La Influencia de las Entidades Espirituales en el Hombre

 

GA102  8ª Conferencia

Rudolf Steiner – Berlín, 16-5-08 –

English Version

Mucho más que entrar a detallar los conocimientos antroposóficos, lo que importa es la suma de sensaciones y sentimientos que ellos despiertan en nuestra alma, gracias a lo cual, poco a poco, nos vamos convirtiendo en otras personas. Es a esas personas que establecen por ello una relación especial con los mundos suprasensibles, a las que yo denomino antropósofos adelantados. Y lo que yo apelo de ellos no es a su conocimiento teórico, sino a su corazón y sentimientos cuando hablo de los temas que estamos tratando estos días.

Hasta ahora hemos hablado del hombre y para comprender su evolución hemos tenido que contemplar otras entidades superiores a él que, en la evolución de este planeta, han desempeñado un importante papel antes de la intervención humana. Sabemos que en el estado anterior de la Tierra, el de Antigua Luna, había entidades que pasaron por su etapa humana y actualmente se hallan al nivel de Angeles, nivel que el hombre actual alcanzará en el ciclo posterior al terrestre; que lo que hoy llamamos Arcángeles alcanzaron su nivel humano en el Antiguo Sol, y que los actuales Arkai pasaron por esa etapa en el Antiguo Saturno. Quien pueda contemplar a esas entidades con capacidad clarividente, verá que existe una importante diferencia entre ellas y el hombre.

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En el hombre podemos diferenciar el cuerpo físico, el etéreo y el astral, el alma sensible, racional y consciente. Y además el triple Espíritu que en el hombre se halla en sus inicios evolutivos.

Pero si miramos a aquellas entidades superiores al hombre, veremos que no han elaborado la corporalidad más densa, inferior. Si miramos a los Ángeles vemos que han desarrollado su alma y su espíritu, no así su corporalidad. El Espíritu que en el hombre esta latente, ellos ya lo tienen  desarrollado.

Pero existen también otras entidades en las que no se descubre el “espíritu” como el que hallamos en el hombre y en los seres por encima de él; descubrimos, pues, entidades que esencialmente están hechas de cuerpo y alma. Ya conocéis todo un grupo de ellas, son los animales. Sabéis que los animales se relacionan con sus “almas o yoes grupales” que sí son ya de naturaleza espiritual. Pero aquí los animales solo son cuerpo y alma.

No obstante existen también otras entidades dotadas solo de cuerpo y alma pero que son invisibles para el ojo físico. Normalmente se les llama “Espíritus Elementales”, lo cual, en estricto sentido, es incorrecto, porque son precisamente seres sin espíritu. Es mejor llamarlos “seres elementales”. Son seres que son negados e ignorados en nuestra época “ilustrada”, porque no se los puede percibir físicamente, lo cual no quiere decir que no sean entes activos en nuestro mundo. Lo que ellos hacen sí que es perceptible, pero ellos no, a menos que hayamos desarrollado ciertas facultades clarividentes. Para describirlos quiero apelar a vuestras sensaciones y sentimientos.

Existen diversas entidades que se distribuyen en los más distintos lugares de la Tierra. Si penetramos en las profundidades de la corteza terrestre, a los lugares donde no llega ninguna vida vegetal, por ejemplo en las minas, donde solo hay minerales y metales, nos encontraremos con entidades que en principio las sentimos como si algo se disgregara. Descubrimos que se hallaban comprimidos unos junto a otros, y que cuando se vacían esas zonas rocosas ellos se disgregan violentamente, se separan unos de otros, no sólo eso, sino también que se agrandan corporalmente. Si bien, aún alcanzando su máximo tamaño siguen siendo más pequeños que el hombre. El actual hombre ilustrado no los conoce, pero aquellos que de alguna forma han conservado un cierto sentido natural de clarividencia atávica nos pueden hablar bien de esos seres a quienes se les ha dado los más diversos hombres: Trasgos, Gnomos, etc… Se diferencian del hombre en que no son visibles corporalmente y que su razonamiento carece del sentido moral de responsabilidad. Lo que hacen, lo hacen automáticamente. No tienen la razón o inteligencia humanas, sino la máxima “ingeniosidad” y quien entre en contacto con ellos experimentará verdaderas pruebas de su ingenio, porque gastan al hombre toda suerte de jugarretas y malas pasadas. Eso lo saben bien los mineros que tienen ese sentido natural sano, si bien los mineros de metales, no los del carbón.

Cuando observamos al hombre lo vemos constituido por cuerpo físico, etéreo, astral y yo, y lo que poco a poco se desarrolla de los miembros inferiores por medio del trabajo que realiza el yo, creándose el Yo Espiritual, el Espíritu de Vida y el Hombre Espíritu. Si bien podemos decir que lo esencial de la actual evolución humana son el cuerpo físico, etéreo, astral y yo. El cuerpo físico tiene mucho que ver con el yo, es un instrumento de enorme complejidad. La sangre es el instrumento físico más directo del yo, el sistema nervioso lo es del astral, el sistema glandular lo es del etéreo, y los órganos que actúan más mecánicamente lo son del cuerpo físico.

Tomemos el cuerpo físico humano y vamos a observarlo como instrumento del hombre pensante, inteligente. El yo sigue siendo el mismo de encarnación en encarnación, pero su instrumento corporal es nuevo. La organización más superior de dicha corporalidad humana y que la sitúa sobre todo por encima del animal, es producto de la intervención lenta y prolongada del yo que ha ido aprendiendo a trabajar en el cuerpo astral. Como sabemos que el cuerpo astral de cada ser humano consta de dos partes, una que ha recibido del Cosmos y otra que ya ha sido transformada por el yo. En cada hombre estas dos partes del cuerpo astral están desarrolladas hasta un cierto punto.

En el cerebro y el sistema nervioso superior que se construye de nuevo con cada encarnación, tenemos la expresión material exterior de lo que el hombre ha elaborado de su cuerpo astral por parte de su yo, si bien en gran parte inconscientemente.

El que el hombre tenga un cerebro más elaborado y perfecto que el animal, se debe, pues, a su trabajo sobre el cuerpo astral y lo mismo sucede con su sistema nervioso. Lo exterior es siempre manifestación de lo interior; el hecho de que tengamos los brazos libres para servirnos de instrumentos, etc…, se debe a que nuestro yo ha sido capaz de trabajar en la progresiva transformación del cuerpo astral, durante el proceso evolutivo.

Cuando vemos entidades que no pueden transformar su propio cuerpo astral, porque les falta su propio espíritu, su yo, ese cuerpo astral ha de expresarse en una forma física, pero esa figura material no puede hacerse visible físicamente en la actual fase evolutiva. Y no es visible porque se halla en un grado inferior al de nuestra materia visible. ¿Qué quiere decir esto?.

Nuestro cuerpo físico tiene la característica de ser visible; el cuerpo etéreo no podemos verlo porque se halla a un grado por encima en su sustancialidad, y aún menos el cuerpo astral. Pero no solo hay grados de sustancialidad por encima del físico, sino también por debajo, y tampoco es visible. Porque de toda la materia, solo es visible una banda central y es la que corresponde a nuestro cuerpo físico. Si observamos la estructura de la organización humana, podremos ahora comprender la de esos seres elementales de los que estamos hablando.

Hemos visto que el hombre consta de cuerpo físico, etéreo, astral y yo. Los seres elementales carecen de yo, y por ello carecen también de responsabilidad. Sin embargo han desarrollado un principio que está por debajo del cuerpo físico, llamémosle “menos uno”. Tenemos en ellos, pues, los principios tres, dos, uno y menos uno. Pero también hay seres cuyo principio superior no es el tres, es decir, el astral; sino el dos,  el cuerpo etéreo, pero por debajo han desarrollado el principio menos dos. Y aún hay otros seres cuyo principio superior es el físico, y han desarrollado los principios menos uno, menos dos y menos tres. Pero entonces, ¿por qué no son visibles, puesto que tienen un cuerpo físico?

Si no existieran los miembros superiores en el hombre, su cuerpo físico tendría una apariencia distinta. Cuando muere, su cuerpo físico se disgrega ¿por qué? Porque durante la vida el cuerpo físico humano está impregnado e interpenetrado por el yo, el cuerpo astral y el etéreo. Pero los Gnomos y otros seres elementales, si bien también tienen cuerpo etéreo y astral, les falta el yo. Los Gnomos tienen como principio superior el físico y luego otros tres principios inferiores. Las fuerzas de esos principios infrafísicos hacen que el cuerpo físico no sea visible. Y si han de tener una materia física que se les agregue, solo pueden hacerla suya bajo una enorme presión, lo que sucede cuando la materia se comprime;  entonces ellos se aglomeran y apretujan unos con otros. Si la presión desaparece, como sucede en las excavaciones de minas, se produce un proceso veloz de disgregación; proceso semejante al que sucede con el cuerpo físico humano cuando lo abandonamos al morir. Por eso no son visibles. Quien pueda percibir a nivel suprasensible, a través de la tierra física, los descubrirá con un diminuto cuerpo físico. Ese principio físico que poseen en su aspecto dinámico, tiene en su organización y estructura algo que se asemeja al instrumento mental humano, al instrumento de la inteligencia. No es por casualidad que quienes han llegado a describir a los Gnomos lo hagan describiéndoles con una cabeza muy grande en relación con el resto del cuerpo. En esos Gnomos hallamos una especie de inteligencia que actúa automáticamente.

¿Y como surgieron esos seres?. Veremos que ello se relaciona con la evolución pasada y la futura. Ya sabemos cómo el hombre progresa de encarnación en encarnación y que en cada nueva encarnación lleva los frutos de las anteriores. De esa manera en cada nueva encarnación el hombre es co-creador tanto en su forma como en sus facultades y en su destino. Lo que en una vida se gana en experiencias, se convierte en talentos y facultades en otra. Por ello el hombre colabora en la creación de su organismo interno como en la de su destino externo, ello nos hace elevarnos a progresivos niveles de perfeccionamiento evolutivo. No vemos, ni oímos, ni actuamos porque sí ni para nada, sino que todo ello lo hacemos nuestro, y al morir nos lo llevamos como vivencias que en el estado post-mortem se convierten en fuerzas germinales que colaboran más tarde en la construcción y desarrollo ulterior de la siguiente encarnación.

Pero en todo este proceso pueden pasar muchas cosas, el fiel de la balanza puede inclinarse hacia un lado u otro. Lo ideal sería que cada ser humano en cada encarnación hiciera uso ordenado de su vida, de modo que todo lo que pueda experimentar, vivenciar y que es susceptible de llevar frutos para las siguientes encarnaciones, que todo ello no quede sin utilizar, sino que asuma todo lo que desde el pasado ha traído consigo. Pero no suele suceder así, porque utilizamos nuestra vida sin orden para acumular todo lo acumulable y entonces quedan ciertas fuerzas sin utilizar y llevamos menos a la nueva encarnación, pero también puede suceder que penetremos demasiado en el organismo y nos adherimos demasiado con nuestra corporalidad. Hay dos tipos de hombres, unos que quisieran vivir plenamente en espíritu, sin descender del todo en su corporalidad y se les suele llamar soñadores, fantaseadores, etc… otros que penetran demasiado en su corporalidad y se identifican mucho con su instrumento físico.

Hay un mito que nos habla de lo que sucede a quienes se adhieren demasiado a lo temporal y perecedero de su encarnación. Exagerando un poco podríamos imaginárnoslos diciendo ¿Y a mi que me importa lo que yo pueda llevarme con mi núcleo esencial a otra encarnación? “Quiero aferrarme a esta encarnación porque me gusta y no me interesa lo que haya luego”. ¿A qué nos llevaría el que esa postura fuera radical? A un carácter sentado en un recodo del camino, que no le interesa para nada el futuro y que al ver a uno de los grandes guías que indican el camino a la humanidad lo rechaza. Ese hombre volverá a aparecer con la misma figura actual y si insiste en esa postura, seguirá naciendo con la misma figura, naciendo siempre en la misma raza, porque solo es capaz de edificar ese tipo de cuerpo, Esa es la idea íntima que subyace en el mito de Ahasver que ha de volver a aparecer siempre con la misma figura, porque ha rechazado la mano del guía supremo, la guía de Cristo, evitándose la posibilidad de perfeccionar su corporalidad futura en razas cada vez superiores. Las razas no degenerarían si no existieran almas que no pueden o quieren avanzar hacia formas mejores. Si vemos las razas que se han conservado desde épocas remotas en estado decadente, ello se debe a que hay almas que no pudieron ascender y se mantienen “por su propia gravedad” en niveles más materiales. Hay dieciséis posibilidades de quedarse adherido a la raza, que se denominan los “dieciséis caminos de perdición”. Pero al avanzar, el hombre asciende a niveles cada vez más superiores.

Es, pues posible que el hombre se retrase evolutivamente y que sus semejantes hayan ascendido a un nivel superior. Naturalmente no hay nada irreversible y todo ello conduce a un proceso de aprendizaje.

Supongamos el caso extremo de alguien que se adhiere tan fuertemente a las condiciones terrestres de la encarnación durante dieciséis encarnaciones. ¿Qué sucedería entonces? La Tierra con sus almas no espera, sino que sigue adelante, y como lo material es siempre expresión de lo anímico, ese hombre llega un momento en que ya no encuentra posibilidad de hallar un cuerpo adecuado para su alma y no puede encarnar.

Piensen lo que eso representará en el futuro, si bien en casos excepcionales. Cuando la Tierra se transforme en el estado de Júpiter, tampoco encontrarán cuerpos adecuados, porque los cuerpos de los seres naturales inferiores serán demasiado buenos para esos hombres. Con ello habrán, pues, de pasar una existencia incorpórea, pues no utilizarán su entorno físico para enriquecer y mejorar progresivamente su núcleo íntimo. Esos seres aparecen en el estado futuro con condiciones del estado anterior, pero lo hacen como espíritus de la naturaleza subordinados. En la segunda mitad de la evolución de Júpiter el género humano hará que surjan esos nuevos espíritus de la naturaleza, porque habrá desarrollado el quinto miembro de su ser, Manas. Pero aquellos que no aprovecharon la oportunidad de formar el quinto miembro en la Tierra, apareceran en Júpiter como espíritus de la naturaleza con cuatro miembros básicos, con el cuarto como miembro superior. Si en Júpiter el hombre tendrá los miembros cinco, cuatro, tres y dos, esos hombres retrasados tendrán el cuatro, tres, dos y uno, siendo entonces espíritus naturales invisiblemente activos.

Con nuestros actuales espíritus de la naturaleza pasó lo mismo en épocas evolutivas anteriores. Los espíritus de la naturaleza de Júpiter, surgidos del hombre, tendrán un cierto tipo de moralidad, porque como hombres la tenían en la Tierra. Mientras que no la tienen los actuales seres elementales.

Hemos descrito la Tierra como el planeta del Amor, en comparación con la Luna como planeta de la Sabiduría. El amor surgió en la antigua Lemuria en su forma más inferior y se ha ido y va transformando a niveles cada vez superiores de amor. En la existencia de Júpiter sus habitantes mirarán al amor como hoy el hombre terrestre mira la sabiduría. Cuando hoy miramos la estructura física de nuestro cuerpo, tanto en conjunto como en sus más mínimos detalles, vemos una enorme sabiduría. En todas las formas naturales vemos por todo el planeta sabiduría cristalizada, una sabiduría que se desarrolló en la Antigua Luna. Igualmente va desarrollando la Tierra el amor, y así como en cada flor nos maravillamos ante su sabiduría y belleza, el hombre de Júpiter se encontrará con el amor que fluye y emana la sabiduría oculta en la Tierra desde la Antigua Luna.

Cada estado planetario tiene su misión y tarea. Y al igual que las fuerzas destructoras en la sabiduría derivan de los seres de Antigua Luna que han quedado retrasados, en nuevo Júpiter habrá fuerzas destructoras en el amor, insertas en el tejido general de la existencia como las figuras repulsivas de los seres terrestres atrasados, que tendrán exigencias de amor egoísta como seres elementales de la naturaleza y que formarán poderes devastadores y violentos en la existencia jupiterina. Así vemos como está tejido el mundo en sus partes positivas y negativas, con lo cual hemos descubierto un elemento moral en el proceso del mundo.

Todos los espíritus de la naturaleza, estructurados de modo que tengan un miembro del hombre y tres por debajo de él, lo llamamos “Gnomos”, las “Ondinas” tienen dos miembros del hombre y dos por debajo de él, los “Silfos” tienen tres miembros del hombre y uno por debajo. Todos ellos son seres que han quedado atrasados en épocas planetarias anteriores, no han llegado al nivel del “espíritu” que  el hombre está desarrollando hoy y han quedado a un nivel “infraespiritual”, constando solo de cuerpo y alma. ¿Que pasa con las Salamandras? ¿De donde proceden?.

Si los Gnomos, Ondinas y Silfos son entidades atrasadas de anteriores estados de la Tierra, las Salamandras han surgido porque desarrollaron parcialmente  el cuarto principio, pero no hasta el nivel de poder asumir forma humana. ¿Pero de donde vienen?

Si seguimos retrospectivamente al hombre en su evolución vemos que en el pasado nos hallamos con formas cada vez más espirituales. Sabemos que las especies animales se fueron desprendiendo como hermanos atrasados de la evolución humana progresiva. El hombre ha llegado a su alto nivel porque se manifestó el último en su ser físico.

Los otros seres no pudieron esperar y penetraron antes en la encarnación física. Los animales tienen almas grupales que solo existen en el mundo astral, si bien extienden su actividad hacia el mundo físico. La Sabiduría producto de la Antigua Luna, la vemos muy bien distribuida en las formas animales por medio de las almas grupales. El hombre no solo ha de adjudicarse la sabiduría si desarrolla su cultura, la sabiduría se muestra con más fuerza en toda la naturaleza.

El papel fue el gran invento que realizó el hombre, pero no habríamos de olvidar que desde tiempos remotos lo llevan haciendo las avispas. ¡El yo grupal de la especie de las avispas ya había inventado el papel mucho antes que el hombre!

Pero la relación del animal con su alma grupal es solo parcialmente la que debiera ser, desde el punto de vista cósmico.

Supongamos, el alma grupal de una especie de insectos. Cuando el insecto particular o espécimen muere, para el alma grupal ello representa como si se le cayera un pelo o una uña. Los animales que van formándose de nuevo no son más que miembros sustituidos del alma grupal. Mirando todas las especies iremos viendo que lo que aparece en el mundo físico es como una nube que se hace y deshace constantemente. La existencia física se metamorfosea y el alma grupo renueva lo que le falta abajo.

Pero eso llega hasta un cierto punto, cuando algo nuevo interviene, en particular cuando tratamos de animales superiores. Supongamos los monos, los simios. El simio recibe tantos elementos de su alma grupo, es tan complejo, que al morir, en lugar de restituirse sus elementos psíquicos completamente al alma grupo, hay una parte de ellos que se queda en la Tierra. En los demás animales, en el león incluso, la reabsorción por el alma grupo se produce por completo, sin dejar residuo. El residuo que queda con la muerte del animal superior no puede retornar al alma grupo, hay algo en el simio que está desvinculado de su alma grupo, pero ese elemento psíquico liberado no puede volver a reencarnar y evolucionar como lo hace, por ejemplo, el yo humano. Algo parecido sucede con los marsupiales. Aquello que queda retenido en la Tierra de esas almas animales, digamos, “individuales”, y que no puede tampoco volver a encarnar, eso es el origen de un cuarto tipo de espíritus elementales, que conocemos como Salamandras, es el tipo superior de seres elementales y que tienen algo de “yo”.

Pero esas Salamandras también se generan cuando ciertas naturalezas humanas, particularmente inferiores, que encarnan de nuevo, dejan un residuo de su naturaleza inferior, de un tipo particularmente maligno, que se convierte en una especie de espíritu de la naturaleza. Esas entidades tienen una parcial afinidad con el hombre e interviene obstructivamente en la evolución humana. Muchos dudosos fenómenos culturales que hoy se consideran naturales, se comprenderán cuando conozcamos que tienen que ver con esas fuerzas obstructoras, retardatorias, que se expresan en muchos fenómenos culturales decadentes.

Conocer este hecho puede ayudarnos. Podremos defendernos de su influencia y de ahí la necesidad de un movimiento como el antroposófico. Muchas manifestaciones culturales tomarán ese cariz decadente o degenerado y quienes no se encuentren bien en ellas serán considerados soñadores y fantasiosos por los que consideran estas manifestaciones de lo más natural. Más el verdadero progreso de nuestra cultura reside en que el hombre penetre con conocimiento los poderes enemigos.

“Conoceréis la Verdad y la Verdad os hará libres”.

Conoceréis la verdad y ella os hará libres.

Traducido por Gracia Muñoz