Capítulo II. Nuestra relación con las estrellas en el momento de la muerte.

Willi Sucher – Del libro Isis Sophia III

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La adquisición de una clara concepción filosófica de la relación entre el ser humano y las estrellas se vuelve extremadamente difícil según los principios de la astrología, en la medida en que descansa en una tradición más anticuada. Este tipo de astrología supone, más o menos, que estamos dominados, con respecto a nuestra composición fisiológica y psicológica, por las posiciones de los planetas en la eclíptica y su concordancia con el horizonte terrestre en el momento del nacimiento. Se han presentado muchas evidencias que sugieren y apoyan fuertemente la idea de nuestra dependencia de las estrellas. Sin embargo, estas sugerencias se basan en ciertos prejuicios que a veces incluso funcionan de manera inconsciente, creando la suposición de que la entidad más grande (en este caso, el gran universo) está destinada a dominar y determinar el objeto más pequeño de la humanidad. Sin embargo, gran parte de esta llamada evidencia astrológica, si no todo, puede interpretarse filosóficamente en un sentido totalmente no fatalista.

Las investigaciones de una ciencia espiritual genuina deben incluso refutar fuertemente la idea de nuestra absoluta dependencia. La ciencia espiritual llega a la evidencia de la existencia espiritual de un ser humano antes del nacimiento y que éste elige, de acuerdo con sus propios requisitos, el momento de su nacimiento, etc. Esto también establece el asombroso parecido entre el destino de cada persona y los movimientos de las estrellas.

Otro aspecto de la astrología hace que su aceptación por una mente científica moderna sea bastante difícil. La embriología moderna ha descubierto los hechos más esclarecedores sobre el desarrollo prenatal. No hay nada en la vida después del nacimiento que pueda compararse con los cambios más radicales, especialmente durante los primeros meses de gestación. Por lo tanto, parece ser extremadamente inconsciente tener en cuenta solo el momento del nacimiento cuando la parte decisiva de nuestro desarrollo fisiológico ha llegado a su fin. Es posible encontrar evidencia de nuestra conexión con los movimientos de los planetas durante el periodo de gestación. Hemos hecho un estudio extenso de esto y esperamos presentar los hechos en futuras publicaciones.

Ahora, sin embargo, describiremos la relación con el mundo de las estrellas en el momento de la muerte. Esto nos permitirá demostrar, desde un ángulo diferente, un punto de vista fundamentalmente nuevo. La idea de tal relación entre la muerte y la imagen del universo en ese momento —o, como en pocas palabras podemos llamarlo, el asterograma de la muerte-—es algo completamente nuevo. Rudolf Steiner ha llamado la atención sobre este hecho en algunas de sus conferencias.

Hemos elegido como ejemplo el asterograma de la muerte de Tycho Brahe, el famoso astrónomo danés del siglo XVI. Nació el 14 de diciembre de 1546 (calendario antiguo) y murió en Praga el 24 de octubre de 1601 (calendario nuevo). Según sus biógrafos, murió por la mañana, antes del amanecer.

En la figura 2, que aparece a continuación, hemos tratado de dar una imagen en perspectiva del cielo en ese día, en lo que respecta a las posiciones de los planetas en el zodíaco y sus ángulos relativos al horizonte de Praga durante las horas de la mañana. En la Fig. 3, hemos reducido este diagrama a una imagen bidimensional del zodíaco con los planetas. La línea del horizonte indica las partes del zodíaco que fueron visibles en ese momento por encima del plano del horizonte y las que están debajo de él.

La característica más notable de este asterograma de la muerte es la posición de todos los planetas cerca del horizonte oriental. El Sol se encontraba a los pies de la constelación de Virgo. Unos días más tarde entró en Libra. Como la muerte ocurrió antes del amanecer, debemos imaginar que Virgo se había levantado parcialmente. Más alto en el cielo del este estaba Leo, mientras que Libra todavía estaba debajo del horizonte. Todos los planetas (excepto Urano, Neptuno y Plutón, que no consideraremos ahora) estaban concentrados en esas tres constelaciones. Marte acababa de entrar en Leo, se encontraba más alto en el cielo del este. Venus estaba debajo de él, pero aún estaba en Leo. Aún más profundo, pero sobre el este, Júpiter apareció con la Luna, que probablemente acababa de salir y era visible en Virgo. La Luna formaba una estrecha media luna, porque era poco antes de la Luna Nueva, y en su copa descansaba Júpiter. Mercurio, también en Virgo, probablemente estaba a punto de levantarse. Luego vino el Sol a los pies de Virgo, y Saturno se encontraba en Libra, todavía muy lejos de su salida por el horizonte oriental.

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Llegamos ahora al problema de cómo interpretar este aspecto del cielo. En la Tierra, un ser humano ha muerto y en el mismo momento encontramos en el cielo la configuración que describimos. ¿Podemos probar alguna conexión entre los dos hechos?

Antes de nada, debemos clarificar el concepto de la muerte de un ser humano. Los hechos fisiológicos están, por supuesto, más o menos claros. Debido a algún tipo de defecto causado por una enfermedad o un accidente, la vida ya no puede seguir adelante en el cuerpo. Éste último se abandona y se devuelve a los elementos de los que se tomó. ¿Podemos ir más allá de ese hecho? ¿Tenemos alguna prueba de que todavía existe algún tipo de existencia, aparte de ésta en el cuerpo? Hasta cierto punto, podemos obtener ciertas pruebas de una existencia después de la muerte. Ha sido descrito por muchas personas, que, por algún accidente, ya habían cruzado el umbral de la muerte, pero fueron retiradas por medios artificiales. Los hechos que describen son más o menos conocidos. Todos estuvieron de acuerdo en que no había vacío de conciencia y que se enfrentaron a una especie de gran cuadro que consistía en un resumen de imágenes que presentaban los incidentes principales durante su pasada existencia terrenal.

¿Qué tienen las investigaciones de la ciencia espiritual para contribuir a este hecho? Cuando un ser humano muere, generalmente decimos que la vida ha cesado. ¿Qué es la vida? Nadie ha encontrado la causa de la vida. Sigue siendo un agente misterioso que funciona de alguna manera dentro del cuerpo material. Unos pocos materialistas aún mantienen que la vida es sólo una determinada condición de la materia y que un día se encontrará esta condición como se han encontrado las fórmulas químicas que rigen las condiciones de la materia sin vida. La investigación espiritual, sin embargo, lleva a la conclusión de que la vida no es una condición de la materia, sino un principio en sí mismo en un nivel de existencia diferente del físico. La ciencia espiritual habla de un organismo de vida o de un cuerpo de vida. No puede ser percibido por los sentidos físicos, ya que opera a un nivel que es, en cierto grado, incluso contradictorio con el físico. Sólo los órganos de los sentidos que son, por así decirlo, homogéneos a su propia naturaleza, pueden “percibir” este principio del cuerpo de vida. El desarrollo de tales “órganos de los sentidos” es posible. Ya Goethe habló de ellos, y Rudolf Steiner describió los métodos y la disciplina para el logro de tales facultades.

¿Cómo actúa esta organización de vida dentro del cuerpo físico? Funciona durante un cierto tiempo contra la tendencia natural de la materia, que llevaría al cuerpo físico a la descomposición si se le dejara seguir su propio camino. Además, el cuerpo de vida conserva la forma típica del marco humano. Actúa como una especie de memoria activa de toda la evolución y del propósito de la raza humana y se implanta ya durante las primeras etapas del desarrollo embrionario en el cuerpo físico. Por lo tanto, también contrarresta continuamente en la vida posterior las desviaciones del nivel humano que aparecen como enfermedades.

Esta “memoria” orgánica y activa se libera de sus funciones en el cuerpo material inmediatamente después de la muerte. Entonces aparece como un retazo de memoria pura de toda la vida en la Tierra, que acaba de llegar a su fin. Después de la muerte, podemos percibir todas estas imágenes de nuestra existencia terrenal unidas como en un gran panorama, porque aún estamos conectados, aparte de con nuestro cuerpo de vida, con nuestra organización de la conciencia.

Esta experiencia dura, según la investigación oculta, aproximadamente dos o tres días después de la muerte. Entonces la conciencia individual no puede sostenerlo más. Se afloja el enganche del Ego al cuerpo de vida, del mismo modo que no podemos mantener nuestro cuerpo físico bajo control indefinidamente durante la existencia terrenal. Después de estos sucesos, las fuerzas de vida regresan a su origen, a la fuente de la “memoria” de toda evolución, al cosmos mismo. En otro momento abordaremos el desarrollo posterior del alma después de la muerte. Muchas evidencias demuestran que la configuración del cielo en el momento de la muerte de un ser humano contiene también una especie de cuadro biográfico de esa persona; por ejemplo, si tomamos de nuevo el asterograma de la muerte de Tycho Brahe (figura 3), descubrimos que todo el zodíaco contiene un cuadro de la memoria de su vida y que las posiciones de los planetas indican los principales incidentes. ¿Cómo podemos llegar a tal conclusión?

En la tercera parte de Isis Sophia II, hemos descrito el planeta Saturno como el órgano de la memoria cósmica. Así, Saturno había preparado y memorizado, durante la vida de Tycho Brahe, un cuadro de sus experiencias terrenales.

Si tomamos el momento de la encarnación de Tycho Brahe (nació en 1546), podemos calcular la posición de Saturno en ese momento. Mientras estaba en esa parte del zodíaco, “memorizó” ese evento, por así decirlo. Cuando Tycho Brahe murió, Saturno se había trasladado a una región diferente de la eclíptica, pero veremos que el punto en el que se encontraba en el momento de la encarnación fue ocupado en su muerte por un cierto fenómeno cósmico. Igualmente, Saturno memorizó otros de los principales incidentes en la vida de esta personalidad mientras estuvo en otras partes del zodíaco. Todos estos puntos fueron ocupados en su muerte, por los planetas.

Explicaremos este hecho con la ayuda de la figura 4. En el círculo interno, tenemos las posiciones de los planetas en el momento de la muerte de Tycho Brahe (similar a la figura 3). En el círculo exterior, hemos insertado los movimientos de Saturno durante su vida.

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Tycho Brahe nació el 14 de diciembre de 1546. En el transcurso de ese año, durante la gestación, Saturno entró en la constelación de Sagitario. En el asterograma de la muerte, este punto está claramente marcado por la posición del nodo lunar ascendente. (Los nodos lunares son los puntos de cruce del camino de la Luna y el camino aparente del Sol. La órbita de la Luna, al igual que las de los planetas, no coincide exactamente con la del Sol. Está ligeramente inclinada, por lo tanto, formando un ángulo con la eclíptica y cruzando esta última en dos puntos opuestos. Estos nodos lunares tienen una conexión profunda con las etapas de la vida después de la muerte).

No se ha hablado mucho acerca de los años de juventud de Tycho Brahe, excepto que su padre murió en 1559 y posteriormente fue enviado por su tío a Copenhague para estudiar filosofía y retórica.

Y allí precisamente, el 21 de agosto de 1560, pudo vivir la experiencia de un eclipse solar convirtiéndose éste en el evento más decisivo de su vida. Tycho Brahe, que contaba sólo con 14 años, encontró su verdadera vocación, que lo había llevado a esa encarnación. Él comenzó a considerar la astronomía como algo divino. Probablemente fue el punto de inflexión a su carrera posterior. Durante ese año, Saturno se movió al punto de transición de Tauro a Géminis. En el asterograma de la muerte, encontramos este punto marcado por el nodo lunar descendente.

En 1562, fue enviado a Leipzig para estudiar derecho y fue puesto bajo el cuidado de un tutor. Se pretendía que él se preparara para una profesión diplomática; sin embargo, no estaba muy interesado en la carrera que su tío había elegido para él. Durante las noches, cuando su tutor estaba dormido, observaba las estrellas. La vocación que conscientemente concibió en 1560 se apoderó de él. En 1563, observó una conjunción de Saturno y Júpiter y, aunque sus medios de observación eran bastante rudimentarios, notó una considerable diferencia entre los sucesos cósmicos y ciertas tablas astronómicas sobre los movimientos de las estrellas que entonces había. En ese momento el astrónomo moderno nació en él que estaba decidido a construir su trabajo en base a observación y cálculo exactos. Saturno se encontraba en la región de Leo Cáncer. En la carta del cielo de su muerte, este momento y los años que siguieron inmediatamente están indicados por la posición de Marte.

Tycho Brahe regresó a Dinamarca en 1565, pero se fue pronto a la Universidad de Wittenberg. Este regreso a su hogar probablemente estuvo relacionado con la decisión de cambiar la dirección de sus estudios. Su intención de dedicar su vida a la astronomía no fue bien recibida por su familia. Sin embargo, parece haber mantenido su posición muy bien, ya que después estudió astronomía en varios lugares, tal como existía en aquellos tiempos. En 1566, fue a Rostock y en 1569 a Augsburgo. De su estancia en la última universidad, sabemos que estuvo muy ocupado en investigaciones astronómicas y alquimistas. Esos aún eran los días en que se practicaban las formas medievales de estudiar las propiedades de la materia, conocida como Alquimia. El hecho de que Tycho Brahe lo combinara con sus estudios astronómicos es una señal segura de que debe haber sabido mucho sobre la interacción entre las fuerzas cósmicas y terrestres, un conocimiento perdido casi por completo en nuestra época. Durante todos esos años, Saturno se movió a través de las constelaciones de Leo y Virgo, más allá de los lugares que fueron ocupados por Venus, Júpiter, Mercurio, Luna y Sol en el momento de la muerte.

Un incidente notable ocurrió en 1572. Tycho Brahe había estado trabajando en su laboratorio de alquimia, y cuando salió vio una nueva estrella, una llamada Nova en la constelación de Cassiopea. Nova es normalmente una estrella muy brillante, que brilla sólo por un breve período de tiempo y que luego desaparece de nuevo. Debe haber dejado una profunda impresión en Tycho Brahe de que los cielos, por así decirlo, respondían a su labor en profundidad en el mundo de la materia. Puede ser que haya experimentado algo de la gran corriente espiritual con la que estuvo conectado en aquel momento, para darse cuenta, de forma consciente, de la escritura de las estrellas en la materia y en los acontecimientos terrestres. Saturno estaba entonces en Libra, en el mismo lugar donde se encontraba en la muerte de Tycho Brahe. Por lo tanto, podemos ver en la imagen de este Saturno, un incidente que abre una visión del ser espiritual eterno de Tycho Brahe, —ese núcleo del ser que está por encima de la vida única de la Tierra y que es el gran guía espiritual, a través de las edades. Sin embargo, apenas fue capaz, durante esa encarnación en el siglo XVI, de manifestar este ser superior debido a las condiciones imperantes. Su tiempo estuvo en su contra. Sólo podemos deducir de tal incidente la grandeza de esta individualidad.

En 1576, después de mucho deambular, finalmente encontró un lugar donde podía dedicar todas sus energías en paz a la tarea provechosa que se había propuesto. El rey Federico II de Dinamarca le otorgó la pequeña isla de Ven en el estrecho de Oresund, frente a Copenhague. También le proporcionó los medios financieros suficientes para construir un observatorio astronómico en esa isla. Debe haber significado algo así como un segundo nacimiento para él. El propósito de su encarnación parecía haberse cumplido. Para entonces, Saturno se había trasladado de nuevo a Sagitario, a la misma posición en la que se encontraba en el momento del nacimiento de Tycho Brahe. En el asterograma de la muerte encontramos el lugar ocupado por el nodo lunar ascendente.

Ahora siguieron años de trabajo fructífero en la isla. No solo se erigieron grandes edificios, se hicieron observaciones astronómicas y se entrenó a un número comparativamente grande de estudiantes de astronomía, sino que Tycho Brahe también realizó una gran cantidad de mejoras agrícolas en la isla, como los planes y descripciones de Uraniborg, como revela el nombre de este asentamiento astronómico. Durante esos años, Saturno atravesó constelaciones donde no había planetas en el momento de la muerte. Sin embargo, podemos leer muchos incidentes en relación con las fechas en que Saturno estaba parado frente a los lugares de los planetas en el momento de la muerte. Por ejemplo, alrededor de la época de 1583, Tycho Brahe se dedicaba a la elaboración de su particular sistema mundial astronómico, que pensaba poner en contra de la nueva concepción astronómica de Copérnico. Presintió el peligro en las opiniones de Copérnico. Saturno estaba entonces en Acuario, frente a las posiciones de Marte y Venus en el asterograma de la muerte.

En 1588 ocurrió un incidente muy decisivo. El benefactor de Tycho Brahe, el rey Federico II de Dinamarca, murió. Poco después, la ayuda financiera que recibió por el trabajo en la isla de Ven fue gradualmente reducida. El joven rey Christian no fue coronado antes de 1596, pero inmediatamente después se retiró la ayuda financiera y la pensión que Tycho Brahe había recibido del estado danés. Abandonó la isla poco después de Pascua, llevándose tantos instrumentos para observaciones astronómicas como pudo.

Saturno estaba en la constelación de Aries en 1588. Estaba entonces frente al lugar que ocupó en el asterograma de la muerte. Exteriormente, parece haber sido un momento después del cual su trabajo fue socavado gradualmente. Con Saturno en Libra, vimos una visión de la eterna grandeza espiritual de esta alma. En la posición opuesta, comenzó una gran transformación que aparece como una derrota en el plano físico; sin embargo, debemos juzgar los eventos desde un nivel superior. Tras la muerte del rey Federico en 1588, los tiempos fueron cada vez más difíciles para Tycho Brahe que comenzó a desarrollar otro lado de su ser interior, que se encuentra muy por encima del nivel del astrónomo ordinario. Este fue por supuesto un proceso muy doloroso, y sólo después de la muerte, esta alma creció hasta la madurez de las facultades desde la base establecida durante esos años de deambular y con tanto sufrimiento, justo antes de su muerte. Diremos algo más al respecto a medida que vayamos avanzando.

Tycho Brahe dejó la isla de Ven en 1597. Saturno se había trasladado al lugar donde Venus apareció en el asterograma de la muerte. Primero fue a Rostock, y a varios otros lugares hasta que en 1599 llegó a Praga. Allí, el emperador Rodolfo II de Habsburgo le había ofrecido asilo e instalaciones para continuar sus estudios. Kepler, otro astrónomo famoso, se unió a él como su asistente en 1600. Pero Tycho Brahe ya estaba muy cansado de sus decepciones y de sus andanzas. En octubre de 1601 se enfermó y el día 24 (calendario gregoriano) murió.

Durante esos últimos años, Saturno se movió a través de Virgo y llegó a Libra en 1601. Pasó por aquellas partes del zodíaco que estaban ocupadas en el asterograma de la muerte por los planetas Júpiter, Luna, Mercurio y Sol. En el momento de la llegada de Tycho Brahe a Praga en 1599, Saturno estaba en el lugar de Júpiter y Luna en el momento de la muerte.

Por lo tanto, encontramos una especie de biografía celestial o carta, cuadro en la configuración de los cielos en el momento de la muerte de un ser humano. Este hecho ha sido probado en muchos casos históricos.

Nuestra pregunta ahora es: ¿cómo se relaciona este cuadro cósmico con el cuadro de la memoria que la humanidad experimenta inmediatamente después de la muerte? Ciertamente, no tiene mucho sentido decir, en este caso, que el cuadro vivido por el que ha muerto es causado por las estrellas, porque su propia sustancia está tomada del pasado, de sucesos e incidentes, muy reales, que ocurrieron en el pasado en la Tierra, no en el cielo. En este sentido, la Tierra y sus habitantes humanos parecen ser el factor predominante, y las estrellas parecen ajustarse a la biografía humana. Pero ¿no sería igualmente absurdo decir que las estrellas están influenciadas por algo que proviene de la Tierra? No son afectadas, en cualquier caso, por ello, y siguen sus órbitas habituales. Quizás esté más justificado concluir que la muerte de un ser humano tiene lugar en un momento en que se establece una correspondencia entre el cuadro de los planetas y el cuadro de la memoria de esa persona. Ciertamente, esto no lo puede hacer uno de forma consciente, pero podemos tener un atisbo de esa profunda voluntad espiritual de los seres humanos, que es su destino.

En el vecindario espiritual del alma que ha muerto, está el cuadro de la vida terrenal. En la profundidad del cosmos, tal como lo vemos desde la Tierra, existe una réplica de esa biografía al mismo tiempo, que es cualitativamente similar al cuadro individual. Este último es causado por el cuerpo de la vida (o cuerpo etérico, en la terminología de la ciencia espiritual), que ahora está libre de su función en el cuerpo físico. Después de dos o tres días, este cuadro desaparece de la visión interna del alma. ¿Qué le sucede? La “sustancia” de la vida se dispersa en el mundo de su propio origen, en el cosmos de los planetas y sus esferas, a medida que el cuerpo material se dispersa en el mundo de su origen, en el mundo físico-material. ¿No se justifica entonces la conclusión de que el mundo etérico planetario absorbe la sustancia de memoria que proviene de cada ser humano? Como dijimos antes, esto ciertamente no puede ser guiado por la conciencia ordinaria de uno, pero el momento de la muerte lo deciden las fuerzas más profundas del destino humano.

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Si podemos aceptar este pensamiento, nos enfrentaremos de inmediato con una idea totalmente nueva y grandiosa de la relación entre el ser humano y el universo estelar. Aquí el cosmos parece estar en un estado de expectativa, no en la posición de un donante o incluso un dominador sobre el destino de uno. De hecho, la investigación espiritual confirma que el universo estelar está relacionado con lo que proviene de los seres humanos como sustancia de memoria. Este recuerdo contiene la huella de las acciones, los sentimientos y los pensamientos. En un sentido más amplio, está lleno de imágenes de moralidad que han crecido a través del encuentro de la individualidad con las condiciones e implicaciones de su entorno terrenal. Este tipo de esencia moral es para el cosmos, en un sentido universal, algo similar a lo que es la comida para el ser humano. Después de la muerte es absorbido por las estrellas, y así se rejuvenecen.

Tal idea puede sonar fantástica; sin embargo, hemos podido encontrar una cierta cantidad de evidencia histórica para su justificación. Lo presentaremos en el curso de estas publicaciones.

Por lo tanto, el viejo fantasma de nuestra dependencia de las estrellas parece ser rechazado, al menos desde un ángulo de la vida humana. Estamos convencidos de que esta es la base de una nueva cosmología que reconoce nuestra libertad y capacidad para una actividad espiritual real y efectiva. Hasta ahora, nuestras exhaustivas investigaciones han justificado esta convicción.

 

Traducido por Carmen Ibáñez Berbel en diciembre de 2017.

GA232c1. Centros de Misterios

Conferencia I

Dornach, 23 de Noviembre de 1923

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Comenzaré hoy con la vida anímica del hombre, y seguiré desde ahí hasta penetrar en los secretos cósmicos.

Comencemos con algo de lo más simple. Consideremos la vida anímica de un ser humano tal y como se ve cuando lleva su meditación más allá del punto que tuve especialmente en cuenta cuando escribí los artículos en el semanario del Goetheanum sobre la Vida del Alma (GA 36 N.T.) Consideraremos la vida del alma más íntimamente de lo que se hizo en los artículos del semanario. Aquellos cuatro artículos sobre la vida del alma forman una especie de introducción, una preparación para aquello que vamos a considerar ahora.

Cuando meditamos de una manera amplia y exhaustiva, vemos cómo esta vida anímica puede elevarse hasta un nivel superior. Comenzamos por dejar que el mundo exterior actúe sobre nosotros –hacemos esto desde la niñez– y después nos vamos formando pensamientos sobre aquello que encontramos en ese mundo exterior. Somos realmente seres humanos cuando permitimos que las impresiones del mundo exterior continúen viviendo en nuestros pensamientos, elaborándolas interiormente, creando un mundo de imágenes mentales, que en cierto modo reflejen las impresiones realizadas sobre nosotros desde el exterior. No estamos haciendo nada especialmente útil para la vida anímica si simplemente nos formamos una serie de pensamientos sobre cómo el mundo exterior se refleja en nuestra alma, pues al actuar así sólo logramos lo que yo llamaría una imagen sombría del mundo de las ideas en nuestra alma. Realmente practicamos una mejor meditación si enfocamos nuestra atención más bien en la energía interior, en el intento de entrar vívidamente en el elemento del pensamiento, sin mirar al mundo exterior, y ahondamos en lo que nos ha llegado como impresiones procedentes del mundo exterior. Por tanto un hombre puede ser conducido, según su disposición, al mero pensamiento abstracto. Puede crear sistemas planetarios, o puede realizar esquemas sobre cualquier cosa imaginable en el mundo, etc. mientras otro puede reflexionar sobre las cosas que le han causado una impresión, mediante la prolongación de sus pensamientos más allá del período de la percepción, podría quizás desarrollar algún concepto incluso más imaginativo.

No entraremos más en la manera en que, según el temperamento o el carácter u otras influencias sobre un hombre, este pensamiento interno, esta meditación desprovista de impresiones externas, puede desarrollarse, pero reconoceremos el hecho de que es un asunto de especial importancia cuando nos retiramos respecto a nuestros sentidos del mundo exterior y vivimos en nuestros pensamientos e ideas, haciéndolos girar aún más lejos, a menudo tal vez en una dirección de solo meras posibilidades.

Mucha gente considera innecesario desarrollar esta vida del pensar, en la dirección de las meras posibilidades. Incluso en estos tiempos difíciles uno puede ver a la gente ocupada todo el día con sus asuntos (que por supuesto supone una actitud necesaria para la afrontar la vida exterior); posteriormente se reúnen en pequeños grupos, jugando a las cartas o al dominó o cosas similares, para, como se dice frecuentemente, pasar el tiempo. No sucede a menudo, sin embargo, que la gente se reúna en tales grupos para intercambiar pensamientos, por ejemplo, sobre las cosas en las que estuvieron ocupados durante el día, y considerar qué habría sucedido si esto o aquello hubiera sido diferente. No están tan interesados en esto como en jugar a las cartas, pero sería una prolongación de los pensamientos, y si conserváramos un sentido suficientemente sólido de la realidad, tal continuación de nuestros pensamientos no necesitarían convertirse en algo fantasioso.

Esta vida de pensamientos conduce finalmente a lo que ustedes encuentran si leen La Filosofía de la Libertad de la manera correcta. Si ustedes leen La Filosofía de la Libertad de la manera correcta deben familiarizarse con ese sentimiento de vivir en los pensamientos. La Filosofía de la Libertad se halla completamente extraída de la realidad, y al mismo tiempo procede enteramente del pensamiento real. Encontrarán por tanto una tonalidad fundamental en esta obra. La concebí en los años 80 y la escribí a comienzos de 1890, y ciertamente puedo decir que de todos aquellos que en aquel momento estuvieron en posición de conocer el núcleo de esta Filosofía de la Libertad, encontré por doquier incomprensión. Esta falta de entendimiento surge por una razón definida. Los seres humanos, incluso los llamados pensadores actuales, en realidad sólo llegan tan lejos en su pensamiento como para experimentar en este una imagen del mundo de los sentidos exterior; y luego dicen: quizás podría llegar al pensamiento del hombre algo del mundo suprasensible, pero tendría que entrar de la misma manera que lo hacen una silla o una mesa que está fuera de nosotros, y que nuestro pensamiento reconoce como algo que está fuera de nosotros. Así este pensamiento que vive en nuestro interior tendría que ser capaz de experimentar de una u otra manera algo suprasensible, exterior al hombre, de la misma forma que la mesa o la silla están fuera de nosotros y se pueden experimentar. De alguna forma parecida, Edward von Hartmann concibió esta actividad del pensamiento.

Este libro, La Filosofía de la Libertad llegó entonces a ser conocido. En este libro el pensamiento es tan experimentado que en la experiencia del pensamiento se llega a esta realidad, a saber que si un hombre realmente experimenta el pensamiento, vive, aunque al principio algo indefinidamente, en el cosmos, esta unión del hombre en su experiencia pensante más íntima con los secretos cósmicos es el nervio raíz de la Filosofía de la Libertad. Así, en este libro se encuentra la frase: “Al pensar, el hombre descubre un borde del velo del secreto cósmico”. Esto se expresa quizás simplemente, pero se supone que cuando un hombre realmente experimenta el pensamiento, ya no se siente fuera del secreto cósmico, sino dentro de él, ya no está fuera de la Esencia divina sino dentro de Ella. Cuando un hombre alcanza la realidad del pensar en sí mismo, alcanza lo Divino dentro de sí mismo.

Era este hecho el que no podía entenderse. Pues si un hombre realmente lo entiende, si realmente se ha tomado la molestia de adquirir esta experiencia de pensar, ya no descansa en el mundo en el que estaba antes, sino que vive en el mundo etérico. Está viviendo en un mundo que conoce: no está condicionado desde ninguna parte del espacio físico terrenal, sino por toda la esfera cósmica.

Ya no puede dudar del orden y de la realidad de la esfera cósmica etérica si han captado el pensamiento tal como está reflejado en la Filosofía de la Libertad. Así se llega a lo que puede llamarse experiencia etérica. Cuando un hombre entra en esta experiencia, realmente hace un notable paso adelante en la totalidad de su vida.

Puedo caracterizar este paso así: Si pensamos con la conciencia ordinaria, nos decimos: en esta habitación hay mesas, sillas, seres humanos, y así sucesivamente. Podemos pensar quizás en muchas más cosas también; pero pensamos en estas cosas como algo fuera de nosotros. Así comprendemos estas cosas en nuestro pensamiento –y hay diversas cosas fuera– desde el punto central de nuestro ser. Todo hombre es consciente de esto; quiere comprender las cosas del mundo con su pensamiento.

Si, sin embargo, hemos adquirido la experiencia del pensar que se acaba de caracterizar, ya no es el mundo lo que debemos comprender. El hombre no está tan atrapado, como yo diría, en su propio yo; sucede algo totalmente diferente. Tiene la sensación de que, con su pensamiento, ya no se limita a un solo lugar, puede captarlo todo interiormente. Siente que está contrayendo al hombre interior. Así como en su pensamiento ordinario extiende los sentidos espirituales hacia fuera, cuando experimenta el pensamiento dentro de él se extiende continuamente a su propio ser. El hombre mismo se convierte en el objeto.

Esta es una experiencia muy importante que cualquiera puede tener cuando se hace consciente de que: anteriormente tú siempre comprendías el mundo; ahora que tienes esta experiencia del pensamiento, debes comprenderte a ti mismo. El resultado de este proceso de intensa auto-comprensión es que él pasa más allá de su piel.

Y así como él interiormente se aferra a sí mismo, también se aferra desde dentro a todo el éter cósmico, no en sus detalles, naturalmente, pero gana la convicción de que este éter se extiende sobre la esfera cósmica dentro de la cual él existe junto con las estrellas, Sol y luna, etc.

Una segunda cosa que el hombre puede desarrollar en la vida interna de su alma es el poder de no ser estimulado inmediatamente en sus pensamientos desde el exterior, de no prolongar estos pensamientos y seguir entretejiéndolos, sino de entregarse a sus recuerdos. Si hace esto, y realmente hace de sus recuerdos una experiencia interior, entonces e resultado es una experiencia bastante definida. La experimentación ya descrita del pensamiento conduce al hombre hacia sí mismo, se comprende a sí mismo; y obtiene una cierta satisfacción en esta comprensión de su propio ser interior.

Cuando, sin embargo, pasa a la experiencia de la memoria, entonces, si se sobrelleva internamente de la manera correcta, acercarse a uno mismo finalmente no parece ser ya lo más importante. Esto es lo que sucede en la experiencia del pensamiento. Por eso uno encuentra en el pensamiento esa libertad que depende enteramente del elemento personal humano. Por tanto, una filosofía de la libertad debe comenzar por la experiencia del pensar, porque el hombre llega de ese modo a su propio ser; se encuentra a sí mismo como una personalidad libre. Esto no sucede con la experiencia de la memoria. En la experiencia de la memoria, si un hombre la sigue seriamente y se sumerge completamente en su memoria, adquirirá finalmente el sentimiento de hacerse libre de sí mismo, de alejarse de sí. Por tanto esos recuerdos que le permiten a uno olvidar el presente son de lo más satisfactorio. (No diré que es siempre lo mejor, pero es, en muchos casos, lo más satisfactorio).

Podemos obtener una idea del valor de la memoria si podemos concebir recuerdos que nos “saquen” al mundo, a pesar del hecho de que podamos estar completamente disconformes con el presente y nos gustaría alejarnos de él. Si podemos desarrollar recuerdos de tal naturaleza que nuestra vida de sentimiento se intensifique mientras nos entregamos a ellos, esto aporta lo que podría llamar una especie de preparación para lo que los recuerdos pueden llegar a ser cuando se hacen mucho más reales.

Ustedes pueden convertir en recuerdo en una experiencia real si recuerdan con el máximo realismo posible algo que realmente experimentaron digamos hace 10, 20 o 30 años. Solamente indicaré cómo puede hacerse. Supongan que repasan antiguos y queridos documentos y buscan, digamos, cartas antiguas que ustedes escribieron o que recibieron en alguna ocasión. Sitúen estas cartas ante ustedes, y por medio de ellas vivirán intensamente en el pasado. O quizás una manera mejor puede ser no tomar las cartas que ustedes han escrito, o que otras personas les han escrito, porque en esto entra demasiada subjetividad; sería mucho mejor, si son capaces de hacerlo, tomando sus antiguos libros de texto de la escuela y mirarlos como lo hicieron mucho tiempo atrás cuando realmente se sentaban frente a ellos cuando eran niños en la escuela, y de esta forma traen de vuelta a sus vidas algo que existió anteriormente. Esa es una experiencia realmente extraordinaria. Si llevan a cabo algo de esta naturaleza ustedes modifican completamente la actitud anímica  que poseen en el presente. Es muy extraordinario. Pero deben ser un poco ingeniosos en relación a esto, y hay toda una serie de cosas que pueden ayudarles. Una dama, por ejemplo, quizás pueda encontrar en algún rincón un vestido o alguna prenda que llevó hace 20 años; se lo pone y se transporta de ese modo a la posición en que estaba en aquel momento; o algo de naturaleza similar que pueda traer el pasado con la máxima realidad posible al presente. De esta manera ustedes serán capaces de separarse profundamente de su experiencia presente.

Cuando tenemos experiencias con nuestra consciencia actual en realidad permanecemos demasiado íntimamente en las experiencias, demasiado cerca para que de las experiencias resulte algo, por así decirlo. Debemos ser capaces de permanecer alejados. El hombre está más alejado de sí mismo cuando duerme que cuando está despierto; pues él se sitúa entonces fuera de sus cuerpos físico y etérico con su cuerpo astral y su yo. Cuando ustedes invocan realmente experiencias anteriores al presente, como acabo de describir, se acercan entonces al cuerpo astral que se sitúa fuera del cuerpo físico durante el sueño. Puede que al principio no crean que tal vivificación de las experiencias pasadas por medio de una antigua prenda pueda tener el poderoso efecto que he indicado, pero en realidad sólo se trata de que ustedes mismos experimenten con estos temas. Si ustedes realizan el experimento y realmente evocan en el presente lo que se experimentó en años pasados de tal forma que puedan vivir en ello y olvidar completamente el presente, verán que se acercan mucho a su cuerpo astral, a su cuerpo astral del sueño.

Ahora bien, si ustedes esperan que sólo sea necesario mirar a la derecha o a la izquierda para ver su cuerpo astral como una forma de nube, quedarán defraudados, pues esto no sucede de esa manera; deben prestar atención a lo que sucede realmente. Lo que sucede realmente es que, por ejemplo, después de un cierto tiempo, a través de tales experiencias, pueden gradualmente ver el amanecer de una nueva forma; pueden tener un nuevo sentimiento al ver un amanecer. Gradualmente, a lo largo de este camino llegarán a experimentar el calor del amanecer como algo de naturaleza profética, como si estuviera anunciando algo, como si el amanecer tuviera una fuerza profética natural en sí. Comenzarán a sentir el amanecer como algo espiritualmente poderoso, y serán capaces de relacionar el significado interior de esta fuerza profética, de forma que obtendrán un sentimiento, que al principio podrán confundir con una ilusión, de que el amanecer está relacionado con su propio ser.

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A través de experiencias como las que he descrito, se puede gradualmente llegar a una condición en la que se siente al ver el amanecer: “El amanecer no me deja solo. No está simplemente allí mientras yo estoy aquí; estoy interiormente unido a este amanecer; es una cualidad de mi propio sentimiento interior. Yo mismo soy el amanecer en este momento” Cuando se sientan así unidos con el amanecer de tal modo que se experimenten a ustedes mismos como el color, radiación y resplandor, la aparición del sol a partir de los colores y de la luz, de tal forma que en su propio corazón surja un sol, por así decirlo, a partir del fulgor de la mañana como un sentimiento viviente, entonces también sentirán como si estuvieran viajando con el sol sobre la cúpula del cielo; sentirán que el sol no les deja solos, el sol no está allí mientras ustedes están aquí, sino que sentirán que su existencia se extiende en cierto sentido hasta la existencia solar y que viajan con la luz a lo largo del día.

Si desarrollan este sentimiento que, como hemos dicho, no proviene del pensamiento –pues de esa manera sólo se puede llegar al hombre mismo– sino que pueden desarrollar a partir del recuerdo de la forma indicada, cuando desarrollan esta experiencia a partir de sus recuerdos, o mejor dicho a partir de las fuerzas del recuerdo, entonces las cosas que percibían anteriormente con sus sentidos físicos comienzan a tener un aspecto diferente; comenzarán a ser espiritual y psíquicamente transparentes. Cuando un hombre ha alcanzado este sentimiento de viajar con el sol, de obtener fuerzas del amanecer al acompañar al sol, observa todas las flores de la pradera con un aspecto diferente. Las flores no permanecen pasivas, mostrando los colores rojos o amarillos que tienen en su superficie sino que comienzan a hablar. Hablan a nuestros corazones de una manera espiritual. Las flores se vuelven transparentes. La parte espiritual de la planta se agita interiormente, y la floración se convierte en una especie de lenguaje. De esta manera el hombre une realmente su alma con la vida exterior de la naturaleza, y obtiene así la impresión de que existe algo detrás de la existencia de la naturaleza, de que la luz con la que se ha unido es portada por Seres espirituales, y en estos Seres espirituales él llega a reconocer gradualmente las características de aquello que ha sido presentado por la Antroposofía.

Consideremos ahora las dos etapas del sentimiento que he descrito. Tomemos el primer sentimiento que puede producirse a través del pensamiento como una experiencia interior; esta experiencia interior del pensamiento le lleva a uno lejos, y el sentimiento de estar en un espacio limitado desaparece completamente. La experiencia del hombre se amplía; siente con bastante claridad que en su ser interior hay un aspecto que se expande abarcando el cosmos completo, y que es de su misma sustancia. Se siente uno con el mundo entero, con la sustancialidad etérica del mundo; pero también siente que al estar sobre la Tierra, sus pies y piernas son atraídos por la gravedad. Siente que, con toda su naturaleza humana, se halla vinculado con este planeta. Pero en el momento en que el hombre tiene esta experiencia de pensamiento ya no se siente vinculado con la Tierra, sino que se siente dependiente de las vastedades de la esfera cósmica. Todo proviene del universo, ya no desde abajo, desde el centro terrestre, sino que todo proviene de las vastedades del espacio (de la periferia espacial). Uno siente que si ha de comprender al hombre, este sentimiento de fluir desde el espacio debe estar allí presente.

Esto se extiende incluso a la comprensión de la forma humana. Si quiero captar la forma humana, ya sea en la escultura o en la pintura, sólo puedo hacerlo en lo que respecta a la parte inferior de la forma pensando en algo procedente de la naturaleza corporal interna del hombre. No voy a traer el espíritu correcto a esto, a menos que pueda dibujar la parte superior de tal manera que piense en ella como traída desde afuera. Nuestra frente, la parte superior de nuestra cabeza, proviene del exterior, y realmente está colocada sobre el resto del cuerpo. Cualquiera que haya mirado con comprensión artística las pinturas de la cúpula pequeña del primer Goetheanum (actualmente destruido) habrá visto que la parte inferior del rostro siempre se representaba como habiendo crecido desde el interior del hombre, y la parte superior de la cabeza como algo dado desde el cosmos. Esto se sentía especialmente en las épocas en que los hombres tenían sensibilidad para estas cosas. Ustedes nunca comprenderán la forma de la cabeza de una verdadera escultura griega a menos que tengan esta sensibilidad, pues los griegos creaban bajo la inspiración de estos sentimientos.

Así el hombre se siente unido con el entorno por medio de su experiencia del pensar.

Ahora uno podría imaginarse que este proceso simplemente se llevara más lejos, y que uno llegara incluso más lejos cuando se pasa de la experiencia del pensamiento a la experiencia de la memoria; pero este no es el caso. Si desarrollan realmente esta experiencia del pensamiento en ustedes, obtendrán en último término una impresión de la Tercera Jerarquía, la de los Ángeles, Arcángeles y Arcai.

De la misma forma que ustedes pueden representarse la experiencia corporal del hombre aquí en la Tierra con las fuerzas de la gravedad y la transformación del alimento por medio de la digestión, también pueden formarse una idea de las condiciones en las que viven estos seres de la Tercera Jerarquía si, a través de esta experiencia del pensar, en vez de deambular por la Tierra, se sienten llevados por fuerzas que fluyen hacia ustedes desde las más alejadas regiones del Cosmos.

Ahora bien, cuando el hombre pasa de las experiencias del pensamiento a las del recuerdo, no es como si fuese el final de la esfera cósmica, el límite al que el hombre puede llegar. Podemos llegar a este límite cósmico si entramos realmente en la autenticidad de esta experiencia-pensamiento; pero entonces no vamos más allá; el asunto se presenta de manera diferente. Aquí, por ejemplo, podemos tener un objeto de alguna clase, un cristal, una flor o un animal; y si avanzamos desde la experiencia del pensar hasta todo lo que la experiencia del recuerdo nos puede aportar, entonces observamos justamente en el interior de ese objeto. La mirada que se ha extendido al universo puede, si es llevada más lejos a través de la experiencia del recuerdo, ver en las cosas. No es que ustedes se adentren en distancias abstractas indefinidas; la mirada que es fortalecida por el experiencia del recuerdo observa dentro  de las cosas y puede ver lo espiritual en todo. Ve, por ejemplo, en la luz, los seres espirituales activos en ella, etcétera. Ve en la oscuridad los seres espirituales activos en la oscuridad. Así que podemos decir: la experiencia del recuerdo nos conduce hasta la segunda Jerarquía.

Existe algo todavía en la vida anímica humana que va más allá de la memoria. Aclaremos lo que es. La memoria aporta a nuestra alma su colorido. Podemos saber con bastante exactitud, cuando nos acercamos a un hombre que lo juzga todo con desaprobación, que emana su agria atmósfera sobre todo, un hombre que, si se le dice algo hermoso inmediatamente responde con algo desagradable, etcétera, podemos saber con certeza que todo esto se haya relacionado con su memoria. La memoria da su colorido al alma. Podemos conocer a un hombre que siempre muestra una mueca irónica en la boca, especialmente si le decimos algo; o puede fruncir el ceño o poner una cara trágica. Otro hombre puede mirarnos de una manera amistosa, de tal forma que nos sentimos animados no sólo por lo que dice sino por la forma en que nos mira. Ciertamente es interesante, al pronunciar algunas afirmaciones especiales en una conferencia, contemplar los rostros del público, ver la expresión de la boca, o mirar las frentes o las expresiones en blanco en muchos rostros, o la nobleza de muchos otros, etc. En lo que ven se expresa no sólo lo que ha quedado como recuerdo en el alma y le ha aportado un cierto colorido, sino que se expresa algo que ha pasado de la memoria hasta la fisionomía, hasta el gesto, hasta la completa actitud humana.

También es característico si un hombre no ha acogido nada, si en su rostro se muestra que no ha aprendido nada de lo que ha experimentado como pena, dolor o gozo. Si su rostro se ha quedado demasiado suave, eso es tan característico como si expresara con profundas arrugas la tragedia o la seriedad de su vida, o incluso quizás sus múltiples satisfacciones. Aquello que queda en el alma como resultado del poder del recuerdo, pasa al cuerpo físico y lo moldea; y esto tiene lugar tan marcadamente que posteriormente el hombre realmente extrae de ello su fisionomía exterior y sus gestos, e interiormente su temperamento, pues no siempre tenemos el mismo temperamento en la vejez que en la niñez. El temperamento en la vejez a menudo es resultado de lo que hemos experimentado en la vida, y que se ha convertido interiormente en recuerdo, en el seno del alma.

Aquello que penetra interiormente al hombre de esta manera puede ser llevado a la realidad, aunque esto es más difícil. Es aún mucho más fácil traer ante la visión de nuestra alma las cosas que experimentamos en la niñez o, hace muchos años, para desarrollar la memoria hasta un cierto grado, pero es más difícil transponerse uno mismo al temperamento que se tuvo en la niñez, al temperamento anterior que uno experimentó. Pero la práctica de tal ejercicio puede ser de gran importancia para nosotros, y se logra más realmente cuando podemos hacer esto interiormente en las profundidades del alma que si lo hacemos exteriormente.

Un hombre ya logra realmente algo si, a los cuarenta o cincuenta años de edad, juega a un juego de niños, o salta como lo hacía cuando era niño o trata de poner la cara que ponía cuando una tía le daba un bombón cuando tenía ocho años de edad, y cosas por el estilo.

Transponerse uno nuevamente hasta el mismo gesto, hasta la misma actitud, trae algo a nuestra vida que conduce convincentemente al sentimiento de que el mundo exterior es el mundo interior, y el mundo interior es el mundo exterior.

Entonces entramos con todo nuestro ser, por ejemplo, en la flor, y tenemos además de la experiencia-pensamiento y la experiencia-recuerdo lo que podría llamarse la experiencia del gesto, en el sentido más verdadero de la palabra. A partir de esto se obtiene una idea de cómo lo espiritual obra por doquiera, sin impedimentos en el mundo físico.

Ustedes no podrán aprehender interiormentecon plena conciencia su comportamiento de hace, digamos, veinte años, en lo que concierne a sus gestos ante cualquier ocasión, si no toman conciencia de la unión de lo espiritual y lo físico en todas las cosas; es decir, si ustedes no penetran hasta las profundidades de este asunto con toda seriedad y energía. Entonces habrán llegado a la experiencia de la primera Jerarquía.

  • Experiencia-pensamiento: Tercera Jerarquía.
  • Experiencia-recuerdo: Segunda Jerarquía.
  • Experiencia-gesto: Primera Jerarquía.

La experiencia-recuerdo nos conduce a identificarnos con el amanecer cuando nos hallamos ante el fulgor del alba. Nos permite sentir interiormente, experimentar interiormente todo el calor del amanecer; pero cuando nos elevamos a la experiencia del gesto, entonces aquello que se nos aproxima en el amanecer se une con todo lo que puede experimentarse objetivamente como color o tono.

Cuando contemplamos los objetos a nuestro alrededor, iluminados por el sol y simplemente los vemos tal como aparecen ante nosotros, los vemos en la luz. Pero no vemos el amanecer de esta forma, especialmente cuando pasamos gradualmente de la experiencia-memoria a la experiencia del gesto; entonces todo lo que se experimenta como color se separa gradualmente de toda la existencia material. La experiencia del color se hace viva, se hace psíquica, espiritual. Renuncia al espacio en que el amanecer externo se manifiesta. El amanecer comienza a hablarnos entonces del secreto de la relación del Sol con la Tierra; y aprendemos cómo actúan los Seres de la Primera Jerarquía. Cuando dirigimos de nuevo nuestra mirada al amanecer y aparece ante nosotros casi como se hacía anteriormente en la mera experiencia del recuerdo, comenzamos a reconocer a los Tronos. Entonces el amanecer se disuelve. El color se hace vivo, se hace psíquico, espiritual, se convierte en un Ser, y nos habla de la relación del Sol con la Tierra tal como existió durante el período del Antiguo Sol; nos habla de tal manera que aprendemos lo que son los Querubines. Y entonces, cuando llenos de entusiasmo y veneración somos trasportados por esta doble revelación del amanecer, la Revelación de los Tronos y la de los Querubines, y seguimos viviendo dentro del alma, entonces se abre el camino hacia nuestro propio ser interior, desde el Ser viviente en que se ha convertido el amanecer ahora, a aquello que constituye la naturaleza de los Serafines.

Todo lo que les he descrito hoy, lo he hecho simplemente para señalarles cómo, con el simple seguimiento del alma desde el pensamiento hasta el gesto que está pleno de pensamiento y se haya impregnado por el alma, el hombre puede adquirir para sí un sentimiento (pues, para empezar, sólo tiene sentimientos) sobre los fundamentos espirituales del Cosmos, justo hasta la esfera de los Serafines.

Quería aportarles esto como una especie de introducción a los estudios que nos van a conducir desde la vida anímica hasta las vastedades del cosmos espiritual.

Traducido por Gracia Muñoz en Junio de 2017