GA34c3. La ciencia espiritual y la cuestión social

Rudolf Steiner — Berlín, fines de 1905/principios de 1906

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Robert Owen poseía dos virtudes, las que, en cierto sentido, justifican llamarle un genio del actuar social práctico: la certera visión respecto de benéficas instituciones sociales y su noble amor a la humanidad. Para apreciar en todo su alcance la significación de estas cualidades, considérese lo que con ellas Owen realizó. Creó en New Lennark industrias ejemplares en las cuales los operarios trabajaban en condiciones de una existencia humanamente digna y moralmente satisfactoria. Había entre ellos hombres depravados y alcohólicos, pero también otros, moralmente mejores, que ejercían por su ejemplo una influencia favorable sobre aquellos, lo que finalmente conducía a los resultados más propicios. En vista de tal éxito, no corresponde equiparar la obra de Owen con los más o menos fantasiosos “reformadores del mundo”, los así llamados utopistas; él no salió del marco de realizaciones prácticas, con respecto a las cuales todo aquel que no se incline a quimeras puede esperar que mediante ellas se logre desterrar, por lo menos en determinados dominios, la miseria humana. Tampoco es ilusorio creer que semejante realización delimitada puede servir de ejemplo para estimular un progresivo desarrollo favorable de las condiciones sociales humanas.

Así habrá pensado Owen, y por ello no vaciló en dar un paso más en tal dirección. En el año 1824 se puso a crear en Indiana, Estados Unidos, una especie de pequeño Estado modelo: adquirió un territorio con la intención de fundar allí una comunidad humana sobre la base de libertad e igualdad. Todo se organizó de tal manera que no había posibilidad de explotación ni de sujeción. Quien se propone semejante tarea debe estar dotado de las más nobles virtudes sociales: el anhelo de dar felicidad a sus semejantes, y la fe en la bondad de la naturaleza humana. Tiene que estar convencido de que en el hombre espontáneamente ha de surgir la inclinación al trabajo, cuando por medio de las disposiciones correspondientes, el beneficio del trabajo se presenta asegurado. Owen estaba compenetrado de esta fe, a tal punto que debieron sobrevenir experiencias muy graves para hacerle perder esta fe.

Estas graves experiencias efectivamente se produjeron. Después de largos y nobles esfuerzos, Owen tuvo que convencerse de que “la realización de semejantes colonias infaliblemente ha de conducir al fracaso, si previamente no se logra la transformación de las costumbres y de la moral en general; y que da mejor resultado ejercer influencia sobre la humanidad por la vía teórica que por la de la práctica”. A tal convencimiento fue conducido este reformador social por el hecho de que no faltaron los que rehuían el trabajo, tratando de traspasarlo a los demás, y debido a ello surgieron enemistades, peleas y finalmente la bancarrota de la colonia.

Lo experimentado por Owen es útil para todos aquellos que realmente quieren aprender; pues, de toda clase de organizaciones, que para el bien de la humanidad son ideadas y creadas artificialmente, puede conducirnos a crear el fecundo trabajo social, que verdaderamente cuenta con la realidad de la vida.

Por sus experiencias, Owen tuvo que desilusionarse radicalmente de su creencia de que la causa de toda miseria humana provenga de las “malas condiciones e instituciones” en que la humanidad vive, y que lo positivo y bueno de la naturaleza humana espontáneamente se suscitará, al mejorarse dichas condiciones. Owen tuvo que convencerse de que no es posible mantener las buenas estructuras, a menos que los hombres, por su íntima naturaleza y sincero afecto a las mismas, se inclinen a preservarlas.

Ahora bien, podría pensarse que, antes de crear semejantes estructuras, sería necesario dar a los hombres la debida preparación teórica, haciéndoles comprender, tal caso, lo justo y la utilidad práctica de las medidas a tomar; y es de suponer que Owen, según sus propias declaraciones, también lo haya pensado. Sin embargo, únicamente se llegará a un resultado realmente práctico, si se profundiza el estudio del asunto: de la sola fe en la bondad de la naturaleza humana, creencia por la que Owen se había dejado engañar, se debe pasar al verdadero conocimiento del ser humano. Toda claridad que jamás el hombre pueda alcanzar, con respecto a lo útil y benéfico de las condiciones e instituciones, no conducirá a un resultado duradero.

Pues la sola comprensión de tal índole no basta para dar al hombre el impulso interior para trabajar, si en él, por otra parte, se suscitan los impulsos que nacen del egoísmo. Como el egoísmo forma parte de la naturaleza humana, surge en el sentimiento, cuando el hombre, dentro de la sociedad humana debe vivir y trabajar juntamente con los demás. En cierto sentido, esto conduce necesariamente a que en la práctica la mayoría de los hombres consideren como la mejor organización social lo que mejor llegue a satisfacer las necesidades del individuo. De modo que, por influencia de los sentimientos egoístas, la cuestión social toma naturalmente la forma de esta pregunta: ¿Qué condiciones sociales hay que crear para que cada uno para sí mismo pueda obtener el producto de su trabajo? Y particularmente en nuestro tiempo del pensar materialista son muy pocos los que toman en cuenta otra condición. Frecuentemente se oye decir —cual una verdad absoluta— que no es concebible un orden social basado en benevolencia y el sentimiento humano. Antes bien se considera que la comunidad humana como un todo prospera de la mejor manera si el individuo puede asegurarse el producto “pleno” de su trabajo, o bien, la mayor parte.

La ciencia espiritual que se basa en el profundo conocimiento del ser humano y del mundo, nos enseña justamente lo opuesto; nos explica precisamente, que toda miseria humana es, en verdad, la consecuencia del egoísmo y que, necesariamente, han de producirse miseria, pobreza e infortunio general, si de alguna manera la comunidad se basa en el egoísmo. Empero, para comprenderlo hacen falta conocimientos más profundos de los que se ofrecen dentro del marco de la sociología. Ésta ciencia que trata de las condiciones de desenvolvimiento de la sociedad humana no toma en cuenta las fuerzas más profundas de la vida humana, sino únicamente su aspecto exterior. Es más, en la mayoría de los hombres de nuestro tiempo difícilmente se podrá despertar siquiera una idea de la existencia de esas profundas fuerzas; antes bien consideran como hombre soñador, ajeno a la práctica, al que les habla de semejantes cosas.

Ahora bien, no es posible tratar aquí de exponer la teoría social sobre la base de las fuerzas profundas, pues para ello habría que escribir una extensa obra. No obstante, pueden señalarse las verdaderas leyes del trabajo humano en general y exponerse, asimismo, lo que resulta, como idea social sensata, para el que conoce esas leyes. La plena comprensión de este asunto sólo la alcanzará quien adquiera una concepción del mundo científico-espiritual. No es posible proporcionarla a través de un solo artículo sobre la “cuestión social”. Sólo puede proyectarse sobre este problema una luz desde el punto de vista de la ciencia espiritual. Es de esperar que haya personas que instintivamente comprenderán lo que en pocas palabras pasamos a expresar y que no es posible exponer extensamente.

La ley fundamental que la ciencia espiritual revela es la siguiente:

 “El bienestar de toda una comunidad de personas que en ella trabajan, será tanto mayor cuanto menos cada uno requiera para sí mismo el producto de su trabajo, es decir, cuanto más de este producto él ceda a sus semejantes, y cuanto más sus propias necesidades se satisfagan, no de su propio trabajo, sino del de los demás”. Toda estructura dentro de una comunidad de personas que esté en contraste con esta ley, necesariamente producirá, con el tiempo, en alguna parte, miseria e indigencia.

Esta ley fundamental rige para la vida social con la misma necesidad y exclusividad que para un determinado campo de fuerzas naturales rige la respectiva ley de la naturaleza. Pero no basta con que se reconozca esta ley como una ley general de índole moral, o que ella simplemente se convierta en el sentimiento de que cada uno debiera trabajar al servicio de sus semejantes. En la realidad de la vida, dicha ley rige como debe regir, únicamente si una comunidad humana llega a crear una estructura social en la que jamás nadie puede disponer para sí mismo del fruto de su propio trabajo, sino que en lo posible, el total de este fruto redunde en provecho de la comunidad como un todo. Cada uno, a su vez, deberá recibir su sostén por el trabajo de sus semejantes. Lo que importa, pues, reside en que el trabajo para los demás, y el adquirir un determinado ingreso, sean dos cosas distintas, separadas totalmente la una de la otra. Naturalmente, el representante de la ciencia espiritual sabe que los que a sí mismos se tienen por “hombres prácticos”, tienden a ridiculizar tal “monstruoso idealismo”. No obstante, es cierto que la referida ley es más práctica, que ley alguna que jamás haya sido ideada por los “prácticos”, o establecida en la realidad. Quien verdaderamente examine la vida, encontrará que toda comunidad humana existente, o que jamás haya existido, posee o poseía dos clases de instituciones. Una parte de ellas concuerda con esa ley, la otra está en contraste con ella. Indefectiblemente llega a ser así, no importa que los hombres lo quieran o no. Pues, toda comunidad se desmoronaría inmediatamente, si el trabajo del individuo no fluyese a la sociedad como un todo.

Pero desde tiempo atrás, el egoísmo humano desbarató dicha ley, puesto que trató de sacar para el individuo el mayor provecho posible. Y precisamente lo que de esta manera resultó del egoísmo, en todos los tiempos ha conducido a indigencia, pobreza y miseria. Esto realmente significa que siempre resultará contraria a lo práctico aquella parte de las instituciones humanas que los prácticos llevan a cabo de modo tal que se toma en cuenta o el egoísmo propio, o el de los demás.

Naturalmente, no basta con que semejante ley se comprenda, sino que la realidad práctica comienza con la pregunta: ¿cómo puede realizarse lo que ella expresa? Se entiende que esta ley no dice nada menos que lo siguiente: el bienestar humano es tanto mayor cuanto menos rige el egoísmo. Quiere decir que para traducir esa ley en realidad, es preciso que haya hombres que logren superar el egoísmo, lo que prácticamente no es posible, si la medida de bienestar del individuo se determina por su trabajo. Quien trabaja para sí mismo, necesariamente llegará a recaer en el egoísmo. Sólo podrá convertirse en trabajador sin egoísmo, el que enteramente trabaje para los demás.

Pero para realizarlo, existe una condición previa: cuando uno ha de trabajar para otro, es preciso decirse que en este otro haya un motivo para tal trabajo; y si ha de trabajar para la comunidad, debe tener idea del valor, la naturaleza y la importancia de ella. Esto sólo será posible si la comunidad es algo bien distinto de una cierta suma de individuos. Debe de haber un espíritu que la compenetre y con el cual cada uno se sienta identificado. Esta comunidad tiene que ser de tal índole que cada uno se diga: todo está bien, y yo quiero que así sea. Es preciso que la comunidad tenga una misión espiritual, y que cada uno tenga la voluntad de contribuir a que esta misión se cumpla. Pero semejante misión no puede consistir en ideas progresistas, más o menos abstractas, como comúnmente se formulan: donde éstas rigen, existirá el trabajo del individuo o de grupos de personas, cada parte en su lugar, sin alcanzar de ver lo útil de su trabajo, fuera del interés propio, o de lo vinculado con éste. Lo que hace falta es que el espíritu que rige la comunidad viva en cada individuo.

En todos los tiempos, únicamente hubo prosperidad donde de alguna manera se realizó semejante vida de espíritu de comunidad. Cada ciudadano de las ciudades de la antigua Grecia, como asimismo él de la Ciudad Libre del Medioevo, tenían siquiera un vago sentimiento de tal espíritu de la comunidad. No corresponde objetar que, por ejemplo, la organización de la antigua Grecia sólo pudo hacerse porque se disponía de una legión de esclavos que hacían el trabajo para el “ciudadano libre”, incitados por la superioridad del amo, no por el espíritu de la comunidad. Este ejemplo sólo nos enseña que la vida humana obedece a las leyes de la evolución. En nuestro tiempo, la humanidad ha llegado a un nivel evolutivo en que ya no es posible resolver del mismo modo que en la antigua Grecia la organización de la sociedad. Incluso el griego más noble consideraba la esclavitud, no como una injusticia sino como necesidad de la vida humana. Por la misma razón, el gran Platón pudo sentar el ideal de un Estado en que el espíritu de la comunidad llega a realizarse por el hecho de que los pocos entendidos obliguen a efectuar el trabajo, a los que forman la mayoría. En cambio, la misión del presente consiste en crear condiciones de la vida humana, en que cada uno, guiado por el impulso más íntimo de su ser, llegue a trabajar para la comunidad.

De lo expuesto se infiere que no hay que pensar en una solución definitiva del problema social, sino únicamente en orientar los pensamientos y el actuar, tomando en consideración las necesidades inmediatas del presente. Nadie podrá, como individuo, formarse o llevar a la realidad una teoría que resuelva el problema social. Pues, para hacerlo, debería tener el poder de obligar a una cantidad de personas, a trabajar dentro de las condiciones por él creadas. No cabe duda: si Owen hubiera tenido el poder o la voluntad de obligar, compulsivamente, a todas las personas de su colonia a hacer el trabajo que a cada uno correspondía, habría llegado a un buen fin. Pero en nuestro tiempo no puede tratarse, de modo alguno, de semejante coerción, antes bien, debe hacerse posible que cada uno haga voluntariamente el trabajo para el cual tiene vocación, de acuerdo con sus fuerzas y capacidades. Por consiguiente, de ningún modo puede tratarse de que, en sentido de los citados pensamientos de Owen, se influya sobre los hombres “en sentido teórico”, proporcionándoles meramente una idea acerca de qué condiciones económicas habría que establecer para el bien de todos.

Una teoría económica abstracta, jamás puede ejercer fuerza alguna contra las potencias del egoísmo. Por cierto tiempo, semejante teoría podrá provocar el entusiasmo de las masas, con apariencia de idealismo, el que, sin embargo, no puede conducir a resultado definitivo pues, quien impregna tal teoría al pensar de la gente, sin darle, a la vez, valores realmente espirituales, actúa en contra del verdadero sentido de la evolución humana.

No será posible resolver el problema, sino por una concepción del mundo de carácter espiritual, una concepción que por su propia característica penetre en el pensar, el sentir, la voluntad, o sea, en toda el alma del hombre. La fe de Owen en la fuerza de las virtudes humanas no es acertada, sino parcialmente; por otra parte, es una de las peores ilusiones. Tiene razón en cuanto que en todo hombre ocultamente existe un “yo superior” al que se puede despertar. Pero de su estado latente, este “yo superior” no puede despertarse, sino por una concepción del mundo que posea las citadas virtudes. Con hombres de tal concepción, la comunidad prosperará favorablemente dentro de las condiciones como Owen las había concebido. En cambio, con hombres que no posean esta concepción sucederá que tarde o temprano, lo benéfico de las instituciones necesariamente ha de convertirse en perjudicial; puesto que donde no existe una concepción del mundo de orientación espiritual, resultará que precisamente las instituciones que hacen prosperar el bienestar material, también han de conducir a acrecentar el egoísmo y, por consiguiente, a producir indigencia, miseria y pobreza.

f2

En el sentido propio de la palabra es correcto decir que, si bien se beneficia al individuo, dándole meramente lo que necesita para vivir: sólo será posible darlo a la comunidad, si se procura proporcionarle una concepción del mundo. Tampoco conduciría a buen fin si dentro de la comunidad se diera pan a cada uno, individualmente; ya que después de algún tiempo lo mismo se llegaría a que muchos quedaran sin pan.

Ciertamente, reconocer estos principios hace perder sus ilusiones a cierta gente que quisiera considerarse bienhechora social. Pues en tal caso se torna bastante difícil trabajar para el bien general, tanto más cuanto ciertas condiciones obligarán a contentarse, paso a paso, con pequeños resultados parciales. La mayor parte de lo que actualmente los partidos políticos presentan como solución del problema social, pierde su valor, se reduce a ilusión y palabras vacías, falto de verdadero conocimiento de la vida humana. Ningún parlamento, ni sistema democrático, ni acción política, tendrán, juzgándolo profundamente, importancia alguna, a menos que consideren la ley especificada más arriba. Es absolutamente ilusorio pensar que, por ejemplo, diputados de algún parlamento puedan contribuir en algo para el bienestar de la humanidad, si su acción no se organiza en sentido de la ley social fundamental.

Dondequiera que se tome en consideración, o que alguien actúe en sentido de esta ley, en la medida que le sea posible en el lugar donde dentro de la comunidad humana le toque desempeñarse, se obtendrá buen resultado, aunque, en cada caso, sea en mínimo grado: el benéfico progreso social necesariamente se compone de la suma de los distintos logros que de tal manera se alcancen. Pero también puede haber casos aislados de grupos mayores de personas que poseen la idoneidad que les permite alcanzar resultados de cierta importancia. Efectivamente, ya existen determinadas comunidades humanas con predisposición de tal característica, comunidades con cuya ayuda será posible que la humanidad llegue a dar un primer paso en el desarrollo social. La ciencia espiritual tiene conocimiento de que semejantes comunidades existen; pero considera que no se debe hablar públicamente de tal asunto.

También habría posibilidades para ir preparando a mayor cantidad de hombres para dar, dentro de un tiempo no muy lejano, semejante paso de desarrollo social. Aparte de todo lo expuesto, cada uno, individualmente, puede actuar dentro de sus propias esferas en sentido de dicha ley. En el mundo no existe posición social alguna por insignificante o prestigiosa que pueda parecer dentro de la cual no fuese posible hacerlo. Con todo, lo más importante reside en que cada uno busque los caminos para formarse una concepción del mundo sobre la base del verdadero conocimiento espiritual. La ciencia espiritual de orientación antroposófica conducirá a tal concepción, para todos los hombres, si realmente llega a desenvolverse de acuerdo a su contenido y sus posibilidades. Ella nos hace saber que no es por casualidad que una persona haya nacido en un determinado lugar y en su tiempo, sino que esto ha sido por necesidad resultante de la ley de causalidad espiritual (el karma). Tal persona comprenderá que un bien fundado destino le ha colocado dentro de la comunidad humana en que le incumbe obrar.

Asimismo podrá percatarse de que sus facultades no las posee debido a circunstancias casuales, sino que esto también está en concordancia con dicha ley. Lo comprenderá no simplemente como concepto lógico sino de tal manera que este entendimiento llega a adquirir íntima vida del alma: el hombre comenzará a sentir que está cumpliendo un designio superior si él trabaja de acuerdo con su posición en el mundo y en el sentido de sus propias facultades. De su entendimiento no resultará un vago idealismo, sino un fuerte impulso de todas sus fuerzas; y el actuar de tal manera le será tan natural como lo es, en otro sentido, el alimentarse.

Además, comprenderá el porqué de la existencia de la comunidad humana a que él pertenece, y cómo ésta se relaciona con otras comunidades. Las individualidades de las distintas comunidades en su conjunto representarán la bien definida imagen espiritual de la misión común a todo el género humano, e incluso llegará a comprender el sentido de la evolución de toda la existencia terrenal. Sólo podrían dudar de lo eficiente de la referida concepción del mundo quienes se resistan a tomarla en consideración. Es cierto que actualmente son pocos los que se inclinan hacia ella. No obstante, llegará el tiempo en que la genuina concepción científico-espiritual se extenderá ampliamente. Esto conducirá a que los hombres lleguen a tomar las medidas adecuadas para realizar el progreso social. El hecho de que hasta el presente ninguna concepción del mundo haya conducido al bienestar de la humanidad, no puede ser motivo para dudar de lo expresado; pues, de acuerdo con las leyes de la evolución de la humanidad, no pudo, en ningún momento del pasado, producirse lo que a partir de ahora se hará posible: hacer llegar a todos los hombres una concepción del mundo con vista al aludido resultado práctico. Hasta ahora, las distintas concepciones del mundo sólo estuvieron al alcance de grupos aislados. No obstante, lo benéfico que hasta el presente pudo realizarse, se debe a las distintas concepciones del mundo; pero al bienestar general sólo conducirá aquella que abarque todas las almas humanas y que en ellas encienda la vida interior. Esto lo logrará el modo de pensar de la ciencia espiritual en cuanto realmente responda a sus principios.

Naturalmente, no basta mirar la configuración a que este modo de pensar ha llegado hasta el presente; sino que, para reconocer lo correcto de lo expresado, es preciso ver que en adelante la ciencia espiritual deberá desarrollarse hacia su alta misión cultural. Por distintas razones, aún no presenta la característica a que, a su tiempo, ha de llegar. En primer lugar debe echar raíces en algún lugar: debe dirigirse a un determinado núcleo de personas, núcleo que está constituido por los hombres que por lo específico de su desarrollo buscan la solución de los profundos problemas del mundo, y que, por su preformación cultural ofrecen las condiciones para la debida comprensión y colaboración. También se entiende que al principio, la ciencia espiritual tenga que servirse de un lenguaje que se adapta al carácter de dicho núcleo, pero con el tiempo encontrará la forma adecuada de expresarse para dirigirse a otros círculos. Únicamente quien insista en que todo debe darse en forma rígida e inalterable, ha de creer que la actual forma de expresarse fuese definitiva, e incluso la única posible. La ciencia espiritual tiene que desenvolverse lentamente, precisamente porque no puede limitarse a la exposición teórica, o a satisfacer la mera curiosidad. El aspecto práctico del progreso de la humanidad forma parte de sus designios; pero para lograr tal progreso, deberá, ante todo, crear las condiciones pertinentes. Y esto no será posible sino por la paulatina conquista de las almas humanas. Únicamente si los hombres lo quieren, el mundo progresará. Y el prerrequisito para despertar tal voluntad, consiste en el íntimo trabajo anímico espiritual de cada uno, trabajo que no podrá realizarse sino paso a paso. De otro modo, incluso la ciencia espiritual llegaría a nada positivo en el campo social, sino únicamente a lo utópico. Próximamente expondremos otros pormenores.

Versión castellana de Francisco Schneider

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