundo del Espacio.

Aquí está el original alemán:

“Wir verstehen so schwer mit dem heutigen zivilisatorischen Bewußtsein die alten Überlieferungen, weil diese eigentlich überall mit dem Raum rechnen und nicht mit dem Zeitlichen, mit dem Zeitlichen nur wie mit einem Anhängsel des Räumlichen.”

Thanks to Lucas Dreier — e.Ed.]

Cristo vino para traer de nuevo el elemento del Tiempo a los hombres, y cuando el corazón humano, el alma humana y el espíritu humano se unen a Cristo, entonces el hombre recibe el flujo del Tiempo que fluye de Eternidad a Eternidad. ¿Qué más podemos hacer los seres humanos cuando morimos, es decir, cuando salimos del mundo del Espacio, que aferrarnos a Aquel que nos devuelve al Tiempo? En el Misterio del Gólgota el hombre se había convertido en un Ser del Espacio tan enorme que el Tiempo se le había perdido. Cristo devolvió el Tiempo a los hombres.

Si, por lo tanto, al salir del mundo del Espacio, los hombres no morirían tanto en sus almas como en sus cuerpos, debían morir en Cristo, Podríamos ser seres humanos del Espacio y decir: “Ex Deo Nascimur”, y podemos mirar al Niño que sale del Tiempo al Espacio para unir a Cristo con la humanidad. Pero desde el Misterio del Gólgota no podemos concebir la muerte, el límite de nuestra vida terrena, sin este pensamiento: “Debemos morir en Cristo”. De lo contrario, pagaremos nuestra pérdida de tiempo con la pérdida de Cristo mismo y, desterrados de Él, permaneceremos engañados. Debemos llenarnos del Misterio del Gólgota. Además del “Ex Deo Nascimur”, debemos encontrar el “En Christo Morimur”. Debemos hacer surgir el pensamiento de Pascua además del pensamiento navideño. Así, el “Ex Deo Nascimur” deja que el pensamiento navideño aparezca ante nuestras almas, y en el pensamiento de Pascua “en Christo Morimur”.

Ahora podemos decir: En la Tierra el hombre tiene sus tres cuerpos, el físico, el etérico y el astral. El Etérico y Astral también están ahí fuera en el Cosmos, pero el Físico sólo se encuentra en la Tierra. En el Cosmos no hay Físico. Así debemos decir: Sobre la Tierra —físico, etérico, astral. En el Cosmos —no físico, sino sólo el etérico y el astral.

Sin embargo, el Cosmos también es triple, porque lo que el Cosmos carece del nivel más bajo, lo añade más arriba. En el Cosmos el Etérico es el mundo más bajo: en la Tierra el Físico es lo más bajo. En la Tierra el mundo Astral es el más alto; En el Cosmos, lo más elevado es aquello que el hombre actualmente sólo tiene los comienzos, de los cuales su Yo Espiritual estará un día tejido. Por lo tanto, podemos decir: En el Cosmos esta, como, el elemento más elevado, el  Yo Espiritual.

Ahora vemos las estrellas como expresiones de algo real. Comparé su acción con una suave caricia. El Yo Espiritual  que está detrás de ellas es ciertamente el Ser que amorosamente acaricia, sólo que en este caso no es un solo Ser sino el mundo entero de las Jerarquías. Miro a un hombre y veo su forma; Miro sus ojos y los veo brillar hacia mí; oigo su voz; Es la expresión del ser humano. Del mismo modo que miro hacia los Espacios lejanos del mundo, miro a las estrellas. Son el enunciado de las Jerarquías, el enunciado vivo de las Jerarquías, encendiendo el sentimiento astral. Miro las profundidades azules del firmamento y veo en él la revelación exterior del cuerpo etérico que es el miembro más bajo del mundo de las Jerarquías.

Ahora podemos comprender aún más. Miramos hacia el Cosmos lejano que va más allá de la realidad terrenal, incluso cuando la Tierra con su sustancia física y sus fuerzas esta bajo la realidad cósmica. Al igual que en lo Físico, la Tierra tiene un elemento subcósmico, en el Yo Espiritual el Cosmos tiene un elemento supraterrenal.

La ciencia física habla del movimiento del Sol; y puede hacerlo, porque dentro del cuadro espacial del Cosmos que nos rodea, percibimos por ciertos fenómenos que el Sol está en movimiento. Pero eso es sólo una imagen del verdadero movimiento del Sol —una imagen lanzada al Espacio. Si estamos hablando del verdadero Sol es absurdo decir que el Sol se mueve en el Espacio; pues el espacio mismo está siendo irradiado por el sol. El Sol no sólo irradia la luz; El Sol crea el Espacio mismo. Y el movimiento del Sol es sólo un movimiento espacial dentro de este Espacio creado. Fuera del Espacio está el movimiento en el Tiempo. —lo que nos parece evidente, a saber, que el Sol se está acelerando hacia la constelación de Hércules— es sólo una imagen espacial de la evolución temporal del Ser-Solar.

A sus discípulos íntimos, Cristo dijo estas palabras: “He aquí la vida de la Tierra; está relacionada con la vida del Cosmos. Cuando miras la Tierra y el Cosmos que la circunda, es el Padre cuya vida penetra este Universo. [Ver Nota 1] El Dios Padre es el Dios del Espacio. Pero Yo os digo que he venido a vosotros desde el Sol, desde el Tiempo, el que recibe al hombre cuando muere. Yo mismo os he traído del Tiempo. [Véase la Nota 2] Si me reciben, reciben el Tiempo, y no quedarán atrapados en el Espacio. Así vosotros encontráis la transición de una trinidad —Física, Etérica y Astral— a la otra trinidad, que conduce desde el Etérico y Astral al Yo Espiritual. El Yo Espiritual no se encuentra en el mundo terrenal, así como lo Físico-Terrenal no se encuentra en el Cosmos. Pero yo os traigo el mensaje, porque yo soy del Sol.

El Sol tiene de hecho un triple aspecto. Si uno vive dentro del Sol y mira hacia abajo desde el Sol a la Tierra, uno contempla lo Físico, Etérico y Astral. También se puede contemplar lo que está dentro del Sol mismo. Entonces uno ve lo Físico siempre y cuando recuerde la Tierra y mire hacia abajo, hacia la Tierra. Pero si uno mira lejos de la Tierra, uno ve al otro lado el Yo Espiritual. Así, uno se balancea hacia atrás y hacia adelante entre el Físico y la naturaleza del Yo Espiritual. Sólo el cuerpo Etérico y Astral están permanentemente en el medio. Al mirar hacia el gran Universo, lo terrenal desaparece, y se tiene el mundo Etérico, el mundo Astral y el Yo Espiritual. Esto es lo que ustedes ven cuando entran en el Tiempo del Sol entre la muerte y un nuevo nacimiento.

Imaginemos, en primer lugar, que el estado de ánimo interior del alma de un hombre es tal que se encierra enteramente dentro de esta existencia terrestre. Todavía puede sentir lo Divino, porque nació de lo Divino: “Ex Deo Nascimur”. Entonces imaginémoslo ya no encerrándose en el mero mundo del Espacio, sino recibiendo al Cristo que viene del mundo del Tiempo al mundo del Espacio, que trae el Tiempo mismo al espacio terrenal. Si un hombre consigue eso, entonces en la Muerte vencerá a la Muerte. “Ex Deo Nascimur. En Christo Morimur”. Pero Cristo mismo trae el mensaje de que cuando el Espacio es superado y uno ha aprendido a reconocer al Sol como el creador del Espacio, cuando uno se siente trasplantado por Cristo al Sol, al Sol viviente, lo Físico terrestre desaparece y sólo el mundo Etérico y el mundo Astral están allí. Ahora el mundo Etérico vuelve a la vida, no como el azul del cielo, sino como el resplandor rojo lila del Cosmos, y hacia adelante de la luz rojiza, las estrellas ya no brillan sobre nosotros, sino que nos acarician suavemente con su amorosa efluencia.

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Si un hombre entra realmente en todo esto, puede tener la experiencia de sí mismo, posicionado aquí en la Tierra, dejando a un lado lo Físico, pero con el Etérico fluyendo a través de él y fuera de él en la luz lila-rojiza. Ya no son las estrellas brillantes puntos de luz; Son radiaciones de amor como la mano acariciadora de un ser humano. Cuando sentimos todo esto —lo divino dentro de nosotros mismos, el divino fuego cósmico que arde desde nuestro interior como el mismo ser del hombre; Nosotros mismos dentro del mundo Etérico y experimentando la expresión viva del Espíritu en el resplandor cósmico astral, allí estalla dentro de nosotros el despertar interior del resplandor creativo del Espíritu, que es la alta vocación del hombre en el Universo.

Cuando aquellos a quienes Cristo reveló estas cosas dejaron que la revelación penetrara profundamente en su ser, llegó entonces el momento en que experimentaron la función de este poderoso concepto, en las ardientes lenguas de Pentecostés. Al principio sentían la caída, el descarte de lo Físico terrenal como la muerte. Pero entonces llegó el sentimiento; esto no es la muerte, sino que en lugar de lo físico de la Tierra, ahora amanece sobre nosotros la Espiritualidad del Universo. “Per Spiritum Sanctum Reviviscimus”.

Así podemos considerar la triple naturaleza de la mitad del año. Tenemos el pensamiento navideño—”Ex Deo Nascimur”; El pensamiento de Pascua—”En Christo Morimur”; y el pensamiento de Pentecostés—”Per Spiritum Sanctum Reviviscimus”.

Queda la otra mitad del año. Si lo comprendemos también, nos descubre el otro aspecto de nuestra vida humana. Si comprendemos la relación de lo físico con el alma humana y con lo suprafísico —que contiene la verdadera libertad de la que el hombre debe ser participe en la Tierra— entonces de la interconexión de las fiestas de Navidad, Pascua y Pentecostés entenderemos la libertad humana en la Tierra. A medida que comprendemos al hombre desde estos tres pensamientos, el pensamiento de Navidad, el pensamiento de Pascua y el pensamiento de Pentecostés, y dejamos que enciendan en nosotros el deseo de comprender las partes restantes del año, surge la otra mitad de la vida humana que les indiqué cuando les dije: “Contemplen el destino humano; las Jerarquías aparecen detrás de él: el trabajo y el tejer de las Jerarquías”. Es verdaderamente maravilloso contemplar el destino del ser humano, porque detrás de él está la totalidad de las Jerarquías.

De hecho, es el lenguaje de las estrellas lo que nos resuena desde los pensamientos de Navidad, Pascua y Pentecostés; desde el pensamiento de Navidad, en la medida en que la Tierra es una estrella dentro del Universo; desde el pensamiento de Pascua, puesto que la más radiante de las estrellas, el Sol, nos dona su gracia; y del pensamiento de Pentecostés en la medida en que lo que está escondido más allá de la luces de las estrellas en el alma, se ilumina de nuevo en las ardientes lenguas de Pentecostés.

¡Entren en todo esto, mis queridos amigos! Les he dicho que el Padre, portador del pensamiento navideño, envía al Hijo para que por él se cumpla el pensamiento pascual; Después pase a relatarles cómo el Hijo trae el mensaje del Espíritu, para que en el pensamiento de Pentecostés la vida del hombre en la Tierra pueda ser completada en su triple ser.  Mediten esto ponderándolo bien; entonces todas las bases descriptivas que les he dado para la comprensión del Karma, obtendrán un correcto fundamento de sentimiento interior.

Traten de dejar que los pensamientos de Navidad, Pascua y Pentecostés, de la manera en que los he expresado hoy, trabajen profundamente en su sentir y cuando nos encontremos de nuevo después del viaje que debo emprender este Pentecostés para el Curso de Agricultura—Cuando nos reunamos de nuevo, traigan este sentimiento con ustedes, mis queridos amigos. Porque este sentimiento debe vivir en nosotros como el cálido y ardiente pensamiento de Pentecostés. Entonces podremos ir más lejos en nuestro estudio del Karma; pues su poder de entendimiento será fertilizado con lo que contiene el pensamiento de Pentecostés.

Así como en la primera Fiesta de Pentecostés algo resplandeció de cada uno de los discípulos, el pensamiento de Pentecostés debe vivificarse con nuestro entendimiento antroposófico. Algo debe iluminarse y brillar de nuestras almas. Por lo tanto, es como un sentimiento de Pentecostés el prepararse para continuar con nuestros pensamientos sobre el Karma, que están relacionados con la otra mitad del año, que ya les he dado con lo que he dicho hoy sobre las conexiones internas de la Navidad, Pascua y Pentecostés.

Nota 1: Cp. Pablo: “ El Dios que hizo el mundo y todas las cosas que en él hay, siendo Señor del cielo y de la tierra, no habita en templos hechos por manos humanas,  ni es honrado por manos de hombres, como si necesitase de algo; pues él es quien da a todos vida y aliento y todas las cosas. Y de una sangre ha hecho todo el linaje de los hombres, para que habiten sobre toda la faz de la tierra; y les ha prefijado el orden de los tiempos, y los límites de su habitación; para que busquen a Dios, si en alguna manera, palpando, puedan hallarle, aunque ciertamente no está lejos de cada uno de nosotros. Porque en él vivimos, y nos movemos, y somos; como algunos de vuestros propios poetas también han dicho: Porque linaje suyo somos.”. Hechos XVII, 24-28.

Nota 2: “Tiempo”, como aquí se usa, es lo que usualmente designamos como “Eternidad”, es decir, una experiencia de tiempo continua e ininterrumpida. Lo que solemos llamar “Tiempo” es nuestro concepto espacializado de Tiempo Real, eventos sucesionales separados, medidos por cambios espaciales.

Traducido por Gracia Muñoz en Junio de 2017