Entidades individuales y unidad indivisa del Cosmos 2/3

Tres conferencias pronunciadas por Rudolf Steiner en Dornach (Suiza), del 18 al 25 de Noviembre de 1917

Traducción directa del alemán de Iván Villanueva

English Version

Segunda Conferencia

Dornach, 19 de Noviembre de 1917

He de hacer hincapié con respecto a todas nuestras digresiones llevadas a cabo con el propósito del conocer, aunque sea con medios muy deficientes, que si, por un lado, nos llevan a descubrir amplias perspectivas históricas, por el otro, y esto es lo fundamental, nos permiten lograr una información sobre hechos reales, no sobre teorías cualesquiera, no en relación con una sistematización ideal cualquiera. Es indispensable dejar esto muy claro, como así lo he manifestado en mi visita anterior, pues de lo contrario resultaría sumamente difícil la comprensión de estos temas. No intento, en ningún sentido, referirme a las leyes o a las ideas del proceso histórico, sino a hechos reales que corresponden a los propósitos e intenciones de determinados personajes organizados en hermandades, así como a otras que actúan sobre ellas y cuya influencia precisamente ellas buscan, pero que, en su forma de ser, no pertenecen a la especie humana que encarna, sino a la de los seres que se “corporizan” en el mundo espiritual. Hay que tomar esto muy en cuenta, sobre todo por la clase de observaciones que hice ayer. En estas hermandades encontramos, por así decir, diferentes partidos, como seguramente ya dedujeron por nuestros comentarios del año pasado. Ya en aquel entonces llamé su atención sobre el hecho de que, dentro de dichas hermandades, nos encontramos con el partido que propugna el mantenimiento de un secreto absoluto de ciertas verdades superiores, y, junto a él, otro, cuyos miembros, dentro de diversos matices, ya desde mediados del siglo XIX, son partidarios de revelar algunas de esas verdades, si bien con la precaución y objetividad pertinentes, así como con la restricción de que, al principio, únicamente se de a conocer aquello cuya divulgación sea de improrrogable necesidad.

Junto a estos dos partidos principales, hay otros de distintos matices. Por ahí se puede deducir que los propósitos, los impulsos que esas hermandades transmiten a la evolución humana, son muchas veces producto de una transacción.

Ahora bien, precisamente cuando estas hermandades, familiarizadas con los impulsos espirituales activos en la evolución de la humanidad, veían acercarse el trascendental acontecimiento de comienzos de mil ochocientos cuarenta, o sea, el combate de ciertos espíritus contra los superiores que terminaría en 1879 con la supeditación de los espíritus angélicos de las tinieblas, efeméride simbolizada por la derrota del dragón a manos del arcángel Micael (veáse “La caída de los espíritus de las tinieblas” o “ Micael y el Dragón” ), cuando esas hermandades se dieron cuenta de la proximidad de tal acontecimiento, sintieron la necesidad de tomar posición al respecto, y preguntarse: ¿qué hacer?.

Los miembros de las repetidas hermandades cuyas opiniones armonizaban con las exigencias de la época, animados de las mejores intenciones, cayeron en el error de querer tener en cuenta el materialismo que era la característica de los tiempos, pensando que, puesto que los hombres sólo se interesaban por los conocimientos relacionados con lo físico, era lógico proporcionarles por ese medio algunos conocimientos del mundo espiritual. Fue, pues, con buena intención que este grupo difundió el espiritismo en los años cuarenta.

Cuando tuvo lugar el aludido combate, que coincidió con el predominio del espíritu crítico, de la razón orientada hacia lo exterior, se hizo necesario intentar que los hombres tuvieran, al menos, la impresión, el sentimiento de que existía a su alrededor un mundo espiritual. Y como se logran determinadas transacciones, se logró ésta. Algunos integrantes de las hermandades que por completo rechazaban la comunicación de los humanos con ciertas verdades espirituales, se vieron, por así decir, dominados por la mayoría y precisados a dar su consentimiento. Pero su intención primera no había sido implantar el espiritismo y sus implicaciones en el mundo. Sin embargo, donde hay corporaciones, y éstas manifiestan una voluntad expresa, existen transacciones que implican, como ocurre siempre en el plano externo de la vida, que toda decisión de una corporación incluya el deseo de sacar algún provecho del acuerdo logrado, entre los que montaron la escena según sus propios designios, y los que originariamente se oponían a ello .

Así, pues, los miembros bien intencionados de esas hermandades cayeron en el error de creer que recurriendo a médiums llegarían a convencer a los hombres sobre la existencia de un mundo espiritual, y de que, con base en esta convicción, podrían hacerles partícipes de otras verdades. Lo que hubiera dado buen resultado si, en realidad, hubiera ocurrido lo que esos bienintencionados miembros dieron por sentado: que los fenómenos provocados por los médiums se interpretaban como manifestaciones de un mundo espiritual; pero algo totalmente distinto ocurrió: los fenómenos provocados los interpretaron las personas presentes en las sesiones como procedentes de los muertos. Y así, el espiritismo produjo una decepción general: por un lado, los que habían sido superados por el voto de las mayorías, sufrieron un disgusto máximo al saber que, en las sesiones espiritistas, existían -a veces con razón- manifestaciones de los espíritus de los difuntos, lo que no esperaban que esto sucediera los iniciados progresistas y bienintencionados, sino comentarios sobre un mundo subyacente general: a ellos alcanzó asimismo la decepción.

las comunicaciones de éstos podrían poner en evidencia cómo aquellos miembros manipulaban las almas de los difuntos; precisamente de aquellos de quienes los hermanos de la izquierda habían abusado en cierto modo.

Pero este proceso lo siguieron con suma atención los que poseían cierta iniciación, Y es que, además de los miembros de las mencionadas hermandades, existen también miembros de otras, e incluso de las primeramente mencionadas, en las que llegan a formarse minorías y, a veces, hasta mayorías de iniciados que suelen denominarse “hermanos de la izquierda”, cuyo principal propósito es la conquista de poder por medio de cualquier impulso que se infiltra en la evolución de la humanidad, hermanos de la izquierda que mucho esperaban por su parte de los resultados del espiritismo. Ya puntualicé ayer que estos hermanos de la izquierda fueron quienes tomaron en primer lugar providencias con las almas de las personas muertas, y eran del máximo interés para ellos los resultados de las sesiones espiritistas; por eso, poco a poco, se fueron apoderando de todo ese territorio. En cambio, los bienintencionados iniciados perdieron gradualmente todo interés por el movimiento espiritista, y hasta se sintieron en cierto modo avergonzados, porque los que habían rechazado, en un principio, ese movimiento les decían que debían ya haber sabido de antemano que eso no iba a dar nada de sí. Por eso, cayó el espiritismo precisamente dentro de la zona de influencia de los hermanos de la izquierda, individuos que, como les decía, se habían decepcionado también, sobre todo se daban cuenta que, a causa del espiritismo, posiblemente se descubriría su verdadera maquinación, lo que en ningún sentido les interesaba: precisamente en las sesiones espiritistas, donde los participantes se creían influidos por las sugerencias de los muertos, las comunicaciones de éstos podrían poner en evidencia cómo aquellos miembros manipulaban las almas de los difuntos; precisamente de aquellos de quienes los hermanos de la izquierda habían abusado en cierto modo.

Insisto: estas consideraciones no son simples elucubraciones teóricas, sino hechos reales que tienen relación con individualidades determinadas, individualidades que, por hallarse agrupadas en hermandades, unas pueden esperar, de un mismo asunto, determinado resultado, y otras individualidades, otro resultado. Cuando se habla de hechos reales del mundo espiritual, no se puede pretender otra cosa que no sea la consecuencia conflictiva de los impulsos de las diversas individualidades. También en la vida se contradicen las acciones de unos y otros. Pero cuando se habla de teorías, el principio de la no contradicción es inviolable; no así cuando recurrimos a hechos reales –las acciones en el mundo espiritual– concuerdan entre sí tan poco como las de los hombres en el plano físico; tengan esto siempre presente. En estos asuntos no podemos hablar de realidades, si no las relacionamos con hechos individuales. Diferenciemos, pues, las distintas corrientes, mantengámoslas separadas.

Esto trae como consecuencia, algo tan importante, que no hemos de olvidar, si queremos llegar a una concepción del mundo un tanto satisfactoria. Muy importante es lo que les voy a decir; importante y trascendente, a pesar de su abstracción; expongámoslo de una vez.

Cuando el hombre quiere formarse una concepción del mundo, tiende, con justa razón, a que las distintas partes de dicha concepción concuerden entre sí. Esto lo hace por costumbre, costumbre plenamente justificada, pues deriva de lo que, durante muchos siglos, constituyó el mas inapreciable tesoro anímico y espiritual de la humanidad: el monoteísmo. Uno intenta referir todo lo que acaece en el mundo, a la unidad indivisa del Cosmos, y es lógico que así sea, si bien no en el aspecto que muchas personas creen sino desde otro punto de vista, aquel del que hablaremos la próxima vez. Hoy me limito a destacar su fundamental importancia.

Quien presupone que todo se puede explicar sin contradicciones, como si las cosas procedieran de un motivo único y universal, sufrirá muchas desilusiones, sobre todo si enfoca imparcialmente al mundo y sus vicisitudes. Es común que el hombre considere todo lo que percibe a su alrededor desde la concepción sacerdotal del mundo: todo se retrotrae a la unidad indivisa, de Dios; todo, por lo tanto, ha de poder explicarse de una sola manera.

Pero la realidad no es así. No todas las experiencias de este mundo provienen de una causa primera y única, sino de individualidades espirituales diferenciadas entre si; y en los sucesos que tienen lugar, confluyen los actos de diferentes entidades individuales; así es, por lo pronto.

La próxima vez aportaré elementos adicionales que justifican el monoteísmo, esto es, la concepción de la fundamentación unitaria del Universo; mas para nuestro cometido de hoy, hemos de detenernos en la diversidad: hemos de pensar en entidades individuales, en grado sumo independientes unas de otras, que salen a nuestro encuentro tan pronto como damos el primer paso cruzando el umbral del mundo espiritual. Esto implica que ya no se puede pretender que el devenir sea explicable partiendo de un principio unitario. Supongamos que aquí tenemos, esquemáticamente representado, un acontecimiento cualquiera, digamos los acontecimientos sucedidos desde el año 1913 a 1919.

Entidades Espirituales y unidad indivisa del Cosmos c2.

Naturalmente, las experiencias de la gente van más allá de esas fechas en ambas direcciones, y aunque el historiador esté tentado a postular un principio unitario dentro de la complejidad del desarrollo, no lo hace, pues en cuanto se traspasa el umbral del mundo espiritual, ya sea hacia abajo o hacia arriba, lo que es lo mismo (ver dibujo rojo), diferentes individualidades influyen conjuntamente en los acontecimientos, individualidades relativamente independientes unas de otras (ver dibujo, flechas). Si ustedes no toman esto en cuenta, si presuponen siempre la unidad indivisa del cosmos, nunca podrán entender los acontecimientos. Sólo cuando en la complicación de los sucesos, se toma en cuenta la acción conjunta o antagónica de las más diversas entidades, puede llegarse a entenderlas correctamente.

Lo que afirmo se relaciona con los más profundos secretos de la evolución humana, ignorados durante siglos o milenios por el sentimiento monoteísta; pero no hemos de olvidar esto en nuestra época. Si queremos pues, ahondar nuestros problemas filosóficos, tratemos, ante todo, de no confundir la lógica con una abstracta ausencia de contradicción. Esta ausencia no puede existir en un mundo en el que confluyen influencias de Individualidades independientes entre sí, por cuya razón es absurdo postular la no contradicción abstracta que sólo nos conducirla al empobrecimiento de las ideas, incapaces de abarcar en si la plena realidad.

La realidad sólo puede ser íntegra cuando contiene en sí lo positivo y lo negativo, es decir, el mundo contradictorio de la realidad.

El reino de la Naturaleza que se despliega ante el hombre, se forma de muy notable manera. También en ella, o sea, en todo lo que con ese nombre intenta captar el hombre, con las ciencias naturales por una parte, con el culto que le suscita la estética natural, etc., por la otra, también ahí actúan diversas individualidades. Pero en el ciclo actual de la evolución humana, el sapientísimo gobierno del Universo ha tomado providencias de sumo provecho para los hombres: puede el hombre concebir la Naturaleza por medio de las ideas armónicas con la dirección unitaria, porque la percepción sensoria sólo permite que llegue a su conciencia aquel aspecto natural que efectivamente tiene por causa una ordenación unitaria. Detrás de ese tapiz, existe, sin embargo, algo más, sometido a un centro de influencias completamente distinto, en el que queda excluida la percepción sensoria. Por eso, lo que el hombre denomina Naturaleza es, efectivamente, un sistema unitario, pero sólo porque pasa a través de un tamiz, nuestros sentidos, los tamizadores. Al percibir la Naturaleza, todo lo que ella contiene de contradictorio se retiene en ese filtro, y la recibimos efectivamente en forma de sistema unitario. Mas en el mismo instante en que se traspasa el umbral, y se toma la realidad integral como base para explicar el mundo natural, los espíritus elementales, o las influencias sobre el alma humana, que también recaen sobre la Naturaleza, en ese mismo instante ya no se puede hablar de sistema unitario, y hay que admitir la interacción de individualidades en lucha recíproca o en recíproco apoyo y fortalecimiento.

En el mundo elemental encontramos los geniecillos de la tierra, criaturas gnómicas; los del agua, criaturas ondinas; los del aire, criaturas silfídeas; los del fuego, criaturas salamándricas. Todos ellos se encuentran allí. Y no son de tal índole que se pudiera formar con ellos como un regimiento unitario; de ninguna manera

En el mundo elemental encontramos los geniecillos de la tierra, criaturas gnómicas; los del agua, criaturas ondinas; los del aire, criaturas silfídeas; los del fuego, criaturas salamándricas. Todos ellos se encuentran allí. Y no son de tal índole que se pudiera formar con ellos como un regimiento unitario; de ninguna manera. Constituyen diferentes reinos: el de los gnomos, las ondinas, los silfos y las salamandras, cada uno independiente en cierto modo; no trabajan en formación cerrada partiendo de un sistema único, y sostienen luchas entre ellos. Sus intenciones no se corresponden previamente y la conjugación de esas intenciones produce los más diversos resultados. Cuando las intenciones son conocidas, se puede ver en un hecho la participación conjunta de, por ejemplo, los genios del fuego y los de las ondinas. Mas tampoco hemos de suponer que exista tras ellos alguien a quien obedecer; no es así.

Muy difundida está esa suposición en la actualidad, y algunos filósofos, como por ejemplo Wundt – de quien Friti Mauthner afirma, no sin razón, que es una “autoridad por gracia de su editor”, deducen que la totalidad de las funciones anímicas, o sea, la vida representativa, la sentimental y lavolitiva, forman una unidad, y razonan que, siendo el alma una, todo en ella debe ser indiviso, corresponder a un sistema común. Pero no es así y si nuestra vida representativa tras el umbral de la sensoria no se remontara a otras regiones completamente diferentes, desde donde queda influida por determinadas individualidades, así como lo está nuestra vida sentimental por otras, y la volitiva por otras, no surgirían las discrepancias tan intensas y significativas en la vida humana, esas discrepancias que precisamente son el objeto de estudio de la psicología analítica.

¡Qué extraño es todo esto! Si suponemos que esto es la entidad humana (ver dibujo), integrada por la vida representativa, la sentimental y la volitiva (ver dibujo, letras T, F, W), un sistematizante como lo es Wundt, no podría pensar sino que todo ello constituye un sistema.

Entidades individuales y unidad indivisa del Cosmos c2.

Pero la vida representativa desemboca en un mundo (W1), en otro, la vida sentimental, (W2) y en otro, la volitiva (W3); y para integrarlos está ahí el alma humana, para formar la unidad de lo que en lo prehumano, momentáneamente prehumano, es realmente trinidad.

Hay que tener todo esto en cuenta, porque en la evolución histórica de la humanidad son de considerar los impulsos que la integran.

En el transcurso de estas conferencias, he sustentado que cada época del período postatlante tiene su misión especial; y en términos generales, he caracterizado la de la quinta época como la de la confrontación con el Mal, considerado como impulso dentro de la evolución universal. Ya hemos comentado diversamente lo que esto quiere decir. La única posibilidad de contrarrestarlo consiste en que los poderes que, por su desviación, son malignos, sean conquistados a favor de la humanidad, gracias a los esfuerzos del hombre del quinto periodo postatlante, y así los transmute en algo beneficioso para la íntegra evolución universal en su futuro. Esto implica que la misión de esta quinta época postatlante es particularmente ardua, pues la humanidad se halla expuesta a gran variedad de tentaciones. Ante la aparición sucesiva de los poderes del Mal, el hombre se siente, a veces, naturalmente inclinado a entregarse a él en todos sentidos, en vez de emprender la lucha por supeditarlo al servicio de la positiva evolución universal. Pero esto es lo que ha de llevarse a cabo; el mal debe, hasta cierto punto, incorporarse al servicio del favorable desarrollo cósmico, ya que de lo contrario no podríamos entrar en el sexto período postatlante, cuya misión es completamente distinta: que la humanidad, a pesar de la continuidad de su contacto con la Tierra, se halle en contemplación constante del mundo espiritual, responda en todo momento a los impulsos espirituales. Esta misión frente al Mal en el curso del quinto período postatlante, origina en el hombre cierta ofuscación.

Ya sabemos que desde el año 1879, los espíritus de las tinieblas más próximos al hombre, integrantes del reino angélico, deambulan, expulsados del mundo espiritual, por el reino humano, y que moran dentro de los impulsos del hombre, y de ellos se sirven para actuar. He dicho también que precisamente a causa de que estas entidades próximas al hombre actúan invisibles entre nosotros, y que los poderes del Mal interfieren impidiéndole al hombre que, con su razón, reconozca lo espiritual – otra misión concomitante de la quinta época postatlante – precisamente por esto abundan en esta quinta época las ocasiones de cometer errores funestos y desmanes peligrosísimos. Debe el hombre, en esta época, concebir lo espiritual por medio de la razón.

Puesto que los espíritus de las tinieblas fueron derrotados en el año 1879, habrá de revelarse lo espiritual al hombre, y la sabiduría espiritual manará en abundancia cada vez mayor desde los reinos del espíritu.

Puesto que los espíritus de las tinieblas fueron derrotados en el año 1879, habrá de revelarse lo espiritual al hombre, y la sabiduría espiritual manará en abundancia cada vez mayor desde los reinos del espíritu. No hubiera sido esto posible si los espíritus de las tinieblas hubieran permanecido en esos reinos espirituales; pero sí pueden todavía promover confusión, sí pueden obscurecer las almas; ya hemos descrito en qué forma, cuáles son las oportunidades que aprovechan para lograrlo; qué maquinaciones llevan a cabo para impedir que los hombres den cabida a la vida espiritual.

Claro que esto no debe ser motivo de lamentaciones, pero sí el intensificar las fuerzas y energías anímicas que tienden hacia lo espiritual. Si en nuestra quinta época postatlante, alcanzamos lo que debe conseguirse, incorporando las fuerzas del Mal a la causa del Bien, habremos logrado algo inaudito: que la quinta época postatlante obtenga un saber de ideas mas vastas que cualquier otra época, que cualquier otro periodo de la evolución terrestre. Por ejemplo, el Cristo apareció durante la cuarta época postatlante en el Misterio del Gólgota; pero la razón humana no puede asimilarlo hasta la quinta época. En la cuarta, los hombres comprendieron que había algo en el Impulso Crístico que podía ayudar a sus almas a superar la muerte: quedó claramente expuesto en el cristianismo de San Pablo; pero en la quinta época sucederá algo de mayor importancia todavía para su desarrollo; el alma humana llegará a la convicción de que tiene en Cristo la ayuda necesaria para convertir al Bien las fuerzas del Mal, algo caracteriza la peculiaridad de esta quinta época postatlante, algo que debe el hombre tener grabado siempre en su alma, sin que tienda a olvidarlo como acostumbra: que ha de ser militante en pro del espíritu, y que flaquearán sus energías si no se hallan en todo momento embridadas y listas para la conquista del mundo espiritual.

En esta quinta época postatlante, goza el hombre en grado máximo de su propia libertad: corresponde a su proceso evolutivo. Y todas las vicisitudes por las que pase en esta quinta época, han de calibrarse en cierto modo con la idea de la libertad humana: si sus fuerzas flaquearan, podría todo desviarse hacia la maldad. El hombre ya ha trascendido la etapa de ser guiado como un niño, y si perduran las hermandades que todavía prescriben aquel ideal de conducirle como a un infante, así fue en los tercero y cuarto períodos postatlantes, estas hermandades no siguen el acertado camino, no enfocan lo que debe hacerse para el desarrollo humano. Quien en esta quinta época post-atlante, se lance a la proyección del mundo espiritual, ha de adoptar tal actitud que su aceptación o rechazo quede al libre albedrío del individuo. A esto se debe que ahora, sólo determinados aspectos de la verdad han de mencionarse; el simple roce de ella, es tan importante en este momento como pudo haber sido en otra época, cualquier amplia manifestación suya. Pondré un ejemplo.

En nuestra hora, lo más importante es la transmisión de verdades o, si me permiten expresarlo trivialmente, contar las verdades; dejar después que la gente libremente decida. En puridad, no se debería ir nunca más allá de la transmisión del informe, y dejar el resto a discreción del informado, al igual que como actuamos en el plano físico. Esto incluye asimismo los asuntos cuya dirección y manejo sólo pueden provenir del mismo mundo espiritual.

Nos entendemos mejor si entramos en pormenores. Todavía en la cuarta época, las circunstancias eran tales que otras cosas privaban sobre la mera palabra, la pura transmisión. ¿Qué eran esas cosas? Tomemos un caso concreto: la isla de Irlanda, como hoy la llamamos, es muy particular; en algunos aspectos se diferencia del resto de la Tierra. Los territorios son distintos unos de otros; lo que nada tiene de particular; mas hoy quiero destacar la gran diferencia que existe entre Irlanda y otros lugares terrestres. Arrojemos una mirada retrospectiva a la evolución de la Tierra -ya la conocen por mi libro “La Ciencia Oculta”- y comprobemos diversas influencias, diversos acontecimientos que procedían del mundo espiritual. Por mi “Ciencia Oculta” conocen como se hallaba durante el período lemúrico, lo sucedido desde entonces, y cómo se fueron desarrollando los siguientes procesos. Ayer, les hice notar que la Tierra es propiamente un organismo y que, de los distintos territorios, fluyen emanaciones diversas sobre sus habitantes, emanaciones que ejercen una bien determinada influencia sobre nuestro doble, del que también les hablé ayer al finalizar mi conferencia. En el caso de Irlanda, la antigua humanidad que conoció esta isla, describió su carácter peculiar de una manera legendaria y fabulosa. En un tiempo, se conoció una leyenda esotérica que trataba de la esencialidad de Irlanda dentro del conjunto del organismo terrestre, y decía: la humanidad fue expulsada del Paraíso, porque Lucifer la pervirtió, y desde entonces se dispersó por el resto del mundo; pero esta afirmación implica que este resto del mundo ya existía cuando tuvo lugar la expulsión del Paraíso. Hay que distinguir entonces -así decía el legendario y fabuloso relato- entre el Paraíso en el que se hallaba Lucifer también, y el resto de la Tierra, adonde se expulsó la humanidad. Sin embargo, Irlanda constituye una excepción, porque no pertenecía propiamente al resto de la Tierra: antes de que Lucifer entrara en el Paraíso, se había formado en la Tierra una reproducción suya, es decir, del Paraíso, reproducción que precisamente, corresponde a lo que hoy es Irlanda.

Aclaro: Irlanda es aquella porción de la Tierra en la que Lucífer no tiene participación, con la que no tiene relación alguna. Lo que hubo de separarse del Paraíso a fin de que su trasunto en la Tierra pudiera existir, hubiera bastado para impedir la entrada de Lucifer al Paraíso. O sea, que según esta leyenda, Irlanda fue concebida como una segregación de la porción del Paraíso que hubiera podido impedir la entrada de Lucifer. Sólo después de que Irlanda quedó segregada del Paraíso, pudo Lucifer entrar en él.

Esta leyenda esotérica que muy imperfectamente les he referido, es muy hermosa. Para muchos hombres correspondía la explicación de la peculiar misión de Irlanda durante siglos. En el primero de mis Dramas Iniciáticos se pone de manifiesto lo que tanto se ha repetido: que la Cristianización de Europa partió de los monjes irlandeses. Después de que San Patricio introdujo el cristianismo en Irlanda, alcanzó allí el movimiento la máxima devoción. Según la exégesis de la mencionada leyenda, Irlanda, a quien los griegos llamaban “Ierne” y los romanos “Ivernia” , era conocida en esta época, cuando las fuerzas de la cristiandad europea recibían de ella sus mejores estímulos, a través de los amantísimos iniciados cristianos irlandeses; se la llamaba Isla de los Santos, por la devoción reinante en los claustros cristianos que allí tenían su sede. La causa de esto es que en Irlanda son óptimas las fuerzas de las que les he hablado, las fuerzas territoriales que, ascendiendo de la Tierra, se apoderan del doble de las personas.

 causa de esto es que en Irlanda son óptimas las fuerzas de las que les he hablado, las fuerzas territoriales que, ascendiendo de la Tierra, se apoderan del doble de las personas.

Quizá ustedes deduzcan: en este caso, lo mejor del mundo son los irlandeses, las realidades humanas no son tan simples; a cualquier territorio llegan inmigrantes, tienen descendientes, y así sucesivamente. El hombre no es simple producto de la parte de la Tierra en que se encuentra, y puede ocurrir muy bien que el carácter del hombre contradiga las emanaciones terrestres. No se puede, pues, juzgar la proyección real del hombre como característica del organismo terrestre relativo a determinado territorio; de hacerlo, no haríamos más que entregarnos de nuevo a la ilusión.

De todos modos, hay que reconocer que Irlanda es un territorio muy especial; y de lo dicho deberíamos entresacar un factor entre muchos que pueden ser fructíferos en el campo de las ideas político-sociales, factores que deberían ser tenidos en cuenta: lo dicho de Irlanda es uno de ellos. Si coordináramos todo lo enfocado, llegaríamos a una ciencia de las relaciones humanas en la Tierra; y, por faltar, nos es imposible darnos cuenta de la disposición justa y sana de los asuntos públicos. La información que podemos difundir procedente del mundo espiritual, debiera determinar las medidas a tomar. Por esto he dicho recientemente en mis conferencias públicas que es importante que quienes se relacionan con los asuntos públicos, como los estadistas, deberían interesarse en conocer todo esto, ya que solamente de este modo llegarían a dominar la realidad. Pero no lo hacen, o por lo menos hasta ahora, aunque la necesidad exista.

En el presente, y de acuerdo con la misión de la quinta época postatlante, son esenciales la transmisión e información, pues antes de que la palabra se convirtiera en acto, hay que tomar las decisiones pertinentes, a la manera de cómo suele hacerse con los impulsos que provienen del plano físico. Era distinto en otros tiempos porque otros eran entonces los procedimientos.

En cierto momento de la tercera época postatlante, una hermandad concibió la idea de enviar gran cantidad de colonizadores del Asia Menor a Irlanda, y se establecieron en ella colonos procedentes de la parte de Asia, donde más tarde nacería el filósofo Thales. Relean en mis “Enigmas de la Filosofía” lo concerniente a la filosofía de ese autor. Thales, aunque de posterior nacimiento, pues vino al mundo en la 4a época postatlante, procedía de los mismos distritos del Asia, de donde, anteriormente, los iniciados habían enviado a Irlanda colonos formados dentro del mismo medio ambiente, de la misma sustancia espiritual en que se engendraría el filósofo Thales. ¿Por qué? Porque conocían las características de esa parte de la Tierra irlandesa. Sabían aquello que revelaba la leyenda esotérica de que les he hablado; que las fuerzas que ascienden de la Tierra a través del suelo de esa isla, actúan sobre el hombre de tal modo que proyectan escasa influencia hacia el intelectualismo, hacia el egoísmo y hacia la facultad de decidir. Sabían esto muy bien los iniciados que enviaron los colonos a la isla, y seleccionaron a quienes les parecieron más adecuados por su predisposición kármica a asimilar las influencias de su territorio. Todavía existen hoy, en esa isla, descendientes de la antigua población transplantada del Asia Menor, destinada a evolucionar de tal modo que en ellos no floreciera la mínima intelectualidad, ni el menor racionalismo, ni tampoco un carácter resuelto; sí, en cambio, y en forma sobresaliente, ciertas otras cualidades anímicas.

Así se estuvo preparando muy de antemano lo que después había de arraigar en Irlanda como pacífica forma de expansión del cristianismo, y el glorioso desarrollo, cuya irradiación posterior fue la cristianización de Europa: todo preparado con gran antelación. Los compatriotas del futuro Thales enviaron a la gente idónea para que de ellos nacieran los monjes que habían de actuar en la forma descrita. En los tiempos antiguos, mucho encontramos de este proceder, y cuando ustedes se relacionen ahora con la historia exotérica y superficial redactada por historiadores incomprensivos, con mucho entendimiento, sin embargo, pues el entendimiento es lo característico del mundo de hoy, descripciones de colonizaciones antiguas, no duden de que en esas colonizaciones se oculta una profunda sabiduría, de que fueron ordenadas y dirigidas tomando muy en cuenta lo que habría de suceder en el futuro, tomando muy en cuenta lo fundamental de la evolución terrestre.

Esta era otra manera de implantar en el mundo la sabiduría espiritual. El que hoy sigue el recto sendero, no debiera hacerlo así; nada debiera proscribir a las personas contra su voluntad, con el objetivo de zonificar la Tierra: limítese a transmitir las verdades, y que cada cual se decida por si mismo.

Pueden ver así un progreso esencial de la tercera a la cuarta y a la quinta época postatlante. Es preciso fijarse bien en ello, así como reconocer que el impulso de libertad debe extenderse a lo largo de toda la quinta época, pues precisamente contra esa libertad humana se rebela aquel adversario que acompaña al hombre como su doble desde poco antes de su nacimiento hasta poco antes de su muerte, cuando tiene que abandonarlo intempestivamente. Cuando se está bajo la influencia que se ejerce directamente con el doble, pueden surgir, en esta quinta época, manifestaciones que no son adecuadas para facilitar el cumplimiento de su misión: aceptar el combate contra el Mal para transmutarlo, hasta cierto punto, en Bien.

Imagínense el transfondo que acecha al hombre en el transcurso de esta quinta época; no me canso en aclarar sus circunstancias, para que se entiendan. Pues ahí donde opera reciamente el doble de quien les hablé ayer, se actúa en realidad contra las tendencias propias de esta quinta época, cuando la humanidad no se halla todavía en condiciones de aquilatar acertadamente sus valores; sobre todo, después de estos tres últimos años tan tristes. (Postrimerías de la 1ª Guerra Mundial)

Tomemos un hecho aparentemente muy alejado de nuestras actuales reflexiones: en una gran empresa metalúrgica hay que cargar diez mil toneladas de hierro colado en vagones de ferrocarril. Se destinan a ello determinado número de trabajadores: setenta y cinco hombres, cada uno de los cuales podrá cargar, según cálculos efectuados, doce toneladas y media al día; son, por lo tanto, setenta y cinco hombres a doce toneladas y media por día cada uno.

Alguien, que otorgaba al doble más consideración de la que, en sentido del adelanto de la humanidad, prodigaba a lo que se refiere al ánimo humano, durante la quinta época postatlante, ese alguien era Taylor. Este hombre preguntó a los fabricantes si no creían que un obrero podía cargar mucho más de doce toneladas y media por día; a lo que respondieron que un obrero al máximo, podía cargar dieciocho toneladas diarias, Taylor asintió y dijo: hagamos el experimento. Y empezó a experimentar con los hombres. Con esto, lo mecánico se transfiere a la vida social humana: ¡había que experimentar con los hombres! Comprobó si era o no verdad lo que afirmaban los fabricantes de mayor práctica, o sea, que un hombre sólo podía cargar máximo dieciocho toneladas al día. Distribuyó los descansos, de tal modo que, según las leyes de la fisiología, los trabajadores pudieran recuperar en los intervalos, exactamente la misma cantidad de energías que habían perdido, y naturalmente, se comprobó que cada caso era distinto. En el mundo de la mecánica podemos recurrir al promedio aritmético, pero no así en los hombres, porque cada uno tiene su razón de ser. Taylor recurrió no obstante a los promedios aritméticos, seleccionando los obreros que se adaptaban en su conjunto a las pausas racionales, y dispuso que les fueran concedidos esos descansos; quienes no podían recuperar sus energías dentro del tiempo descrito, fueron despedidos. El resultado de estos experimentos fue que los obreros seleccionados, recuperadas sus energías por completo durante los descansos, se hallaban en condiciones de cargar cada uno cuarenta y siete toneladas y media por día.

Habían aplicado así el mecanismo de la teoría darwinista a la vida laboral: los ineptos fuera, y selección práctica de los aptos. Los aptos son aquellos que, con el correspondiente aprovechamiento de los descansos, pueden cargar, no un máximo de dieciocho toneladas, como se suponía, sino cuarenta y siete toneladas y media. Con esto también se puede satisfacer a los obreros, pues con el enorme ahorro conseguido se pueden aumentar los salarios de cada uno en un sesenta por ciento. Con este sencillo procedimiento, se logra además que los seleccionados, los más aptos en la lucha por la vida, los elegidos por eliminación, queden muy satisfechos; si los ineptos se mueren de hambre, pues allá ellos…

He ahí la entrada a una práctica aplicación de un principio, cosas que suelen pasar inadvertidas, porque no se observan con la óptica debida, no se examinan a la luz de las grandes perspectivas. Hoy todavía no deja de ser mera aplicación a la vida humana de erróneas ideas científico-naturales. Pero subsiste el impulso, y luego se aplicará a lo que verdades ocultas se presenten en el transcurso de la quinta época postatlante. El darwinismo no encierra verdad oculta alguna, pero su aplicación, la concepción darwinista a la experimentación directa con hombres, nos llevaría a grandes desequilibrios. Sin embargo, cuando esto se conjuga con verdades ocultas, que han de revelarse en el curso de la quinta época postatlante, puede alcanzar un poder enorme sobre los hombres, simplemente seleccionando siempre los más aptos. No nos limitaríamos a la selección de los más aptos, sino que, con la intención de lograr determinado descubrimiento ocultista, con la intención de hacer a los aptos cada vez más aptos, se llegaría al inaudito despliegue de fuerzas que actuarían precisamente en contra de la tendencia benigna de la quinta época postatlante.

Estas consideraciones no tienen otro objeto que llamarles la atención sobre el despliegue de intenciones futuristas de largo alcance, para iluminarlas desde superiores puntos de vista. Nuestro objetivo ahora será referirnos en la próxima charla a las tres o cuatro grandes verdades que habrá de descubrir la quinta época postatlante, para que se destaque de qué manera, negativamente, se desviarían si, en vez de utilizarlas dentro de la correcta tendencia benigna de ésta, nuestra quinta época, se cumplieran preferentemente las condiciones que nos impone nuestro doble, y que son las que sustentan aquellas hermandades que pretenden suplantar al Cristo con otra entidad distinta.

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