GA98c5. Pentecostés – La Festividad del esfuerzo del alma

Los festivales y su significado – III. Ascensión y Pentecostés

Rudolf Steiner – Colonia, 7 de Junio de 1908

 

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En diferentes ocasiones ya fue expuesto que el desarrollo espiritual, tal como lo aspira el movimiento de la Ciencia Espiritual, precisa poner al hombre en una viva relación con todo el medio ambiente. Muchas cosas, del medio ambiente, que todavía llenaba a nuestros antepasados de veneración, se volvieron muertas y apagadas para el hombre. Un gran número de personas adopta una postura ajena y fría, por ejemplo, ante nuestras fiestas religiosas anuales. La población urbana, en particular, sólo tiene un escaso recuerdo de lo que significan en realidad las fiestas de Navidad, Pascua y Pentecostés. Aquel poderoso contenido sentimental que ligaba a nuestros antepasados en las épocas festivas, dado que ellos conocían la relación con los grandes hechos del Mundo Espiritual, la Humanidad de hoy no lo posee más.

Los hombres, hoy, se comportan de manera fría e indiferente ante de las fiestas de Navidad, Pascua y, particularmente, Pentecostés. El descenso del Espíritu se volvió, para muchas personas, una abstracción.

Las cosas solo cambiarán, solo habrá vida y realidad, cuando los hombres lleguen a un verdadero conocimiento espiritual del mundo. Mucho se habla, hoy en día, de fuerzas naturales; pero de las “entidades” situadas detrás de esas fuerzas naturales se habla bien poco. Cuando se habla de entidades naturales, el hombre de hoy considera el asunto como el reavivamiento de una antigua superstición, el hecho de que las palabras que nuestros antepasados usaban se basaban en la realidad– cuando alguien afirma que gnomos, ondinas, silfos y salamandras significan algo real solo valen como antigua superstición. Lo que los hombres poseen en teorías y en ideas es, de inmediato y en cierto sentido, indiferente; por ende, si a través de esas teorías los hombres son tentados a dejar de ver ciertas cosas y a emplear sus teorías en la vida práctica, entonces el asunto comienza a ganar pleno significado. Tomemos un ejemplo grotesco: ¿quién cree en entidades cuya existencia está relacionada con el aire, o corporizadas en el agua?. Cuando, por ejemplo, alguien dice: “Nuestros antepasados creían en ciertas entidades -en gnomos, ondinas, silfos, salamandras- todo esto es una cosa ¡fantástica!”, tenemos ganas de responder: “pregunte, entonces, a las abejas”. Y si las abejas pudieran hablar, responderían :”Para nosotros los silfos no son supersticiones, pues sabemos muy bien lo que recibimos de ellos”. Ahora, la persona cuyos ojos espirituales están abiertos consigue observar la fuerza que atrae a la abejita hasta la flor. “Instinto, tendencia natural”, como el hombre responde, son palabras vacías. Son estas entidades las que conducen a las abejas al cáliz floral, para allí buscar alimento; y en el enjambre de abejas que revolotea en busca de alimento, hay entidades activas que nuestros antepasados denominaban Silfos.

En todo lugar donde los diferentes reinos naturales se tocan, se ofrece una oportunidad para que ciertas entidades se manifiesten. Por ejemplo, en el interior de la Tierra, en el punto donde la piedra toca la veta metálica, se sitúan entidades especiales. Donde el musgo recubre a la piedra y, en consecuencia el reino vegetal toca al reino mineral, se establecen tales entidades. Donde el reino animal y vegetal se tocan –en el cáliz floral, en el contacto de la abeja con la flor– se corporizan determinadas entidades, del mismo modo donde el hombre entra en contacto con el reino animal. No en el transcurso de la vida ordinaria. No, por ejemplo cuando el carnicero descuartiza una res o cuando el individuo come carne animal; tampoco en el transcurso común de la vida (ahí no es el caso). Pero sí en los procesos extraordinarios, cuando los reinos se tocan como a través de un exceso de vida, como en el caso de las abejas y de la flor, se corporizan entidades. En especial donde la índole (cualidad) del hombre, su intelecto, está particularmente empeñado en relacionarse con los animales, en una relación como la que tiene, por ejemplo, el pastor con las ovejas –una relación cualitativa–-, ahí se corporizan tales entidades. Estas relaciones más íntimas del hombre con los animales, las encontramos más frecuentemente remontándonos a tiempos antiguos. En épocas culturales anteriores se tenía, a menudo, una relación como la que el árabe tiene con su caballo, y no como la del propietario de un hipódromo con sus caballos de carreras. Ahí encontramos aquella índole fuerzas que actúan entre reino y reino, como entre el pastor y las ovejas, o donde se desarrollan y se irradian, las fuerzas del olor o del sabor como entre la abeja y la flor. Ahí se crea la oportunidad para que entidades bien determinadas puedan corporizarse.

Cuando la abeja liba la flor, el clarividente puede observar que se forma un pequeño aura en su borde. He aquí el efecto del sabor: la libación de la abeja en el cáliz floral se torna un cierto agente de sabor —la abeja siente el sabor— e irradia como una especie aura floral, que alimenta a las entidades sílficas.

De igual modo, el elemento del sentir que actúa entre el pastor y las ovejas es alimento para las Salamandras. La pregunta siguiente no es válida para quien comprende el mundo espiritual: ¿Por qué, entonces, las entidades están ahí y no en otros lugares?. Al respecto de su origen no podemos preguntar, pues su origen se sitúa en el Universo. Por ende dándoles la oportunidad para que se alimenten, las entidades surgen. Por ejemplo, los malos pensamientos que el hombre derrama atraen entidades nocivas para su aura, porque ahí ellas encuentran alimento. Entonces ciertas entidades se corporizan en su aura. En todas partes donde los diferentes reinos naturales se tocan, se ofrece la oportunidad para que determinadas entidades espirituales se corporicen.

En el lugar donde el metal abraza a la piedra, en el interior de la Tierra, cuando el minero corta el suelo, el vidente ve, en diferentes lugares, seres singulares encogidos, juntos, acurrucados en un espacio muy pequeño. Ellos se dispersan, se diseminan cuando la tierra es removida. Ellos son entidades singulares, que por ejemplo, en cierto sentido no son, de modo alguno diferentes al hombre. No tienen, en efecto, un cuerpo físico, mas tienen inteligencia. Lo que les diferencia del hombre, es que tienen inteligencia pero sin responsabilidad. De ahí que tampoco tengan el sentimiento de algo errado. Estas entidades que llamamos Gnomos y numerosas especies de ellos son cobijados por la tierra, encontrándose en el hogar, en los lugares donde se junta la piedra con el metal. Antiguamente servían muy bien al hombre en las antiguas minas, no en las de carbón, pero sí en las minas de metales. La manera de construir las minas en los tiempos antiguos, el conocimiento de cómo estaban depositadas las camadas, fue aprendida a través de estas entidades. Y las vetas mejor dispuestas eran conocidas por esas entidades que sabían cómo estaban depositadas las camadas en el interior de la tierra y por consiguiente, podían dar la mejor instrucción sobre cómo deberían ser trabajadas. En el caso que no se quiera trabajar con las entidades espirituales, confiando sólo en lo sensorial, se llega a un callejón sin salida. Precisamos aprender, con estas entidades espirituales, una cierta manera de proceder para explorar la Tierra.

 De la misma forma, en una fuente tiene lugar una corporización de entidades. En el lugar donde la piedra toca a la fuente, se corporizan los seres ligados al elemento del agua: las Ondinas. Donde el animal y el vegetal se tocan, actúan los Silfos, ligados al elemento aire. Ellos conducen a las abejas a las flores. Así, debemos casi todos los conocimientos útiles de la apicultura a las antiguas tradiciones, y justamente en el caso de la apicultura podemos aprender mucho de ellas. Lo que hoy existe como ciencia acerca de las abejas, está lleno de errores, y la antigua sabiduría, que se propagó por la tradición, se confunde por causa de esto. La ciencia prueba que es inaprovechable. Los antiguos manejos, cuyo origen es desconocido apenas son útiles, pues en aquella época el hombre usaba el mundo espiritual como hilo conductor.

Los hombres de hoy en día conocen también a las Salamandras, pues cuando alguien dice: “algo viene a mi encuentro, mas no sé de donde viene”, esto constituye, la mayoría de las veces, el efecto de las Salamandras. Cuando el hombre entra en íntima relación con los animales, como el pastor con sus ovejas, recibe conocimientos emanados de las entidades espirituales que viven en su medio ambiente. El pastor posee, a través de lo emanado por las Salamandras, el conocimiento acerca de su rebaño. Hoy en día esos antiguos conocimientos han desaparecido, y deben ser nuevamente recuperados por medio de conocimientos ocultos bien probados. Si continuamos pensando acerca de estas ideas tendremos que decirnos: ¡estamos totalmente rodeados por entidades espirituales!. Andamos a través del aire, que no es sólo sustancia química: cada soplo de viento, cada corriente de aire es manifestación de entidades espirituales. Estamos rodeados y totalmente permeados por estas entidades espirituales. Si el hombre no quiere experimentar, en el futuro, un destino triste y devastador en su vida, precisa tener conocimiento de aquello que vive a su alrededor. Sin ese conocimiento, no podrá proseguir. Habrá que preguntarse: ¿de dónde provienen esas entidades?, ¿de dónde vienen? Estas preguntas nos conducen a un conocimiento importante y, para formarnos una opinión al respecto, necesitamos tener en mente cómo, en los mundos superiores, se desarrollan ciertos hechos por cuyo intermedio lo que es nocivo y malo es metamorfoseado en bueno por una sabia dirección.

Tomemos como ejemplo las deyecciones, el estiércol: es descartado y actúa en la economía, a través de una utilización sabia, como base para la posterior germinación de vegetales. Cosas aparentemente desechadas por el desenvolvimiento superior, son recogidas por fuerzas superiores y metamorfoseadas. Esto se observa de modo muy particular en las entidades de las cuales hablamos, y lo reconocemos especialmente al ocuparnos del origen de estas entidades. ¿Cómo se originan entonces las entidades salamandrinas? Expliquemos esto. Las Salamandras son entidades que necesitan de una cierta relación del hombre con los animales. Los animales no poseen un Yo, tal como el hombre lo posee. Tal entidad, Yo, sólo existe en el hombre de hoy, en la Tierra. Esos “Yo” humanos son de tal naturaleza que cada hombre tiene un Yo dentro de sí. En el caso de los animales es diferente: los animales tienen un Yo grupal, un alma grupal. ¿Qué significa esto? Un grupo de animales de la misma especie y de configuración idéntica tienen un Yo en común; por ejemplo, todos los leones individuales tienen un Yo en conjunto, también todos los tigres, todos los peces, etc. Los animales tienen su Yo en el mundo astral. Es como si un hombre estuviese detrás de una pared con diez orificios, y a través de estos, introduce sus diez dedos. No sería posible ver al hombre, pero cualquier cabeza sensata concluiría: ahí atrás hay un poder central que pertenece a los diez dedos. Así ocurre con el Yo grupal. Los animales individuales son apenas los miembros. Aquello a lo que pertenecen está en el mundo astral. Estos Yo animales no son semejantes a los humanos, aunque considerados espiritualmente se puedan comparar, pues un Yo grupal animal es una entidad muy sabia. El hombre, como alma individual, está lejos de ser tan sabio. Consideremos, por ejemplo, determinadas especies de pájaros: ¡que sabiduría debe haber ahí contenida, para que migren hacia altitudes y dimensiones bien determinadas a fin de escapar del invierno y, en la primavera, retornen por otros caminos! En ese vuelo de los pájaros reconocemos las fuerzas sabias de actuación de los Yoes grupales. Podemos encontrarlas en todas partes en el reino animal. Los hombres son muy mezquinos cuando tienen que registrar los progresos humanos. Recordemos nuestras clases en la escuela, cuando aprendemos cómo, en la Edad Media, poco a poco surgió la corriente de la época Moderna. La Edad Media, seguramente, tiene cosas significativas para ser registradas, como el descubrimiento de América, la invención de la pólvora, el arte de imprimir libros y finalmente, también el papel de lino. Fue, sin duda, un progreso significativo usar ese producto en lugar de pergamino; entretanto, el alma grupal de las avispas ya habían hecho lo mismo hace millares de años, pues el avispero está hecho del mismo material que el papel producido por el hombre: se compone de papel. El hombre descubrirá gradualmente cómo ciertas combinaciones de su espíritu se relacionan con aquello que las almas grupales elaboran dentro del mundo. Las almas grupales están en movimiento constante.

El vidente ve, a lo largo de la espina dorsal de los animales, un centellear continuo. La espina dorsal queda como encerrada en un centellear luminoso. Los animales son traspasados por corrientes que, en número infinito, fluyen en todas las direcciones alrededor de la tierra y actúan sobre ellos fluyendo en torno a la médula espinal. Esas almas grupales de animales están continuamente en movimiento circular, en todas las alturas y direcciones, en torno a la Tierra. Son muy sabias, pero les falta algo que todavía no tienen: ellas no conocen el amor, tal como es en la Tierra. El amor ligado a la sabiduría sólo existe en el hombre, en la individualidad. El alma grupal es sabia, pero el animal individual posee amor en la cualidad de amor sexual y amor paterno. El amor, en el animal, es individual, pero la organización es sabia y la sabiduría del Yo grupal todavía está vacía de amor. El hombre tiene la sabiduría y amor unificado; el animal tiene el amor en la vida física y en el plano astral, tiene la sabiduría. Con tales conocimientos, se encienden, para el individuo, un número colosal de luces. El hombre sólo llegó a su Yo actual gradualmente. Anteriormente él también tuvo un alma grupal, y sólo gradualmente se desenvolvió el alma individual. Hagamos una inspección retrospectiva del desarrollo de la Humanidad hasta la Antigua Atlántida, un continente que ahora está cubierto por el océano Atlántico. En aquella época, las amplias superficies siberianas estaban cubiertas por grandes mares. El mar Mediterráneo estaba dividido de manera bien diferente. También en nuestras regiones europeas había amplias superficies marítimas. Cuanto más lejos retrocedemos, en la antigua época atlántica, tanto más se modifican todas las condiciones de la vida, y tanto más se modifican el estado de vigilia y de sueño en el hombre. Hoy, cuando el hombre duerme, permanecen en el lecho el cuerpo físico y el cuerpo etérico. El cuerpo astral y él Yo se retiran. La conciencia se apaga, todo se torna oscuro, negro y mudo. En la época atlántica, la diferencia entre sueño y vigilia todavía no era tan grande. En estado de vigilia el hombre no veía contornos firmes, perfiles nítidos, colores intensos, unidos a las cosas. Cuando despertaba, por la mañana, buceaba en una masa nebulosa. No había nitidez mayor que cuando, por ejemplo, vemos luces pasando a través de la neblina, como un aura. En compensación, su consciencia no cesaba completamente durante el sueño, y entonces él veía las cosas espirituales.

A medida que el hombre avanzaba, el mundo físico ganaba cada vez más sus contornos, pero, en compensación, perdió su clarividencia. Entonces la diferencia pasó a ser cada vez mayor: por encima, el mundo espiritual se volvió cada vez más oscuro; abajo, el mundo físico se fue aclarando cada vez más. Es del tiempo en que el hombre todavía percibía las cosas de allá arriba, del mundo astral, de donde derivan todos los mitos y leyendas. Ascendiendo al mundo espiritual él conocerá a Wotan, Baldur, Thor, Loki (personajes de la mitología germana) y entidades que todavía no habían descendido al plano físico. Esto se vivenciaba en el pasado; y todos los mitos son recuerdos de realidades vivas. Todas las mitologías son recuerdos de este tipo. Estas realidades espirituales simplemente desaparecieron para el hombre. En aquellos tiempos, cuando por la mañana buceaba en el cuerpo físico, él tenía la siguiente sensación: “tú eres una unidad, algo único”. A la noche, por ende cuando buceaba de vuelta en el mundo espiritual, le venía el siguiente pensamiento: “tú no eres único, eres apenas un miembro de una gran totalidad; formas parte de una gran comunidad”. Tácito cuenta que los antiguos pueblos (los hérulos, los queruscos) se sentían más como tribus que como individuos separados. A partir del sentimiento de que el individuo era parte del grupo tribal, de que él se atribuía a la comunidad tribal, se originaron ciertas costumbres como la venganza de muerte basada en la sangre. Todo era un cuerpo que pertenecía al todo del alma grupal de la tribu. En la evolución, todo acontece gradualmente. Sólo a partir de esa conciencia grupal-tribal absoluta se desarrolló, poco apoco, la conciencia individual. También, en las descripciones de la época de los patriarcas, tenemos vestigios del pasaje del alma grupal al alma individual. En el tiempo de Noé, la memoria era bien diferente: ésta alcanzaba más allá de aquello que el padre, el abuelo, o el bisabuelo habían vivenciado. La frontera del nacimiento no era frontera. En la misma sangre fluían los mismos recuerdos, provenientes de generaciones alejadas en el tiempo. Hoy en día, a las autoridades les interesa saber el nombre del individuo. En aquella época, en que el ser humano recordaba lo que su padre y su abuelo habían hecho, esto era caracterizado por un nombre colectivo. Aquello que en esa época estaba relacionado por la misma sangre y por el mismo recuerdo, era designado colectivamente. Se llamaba “Adán” o “Noé”. Nombres como Adán y Noé no designaban la vida entre el nacimiento y la muerte de un individuo, sino el flujo de los recuerdos. Los nombres antiguos abarcan comunidades completas de personas que vivieron en la época. ¿Qué es lo que ocurre entonces, cuando comparamos ciertas especies (los monos) con el propio hombre? La prodigiosa diferencia está en el hecho de que los monos tienen un alma grupal y el hombre un alma individual, o por lo menos, una disposición para desarrollar tal alma.

El alma grupal de los monos se encuentra en una situación muy especial. Imaginemos la Tierra (se hace un dibujo). Aquí arriba, en el mundo astral, flotando como en una nube, están las almas grupales de los animales, esparciéndose sobre nuestro mundo físico. Tomemos ahora el Yo grupal de los leones y él Yo grupal de los monos. Cada león es un miembro individual en el que el alma grupal instila una parte de su sustancia. Cuando muere un león, se desprende del alma grupal lo físico exterior, tal como en el hombre la uña de un dedo. Entonces el alma grupal toma nuevamente lo que había instilado en aquel cuerpo y lo entrega a otro león que nace. El alma grupal permanece allá arriba. Ella extiende, por así decirlo, tentáculos que se endurecen en lo físico, después se desprenden y vuelven a ser substituidos. Por esto el alma grupal animal no conoce nacimiento ni muerte. Lo individual animal es algo que se desprende y se vuelve a adherir. El alma grupal permanece inmodificable por la vida y por la muerte. En el caso de los leones, cada vez que uno de ellos muere, todo lo que había sido transmitido por el alma grupal retorna a ella.

No sucede así en el caso de los monos, pues existen animales individuales que arrancan del alma grupal algo que después no consigue retornar. Cuando el mono muere, la parte esencial retorna, desligándose un pedazo del alma grupal. Es como si el mono agarrara firmemente lo que le es dado, y con su muerte se desligara un pedazo del alma grupal, en cierta manera un pedazo de ella se separa, es arrancada y no puede retornar. Así ocurren desligamientos del alma grupal. En todos los tipos de monos ocurren desligamientos del alma grupal. Algo semejante ocurre con ciertos anfibios, con determinados tipos de aves y, de manera particularmente nítida, con los canguros. Por medio de estos desligamientos, algo del alma grupal queda atrás y, aquello que así queda como remanente de los animales de sangre caliente, se vuelve un ser elemental, un espíritu de la Naturaleza: la Salamandra.

Estos seres elementales, estos espíritus de la Naturaleza, son como restos, productos residuales de los mundos superiores puestos al servicio de entidades superiores. Si estuviesen dedicados a sí mismos, perturbarían el Cosmos. Así la sabiduría superior emplea, por ejemplo a los Silfos para conducir a las abejas a las flores. Así, la gran multitud de seres elementales es puesta bajo la sabia dirección superior, desarticulando lo que ellos pudieran hacer de perjudicial y transformándolo en algo provechoso. Sucede así en los reinos ubicados debajo del hombre. Puede ocurrir también que el propio ser humano se desligue de su alma grupal y no encuentre, como alma individual, posibilidad alguna de continuar desarrollándose. En cuanto a su condición de miembro de su alma grupal era dirigido y conducido por entidades superiores, ahora quedó entregado a su propia dirección. Si no asimila los conocimientos espirituales adecuados, correrá el riesgo de desligarse. Es esto lo que se presenta como cuestión. ¿Qué es entonces, lo que preserva al individuo del desligamiento, de errar sin sentido u objetivo, mientras que, en el pasado, el alma grupal le había dado un sentido?. Precisamos tener en mente que el hombre se individualiza cada vez más, y que, en el futuro, tendrá que encontrar cada vez más, “voluntariamente”, la unión con otros hombres. En el pasado la unión existía por medio de la consanguinidad, por medio de tribus y razas. Pero esta unión llega a su fin. Todo se dirige cada vez más a que el hombre se vuelva un ser individual. He aquí que solo es posible un camino inverso. Imaginemos un número de individuos en la Tierra, diciéndose a sí mismos: “seguimos nuestro propio camino, queremos encontrar en nuestro propio interior el sentido y el objetivo del camino. Estamos todos en vías de volvernos hombres cada vez más individuales”. Aquí existe el peligro de la dispersión. Los hombres hoy tampoco sustentan ya uniones espirituales. Actualmente llegamos al punto en que cada uno tiene su propia religión y pone su propia opinión como el ideal más elevado.

Pero si los hombres interiorizaran ideales, esto llevaría a la unión, a opiniones en común. Reconocemos interiormente, por ejemplo, que tres veces tres es igual a nueve, o que los tres ángulos de un triángulo suman 180°. Este es un reconocimiento interior. No podemos someter a votación conocimientos interiores. No existen diferencias de opinión sobre conocimientos interiores, ellos llevan a la unión. Todas las verdades espirituales son de ese orden. Lo que la Ciencia Espiritual enseña, el hombre lo encuentra por medio de sus fuerzas interiores. Estas lo conducen a una unidad absoluta, a la paz y armonía. No existen dos opiniones sobre una verdad sin que una de ellas sea errada. El ideal es la mayor interiorización posible, ella lleva a la unidad, a la paz. En principio, había un alma grupal humana. Después, en tiempos pasados, la Humanidad fue liberada del alma grupal. Pero en el futuro del desarrollo, los hombres precisan establecer un objetivo más seguro para sí, al cual aspiren.

Cuando los hombres se unen en una sabiduría superior, desciende a su vez, de los mundos superiores, un alma grupal (cuando surgen de las sociedades naturalmente unidas, sociedades libres). El deseo de los dirigentes del movimiento de la Ciencia Espiritual es que en ella encontremos una sociedad en la cual los corazones ansíen sabiduría, tal como las plantas ansían la luz solar. En donde la verdad común une a diferentes Yoes, se da al alma grupal superior, la oportunidad de descender. Al volcarse nuestros corazones conjuntamente hacia una sabiduría superior, acomodamos al alma grupal. En cierta manera, formamos el ambiente en el cual el alma grupal puede corporizarse. Los hombres enriquecerán la vida terrena al desarrollar algo que haga descender entidades espirituales de los mundos superiores. Este es el objetivo del movimiento de la Ciencia Espiritual. Esto fue puesto cierta vez delante de la Humanidad de forma grandiosa, poderosa, para mostrar que, sin este ideal espiritual, el hombre pasaría a una condición diferente. Hay un símbolo que puede mostrar al hombre, con fuerza imponente, cómo la Humanidad puede hallar el camino para, en unión espiritual ofrecer al espíritu colectivo un lugar para su corporización. Este símbolo nos es presentado por la Comunidad Pentecostal, cuando el fervoroso sentimiento colectivo de amor y devoción encendió la llama en un número de hombres que se habían reunido para una acción colectiva. Allí estaban estos hombres, cuyas almas todavía se estremecían por el conmovedor acontecimiento que vivía en ellos. Este sentimiento, al confluir de igual forma en ellos, hizo posible aquello que era necesario para que el alma colectiva pudiera corporizarse. Esto se expresa por las palabras que dicen que el “Espíritu Santo”, el alma grupal, descendió y se dividió como lenguas de fuego. Este es el gran símbolo para la Humanidad del futuro. Si no hubiese encontrado esta unión, el hombre se hubiera vuelto un ser elemental.

Tiziano

Ahora, la Humanidad precisa buscar un lugar para las entidades de los mundos superiores que se inclinan hacia abajo. En los eventos de Pascua le fue dado al hombre la fuerza para acoger en sí tales representaciones poderosas y aspirar a un espíritu. La fiesta de Pentecostés es fruto del desdoblamiento de esta fuerza. Incesantemente, por el confluir de las almas hacia la sabiduría colectiva, se debe efectuar aquello que establece una relación viva con las fuerzas y entidades de los mundos superiores y con algo que hoy todavía tiene tan poco significado para la Humanidad, como la fiesta de Pentecostés. A través de la Ciencia Espiritual, ella volverá a ser algo para el hombre. Cuando las personas sepan lo que significa el descenso del Espíritu Santo en el futuro de los hombres, la fiesta de Pentecostés volverá a cobrar vida. Entonces no será solamente un recuerdo de aquel evento de Jerusalén. Surgirá para los hombres aquella permanente “fiesta de Pentecostés de la aspiración anímica conjunta”. Ella se transformará en un símbolo para aquella futura gran comunidad pentecostal, cuando la Humanidad se encuentre conjuntamente en una verdad común, para dar a entidades superiores la posibilidad de que se corporicen.

De los hombres dependerá cuán valiosa será la Tierra en el futuro, y cuán eficaces pueden ser esos ideales para la Humanidad. Si la Humanidad se esfuerza, de esta manera correcta, en el sentido de la sabiduría, los espíritus superiores se unirán a los hombres.

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GA107. Las Cuatro Almas Grupo humanas (León, Toro, Águila, Hombre)

Rudolf Steiner. Berlín 29 de Octubre de 1908

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Hoy consideraremos desde otro punto de vista algunas cosas ya conocidas. Pues las cuestiones teosóficas, sólo podremos penetrarlas plenamente cuando las iluminamos desde diferentes aspectos. Y dentro de la corriente teosófica aquí en nuestras regiones centroeuropeas, se discuten cosas que se extraen de investigaciones ocultas muy avanzadas, y que pueden ser fácilmente incomprendidas. Por otro lado tampoco podremos avanzar si no nos aventuramos a hablar de una vez por todas de tales cosas con toda claridad. Si repasamos la evolución humana, a través de las diferentes épocas de la era post-atlante hasta la Atlántida, y luego retrocedemos a períodos más antiguos, incluso de la Atlántida y volvemos la mirada espiritual sobre los acontecimientos de ese tiempo, encontraremos formas muy diferentes de la humanidad.

En el último tercio de la época atlante, el cuerpo etérico estaba todavía, en cierta medida, fuera del cuerpo físico. La cabeza del cuerpo etérico aún no estaba unida con las fuerzas del cuerpo físico, que son las fuerzas del Yo, de la autoconciencia. Si observamos el proceso que está detrás de esto, podemos decir: la evolución progresiva consiste en que la cabeza etérica que estaba ampliamente extendida se sumerge en la cabeza física. Si hoy miramos un caballo, la cabeza etérica del caballo se extiende más allá de la cabeza física. Ya les he hablado de la gigantesca organización que forman las partes etéreas del elefante, que se extienden mucho, mucho más allá del cuerpo físico, —casi del tamaño de una casa, por así decirlo. Así era también con el hombre en la era atlante, el cuerpo etérico estaba todavía fuera, y poco a poco fue introduciéndose más y más en lo fisico. Esta entrada de un miembro más enrarecido en uno más denso produce, al mismo tiempo, una densificación de lo que es físico. Por lo tanto la cabeza física del hombre antes del último tercio de la era atlante era muy diferente de lo que se hizo más tarde. Y si volvemos aún más atrás a los últimos tiempos lemurianos, entonces se vería muy poco de la cabeza física. Existía, pero de una materia muy suave y transparente. Sólo a través de la gradual entrada de la cabeza etérica, a través de la asimilación gradual de las sustancias, las partes de la cabeza se fueron densificando y separándose de su entorno. Incluso en la posterior Atlántida el hombre todavía estaba dotado, en un grado extraordinario, de lo que se hoy retenido, —pero ya como un estado patológico— como agua en el cerebro, como un cerebro acuoso. Además de esto tenemos que pensar en un ablandamiento de los huesos, un completo ablandamiento de los miembros superiores del hombre. Eso suena terrible para el hombre moderno. Lo que hoy forma la cabeza humana y la rodea se endurece de esta sustancia acuosa. La comparación que a veces doy no es del todo inepta: la cristalización de la sal, de una solución salina en un vaso. Esta cristalización de una solución en sal acuosa da una idea bastante correcta. Lo que sucedió en un tiempo posterior con respecto a la cabeza, ya había ocurrido con el resto del hombre en una etapa mucho más temprana.

Todos los demás miembros se desarrollaron gradualmente a partir de una masa suave, de modo que podemos decir: ¿Dónde estaba entonces el Yo humano, en realidad? ¿Dónde estaba el Yo actual? En ese tiempo realmente no estaba dentro del hombre, sino en su entorno. Podemos decir: los miembros superiores del hombre se endurecen por la entrada de los Yoes. Debido a que el Yo estaba fuera el hombre estaba dotado de una cualidad que más tarde se transformo. Por el hecho de penetrar en el cuerpo físico, el Yo fue capaz de convertirse en un yo individual, mientras que antes era una especie de alma grupal.

Aquí voy a dar una imagen de todo este asunto. Imagínense un círculo de doce hombres sentados en alguna parte. Estos doce hombres están sentados en un círculo. A través de la evolución actual, cada uno de estos hombres tiene su yo dentro de sí mismo. Así, podemos imaginar doce yoes que están sentados en un círculo. Consideremos este círculo de hombres en la época atlante; entonces los cuerpos físicos siguen sentados así alrededor, pero el Yo está ubicado en el cuerpo etérico que está fuera. El Yo se encuentra así sobre a cada uno. Este yo, sin embargo, tiene otra característica, no esta tan centralizado. Desarrolla, por decirlo así, sus fuerzas y se une con los yoes de los otros hombres formando una especie de anillo que concentra sus fuerzas hacia un centro. Así tenemos aquí un cuerpo etérico circular que forma una unidad en sí misma, y dentro de ella, los yoes. Así, hay un círculo de cuerpos físicos, y dentro de la superficie circular etérica se forma una unidad de yoes que están atrapados en ella y se forma un solo Yo. A través de esta imagen podemos hacernos una idea pictórica de lo que es el alma grupo.

Si retrocedemos en el tiempo podemos mantener esta imagen, pero no debemos imaginarnos un círculo tan regulado de hombres; estos seres humanos pueden estar dispersos por el mundo de la manera más diversa. Imaginémonos a uno en el oeste de Francia, otro en el este de América, etc., —es decir, no están sentados juntos—. Cuando las leyes del mundo espiritual están en cuestión, los yoes pueden estar conectados, aunque los seres humanos estén dispersos por el mundo. Estos seres humanos forman, entonces, una “ronda”. Lo que se forma a través del flujo de sus yoes no es de hecho un cuerpo etérico perfectamente formado, pero es una Unidad. Así, en ese tiempo existían grupos de personas que se unificaron porque sus yoes formaron una unidad —y de hecho, hubo en realidad cuatro grupos unificados por sus yoes. Deben imaginar a estos seres humanos de acuerdo con las leyes del mundo espiritual. Las almas grupales de los cuatro grupos pasaron de una a otra. No estaban íntimamente unidas, sino que se unían una a otra. A estas cuatro almas grupales se les denomina con los nombres de las bestias apocalípticas: Toro, Águila, León y Hombre. El Hombre, sin embargo, estaba en una etapa evolutiva diferente a la del hombre actual. Los nombres que se dieron a esta organización de las almas grupales. ¿Por qué se les denomino así? Hoy quisiera aclarar esto desde otro aspecto.

GA107.2

Coloquémonos tan vívidamente como sea posible en los primeros tiempos de la vida lemuriana. Las almas que hoy están encarnadas en cuerpos humanos no habían descendido todavía hasta los cuerpos físicos. Todavía no tenían la tendencia a unirse a la materia física. Incluso los cuerpos que más tarde se convertirían en cuerpos humanos eran muy, muy animales. Los seres espirituales más grotescos estaban en la Tierra, lo que incluso parecería grotesco en comparación con lo que hoy llamamos a las criaturas más grotescas actuales. Todo estaba en una forma suave y resbaladiza —hirviente, acuosa, o ardiente— tanto los seres humanos como el medio ambiente. Entre estas formas grotescas ya estaban, por supuesto, los antepasados de los cuerpos físicos humanos, pero éstos aún no estaban tomados por los yoes. Los cuatro grupos, que ya hemos caracterizado como almas grupales antes de la entrada del espíritu en la organización física, representaban en realidad a cuatro grupos de yoes que esperaban para encarnar, tales yoes se adaptaron a formas muy especiales que estaban allí abajo. Una categoría se adaptó para entrar en las organizaciones ya existentes físicamente, en formas bastante definidas, otra categoría se adapto a otra. Las formas que estaban abajo, de cierta manera se correspondían en su formación, a los tipos de yoes que esperaban. Existían formas que estaban especialmente adaptadas para recibir los yoes León, otros los yoes Toro, etc. Esto fue en una época muy temprana de la evolución de la Tierra. Ahora consideremos que el alma grupal que hemos denominado Toro entra en formas bastante definidas que están allí abajo. Con un aspecto muy definido. Del mismo modo, el alma León fue atraída por otras formas especiales.

Así, lo que es físico en la Tierra se nos muestra en una imagen cuadruple. Un grupo desarrolla especialmente los órganos cuyas funciones coinciden más con las del corazón. Estaban organizados unilateralmente en la naturaleza del corazón; en ellos había un elemento especialmente agresivo, valiente y atacante. Eran valientes, autoafirmativos, buscados para vencer a los otros, eran ya como conquistadores, nacidos como naturalezas conquistadoras incluso en su forma. Eran aquellos en quienes el corazón, el asiento del Yo, se había hecho fuerte. En otros se desarrollaron especialmente los órganos de la digestión, de la nutrición, de la procreación. En el tercer grupo, fueron especialmente los órganos del movimiento. En el cuarto grupo, estas tendencias fueron compartidas por igual  —tanto la valentía, la agresividad como la tranquilidad que deviene a través del desarrollo de los órganos digestivos. Ambos se fueron desarrollando. El grupo en el que la cualidad agresiva perteneciente a la organización del corazón se desarrolló especialmente, formó a los seres humanos cuya alma grupal pertenecía al León. El segundo grupo al del Toro. El tercer grupo, con el elemento móvil que no deseaba conocer gran parte de la Tierra, pertenece al alma grupal del Águila. Ellos son los que pueden elevarse por encima de lo que es terrenal. Y aquellos en los que todos estos elementos estaban en equilibrio pertenecían al alma grupal “Hombre”. Así tenemos, en la debida forma, la proyección de las cuatro almas grupales en lo físico. En ese momento se habría ofrecido al observador un espectáculo bastante peculiar.

Uno habría encontrado una especie de raza, de la cual alguien con un don profético podría haber dicho: Son seres físicos que recuerdan un poco al león, que reproducen el carácter del león, aunque parezca diferente del león actual. Eran personas de corazón de león, gérmenes humanos agresivos. De nuevo había un grupo de Toros como todo un pueblo, todo adaptado al plano físico. Ustedes puede completar fácilmente la tercera y cuarta razas. La tercera raza ya era muy visionaria. Mientras que la primera era combativa y la segunda cultivaba todo lo relacionado con el plano físico y lo hacía funcionar y también se  encontraba el tercer alma grupo de personas que eran muy visionarias. Por regla general, tenían algo que, en relación con los otros cuerpos, estaba desordenado. Les habrían recordado a personas que tienen mucho psiquismo y creen en visiones, y por el hecho de no preocuparse mucho por lo físico, tienen algo seco, algo atrofiado comparado con la abundante fuerza de los otros dos grupos. Les habría recordado a la naturaleza de las aves. “Retendré mi Espíritu”, esa era la tendencia de los hombres del Águila. Los demás tenían algo que, por así decirlo, estaba mezclado de los otros tres grupos. A esto voy a agregar algo más.

Si volvemos tan atrás como para encontrarnos con estas condiciones en la Tierra, debemos tener en cuenta que todo lo que sucedió en el curso de la evolución de la Tierra, ocurrió de tal manera que los asuntos terrestres estaban regulados desde fuera del mundo espiritual. Fue todo un desvío para llegar al hombre de hoy. Aquel que hubiera podido ver más profundamente estas cosas, podría haber hecho la experiencia de que estas naturalezas de león (que recordaban lo que vemos hoy de otra manera en el cuerpo del león) desarrollaron una fuerza atractiva especial para las formas masculinas de los cuerpos etéricos. Estos se sintieron especialmente atraídos por los hombres León, de modo que estos seres que tenían exteriormente un cuerpo de león —estaban, sin embargo revestidos interiormente por un cuerpo etérico masculino. Tenían un poderoso ser etérico con un carácter masculino, y una pequeña parte de este ser etérico se densificó en el cuerpo físico del León. La raza del Toro, sin embargo, tenía una fuerza de atracción especial por el cuerpo etérico femenino. Así, el cuerpo del Toro tenía la fuerza especial de atraer al cuerpo etérico femenino y unirse con él. Y ahora vamos a avanzar más: los cuerpos etéricos continúan trabajando, penetrando y transformándose continuamente. La relación de los hombres parecidos a los leones y a los toros era especialmente importante en los tiempos antiguos. Los otros dos estaban menos considerados. Los cuerpos etéricos masculinos que cristalizaban un cuerpo físico de león desde fuera tenían el poder de fructificar el cuerpo físico del león mismo, de modo que la procreación de la humanidad estaba especialmente cuidada por la raza del león. Era una especie de fructificación fuera de lo espiritual, una procreación no sexual. La raza del Toro, sin embargo, también hacia lo mismo. Lo que se había vuelto físico trabajó aquí en el cuerpo etérico femenino. En el transcurso de la evolución, el proceso se fue modelando en modos diferentes.

GA107.almas grupo

Mientras que la naturaleza del León retenía este modo de procreación, donde la fuerza fructificante provenía de arriba, fuera de lo espiritual, y el proceso se intensificaba, el otro proceso se retrotraía cada vez más. La  humanidad Toro devino paulatinamente improductiva. El resultado fue que por un lado había una humanidad que se mantenía por fructificación y por el otro lado,  la otra mitad se hacía cada vez más infructuosa. El uno se convirtió en el sexo hembra el otro en el macho. La naturaleza física femenina actual tiene de hecho un cuerpo etérico masculino, mientras que el cuerpo etérico del hombre es femenino. El cuerpo físico de la mujer procede de la naturaleza del León, mientras que el cuerpo físico del Toro es el antepasado del cuerpo masculino.

Lo espiritual en el hombre tiene un origen común, es neutral, y entró por primera vez en el cuerpo físico cuando los sexos ya se habían diferenciado. Sólo entonces el espíritu se apoderó de lo físico y la cabeza se endureció. El cuerpo etérico de la cabeza se unió por primera vez con el cuerpo físico; le era indiferente si se unía a un cuerpo masculino o femenino, ya que para él ambos sexos eran iguales.

Debemos decir que la mujer, siempre y cuando desviemos la mirada de lo que en general trasciende esta diferenciación, tiene, a través de su evolución, algo de león en su naturaleza. Uno seguramente encontrará este valor oculto. La mujer puede desarrollar el valor interior; p.ej. en la guerra, en el cuidado de los enfermos, en el trabajo al servicio de la humanidad. El cuerpo físico masculino tiene lo que en el verdadero sentido podemos llamar la naturaleza Toro. Esto está relacionado con el hecho de que el hombre, tal como está organizado, ejerce su actividad basándose en la creación física. Estas cosas consideradas ocultas, se nos revelan precisamente así, aunque parezca extraordinario. Pueden ver cómo estas Almas Grupo han trabajado juntas. Trabajan de tal manera que las almas grupos de Leones y Toros colaboran en su trabajo. Estos seres divinos cooperan y en el hombre de hoy, está oculto el trabajo de las diferentes alma -grupo divinas.

Estas imágenes que he esbozado aquí ante vosotros, ciertamente tendrán su efecto. Si seguimos a la humanidad atrás en el tiempo, hasta el momento en que aún no era posible la procreación, debemos decir: El cuerpo físico de la hembra se va transformando en algo parecido a un León, mientras que el cuerpo macho es como un Toro. Sin embargo tales cosas si las entendemos bien, deben tomarse en un sentido sagrado y con seriedad. Sería fácil para aquellos que han estudiado la anatomía humana, deducir las diferencias anatómicas entre los cuerpos físicos del hombre y la mujer de estas naturalezas del león y del toro. La ciencia física será completamente infructuosa y sólo describirá hechos externos mientras no penetre en el espíritu de estos hechos.

Ahora ya no les parecerá tan extraño entender que existió una raza de seres que tenían un cuerpo parecido a un león. Éstos tomaron la naturaleza del Yo, y con esto la naturaleza del león fue transformándose más y más en el cuerpo femenino. Los que no recibieron nada de este elemento espiritual se transformaron de manera diferente; es decir, en el león actual y todo lo que está relacionado con él.

En otro momento acordaremos la razón de por qué estos animales también son bisexuales. Aquellos que no compartieron ninguna espiritualidad formaron el león actual, mientras que los que lo hicieron desarrollaron el cuerpo femenino moderno. Con el transcurso del tiempo muchos, muchos otros aspectos de este asunto podrán ser mostrados. El aprendizaje teosófico no es como el matemático. Primero se demostró, por ejemplo, que existen cuatro almas grupo de las cuales en principio sólo se dan los nombres. Luego se elige un aspecto u otro, y la materia se va iluminando desde el exterior. Y así nos vamos acercando continuamente desde otro lado. Primero vamos a por lo que se presenta, y lo iluminamos desde los más diversos aspectos. Quien quiera comprender esto nunca podrá decir que las cuestiones teosóficas se contradicen entre sí. Este es también el caso, incluso en las cosas que consideramos más elevadas. Las diferencias provienen de los diversos puntos de vista desde los que se observa un asunto. Llevemos con nosotros de esta reunión lo que podríamos llamar tolerancia interior. Que tengamos éxito en nuestra especial corriente teosófica para llevar este espíritu de tolerancia interior al movimiento teosófico. Tomemos eso en nosotros como contenido sentimental y tratemos de trabajar externamente de tal manera que este espíritu de comprensión íntima pueda llegar a ser efectivo.

Traducido del ingles por Gracia Muñoz