GA 335. Los pueblos de la Tierra a la luz de la Antroposofía

Conferencia impartida por Rudolf Steiner. Stuttgart, 10 de marzo de 1920 –

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Los últimos años han demostrado como los intensos sentimientos de odio y antipatía son capaces de fluir a través de las almas de los pueblos de la Tierra. En su vida sentimental nadie puede cegarse a la verdad de que la vida en la Tierra no puede avanzar fructíferamente por ese camino. Y hoy puede ser útil hablar de los elementos que, a la luz del conocimiento científico-espiritual, deben unirse al conjunto de la humanidad civilizada.

El conocimiento y el sentimiento, por supuesto, son dos cosas muy diferentes, pero el conocimiento científico-espiritual esta mucho más íntimamente ligado a la totalidad del hombre, a su naturaleza más íntima, que las verdades abstractas materialistas actuales. Las verdades de la ciencia espiritual son capaces de encender las ideas, los sentimientos y los impulsos de la voluntad de los seres humanos. La fuerza interior que se desarrolla a partir del conocimiento científico-espiritual de los elementos que unen a los diferentes pueblos de la Tierra, intensifica los sentimientos de simpatía y amor mutuo.

Así como es cierto que en el curso de la evolución, el hombre ha pasado de una vida instintiva e inconsciente a una vida consciente, a una comprensión más plena y libre de su misión, en cuanto al futuro hay que decir que el vago sentimentalismo  por sí solo no será suficiente para unir a los pueblos de la Tierra. Lo que se necesita es un entendimiento mutuo y ser conscientes de lo que uno puede esperar del otro.

En otros ámbitos de la vida es relativamente fácil ver la necesidad de esta unificación de los hombres de la Tierra, puesto que podemos ver el desastre que está sucediendo en el mundo de la economía. Al buscar la causa de estos desastres y tendencias destructivas, nos hacemos conscientes de que la aspiración de hacer de la Tierra una esfera económica es una necesidad inconsciente de toda la humanidad hoy en día.

Por otra parte, los pueblos de la Tierra aún no han llegado al punto de ennoblecer sus egoísmos nacionales lo suficiente como para permitir que surja una economía colectiva global de los valores económicos creados individualmente. Una nación intenta superar a la otra en materia de ventajas económicas. Ilusorio punto de vista que surja esto entre los pueblos, ya que los nuevos instintos de la humanidad claman por una vida económica común de toda la Tierra, en efecto, una economía global. Las mentes más importantes de estos tiempos están siempre haciendo hincapié en esta cuestión. En efecto, existe una pugna por una economía uniforme en la Tierra en contraste con las economías nacionales separadas que han existido hasta el siglo XX, y es esta oposición de las economías nacionales a una economía global la que ha causado el caos presente en la vida económica.

Cuando se trata de un país u otro o de asimilar la comprensión de sus riquezas espirituales, no es suficiente simplemente con viajar a otros pueblos o ser llevado allí por el destino. El mero conocimiento de las relaciones cotidianas de hombre a hombre nunca va a lograr el entendimiento mutuo entre los pueblos. Viajar y vivir en otros pueblos no es suficiente, no es más que una observación superficial de los gestos y movimientos de un hombre que nos permita comprender todo su ser. Es cierto que si uno tiene una idea de estas cosas, puede conjeturar mucho sobre el ser interior del otro a partir de sus gestos y movimientos, pero si las circunstancias son tales que podemos entender su discurso, el conocimiento es mucho más fundamental, pues uno puede recibir de él lo que su propio ser interior quiere comunicar. Entonces, ¿es posible que algo similar a esta transmisión de la fuerza interior, del ser interior, pueda generarse entre los pueblos y las naciones?.  No puede ser inherente simplemente en el habla, el lenguaje o en las observaciones de la vida cotidiana de los pueblos, pues para eso ya está el intercambio entre hombre y hombre.

Aquí debe ser revelado por el conocimiento y la comprensión del otro, algo que trasciende lo humano. Estamos realmente ante una dificultad cuando queremos hablar de manera inteligible de una nación o pueblo como una entidad. ¿Hay algo tan real como un objeto externo, tan real como la vida externa, que nos justifique el hablar de una nación o de un pueblo como una entidad?. Se puede hablar de un ser humano individual, la mera percepción sensoria del mismo, pero la percepción sensoria de una nación o de un pueblo es más que un conjunto de personas. Antes de que podamos reconocer a una nación como realidad debemos elevarnos a lo supra-sensible, es la única manera.

El hombre que se somete a la formación espiritual, que desarrolla la fuerza del conocimiento suprasensible que, de otra manera se encontraría latente en su vida cotidiana, poco a poco comenzará a ver a una nación o a un pueblo como un ser real, por supuesto, de una manera suprasensible. Se percibe lo espiritual, cuando un pueblo extranjero se revela como un ser espiritual, como una realidad suprasensible, que -si se me permite utilizar una expresión un tanto burda- impregna y envuelve el sentido de la naturaleza de los individuos que pertenecen a la misma, como una nube. Ese  conocimiento suprasensible nos permite penetrar en el ser real de una nación o de un pueblo, pero el conocimiento suprasensible no se puede adquirir sólo con la observación de la vida cotidiana. Voy a hablar a grandes rasgos de cómo hoy en día la Ciencia Espiritual se esfuerza por obtener un conocimiento realmente profundo de las relaciones entre los pueblos de la Tierra. Y aquí es sobre todo necesario comprender al ser humano a la luz de esta Ciencia Espiritual. En la conferencia anterior, así como en mi libro “Enigmas del alma”, publicado hace unos años, dije que el hombre, tal y como se nos presenta en la vida diaria, no es un ser unitario, sino que está estructurado de tal manera que podemos ver claramente tres componentes.

En el organismo humano tenemos, en primer lugar, todo lo que está relacionado con y centralizado en el sistema cefálico, el llamado sistema nervioso y los sentidos. Por medio de este sistema el hombre tiene  percepciones sensoriales, pensamientos e ideas.

Hoy en día, como resultado de una ciencia natural, se cree que todo el ser espiritual y anímico del hombre se basa en el sistema nervioso y sensorial, pero este sistema es, de hecho, una especie de parásito sobre el resto del organismo. Esto es así. Si se me permite una breve referencia personal, puedo decir que el estudio de más de treinta años de la naturaleza y del ser humano -un estudio en el que siempre he tratado de reconciliar la ciencia espiritual con los resultados de la ciencia natural- me ha llevado a confirmar esta triple naturaleza del organismo humano. Es una suposición general de la ciencia natural moderna que la vida del espíritu y del alma corre paralela a la vida sensorial y al sistema nervioso. En realidad es sólo el pensamiento el que los liga.

La vida sensible, (la sensibilidad), está ligada a los procesos rítmicos del organismo humano. El sentimiento está conectado directamente con los ritmos de la respiración y la circulación sanguínea, al igual que la vida del pensamiento y de la percepción está relacionada con el sistema nervioso y sensorio.

Del mismo modo, la vida volitiva está conectada con el sistema metabólico  (digestión y asimilación) en el hombre. La división más baja aparentemente del organismo humano, (en el sentido de un proceso, por supuesto, lineal), el sistema metabólico es el portador de la vida del hombre  volitivo.

En su naturaleza anímico-espiritual, el hombre es también un ser tripartito. La voluntad espiritual, la sensación de la vida animica, el pensamiento, las ideas y la percepción dirigida a los fenómenos materiales externos – éstos son los tres miembros o divisiones de la naturaleza del hombre anímico-espiritual. Estos tres miembros corresponden a los tres miembros del organismo físico, al sistema nervioso y sensorial, a la vida rítmica de la circulación y respiración y a la vida metabólica.

Ahora bien, si observamos los seres humanos en cualquier región dada de la Tierra, nos encontramos con que los términos de esta triple organización, de ninguna manera son absolutamente iguales en el orbe terrestre. Otro gran error del pensamiento moderno es imaginar que un programa social común podrá ser asumido por la totalidad terrestre y que los hombres podrían ajustarse a él. Los seres humanos están individualizados, especializados en las diferentes regiones de la Tierra. Y el que aprende a conocer el verdadero ser del hombre tal como vive en la Tierra debe ser capaz de desarrollar el amor, no sólo a una humanidad abstracta, universal, pues eso no sería más que una “idea” de la humanidad, una idea muerta, vacía. Los que realmente entienden a sus semejantes deben desarrollar el amor por las formas y expresiones individuales del ser humano en las diferentes regiones de la Tierra.

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En el poco tiempo de que disponemos no es posible caracterizar a todos los pueblos individuales. Todo lo que se puede hacer es considerar los principales tipos de humanidad terrenal. Esto nos lleva, en primer lugar, a un tipo muy característico y también uno de los más antiguos: el oriental, tal como se expresa en la diversidad de formas diferentes en los pueblos de la antigua India y en otras razas orientales. Este tipo oriental revela un elemento común, especialmente en los pueblos hindúes. El hombre del Este ha crecido con la tierra que es su propio suelo. Sin embargo puede parecer que el oriental ha recibido el Espíritu con intensa devoción en su corazón y alma, la mística oriental nos puede impresionar profundamente. Si estudiamos las características raciales de oriente, veremos que la elevada espiritualidad que tan justamente admiramos depende, en este caso, de las experiencias volitivas que fluyen en el ser humano, voluntad que está, a su vez, ligada a los procesos metabólicos. Por paradójico que pueda parecer a primera vista, esta espiritualidad misma de los pueblos orientales, y especialmente de la antigua India, es algo que, por usar una expresión burda, brota de los procesos metabólicos. Estos procesos, a su vez, están conectados con los procesos de la naturaleza en el medio oriental. Piensen en la India de tiempos muy antiguos. A su alrededor están los árboles y frutos, todo lo que la naturaleza en su belleza y maravilla da al hombre.

El oriental une esto con sus propios procesos metabólicos, de tal manera que el metabolismo se convierte en una especie de continuación de todo lo que vive en la maduración de la fruta en los árboles y bajo el suelo, en las raíces. En su naturaleza metabólica, el oriental ha crecido junto con la fertilidad y el bienestar de la Tierra. El proceso metabólico es el portador de la voluntad, desde ahí se desarrolla la voluntad en el ser interior del hombre. Pero lo que se desarrolla en el ser más íntimo, en el que el hombre está firmemente arraigado y por medio del cual se relaciona con su medio ambiente, esto no entra muy vivamente en su conciencia. En la vida consciente del oriental se introduce una corriente de elementos  diferentes. En el sentimiento y la vida pensante del oriental, especialmente en el tipo más característico -el hindú- hay algo en esa corriente que a todas luces se experimenta en los procesos metabólicos en el sentido material. En su “imagen-espejo”, sin embargo, aparece como vida espiritual.

Así, cuando entramos en todo lo que ha salido del alma y pensamiento creativo de los pueblos del Este, aparece realmente como un producto espiritual de la Tierra misma. Cuando nos elevamos a los Vedas nos sentimos invadidos por la luz del Espíritu que habla con gran intensidad a nuestras almas, si respondemos a la sutileza instintiva de la filosofía Vedanta y el Yoga o profundizamos en trabajos como los de Lao-Tze y Confucio, o nos sentimos atraídos por la poesía oriental, la sabiduría oriental, nunca sentimos que fluye de una manera individual, de una personalidad humana.

A través de sus procesos metabólicos el oriental crece junto con la naturaleza que le rodea. La Naturaleza vive, trabaja, hierve y se sobretensiona dentro de él, y cuando permitimos que su sabiduría poética trabaje en nosotros, es como si la Tierra misma hablara. Los misterios del crecimiento de la Tierra parecen hablar a la humanidad a través de los labios del hombre oriental. Sentimos que los pueblos del oeste y centroeuropa no podrían interpretar la interioridad espiritual de la Tierra de esta manera.

Los hombres más elevados de los pueblos orientales parecen moverse sobre la faz de la Tierra, expresando en su vida interior algo que realmente vive bajo su superficie. Esta crece y estalla en flores y frutos, así como lo hace en el espíritu y el alma del hombre oriental. La esencia interior de la Tierra se hace elocuente en los pueblos de oriente. Por tanto, podemos entender que, de conformidad con todo su ser, tienen menos idea de los fenómenos físicos de la superficie de la Tierra y de los hechos externos del mundo material. Su naturaleza más interna es una de las fuerzas sub-terrenales de las cuales resultan los fenómenos externos de los sentidos. Por tanto, están menos preocupados de lo que tiene lugar en la superficie. Son “hombres-metabólicos”. Pero los procesos metabólicos se expresan, en su caso, en la vida del alma y del espíritu.

Ahora bien, cuando un ideal se presenta ante los pueblos de Oriente, ¿qué forma tomará?. La orden dada a los alumnos por los sabios orientales fue algo así: “Para entrar en el ritmo de la vida debéis respirar de una manera determinada”. Estos maestros instruyeron a sus alumnos en la regulación de ciertos ritmos de la respiración y la circulación sanguínea. La forma en que se enseña a los alumnos a entrar en una vida superior del alma es muy característica. Toda la organización del hombre, tal como lo vemos en la vida ordinaria de Oriente, del pueblo asiático, y especialmente al pueblo surasiático, se basa en el metabolismo. Cuando se forma un ideal concreto de cómo se puede llegar a ser más completo, desarrolla su sistema rítmico; por un acto de libre albedrío se esfuerza por algo que es superior y que no le es dado por la naturaleza.

Ahora bien, lo extraño es que cuanto más se pasa de los asiáticos a los pueblos europeos, y especialmente a los pueblos de Europa central, nos encontramos con un notable desarrollo del sistema rítmico en su vida ordinaria. Los pueblos que no son de Oriente o de Europa occidental, sino de Europa Central, poseen como característica natural lo que el hindú se esfuerza por adquirir como su ideal de superhombre. Pero una cosa es tener que adquirir una cualidad por la fuerza de la autodisciplina y la actividad espiritual libre, y otra tomar posesión de ella naturalmente y por instinto. El hombre de Europa Central posee por naturaleza lo que el oriental tiene que desarrollar a partir de su vida metabólica que está conectada con el interior de la Tierra. Por lo tanto, lo que para el oriental es un ideal, para el europeo es una posesión natural de la vida cotidiana, su ideal, por lo tanto, debe ser necesariamente diferente. El ideal del centroeuropeo encuentra una etapa superior, en la vida del pensamiento ligado al sistema neuro-sensorio.

Hay una cualidad de desenfrenada fantasía en las creaciones artísticas de los orientales. Parece que aumenta la actividad interna de la Tierra, al igual que el vapor se eleva desde el agua a las nubes. La “totalidad”, rítmica interiorizada, que es la esencia vital de los centroeuropeos, permitió a los antiguos griegos, que tanto lograron en el conjunto de la civilización moderna, crear lo que llamamos el arte europeo. Los griegos se esforzaron por todo lo que ponía de manifiesto la armonía interior del hombre terrenal. Los elementos materiales y  espirituales están en equilibrio y se expresan en el hombre “medio”. Las creaciones artísticas orientales siempre se ejecutan en exceso en una dirección u otra.

Es en las concepciones artísticas de Grecia en que la forma humana estaba imbuida por primera vez con una armonía y plenitud interior. Esto fue porque el hombre tenía conciencia de su verdadero ser en el sistema rítmico. Cuando el artista griego se proponía un ideal, se esforzaba por alcanzarlo a fuerza de disciplina interna, a fuerza de la educación. Utilizaba el órgano de pensar igual que el oriental utiliza los órganos relacionados con el ritmo en el ser humano. El yogui de la India se esfuerza por regular su respiración de acuerdo con las leyes del espíritu y el alma para poder elevarse por encima del nivel de la humanidad ordinaria.

El hombre de Europa Central se entrena para elevarse por encima de los procesos instintivos del sistema rítmico, de la circulación de la sangre y de la respiración para sentirse verdaderamente hombre y se esfuerza en desarrollar la vida del pensamiento. Pero estos pensamientos, sobre todo en el centroeuropeo más evolucionado, se convierten en más que un “intérprete” del ser del hombre. Esto es lo que nos llama la atención cuando nos dirigimos al producto de la cultura europea después de habernos impregnado de la cultura oriental. En las creaciones altamente espirituales de la cultura oriental vemos, por así decirlo, el mismo florecimiento de la evolución terrestre. Sus labios expresan la voz de la Tierra misma. No es así en el centroeuropeo ni fue así que en el antiguo griego.

Cuando el centroeuropeo sigue los impulsos de su propia naturaleza, cuando no se autoengaña, cuando es consciente de que el autoconocimiento es la más noble corona de la actividad humana, la representación del ser humano en la naturaleza y en la historia es el logro supremo del hombre y luego lo expresará como el ideal de todo lo que él mismo es, como ser humano. La esencia misma del centroeuropeo se expresa cuando da rienda suelta a su ser inherente. Por tanto, podemos entender que el maravilloso pensamiento expresado en el libro de Goethe sobre Winckelmann sólo podía surgir en Europa Central. Me refiero al pasaje donde Goethe resume las elevadas percepciones, el profundo pensamiento y fuerte impulso de voluntad de este hombre maravilloso, en una descripción de su propia concepción del mundo, porque es como el sol de la cultura moderna: “El que el hombre sea colocado en la cima de la Naturaleza, se considera que constituye otra naturaleza entera, cuya misión es producir internamente un nuevo pináculo. A tal fin, aumenta sus poderes, se imbuye con perfecciones y virtudes –citación, discriminación, orden y armonía- y se eleva finalmente a la producción de una obra de arte”, el hombre, de su propia naturaleza espiritual, da a luz a un nuevo ser.

Esta aplicación de todas las fuerzas a la comprensión del hombre mismo se manifiesta especialmente en el hombre de Europa Central, cuando es fiel a su propio ser. Sólo en tiempos más modernos esto ha caído en el olvido. El hombre de Europa tiene toda la motivación para considerar cómo se debe desarrollar la veneración, la comprensión y la penetración de lo que es verdaderamente humano.

Si ahora nos fijamos en el Oriente y sus gentes desde una perspectiva puramente espiritual, nos encontraremos con que los pueblos orientales, sólo porque son “hombres metabólicos,” desarrollan la espiritualidad que constituye la conexión entre el alma humana y la divina. Si la naturaleza del hombre quiere ser completada, debe dar a luz en su ser interior, las cualidades que no le son dadas por el mundo elemental, debe despertar en su propia conciencia la antítesis de todo lo que posee por naturaleza. Así, en el oriental surge una espiritualidad que le hace consciente de la conexión entre el alma humana y la divinidad. El oriental puede hablar de la relación del hombre con la divinidad como algo natural, de una manera que no le es posible a ninguna otra raza, con palabras que tocan al corazón. Otros pueblos de la Tierra pueden someter y conquistar las razas orientales y tratar de inculcar en ellas sus propias idiosincrasias, leyes y reglamentos, sin embargo, asimilar lo que el oriental tiene que decir acerca de la relación del hombre con la divinidad es algo que deberían aplicarse a sí mismos también.

En los tiempos modernos hemos visto cómo la gente de occidente, inmersa en el materialismo vuelven a los antiguos filósofos orientales como Lao-Tsé con las concepciones chinas e hindues del mundo, no tanto en busca de ideas, sino de experimentar un fervor interior que les permitirá sentir la conexión del hombre con la Divinidad. Los sabios de la literatura oriental mucho más con el fin de que sus sentimientos puedan ser vivificados por la forma en que el oriental habla de su relación con lo divino que por cualquier contenido filosófico. La naturaleza abstracta del europeo del este hace que le sea difícil entender realmente la filosofía oriental. Una y otra vez personas que han estudiado los dichos de Buda, con todas sus repeticiones interminables, han expresado que estos mantras deberían ser abreviados y eliminar las repeticiones. Mi única respuesta podría ser: “Usted no tiene ninguna comprensión real de la verdadera grandeza de la filosofía oriental, ya que esta se expresa en las mismas repeticiones que desea cortar. Cuando el oriental se impregna en los dichos de Buda, con los mantras que tanto irritan a los occidentales, están en el camino a su ideal de la recurrencia rítmica del motivo. La misma frase se repite una y otra vez. Ahora, como ya hemos visto, el oriental vive naturalmente en los procesos del sistema metabólico. Cuando él se entrega a las frases recurrentes de Buda, surge en él una contraparte espiritual en el sistema respiratorio y la circulación sanguínea, y lo ha originado por su propio esfuerzo y su propia voluntad.

Si un europeo realmente trata de entender la grandiosa santidad de la naturaleza oriental, obtendría un conocimiento que se le escaparía, a menos que lo desarrolle conscientemente, que lo asimile. Es muy natural que el europeo quiera eliminar las repeticiones de los mantras budistas, porque él vive en el ritmo de la respiración y su ideal es elevarse con el elemento del pensamiento. Cuando el pensamiento ya está comprendido e integrado no quiere repeticiones, se esfuerza por ir más lejos.

Si estudiamos estas repeticiones orientales, debemos, en efecto, desarrollar otro tipo de cualidad, no una comprensión intelectual, sino un amor interno por lo que se expresa en las formas individuales de los diferentes pueblos. Nuestra actitud debe hacernos comprender que las cualidades particulares que hacen a un pueblo grande no son poseídas por los demás y podremos entender estas cualidades sólo cuando seamos capaces de amar a los demás pueblos y apreciar el valor de sus dones particulares.

En el momento en que penetramos en la naturaleza interna y la esencia de los pueblos de la Tierra, encontramos las diferencias de sus naturalezas individuales. Y entonces nos damos cuenta de que la esfera global de lo ‘humano’ no se expresa en su totalidad a través de cualquier hombre individual, o a través de los miembros de cualquier raza, sino a través del conjunto de la humanidad. Si alguien quiere entender todo lo que vive en su ser, se tendrá que poner a estudiar las características de los diferentes pueblos de la Tierra. Asimilar las cualidades que él mismo no puede poseer por naturaleza, porque sólo entonces podrá sentirse un hombre completo. Conseguir una humanidad plena y completa es una posibilidad para todos. Todo el mundo debería prestar atención a lo que vive en su propio ser interior. Debe encontrar la revelación concedida a otros pueblos y que él mismo no posee. Su corazón sabe y siente que es necesario. Si descubre lo que es grande y característico en los demás pueblos y permite que esto penetre profundamente en su propio ser, se hará consciente de que el propósito de su existencia no puede cumplirse sin estas otras cualidades, ya que ellas son parte de su propio esfuerzo interior. La posibilidad de una humanidad plena reside en cada individuo, y debe ser llevada a su cumplimiento mediante la comprensión de las características especiales de los diferentes pueblos repartidos en la Tierra.

Es en el Este, pues,  donde el hombre es capaz de expresar con una especie de espiritualidad natural su conexión con lo Divino.

Cuando nos dirigimos a los pueblos centroeuropeos, nos encontramos con que lo verdaderamente característico de ellos se oculta bajo capas de error y estas deben ser eliminadas. Piensen en todos los grandes filósofos que, habiendo pensado en la naturaleza y Dios en un sentido humano, casi sin excepción plantean también otra pregunta. Casi cada gran filósofo alemán se ha ocupado de la cuestión de la igualdad de derechos entre hombre y hombre. La búsqueda de la igualdad, no se ha comprendido y se la ha obstaculizado para  que sea una característica de los pueblos europeos centrales. Los que no reconocen esto no tienen conocimiento de los pueblos centroeuropeos, y nada los desviará del materialismo reinante (que viene de otra fuente) volviendo a lo que es fundamentalmente característico de las acciones verdaderamente teutónicas.

Así como el hombre de Oriente es el intérprete de la Tierra, porque su vida espiritual es la flor o el fruto de la tierra misma, el teutón es un intérprete de sí mismo, de su propio ser. Él se enfrenta inquisitivamente, y por eso se enfrenta a todos los demás hombres como sus iguales. La gran pregunta para él, por lo tanto, es la de la equidad, la de los derechos. Dondequiera el pensamiento teutón se esfuerza en desentrañar las profundidades del universo, en hombres como Fichte, Hegel o Schelling, nunca ha sido una cuestión de adoptar la antigua tradición romana de equidad, sino de investigar su naturaleza y esencia. Los resultados abstractos de estas investigaciones, que se encuentran en Fichte, Hegel, Schelling y Humboldt, son fundamentalmente los mismos que encontramos en Goethe cuando busca por múltiples caminos la expresión de la verdad, la armonía y la plenitud de la naturaleza del hombre. En este sentido Goethe es el representante de la naturaleza teutónica, de la Europa oriental. Al igual que el oriental se confronta con la Tierra, también lo hace el hombre europeo, con el auto-conocimiento.

Si pasamos a la Europa occidental y de allí a Estados Unidos, nos encontramos con que la figura del verdadero occidental se expresa en el pensamiento abstracto. Para utilizar una figura retórica empleada, por ese escritor profundamente espiritual, Rabindranath Tagore, el occidental es preeminentemente un “hombre-cabeza”. El oriental es un “hombre-corazón”, porque experimenta el proceso del metabolismo en su corazón. El “hombre- Aliento” es el europeo de la Europa central que está en una relación rítmica con el mundo exterior a través de sus procesos rítmicos interiores.

El occidental es un hombre-cefálico y Tagore le compara con una “jirafa espiritual”.  A Tagore le encanta el occidental, pero cuando se trata de describir las características, no entran en juego  necesariamente la simpatía o la antipatía. Tagore compara al occidental con una jirafa espiritual porque lo plantea todo en abstracciones -en abstracciones tales como dieron lugar, por ejemplo, a los “Catorce Puntos” del Presidente Wilson. En estas declaraciones en el sentido de la realidad espiritual, se siente que la cabeza del occidental está separada del resto del cuerpo por un cuello largo y esta cabeza sólo puede expresar lo que ofrece al mundo en conceptos abstractos. Un largo camino se ha de recorrer antes de que estos conceptos abstractos, estas cáscaras de palabras e ideas, encuentren su camino hacia el corazón, los pulmones y el sistema respiratorio, porque es la región en la que pueden convertirse en sentimientos y pasar de allí a la voluntad .

La cualidad característica inherente al hombre occidental es lo que llamaré el sistema de pensamiento. El ideal por el que el centroeuropeo se esfuerza por alcanzar como resultado la libertad, la libre actividad espiritual, no requiere esfuerzos por parte del occidental, especialmente por los americanos, pues esta actividad espiritual libre, el occidental la posee instintivamente. Instintivamente, él es un hombre de abstracciones. Como ya he dicho, no es lo mismo poseer una cualidad instintiva como tener que trabajar para adquirirla con mucho esfuerzo. Pero una vez que ha sido adquirida se liga a la naturaleza del hombre de una manera muy distinta. Pues adquirir una cualidad con la fuerza de la libre actividad espiritual no es lo mismo que poseerla por instinto, como un regalo de la naturaleza.

Ahora aquí existe un gran peligro. Considerando que el hindú con su filosofía yogui se esfuerza por elevarse al sistema rítmico y el centroeuropeo al sistema de pensamiento, el occidental, el ‘jirafa espiritual”, debe trascender los procesos meramente intelectuales si no quiere perder su verdadera humanidad. Como he dicho recientemente y siendo franco, en una reunión a la que asistieron un buen número de occidentales, esta es la gran responsabilidad del Oeste en el momento presente.

En el caso de Europa Central, será un país libre y saludable, si procura que se le conduzca a la espiritualidad, a la Ciencia Espiritual. Toda la naturaleza del hombre occidental se perderá en el abismo, si no se esfuerza por elevarse más allá del pensamiento, caerá en un vacío “espiritual”, buscando las cualidades animicas en una región donde el alma no se detiene. Aquí yace el peligro, pero también una gran responsabilidad. El peligro es que los occidentales pueden caer en el vacío del alma si no se esfuerzan por superar las cualidades que le han sido otorgadas por la naturaleza, y su responsabilidad es la de permitirse a sí mismos ser llevados a la verdadera ciencia espiritual, si no quieren que por virtud de su posición dominante en el mundo se presten a la caída de la humanidad.

Es un deber solemne de los pueblos de Europa Central -porque es parte de su naturaleza- ascender en la escala del conocimiento espiritual. Pues en su camino de ascenso desde lo rítmico-respiratorio, al sistema de pensamiento, gana algo más en la esfera de lo humano.

El peligro al que se enfrentan los pueblos occidentales es que pueden salir de la esfera de lo humano cuando se creen un ideal en sí mismos. Esto realmente está en la raíz de la existencia de los muchos movimientos sectarios en el oeste, movimientos que van en contra del principio de lo “humano universal” en el momento presente.

El oriental, cuyo sistema metabólico está estrechamente relacionado con la Tierra, presenta una actividad espiritual a lo largo de los caminos de la naturaleza misma. El hombre del oeste, con su desarrollado sistema de pensamiento, dirige su mirada principalmente al mundo de los sentidos. Así como si algo bajo la superficie de la Tierra estuviese trabajando en el oriental, el hombre de occidente parece prestar atención sólo a lo que está por encima de la superficie de la Tierra, a los fenómenos que surgen como consecuencia del sol, la luna, las estrellas, el aire, el agua y similares. Los propios procesos de pensamiento, sin embargo, no se derivan de lo que está sucediendo en la periferia. Como dije en una conferencia anterior, lo espiritual en el hombre no se puede explicar por el estudio del mundo terrenal y sus alrededores. Los frutos espirituales de la Tierra surgen en el ser del verdadero oriental y él se sabe, como hombre, con el Espíritu viviente dentro de sí, un ciudadano del Cosmos entero, un miembro no sólo de la tierra sino de todo el Cosmos.

El occidental, con su sistema de pensamiento más desarrollado, ha sido privado de este Cosmos por la ciencia moderna, y se queda solo con la posibilidad de calcular en fórmulas matemáticas y mecánicas. El occidental tiene que hacerse consciente de que  sin el origen de su alma cósmica, en realidad él no podría existir como un ser pensante, si esto no fuera así,  debería darse cuenta de que la frialdad de las matemáticas estériles serian la única ciencia que le quedaría con el propósito de explicar el cosmos. Las emanaciones de la Tierra misma se han convertido en parte de la propia esencia del oriental, su sabiduría poética es como una flor de la Tierra. El centroeuropeo tiene que reconocer que su calidad humana esencial se revela en el hombre y por el hombre. En efecto, el ser humano se enfrenta a sí mismo .

Las cualidades de mayor valor en el hombre occidental son las conferidas no por la Tierra, sino por el Cosmos. Pero la única forma que tiene de acercarse a estos dones cósmicos, suprasensibles es mediante el cálculo matemático, con el seco espectro-análisis o hipótesis similares. Lo que el europeo tiene como objetivo, como expresión de la igualdad entre hombre y hombre, es buscado por los occidentales a través de su dedicación a los asuntos económicos, los derechos humanos que se valoran como expresión del espíritu les parece que surgirán sólo como fruto de la vida económica. Por lo tanto no es de extrañar que Karl Marx abandonase Alemania, donde podría haber aprendido a reconocer la naturaleza de un hombre como Goethe, su sentido humanista, y se fue hacia el oeste, a Inglaterra, donde su mirada se desvió del verdadero elemento humano y fue engañado con la creencia de que lo que el hombre puede conocer no es más que una ideología, un hecho de la vida económica. Esto no es verdad en el sentido absoluto, sino que es fundamental para la naturaleza del hombre de Occidente, al igual que es fundamental para los pueblos orientales contemplar de lado a lado la naturaleza con todo su ser y luego hablar de la conexión del alma humana con la divinidad como un hecho evidente.

Es por eso que muchos hombres de Occidente sienten la necesidad de mirar hacia arriba a lo Divino, porque, como ya he dicho, todos los hombres sienten la necesidad de sentirse hombres completos, son conscientes de esa nostalgia, incluso cuando tratan de conquistar a los pueblos orientales, para recibir de ellos lo que tienen que decir acerca de la conexión del hombre con la Divinidad. Si aplicamos esto a las razas y pueblos más pequeños, o nos limitamos a lo que es típico en todas partes, vemos que el hombre en su totalidad no se expresa en los miembros de un solo pueblo o raza. La humanidad completa es todavía sólo un deseo interior, pero este impulso debe crecer en un amor hacia toda la humanidad, porque esas cualidades que no poseemos por naturaleza, se pueden adquirir si se busca sinceramente el conocimiento de la naturaleza de los otros pueblos de la Tierra.

El internacionalismo imperante en la época de Goethe asumió esta forma. Es este tipo de internacionalismo el que impregna pensamientos tales como los encontramos, por ejemplo, en los límites del estado de Guillermo Von Humboldt. Es el esfuerzo de un cosmopolitismo verdadero que, al asimilar con amor todo lo que se puede adquirir de las otras razas, ennoblece y eleva a las personas individuales, el conocimiento de la propia raza se busca mediante la asimilación de todo lo que es idealista, grande y hermoso de los otros pueblos de la Tierra. Es por esto que en los días del rebrotar espiritual de Alemania, emerge desde la vida rítmica de su gente, un liviano cosmopolitanismo que había sido buscado entre todas las demás personas. Piensen en Herder, cómo su búsqueda lo llevó a otros pueblos, tratando de desentrañar lo más profundo de todos los pueblos de la tierra!. Cómo fue penetrado por la idea que permea “al hombre de carne”, a la persona, que hay otro hombre más grande y más potente, que puede ser descubierto sólo cuando seamos capaces de derramarnos sobre todos los pueblos.

No podemos dejar de contrastar este espíritu, que en el cambio de los siglos XVIII y XIX fue el germen de la grandeza de Europa central, con el internacionalismo de hoy. En su forma actual, la internacional no es un pulso que viva en el mundo, sino que es predicado en la forma de marxismo y el marxismo sólo cree en el pensamiento humano. El internacionalismo es hoy en día una forma más o menos débil del marxismo. Ya no existe la menor idea de la diferenciación de la humanidad plena y completa sobre la Tierra. Se configura una abstracción y se supone que representa a la Humanidad, que representan al hombre. La Internacional no es la primera etapa de una ascensión, sino la última etapa de una disminución, ya que carece de todos los esfuerzos para llegar a una internacionalidad verdadera, que siempre ennoblece la acción individual. El tipo de internacionalismo que aparece en el marxismo y todo lo que se ha desarrollado a partir del mismo es el resultado de permanecer inmóvil dentro de un sistema unilateral y poco práctico de la totalidad del pensamiento que se aplica sólo al mundo de los sentidos y no ha penetrado en las cualidades reales de la nación.

El verdadero internacionalismo, por el contrario, surge de un amor que llega a todos los pueblos y razas a fin de que la luz recibida de ellos pueda ser encendida en los hechos, conceptos y creaciones de su propia gente. Cada prueba individual por la que se debe encontrar un lugar en el gran coro de los pueblos de la Tierra contribuye a la plena comprensión que puede unir a todos en un conocimiento real y mutuo.

En esta conferencia no ha sido mi objetivo hablar de asuntos que puedan parecer un “programa”. Yo quería hablar del conocimiento científico-espiritual que se ha encendido en el investigador espiritual como resultado de un mayor conocimiento de la vida comunitaria del hombre en la Tierra, para que sea posible una verdadera vida comunal.

Uno puede, por supuesto, hablar desde muchos puntos de vista diferentes de lo que es necesario para el futuro inmediato de la humanidad, se puede hablar de este o aquel impulso. Pero debe tenerse en cuenta que el consuelo espiritual que fluye de los conocimientos que he tratado de indicar, en líneas más fugaces que en detalle, se puede añadir a todo lo que se pueda decir en lo que se refiere a los asuntos sociales, políticos y educativos. Es un consuelo que pueda fluir a partir del conocimiento del ritmo, lo digo expresamente el posible ritmo de la vida histórica de la humanidad.

Esta conferencia debe demostrar que el odio y la antipatía en el mundo de hoy en realidad se puede salvar con las alas del amor internacional. Este es un hecho posible. Pero estamos viviendo en una época en que todo lo que es posible debe hacerse con un esfuerzo consciente, deliberado y libre por parte de los hombres.

Debemos adquirir el conocimiento de las condiciones necesarias para unir a los pueblos de la Tierra, a fin de que, como resultado de este conocimiento, cada pueblo individual pueda conseguir que las alas del amor sustituyan a las del odio. El amor humano es el único que tiene poder para sanar las heridas del odio. Si la humanidad no tiene ningún deseo de amar, el caos se mantendrá. Esa es la terrible alternativa que enfrenta ahora a los hombres conscientes.  Aquellos que son conscientes de estos horrores saben que las almas de los hombres no deben dormirse, por el contrario, como resultado de la impotencia causada por el sueño en el que han caído las almas de los pueblos, las olas sanadoras del amor no serán capaces de fluir sobre las olas del odio.

Los hombres que son conscientes de esto sabrán que tienen que adquirir un tipo de conocimiento que se derive de una concepción espiritual de las relaciones entre los pueblos. Y llevarán este conocimiento a un sentimiento de amor por la Humanidad naciente. Llevarán este conocimiento a sus actos de voluntad para el logro de la Humanidad. La evolución de la época, con toda esta terrible parálisis que está apareciendo en la actualidad, establecerá una solemne obligación ante el alma: reunir todo lo que se pueda, unir a la Humanidad en el amor y la concordia, en oposición a los elementos destructivos que han hecho su aparición en los últimos tiempos. Esta búsqueda del amor unificado, porque el amor es unificador, no es un simple y vago sentimiento, es el deber más alto del hombre que comprende las actuales condiciones de la vida.

Traducción al español: Gracia Muñoz

El horóscopo de la muerte

Articulo de Willi Sucher, Febrero de 1938

versión en inglés

Nuestro estudio sobre el horóscopo de nacimiento y las amplias perspectivas que se conectan con él han llegado a una cierta conclusión en los últimos artículos. Ahora vamos a tratar con otra perspectiva de nuestra relación con el mundo de las estrellas. Es el horóscopo de la constelación estelar en el momento de la muerte.

El horóscopo del momento de la muerte es algo completamente nuevo en la astrología e incluso podría parecer, en primer lugar, como un trabajo inactivo, pues lo que normalmente se espera de la astrología es un pronóstico, una previsión de las cosas que están a punto de suceder en el futuro. Sólo el horóscopo de nacimiento, que se produce en el comienzo de la vida terrenal, sería útil para este fin, mientras que el horóscopo de la muerte, que es del fin de la vida, obviamente no nos puede ayudar en el pronóstico de los acontecimientos de esta vida. Sin embargo, desde este horóscopo podemos desplegar otras perspectivas. En él se nos muestra la perspectiva de la vida y la evolución del alma en la existencia post-morten.

Este es el valor positivo del horóscopo de la muerte. La imagen  celeste del momento de la muerte es un punto de enfoque en el que la vida terrenal, que ha llegado a su final recoge sus frutos por un lado (incluso en el fruto se encuentra oculta la esencia interior de una planta), mientras que por otro lado esta constelación nos da el cuadro de un  nuevo comienzo, es decir, el paso del alma a través de los mundos cósmico-espirituales después de la muerte, y su dirección hacia una vida futura en la Tierra.

Por lo tanto, el estudio del horóscopo de la muerte no tiene nada que ofrecer a los motivos egoístas que tan frecuentemente inspiran interés en los horóscopos del nacimiento. Sin embargo, puede llevarnos a percibir y reconocer los frutos espirituales de la vida terrenal, que ya ha pasado. Recoge, a modo de cuadro cósmico, todo lo que uno ha hecho de sí mismo durante su vida en la Tierra y que ahora elaborara tomando decisiones y formando su futuro. El horóscopo de la muerte es como una pieza de educación cósmica para la gente de la Tierra. Se nos muestra cómo aparece en su aspecto cósmico el trabajo humano hecho en la Tierra, estando ya en el pasado, o como el juicio de los dioses. Nos enseña cómo podemos tratar de una manera más fructífera los problemas de nuestra vida pasada. Por lo tanto, incluso para una lectura del horóscopo del nacimiento, haremos bien en tomar muy en serio el horóscopo de la muerte. Esto lo veremos con mayor claridad a continuación.

napoleonmuerte

Para empezar, vamos a desarrollar con todo detalle las constelaciones de muerte de personajes históricos. Es muy interesante, por ejemplo, la imagen celeste de la muerte de Napoleón. Se nos dice que murió en la noche del 05 de mayo 1821 justo cuando el sol se ponía en el mar.

Napoleon muerte

En la creación de un horóscopo de muerte tenemos que lidiar con las mismas condiciones matemáticas y astronómicas que se aplican en un horóscopo de nacimiento. Además, tomando la imagen cósmica como un todo, tenemos que prever también aquí tres elementos distintos: el primero es el hecho del espacio terrenal, con lo que un aspecto de la imagen es precisamente fijo; el segundo, los planetas, con todas sus posiciones definidas en relación con este aspecto terrenal, ya sea por debajo o por encima del horizonte; en el este o en el hemisferio occidental del cielo y en tercer lugar la relación de los planetas y el espacio terrestre con el Zodiaco.

La constelación de la muerte de Napoleón presenta una imagen muy llamativa. El Sol, que se estaba poniendo, se encuentra en el hemisferio occidental. Cerca del Sol esta Venus. Aún más abajo del horizonte occidental hay un grupo de planetas en la constelación de Piscis, podemos ver a Saturno, Júpiter, Marte y Mercurio en estrecha conjunción. La Luna pasa de Tauro a Géminis. Por último, en Sagitario hay una conjunción –en realidad de importancia histórico-mundial– de los dos recientemente descubiertos planetas Urano y Neptuno. En esta conjunción vemos un evento cósmico de gran importancia histórica que ocurre rara vez dado el movimiento aparente tan lento de estos distantes planetas. La siguiente conjunción de Urano y Neptuno no tendrá lugar hasta finales del presente siglo.

Esto es lo que vemos, simplemente por los fenómenos en los cielos. Todos los planetas, excepto Urano y Neptuno están en el hemisferio occidental, en el descendente, en su relación con el espacio terrenal. Sumado a esto está la congestión peculiar de planetas en Aries y Piscis. Para empezar, no tenemos más que estos fenómenos para trabajar, en agudo contraste con la astrología de nacimiento no existen experiencias tradicionales o reglas para ayudarnos.

¿Con qué, pues, podemos relacionar estos fenómenos?. Primero vamos a dirigir nuestra atención a todo lo que está determinado por la relación Este-Oeste del espacio terrestre con el cosmos. Debajo del horizonte en el oeste vemos una barricada regular de planetas. Da la impresión casi de un puño cerrado. Aquí vemos una imagen del carácter extraordinario de Napoleón, apareciendo así como un cometa en su día y generando algo totalmente inesperado incalculable en sus efectos. El poder apretado y congestionado cae por debajo del horizonte occidental, es como llegar cansado volviendo en la tarde de un día, que ha traído muchos acontecimientos terribles y difíciles.

En el momento del nacimiento, así como en el de la muerte, estas direcciones espaciales tienen un significado aún más profundo. El ascendente de la natalidad es una imagen de la entrada del ser humano desde la esfera lunar a la esfera terrestre. Así también en la muerte, la dirección Este (el ascendente) podemos decir que es una imagen de su salida a la esfera lunar, alejándose de la Tierra. En las hermandades ocultas hasta el día de hoy, cuando las almas pasan por el Portal de la Muerte, se habla de ellos como que se han marchado “al eterno Oriente”. El camino hacia el este muestra el futuro del ser humano en la vida después de la muerte y viceversa, la dirección oeste indicaría lo que ya ha pasado.

Si esto es así, entonces Napoleón por la dirección de su entrada en la esfera Lunar después de la muerte es hacia Libra. En la imagen de la balanza tenemos una indicación de su personaje como un hombre que está constantemente oscilando entre los poderes de la Luz y la Oscuridad, y de hecho no puede entenderse en absoluto como la de un hombre terrenal común y corriente. Condiciones muy distintas de balance o equilibrio prevalecen en él a las del alma humana normal en la Tierra.

Frente a esto, el pasado se indica en el Oeste, es decir, lo que está dejando atrás. Aquí, pues, tenemos la congestión notable de muchos planetas. Para resumirlo en una sola imagen, quizá podamos verlo de la siguiente manera: él sale por el signo de la balanza, Libra, buscando el equilibrio de su propio ser, ya que en su parte posterior se encuentra la pesada carga manifestada en el cielo occidental, la realidad cósmica de todos los resultados terribles de su camino de violencia a través del escenario de la historia occidental, cayendo como una pesada carga de culpa sobre sus hombros.

Podría parecer, al principio, como si esta forma de ver las constelaciones de muerte fueran más bien subjetivas. Sin embargo, tras muchos años de trabajo con este tipo de horóscopos se revela la presencia de relaciones aún más profundas que por fin confirman lo que se ha dicho. Esta confirmación se debe, sobre todo, al guión cósmico del paso de Saturno a través del zodíaco.

Vamos a considerar una vez más la congestión de los planetas en Piscis en el horóscopo de la muerte de Napoleón. Esta es sin duda la característica más importante. Veremos que unos 30 años antes, alrededor de 1791-4, Saturno ocupaba los lugares en el zodiaco que en el momento de la muerte están ocupados por este grupo de planetas. Pues Saturno tarda unos 30 años en dar la vuelta al zodíaco. Además, encontraremos los siguientes datos: en el año 1796 Saturno estaba en el lugar donde se encuentra la Luna en el horóscopo de la muerte. Luego, alrededor de 1800 Saturno estaba en el punto culminante del Zodiaco, en la constelación de Leo. En 1805 pasó a través de Libra, el ascendente de la hora de la muerte, y finalmente en 1812 se encontraba en Sagitario, donde tenían su conjunción en 1821 Urano y Neptuno. Estos son los tránsitos de Saturno en el tiempo pasado. Es lo contrario de lo que es en el horóscopo de nacimiento, a dónde vamos adelante en el tiempo a medida que estudiamos los tránsitos de Saturno y otros planetas a través de los puntos esenciales del horóscopo. Estos últimos tránsitos que Saturno ejecuta referidos al momento de la muerte, dará lugar a datos muy individuales para cada vida humana.

Llegamos así a la siguiente imagen:

Si ahora comparamos la biografía de Napoleón con el panorama en el tiempo en que nos han llevado estos últimos tránsitos de Saturno, descubriremos que por la escritura de Saturno en el cielo podemos comprobar los hechos más importantes de su vida. En el momento de la muerte los planetas encuentran su camino en todos los lugares en los cielos, donde Saturno se situó en los hechos sobresalientes de la vida del hombre.

En las constelaciones del momento de la muerte se hace manifiesta una imagen poderosa del tiempo cósmico. Al igual que las páginas abiertas de una Meath Chronicle, las estrellas contienen la historia de la vida de la persona que acaba de pasar por el Portal de la Muerte.

Pasemos ahora a considerar el horóscopo de la muerte de Napoleón desde este punto de vista. En el dibujo del horóscopo por encima de los últimos tránsitos de Saturno y su secuencia en el tiempo se indican en el círculo más externo. En primer lugar tenemos a los tránsitos más allá de las posiciones esenciales en Piscis y Aries, en los años 1791-4. Es el tiempo de las condiciones caóticas de la Revolución Francesa. El poderoso impulso social que fue el fondo de la fuerza impulsora de estos hechos sufrió un contratiempo grave, de una manera que sucede a menudo. Del caos un solo hombre se abrió camino a una posición de poder absoluto. Fue Napoleón quien se levantó de un comienzo modesto y en el año 1796, el tiempo de tránsito de Saturno por el lugar de la Luna en la muerte, ya estaba al mando de la campaña de Italia. La victoria que consiguió allí fue una etapa importante en su fenomenal ascenso. Saturno se inscribe en el fondo cósmico poderoso de Tauro. A la vuelta del siglo, tenemos el paso de Saturno a través del punto culminante del Zodiaco, Leo, la imagen de la fuerza y el poder. Napoleón estaba en el apogeo de su poder continental de su elección forzada como Primer Cónsul de la República en 1799, para su coronación como emperador y la aplastante derrota de Prusia y Austria en 1804. Después de esto, Saturno se sitúa en el lugar del cielo que está por debajo del horizonte oriental en el horóscopo de la muerte, una perdida le cuestiona a partir de la infeliz campaña rusa de 1812. Esto está relacionado con el tránsito de Saturno, más allá de la conjunción Urano-Neptuno en el horóscopo de la muerte.

Los poderes del destino entran aquí y provocan la caída de este espíritu absolutista que alcanzó con su sed de poder a todo un continente. En esta conjunción de Urano y Neptuno, se revelan profundas relaciones espirituales como el aumento de meteoros como si este extraño ser que, con todo su ímpetu destructivo, sin embargo, trajo involuntariamente muchos impulsos para el bien de la evolución del mundo occidental, el escozor y la agitación en la vida activa de muchas fuerzas latentes tanto en individuos y naciones se despiertan en ese momento.

Finalmente vemos el retorno de Saturno a su punto de partida en Piscis y, en relación con esto, la prolongada enfermedad de Napoleón y la muerte en la isla solitaria. Se repite una vez más lo que ya hemos indicado, las constelaciones en el cielo occidental en este horóscopo de la muerte nos lleva de nuevo al punto de partida, el tiempo de la Revolución Francesa. El impulso hacia una mejor vida social se transformó en su contrario, en el dominio por la pura violencia. A medida que Saturno regresa de nuevo a Piscis –habiendo recorrido el Zodiaco- la vida de este hombre se extingue y en la cama con el dolor de la enfermedad pone fin a una trayectoria de destino tratando de realizar planes gigantescos y ambiciosos, pero sembrado de innumerables casos de dolor y sufrimiento humanos. Pensemos, por ejemplo, en la retirada del gran ejército desde el interior de Rusia. Estas cosas caen pesadamente sobre la culpabilidad del ser de Napoleón. Esta culpa está escrita en gran medida por la posición de los planetas en el cielo occidental en el momento de su muerte. Vemos pues el punto de partida de su carrera de la que podríamos imaginar, que si hubiera seguido los impulsos espirituales verdaderos que subyacen a la Revolución Francesa en sus inicios, podría haber tomado un camino menos cargado de culpa.

Así que el horóscopo de la muerte se revela una especie de resumen de la vida terrenal, que ya ha pasado. Así se nos presenta un cuadro cósmico imponente, de los momentos más importantes que se inscriben en la vida del ser humano. Pero también hay otra cosa conectada con esto.  La investigación espiritual dice -y las personas que han regresado a la vida después de haber estado en peligro inminente de muerte por ahogamiento o por otros medios lo confirman- que en el primer período después de la muerte el alma humana experimenta un fuerte cuadro de memoria de la vida terrenal pasada, en el que están contenidos todos los puntos importantes de esta vida. Esto no es otro que el cuerpo etérico de ser humano, liberado de sus funciones físicas y ahora se revela en su verdadero carácter como un cuerpo-de-tiempo como el que tuvimos que hacer en nuestros estudios del horóscopo prenatal. El cuerpo etéreo se convierte ahora en un cuadro en el tiempo, con todos los recuerdos de la vida. Es este cuerpo del ser humano el que está más íntimamente relacionado con el horóscopo de la muerte.

Además, es Saturno, el que ahora traza este cuadro cósmico. Saturno, en efecto, tiene que ver con la grabación de la historia, es el cronista cósmico, grabando todo lo que sucede en la vida de las personas y de la humanidad. Saturno también  registra lo que sucedió en los tiempos aciagos de la Revolución Francesa (1792-4), la aparición de Napoleón y el desenvolvimiento de su vida en los años siguientes. Todo esto fue registrado silenciosamente y con imparcialidad por el planeta Saturno en la crónica cósmica. Saturno ha registrado las  diferentes entradas en  los diferentes lugares en el cosmos, dados por Napoleón en el recorrido de la vida en la Tierra.

Lo principal es la acción humana, en nuestra forma de trabajar y actuar que esta decididamente dentro de la esfera de la libertad moral. Sin embargo, si alguna vez hacemos que nuestras decisiones se lleven a cabo en nuestra vida, habremos creado para nosotros mismos un destino que trabajara en el futuro. Así también Saturno hace sus entradas, trabajando con la fuerza del destino, de tal manera que la muerte de la persona se produce cuando los planetas están en los lugares del zodiaco en el que los acontecimientos destacados de la vida han sido grabados por Saturno. Así, en los años de la Revolución Francesa, Napoleón sufrió ciertas decisiones internas que llegaron a ser importantes para el resto de su vida terrenal. Saturno las grabo en la constelación de Piscis. Esto llegó a ser tan importante para su destino ulterior que la muerte de  Napoleón tuvo que producirse en un momento en que ciertos planetas estaban en Piscis, como de hecho vemos en su horóscopo de muerte.

Así, la vida terrenal de un ser humano se refleja dos veces en la memoria cósmica. Por un lado tal como aparece en el cuerpo etérico o cuerpo de fuerzas formativas. La memoria, que se mantiene firme allí, se libera en el momento de la muerte para convertirse en el gran cuadro de la toda la experiencia vital. Pero en el gran cosmos también se imprime en ese momento la memoria del cuadro de la vida terrenal pasada. Es una conexión profundamente significativa. El cosmos espera que le llevemos el registro de las vidas terrenales. El cosmos espera que fluyan a través de los cuerpos etéricos humanos una memoria espiritual impregnada de hechos y experiencias terrenales.

Porque el hecho es que muy poco después de la muerte el cuerpo etérico humano se disuelve completamente en el cosmos, por lo tanto, la constelación de las estrellas en el momento de la muerte se adaptan al cuadro que existe en el cuerpo etérico de la persona que ha fallecido  y la muerte se produce en un momento en que los dos están en perfecta armonía. El horóscopo de la muerte es, por así decirlo, un negativo, un molde, una forma hueca, que responde a las condiciones del cuerpo etérico del individuo y se adapta armoniosamente para recibirlo. Para su existencia en el más allá, el cosmos tiene esta sustancia etérica que viene de la humanidad en la Tierra. Nuestro estudio revela estos hechos espirituales en una luz aún más completa.

Traducido por Gracia Muñoz.

El Logos y el Hombre

(Edouard Schuré – del libro “Tratado de Cosmogonía)

DECIMOCUARTA LECCIÓN 

Nos hemos ocupado anteriormente del pasado del hombre desde el punto de vista de su forma y de su cuerpo. Ahora nos ocuparemos del pasado de sus estados de conciencia. Frecuentemente se plantea la siguiente pregunta: ¿Son los hombres los únicos seres existentes en la tierra que tienen conciencia de sí mismo? O si no ¿Qué relación existe entre nuestra conciencia humana y la de los animales, las plantas y los metales? Estos seres en general, ¿tienen conciencia? Supongamos un pequeño insecto que se estuviera paseando sobre el cuerpo del hombre y que no viera de éste más que un dedo. No podría tener la menor idea del organismo o del alma del hombre. Nosotros nos encontramos exactamente en esa situación frente a toda la tierra y demás seres que en ella viven.

Un materialista no tiene idea alguna del Alma de la Tierra: para ello sería necesario que pudiera percibir su propia alma. y de la misma manera, si el insecto no siente nada con respecto al alma del hombre, es porque él mismo carece de alma para sentirla. El Alma de la Tierra es muchísimo más elevada que el alma del hombre y el hombre nada sabe acerca de ella. En realidad, todos los seres tienen una conciencia, pero la del hombre se caracteriza en que su conciencia está perfectamente adaptada al mundo físico.

Además del estado de vigilia que corresponde a este plan, conoce otros estados de conciencia que le dan cierto parentesco con los otros reinos de la Naturaleza. Durante el sueño sin ensueños la conciencia humana vive en el mundo Devakánico, como ocurre continuamente con la conciencia del Reino Vegetal. Si una planta sufre este sufrimiento, causa cierta alteración en la conciencia devakánica. La conciencia del animal, semejante a la del sueño con ensueños, se encuentra en el plano astral. es decir, que el animal tiene una conciencia astral del mundo, como la del hombre que sueña.

Estos tres estados de conciencia son muy diferentes. En el mundo físico no pueden hacerse representaciones e ideas, sino por medio de los órganos sensibles y de las realidades exteriores con las cuales nos ponemos en contacto. En el mundo astral no se percibe el medio circundante más que bajo la forma de imágenes, y al mismo tiempo uno se siente bastante identificado o confundido con dicho medio.

¿Por qué el hombre que está consciente en el Mundo Físico se siente tan por completo separado de todo lo que no es él mismo? Porque recibe todas sus impresiones de un medio que ve bien distintamente exterior a su propio cuerpo. En el mundo astral, por el contrario, no se percibe mediante los sentidos, sino por la simpatía que nos penetra hasta el corazón de todo aquello con lo que nos encontramos. La conciencia astral no se encuentra encerrada en un campo comparativamente cerrado: es, por así decirlo, como líquida o fluida. En el Mundo Devachánico la conciencia es tan difusa como puede serlo un gas. ¿Con qué objeto se produjo esta oclusión de la conciencia, que sucedió a la conciencia imaginativa?

Sin ella el hombre jamás podría decir “yo” con referencia a sí mismo. El germen divino que existe en el hombre no pudo penetrar en él, en el curso de su evolución, más que por la cristalización del cuerpo físico. ¿Y dónde estaba este Espíritu Divino antes de la solidificación de la Tierra y de la conciencia? El “Génesis” nos dice que “El espíritu de Dios se movía sobre las aguas”. Este Espíritu Divino, esta chispa del yo, estaba todavía en el mundo astral, donde todas las conciencias se funden como las olas en el Océano.

En el Mundo Devakánico superior en su cuarto plano denominado “arupa” (sin forma o sin cuerpo), donde comienza esa especie de antimateria denominada Akasa, es donde reside la conciencia de los minerales. Es necesario adquirir un sentido verdadero de lo que es el mineral y encontrar el lazo moral que nos une a él. Los Rosacruces, en la Edad Media, hacían admirar a sus discípulos la castidad del mineral. Imaginad, le decían, que si el hombre pudiera quedar tal como es, en lo tocante a su pensamiento y sentimiento, pero quedara tan puro y desprovisto de deseos como el mineral, se encontraría en posesión de una fuerza espiritual infalible. Si por un lado puede decirse que los espíritus de los distintos minerales se encuentran en el Devakán, también puede decirse recíprocamente que el espíritu del mineral es como el hombre que viviera exclusivamente con una conciencia devakánica. No hay que negar la conciencia a los demás seres. El hombre ha pasado por todos esos grados de conciencia en la curva descendente de la Evolución.

Originalmente fue semejante a los minerales, en el sentido de que su yo residía en un mundo superior y lo guiaba desde arriba, pero la evolución tiene por objeto liberarlo de su dependencia con respecto a los demás seres dotados de conciencia superior a la suya y conducirlo hasta el nivel en que pueda ser plenamente consciente en los planos más elevados. Todos estos planos de conciencia se cruzan hoy en el hombre:

  1. La conciencia del mineral que equivale a la del sueño profundo, sin ensueños.
  2. La conciencia del vegetal, que es la del sueño ordinario.
  3. La conciencia animal, esto es, la del sueño con ensueños.
  4. La conciencia física objetiva, que es la conciencia de vigilia normal, mientras que las dos precedentes son remanentes atávicos.
  5. Una conciencia que repite la del tercer grado, pero conservando ahora la objetividad adquirida. Las imágenes tienen colores firmes y son distintas del que las percibe; desaparece la atracción o repulsión subjetiva. En esta nueva conciencia imaginativa, conserva sus derechos la razón adquirida en el Mundo Físico.
  6. Ya no es el ensueño, sino el sueño mismo que se transforma ahora en estado consciente. No solamente percibimos las imágenes, sino que penetramos en la esencia de los seres y de las cosas y percibimos su sonoridad interior. En el mundo físico damos un nombre a cada cosa, pero este nombre siempre permanece exterior a la cosa misma. No hay más que nosotros mismos que podamos expresarnos de dentro a fuera diciendo: “Yo”, el nombre de la individualidad consciente. Aquí está el punto fundamental de toda psicología. Gracias a este nombre nos diferenciamos de todo el resto del Universo. Pero cuando alcanzamos la conciencia del Mundo de los Sonidos, cada cosa nos dice su nombre inexpresable. Gracias a la clariaudiencia percibimos el sonido que expresa su ser íntimo y que hace de ella una nota en el Universo, completamente distinta de todas las demás.
  7. Un paso más allá el sueño profundo se vuelve consciente. Este estado es indescriptible y sobrepasa toda posible comparación. Lo más que se puede decir de él es que existe.

Tales son los siete estados de conciencia a través de los cuales pasa el hombre. Y pasará también por otros todavía. Siempre hay un principio en el centro, tres atrás y tres adelante, que reproducen en un nivel superior los tres estados inferiores. El viajero que avanza está siempre en el “medio” del horizonte. Cada estado de conciencia se elabora en el curso de siete estados de vida, y cada estado de vida en el curso de siete estados de forma. Siete estados de forma constituyen por lo tanto un estado de vida; siete estados de vida componen toda una Evolución Planetaria, tal como el de nuestra Tierra, por ejemplo.Los siete estados de vida llegan a formar Siete Reinos, de los cuales sólo cuatro son visibles actualmente: el Mineral, el Vegetal, el Animal y el Humano.

El transcurso o duración de un estado de vida se denomina ronda o revolución.El hombre pasa, pues, en cada estado de conciencia a través de 7×7 estados de forma, lo cual significa 7x7x7 metamorfosis o sean 343, que constituyen otras tantas etapas de la naturaleza humana.Si pudiéramos representar en un solo cuadro los 343 estados de forma, tendríamos una imagen del Tercer Logos. Si pudiéramos representarlo en esa misma forma los 49 estados de vida, tendríamos una imagen del Segundo Logos, y si pudiéramos igualmente representarnos así los siete estados de conciencia, tendríamos una idea del Primer Logos.

La Evolución consiste en una acción recíproca de todas estas formas. Para pasar de una forma a otra es necesario un nuevo espíritu (esta es la acción del Espíritu Santo). Para pasar de un estado de vida a otro se necesita una nueva fuerza (la acción del Hijo), mientras que para pasar de un estado de conciencia a otro, es necesaria una conciencia nueva (la acción del Padre). Jesucristo introdujo en la Humanidad un nuevo estado de vida y fue verdaderamente el Logos hecho carne. Con la aparición del Cristo penetró en el mundo una nueva fuerzaque preparó una nueva tierra y una nueva relación con el Cielo.

El Evangelio de San Juan

(Edouard Schuré – del libro “Tratado de Cosmogonía)

SÉPTIMA LECCIÓN

El Cristianismo desempeña un papel único, incisivo y capital en la historia de la Humanidad. En cierta forma es el momento central, el punto de retorno o de vuelta entre la involución y la evolución. De ahí que su luz sea tan resplandeciente. En parte alguna se encuentra esta luz tan viva como en el Evangelio de San Juan y en verdad puede decirse que sólo en él aparece en toda su fuerza.

No es así, por cierto, como la teología contemporánea concibe este evangelio. Desde el punto de vista histórico, ella lo considera como inferior a los tres evangelios sinópticos y hasta suele sospechársele de apócrifo. El mero hecho de que su redacción haya sido atribuida al segundo siglo de Jesucristo, ha hecho que los teólogos y la escuela crítica lo consideren como una obra de poesía mística y de filosofía alejandrina. En cambio el Ocultismo, considera el Evangelio de San Juan muy diferentemente.

Durante la Edad Media hubo una serie de fraternidades que vieron en él su ideal y la fuente principal de la verdad cristiana. Estas fraternidades se llamaban los Hermanos de San Juan, Los Albingenses, los Cátaros, los Templarios, los Rosacruces. Todos eran ocultistas prácticos y hacían de este evangelio su Biblia, su breviario. Puede admitirse que la leyenda del Grial, de Parsifal y de Lohengrin, salió de esas fraternidades y fue como la expresión de sus doctrinas secretas. Todos estos hermanos de diversas órdenes se consideraban como los precursores de un cristianismo individual, del cual poseían el secreto y cuyo pleno desenvolvimiento y floración estaba reservado al futuro. Y este secreto sólo lo encontraban única y absolutamente en el Evangelio de San Juan.

Allí encontraban una verdad eterna aplicable a todos los tiempos, una verdad que regenera el Alma totalmente, si la vive en las propias profundidades de su ser. No se leía entonces el Evangelio de San Juan, como si fuera un escrito literario, sino que servía a modo de instrumento místico. Para podernos dar cuenta de ello tendremos que abstraernos por un momento de su valor histórico.

Los catorce primeros versículos de este Evangelio eran para los Rosacruces objeto de una meditación cotidiana y de un ejército espiritual. Se les atribuía un poder mágico, que realmente tienen para el ocultista. He aquí el efecto que producen por la constante repetición, sin cansarse: hecha siempre a la misma hora, todos los días, se logra obtener la visión de todos los acontecimientos que cuenta el Evangelio, pudiendo vivirlos interiormente.

Así es como, para los Rosacruces, la vida de Cristo significaba el Cristo resucitando en el fondo de cada Alma por la visión espiritual. Por lo demás creían, naturalmente, en la existencia real e histórica del Cristo, porque conocer el Cristo interior es reconocer igualmente el Cristo exterior.

Todos estos hermanos de diversas órdenes se consideraban como los precursores de un cristianismo individual, del cual poseían el secreto y cuyo pleno desenvolvimiento y floración estaba reservado al futuro.

Un espíritu materialista podría decir actualmente: Acaso el hecho de que los Rosacruces hayan tenido esas visiones, ¿prueba la existencia real del Cristo? A lo cual contestaría el Ocultista : Si no existiera el ojo para ver el sol, el sol no existiría, pero si no hubiera sol en el cielo, tampoco podría haber ojos para verlo.

Porque es el Sol quien ha formado el ojo en el curso de los tiempos y quien lo ha construido para que pudiera percibir la luz. Similarmente, el Rosacruz decía: El Evangelio de San Juan despierta el sentido interno, pero si no existiera un Cristo viviente, uno no podría hacerlo vivir en sí mismo.

La obra de Jesucristo no puede ser comprendida en toda su inmensa profundidad si no es estableciendo las diferencias entre los antiguos misterios y el Misterio Cristiano. Los Misterios antiguos se celebraban en Templos Escuelas. Los iniciados, personas que habían despertado, habían igualmente aprendido a obrar sobre su cuerpo etérico y por lo tanto eran “nacidos dos veces”, porque sabían ver la verdad de dos maneras: directamente por el sueño y la visión astral, e indirectamente por la visión sensible y lógica. La iniciación por la que tenían que pasar se llamaba Vida, Muerte y Resurrección. El discípulo pasaba tres días en la tumba, en un sarcófago, dentro del Templo; su espíritu quedaba liberado del cuerpo, pero, al tercer día, respondiendo a la voz del hierofante, su espíritu volvía al cuerpo, arrancándose a los confines del Cosmos, donde había conocido la vida universal. Se había transformado y nacido dos veces. Los más grandes autores griegos han hablado con entusiasmo y sagrado respeto de estos misterios. Platón llega hasta decir que solamente el Iniciado merece el calificativo de hombre.

Pero esta iniciación encontró en el Cristo su verdadero coronamiento. El Cristo es la iniciación condensada en la vida sensible, así como el hielo es agua solidificada. Lo que se veía en los misterios antiguos se realizaba históricamente en el Cristo en el mundo físico. La muerte de los iniciados no era más que una muerte parcial en el Mundo Etérico. La muerte del Cristo fue una muerte completa en el Mundo Físico.

Puede considerarse la resurrección de Lázaro como un momento de transición, como un paso de la iniciación antigua a la iniciación cristiana. En el Evangelio de San Juan, Juan mismo no aparece hasta después de mencionarse la muerte de Lázaro. “El discípulo que Jesús amaba”, era también el más iniciado de todos. Es aquel que ha pasado por la muerte y la resurrección y que ha resucitado a la voz del Cristo mismo. Juan es Lázaro salido de la tumba después de su iniciación. San Juan ha vivido la muerte del Cristo. Tal es la mística vía que revelan las profundidades del Cristianismo.

Las bodas de Canaán, cuya descripción se lee igualmente en este evangelio, encierran uno de los más profundos misterios de la historia espiritual de la humanidad. Se refiere a las siguientes palabras de Hermes: “Lo que está arriba es como lo que está abajo”. En las bodas de Canaán, el agua se transforman en vino. A este hecho se le da un sentido simbólico universal, que es el siguiente: en el culto religioso el sacrificio del agua va a ser reemplazado, por un tiempo, por el sacrificio del vino.

Hubo un tiempo, en la historia de la humanidad, en que no se conocía el vino. En los tiempos védicos apenas si se le conocía. Ahora bien, mientras el hombre no bebía líquidos alcohólicos, la idea de las existencias precedentes y de la pluralidad de vida era una creencia universal, de la que nadie dudaba. Desde que la humanidad comenzó a beber vino, la idea de la reencarnación se fue oscureciendo rápidamente y acabó por desaparecer del todo a la conciencia popular. Y sólo la conservaron los Iniciados que se abstenían de beber vino.

El alcohol ejerce sobre el organismo una acción particular, especialmente sobre el cuerpo etérico donde se elabora la memoria. El alcohol vela esta memoria, la oscurece en sus profundidades íntimas. El vino procura el olvido, se dice, pero no es solamente un olvido superficial y momentáneo, sino un olvido profundo y duradero, una oscuración verdadera de la fuerza de la memoria en el cuerpo etérico. Por este motivo, cuando los hombres se pusieron a beber vino, perdieron poco a poco su sentimiento espontáneo de la reencarnación.

Ahora bien, la creencia en la reencarnación y en la ley del Karma, tenía una influencia poderosa, no solamente sobre los individuos, sino sobre su sentimiento social. Esta creencia le hacía aceptar la desigualdad de las condiciones humanas y sociales. Cuando el desgraciado obrero trabajaba en las Pirámides de Egipto, cuando el hindú de la última casta esculpía los templos gigantescos en el corazón de las montañas, se decía que otra existencia lo recompensaría de un trabajo soportado valerosamente, que su amo había ya pasado por pruebas similares si era bueno o que pasaría más tarde por otras mucho más penosas si era injusto y malo.

Al aproximarse el Cristianismo la humanidad tenía que atravesar una época de concentración sobre la obra terrestre: le era necesario trabajar por el mejoramiento de esta vida, por el desenvolvimiento del intelecto, del conocimiento razonado y científico de la Naturaleza. El sentimiento de la reencarnación debía, pues, perderse durante dos mil años. Y lo que se empleó para lograr ese fin fue el vino. Tal es la causa profunda del culto de Baco, dios del vino, de la embriaguez (forma popular del Dionisio de los Antiguos Misterios que, sin embargo, tiene otro sentido).

Tal es también el sentido simbólico de las bodas de Canán. El agua servía para los antiguos sacrificios y el vino para los nuevos. Las palabras de Cristo: “Felices aquellos que no vieron y, sin embargo creyeron”, se aplican a la nueva era en que el hombre, entregado por completo a su obra terrestre, no tendría ni el recuerdo de sus anteriores encarnaciones, ni la visión directa del Mundo Divino.

El Cristo nos dejó un testamento en la escena del Monte Tabor, en la Transfiguración que tuvo lugar delante de Pedro, Santiago y Juan. Los discípulos lo vieron entre Elías y Moisés. Elías representa el camino de la verdad; Moisés la Verdad misma y el Cristo la vida que resume a ambas. Por eso sólo EL podía decir: “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida”.

Así todo se resume y se concentra, todo se aclara y se intensifica, todo se transfigura en el Cristo. Remonta el pasado del alma humana hasta su misma fuente y prevé su futuro hasta su confluencia con Dios mismo. Porque el Cristianismo no es solamente una fuerza del pasado, sino una fuerza del futuro. Con los Rosacruces, el nuevo ocultismo enseña el Cristo Interior en cada hombre y el Cristo futuro en toda la humanidad.

Yoga oriental y Yoga occidental

(Edouard Schuré – del libro “Tratado de Cosmogonía)

QUINTA LECCIÓN 

Es necesario darse cuenta, antes de abordar este tema, que desde que el Ocultismo comenzó a popularizarse, es decir, desde hará unos quince o veinte años, cierta literatura teosófica ha estado difundiendo ideas erróneas sobre los fines que persigue el Ocultismo. Se ha pretendido que el objetivo que se perseguía era la aniquilación del cuerpo por el ascetismo. También se ha difundido la idea de que la realidad era una ilusión que debía ser vencida, y se le daba el nombre indostánico de Maya. Todo esto es muy exagerado, aún más es un verdadero error teórico, contradicho por la ciencia y la práctica del Ocultismo.

¡Cuánto más justa no resulta la imagen griega que compara el Alma a una abeja! De la misma manera que la abeja sale de la colmena para libar el jugo de las flores y destilar con él la miel, así también el Alma emanada del Espíritu Supremo penetra en la realidad, recoge el néctar y lo vuelve a llevar al espíritu. En el Ocultismo no se trata, absolutamente, de menospreciar la realidad, sino de comprenderla y utilizarla. El cuerpo no es el vestido sino el instrumento del espíritu. La Ciencia Oculta no es la ciencia que suprime el cuerpo, sino la ciencia que enseña a servirse del mismo para fines superiores.

¿Comprenderíamos la naturaleza del imán si nos limitáramos a describirlo simplemente como una herradura? La comprenderemos mucho mejor si decimos: “es un trozo de hierro que encierra en sí el poder de atraer otros pedacitos de hierro”. La realidad visible se encuentra totalmente saturada de una realidad más profunda que el alma trata de penetrar para dominarla. La sabiduría superior, ha sido guardada profundamente durante miles y miles de años en las fraternidades ocultas. Era necesario pertenecer a ella para poder conocer aunque más no fuera que los elementos de la ciencia oculta. Y para poder entrar había que someterse a muchas pruebas y prestar solemnes juramentos de no abusar de las verdades reveladas.

Pero las condiciones de la humanidad, de la inteligencia humana en particular, han cambiado muchísimo desde el siglo XVI y sobre todo en los últimos cien años, merced a los continuos descubrimientos científicos. Gracias a la ciencia son actualmente del dominio público muchas verdades pertenecientes al mundo natural y sensible, que anteriormente solo conocían los iniciados. Lo que sabe hoy la ciencia, antes era un misterio. Los iniciados han sabido siempre lo que con el tiempo sabrán todos los hombres, y es por eso que se los ha llamado profetas. Agréguese a todo esto que el Cristianismo introdujo un gran cambio en la iniciación. La iniciación, después de Jesucristo, no fue ya la misma que anteriormente. No podemos comprenderlo sino teniendo en cuenta la naturaleza humana en su constitución y recordando aquí sus siete principios. Los siete principios que constituyen el hombre son los siguientes:

  1. El cuerpo físico. Es el hombre visible al ojo material, el hombre natural: el único que la ciencia actual conoce bien. El hombre puramente físico corresponde al Reino Mineral, y es un compuesto de todas las fuerzas físicas del Universo
  2. El cuerpo etérico. ¿Cómo percibirlo? Sabemos que la hipnosis despierta otra conciencia, no solamente en el sujeto hipnotizado, sino también en el hipnotizador que sugiere al sujeto todo lo que quiere. Puede hacerle tomar una silla por un caballo y lo mismo puede sugerirle que la silla ha desaparecido y que no hay nadie en una habitación llena de gente. El iniciado puede ejercer este poder sobre sí mismo y hacer abstracción del cuerpo físico de la persona que tiene ante sí. Entonces, en vez del cuerpo físico percibe, no un vacío, sino el cuerpo etérico. Este cuerpo es muy parecido al físico, aunque presenta ciertas diferencias. Tiene la misma forma aunque algo más grande. Es más o menos luminoso y fluídico y sus órganos están reemplazados por corrientes fuidicas de diversos colores, en tanto que el corazón está presentado por un verdadero nudo o vórtice de corrientes. El cuerpo etérico es así el verdadero doble etéreo del cuerpo material. Este cuerpo lo tiene el hombre en común con las plantas. No es, absolutamente, el producto del cuerpo físico como los naturalistas podrían creer, sino que, por el contrario, es el constructor de todo organismo viviente. Para la planta lo mismo que para el hombre, es la fuerza del crecimiento, del ritmo y de la reproducción.
  3. El cuerpo astral. Este no tiene ni la forma del cuerpo etérico ni la del físico. Afecta una forma ovoidea y radia como una nube en torno del cuerpo o como un aura, coloreándose como todos los colores, según las pasiones que lo animen. Cada pasión tiene su color astral. Por lo demás, el cuerpo astral es, desde cierto punto de vista, una síntesis del cuerpo físico y del cuerpo etérico. Y he aquí como el cuerpo etérico tiene siempre el sexo opuesto al del cuerpo. El cuerpo etérico de un hombre es de sexo femenino, mientras que el cuerpo etérico de una mujer es del sexo masculino. El cuerpo astral, tanto en el hombre como en la mujer, es bisexual, siendo así la síntesis de los otros cuerpos.
  4. El Yo, o Manas, en sánscrito; Joph (Yoph) en hebreo. Es el alma inteligente y consciente; es la individualidad humana indestructible que puede aprender a construir otros cuerpos; es el Inefable, el yo humano y divino a la vez.

Estos cuatro elementos juntos, es lo que Pitágoras reverenciaba en el signo del Tetragrama.

La evolución humana consiste en la transformación de los cuerpos inferiores con la ayuda del yo, en cuerpos espiritualizados. El cuerpo físico es el más antiguo y por lo tanto el más perfeccionado del hombre actual. La etapa actual de la evolución humana tiene por objeto la transformación del cuerpo astral. En el hombre civilizado, el cuerpo astral se divide en dos partes; la inferior y la superior. La primera está todavía en estado caótico y oscuro; y la superior es luminosa y está ya compenetrada por las fuerzas de Manas, estando ordenada y regularizada. Cuando el iniciado ha purificado su cuerpo astral de todas las pasiones animales, cuando se ha vuelto totalmente luminoso, que es la primera fase de su iniciación, se llega a la katharsis o purificación. Solamente entonces, puede operar sobre el cuerpo etérico, poniendo así su sello sobre el cuerpo físico. Es necesario que su acción pase por el cuerpo etérico.

El deber del discípulo es el de llegar a la transformación del cuerpo astral y del etérico y, por este proceso, al poder y dominio completo del cuerpo físico. Así es como se transforma en Maestro y Señor, y transforma los tres principios inferiores de su Naturaleza en tres superiores: 5º Manas; 6º Budhi; 7º Atma. Tocamos aquí una ley maravillosa de la naturaleza humana, que demuestra que el Yo y el Manas son el centro del desenvolvimiento humano. La dominación que el Manas o Mente ejerce en lo inferior sobre el cuerpo astral y el etérico se traduce en lo superior y elevado, es decir, sobre las formas del hombre superior y divino, por la adquisición de facultades nuevas.

Es así como, por ejemplo, la operación de Manas sobre el cuerpo etérico se transforma en luz y fuerza para su ser espiritual (Budhi). Y la presión que ejerce sobre su cuerpo físico se transforma en luz y en fuerza para su espíritu divino (Atma). Es así como toda evolución humana se resume, pues, en la transformación de los cuerpos inferiores por la acción del Yo superior. Nuestra etapa actual consiste en la transformación del cuerpo astral, que corre parejas con la dominación y subyugamiento de las sensaciones y su purificación.

El cuerpo astral del hombre actual, es oscuro en su parte inferior, y claro y bien coloreado en su parte superior. La parte inferior no ha sido aún transformada por el yo. La superior ya ha sido penetrada y organizada por él. Cuando el hombre ha elaborado totalmente su cuerpo astral, se dice que lo ha transformado en Manas. Sólo entonces comienza el trabajo sobre el cuerpo etérico. Y hay una buena razón para que sea así.

Todo cuanto ocurre en el cuerpo astral es de naturaleza efímera, mientras que la que ocurre en el cuerpo etérico deja una huella indeleble, que se imprime como un sello definitivo en el cuerpo físico. La iniciación superior consiste en dominar todos los fenómenos del cuerpo físico, controlándolos completamente y haciéndolos obedecer rígidamente a la voluntad. En la medida en que el iniciado la logre poseerá Atma, es decir, que se convierte en mago y adquiere poderes sobre la naturaleza.

La diferencia entre la iniciación Oriental y la Occidental consiste en el método por el cual el Maestro conduce al discípulo a trabajar sobre su cuerpo etérico. Para podernos dar cuenta de la cuestión es necesario que tengamos en cuenta la diferencia que existe entre el estado de sueño y el de vigilia. Durante el sueño el cuerpo astral se desprende parcialmente del cuerpo mental y permanece hasta cierto punto en inactividad, mientras que el cuerpo etérico continúa su trabajo vegetativo.

Al producirse la muerte, el cuerpo etérico se desprende completamente, conjuntamente con el astral, del cuerpo físico. En este cuerpo etérico, portador de la memoria, reside el recuerdo de la vida, y precisamente en el momento mismo en que se desprende ve el moribundo toda su vida como en un solo cuadro. En cuanto el cuerpo etérico sale del cuerpo físico se torna muchísimo más impresionable, ya que entonces no está oprimido por su contenido físico.

Ahora bien, la Iniciación Oriental consistía en hacer salir artificialmente el cuerpo etérico y el astral del discípulo, durante el letargo que debía durar ritualmente tres días. Durante este tiempo el Hierofante dirigía el cuerpo etérico del discípulo, trasmitiéndole impulsos, sugiriéndole la sabiduría, la que quedaba depositada en él como una impresión poderosa e imborrable. El iniciado, al despertar, encontraba en sí mismo toda esa sabiduría, porque el cuerpo etérico encierra la memoria del hombre, y conservaba esta sabiduría, que era la de la Doctrina Oculta, pero que llevaba consigo el sello indeleble y personal del Hierofante. Después de haber sufrido esta iniciación, se decía, del que había sido iniciado, que había nacido dos veces. Se procedía así porque hubiera sido muy difícil de otra manera comunicar las verdades superiores. Sin embargo, las cosas ocurren muy diferentemente en la Iniciación Occidental.

Difiere de la Iniciación Oriental en que ésta se realiza durante el sueño, mientras que la Occidental se realiza durante la plena vigilia, evitando la separación entre el cuerpo etérico y el físico. Durante la iniciación occidental el iniciado permanece siempre independiente y el Maestro no es más que quien lo despierta. El Maestro occidental no quiere ni dominar ni convertir: solamente cuenta lo que ha visto. ¿Cómo hay que escuchar? Hay tres maneras de escuchar: Escuchar sometiéndose a la palabra como a una autoridad infalible; escuchar con sentido crítico, rebelándose contra lo que se oye; escuchar sencillamente, sin fe servil y ciega y sin oposición sistemática, dejando obrar a las ideas y observando sus efectos.

Así debe ser, en la iniciación occidental, la actitud del discípulo con respecto a su Maestro. En cuanto al iniciador sabe perfectamente que para ser Maestro es necesario convertirse en servidor. Para él se trata no de modelar el alma de su discípulo a su imagen y semejanza, sino de adivinar su enigma y resolverlo. Lo que El enseña no es un dogma, o si es dogma no tiene valor más que como principio de evolución. Toda verdad que a la vez no sea una fuerza vital, es una verdad estéril. Por eso es necesario que todo pensamiento llegue al alma, y ningún pensamiento llega al alma si no está impregnado por el sentimiento. Entonces es un pensamiento que ya ha nacido muerto: es un aborto.

Dios, el Hombre, la Naturaleza

(Edouard Schuré – del libro “Tratado de Cosmogonía)

TERCERA LECCIÓN

Uno de los principios más profundos del Ocultismo, fundado en la gran ley de las analogías, es que la Naturaleza nos revela lo que pasa en nosotros. Para dar un ejemplo resaltante y típico, aunque completamente ignorado por la ciencia oficial, de esta ley, mencionaremos el de la piedra filosofal. Los Rosacruces la conocían muy bien. Ya en un diario alemán de fines del siglo XVIII, se hace cuestión acerca de esta piedra. Se habla de ella como una cosa real y se dice: “Cada uno la toca a menudo sin saberlo,” y esto es absolutamente verdad al pie de la letra.

Todo el mundo sabe que el hombre aspira oxígeno y exhala ácido carbónico, lo que, para la ciencia del Yoga tiene un sentido físico y espiritual. El hombre no puede aspirar ácido carbónico para alimentarse, porque moriría en seguida. Sin embargo, las plantas viven con él. Las plantas renuevan el aire y lo tornan respirable y retributivamente el hombre y los animales suministran a las plantas el ácido carbónico con el que ellas se nutren. ¿Qué hace la planta con el ácido carbónico que absorbe? Construye su propio cuerpo. Ahora bien, sabemos perfectamente que el cadáver de la planta es hulla, el carbón de piedra. La hulla no es más que el ácido carbónico cristalizado.

Oh, Hombre debes saber que a través de ti pasa una corriente que sube y otra que baja

La sangre roja, al fijar el ácido carbónico, se convierte en sangre azul, que necesita ser renovada por el oxígeno; porque no puede servirse del ácido carbónico para construir el cuerpo. Los ejercicios del Yoga son un ejercitamiento especial que hace al hombre capaz de convertir la sangre roja en constructora del cuerpo. Y es así como el Yoga fabrica su cuerpo con la sangre de la misma manera que la planta fabrica el suyo con el ácido carbónico. Vemos, pues, que el poder de transmutación que existe en la Naturaleza está representado por la hulla que es una planta cristalizada. Y la piedra filosofal, en su sentido más general, significa precisamente ese poder de transmutación.

La ley de la Regresión es cierta y verdadera para todos los seres, lo mismo que la ley de la Ascensión. Los minerales son plantas degeneradas; las plantas son antiguos animales, y el hombre (física y corpóreamente considerados) y los animales tienen un antecesor común. El hombre ha subido, el animal ha descendido. En cuanto a la parte espiritual del hombre, éste proviene de los Dioses. En este sentido el hombre es un Dios degenerado y el verso de Lamartine es cierto literalmente: “L’Homme est un Dieu déchu qui se souvient des cieux”. (El hombre es un Dios caído que se acuerda del cielo).

Hubo una época en que todo vivía en la Tierra en una vida semivegetal y semianimal. La Tierra misma era un conjunto viviente y constituía algo así como un gran animal. Todo su suelo estaba formado como por una sustancia análoga a la turba, de donde brotaban bosques gigantescos, que más tarde se convirtieron en hulla. En esa época la Tierra y la Luna no formaban más que un solo astro. La Luna representaba el elemento femenino de la Tierra.

Hay seres que se han quedado retrasados en el camino, que han permanecido en una etapa inferior de la evolución. El muérdago, por ejemplo, es un testigo de dicha época, un sobreviviente del género de plantas parásitas que vivían entonces sobre la tierra, como ahora viven sobre otros vegetales, de ahí sus virtudes ocultas especiales, que los Druidas conocían, por cuyo motivo la convirtieron en su planta sagrada. El muérdago parásito es un sobreviviente de la época lunar del Globo Terrestre, es parásito, porque no ha aprendido, como las demás plantas, a vivir directamente sobre el reino mineral.

La enfermedad es algo análoga. Es causada por una regresión de los elementos parasitarios del organismo. Los Druidas conocían esas relaciones entre el muérdago y el hombre, de lo cual pueden notarse ciertas referencias en la leyenda de Baldour. El muérdago da muerte a Baldour, porque esta planta es un elemento hostil de la época precedente que no forma cuerpo ya con el hombre. En cambio, las otras plantas, adaptadas en la época, le habían jurado amistad. Cuando esta tierra vegetal se convirtió en mineral, adquirió por los metales una nueva propiedad, la de reflejar la luz. Un astro no se torna visible en el cielo hasta que se ha vuelto mineral. En el cielo existen multitud de mundos que nuestro ojo físico no puede percibir y que sólo son visibles para los clarividentes.

Tanto la tierra como el cuerpo físico del hombre se han mineralizado, pero la característica del hombre es que existe en él un doble movimiento, y mientras el hombre físico ha descendido, el hombre espiritual ha ascendido. San Pablo ha explicado esta verdad, declarando que hay una ley para el cuerpo y otra para el espíritu. Así como el hombre aparece a la vez como un fin y como un principio.

El punto vital, el punto de intersección y de retorno en la ascensión humana, fue el tiempo de la separación de los sexos. Hubo un tiempo en que ambos sexos estaban reunidos en el ser humano. El mismo Darwin ha reconocido la posibilidad de esta hipótesis. Al separarse los sexos surgió un elemento nuevo, trascendental e inmenso: el amor. La atracción del amor es tan poderosa y misteriosa, que las mariposas tropicales, de sexos diferentes, traídas a Europa, aclimatadas a doscientas leguas las unas de las otras, al ser puestas en libertad en el aire, volaron hasta reunirse a mitad del camino.

Algo semejante ocurre entre el mundo humano y el mundo divino, así como entre el Reino Humano y el Reino Animal. El oxígeno y el ácido carbónico son la aspiración y la expiración del hombre. Y así como el Reino Vegetal exhala el oxígeno, así también la humanidad exhala amor, después de la separación de los sexos, y de los efluvios de ese amor viven los dioses. ¿Por qué tanto el animal como el hombre exhalan el amor?

El ocultista ve en el hombre actual un ser en plena evolución. El hombre es a la vez un dios caído y un dios en potencia o en desarrollo. El Reino de los Cielos se nutre con los efluvios del amor humano. La antigua Grecia trató de expresar esta realidad con el mito del néctar y de la ambrosía. Sin embargo, los dioses están por encima del hombre y su tendencia natural sería más bien la de comprimirlo. Pero hay algo entre el hombre y los dioses, un ser intermediario, como el muérdago entre la planta y el animal. Este es Lucifer y el elemento luciférico. Los dioses no tienen otro interés que el amor de los hombres. Cuando Lucifer, bajo la forma de serpiente, quiso inducir al hombre a buscar la ciencia, Jehová se negó. Pero Lucifer es un dios caído que no podrá elevarse de nuevo sino por intermedio del hombre, insuflándole el deseo de un conocimiento personal. Es él quien se opone a la voluntad de Dios, que había creado el hombre “a su imagen”.

Los Rosacruces explican el papel de Lucifer en el mundo. Este punto lo trataremos más adelante. Por el momento bastará con que recordemos aquí esta sentencia fundamental de nuestra Orden: “Oh, Hombre debes saber que a través de ti pasa una corriente que sube y otra que baja”.

Tratado de Cosmogonía

Edouard Schuré

Prólogo

En el mes de mayo de 1906 el Dr. Steiner vino a París con algunos discípulos para dar una serie de conferencias privadas, reducidas a un círculo íntimo. Nunca lo había visto; apenas si sabía que existía. Pero a propósito de uno de mis libros, (el drama “Les Enfants de Lucifer”), había estado en correspondencia con su distinguida amiga, Mlle. de Sivers, que más tarde se convirtió en su esposa y en su colaboradora más inteligente y eficaz. Y fue ella la que, un buen día, trajo al maestro a mi gabinete de trabajo.

Nunca jamás olvidaré la impresión extraordinaria que me hizo este hombre al entrar en mi despacho. Al ver su rostro enflaquecido, pero de una serenidad poderosa y abrumadora, sus ojos negros y misteriosos, donde brillaba una luz maravillosa que surgía de insondables profundidades, tuve, por primera vez en mi vida, la convicción de encontrarme frente a uno de esos videntes sublimes, que tienen la percepción directa del más allá. Yo había descrito intuitiva y poéticamente hombres parecidos en mi obra “Los Grandes Iniciados”, pero jamás había esperado encontrar a alguno de ellos en este mundo. La sensación fue instantánea e irresistible. Era a la vez lo inesperado y lo ya visto. Antes de que él hubiera abierto la boca la voz interior me decía: “He aquí a un verdadero maestro, que desempeñará un gran papel en tu vida”.

Se diría que el maestro sólo quería mostrarnos el plan general, contemplado desde la más alta cumbre

Nuestras siguientes relaciones me demostraron que esta primera impresión no había sido una ilusión. La serie de sus conferencias que se siguieron día tras día y cuyo programa no había sido anunciado por el orador, exitaron mi mayor interés. Este programa comprendía todo el conjunto de su filosofía, pero sólo desenvolvía los puntos más salientes. Se diría que el maestro sólo quería mostrarnos el plan general, contemplado desde la más alta cumbre. Su elocuencia cálida y persuasiva, iluminada por un pensamiento siempre claro, me cautivó completamente por dos facultades de un género imprevisto.

En primer lugar, se destacaba su poder plástico y evocador. Cuando hablaba de los fenómenos y de las entidades del mundo invisible, tenía el aire de andar como en su propio hogar. Relataba las cosas que pasaban en esos dominios desconocidos en términos familiares, con detalles precisos, como los hechos más ordinarios. No describía “sino que veía y hacía ver” los objetos y las escenas, cuyos aspectos cósmicos tenían la nitidez de las cosas reales. Al escucharlo, era imposible dudar de la fuerza de su visión astral, tan límpida y precisa como la mejor visión física.

Y había otra particularidad notable: En este filósofo místico, en este pensador vidente, todas las experiencias psíquicas eran puestas en relación con las leyes inmutables de la Naturaleza física. Estas leyes servían para explicar y clasificar los fenómenos psíquicos que se presentan al principio al vidente en toda su prodigiosa variedad, en un florecimiento turbador. Luego, por un contragolpe maravilloso, estos fenómenos sutiles y fluidos, convertidos en potencias cósmicas, desplegados en una magnífica jerarquía, aclaraban e iluminaban todo el edificio de la naturaleza material con una luz completamente nueva. Reunían las diversas partes y las atravesaban de parte a parte, de arriba a abajo y de abajo a arriba. Permitían así, percibir la arquitectura grandiosa del Universo “por dentro”, donde todo lo visible emana de lo invisible, en un nacimiento incesante.

Yo no había tomado nota alguna de la primera conferencia del doctor Steiner, pero ella me había afectado en tal forma, que, al regresar a mi casa, sentí la imperiosa necesidad de reproducirla y escribirla, sin olvidar un solo eslabón de esos pensamientos luminosos. La asimilación había sido tan completa, que no encontré ninguna dificultad en mi trabajo, pero por una trasmutación involuntaria e inmediata, el texto alemán que se había grabado en mi memoria se reproducía automáticamente en francés. La misma operación se repitió en las dieciocho conferencias, las cuales formaron un cuaderno que conservé como raro y rico tesoro. Estas conferencias, que nunca fueron taquigrafiadas, ni corregidas por su autor, no se encuentran en la colección de conferencias publicadas por él o dactilografiada por los miembros de la Sociedad Antroposófica. Son por lo tanto, absolutamente inéditas. Algunos miembros del grupo francés de esta sociedad expresaron su deseo de hacerlas aparecer en un volumen, a lo cual accedí tanto más gustosamente, cuanto que estas conferencias preciosas marcan un momento capital en el pensamiento del doctor Steiner: la concepción espontánea y genial y su primera cristalización. En fin, me siento feliz de poder rendir este homenaje al maestro incomparable, a quien debo una de las más grandes revelaciones de mi vida.